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sábado, 20 de agosto de 2022

Sociedades sin memoria

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)


Son muchos, cada vez más, las cosas que deben ser explicadas ante la falta de memoria activa. Las culturas son dispositivos de recuerdos; las sociedades fijan su unidad por la capacidad de mantener recuerdos compartidos.

En estos días, los medios se han encargado de recordarnos, de mejor o peor manera, quién es Salman Rushdie y porqué le ha ocurrido lo que le ha ocurrido. Hace unos pocos días atrás, en España, hemos tenido que explicar quién era Miguel Ángel Blanco y qué había tras el recuerdo de su nombre. Otros tenían que recordar quién era Bolívar. Es como si hubiera una enorme distancia —el olvido es una distancia, a la inversa de lo que decía la canción, que no voy a recordar aquí— entre los hechos recientes y nuestro presente.

En el diario estatal egipcio Ahram Online leemos sobre los hechos ocurridos con Rushdie: 

Different editions of the 1988 book -- seen as blasphemous by Iranian leaders who subsequently issued a religious decree calling for his death -- on Saturday occupied the top three spots on Amazon's "Movers & Shakers" list.

That list, which shows books whose sales have increased the most, had another Rushdie opus, "Midnight's Children," teetering between fourth and fifth place.

Bookstores reported a flurry of interest in the Indian-born author, some from readers too young to remember the original fury he prompted across much of the Muslim world.

[...]

"Some of our younger employees had never heard of him. So it was interesting yesterday to have conversations... with our younger staff about who he was and what his impact was on the literary world."

She added: "Honestly, I feel like people just came here yesterday because they wanted to talk about how they felt about what happened."* 


Es importante resaltar el funcionamiento que se señala: quien no ha vivido los hechos, los desconoce. Es decir: no queda forma de recuerdo más allá de quien ha formado parte del momento en el que se produjo el acontecimiento. El hecho se ha producido en muchas partes del mundo revelando un mismo problema: la desaparición de los hechos recientes como historia, su fragilidad en el recuerdo, la necesidad de recuperar información.

En el texto se menciona el "descubrimiento" por la avalancha de información que suscita un acto de este tipo. Es fácil satisfacer la demanda porque toda esa información ya existe en nuestras hemerotecas. No hace falta recurrir a especialistas, basta con teclear en Google u otro buscador. Los  medios reelaboran esa información y nos explican "quién es Salman Rushdie", "qué escribió", "quién lanzó la fatwa", etc.

Es interesante el detalle de que incluso los empleados jóvenes de la liberaría desconocían quién era Rushdie. Podríamos suponer que por su trabajo tuvieran algún conocimiento superior a la media, pero no ha sido así. Ellos solo controlan clásicos y superventas. Entre esos dos extremos nos movemos.

Es indudable que nuestro conocimiento de nuestro pasado más inmediato es muy deficiente, que existe una franja cada vez más amplia de nuestro presente, cada día más reducido, que queda fuera de foco. Pero es precisamente lo ocurrido en esa franja lo que más nos afecta en el presente, aunque lo desconozcamos. Los acontecimientos nos afectan, los conozcamos o no. Y eso es terriblemente peligroso.


Creo que hay varias causas cruzadas. La primera es la complejidad del presente frente a la reducción o simplificación que supone toda forma de discurso histórico. Se ha trabajado mucho teóricamente sobre el concepto de discurso histórico. Pero se trabaja muy poco sobre la idea de presente. Hay una corriente llamada "Historia del presente" que trata de "historizar" los acontecimientos recientes para evitar que queden sin ser convertidos en discursos, pero esto evidentemente no sirve de mucho. Por algún extraño motivo, el estudio del presente no tiene el "caché" universitario del estudio del mundo antiguo. No construye un reconocido pedigrí a los investigadores. A mayor distancia, más prestigio del campo académico.

