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miércoles, 18 de diciembre de 2019

Más aburrimiento

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Aburrido, terriblemente aburrido. Puede que algunos le encuentren pasión, pero la política española se ha convertido en el pozo del aburrimiento, en un Día de la Marmota que se repite y repite.
De vez en cuando salto desde los canales internacionales de noticias, que me cuentan cosas, hasta los españoles que han entrado en una cinta sin fin en la que la eternidad bosteza y ruega por un final rápido de los tiempos, por un liberador "Apocalypse Now!" que no se produce. Bill Murray debería conectar con todos los informativos para contarnos, una y otra vez, lo que pasa y lo que no pasa, la cara doble de la actualidad. ¿"Actualidad"? Se me hace rara esta palabra, digna de ser inspeccionada filosóficamente. 
Nuestros políticos, unos y otros discuten de forma extraña sobre el "hoy" (vamos a llamarlo "presente") y sobre el "pasado", un concepto extraño y plástico que manipulan y redefinen según sus teorías. De esta manera, sus declaraciones conllevan un poquito de hoy, mucho de ayer y unas dosis variables de mañana. ¡Nunca hemos tenido tantos futuros disponibles, tantos pasados interpretados y tan poco presente, reducido casi a la nada del desacuerdo y al peligro del acuerdo! Ya no se sabe qué es peor, si el encuentro o el desencuentro.
Visto desde el espacio, la cosa no mejora. Por más que uno se aleje, siempre queda la curiosidad, la esperanza de que algo cambie, a ser posible, a mejor. Pero no.


Fuimos celebrados en todo el mundo por la hoy "denostada" Transición, un modelo de paso de una dictadura a una democracia. Pero la ola callejera se siente molesta por este protagonismo. Acabo de escuchar a una señorita (no sé quien es) hablar con gran autoridad sobre lo que ella (y ellos) llama el "Régimen de 1978". Lo que caracteriza a este "régimen", no explica, es la corrupción. Desde ahí, la teórica explícita e implícita, claro.
Hemos dicho muchas veces aquí que uno de los grandes problemas es precisamente no haber sabido frenar y deshacerse de la corrupción. Pero no se me ocurriría subir un escalón con tal de derribar al "régimen", que es el objetivo, empezando por las asociaciones negativas. Desde que los libros de Neuromárketing son asequibles, no hay quien aguante a estos simples de asociacionismo (mental) y del refuerzo pauloviano. Repite y conecta. Lo malo es que como todos usan el mismo mecanismo, tenemos el cerebro hecho polvo, mareado de tanto asociar con aspectos negativos.
Los políticos son la vanguardia del aburrimiento. Pero, ¡cuidado!, los medios se han dejado arrastrar por el comentario chicle, que se debe alargar y alargar porque no hay solución. Es como vivir a cámara lenta, pero pensar a cámara rápida.
Puede que el desastre informativo de los medios estatales se deba a esa obligación de reflejar lo que los políticos hacen (o no hacen). Me pregunto si el entusiasmo con el que debaten cada día, desde las primeras horas de la mañana y a altas horas de la noche, es real o requiere de algún tipo de práctica mental, ensayo conjunto, etc. Es extraño como, en estos tiempos de ahorro, no se recurre a la multiprogramación. Pocos se darían cuenta de la repetición. Unos pequeños retoques y... ¡de nuevo es actualidad!



Es difícil solidarizarse con este sistema, en el que incluyo a los anti-sistema, los que hablan del "régimen de 1978" como el que habla de Frozen. La gran pregunta es siempre doble "cómo hemos llegado a esto" y "cómo salir de esto". La primera lleva a la melancolía; la segunda al distanciamiento o al enfado. Por temperamento, unos se hunden en la primera y otros se desahogan en la segunda. Pero no hay que dejarse arrastrar. El problema es dónde encontrar la sensatez necesaria que obviamente escasea entre aquellos que nos traen las soluciones a los problemas que ellos mismos han creado.
Dentro de esa repetición existencial, seguimos tropezando en las mismas piedras. Lo que avanzamos en unas décadas lo perdemos en unos años porque en España nada se olvida, todo se recicla, se hereda, se somatiza. Aburrimiento.
Me acuerdo al escribir esto de un viejísimo post en el blog sobre "el señor cabreado de la Castellana", una de esas experiencias vitales que te rozan al pasar. Me asalta la duda de si nos hemos convertido todos en él, en distintas versiones, con discursos políticos diferentes, pero con el mismo fondo de cabreo. ¿Y dónde nos llevará?
Eso sí me preocupa, porque el aburrimiento siempre ha dejado mucho campo libre.



