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viernes, 25 de marzo de 2022

Periodistas

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)


Los periodistas son nuestros ojos, nuestros oídos; a veces, nuestro corazón. Ven por nosotros, escuchan por nosotros y algunos sienten por nosotros para que nosotros sintamos. El buen periodista, la buena periodista siente por nosotros sin que tenga la opción de retirar la mirada. Está obligado a mirar, a comprender lo irracional y tratar de darle sentido. No hay solo una mirada como la que paseamos por la galería de un museo, con cuadros distintos, con temas diferentes, pasando de unos a otros al ritmo que marcan nuestros pasos.

Los periodistas miran casi siempre lo que nos gustaría no tener que ver. Sacuden conciencias, erizan cuerpos. Su trabajo es llegar hasta eso que se llama la "noticia", que es un nombre genérico para muchas cosas simples, divertidas, triviales, pero también para el horror, la desesperación, la angustia, para el dolor que se esparce por el mundo. También momentos de alegría, pequeñas sonrisas como las de esos niños que reciben un pequeño peluche en la frontera con Rumanía de manos de voluntarios que tratan de distraerlos de horror vivido, durmiendo entre ruinas, caminando entre muertos, soñando entre bombardeos. La sonrisa de esos niños que regresan junto a su madre levantando el juguete no es un recurso del adulto, del que ha perdido la inocencia en la guerra cruel, desigual, injusta, abusiva. Las madres les sonríen para recibir su alegría que ha sabido brotar con ese gesto de la entrega. Pero la pequeña sonrisa de quienes lo ven gracias a esa cámara que lo ha sabido captar es triste; saben qué significa y cómo se ha destruido un mundo irrecuperable. Nos hablan de lo que serán esos niños a los que se les ha robado la infancia cruelmente, muchos de ellos quedarán sin padres, que se quedaron a resistir. No habrá tantos peluches.

Tampoco al periodista le cabe ese consuelo. Vive dentro de la burbuja de la guerra intentando ver y no ver, sentir y evitar sentirse rodeado de esa sensación de horror, de agobio cuando ya no se tiene donde reposar la mirada. Solo esos pequeños momentos, esos peluches.

La cobertura que están haciendo muchos de nuestros medios, especialmente RTVE entre los españoles, es un esfuerzo del que les va a costar reponerse. Muchos días viendo la desolación, la huida a lo largo de carreteras con coches abandonados en las cunetas. Mujeres armadas de maletas, con niños y adolescentes recorriendo los caminos. Mujeres empujando sillas de ruedas de ancianos, hombres cargando inválidos sobre sus hombros o en sus brazos, llevándolos hasta la frontera y regresando a tomar las armas, a defender lo que queda de sus ciudades de las que saben que saldrán como cadáveres o simplemente quedarán enterrados entre ruinas.

"Esto es brutal. He visto muchas cosas", me dice desde el horror. Quedan pocas horas para el regreso, pero ¿se regresa realmente de una guerra? Quizá la llevemos encima toda la vida. Es la servidumbre del periodista, es su resistencia la que queda en juego. Ha de aprender a intentar superar estas situaciones o al menos a no dejar que le afecten, sea lo que sea lo que esto quiera decir. ¿Cómo se supera, cómo se olvida una guerra, pasear entre cadáveres, entrar en una morgue con cuerpos despedazados? ¿Se regresa o una parte queda allí, enterrada, para siempre?


El periodista es el dedo que señala la luna. Nuestra mirada se dirige al espacio en la noche y perdemos de vista a quien sostiene día tras día su índice señalando hacia la luz en un cielo oscuro. Nosotros tenemos la libertad de cambiar de canal, de cambiar de página, de mirar hacia otro lado. Su trabajo es precisamente intentar contarnos lo que significa algo o sus consecuencias en un ejercicio de meter la vida y la muerte en un texto, contarla micrófono en mano, teclearla. Las imágenes, las palabras nos llevan a ese mundo que se nos cuenta y nos olvidamos de quien sostiene la cámara, el micrófono, la pluma.

Mañana tendremos la segunda sesión de nuestro seminario UCM-TEC de Monterrey (México). Son estudiantes que quieren ser periodistas. Los mexicanos quieren serlo en un país en el que llevan asesinados siete u ocho en los casi tres meses que llevamos de año. ¡Hay que tener mucha vocación para asumir una profesión como esta! Hay de todo en ella, porque es la vida lo que se retrata en todas su facetas. Para algunos, los terrenos más peligrosos que pisen serán los campos deportivos; otros informarán de exposiciones, de libros, otros de los parlamentos o de cualquier otro lugar. No hay espacio que les sea ajeno a los periodistas, pero sí hay muchos que les son hostiles, peligrosos. Algunos se preguntarán qué se les pasa por la cabeza para estar allí, viendo dolor, lágrimas, injusticia, brutalidad, sintiéndose incapaces de frenar la barbarie, solo contándola. Contar ya es mucho, dar testimonio fiel, sacudir conciencias.

No intentemos encontrar explicación a algo que ellos mismos no se pueden explicar con claridad. ¿Qué saca a una periodista veterana de una cómoda corresponsalía para meterse en primera línea de la guerra? ¿Qué lleva a una joven periodista, con un precario contrato, que se renueva o no cada seis meses, a atravesar Europa para estar junto a los que sufren, junto a los que se lanzan a las carreteras sin saber muy bien dónde llegarán, qué la lleva a jugarse la vida?


Algunos mal pensados pensarán que si están allí es porque quieren, una explicación que no nos dice nada. Es el secreto de una profesión que muchos consideran narcisista, pero que en muchos casos es justo lo contrario, requiere olvido de uno mismo. Hay que fijarse en ellas y ellos, aunque no sea protagonismo lo que busquen; fijarse en lo que supone estar sometido a este horror para contarlo, para que comprendamos o al menos para que sintamos de cerca el horror de lo incomprensible, del absurdo humano.

