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lunes, 28 de septiembre de 2026

La acampada

 Joaquín Mª Aguirre

La acampada de Sol contra los desahucios, contra los abusos de la vivienda, contra su conversión en espacio imposible, vetado, turístico, de temporada, etc. etc. se convierte en un costumbrista, en la descripción de una sociedad reivindicativa que vive en la solidaridad, una utopía realizada.

Como espacio de denuncia y reivindicación, la acampada se convierte en fuente de contraste con lo que hay más allá de Sol, un mundo especulativo, inmisericorde, de egoísmo premiado.

Nos dicen en RTVE.es que muchos que vivieron el 15-M echaban de menos aquello y que han vuelto para revivirlo:

A medida que pasan las horas, la acampada se llena de gente. Las nuevas tiendas crecen como setas. En pocas horas, ya por la tarde, es irreconocible. Se crea incluso un pasillo central de pequeñas carpas para protegerse de la lluvia prevista para el lunes. ¿Quién ha decidido ponerlas? ¿Y dónde? Imposible saberlo. ¿Hay alguien a cargo? "Aquí no somos ninguna y somos todas", responde Arancha, activista feminista murciana que ya acampó en el 15M y vuelve ahora, con ganas, a hacerlo.

"Una parte de nuestro corazón siempre estuvo deseando que volviera algo así, y nunca perdió la ilusión de que la llama siguiera viva en algún lado", dice, emocionada. Alba, amiga suya, tenía 17 años cuando prendió aquel movimiento, y participó a nivel local. A ella le cambió, hasta el punto que tiene un tatuaje en el que se lee 15M.

Más allá de las reivindicaciones concretas, y de lo que hayan cambiado entonces y ahora, para Arancha "la revolución es practicar comunidad desde la misma plaza, y eso emociona". Se sienten cuidadas: mientras hablamos, una voluntaria pasa ofreciendo fruta o bollos. Ellas responden ofreciendo a su vez protector solar, muy útil bajo un sol de justicia. "Ver que la autogestión es posible. En el 15M Sol era una ciudad".*

Hay reivindicación, hay romanticismo, hay deseo de poder repetir la utopía, de volver a aquello que marcó a muchos y hoy es posible revivirlo.

La acampada es justo lo contrario de lo existente. Lo que se reivindica es lo que hemos ido dejando abandonado en esta deshumanización permanente que nos hace perder la perspectiva de lo humano.

La cuestión de la vivienda no es más que una punta de iceberg, lo que nos afecta de forma más visible en lo esencial: dónde vivir y morir. Ha tenido que personalizarse en un caso, poner le cara, la de Maricarmen, para que lo fragmentado y repartido por la sociedad española se unificara.

Es la vivienda, sí, pero esto es solo una parte de lo que hay y de lo que queda por venir. No vivimos en una sociedad, sino en un mercado. La función de los políticos en este nuevo estado es garantizar el beneficio de los que se lo pueden permitir. La ganancia viene de la explotación; no tiene límites. Como se nos ha dicho, "no hay problemas, solo oportunidades". Y las oportunidades nacen de las necesidades; tenemos que comer todos los días, tenemos que dormir en algún sitio, tenemos que satisfacer las necesidades reales o creadas para sacarnos lo poco o mucho que tengamos. Todo esto se ha convertido hoy en reivindicación legal, en objetivo de emprendedores, en objeto de especulación. Se trata de saber qué es imprescindible y ponerle precio; se trata de hacerte creer que no puedes vivir sin ello y que robes por conseguirlo si es necesario.

La vivienda es el caso más extremo, pero solo uno más de la expansión especulativa. Llega a la Sanidad, a la Educación, a la comida, al transporte, a lo básico y a lo superfluo.

La acampada es mantener viva la protesta y el sueño. No solo se trata de ocupar las calles, sino vivir por horas, por días el sueño de que es posible una sociedad en la que se puede compartir lo que se tiene, disfrutar de la vida sin tener que pisar a alguien. Es construir la utopía en el centro de la ciudad, aunque sea unos días.

El sistema es maestro en lavarse la cara. Puede hacernos creer que cede, cuando los demás saben que poco va a cambiar. El enemigo es poderoso porque es quien ha puesto los cimientos. Somos sus ladrillos. Aunque no nos guste, lo somos.

