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jueves, 4 de agosto de 2022

El viaje de Pelosi y la mano invisible

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

Es difícil entender la política exterior norteamericana. Es cierto que es más complicado entender la política nacional con la invasión del Capitolio del 6 de enero de 2021 y los millones de votantes potenciales que sigue conservando Donald Trump. Pero por complicado que esto sea, lo cierto es que una y otra están conectadas y, sobre todo, ambas nos afectan, pues lo que ocurre o hacen los Estados Unidos tienen una repercusión global, nos guste o no.

Hemos llegado a un punto en el que son necesarios diversos procesos de traducción de los actos norteamericanos para tratar de entender su sentido. Si la cuestión rusa se entiende a través de los lazos —energéticos, comerciales y políticos— creados con Europa y otros estados implicados que se van sumando a este conflicto estructurando las nuevas zonas de influencia, la cuestión norteamericana requiere otros planteamientos por dos circunstancias esenciales, la creciente pérdida de influencia internacional, anunciada desde diversos foros en las últimas décadas como la "decadencia del imperio norteamericano" y la explicación que desde los propios Estados Unidos se da a este hecho.

Mientras que Rusia ha ido ampliando su influencia en el mundo —tras el hundimiento de la Unión Soviética— estableciendo los mencionados lazos mediante los que ofrece y crea dependencia —como ocurre con el gas—, los Estados Unidos se han visto sorprendidos en su propio terreno. Lo que ellos esperaban que iba a ser su expansión absoluta a través de dos fenómenos, la Sociedad de la Información, por un lado, y la "globalización" por otro, no se ha visto realizado más que a medias.

La enorme paradoja es que el triunfo de la democracia sobre el totalitarismo no se ha visto refrendado en todos sus niveles. Lo que en un plano político puede resultar evidente (la superioridad de la democracia) no resulta tan evidente en el plano económico, donde Estados Unidos ha sido derrotado por un país que no es precisamente democrático, China, lo que se ha convertido en una verdadera obsesión y problema. De China no se teme su comunismo de consumo, sino su capacidad capitalista de competir. China es el país que más multimillonarios produce cada año. Es el "sueño chino" en vez de "sueño americano".

Quizá el capitalismo moderno se ha olvidado de un mensaje que ya estaba muy claro en La riqueza de las naciones, el texto fundacional, de Adam Smith:

En cierta medida, en el arte o manufactura que fuere, entregar el monopolio del mercado interno a la producción de la industria del propio reino equivale a dirigir a los particulares en la forma que deben emplear su capital, y deberá, en casi todos los casos, conducir a una regulación inútil o dañina. Si la producción interna puede distribuirse de forma tan barata como la industria exterior, la regulación será evidentemente inútil. Si no puede, será en general dañina. Cualquier padre de familia prudente tiene como máxima no intentar hacer nunca en casa lo que le costará más fabricarse que comprar. El sastre no intenta hacerse sus propios zapatos sino que se los compra al zapatero. El zapatero no intenta confeccionarse su ropa, sino que recurre al sastre. Ni una cosa ni otra hace el labrador, que se las pide a cada uno de esos artesanos. A todos ellos les beneficia utilizar su propia industria, de suerte que, al obtener cierta ventaja sobre sus vecinos, pueden comprar con parte de su producción o, lo que viene a ser lo mismo, con el precio de parte de ésta, cualquier cosa que precisen.   