Las transformaciones de la Academia en las últimas décadas han ido en unas direcciones claras: han aislado al mundo académico de la sociedad, convirtiendo el conocimiento en una cuestión entre "pares" y priorizando unas líneas y dejando otras fuera. En vez de crear lazos de comunicación fluidos entre sociedad y academia, se ha hecho lo contrario, ya sea por convertirlo en un negocio de pago o por hacerlos ilegibles para los comunes mediante el uso cada vez más intenso de las jergas. La penalización de la divulgación cierra el círculo en el que de lo único que se deben preocupar los investigadores es de puntuar en la promoción de sus carreras, ser citados por sus propios colegas y colocar sus escritos solo en las revistas indexadas. De esta forma sutil, la academia ha sido separada de la comunidad, algo trágico para los campos de las Humanidades y las Ciencias Sociales, cuyo destino es permitir a la sociedad conocerse mejor y ser conscientes de sus problemas y soluciones.

Esto tiene repercusiones en el sector educativo. Consideramos que debemos estudiar el Imperio Romano, por ejemplo, pero nos cuesta más explicar fenómenos recientes. El presente es complejo y no tiene tanta "bibliografía". Recuerdo esta discusión con una colega egipcia ante los estantes de "Egipto" en una gran liberaría. No había más que alguna monografía referida al presente egipcio. Hay países de los que solo conocemos lo que hemos construido sobre su historia antigua, pero desconocemos su presente.

La concentración de la academia sobre sí misma es solo una parte del problema. La explosión de los medios; el crecimiento de los medios horizontales que buscan un presente inmediato, explosivo, en el que la atención se busca para ser sustituido su objeto por otro que será igualmente efímero. Lo efímero es lo contrario de lo histórico, que permanece. La gran perversión es que lo histórico desaparece en función de una conjunción de intereses, desde la dirección del consumo a la mayor trivialidad que podamos imaginar. Su "importancia" viene decidida por la amplitud que pueda tener en ese nuevo espacio que son las redes sociales. Su propio mecanismo son esas explosiones u oleadas de información que desaparecen poco después sustituidas por otras. Si a esto le sumamos su manipulación a través de la desinformación, las noticias falsas, etc., el panorama no puede dejar de ser muy preocupante.

Es urgente que los acontecimientos recientes se incorporen a nuestro sistema educativo a través de diferentes mecanismos, como seminarios periódicos en los que se estudien o al menos se den a conocer este tipo de momentos que marcan nuestro presente, lo sepamos o no. Se pueden realizar muchas actividades, desde revistas escolares en las que recoger los temas por parte de los alumnos.

Vivimos en un mercado comunicativo en el que lo prioritario es mantenernos conectados a lo que se nos quiere contar. La mirada se dirige hacia una estrecha franja que hace desaparecer todo lo que no está en ella. Esto ha creado enormes distancias entre el momento presente y lo pasado, visto como una enorme bolsa de la que en ocasiones emergen algunos momentos marcados por la actualidad.

Se ha modificado, por ejemplo, nuestra relación con las artes. Han desaparecido del mapa autores de todos los campos, cuyas obras (literarias, cinematográfica, pictóricas...) tienen mucho que decirnos todavía. Los que se mantienen en nuestros programas, además, han quedado muchas veces anquilosados y de difícil conexión con el presente, algo que no se tiene en cuenta y que sería importante para mostrar que podemos recurrir al pasado en muchos momentos con buenos resultados seleccionando mejor lo que ofrecemos. Ese es el sentido del legado. Pero eso es romper las cómodas rutinas educativas que tanto simplifican el trabajo.

Urge encontrar una solución para la desmemoria. Sin memoria somos manipulables de forma cada vez más evidente. La pseudohistoria ocupa el lugar de la Historia. Hoy están disponibles tantas herramientas de manipulación que fanáticos y populistas puede dar su visión del pasado, de sus consecuencias introduciendo todo tipo de ideas. Tener que recordar quién es Salman Rushdie cuando es apuñalado o tener que explicar quién fueron personas que, por unas causas u otras, son importantes para nuestro presente, lo conozcamos o lo ignoremos, es un claro síntoma de fallo social, de debilidad cultural evidente.

Los medios también tienen su responsabilidad en estos mecanismos por la forma de dar aislada la información, muchas veces descontextualizada o mal construida. Al igual que otros campos, lo barato se prefiere a lo bien construido o argumentado.

