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viernes, 4 de enero de 2019

La deshumanización de la soledad o la montaña y la caverna

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
En un viejo ensayo del pensador Erich Kahler (en Nuestro laberinto, FCE), se definía nuestro mundo como "fáustico". Lo que define un mundo fáustico, si recordamos la escena inicial de la obra de Goethe (salvando el desafío entre Dios y el diablo en el cielo), la frustración del viejo sabio es la de haber pasado una vida que toca a su final y apenas haber comprendido el mundo. Se encuentra debatiendo sobre el sentido de la primera línea del primer libro bíblico intentando encontrar el sentido adecuado de "logos".
Lo fáustico se define por la horizontalidad y velocidad de la vida, algo que se consagrará con el pensamiento de los Futuristas que verán la lentitud o la quietud misma como un encierro espiritual y se lanzarán en manos de la máquina, representada por ese automóvil que tanto les fascinaba con su estética y su dinámica, con su fuerza y capacidad de ampliar el desplazamiento. El mundo se había se hecho más pequeño y el tiempo se había reducido. El mundo dejó de calcularse en jornadas (tiempo) y empezó a calcularse en espacio (en kilómetros de distancia). La carrera por la velocidad nos dejaba más tiempo cuya finalidad ahora era poder hacer más, es decir, aumentar el movimiento.
El planteamiento fáustico iba en sentido opuesto al viejo concepto de búsqueda en uno mismo, de reflexión sobre lo propio, en vez de la curiosidad por lo externo o ajeno. "Conócete a ti mismo" dejaba de ser el proyecto vital para redirigir la atención hacia el exterior de nosotros mismos.
Los cambios sociales traídos al mundo por las máquinas, el proceso de industrialización, llevaron a las concentraciones urbanas, los lugares hacia los que había que dirigirse para encontrar un trabajo que antes se desarrollaba mayoritariamente en el campo, en los pueblos pequeños, en las comunidades que se había desarrollado alrededor de pequeños núcleos.
En el prólogo de 1912 a su exitosa novela Lejos del mundanal ruido (Far from the madding crowd, 1874), Thomas Hardy explicaba al referirse a las transformaciones industriales:

Todo ello ha acarreado la reciente suplantación de la clase de los campesinos estables, portadores de las tradiciones y del temperamento local, por una población de trabajadores más o menos itinerantes, con lo que se ha abierto una brecha en la continuidad de la historia local de fatales consecuencias para la conservación de la leyenda, el folklore, los estrechos vínculos sociales y los personajes pintorescos, pues la condición indispensable para la pervivencia de estos factores es el arraigo a la tierra generación tras generación.


Anticipaba un suceso que iría acrecentándose en la medida en que esa vida iba perdiendo sus raíces, que se veían sustituidas por otro tipo de informaciones, por una cultura diferente. La idea de "brecha", de ruptura del vínculo con lo que nos rodea o nos antecede, refleja uno de los problemas más acusados de la vida actual, en donde los vacíos producidos son rellenados por nuevas formas de "tradicionalismo".
El vuelco hacia lo exterior, el mundo como espacio que ha de ser recorrido, en detrimento de la idea del espacio interior, el espacio propio, refleja en gran medida el cambio de los tiempos y sus efectos sobre la psique personal y la colectiva, es decir, lo que marca nuestro comportamiento como relaciones con los otros o nuestra actitud hacia el mundo.
Esto se ha visto acrecentado por lo que Günther Anders llamó el complejo o vergüenza prometeico, es decir, el sentimiento de inferioridad ante la máquina. Hemos logrado unas máquinas que nos superan en todos los órdenes. Puede que sean el orgullo de quienes las construyen, pero fomentan la inseguridad de quienes las usan que, además, desconocen su funcionamiento, por lo que suponen una incógnita amenazante. La idea de ese sentimiento de inferioridad no es una metáfora, como podemos ver en nuestros medios actualmente con la aparición de la "inteligencia artificial". Ha pasado de ser un tema de la ciencia-ficción a una "invasión" en la vida cotidiana, amenazando además la dimensión central, la laboral.
La crisis que provocó la aparición de la máquina como centralidad de la vida, consagrando al ser humano como homo faber se ve ahora quebrada por la idea de la máquina que controla a la máquina, de la sustitución de las actividades humanas por automatismos derivados de algoritmos. No queda el consuelo del control de la máquina pues es la propia máquina la que se reorganiza, reequilibra o repara o es otra la que lo hace.