Lo que es prudente en el gobierno de una familia, pocas veces será insensato en el de un gran reino. Si un país extranjero puede proporcionarnos una mercancía por un precio menor al nuestro, mejor será comprársela a él, de forma que obtengamos alguna ventaja con parte de la producción de nuestra propia industria. De este modo, la industria general de un Estado, siempre en proporción con el capital que para ella se emplee, y al igual que en el caso de los artesanos antes mencionados, no quedará disminuida, sino que únicamente habrá que buscar la manera de utilizarla con el máximo provecho. No será así, sin duda, si se orienta a un objeto que podría comprar más barato que fabricándolo ella misma. De suerte que el valor de su producción anual se verá ciertamente disminuido cuando deje de fabricar géneros más valiosos que la mercancía que se afana en producir. Según este supuesto, esa mercancía podría adquirirse en otros países a un precio más barato que el del propio reino. Por consiguiente, podría haberse adquirido sólo con una parte de las mercancías o, lo que es lo mismo, con una parte del precio de aquéllas que la industria interna habría producido con igual capital si se le hubiera permitido seguir su curso natural. De este modo, la industria del país deja un uso más provechoso que aquél por el que opta, y el valor de intercambio de su producción anual, en lugar de acrecentarse, según pretendía el legislador, deberá necesariamente disminuir con cada nuevo reglamento. (trad. Jesús Cuellar) 

Pero los consejos y analogías sobre comprar barato fuera tienen consecuencias dentro. Es de ahí donde se ha generado una gran división en la sociedad norteamericana y que Trump aprovechó: el odio a China. El principio capitalista de que hay comprar fuera lo que es más barato que producirlo dentro ha hecho estragos entre lo que no se menciona a menudo: el capitalismo fomenta la desigualdad haciendo más rico al rico y más pobre al pobre. La igualdad de oportunidades, evidentemente, no funciona cuando esa riqueza producida se transforma en nuevos privilegios comprables. Comprar a China ha hecho muchos ricos, de la misma forma que se han enriquecido muchos en Europa gracias a una energía más barata.

Pero lo que funciona en la economía doméstica, no siempre es igual cuando se trata de destruir a la competencia, algo que el capitalismo también mantiene entre sus armas oscuras. Los mismos que destruyen a la competencia vendiendo por debajo del precio de coste son los que después aplicarán con firmeza las leyes de la oferta y la demanda. Del gas barato pasamos al gas súper caro, ruinoso que te lleva a una crisis sin precedentes porque la "mano invisible" ya tiene rostro, el de Vladimir Putin.

Lo que se daba por supuesto, que capitalismo y democracia eran las dos caras de la misma moneda, el principio del (neo)liberalismo, se descubre como falso. Unos países totalitarios, como Rusia y China, son capaces de aplicar las duras leyes del capitalismo salvaje mientras que cortan las posibilidades democráticas, que plantean como una debilidad estructural. Rusia fue vencida en todas las carreras; China, por el contrario, no solo ha resistido sino que ha ganado en crecimiento sin perder el control totalitario fundido con los principios de la obediencia confuciana. 

Trump supo recoger los sentimientos anti China existentes en los perjudicados, la clase trabajadora norteamericana, y no le importaron las de Rusia porque esta no competía con los Estados Unidos, que no es dependiente ni del gas ni de su petróleo. Mientras se cerraban fábricas condenando a pueblos y ciudades a la pobreza, las clases empresariales norteamericanas se hacían ricas comprando barato en China y aumentando sus márgenes de beneficio. Lo mismo se puede decir de Europa, cuyos efectos en muchas zonas han sido muy similares. Todos seguían a Adam Smith: no vale la pena producir lo que se puede comprar más barato fuera. Pero esto tiene unos riesgos que el clarividente Smith no tenía porqué saber, pese a poner abundantes ejemplos sobre los efectos de las guerras en la economía. Pero las guerras del s. XVIII no son las del XXI.

¿Por qué no ha cambiado la política anti China de Trump con la llegada de Joe Biden a la Casa Blanca? La respuesta es sencilla y, a la vez, compleja: porque, primero, alentar el odio hacia China es rentable políticamente y, en segundo lugar, permite unas sanciones que favorecen al mercado norteamericano. El espectacular crecimiento chino solo se frena no comprándoles y sancionando a los que lo hacen. A Trump le interesaba más tener por socio a Rusia, que no es un país rico en producción, pero que tiene recursos vendibles, que a China, un país que tiene muchos recursos naturales y una enorme capacidad de producción. China es el problema. Por eso lo que está haciendo Biden es trata de evitar ser acusado por los republicanos de no frenar a China, una vez que todos han aceptado el diagnóstico y la receta: frenar a China.

