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viernes, 26 de abril de 2024

La jugada

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

Conforme pasan las horas, como en filme de suspense, se acerca el momento elegido por Pedro Sánchez para decir al mundo su decisión. El mundo se paraliza pendiente de lo que el presidente español, en una modalidad inédita de thriller político, con un tic-tac intenso como banda sonora. ¿Qué pasará?

Los comentaristas están divididos entre los que les acusan de teatralidad, los que están emocionados por este gesto de hombre de estado que puede tirar todo por la borda en defensa de la familia y, finalmente, los indiferentes, aquellos a los que les da igual por diferentes motivos, de la apatía aburrida a la indiferencia militante.

En mitad del histrionismo político español, lleno de grandilocuencia, el plazo dado por Sánchez para "decidir" será visto con incredulidad por unos y con rasgado de vestiduras por otros, "¡hasta dónde hemos llegado!".

Sin embargo, conforme pasan las horas y se diluye la sorpresa, cada vez se le ve menos sentido al gesto y surgen preguntas y críticas.

Acabado el plazo dado por el presidente, las salidas son solo dos: coger la puerta e irse o apelar a la responsabilidad haciendo de tripas corazón, convencido por los manifestantes ante Ferraz, las voces de dentro de Ferraz o las de La Moncloa.

Puede que Sánchez sea un Ulises sin cuerdas que escucha los cantos de sirena que le dicen "¡déjalo todo y ve a casa, esto no vale la pena!" o, por el contrario un Ulises atado al cargo y a sus deberes políticos que resiste las tentaciones.

Quedan horas y una jornada de liga por medio para saber el resultado final. Queda saber si el destino de Sánchez es la primera plana de los diarios o si es la portada del ¡Hola! Me imagino que habrá "porras" sobre el resultado y que las casas de apuestas y habrán abierto sus oportunidades.

Con lo que tiene por delante, creo que a Pedro Sánchez todo lo que no sea "dimisión" real, salir del cargo —algunos apuntan que hacia Europa— es sumirse en el ridículo universal. 

Debemos creer que nadie sabía nada en La Moncloa, según nos aseguran los medios y fuentes del gobierno y partido Para ser creíble debía ser así. De otra forma, los asesores le habrían explicado las posibles consecuencias y le habrían convencido de otra forma de actuar.

Si esto, por contra, estaba programados; si es un golpe de efecto para conseguir no se sabe muy bien qué, el impacto de la caída va a ser tremendo.

Los medios nos tranquilizan entrevistando juristas que aseguran que no hay problema, que todo está "institucionalmente previsto", pero no es eso. La sucesión en un partido es un pistoletazo de salida, algo que puede abrir brechas, viejas y nuevas heridas. No están las aguas tranquilas aunque lo parezcan. Basta con ver vacía La Moncloa para que empiecen a salir aspirantes de más o menos categoría, con más o menos probabilidades. Todo el edificio de "seguridad" elaborado por Sánchez en este tipo se tambalea.

¿Qué pretende Pedro Sánchez? Algunos se preguntan: ¿a qué tanto misterio si quiere dimitir? ¿A qué tanta teatralidad con una carta a la ciudadanía? ¿A qué tanto tiempo? ¿No era más sencillo salir en rueda de prensa y decir "me voy" por esto y por esto...? Pues no, parece que no, que hay que crear este suspense. Normalmente la gente se piensa las cosas y después comunica el resultado. Aquí Sánchez parece querer que observemos su tiempo hamletiano de dudas, que lo vivamos en la sombra pero en directo.

Se arriesga al ridículo si le sale mal la jugada. Y a que aquellos que están a su sombra empiecen a preguntarse a qué viene este número.

domingo, 23 de abril de 2023

El mal jefe

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

Lo del Reino Unido es una especie de juego del disparate en el que van siendo eliminados, por diferentes causas, los miembros del gobierno. Es como un caso de Agatha Christie en el que van desapareciendo los personajes acusados de distintos delitos o, vamos a llamarlos así, malos hábitos.

Pensábamos que con la salida de Boris Johnson se iba a quedar todo un poco más tranquilo, pero en Reino Unido, al contrario que en España donde no dimite prácticamente nadie, son las dimisiones las que les complican la vida a los gobernantes. Ya sea porque se dan un fiestorro en el 10 de Downing Street cuando los demás están confinados o por circunstancias como ir sin el cinturón de seguridad o, como el nuevo caso, tener malos modos hacia los subordinados.

Quizá algunos recuerden una vieja serie británica de televisión llamada aquí "¡Sí, señor ministro!", de la que se sacaba la conclusión de que los políticos pasan y los funcionarios quedan. Ellos, se decía, son el "verdadero poder", pues son los que permanecen y son además necesarios porque los políticos, precisamente por su carácter provisional, no saben nada de nada. La serie hizo disfrutar a muchos, aunque no sé cómo sentaría entre la clase política esa revelación.