Confiamos en que esa información volverá gracias a las tecnologías documentales, pero lo cierto es que es triste tener que recuperar el pasado a golpe de curiosidad en el presente. Las obras de Rushdie están copando los primeros puestos en ventas y quizá sea con ese mecanismo con el que estamos funcionando, a golpes de consumo, antes que con la conciencia histórica de los acontecimientos. 


* "Attack on Salman Rushdie sparks surge in interest in author's works" Ahram Online AFP 14/08/2022 https://english.ahram.org.eg/NewsContent/18/63/473140/Books/News/Attack-on-Salman-Rushdie-sparks-surge-in-interest-.aspx

jueves, 4 de junio de 2020

No puedo respirar o el legado de Trump

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
La CNN reproduce las palabras del ex general James Mattis: «"Donald Trump is the first president in my lifetime who does not try to unite the American people -- does not even pretend to try,"» señala de forma contundente. Y añade: "Instead he tries to divide us. We are witnessing the consequences of three years of this deliberate effort. We are witnessing the consequences of three years without mature leadership". No es fácil decir más en menos espacio, con menos palabras. El serio Mattis, un militar prestigioso, ha recibido el ingenioso tuit del presidente en el que dice que en lo único que ha coincidido con Barack Obama es en haber despedido a Mattis. Muy del estilo Trump; es lo que le va, su terreno favorito. No le pidamos ideas, pero fotos e insultos, los que quieras.


Pero el tuit de Trump es solo otra palada de tierra contra el viento. Las críticas a lo que está haciendo y diciendo no vienen solo de militares retirados. El Secretario de Defensa, el Jefe del Pentágono, Mark Esper ha dicho públicamente que no considera que el Ejército de los Estados Unidos deba salir a reprimir nada. Eso le pone en el punto de mira de Trump, pero a estas alturas de la película solo los poco inteligentes pueden pensar en seguirle el juego. Trump está teniendo "il gran finale" que quería para su salida.

Pero volvamos a las palabras de James Mattis, señalando que Donald Trump es el "primer presidente que no trata de unir al pueblo americano". Es una observación que no por lacónica carece de penetración en lo que la presidencia de Trump está suponiendo para los norteamericanos.
La estrategia de Trump ha sido siempre la parcelación y el enfrentamiento. Desde su comienzo en la carrera  la nominación en las primarias republicanas, Trump se caracterizó por ir siempre a la yugular y no importarle los destrozos causados para conseguir sus objetivos. No ha dejado de hacerlo. Trump ha tenido siempre una baza a su favor: sobrepasar el límite, llegar allí donde otros no se hubieran atrevido. La política es un mundo bronco, pero Trump lo lleva más allá, es el hombre de la otra vuelta de tuerca. Eso sorprende a sus rivales, que ven una barrera moral allí donde Trump no ve ni siente nada. Eso forma parte de sus carencias emocionales y morales, su carencia de empatía en todos los terrenos. Es lo que se le prohibió decir a los psiquiatras según la "Regla Goldwater". Sobre esto tratamos en su día, con la nominación republicana.


La llamada "regla Goldwater" hace referencia a la publicación conjunta de 1.189 psiquiatras en la revista Fact de un aviso sobre la inestabilidad mental del senador Barry Goldwater, candidato a la Casa Blanca en 1964. La regla, que recibió formulaciones similares en las distintas asociaciones profesionales, impedía emitir este tipo de diagnósticos a distancia, es decir, sin un examen previo. No bastaba lo que se veía a simple vista, sino que se exigía un examen profesional para emitir un diagnóstico.
En la propia Wikipedia, cuando se habla de la "Goldwater Rule" se incorpora un amplio texto señalando cómo esto se ignoró en gran medida en el caso de Trump y se señala: "In 2016 and 2017, a number of psychiatrists and clinical psychologists faced criticism for violating the Goldwater rule, as they claimed that Donald Trump displayed "an assortment of personality problems, including grandiosity, a lack of empathy, and 'malignant narcissism'", and that he has a "dangerous mental illness", despite having never examined him.[3][12][13]"
La ética es la ética, pero la realidad es la realidad. No creo que nadie a estas alturas dude sobre la calidad del diagnóstico a distancia en el caso de Donald Trump. Pudo ser poco ético, sí, pero el diagnóstico fue acertado. Supongo que la claridad de lo señalado también les produjo un problema ético. Quizá la "regla Goldwater" sea una especie de contradicción permanente cuya eficacia solo sirva para redimir a los que se condenó por avisar de los problemas que llegarían en el futuro.