Las complicaciones actuales derivadas de la actuación de Rusia sobre Ucrania y sobre los elementos económicos, como el grano, el gas, la inflación, etc. solo son un anticipo de lo que pude ocurrir si Estados Unidos, como parce, trata de abrir un frente de conflictos con China.

El viaje de Nancy Pelusi a Taiwán es un ejemplo de cómo crear un conflicto que nos arrastre a todos y solo beneficie a los Estados Unidos. Taiwán es un país inventado durante la Guerra Fría para acoger a los varios millones de exiliados nacionalistas tras perder la guerra civil china. Es un problema complejo y que requiere de diplomacia. Pocos recuerdan que el mundo no reconoció internacionalmente a la China continental como estado y sí lo hizo con la isla, que fue la "verdadera China" hasta que tamaño despropósito se cambió en los años 70, siendo reconocida la actual China como estado y quedando en el limbo Taiwán. La forma de mantener el equilibrio de esta desproporción era la prudencia. Algo que la "inútil" visita de Pelosi echa por tierra y que el gobierno chino considera lo que es, una provocación en el peor momento.

En un momento en el que se trata de aislar a Rusia y evitar que esta sume apoyos declarando independientes las "repúblicas populares" artificiales creadas en el Este de Ucrania (ya reconocidas por países sicarios, como Siria, y otros como Corea del Norte y la Venezuela, de Nicolás Maduro), la señora Pelosi decide visitar Taiwán para realizar arengas patrióticas sobre cómo les defenderán los Estados Unidos de China y de paso sentar bases por todo el Pacífico y el Índico.

Estados Unidos está empujando de forma irresponsable a China hacia Rusia. Es evidente que estos movimientos tratan de meterlos en un mismo paquete. Pero el objetivo, como ocurre en Europa, no es una preocupación responsable, sino más bien la creación de unas condiciones de conflicto que permitan aislar a China como ya se está haciendo con Rusia a través de las sanciones. Pero la situación es evidentemente muy distinta.

Recordemos que la política económica de Donald Trump se enfocó a sancionar a las empresas que fabricarán en China y otros países "más baratos" en su producción. Como populista, Trump asumió que había: 1) evitar comprar fuera (recuerden lo ocurrido con las motos Harley Davidson) por muy barato que fuera; la fórmula siempre ha sido la misma, aranceles, impuestos a la importación, algo que hemos padecido también los españoles con el aceite de oliva o los vinos, algo que permitía que producir más caro pudiera equipararse con lo de fuera encareciéndolo; y 2) evitar que los otros compraran fuera y se beneficiara de la crisis, algo que se hacía mediante prohibiciones y sanciones.

A nadie se le escapa que sí Putin nos raciona la energía y Estados Unidos nos prohíbe fabricar y comprar en China, la situación europea solo se resuelve de una manera: comprar la energía fuera (más cara) y comprar fuera lo que no tenemos (más caro que antes). Esto ya se está haciendo pues el gas ya se lo compramos (y hay que dar las gracias) y las compras habrá que hacerlas en Estados Unidos o en sus aliados asiáticos, que ya se han visto favorecidos por la protección norteamericana, es decir, el otro gran productor sin sospechas más que de explotación laboral: Corea del Sur.

15/09/2021

La visita de Nancy Pelosi al sureste asiático es una jugada que busca llevar al gobierno chino a realizar acciones que sirvan de excusa para limitar las compras a China. Pero China no es Rusia. Es una súper potencia económica cuyo futuro está vinculado no a las invasiones o las guerras sino precisamente al desarrollo e intercambio económico. En China se ha invertido en empresas reguladas para evitar perder el control. Pero a China no le interesa en modo alguno perder el control de su crecimiento, algo que es, en cambio, el objetivo de la política norteamericana, que ha hecho de China el gran centro de sus acciones.