jueves, 16 de abril de 2015

Sorpréndeme

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
¡Qué fácil es llamar la atención! Antes "quedarse con la gente" estaba mal visto; ahora es el objeto de bien pagados laboratorios, de expertos internacionales y de gurús de la comunicación. Puedes estar durante meses preparando un acto, una reunión, un discurso, décadas esperando un centenario, lo que sea... y llega cualquier cantamañanas y se convierte en el centro de la atracción por haber hecho lo que nadie esperaba.
¡Y cómo caemos! ¿Qué es un buen discurso ante una camiseta chillona? ¿Qué es la preparación de toda una vida frente a un peinado estrafalario? ¿De qué sirve la oratoria frente al chascarrillo ingenioso o la onomatopeya chistosa? Cualquier momento solemne, serio, cualquier acto riguroso se ve amenazado por la irrupción de la extravagancia. ¡Y se aplaude a rabiar! Se envidia ese momento triunfal que te convierte en trending topic, que hace que tu peinado, tu camiseta, tu exabrupto, tu nota discordante, tu vaso roto en la recepción, la tos que rompe el silencio, el tropezón al borde de la alfombra de honor, el tirante del escote que se desliza, sea el centro del universo. Todo ello es ya el oro de la información. Obsesionados, los medios nos avisan de que una foto, un nombre, el salto de la rana informativo... cualquier cosa es trending topic.



¿Tan aburridas son nuestras vidas que ya solo llama nuestra atención el ingenioso, el listillo, el trasgresor? Despreciamos la seriedad, el rigor, la experiencia, en beneficio del espectáculo. No queremos personas inteligentes, solo fotogénicas. O tan extravagantes que una nariz imposible, una boca con un solo diente, una risa contagiosa, unos ojos insólitamente cruzados... nos dejan subyugados. Si estás dispuesto a perder el pudor, la vergüenza, los papeles y los pantalones si es necesario. ¿Por qué no presentar los Oscar en calzoncillos? ¡Claro! ¿Cómo no se me ha ocurrido?


La filosofía del sorpréndeme es peligrosa. Dice que es más importante el título que el contenido del libro; dice que es más importante el peinado que lo que hay en la cabeza. Se prefiere el ingenio a la idea, algo de lo que ya nos habían advertido algunos clásicos. Para sorprender lo importante es un buen peluquero, un buen sastre, un buen maquillador y, si hay que hablar, un buen guionista. 
El ascenso de los guionistas de esclavos de la profesión a niños mimados es porque se valora el genio del que escribe para otros. Hoy, con narices o sin ellas, el gran triunfador en la sombra sería Cyrano, que habría sido aceptado como asesor en la pareja y se lo habrían rifado los demás requiriendo sus servicios. ¿Qué era Cyrano sino un buen guionista?
La sorpresa es la confirmación negativa de la rutina, porque la rutina es la base de la vida, del día a día. Desde el siglo XIX, el aburrimiento es el monstruo oficial que todo lo devora. Miramos al mundo y bostezamos. Solo los selfies parece que nos conmueven. ¿Usted es de los que ponen morritos o de los que abren la boca y guiñan un ojo? No hay tanta variedad, solo el fondo de la foto. ¿Recuerdan el caso de la joven que se hizo un selfie con un suicida al fondo en el puente de Brooklyn? Camus le habría dedicado una novela, La turista, que habría superado a El extranjero. ¿Pero quién lee ya a Camus? ¿Qué equipo le ha fichado?