La observación de Mattis es acertada. Trump ha sido el gran divisor, como aquí le hemos llamado en muchas ocasiones y cuya realidad tiene incendiada a los estados Unidos de una causa a otras. ¿Se puede ignorar su grito de "¡Liberad los estados!" lanzado antes del caso George Floyd, que ha sido el detonante final?
No ha habido un solo elemento que no haya sido utilizado para crear conflictos, de lo que se alimenta de las bombas que le arrojan, como esos monstruos de las películas de fantasía y ciencia-ficción.
Solo una cosa ha sostenido a Trump, que nadie creyera que pudiera llegar tan lejos. Los que creían que podrían controlarlo —los líderes republicanos, el staff de la Casa Blanca...— pronto tiraron la toalla, quedan los cobistas y mediocres o los que, como el doctor Fauci, han hecho de tripas corazón para evitar males mayores. Y, lo más terrible, le ha mantenido una parte importante del pueblo de los Estados Unidos que ha hecho suyos el fanatismo del que no cree en nada, la religión del que no la tiene, el racismo del supremacista irónico. La falta de creencias religiosas se concreta en esa farsa de la foto con la Biblia y así se acumulan en él los mayores tópicos en forma de reacciones teatrales, en gestos superficiales que él maneja para arrastrar a sus "creyentes", fascinados por escuchar lo que ellos no se atrevían a compartir.


La destrucción de Trump no es solo interna, en los Estados Unidos. Ha destruido la poca o mucha armonía internacional que pudiera haber agravando los conflictos con su afán de salvar al mundo, que no es más que su deseo enfermizo de aplauso y reconocimiento. Ha destruido cualquier acuerdo internacional en todos los terrenos, desde los conflictos de la OTAN que ha llevado a Europa a pensar en la creación de un ejército europeo y establecer su sistema de defensa, a los acuerdos sobre el cambio climático, la ruptura de los acuerdos sobre desarrollo nuclear que convierte el mundo en un lugar más inseguro, la idea de la militarización del espacio, el desastre de Oriente Medio con el proyecto del "acuerdo del siglo"... hasta las críticas a los premios de la Academia de Cine dados a la coreana "Parásitos". Trump no podía dejar nada en pie en el planeta, no podía haber nada que el mundo considerara positivo que no lleve su firma.


Mattis tiene razón. La pena es que no haya habido ninguna fuerza, nacional o internacional, capaz de frenar a un tipo de esta categoría. Los jueces lo han intentado y lo han conseguido en ocasiones, lo que no ha hecho sino aumentar su furia. Ha insultado a países enteros, llamándolos "agujeros de mierda"; ha mostrado el racismo más descarado cuando hablaba de cómo se solucionaban los problemas "en los viejos tiempos". No podemos olvidar su machismo brutal y descarado. En fin..., nada que no nos hubieran advertido rompiendo la regla Goldwater.
Algunos líderes mundiales hacían chistes a sus espaldas y a algunos pilló riéndose. Pero Trump usaba la fuerza de la amenaza y lo sigue haciendo con aliados o con enemigos. Los países a los que llegaba le recibían con muestras de desprecio que él reinterpretaba como de admiración. Ni a la reina de Inglaterra le hizo gracia tener que tomar el té con él, con la ciudad de Londres declarándolo persona non grata, algo insólito pero real. Los más de cien mil muertos  y el más de millón y medio de contagios, a fecha de hoy, son un triste recordatorio de su sentido de la sanidad nacional y de la vida de sus conciudadanos. En gran medida son parte de sus políticas negacionistas nefastas.