Cuando Trump le exigió a Europa que aumentara su armamento, se enfadó mucho cuando los europeos decidieron desarrollar su propio armamento y fabricarlo. Se vio claramente que lo que quería era que se lo compraran a los Estados Unidos. Durante su mandato hemos señalado la estrategia de crear conflictos y luego vender soluciones, aunque fueran chapuceras. ¿Podemos imaginar lo que puede suponer para Europa quedarse sin energía (Rusia) y sin piezas para la fabricación (China)? Recordemos simplemente el parón de las cadenas automovilísticas cuando no nos llegaban ciertos chips. 

¿Nos imaginamos otro juego como el de los barcos que no llegan porque se paran por el camino o se atascan en el canal de Suez, porque no hay materias primas para elaborarlos, etc.? Ahora Rusia quiere controlar la ruta del Ártico, abierta con el deshielo. ¿Qué pasará con Suez, la ruta del sur?

El enfrentamiento entre China continental y Taiwán no interesa a ninguno de los dos, sin embargo sí beneficia a terceros creando una nueva fuente de conflictos en la zona. Este tipo de agravios y desafío solo provoca el crecimiento de ese "nuevo orgullo nacionalista" chino que sirve para crear nuevos objetivos reivindicativos. ¿Qué busca esta vez la "mano invisible"?

Lo que se creó en la isla de Taiwán en su momento no se corresponde con la China de hoy ni con sus objetivos. La visita de Pelosi es un problema en medio de muchos otros problemas, en un momento crítico para el mundo entero. No conviene jugar con juego cerca de los lugares secos. Decimos de una persona que es "diplomática" cuando trata de evitar conflictos y, por el contrario, trata de resolverlos. No es esta la diplomacia de Nancy Pelosi, destinada a crearlos. El problema es que no se los crea a Estados Unidos, sino que nos los crea a todos.

jueves, 25 de agosto de 2016

Un libro: ¿Quién le hacía la cena a Adam Smith. Una historia de las mujeres y la economía, de Katrine Marçal

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Un repaso a través de Google nos muestra que el libro "¿Quién le hacia la cena a Adam Smith?", de la periodista sueca, afincada en Gran Bretaña, Katrine Marçal, no ha recibido la atención española que merece. Por lo que hemos visto, La Vanguardia ha dado cuenta de su salida. Fuera ha tenido más atención, como prueba su reseña en The New York Times.
Cuando uno echa un vistazo a la sección de economía de las librerías se da cuenta que están llenos de personas que nos venden el éxito y nos explican el pasado y el futuro. El pasado suele ser fácil de explicar y el futuro también. El presente es más complicado, pero uno no sueña con el presente sino en cómo salir de él de la mejor manera posible. Un sinfín de personas nos prometen desde las portadas ser tan felices como ellos (y todos los que compren el libro). Desde la que las editoriales españolas descubrieron que los nacionales podían engañarnos lo mismo que los extranjeros, es decir, que lo foráneo había perdido glamour por aquello de viajar más, se dedicaron a promocionar autores y libros nacionales, con lo que se ahorraban un buen pico en traducciones y derechos. Si había suerte y alguno trascendía (casi ninguno lo ha hecho), hasta se podía traducir a otros idiomas.
En el caso de la sección de Economía, los géneros narrativos son claros: los que explican quién tiene la culpa de que no seas rico y los que te ofrecen la oportunidad de serlo si te llevas el libro. Es realmente increíble la cantidad de economistas capaces de dar consejos.