El nuevo caso británico, problemas para el primer ministro, nos lo cuentan en RTVE.es:

 

El primer ministro británico, Rishi Sunak, ha sufrido un inoportuno revés al perder a su número dos, Dominic Raab, a poco menos de unas elecciones municipales que, aunque parciales, medirán la popularidad de los conservadores por primera vez desde que el mandatario accedió al poder en octubre.
La dimisión del viceprimer ministro y titular de Justicia por acoso laboral sigue centrando la atención mediática este sábado, cuando el sindicato de altos funcionarios FDA ha pedido una investigación oficial más amplia sobre la conducta de los titulares de ministerios.

[...]

Dominic Raab dejó sus cargos el viernes tras publicarse un informe legal encargado en noviembre por el primer ministro que respalda varias acusaciones de acoso en su contra cuando era ministro del Brexit, Exteriores y Justicia, entre 2018 y 2022.

Aunque dimitió porque se había comprometido a aceptar las conclusiones del abogado Adam Tolley, Raab, de 49 años, mantiene que su conducta no equivalió a acoso, ha responsabilizado de las quejas a funcionarios con presunta motivación política y alerta de que penalizar un estilo de mando duro socavará la labor de gobierno.

Según un informe del sindicado FDA, uno de cada seis altos funcionarios públicos ha presenciado mala conducta de ministros en los últimos 12 meses en más 20 departamentos gubernamentales. A juicio del secretario general de la entidad, Dave Penman, esto demuestra que Raab "no es una sola manzana podrida y que existe un problema más amplio con el acoso ministerial de lo que el primer ministro quiere admitir".*


 


El autoritarismo político es cada vez más frecuente. El nerviosismo por vivir en campaña constante es un hecho palpable. Pero en este caso hay varias circunstancias de interés.

Las acusaciones y quejas contra el ministro Raab son variadas, desde distintos lugares donde ejerció sus cargos políticos. Pero creo que él mismo se descubre cuando dice que "penalizar un estilo de mando duro socavará la labor de gobierno". Me da la impresión que con esa declaración deja al descubierto un "estilo de mando" y su idea de que quien incumple es el funcionario débil o respondón, que serían los responsables de que no se alcanzara el éxito político.

Dominic Raab se descubre así como un político que cree en la mano de hierro como base del éxito. ¿No vio "Sí, señor ministro"? Probablemente estuviera entrenando artes marciales o viviendo alguna experiencia extrema en algún desierto del planeta, como parte de su formación política.

Cada vez se implanta con más virulencia el modelo "galera" en una sociedad de remeros. Los malos modos ya no son tales, sino formas de estimulación laboral. Cada vez hay más gente que cree que la explotación, el insulto, la mano de hierro son "estímulos", formas físicas de hacer entender cuál es tú trabajo. Generalmente son los mismos que creen que cuanto más inestable sea tu contratación laboral, mejor rendimiento obtendrán. El hecho de que te puedan echar a la calle, piensan, hace que tu trabajo sea más ajustado y competitivo. Es una forma de verlo, pero está por ver si es la mejor o, simplemente, la más justa.

Ahora el sindicato de funcionarios pide una investigación sobre las formas de estimulación laboral de Dominic Raab. Los funcionarios creen que existe un específico "acoso ministerial", que debe ser algo parecido al "acoso presidencial" padecido bajo Donald Trump por asesores y funcionarios, algo que denunciaron unos cuantos al salir de la Casa Blanca.



Hay repartido por el mundo político de todas partes muchos con vocación de "Trump"; les va eso del "You're fired!", característico del millonario de nacimiento, acostumbrado a mandar y ser obedecido sin rechistar.

El poder se sube a la cabeza antes que el alcohol y dura mucho más la resaca. Dominic Raab se quiere presentar a sí mismo como la "mano dura" que el Reino Unido necesita, que es lo mismo que dice Trump que necesita América para ser grande de nuevo. Las crisis son siempre por debilidad, de una forma u otra. ¡Mano dura!

Ahora se la han aplicado a él y ha salido con profecías catastrofistas. Es evidente que los desastres no se producen por funcionarios demasiado "sensibles", sino por políticos como este, ya ex ministro, que confunden gritar con ser eficientes.


Dicen que era la mano derecha del Primer Ministro, pero era más bien "el puño derecho" golpeando donde no debía. Algunos titulares hablan del "ministro boxeador" (El País), que parece es el rasgo que va a quedar.

La última "tradición" de los conservadores británicos ha sido cargarse a sus propios dirigentes, pero lo de Dominic Eaab ha sido diferente. Han sido las denuncias de los funcionarios, lo que abre una nueva tendencia. Hay diferencias entre ser un "mal ministro" y un "mal jefe". Las combinaciones posibles harían que la deseable fuese la de buen ministro y jefe, pero no siempre puede ser. La cuestión ahora es si este mal jefe arrastrará también al suyo, del que era mano derecha.