He pensado en ello cada día de esta guerra. He pensado en ello desde que escuché "me mandan a Ucrania". No he dejado de pensarlo mientras leía cada crónica que nos llegaba. Intentaba imaginar qué estaba pensando, qué estaba sintiendo ante aquello que nos contaba sobre el pequeño o grande heroísmo humano, sobre la barbarie y la resistencia; me preguntaba qué hay en su mente mientras se sostiene un micro, mientras escribe y revive lo visto.

No será la misma cuando vuelva, no cuando se ha vivido todo esto para contárnoslo. Llevará en su mente todas esas imágenes, todos esos sonidos a lo largo de su vida. Es su trabajo, dirán algunos. Sí, pero hay mucho más. Es lo que el periodista explora en su propia experiencia frente a lo que ve y nos cuenta.


jueves, 6 de junio de 2019

Felicidades pequeñas

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
He pasado varios días, en la revisión diaria de las noticias, por encima de un titular "No existe la felicidad, sino ser feliz cada día", salido de la boca del escritor Albert Espinosa en su charla para la serie Aprendemos juntos, reproducida en el diario El País. Las malas noticias siempre parecen necesitar más atención —debe ser un mecanismo evolutivo de supervivencia—, pero finalmente me decidí a ver y escuchar. Quizá porque ayer escuché unas cuantas desgracias, algunas de ellas solo en apariencia. Nuestro concepto de desgracia es demasiado abierto y hay cosas que hoy duelen pero es mejor que ocurran hoy que mañana. Muchas veces somos desgraciados porque perdemos cosas que es mejor que perdamos, pero dentro de nuestro dolor el pensamiento se ofusca. Es lógico que nos pase, pero lo malo es cuando nos escondemos bajo un dolor del que no queremos salir.
La felicidad es también un concepto peligroso, sobre todo cuando se idealiza y se percibe como algo a lo que uno llega, algo que nos está esperando tras una esquina. ¡Cuántas personas han sido desgraciadas por perseguir la felicidad o más exactamente su fantasía! Lo peor: por buscarla han dejado de ver las posibilidades que tenían delante para ser felices. Supongo que hay muchas formas de ser feliz (¿no sería mejor decir "estar feliz"?). La felicidad, en el fondo es nuestra reacción ante una situación dada. Si es una respuesta, la verdadera educación para ser felices debería ser educar (y educarnos) para obtener esa felicidad por medios a nuestro alcance. La felicidad imposible es solo una forma de frustración. Es lo que padecen millones de personas a la que se ha educado de forma absurda para lo irreal.
Como personas, necesitamos ser felices, estar felices. Nuestro cuerpo y nuestra mente nos lo piden; necesitamos un equilibrio que las tensiones de la vida van convirtiendo en más problemático cada día. Lo contrario de la felicidad es la amargura, algo que se está convirtiendo en un estado dominante debido a las tensiones exteriores en las que vivimos en un mundo cada vez con más incertidumbre.



La "felicidad" es un concepto. Quizá lo que necesitamos son esos estados de satisfacción diarios, como reclama, Espinosa. Esos estados se producen por nuestras acciones, podemos hacer algo que nos sirva a través de los demás. Quizá sea esa forma distinta de percibirnos y de percibir lo que nos desbloquee y nos permita esos estados satisfactorios.
Las palabras que Espinosa les dirige a sus oyentes son sabias porque parten del principio de que el mundo es el que es y que lo importante es cómo lo vemos. No es solo una cuestión de sugestión, por supuesto, sino de que ese cambio nos permite actuar de otra manera, realizar acciones o abrirnos a ellas que cambian nuestros estados.

A mí me gustaría contaros algo que me pasó de pequeño. Yo, como muchos sabéis, tuve cáncer de los 14 a los 24 y perdí una pierna, un pulmón y un trozo de hígado, pero fui feliz. Y, en aquellos años, yo recuerdo que dejé el colegio con 14 años. Y tuve la gran suerte de estar educado con mi madre hospitalaria, que era una mujer de 92 años increíble, de Zaragoza. Y nos cogió a todos los chavales que teníamos cáncer. A todos nos faltaba una pierna. Nos enseñó un grito de guerra muy bonito: «No somos cojos somos cojonudos», que nos encantó. Y lo gritábamos siempre. En aquella época en el hospital, no teníamos moto, pero teníamos silla de ruedas. No podíamos ir a discotecas, pero teníamos ocho plantas. Y fue una época increíble de educarse con chicos con cáncer y con esa madre hospitalaria que podíamos ir a ver cada noche. Yo tenía a mis padres que venían por la mañana y por la tarde. Pero las noches en los hospitales, cuando tienes 14 años y nunca has salido de casa, era extraño. Mi primer hogar fuera de casa fue aquel hospital con aquellos siete chavales con cáncer. Y aquella mujer se convirtió para mí en mi maestra. Fue una mujer que nunca olvidaré la fuerza. Ella siempre decía que nos educaba a ser valientes en la vida, en el amor, en el sexo… Y aquella mujer nos contaba historias maravillosas. Ella decía que, sobre todo, había que aprender a decir «no». En aquella época, yo no pensaba que pudiera decir no a nada. Pero, poco a poco, con los años, entendí a lo que se refería. Aquella mujer siempre decía: «Cuando crees que conoces todas las respuestas, llega el universo y te cambia todas las preguntas». Y ella decía que el universo nos quería mucho, porque, en aquella época, nos estaba haciendo cambiar nuestras respuestas para encontrar nuevas preguntas. Yo me eduqué junto a ella, y ella me enseñó a perder para ganar. Ella me dijo que cualquier pérdida es una ganancia, con lo cual me dijo: «Tú no has perdido una pierna, sino que has ganado un muñón. Tú no has perdido un pulmón, sino que has aprendido a saber que con la mitad de lo que tienes puedes vivir».*


Las experiencia de Albert Espinosa le han ayudado a configurar su visión del mundo y de esta ha resultado esa felicidad que a muchos resultará incomprensible. Vivimos en una sociedad que se dice abierta y libre, pero en la que las barreras se camuflan de metas, de retos y desafíos. Muchos buscan la felicidad allí donde les han dicho que se encuentra para descubrir que solo era un mcguffin, un reclamo de caza y que la presa éramos nosotros.
Uno de los autores que mejor expresó esa búsqueda de falsas felicidades fue Stendhal. Sus personajes buscan una felicidad que se les desvanece cuando las alcanzan. La felicidad no era eso. En la vida se dejan pasar muchas oportunidades para esos momentos de felicidad por estar obsesionados con su llegada.