Como ocurrió con el 15-M, la nueva acampada se convertirá en narración, en mito. Nos permitirá vivir de las experiencias positivas, algo con lo que cargar los recuerdos  cuando todo pase, transmitirlo a la descendencia, que tendrá que encontrar en ella las fuerzas del mito cuando se tenga que enfrentar a sus propios problemas en el futuro.

Mientras las fuerzas del sistema se hacen más reaccionarias. Utilizan la acampada para mostrar que el radicalismo atenta contra los principios del mismo sistema.

Por delante nos quedan los retos de la IA, que acabará con millones de puestos de trabajo y rebajará los sueldos todavía más y hará el empleo más precario. Se reivindicará como un derecho más a ser más rico y de los demás a buscarse la vida. El precio, las condiciones, nos dirán, los marcan el mercado y sus sagradas leyes. Las sociedades funcionan cuando hay suficientes ricos listos y sobran desempleados. Ningún político, de ningún color, reconocerá que este destino lleva a un colapso. Mientras dure...

Los que acampan dedican su tiempo y esfuerzo a la convivencia, a mostrar que es posible convivir sin explotarse unos a otros, manifestar solidaridad. Es una utopía, sí, pero —también aquí—, mientras dure... 

 

— Álvaro Caballero "La acampada de Sol, una ciudad efímera por el derecho a la vivienda: "Esto tenía que explotar, te vuelve a dar esperanza"" RTVE.es 27/09/2026 https://www.rtve.es/noticias/20260927/acampada-sol-ciudad-efimera-derecho-vivienda/17242689.shtml

domingo, 27 de septiembre de 2026

La España nuevamente indignada

 Joaquín Mª Aguirre

Unos debaten sobre la "legalidad", otros sobre la "humanidad"; unos lo hacen sobre la "propiedad privada" y otros sobre los que se ven privados de ella, en la calle. Finalmente, ha estallado el gran escándalo, que no lo ha hecho de improviso, sino por acumulación. No hay peor ciego que el que no quiere ver, dice el refrán.

Esto estaba cantado desde hace mucho tiempo, solo hacía falta un caso en el que se dieran las agravantes para que todo saltara por los aires. La clase política ya no puede ignorar más el clamor de la mayoría, su indignación. ¿Por qué en España se acaba en "indignados" en cualquier sector que se tantee? Hay "indignados" por la sanidad, en la educación, por el ruido, por la vivienda.

Es el resultado de la coincidencia de dos elementos peligrosos: la inoperancia política, preocupada de rentabilizar sus cargos y que acaba en chapuzas todo lo que toca, por un lado, y el dominio de las fuerzas económicas por encima del interés social, de las preocupaciones comunes acumuladas, por otro.


No hay duda de que se nos acumulan los problemas; tampoco hay dudas de que el funcionamiento político no es el adecuado. Más preocupados por la foto y el espectáculo, que por la solución real de los problemas; demagogos más que resolutivos, los políticos temen enfrentarse a las fuerzas oscuras de la economía. No hace falta ir muy lejos para los ejemplos. El caso de Ceuta es ejemplar en la desidia política. Reivindicar el "derecho a las vacaciones" cuando ha estallado una crisis es mostrar con claridad hasta dónde no llegan los políticos.

El otro caso, el de Maricarmen, es otro ejemplo. No es más que la dolorosa punta del iceberg del "problema español": no le importamos a nadie. Tenemos que importarnos a nosotros mismos, solo queda la Puerta del Sol, las plazas españolas, acampar allí hasta que a alguien se le caiga la cara de vergüenza, si esto es posible.

El caso español tiene todas las agravantes políticas y sociales, dos sectores con intereses distintos conforme hemos ido avanzando. Los políticos han formado una casta y se han desentendido de la gente. Solo cuando estalla el escándalo, como ahora, se movilizan por miedo a perder lo que tienen, que no es poco.

Nos han vendido el "España va bien", que somos los que creamos más empleo, que es la economía que más crece, etc. El problema de esto es cuando miramos alrededor, o miramos las cuentas del banco, o miramos el ticket de la compra. Entonces percibimos la discordancia; cuando comprendemos la distancia entre la realidad y los discursos de los políticos.