Flaubert nos anticipó que el mundo era un balcón que da a la plaza de un pueblo aburrido, repetitivo, anodino, gris, angustioso. Ese balcón es el asiento del aula en el que esperamos que nos entretengan; ese balcón la pantalla en donde esperamos alguna gracieta del orador político de turno; es la página en la que esperamos la anomalía, el niño que muerde al perro, el perro con cinco patas, a ser posible.


Hay demasiado aburrimiento en el mundo. Increíblemente, estamos produciendo en masa seres aburridos. ¡Con la de cosas maravillosas existentes, la de problemas pendientes de resolver, las cosas que podríamos aprender! Pero, no. Queremos sorprender, algo al alcance de los osados que saltan la rutina y nos sacan del letargo. Y si no es posible, ser sorprendidos. El masaje es el mensaje. Probablemente ya ni eso: el mensaje es el mensaje. Pura función conativa. ¿Para qué más? Despertar al otro ya es un logro, quizá el único posible, la labor titánica. Cualquier profesional busca dar la nota en su campo, que se fijen en él, robar el plano.


Mientras tanto tendremos que seguir con la inquietud de quién será el próximo que atraiga nuestras miradas, que descerraje nuestros oídos, que libere una estruendosa carcajada. ¿Un político, un escritor, un filósofo...? ¡Tristes tiempos de fanfarria y penuria para quien no haya sido bendecido con el don de la estupidez! Siempre con la boca abierta, por asombro o por aburrimiento.

¡Hummmm! 







domingo, 24 de marzo de 2013

Bostezo gatuno

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
El diario El País me ofrece un llamativo artículo con el que mi curiosidad se despierta: "A mi gato no le gusta el iPad"*. Sorprendido por tamaña afirmación en un mundo convulso, al borde de desastres innumerables e incluso algunos irreversibles, me adentro en las sinuosidades de la noticia, en la que se me revela cruelmente, sin preparación alguna: "Las aplicaciones creadas apenas les entretienen".
La noticia —ignorando la crisis del Periodismo y del periodista— me adentra en un mundo nuevo —yo no tengo gato ni Ipad— para mí: el de las "apps" felinas. La noticia se construye sobre un vídeo —¡qué es el periodismo sin un vídeo!— promocional de una casa de alimentos para mascotas en el que observo unos gatos que se abalanzan sobre un iPad abandonado sobre el frío suelo. Por su pantalla táctil corretean galletas de diferentes tamaños y colores. Los gatos, haciendo honor a su proverbial curiosidad, se acercan e intentan cogerlas. Las galletitas, esquivas, desaparecen cuando las garras de los gatos se posan sobre ellas e intentan atraparlas. En la tercera aplicación promocional son pececitos muy graciosos los que nadan indiferentes a los esfuerzos de los felinos domésticos por atraparlos. ¡Qué interesante utilidad! ¡Qué felicidad ser pececito virtual y nadar seguro por la pantalla de un iPad! ¡Adios, Darwin!


Un poco más abajo, el diario nos incluye un segundo vídeo, titulado "Humanos vs gatos", que recoge otra aplicación publicitaria, You versus Cat. En este vídeo promocional —que el diario nos muestra— se ve a un inteligente gato junto a humanos que no lo son. Quiero decir que no son ambas cosas: ni humanos ni inteligentes. No son humanos porque van disfrazados de caballo, oso y de una especie de pollo azul intenso. Y tampoco son muy inteligentes porque el gato —que se llama Buddy y no va disfrazado de nada— les gana a estallar no sé qué cosas sobre la pantalla de la tableta. Entiendo ahora que los humanos se han disfrazado para evitarse la vergüenza de ser reconocidos. Este duelo en la cumbre de especies es calificado por el diario como el "súmmum", aunque no sé muy bien de qué. Parece ser que hay millones de propietarios retando a sus gatos a este tipo de partidas. Los gatos van ganando por 22 millones de partidas por 16 de los humanos, nos cuenta el periódico. No me pareció tan grave cuando vi "Cats", que me resultó aburrida.