Ya no vemos aquellos artesanos, por ejemplo, de la relojería en los que podíamos ver reflejada el papel superior del ser humano ante una máquina necesitada de la mano humana. La sustitución de la mecánica por la electrónica fue haciendo cada vez más difícil la intervención humana en la máquina, quedando muchas de ellas simplemente como reemplazable.
Los cambios producidos por la centralidad del trabajo son grandes. Nos ha cambiado el mundo, el espacio y el tiempo; ha organizado nuestras ciudades y nuestras mentes. A la pregunta "¿qué eres?" contestamos con los oficios, mostrando esa precedencia de la actividad sobre el ser mismo. Somos lo que hacemos. Y, en esta dimensión, nada hay peor que el no hacer nada, la vagancia o la pereza son males considerados desde esa centralidad. Zygmunt Bauman estudió bien cómo la incipiente industrialización cambió la vida de las personas y algo más, cambió la percepción del mundo en cuanto a los valores, que pasaron a reordenarse en torno a la idea del trabajo, es decir, de la eficiencia, de la rentabilidad, del éxito.
En el siglo XIX gran parte de estos problemas se identificaban con "la vida a la americana", una fórmula en la que se trataba de expresar un mundo construido sobre los valores del trabajo y el éxito. Esa es la base del "sueño americano". La mayor parte de los intelectuales de Europa comentaban con horror esas ideas, diferenciando la idea de la tradición, pero sobre todo reflejando el profundo desprecio que sentían ante un mundo donde el dinero fuera el centro. El trabajo, al fin y al cabo, era un medio para un fin, el enriquecimiento, dentro de esa sociedad nueva que nacía sin la carga de las tradiciones, los privilegios o los lastres de cualquier tipo.
El trabajo se desplazó del prestigio del artesano, del orgullo por la obra bien hecha, personal, al rendimiento producido, a su capitalización. La producción en serie sustituye al artesano distanciando a la persona de la capacidad de crear algo. Se produce ese complejo, ya no por la superioridad de la máquina sino por la progresiva reducción de la capacidad humana debida a la especialización, que reduce su percepción y comprensión del mundo.
El la moderna ciencia ficción son los humanos los que tratan de convencerse de que no son máquinas, mientras que los androides se preguntan por su propia esencia e identidad. De "Blade Runner" a "West World" pasando por Ex-Machina", es la máquina la que ha entrado en un proceso existencial mientras que el ser humano se ha ido convirtiendo en máquina. El arte refleja nuestras profundas crisis y las expone.


Todo esto ha sido analizado y descrito de forma directa e indirecta a través de la Historia, la Sociología, las diferentes artes, etc. nos dan cuenta del proceso de transformación de lo humano en este proceso en el que se establecen una vida en la que solo se diferencia dos dimensiones, "trabajo" y "ocio". Este último se transforma a través del otro concepto moderno, el del "consumo", del que se viene hablando desde los años 40-50 y del que una sociedad ya plenamente consumista no parece querer saber nada de sus efectos sociales.
Al convertirse el ocio en una actividad programada y basada en el consumo, muy alejada del viejo concepto del "dolce far niente", expresión con la que se trataba de indicar ese momento en que la mente y el cuerpo se abandonan a sí mismos, alejados de cualquier búsqueda de utilidad exterior, se produce uno de los fenómenos que más están minando nuestra sociedades, la soledad angustiada, la que se vive como una presión. Nuestro concepto de la "soledad" se ha ido transformando de una aspiración creativa a una condena angustiosa.

La antigua soledad implicaba la desconexión necesaria de la distracción mundana para poder concentrarse en uno mismo. Es lo opuesto de la dimensión fáustica de Kahler. En la soledad antigua, la desconexión de la distracción llevaba a una reconexión del mundo y del ser humano, una reintegración a uno mismo. El aislamiento era de lo accesorio, de lo mundano, de lo trivial, para acercarse a uno mismo, para el diálogo interior o para el diálogo con la divinidad. De ahí la idea del "retiro", una soledad que permite concentrase en lo auténticamente esencial.
La nueva sociedad, la sociedad de la "conexión", de la redes sociales, es la sociedad de la "atención" (se habla de una "economía de la atención"). La "atención" es precisamente el mecanismo que se fundamente en el reclamo; se llama nuestra atención, estamos híper estimulados en feroz competencia por lograr nuestras miradas, nuestros pensamientos. Es el mundo que comenzó con los escaparates y las farolas, como bien describió Charles Baudelaire. Es el mundo como paseo, como recorrido atractivo, con cantos de sirena desde cada lugar. La electricidad transformó lo que el vapor había iniciado creando lo luminoso como un valor. Las viejas catedrales filtraban la luz del sol por sus vitrales; el mundo moderno, en sentido inverso, emite luz desde todos sus rincones.


Esta vida hacia fuera, en detrimento de la vida interior, está fabricando un nuevo sentido de nuestro propio desarrollo. Centrado en el trabajo, su cese lleva a una desconexión intensa de la propia vida, que nos ha tenido absortos. Es una nueva versión del da-sein, del ser arrojado esta vez a la soledad, que ha dejado de ser el momento de recogimiento y crecimiento, de expansión interior, de un descubrirse en la creación misma del auto conocimiento, para convertirse en condena personal y social.
En la novela antes citada de Thomas Hardy hay dos pasajes que me gustaría citar. La primera se produce en el capítulo XLIII, cuando el novelista recurre a una metáfora para representar las formas de la soledad:

Bathsheba se sentía sola y desesperada; no más sola de lo que se había sentido antes de casarse, pero esta nueva soledad era al presente lo que la soledad de una montaña es a la soledad de una caverna.