Quizá por eso muchos han existido que es más fácil alcanzar la felicidad cuando la puedes hacer llegar a otros. El egocentrismo es el peor enemigo de la felicidad. Es mejor y más fácil provocar en otros lo que no conseguimos encontrar en nosotros. Cuando estamos dispuestos, cuando nuestro estado de ánimo es el adecuado, podemos percibirlo como satisfacción que nos lleva a ese estado. Quizá la felicidad se esconde cuando más la buscamos y nos llega cuando trabajamos en ella.
No es fácil ver felicidad. La experiencia que Albert Espinos cuenta y las enseñanzas de la que llama su "madre hospitalaria" son una experiencia extraordinaria, un ejemplo de cómo se puede alcanzar un estado de felicidad con lo que se tiene, por poco que sea. Hay que cambiar la mirada y lo mirado acaba cambiando. Ese es el principal mensaje. Sin cambiar nosotros no podemos estar felices.
El mundo que nos rodea no ayuda mucho. La frase "No existe la felicidad, sino ser feliz cada día" está rodeada por noticias que nos dan cuenta de los difícil que es ser feliz. Quizá porque pensamos que en esas condiciones no es posible ser feliz. La idea de Espinosa es que no, que cualquier situación, por mala que sea, puede ser percibida de forma diferente. No se trata de que por percibirlo de otra manera todo cambie, pero la actitud es esencial. Creo, más bien, que hay un principio general que es la alegría de vivir que no nos debe ser arrebatado y que nos ayuda a ese estado de ánimo, de superación de la resistencia del mundo. Podemos sufrir choques, pero tenemos la capacidad de sobreponernos y encontrar motivos de felicidad cada día en pequeñas cosas. La vida son pequeñas cosas; los grandes principios y palabras son para los libros.
La idea de felicidad (suponiendo que no haya muchas cosas diferentes dentro) ha estado presente en los dos o tres últimos siglos en Occidente. En el budismo, por ejemplo, más que la "felicidad" se parte del principio del dolor del mundo, un dolor del que liberarse no implica la felicidad, algo de lo que también habría que librarse, pues crea angustia no alcanzarla. La voluntad occidental, liberada aparentemente de sus cadenas, se lanza a su búsqueda y la promete en todo momento. Con ello nos ha debilitado causando la frustración de descubrir, como el príncipe iluminado, el Buda, que en el mundo existe la muerte, el envejecimiento y la enfermedad como realidades incontestables. Sin embargo, vivimos muchas veces como si no existieran o fueran ajenas a la vida. Son parte de su realidad.



Podemos vencer a algunas, como los cánceres de Albert Espinosa, pero las heridas quedan. Lo que aprendió Espinosa es que se puede ser feliz con ellas porque se sigue vivo. Y esa vida después de la batalla se puede vivir con la amargura de lo perdido o con la alegría de lo mantenido. "Diez años", nos dice, en los que fue "feliz cada día", encontró en cada uno de ellos algo que le hizo valorar positivamente su vida.
La vida y la madre hospitalaria le enseñaron que poder contarlo ya es algo. Quizá por eso se hizo escritor, para no olvidar que había sido feliz día a día.

Ella siempre me decía que había libros curativos, libros que te curaban, libros que te podían ayudar a entender la pérdida de un padre, de una madre, de un amor. Siempre hablaba de Oscar Wilde, ‘De profundis’. Me decía que era un libro que servía para todo, porque podías encontrar allí, en esas páginas, el dolor máximo. Yo creo que ella me enseñó a amar la forma con la que me iba a construir mi cuerpo. Tuve suerte de estar junto a ella cuando me cortaron la pierna. Me dijo que realmente el médico podía construir el muñón como quisiera. Y fue bellísimo, porque realmente lo dibujé.

Se puede ser feliz a través del dolor, porque forma parte de la vida. Me imagino que hay otros tipos de dolores que nacen de otras fuentes que causan indignación, que es otro tipo de reacción ante otro tipo de sucesos. La aceptación de la vida es la comprensión de que no es como se nos describe externamente, sino algo único, un camino personal compartido en el que no siempre pasa lo que queremos ni llegamos a comprender su sentido si es que lo tiene. Algunos lo aprenden y lo transmiten para que cada uno lo recoja y adapte a su propia forma y circunstancia. Es lo que trata de hacer Espinosa con sus historias.
A veces senbtimos lástima de los demás cuando deberíamos sentir lástima por nosotros mismos. Felicidades pequeñas, próximas, cotidianas, posibles. Debería ser nuestra dosis diaria.