Los medios compran el discurso de los políticos; rara vez se salen del guion marcado. Cuando hay un problema, se cita a los medios y se les dice que todo es un error, una mala interpretación, que no hemos entendido bien.

Sin embargo, los jóvenes han entendido bien que no se pueden emancipar, que el sueldo de su inestable empleo no llega; los jubilados miran su libreta de ahorros y ven cómo se va reduciendo, temen que les lleguen a la puerta a decirles que se tienen que ir de la casa que habitan y tener que salir a intentar encontrar donde vivir conforme a sus posibilidades, cada vez menores. Lo comprenden los que van a hacer la compra y ven que cada vez cargan con menos a su vuelta a casa.

Frente a esto, se nos ofrece el turismo, viajar, gastar en bares y restaurantes. Debes hacerlo para que los sectores vinculados al turismo sigan funcionando. Y si hay crisis debemos doblar nuestros gastos para que les cuadren las cuentas.

 Nos hablan de Ormuz, de Irán y de la crisis de la energía. Da igual que no tengamos coche, sí lo tiene el agricultor que siembra, el panadero que reparte, todo repercute en nuestra barra de pan. Siempre habrá un experto que lo justifique y nosotros podremos explicarlo a nuestros colegas.

Los fenómenos atmosféricos, del rayo que cae en el bosque que arde a la inundación tras las fuertes lluvias, nos hacen aprender un montón sobre la naturaleza, pero no acabamos de entender por qué se construye donde no se debe o las disputas sobre quién debe limpiar el bosque de restos inflamable. La España quemada forma ya parte de nuestro entorno, junto con la vaciada o la turística.

¿Nos parece que nos quejamos mucho y que enseguida vamos a la Puerta del Sol respectiva a mostrar nuestra indignación? Quizá nos quejamos poco, quizá estamos aburridos de tanto quejarnos sin que sirva de mucho, de escuchar excusas locales, regionales, nacionales y europeas. Pero al final hay que salir a la calle, escribirlo, gritarlo.

El problema son los inútiles que hemos elevado a los cargos, de la presidencia al mínimo concejal, puesto allí por su obediencia y disciplina ante sus superiores. Es la España fiel. Muchos de ellos nos sobrevivirían mucho fuera del calor de sus hogares políticos. Los escándalos de corrupción —padres, esposas, hermanos, hijas...—, de "mordidas", sobornos y porcentajes, de rescates por la vía oscura y amigable, son continuos y muestran la escuela política que ha prosperado en España. Han llegado muy arriba y son muchos los que les deben favores bien pagados.

La Puerta del Sol vuelve a ser espacio de acogida, de indignación. Los políticos de todos los colores se acusan unos a otros, pero ya no es este juego de reenvíos lo que quiere la gente. Ya está harta; muchos ya no pueden más.

Cuando se habla de "fondos buitre", parece que nos referimos a especies protegidas y quizá lo sean. El dinero se va fuera o dentro, a los bolsillos que engordan. Muchos se escudan en el anonimato, pero al final son cuentas en las que alguien con nombre y apellidos guarda su dinero aquí o en las Islas Caimán.

La resistencia ciudadana a los desastres sanitarios, educativos, de la vivienda, etc. tiene un límite. Algunos tratan de aprovechar la indignación canalizándola. Tengamos cuidado con esos. Es el propio sistema que busca ponerse al frente de la protesta. Tengamos claros objetivos y prioridades, exijámoslos.

Ahora, ante la presión en la calle, en los medios, en las instituciones, les ha entrado la prisa y lo que se lleva años reclamando se puede hacer en dos días. No nos lo creamos. No hay solución sencilla; hay que hilar fino, no dejar flecos, vigilar la letra pequeña por la que seguirán sus manejos para quedarse con una España cada día más pobre en la que los muy ricos viven muy bien, cada día mejor.