La diferencia es notoria entre ambas situaciones, la de la montaña, que implica quietud, frente a la soledad de la caverna que implica la angustia y la incapacidad de ver. El pasaje, la comparación, adquiere su pleno significado cuando hemos leído en el segundo capítulo:

Para quienes se detienen a solas en una colina, en una noche clara como aquélla, el movimiento de rotación de la tierra hacia el este resulta casi tangible. La sensación puede obedecer al deslizamiento panorámico de las estrellas sobre los objetos terrestres, que resulta perceptible al cabo de unos minutos de quietud, o a la mejor vista del espacio que ofrece la colina, o al viento, o a la soledad; mas sea cual fuere su origen, la impresión de movimiento es nítida e inconfundible. Se habla mucho de la poesía del movimiento, mas para gozar de la forma épica de este placer es preciso situarse en una colina a altas horas de la noche y, luego de haberse ensanchado en uno la sensación de ser diferente de la masa civilizada, que a esas horas se encuentra envuelta en el sueño y ajena a todo cuanto sucede alrededor, observar larga y serenamente el majestuoso avance de uno a través de las estrellas. Es difícil regresar a la tierra tras uno de estos encuentros con la noche y creer que la conciencia de tan grandiosa aceleración surge de un insignificante molde humano.


Refleja Hardy la dimensión profunda de esa "soledad", "quietud", de ese "ser diferente de la masa civilizada", la que ahora se encuentra durmiendo, en sus casas. No hay angustia, sino plenitud, una hermosa conexión con el mundo que nos hace ser conscientes de ambos. Es lo contrario de la vida fáustica, en donde pedirle al instante que se detenga acarrea la perdición.
Para evitar la angustia que el mundo moderno provoca en su profunda deshumanización, se hace necesario no eliminar la soledad, que es parte y necesidad de lo humano, sino recuperar su función constructiva de la persona. La soledad fecunda no es el descanso físico o mental; es una actividad.
La soledad no es una chistera de la que puedan salir conejos blancos. Uno de los grandes desastres es el sentido "laboral" de la educación. Una vez más, la centralización del trabajo y la conversión de la persona en máquina que produce cosas y en persona no que se "construye" a sí misma, trae consecuencias.
En nuestra primera cita de Hardy, este señalaba los efectos de la pérdida de las tradiciones en la comunidad como efecto de la industrialización. La desconexión de la cultura tiene enormes efectos, pero uno de los más graves se produce precisamente porque su función es dotarnos de una profundidad de la que la superficialidad fáustica carece. En un mundo banal, de entretenimiento, que confunde la crítica con la queja, la conexión con el diálogo, la soledad se convierte en un gigantesco monstruo devorador.
Hemos producido un mundo con un esquema de valores muy definido, en el que no es fácil sobrevivir. Es un mundo duro social y psíquicamente, que requiere de unas defensas que permitan el distanciamiento provechos en términos de construcción y hallazgo de la persona, no como consumidor, no como audiencia.
Hay que rehumanizar la soledad. Nos es necesaria como fuente de vida, no como un lugar de objetos perdidos. La elección es entre la soledad montaña o la angustiosa soledad de la caverna. La primera nos lleva a nosotros mismos y encontramos en ella lo que hemos empleado; la segunda al vacío de la desconexión.



* Thomas Hardy. Lejos del mundanal ruido. Trad. Catalina Martínez Muños

miércoles, 8 de noviembre de 2017

Identidades congruentes (II)

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Dejamos ayer algunas ideas abiertas al hilo de la lectura de la obra de Zygmunt Bauman, Identidad (2005), un texto entrevista en el que, gracias a la distancia temporal, se pueden comprender mejor muchos aspectos del presente, a través de algunos fenómenos análogos en ciertos aspectos.
En la entrevista, Bauman aborda el problema de la "identidad" en un mundo —líquido— en el que todo fluye, todo es inestabilidad, donde todo es provisional, nada dura, del trabajo al amor. Las "identidades" son formas de etiquetado que ofrecen una sensación de estabilidad y pertenencia, al menos hasta se coloquen otras etiquetas. Es tanto una cuestión exterior como interior, algo que afecta a cómo nos perciben los otros y a cómo nos percibimos nosotros mismos.
Frente a las formas más estables de antaño, las nuevas formas cambiantes introducen inestabilidad y con ello angustia. Las "comunidades" se convierten en deseables y se buscan las "identidades" que implican pertenencia frente al desamparo que se ha producido por la reducción de las funciones de los estados. En un mundo inestable de soledades, se idealizan formas comunitarias (incluidas las virtuales) en las que se busca estabilidad.
Es la debilidad de los estados frente a la globalización, que se percibe como la pérdida de la seguridad e identidad, la que haría renacer el deseo de unidades más seguras, más próximas y controlables. Las comunidades ofrecen  frente a unos estados kafkianos en los que se vaga sin respuesta:

La meta que se codicia de forma más febril y extendida es excavar trincheras profundas y, a poder ser, infranqueables entre el “dentro” de una localidad territorial o categorial y el “afuera”. Afuera: tempestades, huracanes, ventiscas de nieve, emboscadas en la carretera y peligros por todas partes. Dentro: lo acogedor, calor, chez soi, seguridad, estar a salvo. Como para hacer que todo el planeta sea seguro (de modo que ya no necesitemos separarnos del “afuera” poco hospitalario) carecemos (o, al menos, creemos que carecemos) de herramientas adecuadas y de materias primas, delimitemos, rodeemos de una valla y fortifiquemos una parcela que sea claramente nuestra y de nadie más, una parcela en cuyo interior podamos sentir que somos los únicos e indiscutibles dueños. El Estado ya no puede alegar que tiene poder suficiente para proteger su territorio y a sus residentes. Así que la tarea que el Estado ha abandonado y tirado está en el suelo, esperando a que alguien la recoja. Cosa que no implica (en contra de una opinión muy extendida) un renacimiento, ni siquiera una venganza póstuma del nacionalismo, sino una vana aunque desesperada búsqueda de soluciones locales sustitutorias a problemas generados globalmente, en una situación en la que ya no se puede contar con la ayuda en esta materia de los organismos regidos por el Estado.   
La distinción entre el artificio republicano de consenso de ciudadanía y la pertenencia/filiación/asociacionismo “natural” se remonta tan atrás como a la querelle de los siglos XVIII y XIX entre los filósofos franceses de la Ilustración y los románticos alemanes (Herder, Fitche: teóricos del Volk y del Volkgeist), que precede e invalida todas las distinciones e identidades artificiales que se pueden legislar en la convivencia humana. Esos dos conceptos de nacionalidad adquirieron forma canónica en la oposición entre Staatnation y Kulturnation formulada por Friedrich Meinecke (1907). Geneviève Zubrzycki resumió su estudio de las definiciones al uso en los debates científico-sociales y políticos contemporáneos, contraponiendo los modelos/interpretaciones “étnicos” y “cívicos” del fenómeno de nacionalidad:
“Según el modelo cívico de nacionalidad, la identidad nacional es puramente política; no es otra cosa que la elección individual de pertenecer a una comunidad basada en la asociación de individuos con ideas afines. Por el contrario, la versión étnica sostiene que la identidad nacional es puramente cultural. La identidad se proporciona con el nacimiento, se impone al individuo” [22]**

La cita que Bauman incorpora al final pertenece a un artículo de Geneviève Zubrzycki, de 2002, en la Polish Sociological Review sobre los modelos de identidades nacionales.
Los eurófobos que venden que Europa es una solo burocracia, por ejemplo, buscan cargar contra la "inhumanidad" de la maquinaria supraestatal alentando una idea de "proximidad" cálida a la persona, una organización "humanizada" que el nuevo populismo/nacionalismo preconiza. La vuelta del populismo nacionalista —como en Francia con el lepenismo— puede tener consecuencias más drásticas en los casos en que el estado se vea como una unidad represiva. Surge entonces el secesionismo que trata de puentear al propio estado buscando el amparo de Europa.
Aquí Europa es la vía que se busca para separarse del estado al que se rechaza. Pero Europa no es una salida de los estados, sino un freno de los nacionalismos. El estado es una unión cívica, de derechos extensibles y ampliables, y es posible su agrupación armónica; por el contrario, al ser la idea de nación irresoluble, ya nace de la diferencia reivindicada, la unión se percibe como una pérdida de identidad.
La enorme incongruencia reside en la reivindicación de las diferencias cuando son estas las que se diluyen en la unidad superior. De ahí que se tema un efecto dominó que haga imposible la idea de Europa como una identidad propia y se quede en una simple alianza estratégica y coyuntural de naciones, viaje para el que no hacen falta alforjas. Esta actitud es la que estamos viendo en países que juegan dentro de la Unión a su desunión. Es la consecuencia de un estar en Europa contra Europa, como la practican los gobiernos húngaros o polacos, países en los que crece el sentimiento populista nacionalista precisamente como eurófobo. Poco ha tardado el nacionalismo secesionista catalanista en mostrarse contra las instituciones europeas al fallarle los apoyos a sus argumentos. Las declaraciones de Puigdemont ayer en Bruselas dejan pocas dudas del uso instrumental de Europa para intentar romper el estado.


Hay en el texto de Bauman un cierto recelo ante encontrarse en muchos casos con un auténtico "nacionalismo", término que le parece que no describe la totalidad de los problemas que se han dado y se dan en estos años en Europa. Los juegos de poder están detrás de la manipulación populista del nacionalismo.
Cuando en la entrevista Benedetto Vecchi lleva a Bauman a analizar diversos nacionalismos y sus causas, este escribe:

Hay dos razones obvias para este nuevo florecimiento de reivindicaciones de autonomía o de independencia, erróneamente llamadas “resurgimiento del nacionalismo” o resurrección/renacimiento de naciones. Una razón es el ferviente y desesperado, aunque desnortado, intento de encontrar protección de los aires globalizadores (a veces tan heladores y otras tan abrasadores) que los muros que se derrumban del Estado-nación ya no proporcionan. Otra es el replanteamiento del pacto tradicional entre nación y Estado, que sólo se pretende en una época de Estados debilitados que tienen cada vez menos ventajas que ofrecer a cambio de la lealtad exigida en nombre de la solidaridad nacional. Como usted puede ver, ambas razones aluden a la erosión de la soberanía estatal como factor principal. Los movimientos de los que hablamos expresan el deseo de reajustar la estrategia recibida de persecución colectiva de intereses, que intentan crear apuestas y actores nuevos en el juego de poder. Podemos (y deberíamos) ver con malos ojos el celo separatista de dichos movimientos, podemos condenar los odios tribales que siembran y lamentar los amargos frutos de dicha siembra, pero a duras penas podemos acusarles de irracionalidad o despacharlos sencillamente como pataleta atávica. Si lo hacemos, nos arriesgamos a confundir lo que necesita explicarse por la explicación misma.   
Los escoceses “volvieron a descubrir” su nacionalidad, con fervor patriótico incluido, cuando el Gobierno de Londres comenzó a embolsarse los beneficios de las ventas de licencias para perforar en busca de petróleo junto a las costas de Escocia (este nacionalismo renacido comenzó a perder muchos de sus patriotas recién reclutados una vez que comenzó a asomar el fondo por debajo de las plataformas petrolíferas del Mar del Norte). Cuando el control del Gobierno en Roma comenzó a debilitarse y se vieron venir las ventajas escasas de la lealtad al Estado compartido, la gente del acaudalado norte de Italia se preguntaba por qué se debería sacar año tras año a los pobres desventurados y holgazanes calabreses o sicilianos de la miseria a costa de los “norteños”, a lo que siguió de inmediato la puesta en cuestión de la identidad nacional italiana común.   
Con los primeros signos de la desaparición inminente del Estado yugoslavo, los eficientes y acaudalados eslovenos se preguntaron por qué tenían que desviar su riqueza a las partes menos afortunadas de la alianza eslava, yendo a parar en primer lugar a manos de los burócratas de Belgrado. Recordemos también que fue Helmut Kohl, el canciller alemán, quien primero expresó la opinión de que Eslovenia merecía un Estado independiente por ser étnicamente homogénea, cosa que pudo ser la chispa que prendió el polvorín balcánico de etnias, lenguas, religiones y alfabetos en un frenesí de limpieza étnica.*