Ha hundido cualquier forma de prestigio internacional, de liderazgo de algo, dejando a los Estados Unidos en una posición de decadencia moral y científica realmente penosa. No ha sido capaz o no le ha importando encontrar algo que no se basara en la fuerza. Cuando salga de la Casa Blanca, su legado será de destrucción, de división; pero, eso sí, será idolatrado por aquellos que le han aplaudido cada gesto machista, racista, ignorante o de fuerza, sacando lo peor de todos. Será añorado, dentro y fuera, por los autoritarios de diferente pelaje, por los dictadores a los que felicitó por su buen trabajo y abrazó.


El grito de "No puedo respirar" (I can't breathe!) es algo más que las últimas palabras de George Floyd. Es el sentimiento de millones de norteamericanos para los que respirar su propio aire se ha vuelto un acto peligroso por nauseabundo. Es el aire contaminado por Trump, el entorno viciado, lo que se denuncia junto a la muerte infame.
Como el toro herido, hay que tener cuidado con su final de legislatura porque podemos contener desagradables sorpresas en cualquier parte del mundo. Seguirá desuniendo hasta el final, cuando sea separado, arrinconado en algún campo de golf de infinitos hoyos.



* Stephen Collinson "Military leaders condemn Trump over protest response" CNN 4/06/2020 https://edition.cnn.com/2020/06/04/politics/donald-trump-james-mattis-esper-protests/index.html
* "Goldwater rule" https://en.wikipedia.org/wiki/Goldwater_rule

viernes, 13 de marzo de 2015

El dedo borrador o vivir para tus biógrafos

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
La noticia de la destrucción masiva de correos personales de Hillary Clinton —más de 30.000— por su propia mano durante su periodo de Secretaria de Estado ha causado un gran revuelo político. Clinton dio la explicación de que había unificado sus cuentas oficiales y personales para tener una mayor agilidad y perder menos tiempo.
Lo cierto es que el uso de correos alternativos al oficial fue regulado por la Administración norteamericana: «The Foreign Affairs Manual was codified by the State Department, which ruled in 2005 that employees could only use private email accounts for official business if they turned those emails over to be entered into government computers.»* Los correos deberían ser introducidos en las bases de datos de la Administración para su registro y preservación.


Pero a la tormenta política por la pérdida de informaciones e infracciones de los reglamentos sobre comunicaciones oficiales, le sigue la señalada por los afectados del futuro, los historiadores, que han puesto el grito en el cielo al enterarse de la destrucción de documentos privados, su material de trabajo. The New York Times recoge los argumentos y las quejas:

The problem goes far beyond Mrs. Clinton, though her private life as first lady and secretary of state — and, of course, if she were to become the 45th president — is likely to be of great interest to future generations. The advance of technology has created a huge volume of digital information, much of it ephemeral and easy to lose or destroy, while all but eliminating some of the richest sources for historians who have plumbed the 19th and 20th centuries.
The lost Clinton emails, said Doris Kearns Goodwin, might have helped fill in a vivid future portrait. “A government official is not just an official,” said Ms. Goodwin, a Pulitzer Prize-winning biographer of Abraham Lincoln, Theodore and Franklin D. Roosevelt, and other figures. “They have marriages and children and rich private lives that are all mixed up with their public lives. As a biographer, that’s what you want.”**


Efectivamente, el mundo era más sencillo cuando la gente escribía cartas. Por eso la Historia, se nos dice, comenzó, con la escritura. Lo que se están temiendo algunos es que se acabe con el correo electrónico.
Para los teóricos de las comunicaciones, lo que estamos viviendo es lo que algunos llaman la "nueva oralidad" o la "oralidad electrónica". Con esto quieren decir que realizamos de forma sincrónica lo que antes se difería. Antes de que existiera el teléfono, por ejemplo, las comunicaciones a distancia se debían hacer por carta, con lo que el contacto quedaba registrado y podía ser conservado. Los historiadores tenían materiales de primera mano. Pero, ¿cuánto queda registrado de las conversaciones telefónicas? Una mínima parte en proporción a lo que dejaba la escritura. Si nos damos cuenta de que la mayor parte de los avances tecnológicos nos sacan del universo de la escritura, de la Galaxia global de la escritura manual y la de Gutenberg, veremos que se reducen las posibilidades de documentación personal.