 

* "El Gobierno de Sunak se tambalea a dos semanas de las elecciones municipales" RTVE.es EFE 22/04/2023 https://www.rtve.es/noticias/20230422/gobierno-sunak-se-tambalea-dos-semanas-elecciones-municipales/2440566.shtml



martes, 21 de febrero de 2023

Lo gratis sale caro

Joaquín Mª Aguirre (UCM)

La forma de zanjar las crisis dice mucho sobre las crisis mismas. La chapuza de los datos erróneos dados a los fabricantes cuyo resultado eran trenes que no cabrían por los túneles tenía que estar a la altura. La solución es cortar las cabezas de dos responsables más y trenes gratis hasta 2026, fecha en que llegarán los trenes con las medidas ajustadas a la realidad de los túneles. Así, la chapuza se controla mediática y políticamente. ¿Trenes gratis durante tres años? Los usuarios dejan de protestar y la deuda sigue subiendo. Pero por algún lado tendrán que ingresar, a menos que nos concedan el premio Nobel de Economía por encontrar la empresa que se alimenta del aire, que por muy limpio que esté, no produce las calorías económicas suficiente. Lo gratis lo pagamos todos, aunque lo disfruten unos pocos.

La chapuza se va instalando cada vez más como una realidad tangible, próxima, cotidiana. Se centra en elementos muy variables, desde los jurídicos, con leyes cuya aplicación consigue lo contrario de lo que pretendía, a estos trenes que no caben. Pero a las chapuzas se le suman las negligencias, una variable peligrosa que, como en el campo de la sanidad, causa muertes. Es raro el día en que no tenemos noticias de chapuzas y negligencias en algún sector, que salga a la luz algún desastre.

¿De dónde sale todo esto? Un primer factor es indudable: mucha gente no está donde debería estar o, lo que es lo mismo, está donde no debe. Los malos nombramientos son una peste contemporánea que hace que coloquemos a personas en lugares para los que no están capacitados. Pero el hambre de cargos es un mal difícil de controlar, sobre todo porque constituye una cadena de confianza, una forma de colocar personas próximas que viven a la espera de un cargo. Esa proximidad es la que se da en los partidos políticos en muchas personas que esperan su momento, el del cargo remunerado en un sector del que muchas veces desconocen casi todo. 

La otra causa es también indudable: los recortes de personal, que acumula errores por agotamiento, simultaneidad de tareas, etc. Esto se ve igualmente en todos los sectores, donde se producen chapuzas por la falta de la atención necesaria causada por prisas, como estamos viendo en los errores de diagnósticos médicos, cada vez más frecuentes. ¿Son peores los profesionales? Probablemente no, pero las condiciones en las que trabajan o los recursos de que disponen no facilitan sus tareas. Si tienes, por ejemplo, menos tiempo para reconocer, menos fondos para gastos y todo se hace igual en cada proceso, los resultados no dejan de empeorar.


Hemos tenido accidentes trágicos por la negligencia, por ejemplo, en la revisión de las medidas de seguridad de atracciones de feria. La cantidad simbólica de revisores deja en el aire la idea de "seguridad". Todo se deja al azar, a las probabilidades bajas de que ocurra algo. Pero la crisis modifica los factores: al reducir los ingresos y aumentar los gastos, esto repercute en las revisiones de seguridad, tanto por parte de los inspectores como por parte de los propietarios. Y los problemas aumentan.

¿Es la gratuidad de los trenes una solución a las chapuzas? No. Es una "solución" a su coste político, para salvar las protestas y el ridículo. Pero la falta de ingresos puede significar un aumento de las probabilidades de que se produzcan problemas de diverso orden. La falta de ingresos tendrá que repercutir en algún grado sobre lo que hay hoy y el deterioro se irá produciendo porque forma parte del ciclo de vida de los materiales. Lo que no se renueva, se vuelve contra ti.


Los políticos han medio salvado la cara. Han escenificado su indignación frente a sus electores y han cortado cabezas para mostrar que no son tolerantes con las negligencias, aunque los responsables no sean ellos. Pero da igual. Es más barato cortar unas cuantas cabezas que te recorten unos cientos de miles de votos que se pueden llevar por delante a miles de cargos surgidos en los despachos del poder.

La cultura de la chapuza avanza porque la eficacia tiene un elevado coste de mantenimiento. Que las cosas funcionen, que el candidato ideal esté en su puesto, etc. tiene un coste en muchos planos. Por lo pronto, una persona responsable exige las medidas necesarias para que su servicio o sector funcione como debe. Pero la cultura de la chapuza adora a los jefes y maltrata a los subalternos, a los que azuza con la vara. De esta forma, empieza a cundir el desánimo y un pensamiento que no se siente vinculado al estado general. Las advertencias desaparecen una vez que han sido desatendidas.

