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domingo, 10 de marzo de 2013

Afortunados

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
En la película rodada en 1932 por varios directores, encabezados por Ernst Lubitch, y con guionistas de la talla de Joseph L. Mankiewicz, "Si yo tuviera un millón" (If I had a Million), compuesta por diferentes historias, el millonario John Glidden, que se encuentra al borde de la muerte —pero con mucha energía—, rodeado de empleados y familiares pendientes de su testamento, decide burlarlos y emplear el tiempo que le quede de vida en regalar un millón de dólares a una serie de desconocidos elegidos al azar. Para ello pide que le traigan la guía telefónica y le den el cuentagotas con el que le pretenden suministrar su medicina. Glidden explica que aquel nombre sobre el caiga la gota recibirá un millón de dólares. La primera gota cae al azar sobre la guía abierta y Glidden pide que le digan el nombre del afortunado:
            —¡John D. Rockefeller! — leen con asombro.

Evidentemente se trata de un gag de la película que incide en el tópico de la suerte del millonario que se asienta en la inevitabilidad de la "fortuna". La superposición semántica que la palabra tiene —"fortuna" como 'suerte' (ser afortunado), lo que se posee (tener una gran fortuna) y el elemento azaroso—, la caracteriza en este sentido. Rockefeller tiene más suerte y será más rico porque el azar está de su lado; es un "afortunado". 
De hecho, la primera acepción que el Diccionario de la Academia nos ofrece es el "encadenamiento de los sucesos, considerado como fortuito". Los "afortunados" hacen una gran "fortuna" "fortuitamente". "Afortunados" son los que reciben ese millón de dólares de manera aleatoria. La película acumula casos sobre la forma en la que la Fortuna se recrea, haciendo llegar el dinero a quienes se lo merecen, de forma irónica a los que no pueden recibirlo, y como lección a los que no saben apreciarlo. Pero todo eso tienes demasiado sentido como para no ser premeditado. La vida no tiene tanto guión y da y quita sin miramientos.

En La conquista del pan (1892), el príncipe anarquista  ruso Piotr Kropotkin escribió:

Se cuenta que Rothschild, viendo amenazada su fortuna por la revolución de 1848, inventó la siguiente humorada: "Admitamos que mi fortuna se haya adquirido a costa de los demás. Dividiéndola entre los varios millones de europeos, correspondería a cada persona un escudo. Pues bien; me comprometo a restituir su escudo a cada uno que me lo pida".
Dicho esto, y luego de debidamente publicitado, nuestro millonario se paseaba tranquilo por las calles de Frankfurt. Tres o cuatro transeúntes le pidieron sus respectivos escudos y él, con sardónica sonrisa, se los entregó quedando hecha la jugarreta. La familia del millonario aún está en posesión de sus tesoros.** (55)

No es casual que Kropotkin comience con esta historia del banquero Mayer Amschel Rothschild el capítulo "La expropiación" en la obra. Es lo suficientemente irritante como para convencernos de la necesidad de expropiar a individuos como ese que, además de hacer su fortuna arruinando  a los demás, se ríen de ellos. Los muy ricos deberían tener el buen gusto de no hacer bromas sobre sus fortunas.


Las diferencias entre el millonario de la ficción, John Glidden, y el de la realidad, Rothschild son grandes, claro. Aunque hay algunos que gustan de la filantropía, son más los que se acercan al modo de reparto de Rothschild y más incluso los que lo considerarían un despilfarro absurdo. 
La esencia de la idea de "fortuna" no está en su justicia, sino precisamente en su arbitrariedad, en lo fortuito. La película no nos muestra cómo consiguió John Glidden su fortuna; solo cómo la distribuyó. Ya señalaba esto Kropotkin en su obra: «[...] hay un grueso error, y es que nadie se ha preguntado nunca de dónde provienen las fortunas de los ricos. Un poco de reflexión bastaría para demostrar que el origen de esas fortunas está en la miseria de los pobres.» (56) Hoy, que indagamos las de algunos, nos llevamos muchas sorpresas.


Nuestros tiempos, sí, son también de "grandes fortunas". Cada vez que sale la lista Forbes, aparecen nuevos nombres, lo que no significa que los que no están en la relación publicada no lo sigan siendo, sino que hay otros con más dinero. La contrapartida es el empobrecimiento de otros muchos que ven cómo su vida empeora cada día, sin la esperanza de que unas gotas caigan al azar sobre sus nombres y cambie su destino. Pero una cosa son las películas y otra la realidad. John Glidden es fruto de un guionista biempensante; Rothschild de las Leyes de la Evolución.
Hoy mucha gente no pide ya "fortuna", sino ese premio extraño, legendario, poco remunerado, que a algunos les toca de vez en cuando, que se llama "trabajo". 