España debe corregir su rumbo, acercarse a los ciudadanos. Para ello debe reformarse un sistema político narcisista, inoperante y controlador. No es cuestión de un decreto, sino de reactivar el sistema, dejar lejos el amiguismo y elegir a los mejor preparados y más comprometidos con la ciudadanía. Los partidos deben hacer autocrítica, aunque les pille de vacaciones. Hay que renovarlos, su forma de selección, de debate interno, su transparencia. De otra forma, será difícil.

España está de nuevo en la calle.

viernes, 20 de enero de 2012

Egipto en Sol

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Celebración hace un año en Sol
Mañana se reunirán en la Puerta del Sol los egipcios y los que queramos compartir con ellos el aniversario de su revolución. Las personas que les hemos acompañado ilusionados en esta travesía durante estos doce meses transcurridos, sabemos que en el corazón de muchos de ellos anidan inquietudes sobre el futuro, en primer lugar, pero también un extraño sentimiento de confusión sobre su papel y los cambios reales.
En un año han ocurrido muchas cosas en Egipto. Tantas que probablemente se tardara otro año en contarlas y en tratar de entenderlas y explicarlas sin muchas garantías de éxito. Muchas cosas y muy pocas claras. Algunos tienen la sensación de caminar en círculos, de haber estado andando un año para descubrir sobre la arena del desierto sus propias huellas, de no haber avanzado nada. En otros, el sentimiento es no saber exactamente hacia dónde se dirigen, de haber olvidado durante el camino cuál era su destino. Otros han descubierto, con desconcierto, que la dirección que llevaban apuntada no existe y que en su lugar solo hay un solar vacío en el que queda por construir todo. Para otros, finalmente, el caminar les ha agotado y piden descanso.


Puede que haya más sentimientos confusos en millones de egipcios, como los hay confusos en muchos otros países que realizaron su elección cuando se sublevaron contra sus dictadores. Todos ellos están descubriendo ahora, pasado un año, que estaban escribiendo el primero de los capítulos de una larga historia apenas comenzada.
Hoy asistimos horrorizados a las imágenes de la quema como protesta de cuatro jóvenes universitarios frente al Ministerio de Educación en Marruecos. Se queman porque los cambios que perciben solo son nominales. Son cambios que apenas cambian nada. Es la retórica del poder anestesiando las protestas. Esa sensación de desesperación es la más dañina de todas.

Veo la fotografía de unas alumnas de la Universidad de El Cairo sosteniendo una pancarta en español “Apoya la Libertad - Visita Egipto”. Las informaciones que escuché hoy mismo hablaban de una caída de este sector estratégico, como es el Turismo, de un treinta por ciento, una fuente de ingresos muy importante para su desarrollo o, si se prefiere, supervivencia. Ellos saben ya que la revolución es algo más que palabras y aportan sus granos de arena, cada uno en su medida ilusionada. Sienten Egipto y están comprometidos con su bienestar y el futuro de todos. Saben que es la libertad lo que les puede sacar finalmente del agujero autoritario en el que están todos los demás problemas encerrados. Y piden ayuda, piden apoyo.
Pero creo que visitar Egipto debe ser algo más que ir a hacer turismo. Me preocupa —porque lo escucho con frecuencia— la desesperación que viven muchas personas que piden y necesitan ese apoyo a la “libertad”, algo que va mucho más allá de la cuestión del turismo.
Creo que las personas que están comprometidas con las causas de las libertades, de los derechos humanos, se convierten en ciudadanos del mundo, de una República de la Libertad, que asume la dignidad y libertad de todos y las defiende contra los agravios que se realicen en cualquier parte del mundo. No debería haber más distinción que esa: la República de la Libertad frente al resto, frente a los que la ignoran o pisotean.