En cambio ha aumentado el número de registros públicos de las actividades. Basta con entrar en YouTube o en las páginas de Facebook o Google+ para comprobar el aumento de la producción gráfica y videográfica. Puede que hayamos perdido los correos de Hillary Clinton, pero tendremos un montón de selfies y demás. Pero lo sabido no es lo que interesa a los historiadores, sino lo que queda por saber.
Pero el problema que se plantea aquí es otro, el personal. ¿Es posible vivir con la idea de que estás en la Historia? Me imagino que en ciertos momentos de la vida tal sentimiento pudiera darse, ¿es posible vivir de esa manera todo el tiempo? Me imagino que solo algunas personalidades muy peculiares podrían vivir con ese sentido de su papel en la Historia. Quizá Goethe, pero era Goethe.
Algunos consideraban un primer "patinazo" en su carrera el hecho de haber borrado los correos calificados como personales en sus cuentas unificadas. Desde una mente sospechosa, el hecho de borrar correos tiene una respuesta rápida: hay algo que ocultar. Pero, ¿cuántos correos borramos cada día sin tener nada que ocultar? ¿Dejaríamos de borrarlos por la sospecha de que el futuro nos tendría deparado algo que vuelva relevantes para una parte de la humanidad lo que esos correos cuentan? ¿Detendría nuestro dedo borrador el súbito destello de considerar la posibilidad de que le importemos algo al futuro?


En el caso de Hillary Clinton, esa conciencia biográfica debería darse como personaje público importante y cuya eventual candidatura a la presidencia de los Estados Unidos volvería más relevante. En el caso de ser la primera mujer en ser presidente de los Estados Unidos, sin duda ninguna, se rebuscaría hasta en sus diarios de adolescente.
Las posibilidades de futuro más las realizaciones del pasado, convierten a Hillary Clinton en parte de la Historia, lo que da sentido a sus quejas:

Her decision to delete the personal emails may reflect her experience as a polarizing figure who lived through the searing experience of her husband’s very public sexual affair with a White House intern. Now, as a likely presidential candidate, she opted to delete the private emails out of concern that they could leak and be used to embarrass her or undermine her candidacy.
“No one wants their personal emails made public, and I think most people understand that and respect that privacy,” Mrs. Clinton told reporters.
That may be. But historians, of course, perhaps after a grace period of some years, very much want to use personal emails and other private records to shed light on a public life.
“If she becomes president, we would eventually want to have all the intimate details of her life before the presidency,” said Robert Dallek, a prominent presidential historian. “It’s all part of the historical record.”**


Pero los historiadores que piden un periodo de gracia en la privacidad para que luego les sean abiertas las puertas de la intimidad de sus biografiados se tendrán que enfrentar a retos más peligrosos que el dedo borrador. Me refiero a la obsolescencia de los dispositivos y al deterioro y pérdida de la información. Aquella escena del historiador encontrando cartas y diarios en viejas cajas en los desvanes, por recurrir a un tópico muy visual, se desvanece en el presente digital y será complicada en el futuro.

Sin necesidad de ser Hillary Clinton, nosotros mismos perdemos el acceso a la información propia por toda una serie de dificultades que se acumulan en nuestra vida digital. ¿Qué ocurre, por ejemplo, si tenemos nuestra información en la "nube", como es la tendencia creciente? ¿Qué ocurre con los viejos dispositivos electrónicos en los que guardamos materiales documentales? ¿Cuántas veces ha perdido usted su pen-drive sin tener copia de todo?
Aquello tan bonito —como hizo Thomas Mann— de que se abran mis cajas con diarios, cartas, etc. veinte, cincuenta... años después de mi muerte deja de tener sentido en un entorno mediático tan cambiante y acelerado como en el que vivimos. Los historiadores pueden esperar aunque, eso sí no hay garantías de que lo encontrado sea interesante. Señalaba Manuel Vicent sobre los diarios de Mann:

Desde su juventud hasta el final de sus días Thomas Mann llevó un diario que sólo pudo ser leído veinte años después de su muerte, por propio deseo expresado en su testamento. En distintos cuadernos secretos había ido anotando los pormenores de su existencia. Cada jornada, una detrás de otra, fue desmenuzada en todos sus actos anodinos: miles de desayunos con huevos escalfados, miles de resfriados y mareos, miles de paseos sólo o acompañado de su mujer Katia o de su perro Toby por los bosques, por los parques de distintas ciudades donde vivió, en su patria o en el exilio de Suiza o de Norteamérica. En esas páginas, datadas de forma meticulosa, el escritor dejaba constancia de las visitas de amigos, de los tés de las cinco de la tarde, de los viajes en tren, en coche o en barco, de las piezas de música oídas mientras se fumaba un puro antes de ir a la cama y también de las poluciones nocturnas, de las masturbaciones y de otros movimientos escabrosos de la carne, de las pulsiones homosexuales que sentía al ver a un joven y hermoso camarero. En cambio, en ese diario le bastó con una línea para fijar la llegada de Hitler al poder y con algún mínimo párrafo para despachar el desarrollo de la Guerra Mundial a medias compartida con las tribulaciones que sufría por sus hijos y el trabajo con los distintos libros que iba escribiendo, sus ensayos, conferencias y discursos, sin un solo pensamiento que no fuera el sonido del minutero del reloj de la vida en el que se iba desangrando. Al parecer Thomas Mann creía que cualquier nimiedad cotidiana tenía una trascendencia sublime por el simple hecho de que le ocurría a él cuya alta estima era capaz de convertir un catarro en una categoría suprema. Pero estos escritos secretos tienen la virtud de descubrirnos el derribo interior que se ocultaba detrás de una fachada impecable, sin una sola grieta.***


Durante años los historiadores esperaron a que se abrieran las cajas para hacer la biografía definitiva, la que incluyera la vida privada junto a la pública. Las decepciones, en muchos casos, han sido grandes. La vida privada de las personas públicas puede ser tan aburrida como la de cualquier mortal. Si no lo es, corres el riesgo de acabar como Dominique Strauss-Kahn.
Pretender que alguien que ha estado preocupado por su papel en la Historia deje un testimonio sincero es bastante ingenuo. El que teme ser juzgado va borrando huellas. Si los historiadores quieren saber más, piensan, que se busquen la vida.
Queda la cuestión de las filtraciones. Los sistemas digitales son más vulnerables y los documentos pueden llegar a manos de los rivales antes que de los historiadores. Las filtraciones de archivos personales es peligrosa y los personajes con trascendencia pública lo experimentan en sus carnes con frecuencia.


La desesperación de los historiadores es comprensible. Las prevenciones de los futuros ocupantes de los libros (o lo que sea) de Historia también. Durante siglos muchos personajes públicos han estado obsesionados por qué diría la Historia de ellos. Hoy preocupa el día a día, es decir, la opinión pública. La vida es la vida, la que a cada uno la toca; la biografía es lo que otros cuentan, es el trabajo de los demás.
¿Hemos perdido sentido de la Historia? Probablemente sí. ¿Pensaba en la Historia Hillary Clinton cuando su dedo borrador acabó con los 30.000 correos? Probablemente, no. Pensaba en que más vale ser una candidata criticada que una candidata hackeada.


* "Hillary Clinton Emails: A Timeline of What Rules Were Allegedly Ignored" ABCNews 6/03/2015 http://abcnews.go.com/Politics/hillary-clinton-emails-timeline-rules-allegedly/story?id=29442707
** "Awash in Information, Historians Fear Loss of Rich Material" The New York Times  12/03/2015 http://www.nytimes.com/2015/03/13/us/awash-in-information-historians-fear-loss-of-rich-material.html?hpw&rref=politics&action=click&pgtype=Homepage&module=well-region&region=bottom-well&WT.nav=bottom-well 