Esperemos que la chapuza de los trenes que no caben no sea superada por problemas derivados de la gratuidad del servicio.

martes, 27 de septiembre de 2022

La dimisión de Pérez Tornero

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

Se ha producido en estas últimas horas la dimisión del Presidente de la Corporación RTVE, José Manuel Pérez Tornero. Los titulares de la prensa lo sitúan con claridad como una pérdida de confianza política por parte del gobierno: "El presidente de RTVE dimite al perder el apoyo del PSOE y Unidas Podemos" (El País), "Moncloa fuerza la dimisión de Pérez Tornero para tomar el control de RTVE" (El Mundo), " Pérez Tornero dimite como presidente de RTVE tras perder la confianza del Gobierno" (ABC), "El presidente de RTVE presenta su dimisión tras invitarle Moncloa a salir" (El Confidencial).

Parece que se da una vez más el ciclo de los nervios: cuando se comienza una etapa política todo es independencia de los medios estatales; cuando se acercan nuevas elecciones, en cambio, los políticos en el poder comienzan a ponerse nerviosos y se olvidan de la independencia que pregonaron.

Está muy claro que Pérez Tornero llegó a RTVE con un proyecto de independencia, neutralidad y profesionalización de los medios a su cargo. No ha dejado de decirlo desde sus inicios.

En la carta en la que explica que presentará su dimisión en las siguientes horas hace un recuento de los objetivos y de los logros alcanzados en ese periodo de tiempo al frente de la corporación. Uno a uno, Pérez Tornero explica lo que ha sido su proyecto para concluir finalmente: 

En resumen, hemos avanzado considerablemente, creo que se puede demostrar con datos y, sin embargo, insisto: creo que ya no se dan las circunstancias para seguir avanzando. Porque he constatado que, dentro del máximo órgano de administración de RTVE -y pese a los esfuerzos ímprobos realizados por algunos de sus componentes- ya no se dan las condiciones mínimas para el consenso transversal, ni para la conformación de una mayoría plural, estable y coherente; y, en muchas ocasiones, ni tan solo el clima propicio al diálogo que necesitamos para culminar el proyecto. Lo cual dificulta mucho la gobernabilidad de la empresa, e impide llevar a cabo la transformación con la que todos nos habíamos comprometido.

Por esta razón, antes de tener que de dejar de lado mis convicciones y mi responsabilidad institucional con el compromiso adquirido, tengo la intención, en las próximas horas, de presentar mi renuncia a la presidencia de RTVE, y a formar parte de su consejo de administración.

Vine a sumar y a construir, y me voy con la conciencia tranquila. Vuelvo a mi universidad con la satisfacción de haber hecho todo lo posible por contribuir a edificar una radiotelevisión pública, plural e independiente a la altura de las exigencias de nuestro tiempo y como nuestro país merece.* 

Lo del "consenso transversal" es una especie de logro eufemístico que hay que apuntar a Pérez Tornero. Es una fórmula novedosa para reflejar la pérdida de la independencia. Los partidos, por decirlo así, sacan sus lentes críticas y escrutan puntillosos los minutos, palabras, imágenes favorecedoras o no, etc. ante la perspectiva de unas elecciones.

La maquinaria histérica de los partidos mira alternativamente la programación y las encuestas para encontrar fórmulas para subir unas décimas en los sondeos. Exigen más presencia y mejor tratamiento y los teléfonos suenan, los mensajes arden.

El otro eufemismo es el de los titulares "pérdida de confianza". ¿Qué quieren decir exactamente con esta fórmula? Pues casi lo mismo. Si los gobiernos ven que no prosperan, la culpa es del mensajero.

ABC

En diversas ocasiones en estos años hemos recogido aquí una expresión política muy reveladora. Los políticos creen que lo hacen bien; el problema reside en que no saben explicarlo con claridad. Desvían así su ineptitud, sus errores garrafales, etc. del foco, que se traslada hacia el mensajero. Se reúnen sus asesores de comunicación, los verdaderos controladores del discurso político, y deciden que los medios no les prestan suficiente atención. Los apoyos ideológicos de los medios se convierten en imprescindibles y, en el caso de los gobiernos, se aprietan las clavijas a los medios públicos, que son los que están más a mano.

Esa "pérdida de confianza", ¿respecto a qué? Parece evidente que en la posibilidad de obtener una mayor y mejor atención a sus discursos. Si los medios públicos, piensan, hubieran hecho bien su labor, no iríamos por detrás en las encuestas.

No acabamos de soltar en España esa mentalidad servil de los medios de titularidad pública, a los que se considera como prolongaciones del poder, que se inundan de políticos y profesionales afines para intentar convertirlos en los momentos clave en correa de transmisión.

Con esto, quienes sufren realmente son los profesionales por un lado y los espectadores y oyentes por otro. Los profesionales son presionados, directa o indirectamente, para que los mensajes se ajusten a las necesidades promocionales. Los espectadores y oyentes dejan de tener la garantía de que se les informa imparcialmente y empiezan a recibir información sesgada.