Me quedo asombrado porque es un mundo que ignoraba por completo, que había pasado totalmente desapercibido para mí hasta el momento, distraído como estaba con cosas tan pequeñas como Chipre. Pero cuando más emocionado estaba, casi a punto de comprarme una tableta y adoptar un par de gatos para comprobar en vivo y en directo el majestuoso espectáculo, llega el jarro de agua fría: ¡los expertos no lo recomiendan!

Gemma Peyró es veterinaria en Tot Cat, la primera clínica especializada en gatos, con sede en Barcelona. “No lo recomendamos, en absoluto. Solo generan frustración en los gatos, porque en un principio los atrae, pero después se dan cuenta de que no hay una finalidad. No hay un objetivo que puedan alcanzar. A los dos o tres minutos dejan de tener interés en ello", expone. Y aprovecha para aclarar que una técnica usada hasta hace poco con gatos obesos tampoco es aconsejable: "Se puso de moda usar un puntero láser para obligarlos a hacer ejercicio. Sucedía lo mismo. Al poco tiempo desistían, al ver que nunca hacían presa".
Entonces, ¿por qué si hay vídeos en Youtube mi gato no reacciona? La especialista también tiene respuesta para ello. En parte por la edad, en parte por desengañarse. "Lo que les llama la atención son los movimientos. Con la edad pierden vitalidad, pero también se dan cuenta antes de que no tiene sentido", insiste.*



Me he quedado de piedra. Los gatos, como los humanos, también se aburren de hacer siempre lo mismo sin obtener ningún fruto. Al igual que los emperadores romanos, como el mismísimo Calígula, necesitan algún estímulo en su vida. También los gatos se hartan de esta sociedad de consumo en el que el consumido por el aburrimiento al final eres tú. ¡Oh, vanidad! Esos falsos peces que persigues en falsas peceras, pero con auténtico deseo insatisfecho, burlado —¡pobre gato!—, nos iguala contigo, persiguiendo sueños, quimeras, viajes imposibles, loterías esquivas. Promesas y más promesas, solo promesas.

El gato, al menos, nos dice la experta consultada, no va más allá de dos o tres minutos en su seducción mediática, comprende rápido que aunque lama con intensidad la superficie de la pantalla nunca saciará su sed, que antes le saldrá un callo en el lengua que obtener una gota de agua del cristal. Otra experta recogida en el artículo señala que los gatos "se aburren cuando descubren que no son seres vivos". Son depredadores, nos advierte, nos están para bromas.
A nosotros, consumidores de sueños indigestos, nos cuesta más desprendernos y seguimos apegados a ellos. Que los gatos dediquen menos tiempo que los humanos a estallar bolitas sobre una pantalla de un ordenador o teléfono nos demuestra que todo lo humano es un poco confuso. Hemos evolucionado hasta llegar a ser lo suficiente inteligentes para desarrollar tecnologías y ficciones para volver idiota a la gente. Somos la pescadilla de rosca de la evolución: utilizamos nuestra inteligencia para volvernos tontos.
La caída filosófica del burro por parte de la periodista — "Entonces, ¿por qué si hay vídeos en Youtube mi gato no reacciona?"— se produce rápida y estrepitosamente. ¡No todo lo que aparece en Youtube es verdad! El experimento repetido en casa ¡no funciona! El gato pasa olímpicamente. ¿En quién podremos confiar?


Después de esta debacle existencial, perdida la inocencia, recuperada mi fe en el Periodismo y su futuro, paso con inquietud de una noticia a otra sin podérmelo quitar de la cabeza. Como a los gatos, solo me queda un largo y tedioso camino hacia el desengaño.