La mejor forma de apoyar esa libertad como reclamaba la pancarta de las entusiastas alumnas cairotas es manifestar un apoyo permanente a los que se enfrentan a la injusticia. La libertad no tiene patrias ni fronteras; o es un deseo universal, que quieres compartir con los demás, o la conviertes en el privilegio de un selecto club de afortunados.
Además de visitar Egipto, —que siempre es una buena elección— hay que visitar a los egipcios, interesarse por sus problemas y hablar con ellos, con los que, además de preocuparse por la Economía, se preocupan por las libertades, por cómo se puede mejorar esa situación. La lucha por salir de las dictaduras es siempre un camino duro, muchas veces solitario e incomprendido. Los que reclaman libertades lo hacen, asumiendo los riesgos, en nombre de todos.
Si mañana pasas por la Puerta del Sol y ves a unas cuantas personas reunidas, verás probablemente que sus caras no tienen los mismos signos evidentes de alegría que el día en que se reunieron precipitadamente al enterarse de la salida de Mubarak. Mañana encontrarás reflejadas en sus caras, además de la alegría, la preocupación y el cansancio, la inquietud natural por saber cuánto camino queda por recorrer y las fuerzas necesarias para hacerlo. Puedes, con tu presencia, aportarles la fuerza y alegría de saberse comprendidos y apoyados en sus luchas por ser más libres para beneficio de todos los egipcios.

jueves, 2 de junio de 2011

Generación de nadie

Joaquín Mª Aguirre (UCM)

Comienzan los primeros pasos hacia la deslocalización de las plazas ocupadas por los movimientos indignados. La ocupación solo podía ser un primer momento de un proceso que debe oscilar necesariamente entre el acto y el sentimiento, entre la propuesta concreta y la actitud general.
A diferencia de los que ha ocurrido en los países árabes en los que la indignación ha llevado a sublevaciones de la población contra dictaduras crueles, corruptas e inmovilistas, el problema de los países europeos es muy otro. La indignación tiene un fondo común en el sentimiento de que hemos generado un sistema cada vez más deshumanizado, que se han debilitado parte de los derechos de la ciudadanía al sustraérsele la capacidad de decisión en muchos ámbitos, y la inercia endogámica de los partidos, que han convertido la vida política en una cuestión interna. Es a partir de la percepción social de estos tres estados imprecisos de donde surge la interpretación y valoración de los problemas reales: el desempleo, las malas condiciones laborales, la corrupción, los defectos de representatividad de los sistemas electorales que no se corrigen, mal funcionamiento de la educación, deterioro de la sanidad y la justicia, etc. Se interprete como se interprete, no ha habido sector en estos años que no haya avisado de los problemas. Pero siguen ahí. La acusación general es que no ven la respuesta debida en los políticos.
Comentando la situación con personas que vienen de países con otros tipos de problemas, les extraña el nivel de la queja española. Y es cierto que en España se ha avanzado y muchas cosas funcionan, pero aquí el problema no es como el de los países árabes, por ejemplo. Sin embargo, eso no quiere decir que no exista una percepción social de que nuestro sistema político y económico se ha estancado en un punto al que le han llevado sus propios errores. Lo que la gente está demandando —y no solo los acampados— es un giro en las actitudes para que puedan enfrentarse los problemas reales desde perspectivas distintas, más acordes con la sensibilidad general. Distingo perfectamente la diferencia que hay entre el malestar general y la diversidad de soluciones posibles; pero también es necesario distinguir entre la sordera institucional y la incapacidad real de ofrecer soluciones. Lo que se está repitiendo desde muchos lugares es que hay que empezar a actuar de otra manera si queremos resolver algún día nuestros males de fondo, que llevan más de veinte años sin solución; que a muchos no nos gusta el rumbo general que, unos y otros, han ido dando a este país. Reclamamos un país y no un mercado; un país para identificarse más allá de una selección nacional.