El libro de Katrine Marçal tiene algunas ventajas respecto a todos ellos. Ofrece un enfoque distinto: explica quien tiene la culpa pero no promete la riqueza en sus páginas. Habla de la necesidad de cambiar no solo la economía, algo sobre lo que hay mucho escrito, sino la forma de ver la economía y, a través de ella, el mundo. Esta visión es errónea y, como consecuencia, llegan muchos de nuestros problemas. En muchos sentidos, es un libro mucho más radical que los que nos venden como apocalípticos.
La cuestión es clara desde el principio, desde el mismo subtítulo: "Una historia de las mujeres y de la economía". La pregunta sobre quién le preparaba la cena al padre de la Economía, Adam Smith, no es trivial y su respuesta tampoco: su madre. Algunos lo verán como muy natural, ya que Smith no se casó nunca y su madre le cuidó siempre. Y es en esa naturalidad de lo que hace la madre de Smith (y la de todos los demás) donde radica parte del problema.
En realidad el problema no son las "mujeres" sino cómo los hombres han pensado la economía desde un supuesto: el "homo economicus", el hombre económico. Adam Smith lo definió como un hombre con "sentido común", que invierte o ahorra para conseguir un beneficio ahora o en el futuro. Y como a nadie se le ocurre querer ganar poco, hará todo lo posible porque ese beneficio sea el máximo que pueda obtener. En el mismo párrafo, Smith definía como "loco" al que no se comportara así en un espacio en el que hubiera una "seguridad razonable".
El libro de Marçal tiene dos partes diferenciadas pero confluyentes. En la primera se centra en lo que esta definición ha supuesto para el pensamiento económico al invisibilizar el trabajo de las mujeres y a las mujeres mismas. En segundo lugar se dedica a mostrar la irrealidad de ese "hombre económico". Es más, de ese "hombre " conceptual solo se puede afirma algo: que no es una "mujer".
La obra hace un recorrido sobre lo que ha supuesto para nuestro discurso económico, para la economía y para nosotros mismos esta visión del mundo. En última instancia, la transformación de nuestro mundo, que solo es visto ya a través de la Economía, es lo que ha llevado a nuestra situación actual.
Nos van a hablar de la crisis económica, sí, pero sobre todo de la crisis conceptual que ha llevado a ella, la terrible perversión de la forma de percibir el mundo y a nosotros mismos desde una óptica teórica que está profundamente distanciada de la realidad y por ello es falsa.
Al final, el hombre económico solo puede hacer una cosa: competir. Ese es su destino y su cárcel. Necesita de la competición en todas las dimensiones de su vida porque no se ha sabido establecer otra. Por más que tratemos de cambiarlo, el discurso economicista se ha apoderado de nosotros distorsionando el espejo en el que nos vemos y a través del que decidimos nuestras acciones, que son medidas y pesadas, llevadas a un libro de contabilidad. El gran libro del destino, en el que todo está escrito, es un libro contable.


La obra de Katrine Marçal necesita desmontar primero el discurso del "hombre económico" para ver que fuera de él ha quedado la mujer. Digo del "discurso" porque la mujer no ha quedado fuera de la realidad; solo del discurso que da la visibilidad y el reconocimiento.

El gran relato contemporáneo —escribe Marçal—, la historia más grande jamás contada de nuestro tiempo: quienes somos, por qué estamos aquí y por qué hacemos lo que hacemos.
¿Quién es el protagonista de dicha historia? El hombre económico, cuya característica principal es que no es una mujer. (178)