* "A mi gato no le gusta el iPad" El País 22/03/2013 http://tecnologia.elpais.com/tecnologia/2013/03/21/actualidad/1363888586_128293.html





viernes, 15 de febrero de 2013

La peineta o la rebelión de los figurantes (fábula trivial)

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Creo que todo empezó con los programas de escándalos y escandalosos. No es lo mismo. Se podrían hacer programas de escándalos sin gritar, pausados, casi zen, pero no. Los programas son con escandalosos gritones, llenos de estridentes voces y alzados de manos a los de la fila de enfrente; de risitas malévolas con el de al lado. La falta de consistencia de lo que nos contaban se compensaba con el elevado volumen de sus voces, con lo arduo de los debates entre ellos defendiendo o atacando. 
El mundo se nos llenó de mariñas y karmeles, de matamoros y lozanos. Eran la nouvelle vague del escandalillo. Gritaban y discutían; se peleaban y gritaban; traían declaraciones vacuas de gente intrascendente y gritaban comentándolas. Les llamaban gritando desde un "teléfono de aludidos" hasta que dejaron de aludir y todo y se convirtió en evidente, en obscenidad catódica. Hicieron su agosto y con ellos las cadenas y periódicos que decían que ellos solo daban al público lo que el público pedía. Y el público lo pedía, claro, a gritos.

La importancia que algunos diarios han dado a la expulsión de tres chicas del público de uno de esos programas, a los que se llamó "basura", no es una trivialidad. Mientras que se puede hablar de trivialidades, hacerlo de la trivialidad no solo no lo es, sino que es necesario, urgentísimo. Hay que hablar de la trivialidad de lo trivial para que quede en evidencia. Cuando todos son hoy triviales —artistas, escritores, actores, políticos...— hay que hablar de ello, antes que de ellos.
El programa se llama "Sálvame" aunque no se dedica ni la banca ni a la teología, ni al sector pesquero ni a ningún problema grave que no sea mirar los ombligos de gente que lo tiene muy mono. 
Al igual que las intervenciones de nuestros políticos, necesitan de público detrás, de gentes que rían y aplaudan, que jaleen y se emocionen, que muestren interés mientras escuchan o, al menos, pongan cara de interés mientras lo hacen. Hasta que ocurre lo que ocurre. Alguien sopla al presentador que los primeros planos revelan dedos traicioneros entre el público, que lucen una imponente "peineta" mientras interviene un clásico de estos programas. 

Así nos lo cuentan en El semanal digital:

Al equipo de Sálvame le costó poco encontrar a la propietaria de la peineta de marras en el graderío, en el que se plantó Jorge Javier para reprocharle el gesto a una joven acompañada por otras dos amigas. Cubriéndose parte del rostro con la mano, la joven, llamada Laura, de dieciocho años, musitó un "lo siento".
Pero eso fue un poco después de que una de sus amigas se mostrase desafiante con el presentador, que les preguntó por qué habían ido al plató. "Porque no tenemos nada que hacer en casa", fue la respuesta que se encontró. "Podríais leer mi libro", le dijo Jorge Javier. "No leemos", contestó la otra. "Claro, por eso hacéis lo que hacéis", sentenció el otro.*


De forma brutal, desnuda, el artista se enfrenta a su público tratando de encontrar la verdadera raíz del problema, de ese dedo empinado y solitario, desafiante, rebelde sin causa. Y la réplica obvia: "porque no tenemos nada que hacer en casa". ¿Por qué preguntas, Jorge Javier? ¿Por qué tú, que caminas con sutileza por entre los entrañables problemas de gente de ingenio, no intuiste esta respuesta de cajón? ¿Por qué, Jorge Javier, una vez que te respondieron obviamente, les ofreciste tu libro como consuelo, más de lo mismo encuadernado y con posibilidad de dedicatoria tras colas en la próxima Feria del Libro? ¿Por qué, Jorge Javier, por qué?

Aburridos de aburrirse en el sillón de su casa, viendo tarde tras tarde a gente trivial en sus televisores —tan bonita, Margarita / tan bonita como tú— deciden un día, como aventura, traspasar la pantalla —irse al otro lado— y sorprender a sus amigos, que se aburren en los respectivos sillones de sus casas. Y descubren que allí también se aburren. Son Alicia al otro lado del televisor, con Jorge Javier Vázquez de Humpty Dumpty.
Allí descubren que el cogote de los personajes de la pantalla, a los que siempre habían visto de frente, es igualmente aburrido, que no se les escucha bien y que, además, no se puede ir al baño. ¿Y qué hacen? Se permiten una maldad digital. El dedo, aburrido, se les dispara como se dispara la rodilla cuando le dan a uno con ese martillito en la articulación. Se les dispara como cuando se hacen fotos con un amigos y sacan la lengua y hacen gestos con los dedos, peinetas y cuernos, que es lo que más se lleva en las fotos con móvil.