La idea de un nacionalismo entremezclado con intereses mucho más terrenales (y menos románticos) adquiere en la distancia de los trece o catorce años que separan el texto de Bauman de nuestra actualidad tintes reveladores. Lo que se formula como una cuestión identitaria forma parte de esos intereses en los que se buscan beneficios que no se confiesan. Pero así fue siempre. Los cantos de poetas, las leyendas y los héroes fundadores no eran más que el envoltorio dorado de intereses económicos, de juegos de poder.


Las posiciones cívicas, basadas en los derechos igualitarios, en la solidaridad, contrastan con aquellas peticiones de privilegios internos en los estados en nombre de identidades diferenciadas basadas en las desigualdades. Se ha pasado de desear la igualdad de derechos a la reivindicación de exclusivas en nombre de no se sabe muy bien que míticos derechos basados en diferencias "étnicas".
España es uno de los países más europeístas de la Unión. Lo es porque ha encontrado en Europa precisamente lo que deseó durante mucho tiempo: un marco en el que crecer conjuntamente. Es una democracia avanzada e imperfecta, cuya mejora es cosa de todos. Su impulso hacia Europa se percibe como una ganancia general y no como una merma o pérdida de identidad. Todos hemos ido hacia Europa y a todos nos ha beneficiado en muchos sentidos: prosperidad, solidaridad, igualdad, justicia. Como Bauman, se puede pedir que suene el himno europeo sin demasiados problemas. Somos capaces de gestionar identidades múltiples y entender que no hay contradicción en ser españoles y europeos dando sentido a esta identidad que nos une. No somos contra nadie, lo que nos permite aportar y recibir.
La solidaridad y firme apoyo de la Unión Europea con España en la presente crisis es una demostración de que la apuesta fue acertada y que se hicieron bien los deberes. Todos reconocen el tránsito de una España que salía de una dictadura a la España democrática que hoy tenemos. En esto, una vez más, Puigdemont se ha quedado solo. 


* Zygmunt Bauman (2005) Identidad. Conversaciones con Benedetto Vecchi. Losada.

** Cit. en Z. Bauman (2005). Geneviève Zubrzycki, “The classical opposition between civil and ethnic models of nationhood: ideology, empirical reality and social scientific analysis”, Polish Sociological Review, 3, 2002, pp. 275-95.


martes, 7 de noviembre de 2017

Identidades congruentes

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
En mitad teórica del esperpento que nos está tocando vivir, se echan en falta palabras que iluminen, que pongan algo luz más allá de las pasiones, que siempre han sido malas aproximaciones a los hechos. La falta de sentido se acumula sobre situaciones que buscan arrastrar hacia el caos, como territorio privilegiado de la disputa. Hay a quien el caos, el río revuelto, beneficia a corto plazo, pero a la larga no beneficia a nadie. Y cuanto antes se entienda, menores serán las consecuencias de una situación que debe quedar resuelta con el menor número de cabos sueltos.
Me gustaría traer las palabras que dan comienzo a la obra "Identidad", de Zygmunt Bauman, ya que nos traen algo de luz sobre lo que nos ocurre:

Es una vieja costumbre de la Universidad Carolina de Praga que se interprete el himno nacional de la persona que va a ser nombrada doctor honoris causa durante la ceremonia de investidura. Cuando me llegó el turno de recibir tanto honor, me pidieron que eligiera entre los himnos británico y polaco… Pues bien, no me resultó fácil dar una respuesta. 
Inglaterra fue el país que yo elegí y que me eligió a mí a través de una oferta de trabajo como profesor universitario, una vez que ya no podía quedarme en Polonia, el país en el que nací, porque me habían arrebatado mi derecho a enseñar. Pero allí, en Inglaterra, era un inmigrante, un recién llegado y, hasta no hace mucho tiempo, un refugiado procedente de un país extranjero, un extraño. Desde entonces me he nacionalizado ciudadano británico. ¿Pero se puede dejar de ser un recién llegado una vez que lo eres? No tenía intención alguna de pasar por inglés y ni mis estudiantes ni mis colegas dudaron jamás de que era un extranjero, un polaco para ser exactos. Este acuerdo tácito “entre caballeros” evitó que nuestras relaciones se agriaran: al contrario, las hizo sinceras, fluidas y, en general, despejadas y cordiales. ¿Así que tal vez deberían haber interpretado el himno polaco? Pero eso también habría significado actuar de manera fraudulenta: treinta y tantos años antes de la ceremonia de Praga me habían arrebatado la ciudadanía polaca. Mi exclusión era oficial, iniciada y confirmada por el poder que tenía autoridad para diferenciar el “dentro” del “fuera”, entre los que eran de allí y los que no, así que ya no tenía derecho al himno nacional polaco…   
Janina, mi compañera de toda la vida y una persona que ha dedicado mucha sustancia gris a las trampas y a las tribulaciones de la definición personal (después de todo, es autora de un libro que lleva por título Dream of Belonging), encontró la solución: ¿y por qué no el himno europeo? Efectivamente, ¿por qué no? Sin duda, europeo sí que era y nunca lo he dejado de ser: nacido en Europa, que vive en Europa, que trabaja en Europa, que piensa como europeo, que siente como europeo, y, lo que es más, hasta ahora no hay delegación de pasaportes europea con autoridad para expedir o desestimar un “pasaporte europeo”, ni, por tanto, para conceder o denegar nuestro derecho a llamarnos europeos.*


La situación de indecisión inicial de Bauman se resuelve en la identificación con una identidad superior que es la "europea". Nos muestra la diferencia entre "estar en Europa" y "ser europeo". Algunos hoy alegan querer "estar en Europa" y no el "ser europeos". Como intelectual inteligente, Bauman sabe que la "identidad" no es algo que esté en el ADN individual o colectivo. A la hora de elegir, no fuerza las situaciones sino que busca aquella cuya función es precisamente resolver las identidades que llevan al conflicto.

Europa y su identidad se ve enfrentada a un tercer nivel identitario: ya no basta con la tensión entre "estados" y la "Unión" sino que esos estados corren el riesgo de convertirse en una tensión destinada crear más tensiones y no a resolverlas. El hecho de que las autoridades de la Unión, las europeas hayan sido las que más claramente han hablado sobre la cuestión de secesionismo catalán y siempre advirtiendo que no es algo contra Cataluña sino en favor de la identidad europea debería hacernos reflexionar sobre la necesidad de avanzar en esa senda superior.
Sin embargo, lo que está ocurriendo —más allá del secesionismo catalán— es precisamente el socavamiento de la idea de la Unión. La ilusión de los dirigentes independentista al fotografiarse junto a banderas europeas es un sarcasmo pues van en la dirección contraria. Puede tener un valor estético y sugestivo, pero es irreal. Lo han dicho todos y es difícil encontrar mayor rotundidad.
El regreso a los mitos románticos decimonónicos del "pueblo" es una preocupación en muchos escenarios internacionales. Las viejas reivindicaciones en torno a la idea de "pueblo" han sido semillero de múltiples conflictos, pues esa "identidad" elaborada acaba siendo agresiva y exclusivista. Su sustrato ideológico no puede desprenderse de las nociones diferenciales que introduce y de los fundamentos míticos de sus "explicaciones". Analicemos cualquiera de ellos y comprobaremos que el aumento de la presión nacionalista se convierte inmediatamente en agresivo y excluyente. No hace falta que se produzca la secesión. Las consecuencias divisorias del "America First" de Trump y sus estragos sociales e internacionales son evidentes: división interna, xenofobia, racismo, agresividad internacional, aislacionismo y militarismo. Eso entienden por una USA "fuerte", que recupera su "identidad".
Señala Bauman:

La “identidad nacional” era desde el principio, y siguió siéndolo durante mucho tiempo, una noción agonista y un grito de guerra. Una comunidad nacional con cohesión, que coincide con el conjunto de súbditos del Estado, estaba destinada no sólo a permanecer inconclusa a perpetuidad, sino también precaria para siempre. Un proyecto que exige vigilancia continua, un esfuerzo gigantesco y la aplicación de mucha fuerza para asegurarse de que se escucha y obedece el llamamiento (Ernest Renan denominó “plebiscito diario” a la nación, a pesar de que hablaba de la experiencia del Estado francés, conocido, al menos desde la época napoleónica, por sus ambiciones excepcionalmente centralistas). No se cumplirían ninguna de semejantes condiciones si no fuera porque se hizo coincidir el territorio domiciliario y la indivisa soberanía del Estado, que, como sugiere Agamben (siguiendo a Carl Schmitt), consiste ante todo en el poder de exención. Su raison d’être era el trazado, refuerzo y vigilancia del límite entre el “nosotros” y el “ellos”. La “pertenencia” habría perdido lustre y poder de seducción, además de su poder integrador/disciplinante, si la amenaza y la práctica de la exclusión no hubiera sido sistemáticamente selectiva ni la hubieran dado cuerpo y revigorizado constantemente.*