La cuestión del hombre económico —más que una descripción de lo que hay, un imperativo de lo que debe ser— y la cuestión de la invisibilidad de las mujeres en la economía no son nuevas. La obra de Marçal tiene la virtud de ir más allá de las cuestiones económicas porque redefine precisamente aquello que deba ser la Economía misma en una sociedad que está padeciendo sus estragos, especialmente morales. Lo que la teoría del "homo economicus" ha producido es un mundo que padecemos todos en la medida en que limita y evalúa algunas de nuestras capacidades pero deja fuera otras muchas que no son computable y permanecen en la oscuridad.
Es en última instancia ahí donde radica gran parte de la cuestión: la capacidad de pensar desde fuera de un sistema en la medida en que anula nuestra capacidad de percepción y valoración. El gran problema, que se señala correctamente en el texto, es que la idea de libertad, que sirve de justificación, acaba siendo falsa porque solo se puede desplegar esa dimensión. Ya se encargó Smith de llamar "loco" al que hiciera lo contrario.
Como bien señala Katrine Marçal en su libro, el discurso sobre el "hombre económico" y su racionalidad fue desmontado desde la propia ciencia económica. Sin embargo, señala, se sigue enseñando desde primer curso de carrera a todos los que entran en las Facultades de Economía. No es el único caso de persistencia del error si este beneficia a alguien.


Hoy se respira por todo el mundo un deseo de cambio, un malestar en lo que hay. No nos gusta demasiado lo que hemos hecho como sociedad. Escribe la autora: "El propósito del viaje que hacemos como sociedad podría ser otro. Podríamos pasar de intentar ser dueños del mundo a intentar sentirnos a gusto dentro de él; como en casa." (188) En un mundo lleno de ofertas y tentaciones, intentar vivir a gusto es una aspiración que a muchos les puede parecer satisfecha. No sucede así con los que ven que lo que le venden como "felicidad" es algo muy distinto. El producto "felicidad" no funciona, el fabricante no se hace responsable y, por supuesto, no le devuelven lo invertido.
Que la teoría del hombre económico no sea verdadera no significa que alguien no le saque provecho y bueno, por cierto. Igualmente, que las mujeres no aparezcan en los libros de Economía tampoco significa que no existan. El libro no reivindica un pedazo del pastel; pide que se cambie el pastel, por decirlo así, que se adopte una visión del ser humano atendiendo a su realidad, hecha de sueños y sentimientos, de valores y de sentido de la comunidad, todo más allá de la "competencia".
Si desea adentrarse en estas cuestiones, el libro de Katrine Marçal es una buena ocasión de hacerlo, un viaje interesante por ideas y acontecimientos, por espacios reales y mundo teóricos. No le venden riqueza, éxito ni felicidad, solo sensatez y una visión distinta.
   

Marçal, Katrine (2016) ¿Quién le hacía la cena a Adam Smith? Una historia de las mujeres y la economía. Trad. de Elda García-Posada. Barcelona, Debate. 220 pp.



domingo, 10 de julio de 2011

Reírse con chiste ajeno o los mecanismos sentimentales de la comunicación


Joaquín Mª Aguirre (UCM)

En su Teoría de los sentimientos morales, el padre de la economía moderna, Adam Smith (1723-1790), afirmaba lo siguiente:

La persona cuya simpatía late junto a mi pena no puede sino admitir la razonabilidad de mi pesar. Quien admira el mismo poema o el mismo cuadro igual que los admiro yo, ciertamente calificará de justa mi admiración. Quien ríe el mismo chiste igual que yo, no podrá negar la corrección de mi risa.* (61)