La política es absorbente, implacable. Cuando algo no va como quieren, los medios son los que lo pagan dentro de esa política de culpabilizar a la "mala explicación". De esta forma los que la pifian esperan que sean los medios controlables los que reparen el error con un aumento del tiempo que se les dedica y, por supuesto, un mejor tratamiento. Hay que fijarse más en los "logros" y menos en los fallos, carencias y limitaciones. En términos políticos, "explicar mejor".

Hay que agradecer al dimisionario la labor y especialmente la sinceridad con que ha explicado su dimisión. No aclara mucho la forma en que algunos ven lo público. La independencia personal y de los proyectos se acaba pagando.

La carta de dimisión de José Manuel Pérez Tornero deja en evidencia las presiones existentes. Los medios lo resaltan. La fórmula de la "pérdida de confianza" es realmente una broma de mal gusto en una institución a la que se supone independencia al servicio de todos, la libertad de sus profesionales para informar. Desgraciadamente eso solo funciona en los valles tranquilos de las legislaturas. La histeria ha comenzado. Se abre la campaña. 


* "Carta del presidente de la Corporación RTVE" RTVE.es 26/09/2022 https://www.rtve.es/rtve/20220926/carta-del-presidente-corporacion-rtve/2403772.shtml

jueves, 7 de julio de 2022

Johnson y los tiempos difíciles

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

Ayer los canales internacionales de noticias tenían a sus corresponsales políticos en la puerta de la residencia del primer ministro británico, Boris Johnson. Uno tras otro nos ofrecían la fachada de la residencia mientras cambiaba la cara del comentarista (por cierto, al llegar la canal español nos encontrábamos con imágenes retrospectivas de los sanfermines).

La atención del mundo, de la BBC a Al-Jazeera, pasando por la CNN y France24 era esa fachada tras la que se discutía la necesidad de la dimisión de Johnson. Se había visto entrar a diputados y ministros, pero de allí no salía la esperada noticia de la renuncia de Johnson, de su dimisión como primer ministro.

Los titulares especulan sobre cuánto tiempo podrá aguantar así cuando se han producido cuarenta renuncias de ministros y altos cargos en un solo día como muestra de desacuerdo con lo realizado por Johnson. La lista de despropósitos es mostrada hoy, caso por caso, en RTVE.es

En la lista hay poca política y mucho desmadre. A Johnson no lo van a llevar a casa errores políticos sino una política de errores personales, de decisiones frívolas y de apoyo o de disimulo ante casos de acoso sexual por parte de diputados tories.

Boris Johnson ha sido un político espectáculo y ahora el espectáculo es bochornoso. De la descripción de las fiestas celebrada cuando nadie debería estarlo por las restricciones impuestas a la población a los escándalo por acoso sexual, pasando por el donante del papel dorado para decorar su residencia, Johnson ha tenido la capacidad automática y constante de pedir perdón, de disculparse cuando no le han funcionado las excusas por desconocimiento del hecho, su origen o alcance.

Johnson no dimite. Pese a los escándalos constantes, el no es su respuesta. Lo defiende amparándose en una supuesta épica heroica que hace que cuanto más grandes sean los obstáculos en el camino, mayor es su grandeza como primer ministro. Se le olvida el detalle, claro está, de que es su propio partido el que le está pidiendo la renuncia, que son los que él nombró los que dimiten y le piden que dimita. Pero a Johnson esta épica de la renuncia de los cargos no le sirve. Johnson se aferra al cargo, a Downing Street y a lo que haga falta.

El populismo actual se basa en la popularidad. Las dos palabras tienen las raíces en el pueblo, pero de muy distinta manera. El populismo pasa a ser una ideología que tiene el "pueblo" mitificado como raíz, mientras que la "popularidad" es un intento de acaparar la atención de ese pueblo que será quien te mantenga en un cargo electo o te aplauda en un balcón mientras ejerces el poder de forma autocrática.

Putin es populista autoritario y quiere ser popular. Johnson es populista en una democracia, pero se niega a reconocer que ahora es impopular cuando antes no lo era. Cuando a Putin le dicen que baja su popularidad, decide encarcelar o eliminar a los que dicen cosas contra él y su política, organiza un desfile militar o recibe bendiciones del Patriarca de Moscú. Con eso su popularidad sube y sigue en el poder.

Cuando a Johnson le dicen que ha bajado su popularidad, que se encuentra bajo mínimos y que va a llevar al desastre al partido tory, Johnson tira de la épica personal, reafirma la importancia de su gestión y del papel de la Gran Bretaña en el mundo. Johnson, por supuesto, no puede encarcelar o hacer desaparecer a sus críticos. Vive en un sistema democrático y está mal visto hacer esas cosas. Tampoco puede hacer uso de la estrategia española, la de decir que si la oposición te critica mucho es que lo haces muy bien, porque es su propio partido el que le está implorando que dimita, que ya no se puede aguantar tanto escándalo.

Cada día, los británicos se levantan con dos dudas, si hay algún escándalo nuevo y si Boris Johnson dimitirá. La primera es más probable que la segunda. Son dos dudas justificadas, algo ya habitual, como el que mira la sección del tiempo cada día para saber si debe coger el paraguas.  