La deslocalización del movimiento de indignados en las plazas es un paso. Los políticos harán muy mal en convertirlo simplemente en un problema de acceso a los comercios de las zonas y malestar entre los vecinos, que estoy seguro que los acampados son los primeros en lamentar. Los que pasaron por las acampadas los días inmediatamente anteriores a las elecciones pudieron ver un espectáculo de diversidad social, muy amplio, que incluía a jóvenes, jubilados, madres con niños…, gentes de todo tipo. Todos ellos estaban allí porque lo que perciben en sus entornos inmediatos no les gusta y querían manifestarlo con su presencia y con su solidaridad con los que allí hacían guardia. Fue un mensaje preelectoral a todos y de muchos.
El movimiento de los indignados va más allá de los que siguen acampados y los más sensatos son conscientes que el reto comienza ahora, que esto debe ir más allá de un movimiento asambleario y vecinal que se diluya en la rutina. Es un reto que nos afecta a todos.
La indignación tiene que transformarse en conciencia responsable en cada uno de los ámbitos de la vida social y política. Si la indignación surge ante la apatía y la ineficacia, la forma de cambiar es el interés y el empeño en buscar las mejores soluciones a los mayores problemas. Hay un movimiento físico, las concentraciones, pero debe haber un movimiento interno que se ha de canalizar en todas las instituciones. Está bien que se creen portales, puntos de información, wikiparlamentos, etc. Pero todo esto servirá de poco si no se rompe la inercia trasladando permanentemente este flujo de ideas hacia las instituciones que deben llevarlas a la práctica. Esto no puede quedarse en la entrega de propuestas a los políticos, constituidos en clase perenne, sino que debe transformar la propia política a través de un mayor compromiso de los ciudadanos con la vida política y con las instituciones que la llevan a cabo. Esto significa no ser indiferente en ningún ámbito y aportar lo que se pueda para el mejor funcionamiento. Compromiso y exigencia son buenas recetas para dinamizar una vida política bastante anquilosada.


He podido ver la ilusión con la que han vivido estos días muchos jóvenes a los que se les ha acusado permanentemente de apatía, de pereza, responsabilizándolos de su propia situación y destino. Esa ilusión era la que se les despertaba ante la posibilidad de cambiar algo, de salir durante unos días de un escenario de dos décadas de precariedad, de desempleo juvenil del 50%, mal pagados, infravalorados… Han construido sus pequeñas ciudades, se han organizado, megáfono en mano se han escuchado unos a otros, se han contado sus miserias y sus sueños, han soltado lo que llevaban dentro a gente que se ha sentado en el suelo a escucharles, algo que no había hecho nadie hasta el momento. Dije anteriormente [ver entrada], que la democracia también estaba en Sol, que aquello no era ni es un movimiento antidemocrático, sino un intento, por hartazgo, de ser escuchados, un mensaje al conjunto del sistema del que forman parte y tienen derecho a proclamar su queja. La discrepancia es necesaria; sin ella todo es esclerotiza.
Me gustaría que esa ilusión que he visto en muchas personas a las que estimo, que conoces su valía y su esfuerzo constante, se mantuviera en sus vidas y se transmitiera a los ámbitos en los que se les dejara desenvolverse para construir su parcela de realidad a la que tienen derecho como cualquier otra generación. No han construido un poblado chabolista, como algunos han señalado, han construido una representación del universo al que les hemos dirigido con la indiferencia.
Como profesor universitario he podido escuchar a muchos jóvenes año tras año y me ha dolido la indiferencia con la que se ha visto su tránsito hacia una vida laboral en la que se les recibía como carne de cañón, mendigando unos meses de prácticas, consiguiendo becas que, en el mejor de los casos, les permitían prolongar una larga vida estudiantil convertida en agonía ante la ausencia de expectativas. No ha sido un poblado chabolista; ha sido un oasis de desesperación en medio de un desierto de insensibilidad.
Hay una generación de nadie, como hay una tierra de nadie. Los problemas que ellos han padecido durante dos décadas se han extendido a muchos otros sectores de la vida española y es entonces cuando todo ha estallado, cuando la indignación revienta. Pero los problemas estaban ahí para los que quisieran verlos y escucharlos. Ahora los hemos visto y escuchado.



lunes, 23 de mayo de 2011

La democracia también estaba en la Puerta del Sol


Joaquín Mª Aguirre (UCM)
No sé si la proximidad de unas elecciones ha sido el momento más afortunado para las concentraciones de las plazas de toda España. Es indudable que ha sido y es un acontecimiento histórico importante en nuestro país, un movimiento cuyos efectos, más allá del mayor o menor éxito de las concentraciones, se tiene que traducir en un resultado a medio y largo plazo, un cambio de conciencia. El “Movimiento 15-M” no estaba destinado a las urnas, no deseaba traducirse en votos. En eso han sido respetuosos con cualquier intento de politización partidista y un ejemplo de comportamiento. Sin embargo, su sentido es profundamente político puesto que se dirige al sentido de la acción política misma: la muestra de un sentir ciudadano. Han pedido a la gente que confiera tal valor a su voto que no olviden su cuidado tras depositarlo en las urnas.