Admitía Smith ese sentimiento que nos hace calificar como “inteligentes” a las personas que descubrimos que piensan lo mismo que nosotros. Nada motiva más nuestra identificación con los demás que descubrir nuestras semejanzas. Sin embargo, el principio descrito por Smith en el capítulo tercero de su tratado, bajo el título “De la forma en que juzgamos la corrección o incorrección de los sentimientos de los demás según estén de acuerdo o no con los nuestros”, deja de ser aplicable como mecanismo explicativo cuando no tenemos criterio. No tener criterio no significa que no podamos estar de acuerdo con los demás. Esta paradoja no es más que la constatación de un hecho altamente comprobable en nuestra vida cotidiana: existen personas que digamos lo que digamos, siempre bucarán la forma de discrepar, y existen, por otro lado, aquellos que, sin tener idea previa, se manifestarán rápidamente a nuestro lado digamos lo que digamos. Si repasamos nuestra agenda de conocidos y amistades, comprobaremos que existen ambos extremos entre ellos.
Este principio es también uno de los más presentes en las sociedades modernas, el de los hombres sin criterio. Para ser más precisos, no es que no lo tengan, sino que se invierte el procedimiento señalado por Adam Smith. Adapta su criterio en función de las filias y fobias previas. Un ejemplo: diga lo que diga el político al que nunca votaremos, lo consideraremos como una estupidez. Por el contrario, aquel que cuente con nuestra simpatía, siempre dirá cosas inteligentes, diga igualmente lo que diga. Siempre habrá espíritus críticos, pero son los menos. Es más fácil reajustar nuestros criterios que criticar y romper el vínculo emocional. Herbert Marcuse mencionaba los mecanismos de "introyección" al definir a su "hombre unidimensional". Los medios de comunicación han aumentado estos efectos y la fuerza de las redes sociales se basa en la existencia de este tipo de mecanismos psicológicos y sociales, individuales y colectivos.



La conclusión expuesta aquí significa que los mecanismos puestos en marcha por nuestros comunicadores públicos buscan establecer lazos afectivos primero para que después se acepten las propuestas. Casi nadie recurre a la racionalidad cuando se puede acceder por la emotividad. El entrenamiento de la racionalidad desemboca en el espíritu crítico y produce independencia, mientras que el entrenamiento emocional genera lo contrario, dependencia, lazos.
La política se basa cada vez más en factores emocionales y menos en el criterio. La complejidad de los factores que intervienen, el alto grado de conocimientos que se requieren para entender las decisiones económicas, administrativas, geoestratégicas, etc., hacen que se haya desarrollado un mensaje simplificado distribuido a través de una o varias figuras en las que se trata de centrar la empatía. Esas figuras son los líderes y los portavoces, prácticamente las únicas figuras que, en cada nivel, intervienen en las comunicaciones.
Adam Smith hablaba de quien se ríe del mismo chiste que me río yo. El planteamiento ahora es justamente el inverso, que no el contrario: yo me río del chiste de aquel con quien simpatizo. Primero se crea el lazo, después llega el acuerdo.

No podemos decir que la mayoría de la gente no sabe lo que hace y se deja llevar, pero sí que la ausencia de criterios, debates, discusiones y foros de altura provocan una mayor dependencia e incidencia de los factores emocionales en las decisiones. Habrá quien siempre lo niegue de palabra, pero lo cumpla con los hechos. Que en política, por ejemplo, se distinga entre “militantes” y “simpatizantes” de los partidos no es casual. Los primeros están sujetos a disciplina “militar”, mientras que los “simpatizantes” están sujetos a vínculos y dependencias emocionales, a la “simpatía”, los que comparten un mismo sentimiento.
Basta ver las vallas publicitarias en las que no aparecen los expertos, sino los tenistas, corredores de Fórmula 1 o jugadores de fútbol, es decir, las personas con las que nos emocionamos y con las que reímos o lloramos los fines de semana. Ese vínculo no se desaprovecha y se reutiliza para otras funciones, generan confianza y atraen hacia productos o servicios que se puedan compartir con ellos. Resultan ser más convincentes, aunque no razonen, que los razonamientos técnicos. En términos de Smith, es el chiste que nos ofrecen para compartir la risa.
Adam Smith tenía razón, pero hoy los mecanismos comunicacionales trabajan sobre ese mismo principio pero invirtiendo la dirección. Para los que lo utilizan y viven de ello —políticos, deportistas, artistas, etc.— resulta más rentable. "Conocerle es amarle", señala el dicho.

*Adam Smith (2009 1ªr): La teoría de los sentimientos morales. Alianza, Madrid.