Cada político pasa a la historia por algo. Eso puede ser positivo o negativo. A veces políticos que hacen buenas cosas pasan a la historia recordados por una tontería. En el caso de Johnson será literalmente una tontería detrás de otra, una acumulación de estupideces, que es lo que menos se perdona. Los analistas e historiadores se dedican a pormenorizan las causas que llevaron a la pérdida de una guerra o al triunfo de unas elecciones. Pero las estupideces las entiende todo el mundo y no necesitan de analistas ni expertos para ser entendidas y ser traducidas a la lengua del pueblo, al chascarrillo, el chiste, la caricatura. Y a eso solo sobrevive Donald Trump, imposible de superar por cualquier intento de caricatura, como dijimos en algún momento de su "reinado/mandato".

Una forma de medir el nivel democrático de un país es precisamente saber dónde se encuentra el límite de su tolerancia ante excesos y errores se sus políticos. Todos los indicadores, tanto del electorado como de su propio partido y, por descontado, la oposición, muestran que quieren que Johnson dimita. Él no lo hace invocando esos grandes principios antes señalados. Los indicadores son claros, pero Johnson los ignora. Él los llama "tiempos difíciles". Habrá algún Dickens que los describa.

martes, 25 de junio de 2019

Poder e identidad

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
La noticia ayer de las dimisiones en cadena en el partido de Albert Rivera debería hacer pensar más allá de los límites del partido Ciudadanos y extender la reflexión al conjunto del sistema de los partidos políticos españoles.
Llevamos meses no oyendo hablar de otra cosa que de pactos o de negativas a pactos. Es en lo que se centra la política española, forzada a ello por la atomización producida por el rechazo al mal llamado "bipartidismo". Desgraciadamente, la situación seguirá así mucho tiempo pues los acuerdos que se establecen tienen pocas perspectivas de durar, máxime cuando la estrategia de los que quedan fuera será ponerlos en evidencia forzando a los votantes a percibirlos como incongruencias, traiciones, chalaneos, etc.
Pero el caso de Ciudadanos —quizá por nuevo, quizá por eje en múltiples arquitecturas— merece la pena ser considerado. Su caso es ilustrativo: un partido que sale a la palestra política al producirse un "hueco" u "oportunidad" por el escoramiento del Partido Popular que abandona el centro político, por un lado, pero sobre todo que ha sido abandonado por gran parte de su electorado debido a la corrupción que no ha sabido frenar y que se convierte en un lastre insoportable. Como salida, se produce un recambio y un recrudecimiento político con un escoramiento a la derecha y hacia el nacionalismo por los desafíos soberanistas, que pasan a formar parte del argumentario político y las nuevas señas de identidad.
En la izquierda se produce un fenómeno similar, una crisis de identidad que hace crecer otra fuerza, que proclama la inutilidad del partido socialista y se propone como nueva izquierda.


Es una simplificación, pero es clara. La fragmentación no ha aclarado mucho pero sí ha enturbiado las relaciones entre partidos y dificulta la percepción general de los mismos. En el tipo de política que se practica en España, es más importante hacer ver al otro de una determinada manera que intentar definirse. Esto es fácilmente comprensible cuando lo que se disputan no son solo los votos sino el espacio político, que es el que determina las posibilidades identitarias, la definición de los propios partidos.
La cuestión de la salida de Ciudadanos plantea esta situación en toda su crudeza e inmediatez tras unas elecciones que aclaran poco, hacen más débiles y absorben más energía política, que se pierde en disputas antes que en buscar soluciones. La pregunta surge por sí sola: ¿poder o identidad?
Los encajes de bolillos que los responsables de los partidos no afectan solo a los grandes pactos, sino que estos se reparten en todos los niveles de las administraciones, desde la disputa de si han de tener ministerios o no los "otros", el reparto de consejerías, concejalías, mesas de congreso y senado, de comisiones en todos los órdenes, etc. es la parte del poder.


La parte de la identidad es la que se resquebraja por la pérdida de coherencia que supone la aspiración al poder propio o al impedir el ajeno. Las promesas y planteamientos electorales se resquebrajan ante la visión del poder. Surgen entonces las dudas y conflictos producidos por las diferencias en territorios e instituciones, en donde unos casi rozan y otros apenas ven. Pero ¿es posible hacer en un sitio algo y en otro lo contrario sin que sufra la identidad?
El carácter sistémico del asunto se manifiesta pronto. Un partido que se ha medio hundido electoralmente, como es Podemos, se ve consolidado por la necesidad que otros tienen de él ante la negativa del apoyo de terceros. El caso de Ciudadanos es también claro: ofreciéndose como una alternativa de centro sobrepasando a un derechizado Partido Popular, se encuentra enredado en pactos a tres bandas con el PP y con Vox, la bicha de quien huían. Temeroso de ser castigado por los votantes, se niega a acuerdos que le situarían en el centro, actuando como bisagra, como suele ocurrir con las formaciones liberales. Pero España —las actitudes políticas— no están para bisagras, que chirrían necesitadas de aceite de la tolerancia. Tal como están las cosas, estar en el centro, es llevárselas por todos lados.