Y en aquel escenario de maldades, gritos, insinuaciones, alusiones, más maldades, la peineta pasó a ser el centro, la noticia, el dedo sobre el que giraba el mundo como una pelota. Hay que decir que los foros —la sociedad misma— se han divido. Están los que consideran que puede ser un montaje, que la rebelión de los figurantes, su expulsión del paraíso mediático, no es más que un truco para llamar la atención, que ha subido la audiencia y más gente se ha interesado por el libro de Jorge Javier. Frank Zappa hubiera escrito algo sobre esto; Warhol hubiera hecho cuadros y esculturas con ese dedo. Y por otro lado están los "indignados rousseaunianos", los que se rasgan las vestiduras, los que especulan sobre las familias y la educación que han dado a esos hijos perversos y aburridos, incapaces de contener dedos y lenguas. Efectivamente, creo que parte de la responsabilidad recae en las familias por dejarles ver programas como este del que han sido expulsadas.


Las cadenas tendrán que revisar cuidadosamente el historial de sus figurantes ante el temor de avalanchas de peinetas o de bostezos, de risitas sin disimulo. ¿Y si son una secta? ¿Y si la gente que se aburre en casa se organiza? ¡Qué horror! Telecinco, por si acaso, ha censurado los vídeos de YouTube con el dedo rebelde. La peineta es mía, dicen. Una pantalla negra, un luto mediático.
Todo esto tiene algo de fábula y, por tanto, moraleja. Si siembras peras gritonas, no esperes recoger manzanas silenciosas. O también: si siembras peras podridas, no esperes recoger manzanas sanas.
Esta moraleja es extensiva a todos los niveles del mal ejemplo.

* "Una "peineta" desata el cabreo de Mila y Belén y una expulsión" El digital semanal 11/02/2013 http://www.elsemanaldigital.com/una-peineta-desata-el-cabreo-de-mila-y-belen-y-una-expulsion-del-plato-127126.htm



 

sábado, 7 de abril de 2012

El aburrimiento tautológico

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
El filósofo alemán Rüdiger Safranski —copresentador junto con Peter Sloterdijk del popular programa cultural de la televisión alemana “El cuarteto filosófico”— escribió en su obra «¿Cuánta globalización podemos soportar?» (2004) la siguiente observación:

El globo era antaño el símbolo del misterio que incitaba a pensar. Ahora lo global ha dejado de ser un misterio. Eso se debe a que nos movemos cada vez más en un universo hecho por nosotros mismos. En una civilización que se apoya en lo técnico y está entrelazada globalmente, el hombre tiene que vérselas cada vez más y en todo momento consigo mismo en exclusiva, es decir, con las huellas de su actividad, de manera que se mueve en el mundo de los propios signos. En consecuencia, se nos presenta el problema de que nuestro mundo de la vida esta encapsulado casi exclusivamente en la segunda naturaleza, en el mundo artificial. Eso engendra un aburrimiento especial. La vida humana se hace tautológica, eso en el caso de encontrar todavía huellas de su propia actividad. (91)