Hace unos instantes, en la calle Génova de Madrid se coreaba la aparición de los líderes triunfadores con un grito profundamente injusto: “esto es democracia y no lo de Sol”. No hay que dar mucha más importancia al hecho, pero sí revela ese peligro que mencionábamos al principio: el hecho de que el triunfo de cualquiera se viera como una competencia con un movimiento que no ha buscado competir en la arena política sino mandar un mensaje al conjunto de la clase política, por un lado, y a todos los ciudadanos por otro.
Creo que el “Movimiento 15-M” es un impulso del que todos nos podemos aprovechar porque está destinado a las conciencias y es muy simple en su presentación: todos nos beneficiamos si profundizamos en la democracia. Profundizar es no olvidar para qué votamos, sea a quien sea. Durante décadas nos hemos quejado del formalismo del voto, del hecho de pensar que democracia significa ir a votar y volver a hacerlo cuatro años después.¿Eran quejas con la boca chica? Nos hemos quejado de la apatía juvenil, ¿también ahora?
El hecho de que elijamos representantes no significa que abandonemos la política porque la política es algo que se hace en todas las esferas y ámbitos, las veinticuatro horas del día. Hacer política es preocuparse por los ciudadanos y tratar de que su situación sea cada día un poco mejor. Si la tendencia natural de las cosas es al desorden, la política es la forma de evitar el deterioro y la erosión mediante el esfuerzo constante. Nada más. Unos pensarán que un camino es mejor que otro, pero han de esforzarse en buscar el mejor. La democracia es un ejercicio constante de imaginación e inteligencia. Una democracia rutinaria acaba convirtiéndose en la aplicación de las soluciones de siempre a los problemas de hoy. Y eso no funciona demasiado bien, como podemos observar.
Los jóvenes y no tan jóvenes que se han sentado en la calle para ponerse a pensar en soluciones a los problemas no están usurpando las funciones o puestos nadie. Están haciendo lo que les corresponde: pensar soluciones y transmitirlas a sus representantes para que la asuman. Pero sobre todo es un ejemplo que se hace muy mal en denostar o ignorar. Hay demasiada política rutinaria, acomodaticia y falta de vitalidad. Las madres que pedían más guarderías públicas mientras jugaban con sus hijos en la Puerta del Sol no estaban quitando el puesto a nadie; solo recordando sus necesidades. Los jóvenes que debatían fórmulas sobre cómo paliar el desempleo o la explotación que padecen no estaban usurpando funciones; solo hablaban sobre su futuro porque otros no lo hacen o no lo hacen como deben ya que los problemas siguen ahí.

Sí. La democracia también estaba en la Puerta del Sol, por mucho que algunos pensaran o cantaran lo contrario y eso lo saben los dirigentes. No hagan el cálculo de los votos en blanco, por favor. Es absurdo. Muchas de las personas que han estado físicamente o emocionalmente con los acampados les han votado a ustedes.
No hay incompatibilidad alguna entre los deseos de Sol y los deseos manifestados en las urnas. Unos estaban destinados a despertar ideas, conciencias y sentimientos políticos, los otros a cómo distribuir concejalías y consejerías. Lo que ha tratado el Movimiento 15-M es orientar a los que salgan de las urnas hacia dónde les gustaría que se dirigieran, cuáles son los problemas candentes de este país, los que no han sido solucionados en estos años. Escuchar debe ser una obligación del político. Resolver problemas también. La de los ciudadanos recordárselo y exigírselo permanentemente por las vías pacíficas que sean necesarias y eso incluye una carta o una pancarta, un libro o una canción.

sábado, 21 de mayo de 2011

Las personas superfluas toman la palabra


Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Reencuentro por casualidad una antigua reseña que realicé sobre un libro de Mª Ángeles Maeso, poeta, novelista y amiga, que sabe mucho de marginaciones y marginados, cuya palabra cuadra bien con el escenario ciudadano que tenemos estos días. Las palabras me llevan de nuevo a la Puerta del Sol, a la gente reunida, a sus peticiones y quejas. El título del libro es Basura Mundi*. Mª Ángeles es una de esas personas que, como verdadera artista, tiene antes abierta la herida y nos permite reencontrar en su palabra nuestra propia condición. El verdadero arte no aliena, revela.
Escribió Mª Ángeles Maeso en uno de los poemas:

De los miles de millones
de personas superfluas
de un informe,
40.000 están aquí (Vertederos bajo la tormenta, 16)*

Mª Ángeles Maeso
La Puerta del Sol, el kilómetro cero de nuestro país, el punto del que salen a todas partes las carreteras, tiene algo de ese “aquí”, real y simbólico del poema de Maeso. Son los jóvenes superfluos, los parados superfluos, los inmigrantes superfluos, las madres superfluas, los viejos superfluos que hoy están aquí.
Lo que la gente está pidiendo es la rehumanización del sistema, acabar con el concepto de superfluo como eje de nuestra vida. No sobra nadie en este mundo; nadie es superfluo. Llevamos algunas décadas en las que el sistema social se ha convertido en un aparato en el que los únicos parámetros que cuentan no tienen en cuenta a las personas. Hemos creado un sistema en el que no se preocupan por tu salud, sino por el número de horas laborales perdidas que causa tu enfermedad; que no te vacunan para que estés sano, sino para que no haya que hacer centros de salud más grandes y contratar menos médicos. No te educan para que seas una persona madura, sino para que seas más eficaz en tu puesto de trabajo. Estamos en un mundo en el que lo que tengan que hacer tres, lo hacen dos y por el precio de uno.
La sensación general es que no importas a nadie; un mundo de amabilidad y sonrisas prefabricadas, ensayadas en las clases de formación de comerciales. Se han cargado las tintas en lo exterior, en la imagen, auténtica obsesión, causando frustraciones y depresiones a las personas que no entran en los estándares oficiales. Vemos el mundo como un gigantesco centro comercial en el que alternativamente unos venden y otros compran. No vemos más allá. No interesa que veamos más allá.
Hace unos días, cuando realizaba unas compras en un centro comercial, tuve ocasión de escuchar, mientras esperaba a que me atendieran, una conversación entre dos dependientas. Hablaban del sistema que habían desarrollado para protegerse entre ellas. Las ventas grandes que hacían, por encima de cierta cantidad, se las asignaban entre dos. Era un sistema pensado para evitar que se dieran entre los vendedores diferencias grandes en las ventas. De esta forma, el intento de convertirlas en competidoras por las ventas y en eliminar a las de más baja productividad, se paliaba por el reparto de las grandes cantidades que las igualaban entre ellas. Se estaban protegiendo y estaban creando lazos. Nadie quiere pasar al grupo de los superfluos.
La situación tiene un valor simbólico y nos permite entender el deseo de mucha gente de funcionar de otra manera. Estamos sacrificando muchas cosas en nombre del éxito, de la eficiencia, de la excelencia, etc. y estamos sacrificando valores como la solidaridad y la capacidad de compartir lo mejor y lo peor. Humanizar nuestro trabajo es una forma de hacerlo más eficaz, pero en otros términos. Las sociedades que son capaces de generar un tejido social rico avanzan porque se sienten solidarias y responsables entre ellas y lo extienden al resto.
El objetivo de la vida es lo que nos está fallando, porque se nos obliga, se nos fuerza a vivir dentro de un sistema de ideales que no compartimos, que se ha excedido ampliamente. Nos han fallado los mecanismos de expresarnos, de hacer oír las voces con estos deseos y hacer que se cumplan. Eso es, en gran medida, lo que se está pidiendo, un cambio de sensibilidad que reoriente la acción social. Gestos y acciones reales. Los gestos tienen un valor importante por lo que tiene de orientación, pero solo si van acompañados de acciones que confirmen que no están vacíos.
Acabemos con la idea de lo superfluo. Declarémosla superflua.

Somos ricos. Somos libres.
Vivimos en paz.
Somos de primera
Lo dice una de las teles
De una de las chabolas. (Basura en los labios, 35)*

* Mª Ángeles Maeso (2008): Basura mundi. Huerga & Fierro, Madrid, 60 pp. ISBN: 978-84-8374-716-2.