La cuestión está en que sin una identidad estable, entendiendo por esto, algo de lo que los votantes se puedan fiar, se resiente el sistema y las partes. Los votantes tienen derecho a un voto cada cierto tiempo. Cada vez se hace más difícil ante la falta de compromiso con lo pactado. Un voto es un pacto, una oferta de congruencia.
El mapa español nos remite hacia la incongruencia. Se autolimita dejándose llevar por las murallas de cristal de las dos Españas, la derecha y la izquierda. Es más cómodo y fácil polarizar y resolver internamente que abrirse a modelos de moderación y centro que sirvan para satisfacer los estándares mínimos de unos y otros.
El abandono de líderes de Ciudadanos es una señal de lo difícil que es ser centro en España. Lo es por muchos motivos, pero uno de ellos es precisamente esos cálculos de poder o de rechazo visceral en direcciones absurdas. No se puede nadar y guardar la ropa mucho tiempo. 
El problema es que eso dificulta cada vez más la tarea de votar. Si lo que se promete hoy se incumple mañana, da igual a quien votes porque acabarán haciendo con tu voto lo que tú no querías. Y eso es desmoralizador, por no decir otra cosa. Desde el punto de vista de los dirigentes ocurre algo igual. Se van de los partidos porque anteriormente ya se fueron de otros para no tener que hacer lo que ahora se les pide.
La política es la gestión del poder, sí, pero la identidad política estable es un requisito para evitar el chalaneo o el desbarre ideológico. Si no, el precio será muy alto. Los ciudadanos dejarán de confiar en lo que se les propone si esto no se cumple después. Estabilidad en la identidad no significa anquilosamiento, sino congruencia, que es la relación coherente entre ideas y acciones. 
La radicalidad de los discursos, hechos para atraer, contrasta con la necesidad de flexibilidad ante un fraccionamiento tan grande. Flexibilidad no es prestarse a todo, sino identificar y jerarquizar los problemas para darles soluciones convenientes 



viernes, 24 de mayo de 2019

No llores por mí, Theresa

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Se puede llorar por muchas cosas, buenas y malas, coherentes y absurdas. Las lágrimas de Theresa May no son fáciles de catalogar. El presentador de la BBC, a la puerta de la residencia, pide explicaciones a su invitado sobre las lágrimas en una persona, dice, que no es habitualmente clasificada como "emotional". Lo que les ha sorprendido no es la dimisión —que algunos periodistas con poco tacto le preguntaban cuándo iba a ser, dándola por hecha—; les han sorprendido las lágrimas.
No es para menos. Basta con realizar un rápido recorrido por lo que ha aguantado Theresa May en el parlamente desde hace meses sin perder la compostura, para comprender la sorpresa por las lágrimas y que la "emoción" esté presente en el foco de los comentaristas. No se lo esperaban.


"Tearful Theresa May resigns" escribe la BBC y añade en el sumario "She broke down in tears as she said serving as prime minister was "the honour of my life"". Lágrimas amargas, de emoción, lágrimas de rabia, de frustración de una mujer a la que han llamado "obcecada", de manera educada, y de otras muchas formas mucho menos educadas. Theresa May ha sido la Rafa Nadal de la política británica, lo ha devuelto todo hasta el último suspiro, ha superado pelotas de set y partido, una tras otra, hasta que ella misma se tuvo que convencer (o alguien le ha echado algo en el té de las 5). "Tres veces lo he intentado", ha dicho en su discurso ante la residencia "Tristemente, no lo he logrado".
He usado la metáfora del tenis para darle un tono épico a su derrota, pero otros se acercan más la descarnada realidad. Rafa de Miguel escribe el perfil de May en los siguientes términos:

Tres años después, ante el pelotón de fusilamiento de sus propios compañeros conservadores, Theresa May había de recordar el momento en que abrazó con ingenuidad redentora la promesa del Brexit. Cegada por la lealtad a un partido al que dedicó su vida, no entendió que su elección por descarte, cuando ninguno de sus rivales tuvo las agallas de hacerse con las riendas de una formación en proceso de descomposición por la eterna cuestión de Europa, era el primer paso hacia un fracaso inevitable. Y un empeño imposible.*


Y ante el pelotón, May pidió que no le vendaran los ojos, no sabemos muy bien si como un desafío a sus compañeros o porque la ceguera había consumido su posibilidades de ver la realidad que ha tenido delante durante un tiempo en el que el concepto de "oposición" parlamentaria dejó de tener sentido por el borrado de las líneas de separación entre unos y otros.
En alguna ocasión hemos mencionada cómo los presentadores de estudio preguntaban entre risas a los periodistas a las puertas del parlamento de la residencia de Downing Street y estos les respondían con comentarios jocosos. Era la constatación que ya no se podía hablar en serio sobre el Brexit o, si se prefiere, que el Brexit ya no era reducible a la lógica de la política porque se había llegado a un nivel de caos imposible de explicar. No había palabras; el chascarrillo sobre las idas y venidas parlamentarias era la única salida para preguntas y respuestas. Poco se podía explicar lo que no se podía entender. Y es que el Reino Unido es como la persona que pierde la memoria al salir de casa y no sabe bien dónde va, solo que está fuera e iba a algún sitio.