Rüdiger Safranski
La imposibilidad de encontrarnos con algo diferente más allá de nosotros mismos allí donde miremos es un efecto de ese entrelazamiento técnico del que habla Safranski. La tecnología nos ha extendido por el globo.
No es una globalización del misterio —un mundo de diferencias que puedo encontrar y en las que puedo pensar— sino, por el contrario, su conversión en rutina. Frente al descubrimiento del mundo como experiencia revitalizadora, se trata de una globalización reductora y unidimensional. Busca imponerse más que descubrir, obtener más que ofrecer.
El siglo XIX vio aparecer el nihilismo, el decadentismo y a esas formas poéticas de aburrimiento que eran el spleen baudeleriano, el ennui —el tedium vitae—,  para intentar alegrar la carne triste después de haber leído ya todos los libros, según los célebres versos de Stephan Mallarmé en su poema Brisa marina (“La chair est triste, hélas! et j'ai lu tous les livres”)**. Pero la “huida” que requería el poeta para sobrevivir, su preguntarse por los “pájaros ebrios” entre el cielo y el mar, ya no es posible en un mundo globalizado de esta manera. Ese barco en el que escapar —reclamado por Baudelaire, por Mallarmé—se ha convertido en un crucero de lujo en el que el aburrimiento se tiende en cubierta bajo capas de bronceador. Hasta que se despierta violentamente tras chocar con la costa. Un capitán que se aburre es un peligro.

La distinción mallarmeana entre la tristeza de la carne —sentimiento— y el aburrimiento intelectual, simbolizada por esa metafórica lectura de todos los libros, representa las dos caras de lo humano: la profundidad del tedio inconsolable, de cuerpo y alma. Tristeza y aburrimiento configuran esa doble penetración depresiva de la sociedad contemporánea, cuya culminación termina con el rasgo señalado por Rüdiger Safrinski: la imposibilidad del viaje. Si viajar es desplazarse de un lugar a otro, el viaje es ya imposible porque allí donde va, el hombre solo se encuentra a sí mismo o las huellas de sus acciones. Es como llegar a la Luna y descubrir tus pisadas. No hay aventura porque el “globo” ha perdido el misterio, se ha hecho pequeño y previsible. Solo el accidente rompe la rutina. Y los accidentes también se vuelven rutinarios.

Ahora la carne sigue triste, pero sin haber leído ningún libro. El nuevo tedio surge de la incapacidad de afrontar nuevos espacios e ideas, de la conversión en rutina por miedo a lo diferente. Los mismos signos en distintos lugares; las mismas ideas en distintos días. 
Las formas de viaje hacia el otro, el amor y el arte, naufragan en el egoísmo —usar a los demás para amarse uno mismo— y en el consumismo trivial de la "sociedad del espectáculo". El narcisista aburrido no siente la necesidad de comprender nuevos lenguajes. El que solo habla consigo mismo no los necesita. Y el amor y la cultura es aprender nuevos lenguajes para acceder a los otros.
Desparecido el mundo como variedad —convertido en escenario en el que se repite el mismo espectáculo— y la cultura como diversidad imaginativa, el tedio tautológico surge del aburrimiento inconfesable de nosotros mismos. Nos hemos encerrado en un espacio de espejos. Hay un mundo, pero no lo vemos; está tapado por nuestros propios y aburridos signos. La mejor forma de devolver el misterio al mundo es comprender que en cada rincón me aguarda lo diferente y que eso es lo que me hace crecer.



* Rüdiger Safranski (2004): ¿Cuánta globalización podemos soportar? Tusquets, Barcelona. [2003].

**
BRISE MARINE (S. Mallarmé)
La chair est triste, hélas ! et j’ai lu tous les livres.
Fuir ! là-bas fuir ! Je sens que des oiseaux sont ivres
D’être parmi l’écume inconnue et les cieux !
Rien, ni les vieux jardins reflétés par les yeux
Ne retiendra ce cœur qui dans la mer se trempe
Ô nuits ! ni la clarté déserte de ma lampe
Sur le vide papier que la blancheur défend
Et ni la jeune femme allaitant son enfant.
Je partirai ! Steamer balançant ta mâture,
Lève l’ancre pour une exotique nature !
Un Ennui, désolé par les cruels espoirs,
Croit encore à l’adieu suprême des mouchoirs !
Et, peut-être, les mâts, invitant les orages
Sont-ils de ceux qu’un vent penche sur les naufrages
Perdus, sans mâts, sans mâts, ni fertiles îlots…
Mais, ô mon cœur, entends le chant des matelots !