** Manuel Vicent "Thomas Mann: entre la belleza y el cieno" El país- Archivo http://elpais.com/diario/2009/08/22/babelia/1250898618_850215.html22/08/2009



domingo, 14 de abril de 2013

Ding, dong

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Mientras el gobierno Cameron ha organizado un gran funeral como homenaje  la figura de la ex primer ministra Margaret Thatcher, los que no la valoran tan positivamente su recuerdo han creado su propia forma de celebrarlo: llevar hacia el número uno de la lista del "Top 40" de la BBC una canción alusiva, "Ding dong, the whitch is dead", perteneciente a la banda sonora de la película El mago de Oz (The wizzard of Oz 1939). Estar en la lista del Top 40 implica que la BBC tendría que emitirlo en el programa que da cuenta de las canciones. La polémica lleva toda la semana en los medios de comunicación y en las instituciones: ¿se debe emitir? En el momento en que escribo esto, la canción se encuentra en el número 10 de la lista. Para los políticos conservadores, las calificaciones oscilan entre el "insulto inaceptable", la "falta de respeto" y el "mal gusto". Los políticos se encuentran divididos entre el respeto institucional a la BBC, el respeto a la memoria de la fallecida y el respeto a los gustos del público, un conflicto de intereses.


La decisión de la BBC es emitir solo unos segundos de la canción. De esta forma cumple con su función de no interpretar los motivos de sus oyentes para seleccionar las canciones y no censurarles y realiza una acción "diplomática" respecto a las presiones políticas para que no emita la canción. Puede satisfacer a todos o, lo más probable, a ninguno. Será atacada por recortar el "tema" y por haber emitido el breve estribillo de la canción, que se limita a repetir "Ding, dong. The witch is dead" como alegría de los pequeños munchkins ante la muerte de la bruja. En el terreno de lo simbólico, con que sea emitida unos segundos será considerado un éxito para los que lo han promovido. No hace falta más.

Hoy muchas batallas son mediáticas. Sin que se haya emitido todavía la canción —el programa es hoy— han conseguido que el estribillo "Ding, dong. The witch is dead" sea —como acaba de ocurrir al escribirlo yo— repetido en millones de páginas de periódicos y medios digitales, ya sea para apoyarlo o para atacarlo. La polémica es el objetivo, lo más rentable.
De que Margaret Thatcher sea una figura histórica trascendente, no lo duda nadie. La interpretación del sentido de esa figura es lo que mueve pasiones contrarias, sentimientos opuestos, de la admiración y el respeto hasta el odio más profundo y el desprecio a su legado. Alguien que pasa a la Historia diciendo "¡no, no, no!" entre sus frases más recordadas, no puede ser indiferente.
La virulencia de las celebraciones de la muerte de un dirigente en un país democrático pueden parecer excesivas, pero, como ha señalado también The Mirror al recordarla en su portada, fue la "mujer que dividió al país", que marcó un antes y un después, pero sobre todo una polarización extrema de la sociedad.
El mundo se encuentra hoy bajo los efectos de aquel tandem creado a ambos lados del Atlántico entre Ronald Reagan y Margaret Thatcher. Marcaron sus políticas y las de los demás, incluso las de sus propios opositores quienes no tuvieron más remedio que transitar sobre sus surcos o les faltó más valor para cambiarlos. Decidieron que el tamaño de los estados era el problema, que lo eran las decisiones de sus dirigentes. Menos las suyas.



Crearon, sobre todo, una gran metáfora, la de la "responsabilidad", llevando al discurso político y a las instituciones la idea de que los estados fomentaban la irresponsabilidad de las personas al ampararlas. La madurez, decían, es que los individuos asuman los riesgos de sus propias decisiones. La gran crisis en que nos vemos inmersos —en gran medida, hija de sus acciones— nos demuestra la falacia de ese planteamiento, que la "ley del embudo" es la verdadera ley del capitalismo salvaje que ellos retomaron: el beneficio es individual, las pérdidas colectivas. Crearon, además, una respuesta comodín a todos los problemas: cualquier problema creado es porque no se ha liberalizado lo suficiente. Una respuesta que constituye una salida de emergencia a las responsabilidades por lo que se hace a quienes lo hacen. Nunca han hecho bastante, sino que les queda por hacer. La culpa es de los demás, que se resisten.
La extrema respuesta a la muerte de Lady Thatcher es porque muchos sienten que todavía sigue en el poder, que todavía se perciben su efectos.