Hoy Europa se debate en un proceso precisamente de apertura de las identidades nacionales elaboradas durante siglos para poder crear esa identidad abierta que es "Europa" construida no sobre "pueblos", "razas", "lenguas" o "religiones", sino sobre ideales igualitarios, sobre derechos. Todas esas razones identitarias señaladas han sido causantes de ese "agonismo" señalado por Bauman; todas han causado sus millones de muertos, juntas o por separado, en guerras que han desangrado a Europa. Empezar de nuevo el proceso de conflicto es ignorar la Historia, es ignorar todo ello. Se juega con la idea simplista de que en la "moderna Europa" estas cosas no son ya posibles. Sin embargo es precisamente esa modernidad contra la que se ejerce la presión. Lo ocurrido en los Balcanes o en Ucrania o, sin ir más lejos, en el terrorismo que ha tenido presencia en nuestro país, nos demuestra qué fácil es perder la "modernidad" en favor de las viejas ideas de la identidad surgidas a fines del XVIII y principios del XIX.
Aquellas viejas ideas acabaron siendo colonialistas e imperialistas, como lo son hoy las del secesionismo catalán que, no teniendo bastante con Cataluña, aspira a esos "países catalanes" creando conflictos ya antes de nacer con el resto de España y con estados vecinos, como Francia.
La solución de Bauman es la mejor: la identidad europea. No se puede avanzar en una mejor Unión Europea si se intenta dividirla buscando crear nuevas formas ligadas a identidades. Lo contrario es destructivo y conseguirían dar al traste con lo conseguido. Ir hacia Europa implica debilitar las identidades nacionales y trabajar para el todo, no lo contrario que es trabajar doblemente contra la Historia y contra el futuro.
Escribe Bauman:

Nuestra decisión de pedir que se interpretara el himno europeo era “inclusiva” y “exclusiva” al mismo tiempo. Hacía alusión a una entidad que abrazaba los dos puntos de referencia alternativa de mi identidad pero, al mismo tiempo, anulaba, como menos relevantes o irrelevantes, las diferencias existentes entre ellas y, por tanto, también una posible “ruptura de identidad”. Eliminaba como prioridad la identidad concebida en términos de nacionalidad: ese tipo de identidad de la que me han excluido y que me ha resultado inaccesible. Fueron de ayuda algunos versos conmovedores del himno europeo: alle Menschen werden Brüder… La imagen de la igualdad constituye el paradigma de la cuadratura del círculo: diferente pero el mismo, separado pero inseparable, independiente pero unido…   
Le cuento esta breve historia porque contiene en pocas palabras la mayoría de los molestos dilemas y elecciones obsesivas que tienden a convertir a la “identidad” en materia de graves preocupaciones y de acaloradas controversias. Los buscadores de identidad tienen que enfrentarse indefectiblemente a la abrumadora tarea de “cuadrar un círculo”: esta expresión genérica, como es sabido, implica tareas que jamás se pueden completar en “tiempo real”, sino que se supone que podrán llegar a su término con el tiempo: en el infinito...*


Es ese doble movimiento el que permite abrazar las identidades en una entidad superior, la europea, en la que hay que avanzar para evitar que con su excusa se empiecen a crear elementos cuyas diferencias pasen a ser realmente conflictivas, como está ocurriendo hoy entre nosotros.
Los versos de Friedrich Schiller que configuran nuestro himno europeo —nuestro, de todos— apelan a la hermandad que debe ser el sentimiento real y no pretender trasladar a Europa desunión y conflicto. Con razón Europa ha dicho lo que ha dicho, algo que lejos de hacer pensar a algunos les ha hecho adentrarse con más virulencia en la negación y la ceguera.
Zygmunt Bauman había sido atacado constantemente por los nacionalistas polacos, por lo que dejó de ir a su país de origen. Le atacaban por haber sido comunista, de la misma forma que durante el comunismo le atacaron y purgaron por ser judío. Falleció a primeros de este año. Era, sin duda, europeo. Pura congruencia. 



* Zygmunt Bauman (2005) Identidad. Conversaciones con Benedetto Vecchi. Losada.

martes, 25 de abril de 2017

La perversa lógica cotidiana

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
De todo este mundo bárbaro del que recibimos cada día información sobre desastres y maldades, siempre hay cosas pequeñas que adquieren valor de ilustración no por ser frecuentes sino por lo contrario. Su perversión aparece resaltada precisamente por el valor simbólico que tienen ante nuestros ojos. Todos sentimos el horror cotidiano, contra el que estamos vacunados: es aquel que nos afecta y ratifica nuestra visión del mundo. Es el horror de los decapitadores, de los maltratadores, de los lapidadores, el de los falsos justos, el de los hipócritas virtuosos, el de los necios poderosos.
Tres historias estos días me han dejado estos días con el ánimo débil. Lo han hecho precisamente por su novedad, porque sus imágenes son inhabituales y te abren espacios de reflexión sobre el estado de las cosas y el mundo que se eleva ante nuestros ojos cada día.
La primera de ellas ha sido la noticia sobre las ejecuciones en los Estados Unidos por el hecho de que caducaban los productos químicos usados en el proceso. El 5 de marzo, El País titulaba "Arkansas ejecutará a 8 presos en 10 días para evitar que caduque un componente de la inyección letal". Decía el periódico:

Mejor matar a que se eche a perder la inyección letal. Tras 12 años de interrupción de la pena capital, el pequeño estado de Arkansas (tres millones de habitantes) va a poner fin a la vida de ocho presos en tan solo 10 días. Será la mayor ejecución en cadena en Estados Unidos desde la reinstauración de la pena máxima en 1977. El motivo para acabar con tantos condenados en tan poco tiempo es, según la Coalición para Abolir la Pena de Muerte de Arkansas, evitar que caduque uno de los tres componentes de la inyección letal. Las últimas existencias de la sustancia, un ansiolítico de efecto rápido, expiran en mayo. Y las posibilidades de obtener nuevas partidas son extremadamente difíciles dada la negativa de la industria a facilitarlas para ejecuciones.*


Asusta la lógica que está bajo este hecho y el desprecio absoluto de la vida humana, la falta de valor asignado en una escala en la que un producto tiene más valor. Es una perversión que procede del sistema, que como la del nazi Eichmann se ampara en la eficacia y hasta se disfraza de virtud. La comunidad ahorra en gastos y se deshace de ocho personas, de ocho fuentes de gasto. Los jueces han logrado bloquear las ejecuciones evitando está marea de eficacia.
El segundo caso es el del atentado contra el autobús del equipo de fútbol Borussia Dortmund. En una ola de atentados por todo el mundo, este —que no causó más que un herido pero podía haberlo hecho con más— se descubrió que era una maniobra de un especulador en bolsa. Había puesto en juego vidas humanas para una maniobra bursátil. Demuestra igualmente una perversión del sistema, una forma depravada de pensamiento. Frente a los crímenes constantes de los fanáticos que muestran una locura, el atentado contra el equipo de fútbol es una pequeña anécdota, pero revela esa carencia que refleja muchas otras carencias a las que nos hemos acostumbrado y que nos lleva al mundo de la especulación arriesgando a los demás, piezas intercambiables para conseguir nuestros fines.


El tercero es otro asunto pequeño: la detención en su colegio de Florida de un niño de 10 años, autista. La madre grabó las imágenes del niño pidiendo, por favor, no ser tocado. Las imágenes no nos dejan distanciarnos emocionalmente. Sin embargo, más allá de las emociones, está de nuevo la inhumanidad del sistema que sigue los mismos protocolos para detener a un asesino que a un niño autista de diez años. Como escribieron algunos, muestra un fracaso de la escuela y de los jueces, incapaces de solucionar de una forma diferente un caso diferente. Pero el sistema es implacable. Como señala un periodista en la CNN, la única novedad del caso es el vídeo grabado por la madre. La práctica es corriente.


Algo similar ha ocurrido con el vídeo del pasajero sacado a la fuerza de su asiento en un vuelo ha sido portada en miles de periódicos y noticiarios de todo el mundo. De nuevo el protocolo. El avión no puede esperar y no se puede perder el tiempo discutiendo. La misma lógica de la caducidad de los productos químicos, de la especulación tras el atentado, del arresto del niño autista. Hay algo que falla en este modo de pensar y que está enrareciendo el mundo en el que vivimos.
Hay una violencia que nos abruma, unas ideas que nos repugnan a las que nos enfrentamos cada día. Pero hay otras que se disfrazan de normalidad, de eficacia o de audacia que son aplaudidas por el sistema como ahorro, eficiencia e iniciativa. Cuando salen a la superficie, cuando se nos muestran, surge la inquietud, el horror, la indignación. Pero están ahí, se enseñan y aprenden.
Con el título "La advertencia póstuma del pensador Zygmunt Bauman", el diario El País publicó ayer un artículo de Antonio Pita dando cuenta de la aparición de dos textos póstumos del sociólogo polaco, Retrotopía (Paídós) y "Síntomas en busca de objeto y nombre", dentro de una obra colectiva titulada El gran retroceso (Seix Barral).

"Hay una creciente brecha abierta entre lo que hay que hacer y lo que puede hacerse, lo que importa de verdad y lo que cuenta para quienes hacen y deshacen; entre lo que ocurre y lo deseable", señala. Bauman defiende que hemos regresado a la tribu, al seno materno, al mundo despiadado que describía Hobbes para justificar la necesidad del Leviatán (El Estado fuerte que evite la guerra de todos contra todos) y a la más flagrante desigualdad, en la que "el 'otro' es una amenaza" y "la solidaridad se le antoja al ingenuo, al incrédulo, al insensato y al frívolo una especie de trampa traicionera". "El objetivo ya no es conseguir una sociedad mejor, pues mejorarla es una esperanza vana a todos los efectos, sino mejorar la propia posición individual dentro de esa sociedad tan esencial y definitivamente incorregible", lamenta.**


Sí. Nuestra tribu es ordenada, protocolaria, eficiente. Nos horrorizamos, con razón, ante muchas noticias que nos llegan cada día. Es fácil defenderse de lo absolutamente otro. Pero deberíamos también preocuparnos por esta perversa cotidianeidad en la que vivimos porque nuestra toxicidad no caduca, porque nuestra especulación no cesa y nuestra sensibilidad desaparece.


* "Arkansas ejecutará a 8 presos en 10 días para evitar que caduque un componente de la inyección letal" El País 5/03/2017 http://internacional.elpais.com/internacional/2017/03/04/estados_unidos/1488600606_420874.html
** "La advertencia póstuma del pensador Zygmunt Bauman" El País 24/04/2017 http://cultura.elpais.com/cultura/2017/04/17/actualidad/1492423945_605390.html