* Piotr Kropotkin (2012): La conquista del pan (1892). La Malatesta Editorial / Tierra de Fuego / Libros de Anarres, Madrid.





jueves, 17 de febrero de 2011

El regreso de la empatía

Joaquín Mª Aguirre (UCM)

La última obra publicada por Jeremy Riffkin se titula La civilización empática* y supone un intento de explicarnos nuestra evolución como humanos desde una perspectiva diferente. Nos dice Riffkin que siempre se nos ha explicado desde la perspectiva del conflicto y la lucha. Apunta el autor que los nuevos descubrimientos científicos, en diversos campos, nos obligan a reconsiderar las teorías vigentes:

La idea convencional de la evolución que destaca la competición para obtener recursos y para la reproducción está siendo matizada, por lo menos para el nivel de los mamíferos, con datos nuevos que indican que la supervivencia del más apto se puede referir tanto a la cooperación y a la conducta prosocial como a la fuerza bruta y la competencia. (83)

Han pasado algo más de cien años desde que el príncipe anarquista ruso Petr Kropotkin publicara El apoyo mutuo (1902), una obra con la que intentaba equilibrar el peso de los conflictos y la rivalidad en la evolución de las especies planteados por los darwinistas. Kropotkin era un naturalista y se documentó buscando ejemplos de cooperación de todo tipo a lo largo del muestrario de las especies. Sin negar la importancia de la lucha, señaló la necesidad en las especies más desarrolladas, los insectos sociales y los mamíferos, de desarrollar la cooperación como un mecanismo de supervivencia: «La sociabilidad es una ley de la naturaleza como lo es la lucha mutua».

Stephen Jay Gould (1941-2002), el gran paleontólogo de Harvard y ameno divulgador científico, escribió un artículo con el significativo título de “Kropotkin no era ningún chiflado”**. Aún negando la existencia de una “moralidad natural”, Gould consideró que el argumento básico de Kropotkin “es correcto”. Siempre se nos enseñó que Kropotkin era un chiflado, pero ahora me doy cuenta de que no, nos viene a decir Gould. Hoy, obras como la de Riffkin, se convierten deudoras de los pasos dados por el ridiculizado por estrafalario príncipe ruso.

Acabamos de asistir a un ejemplo en el que lucha y cooperación se equilibran. Las revueltas populares de los países árabes están mostrando el peso de la cooperación y la empatía en el marco de los conflictos. No se trata de descubrir nada, sino de percibir desde otro ángulo. Hemos podido ver el equilibrio entre las dos fuerzas, la máxima cooperación solidaria entre todos los participantes en la protesta y la máxima determinación interna para seguir adelante en el conflicto. El segundo ha reforzado el primero: la lucha ha intensificado la capacidad empática de la gente y ha aumentando su solidaridad.

La revolución egipcia no ha sido caótica, como se empeñaba en sostener el régimen de Mubarak. Ha sido, por el contrario, una forma de cohesión social. Es probable que en esos días hayan funcionado mejor muchas cosas de lo que lo hacían antes. A los que la sociedad encargue regir los destinos de estos países, que han pasado del pesimismo y la baja autoestima a la sorpresa por su propia energía, capacidad y determinación, deberán responsabilizarse de mantener viva esa ilusión porque es el mejor motor social. Cuando consideramos a los pueblos como niños o como delincuentes, lo que recogemos es apatía y descontento. Por el contario, si invertimos en su ilusión y respeto, todos saldrán beneficiados.

Mañana están convocados para celebrar el “viernes de la victoria” en la Plaza de Tahrir. A los viernes de la cólera y de la salida sigue ahora el del estallido del júbilo, el del reencuentro con un espacio que los egipcios consiguieron convertir durante tres semanas en el escenario de un drama del que salieron reforzados como pueblo. Las emociones que sentirán mañana serán intensas, pues llegarán agolpados los recuerdos de los sacrificios, de los ausentes y del dolor acumulado. Todo, el dolor y la alegría, forma parte de la celebración de la vida.

* Jeremy Riffkin (2010): La civilización empática. Paidós, Barcelona.

** Stephen Jay Gould (2005, 2009): “Kropotkin no era ningún chiflado”, en “Brontosaurus” y la nalga del ministro. Crítica, Barcelona.