* "Albert espinosa “No existe la felicidad, sino ser feliz cada día” Aprendemos juntos / El país https://aprendemosjuntos.elpais.com/especial/no-existe-la-felicidad-sino-ser-feliz-cada-dia-albert-espinosa/

miércoles, 8 de mayo de 2019

El dolor

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
El diario El País nos lanza un llamativo titular: «“Hay hospitales que no saben tratar casos graves de dolor”». Quien lo afirma es Concepción Pérez, portavoz de la Sociedad Española del Dolor. Este toque llamativo parecería como una especie de carencia alarmista, pero la realidad es otra, mucho más compleja. Tras el titular, la contradicción de la entradilla que afirma "El consumo de opiáceos ha aumentado porque el dolor se atiende más y mejor".
En realidad, el centro del artículo no es tanto el dolor en sí como la forma de combatirlo, que es una perspectiva distinta. El dato que se nos ofrece es la práctica duplicación de formas de tratar el dolor, el uso de los opiáceos, entre los años 2010 y 2017, que son las cifras que se nos ofrecen.
Nos dice Concepción Pérez:

Hay 799 hospitales públicos, pero solo 183 tienen unidad del dolor. Hay servicios hospitalarios que, en el día a día, se enfrentan a casos graves de dolor sin saber exactamente cómo abordarlos. El origen del problema es que no se da una formación específica, ni en pregrado, ni en posgrado. No existe especialidad y la formación acaba recayendo en la industria, con lo que no llega a todos los profesionales. La clave es la formación adecuada a los profesionales sanitarios.*



El dolor puede ser tratado de muchas maneras porque hay muchas formas de dolor. Nuestras sociedades tecnológicas enfocan el cuerpo como una maquinaria con obsolescencia, con piezas renovables y con mantenimiento. El dolor es una respuesta de nuestro sistema nervioso ante alguna circunstancia. Puede ser agudo o crónico según sus causas.
La existencia de "unidades del dolor" en los hospitales nos muestra la especificidad de la cuestión y puede parecernos asombroso que solo una parte pequeña tenga esas unidades. Este asombro es la forma de reaccionar ante el miedo al dolor. En gran parte es al dolor a lo que tememos, a un dolor que seamos incapaces de controlar en unas sociedades que se definen por sus placeres, pero que se diagnostican por sus dolores.
En un mundo espectacular, el dolor es un elemento propio, intransferible, subjetivo, valorado por quien lo padece y que se intenta explicar a los otros, comunicarlo para su alivio o comprensión. La subjetividad del dolor es tal que puede ser producido por causas inexistentes, como los que se producen en miembros muertos, sin sensibilidad, o ausentes, como es el caso de los llamados "miembros fantasmas". Es el dolor del miembro amputado por el que hay que enseñar al cerebro a que deje de sufrir por lo que ya no está. El dolor es una señal de aviso; aquí es una falsa alarma pero con un dolor real. Es lo que el cerebro interpreta.
Las sociedades y las culturas se definen también por su interpretación del dolor, el sentido que se les da. No todo es físico y la fortaleza mental, que proviene de elementos plenamente subjetivos, de los marcos en los que los encuadremos. Por eso la variedad de tratamientos es muy amplia en el caso de los dolores y dependen de muchos factores culturales y personales.


La leyenda sobre el martirio de san Lorenzo, quemado vivo en una parrilla, nos lo presenta pidiendo a sus torturadores que le "den la vuelta", como si fuera un asado de carne («Assum est, inqüit, versa et manduca» ‘Asado está, parece, gíralo y cómelo’). El monasterio de El Escorial, en el cercano pueblo de San Lorenzo, tiene planta de parrilla en recuerdo del mártir. Es una forma de dar sentido al dolor dentro de una forma, la del martirio.
En el budismo, el dolor es estado del ser humano y se trata de alejarse de él mediante el abandono del cuerpo de todo aquello que implique la frustración del desear. Las prácticas de los yoguis budistas es precisamente la del abandono del yo sufriente mediante la despersonalización. Si es el yo el que sufre, su anulación, el anonadamiento, lleva a la paz del no yo. Sin conciencia activa no hay sufrimiento.

Nuestras sociedades modernas viven el cuerpo y el dolor de forma muy distintas. Creemos que es el placer el estado natural y que el dolor es una forma transitoria. Las distopías de Huxley, Orwell o de otros nos muestran sustancias (el "soma" en Huxley, la "ginebra de la victoria, en Orwell) que nos mantienen en estados de sedación, alejados de la consciencia doliente. El dolor lo trae precisamente la individualidad, el salir de ese estado de enajenación.
En nuestras culturas modernas, el dolor es una situación que requiere de su experto correspondiente. Nuestra sociedad es la de la especialización. Ya sean dolores de origen físico o de otras de formas, se tiende a pensar como una forma química, como una reacción que se puede controlar en nuestro cerebro. En este sentido, se deshumaniza, es un conflicto entre elementos que se produce en un medio, que es nuestro cuerpo. Nosotros lo percibimos como un alivio.
Más de una vez se ha criticado el abuso de tratamientos a base de "pastillas" para cuestiones que son de otro orden, como ocurre en las depresiones, que puede tener causas externas, en cuyo caso, lo único que se hace es insensibilizarnos. Pero es más sencillo, rápido y productivo.


Quizá habría que redirigir una parte del artículo hacia esa idea expresada  de que frente a las "unidades del dolor" se ha creado una industria del dolor. Y esto es peligroso. En agosto del año 2018, el diario ABC titulaba "Los opiáceos son ya la epidemia más letal en Estados Unidos".
Hay muchas industrias que se están desarrollando sobre lo que llaman "oportunidades" en el sentido del mercado. El "dolor" es un gran negocio y si es crónico asegura largos tratamientos, por lo que el beneficio aumenta. Pero también aumentan las dependencias, como señalaba el artículo de ABC. La enfermedad es un mal, pero es también un buen negocio. Si los tratamientos son demasiado caros es un negocio, pero también cuando se abaratan lo son. El consumo de analgésicos ha hecho adictas a muchas personas.
Tras señalar las muertes que causan las sobredosis de opiáceos en los estados Unidos, el artículo de ABC va a los orígenes:

La crisis de opiáceos comenzó a principios de la década de 2010 a través del uso de fármacos con receta médica, como oxicodona y otros analgésicos. Esto produjo que más de dos millones de personas dependan de estas sustancias. La situación llevó al presidente Donald Trump a declarar la crisis de opiáceos una «emergencia de salud pública» en octubre del año pasado. Los estados recurrieron entonces a un programa de subsidios valorado en mil millones de dólares para combatir el problema.
Los datos de los CDC son estimativos. El gobierno federal recolecta los registros de defunción de los estados durante todo el año aunque algunas muertes llevan más tiempo de investigación que otras. Los CDC ajustan los números iniciales basándose en el número de muertes bajo investigación, suponiendo que una proporción predecible de ellas se deberá a sobredosis por consumo de drogas, en función de la experiencia pasada.**



Las muertes son hechos claros, pero ¿qué ocurre con los que no están muertos, cuáles son sus cifras? La imagen del popular Doctor House, con su bote de pastillas analgésicas, nos lo muestra como un yonqui.
El dolor es humano y es lo que nos demuestra que estamos vivos. Puede ser soportable o no, pero no puede ser ocultado o ignorado. Al príncipe Gotama, el Buda, se le ocultó el dolor del mundo hasta que este se le hizo presente en toda su crudeza: la enfermedad, el envejecimiento y la muerte. Son las realidades inevitables de nuestra condición humana. Es algo más que química o pastillas, configuran nuestra visión del mundo, de nosotros mismos. La investigación sobre el dolor es necesaria, pero también son necesarios otros enfoques que lo enmarquen y le den forma en lo humano.  
Preocupante es que el dolor pase a ser un gran negocio y que sea la industria la que marque el camino. Lo ocurrido en Estados Unidos casa con las cifras que se dan aquí de casi la duplicación del consumo de fármacos en menos de diez años. A lo mejor, en muchos casos, solo estamos cambiando el tipo de dolor. La vigilancia del exceso debe plantearse seriamente.



* "“Hay hospitales que no saben tratar casos graves de dolor”" El País 7/05/2019 https://elpais.com/sociedad/2019/05/07/actualidad/1557257730_041110.html
** "Los opiáceos son ya la epidemia más letal en Estados Unidos" ABC 17/08/2018 https://www.abc.es/sociedad/abci-opiaceos-epidemia-mas-letal-estados-unidos-201808162028_noticia.html

domingo, 23 de septiembre de 2018

Dolor

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Entre tanta información, una relevante y otra absolutamente irrelevante, atrae mi atención un artículo publicado por el diario ABC, con el título "¿Sienten los animales dolor por la muerte de otros?". El artículo está escrito por la profesora de Bioética de la Universidad de Colorado, Jessica Pierce, y fue publicado anteriormente en The Conversation y plantea una serie de cuestiones que pueden hacernos reflexionar sobre nosotros mismos en aspectos esenciales.
El artículo intenta responder a una pregunta que encierra varias, quizá muchas. Surge como un comentario a la noticia que ha recorrido el mundo, la de la orca llevando el cadáver de su cría muerta y resistiéndose a abandonarlo.
La que no se debe hacer porque no nos deja ver la riqueza del bosque es si los animales sienten de la misma manera el dolor. Es una pregunta cuya respuesta damos por hecha en el caso humano. Si hay que hablar de la muerte, volvamos a Camus. En El extranjero, su protagonista, Mersault va al cine a ver una película de Fernandel tras la muerte de su madre. Este es el célebre comienzo de la novela, su primer párrafo:

Hoy ha muerto mamá. O quizá ayer. No lo sé. Recibí un telegrama del asilo: «Falleció su madre. Entierro mañana. Sentidas condolencias.» Pero no quiere decir nada. Quizá haya sido ayer. 


Albert Camus nos definió como seres para la muerte. En realidad, todo lo que está vivo muere. Y no todo lo que está vivo es consciente de sí mismo; no todo lo que es consciente de sí mismo es consciente de su muerte. La pregunta puede ser: ¿el que es consciente de la muerte de otros es consciente de su propia muerte? Es una pregunta con muchas implicaciones. La orca que arrastra el cadáver de su cría, ¿es consciente de que ella misma morirá un día?
Las personas somos consciente de ambas cosas, de la muerte de otros y de nuestra propia muerte, aunque no todos gestionen el dolor de la misma manera. Primero somos conscientes de la muerte de los otros y luego de las propias. Comenzamos asistiendo a las muertes de los que queremos, los que nos han traído al mundo y así descubrimos nuestro mismo fin en el tiempo. Los niños descubren la muerte propia en el dolor por la pérdida de los que aman.
Mersault no siente dolor o, al menos, no es capaz de sentirlo en la misma forma en que lo sienten los demás. Pero podemos ir más allá: ¿qué tipo de "dolor" refleja el telegrama que recibe de la residencia donde se encontraba su madre? Son dos hechos "fallecimiento" y "entierro" y una expresión formal, "sentidas condolencias", que no muestra dolor.


Para los antropólogos, lo esencial para definir una cultura humana medianamente compleja, los enterramientos son la muestra clave. Allí donde se encuentran huesos, sabemos que había algún tipo de organización y de creencias compartidas. Ya sea en una sencilla fosa a la que se arrojaran los restos o  cualquier otra forma mortuoria compleja, como las pirámides egipcias y los rituales que conocemos, todas ellas implican una forma de civilización que establece lazos con los otros y entre vivos y muertos.
Jessica Pierce plantea, partiendo del caso de la orca y su cría muerta, una serie de problemas de gran interés. Señala:

Esta ha sido una de las mayores demostraciones que hayamos podido presenciar del dolor que sienten los mamíferos marinos.
Entre los científicos, sin embargo, sigue existiendo un prejuicio contra la idea de que los animales sienten dolor “real” o responden de diferentes formas a la muerte. Sobre este tema, el zoólogo Jules Howard, por ejemplo, escribió:
«Creer que J35 mostraba señales de pena o dolor es creer más en la fe que en la ciencia».
Como especialista en bioética, he estudiado la relación entre ciencia y ética durante más de veinte años. Una creciente cantidad de evidencias científicas defienden la idea de que los animales con características parecidas al ser humano son conscientes de la muerte, experimentan la pena, e incluso puede que guarden luto o que lleven a cabo algún ritual con sus muertos.
Los escépticos del dolor animal tienen razón en una cosa: los científicos no saben mucho sobre los comportamientos de los animales relacionados con la pena. Son pocos los investigadores que han indagado sobre cómo piensan y sienten la muerte la mayoría de los animales con los que el ser humano comparte el planeta, tanto la suya propia como la de otros.
Pero, insisto, no saben sobre el tema porque no lo han estudiado.*



Ninguna pregunta es inocente, menos las respuestas. Habrá evidentemente aquellos que quieren ver una continuidad entre la vida animal y el otro, el animal humano. Otros —ya desde Darwin— se niegan a establecer esa continuidad graduada en la que el dolor pueda ser compartido a través de las especies. No solo ocurre con el "dolor" o la "pena", sino que ocurre con otras manifestaciones, como por ejemplo la propia comunicación y el concepto de lenguaje.
Creo que hoy es innegable que existe comunicación de diversa complejidad entre los elementos de las mismas especies e, incluso, luchamos por hacernos con las claves de sus lenguajes para intentar conocer sus códigos. No es sencillo porque comunicarse no es solo intercambiar signos, sino que esos signos representan aspectos que pueden sernos completamente incomprensibles desde nuestra propia especificidad. Por eso nos resulta más "sencillo" enseñar a un gorila a usar nuestros conceptos que intentar que él nos exprese los suyos. Es un problema hermenéutico básico, ya que nosotros interpretamos lo que nos dicen desde nuestro propio repertorio. Cuando decimos que hemos enseñado a un animal un determinado número de signos, lo hemos traído a nuestro lado, no hemos ido al suyo, que sigue estando velado.
Tiene razón Jessica Pierce al decir que no se estudia el dolor y, menos incluso, el dolor animal ante la muerte. Sentir "pena" o "dolor" por otros queda lejos del sentido de la "angustia", que es el producido por nuestra propia finitud. La civilización, creía Nietzsche, se construía para intentar no pensar en la muerte, de ahí que Nietzsche fuera una referencia para todos aquellos existencialistas, como Camus, o de todos aquellos que les interesaron, como Dostoievski o Kafka.


Hay una reflexión cultural en Occidente durante la época medieval cristiana en la que la religión cumple el papel balsámico. La muerte en el Renacimiento es distinta y su luminosidad se vuelve oscuridad en el Barroco, donde se conjura a base de lo tenebroso, del recordatorio de una muerte que se vuelve terror en la tierra. Basta con ir a Valladolid a visitar el magnífico museo de arte religioso para comprender el papel de las imágenes, cuadros y figuras policromadas, etc. y la representación. Hice una visita con unos amigos, profesores de la Universidad de El Cairo, y se percibe la relación diferente que tenemos con la muerte, el dolor y su representación.

No podemos pensar que no siente pena, por ejemplo, los mongoles ante la vieja costumbre religiosa de devolver a la naturaleza los cadáveres, dejándolos sin enterrar, para que sirvan de alimento al resto de la naturaleza. Ellos nos han alimentado, ahora les alimentamos a ellos en un círculo de justicia ecológica. En Tíbet, los lamas realizan también un ritual de descuartizamiento de los fallecidos, los llamados "funerales celestes", que son entregados a los buitres para su alimento. Tampoco podemos sacar como consecuencia que no sientan dolor. Llevan 5.000 años haciéndolo.
Ya nadie se acuerda de la polémica en nuestro país sobre los partidarios del enterramiento tradicional y los de la incineración, que se produjo en los años 70. Toda una cultura tradicional del cementerio a la española, se enfrentaba a la nueva corriente pro incineración y el esparcido de las cenizas en lugares simbólicos para quienes lo hacían o para quienes eran esparcidos. La misma polémica se estableció sobre la pena que sentían aquellos que permitían que se extrajeran órganos de los parientes muertos. Las personas que donan órganos o autorizan a los parientes a que hagan uso de sus cuerpos ¿también siente una "pena" diferente? No me atrevería a decir eso, si bien fue el argumento que se utilizó en los mismos años. Hoy España es uno de los países que tiene cifras más elevadas de donaciones de órganos. También uno de grandes porcentajes de incineración.
Los psiquiatras nos describen una serie de "enfermedades" o estados mentales en los que ciertas personas son incapaces de sentir pena o dolor por los otros. La empatía brilla por su ausencia. Queda mucho por investigar en este campo. Pero sabemos que muchas personas usan los signos externos, los que se han codificado socialmente, poder esconder su falta de sentimiento o dolor, la reacción esperada ante la muerte de un ser querido.


Los seres humanos tenemos un sentido de la muerte personal y otro social. Una parte es sentimiento que se manifiesta a través de determinados síntomas, como una depresión o el llanto. Pero también existen los sociales. En el mundo antiguo existían las plañideras, que realizaban un ritual del dolor acompañando a los muertos. No se trata solo de la codificación de los colores que representan el luto —negro en occidente, blanco en oriente— en la vestimenta. Una buena plañidera "representa" los signos del dolor tal como se espera de alguien que los sienta realmente. No hay hipocresía, solo profesionalización del dolor.
Jessica Pierce recoge en el artículo que se han visto y documentado comportamientos de "duelo" en ciertas actitudes de animales. Habla de los enterramientos de huesos de los elefantes, de limpieza de cadáveres, cantos de dolor de las urracas, etc. Todas estas manifestaciones pueden revelar que no estamos solos en el dolor por las pérdidas.
Su artículo termina con estos párrafos y reflexiones:

Algunos científicos defienden que estos comportamientos no deben ser equiparados con los términos humanos de “pena” y “luto”, porque no es algo rigurosamente cierto. La ciencia puede observar estos comportamientos, pero es muy difícil saber qué los ha motivado. Un estudio publicado en Science en 2011, que constató señales de empatía en las ratas y ratones, abordó el asunto con el mismo tipo de escepticismo.
Es cierto que debemos que ser cautelosos a la hora de atribuir emociones y comportamientos, como la pena, a los animales. Pero no porque haya dudas sobre la capacidad de los animales para sentir pena.
El caso de Tahlequah nos enseña que los humanos tenemos mucho que aprender de los animales. La pregunta no sería si los animales sufren, sino cómo expresan su sufrimiento.*

Mi idea es que creo que sí puede haber formas aproximadas de dolor, aunque las causas puedan ser diferentes a las que les atribuimos. Pero mi cautela es porque tampoco estamos del todo seguros de la identidad de nuestros sentimientos ante la muerte. El papel de la cultura es determinante y la idea personal de la muerte se elabora dentro de un sistema cultural, no es un sentimiento, sino un sentimiento que hemos aprendido a modular. ¿Es la pena un sentimiento universal? Creo que hemos introducido una serie de elementos estructuralmente profundos en nuestro tratamiento de lo relacionado con la muerte, el dolor y la pena, que no siempre es igual ante todas las situaciones, ya que depende mucho de la forma en que se exprese socialmente.



Estoy completamente de acuerdo con la cuestión final: "La pregunta no sería si los animales sufren, sino cómo expresan su sufrimiento." Sin embargo, la pregunta tiene que formularse desde una serie de preguntas esenciales: ¿cuál es la relación entre la representación y el significado (el sentimiento)? Y después una pregunta que creo que es importante referida a la universalidad del dolor y la pena. El dolor provoca su representación, el signo, pero ¿provoca la representación dolor?
La primera cuestión se refiere al aspecto social del signo. Podemos sentir dolor por la cría propia, pero ¿lo podemos hacer por los demás? El dolor necesita del vínculo, ya sea el familiar o el grupo, en función de la propia complejidad de la organización. No estamos seguros de que "familia" y "grupo" signifiquen lo mismo entre las diferentes especies. La orca que ha llevado a su cría muerta siente dolor, sí, pero es capaz de sentirlo por otros. No lo sabemos. Hay otros ejemplos aportados por Jessica Pierce en los sentimientos de dolor se refieren al grupo. Aquí es esencial ese sentimiento ampliado de pertenencia, más allá de la familia biológica. Lo social del grupo hace que surjan vínculos fuertes entre ellos, que dan lugar a ese dolor, pena y luto incluso.
La mayor complejidad de la sociedad humana hace que podamos sentir dolor desde su representación ajena y propia. Las Coplas a la muerte de mi padre, de Jorge Manrique, son las manifestaciones artísticas del dolor propio con el que podemos empatizar de cierta forma, haciéndolo nuestro. La misma función cumplen los signos musicales — una Misa de Réquiem, de Mozart, Berlioz o de Verdi, por poner algunos gloriosos ejemplos—, pictóricos, arquitectónicos, etc.


Los sentimientos de dolor son una manifestación de complejidad biológica y grupal, pues revelan reacciones que pueden ser intensas. Hay perros, se dice, que han muerto de "dolor" por la pérdida de sus dueños. Hay un dolor que lleva a no querer vivir. Culturalmente, nuestras sociedades han crecido con unas formas de gestión del dolor. Se decía que la función de la Filosofía, en oriente y occidente, era preparar para la muerte tranquila, para la aceptación. En unos casos por creer en la otra vida (las tres religiones abrahámicas) o en otros por aceptar que se vuelve al caos primordial del eterno devenir, (como en el pensamiento oriental).

Nietzsche analizó en su obra el sentimiento de la muerte, tal como hizo en Sobre verdad y mentira en sentido extramoral y otras. Trató de importar de oriente un sentimiento más "verdadero" que el occidental, basado en el autoengaño, en el negarse a ver tras el velo de Maya de la apariencia. De sus obras aprendieron Thomas Mann y Hesse. Él lo había aprendido de su maestro Schopenhauer y este del budismo. Algunos de sus personajes aprenden a liberarse de la angustia de la muerte mediante la ironía, mediante la comprensión de la ilusión de la individualidad y su carácter efímero. El eterno retorno será la idea que alivia el dolor que no se deja de sentir pero del que vemos su inutilidad. Es el dolor de existir, un dolor humano, del que nos hablará Leopardi, por el que —nos dice— hay que consolar al ser humano desde su mismo nacimiento.

G. Leopardi
Hay muchos tipos de dolores. El dolor de la muerte propio o de lo que está profundamente vinculado con nosotros es real, pero toma formas —le damos salida— muy variadas. Hay modelos y rituales que heredamos, que la cultura nos ofrece. Pero cada vez más tratamos de asimilar el dolor y la muerte de forma más personalizadas. Quizá sea una reacción a los nuevos estilos de vida, presididos por nuevos "velos de Maya", los que nos ocultan la muerte para que podamos vivir en un olvido de nuestra circunstancia humana, que somos seres para la muerte, consciente de ella, conscientes de la pérdida de lo que queremos.
No hace mucho escuchábamos en unas jornadas una canción tradicional china que recoge la idea de acostumbrarse a la vida como una sucesión de pérdidas. Las cosas que queremos se escapan de entre nuestras manos hasta que finalmente nos escapamos de nosotros mismos. Es una forma de recordar la muerte. No hay cultura que esté más ordenada hacia la idea de la muerte que la china, por ello hay pocas culturas tan vitalistas como ella. En "Vivir" (1992), una de las grandes novelas de Yu Hua, el protagonista, Fugui —que ha perdido todo, familia, dinero, por su mala vida— nos habla de otros personajes hacia el final de la obra:

[...] Me contaron que, al morir, el cuello se le había enderezado, y tenía la boca muy abierta. Eso era de llamar a su hijo.
Kugen estaba junto a un estanque cercano, lanzando piedras al agua. Al oír la última llamada de su padre, se giró y preguntó:   
—¿Qué quieres?   
Esperó un momento y, como no oyó que su padre siguiera llamándolo, siguió lanzando piedras. Así hasta que llevaron a Erxi al hospital, se confirmó su muerte, y alguien fue a buscar a Kugen.   
—¡Kugen! ¡Kugen! ¡Tu padre ha muerto!   
Kugen no sabía qué era la muerte, así que se giró y contestó:   
—Vale.   
Y se volvió y siguió lanzando piedras al agua.