May ha hecho una síntesis de su trabajo, de sus logros sociales y políticos;  ha sido la segunda mujer en ocupar el cargo de Primera Ministra y, ha dicho, espera no ser la última. Ha defendido su gestión al margen del Brexit, sus éxitos. Pero no será recordada por ellos sino por el fracaso del Brexit, un agujero negro que a todos atrapa.
La mención final del amor a su país es lo que ha hecho quebrar su voz y brotar las lágrimas. Anuncio de dimisión, apunte histórico de su condición de mujer en el cargo. Todo lo demás, su continuo bregar, las puñaladas recibidas, las idas y venidas al parlamento, a Bruselas, a donde hiciera falta..., todo eso queda para historiadores, para algunas serie televisiva, para la especulación, para la biografía en un par de años.
Su aguante frente a todos en el parlamento quedará como un ejemplo, al menos, de fe en sí misma y de no querer perder frente ante quienes la atacaban. Muchas veces por la espalda, su propio partido. El Brexit deshacía las formas y las maneras. Quizá tenía más comprensión en Europa que dentro; quizá fuera lástima.
La gran pregunta es ¿qué nueva línea de conflicto se abre ahora? La más previsible es la lucha por el control del partido conservador, lo que no va a ser fácil. Se haga quien se haga con el poder, el conflicto no se va a solucionar en absoluto. Es más, se puede ahondar.


Las estimaciones de lo que votaron ayer en el Reino Unido apuestan por la victoria del partido del Brexit, el del sonriente Farage, que habría unificado el voto por la salida dura en el 37% de los votos. Los partidarios de un segundo referéndum y quedarse son los liberales, que obtendrían un 19%, nos dice. Lo más llamativo es el hundimiento del partido Conservador, que quedaría en quinta posición. Los conservadores hoy son un partido zombi. En gran medida, los británicos les hacen responsables del ridículo universal al que han llevado al país. May es quien daba la cara, pero han sido las conspiraciones en la sombra quienes han acabado produciendo el caos político y una brutal división social. Los amigos del caos pueden estar satisfechos.
Las lágrimas patrióticas de May son las primeras, pero mucho me temo que no van a ser las últimas. Reino Unido se adentra en algo más que la incertidumbre, como gusta de decirse ahora. Creo que pocas veces ha habido tanta certidumbre sobre el fracaso. La lucha contra la Unión Europea de una serie de sectores políticos, que han destruido lo construido para afianzar su poder interno, se va a ver recompensado con la soledad británica en mucho tiempo y con un orgulloso declive.
Un Johnson al frente del gobierno va a ser motivo de muchas más lágrimas. La pena es que han hipotecado el futuro de los jóvenes británicos que tuvieron y tienen muy clara su vocación europea frente a las resistencias de los rancios opositores a Europa, un grupo en el que unos mintieron descaradamente engañado a los electores, otros trataron de mirar hacia otro lado esperando sacar tajada después.


Theresa May, al menos, ha dado la cara. Quizá de ahí vengan las lágrimas, de la impotencia, de la rabia, de saber que todo se ha cocinado a sus espaldas. No sabemos muy bien qué quería, pero lo hizo de frente. 
Todos nos fijamos hoy en las lágrimas, algo que las cámaras recogieron. Pero sería mejor fijarnos en su sentido, que es lo importante. La verdadera pregunta es ¿quién ha fracasado? May dice que lo intentó tres veces, pero el fracaso viene de antes, del propio referéndum británico en donde los partidarios de seguir en la Unión se dejaron sorprender por la agresividad de las propuestas y la pasividad de los aparentes partidarios. Luego lo hemos entendido mejor. El quinto puesto al que han caído los conservadores no le augura mucho futuro y sí la creación de otro populismo como el del UKIP en sintonía —esta vez sí— con los enemigos de Europa.
Los electores de países de la Unión Europea en el Reino Unido se encontraron ayer con la desagradable sorpresa de no haber podido votar en sus elecciones. Habían sido eliminados de los censos, según denuncian hoy ellos y los medios se hacen eco. Una jugada sucia. Una de tantas. Algunos compañeros han hablado de su dignidad y de sus esfuerzos. Hacen bien. 


* "Theresa May y el Brexit: la primera ministra que se aisló del mundo" El país 24/05/2019 https://elpais.com/internacional/2019/05/23/actualidad/1558608890_684941.html