No nacemos con el sentido de la muerte o experimentar directamente el dolor por la muerte de otros. Puede que Kugen sintiera dolor por la muerte de su padre el día en que descubriera que él mismo podría morir. Puede que entonces fuera capaz de evocar el momento y rellenarlo con sus propios sentimientos de dolor.
El dolor, la pena, el duelo, etc. son formas en las que tratamos de encajar nuestros propios sentimientos y emociones. El camino es doble: del sentimiento a la cultura y de la cultura al sentimiento. Cuando Kugen aprenda qué es la muerte (es decir, cómo se entiende en su cultura), lo hará a través de un conocimiento que ahora no tiene. Tendrá que unir el sentimiento de su cuerpo con una serie de elementos que en su cultura se utilizan para darle sentido y organizar la experiencia. Todo lo vivo huye del dolor; solo los humanos sabemos que no podemos huir de la muerte, aunque tratemos de disimularlo o decorarlo mediante escenificaciones.


La vida moderna, una vida fáustica, es la que nos vende la inmortalidad en la tierra que pisamos, la tierra que nos acogerá finalmente. Han sido las grandes tragedias, de brutales guerras a crueles atentados, los que nos han mostrado lo poco preparados que estamos para poder gestionar dolores y duelos, sentimientos que nos recuerdan nuestra propia muerte. Por eso es importante volver al equilibrio, volver a un sentido que nos permita enfrentarlo dentro de un esquema.
Hoy consideramos la Filosofía poco más o menos que un trasto, un conjunto de pensadores pesados. Su función —antes de ser una asignatura— era ayudar a entender, a entendernos. ABC ha colocado la noticia en "Ciencia". El dolor parece que es una cuestión de médicos, de científicos, de técnicos que nos dan recetas, consejos o pastillas. El dolor no es una enfermedad, ni algo ocasional. Es el signo de la sensibilidad, de la vida misma. Pero parece que queremos olvidarnos de esta verdad. Un mundo feliz, como señalo Huxley, un mundo olvidos de lo esencial. Si hemos sustituido "felicidad" por "entretenimiento"; también lo hemos hecho con el "dolor", señal vital, del que huimos volviendo a formas infantiles de olvido. Evidentemente, no se trata de sufrir por gusto, sino de no desprotegernos, de no vivir una falsa vida artificial. Sufrimos porque estamos vivos y debemos continuar viviendo superando nuestras formas de dolor, aprendiendo a controlarlas, sin hacernos insensibles, sino comprendiendo su dimensión afectiva.


No sabemos si los animales sienten menos dolor tras el "duelo" que realizan porque no sabemos exactamente qué produce esos sentimientos en aquellos que los manifiestan claramente. Interpretamos sus gestos o sonidos de dolor y nos sentimos próximos a ellos por su capacidad de sentirlos.
Tengo dos alumnas de doctorado —a las que está dedicado este texto— que se han lanzado en sus investigaciones sobre las formas en que el dolor se manifiesta, se gestiona y se interpreta. Es un camino que exploraremos no sin dificultad. Puede que haya una barrera más allá de la cual no podamos encontrarnos más que con lo orgánico, aquello a lo que se superpone la cultura, como forma de encubrimiento. Es precisamente la conversión semiótica del sentimiento, su traducción, lo que le permite ser representado y, por ello, comunicado y compartido.


Del dolor físico a la pena, un estado de lamentación por la pérdida, hay un enorme camino evolutivo. No podemos pretender que todo es igual, porque no lo es. Pero lo importante es aproximarse a ese continuo que va del dolor por la pérdida del otro a la definición de un yo sufriente autoconsciente. ¿Es el dolor lo que nos permitió comprendernos como distintos, como otros, es decir, ser consciente de nosotros mismos?
Las palabras finales de la novela de Yu Hua reflejan la llegada de la muerte de su protagonista y narrador. Lo hace sin dolor, como una metafórica llamada y no como una expulsión del mundo, como un robo trágico, como una mala jugada. Es la vida:

Yo sabía que el crepúsculo estaba a punto de pasar, y la noche a punto de caer. Vi la tierra espaciosa mostrar su pecho sólido, en actitud de llamada. Al igual que una mujer llamando a su hija, la tierra convocaba a las tinieblas de la noche.

Solo. Fugui dormía desde hacía tiempo con dinero bajo la almohada para que quien le encontrara pudiera pagar su entierro. Compró un buey tan viejo como él, salvándolo de la muerte, para que le acompañara en el final de su vida. Le puso su nombre para no sentirse solo.
La muerte le llamó, sí, pero lo hizo a través de hermosas metáforas que solo estaban en su mente, pero era allí donde debían estar para poder descansar en paz. Esta vez, la voz de la madre no fue desatendida por una hija. La tierra le llamó con voz cariñosa y allí fue. Encontró sus metáforas para seguir.



* Jessica Pierce "¿Sienten los animales dolor por la muerte de otros?" ABC  23/09/2018 https://www.abc.es/ciencia/abci-sienten-animales-dolor-muerte-otros-201809230135_noticia.html
Camus, Albert. El extranjero (1942). Trad. Emecé (1966.)
Hua, Yu. Vivir (1992). Seix Barral (ed. española2010)