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viernes, 26 de septiembre de 2014

El dedo tonto en el ojo o cuidado adonde apuntas

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
La televisión es víctima de su propio poder. Al menos, del que le atribuyen. La noticia de la dimisión del presidente de RTVE, Leopoldo González-Echenique, desplaza el énfasis al dedo que señala la luna. Y eso nos hace salir del trance hipnótico por el creemos embelesados que el mundo está ahí y así nos lo cuentan. La ilusión de realidad se pierde y nos quedamos con la des-ilusión del discurso, es decir, sabiendo que eso que vemos no es lo que es sino lo que nos cuentan, y que lo que nos cuentan puede ser contado de muchas maneras, una mejores que otras. Finalmente, nos hace conscientes que existe alguien que decide sobre lo que nosotros debemos ver o no. Entonces nos preguntanos por qué diablos el sabio está tan interesado en que miremos la luna. El sabio, que ha dejado de serlo, acaba con el dedo en su propio ojo. Son los tontos tuertos.
Se llamó injustamente a la televisión en España la "caja tonta" y se debería llamar con más justicia el "dedo tonto". Pero esa ilusión de que vemos lo que es, que no hay dedo que apunte, es lo que nos hace valorar tanto el medio como espectadores y da tanto valor al dedo de los manipuladores. La televisión es un medio poderoso por el grado de verosimilitud que acumula por su propia tecnología. Las imágenes parecen ser cognitívamente más convincentes y emocionalmente impactantes que las palabras. Ver para creer y si no lo veo no lo creo. Y eso hace que sea un bocado apetecible para quien las maneja y selecciona. La tentación de mover el dedo hacia donde interese o de imponer silencio a lo que no interesa es demasiado grande. Pero en un sociedad democrática y abierta a las informaciones como la nuestra, en donde no es fácil imponer nada por su propia pluralidad, es un acto tonto, tontísimo, que no trae más que desprestigio y que se vuelve contra quien lo practica. Te quedas tuerto y en evidencia.

La noticia que el diario El Mundo nos trae sobre los incidentes ocurridos por la forma de dar la noticia de la dimisión del Presidente es reveladora de los problemas y tensiones que se dan en Radiotelevisión Española. Y causan sonrojo en un país democrático que sigue sin resolver la cuestión de los medios públicos por la voracidad política de nuestros partidos, incapaces de resolver una situación que ellos mismos han creado a lo largo del tiempo y ancho de la geografía.
Nos cuenta El Mundo:

La dimisión del presidente de RTVE, Leopoldo González-Echenique ha golpeado la redacción de la cadena pública. Las protestas han estallado justo antes de la emisión del Telediario, a raíz del tratamiento preparado para la propia noticia de la salida del presidente de la corporación.
En el canal 24 horas se ha contado la dimisión de González-Echenique con distintos totales o declaraciones, por ejemplo del ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro. Pero para el Telediario del mediodía de La 1 había otros planes. Se había elaborado una información mucho más breve, de menos de medio minuto, sin declaraciones y además relegada a tramo final de los informativos.
En la escaleta del noticiario no había previsto ningún total; sólo unas colas (imágenes acompañadas de la voz del presentador, en este caso Pilar García Muñiz). La redacción no daba crédito. Varios periodistas de las áreas de Internacional y de 24 horas se han dirigido al núcleo de la redacción. Algunos pertenecen al consejo de informativos de la cadena, un órgano que se ha mostrado anteriormente contrario a la actual directiva. Allí han mantenido una discusión con José Gilgado, director de Contenidos de los Servicios Informativos y hombre de confianza de Julio Somoano, responsable máximo de esos Informativos.
Ante la llegada de distintos redactores, Gilgado ha pedido a los trabajadores que se sentaran, según distintas fuentes consultadas por EL MUNDO. "¡Cada uno a su puesto de trabajo!", ha sido la frase textual. Como respuesta, gran parte de la redacción de Informativos se ha quedado en pie en señal de protesta, tal y como se puede comprobar en la imagen.
Gilgado ha procedido entonces a la grabación con su teléfono de lo que estaba ocurriendo. El debate interno ha terminado por conseguir la modificación de la noticia. Se ha emitido a las 15.39 horas (casi 40 minutos después del arranque del informativo), pero sí ha incluido los totales solicitados por la redacción, frases del socialista Antonio Hernando y del ministro Montoro.*


No es un mal que haya discusión en un medio sobre cómo se puede abordar una noticia, discutir sobre su tratamiento. Ocurre en todas partes en donde puede ocurrir. La conversión de los medios en estructuras obedientes al servicio de una persona o grupo que exige que los periodistas se conviertan en meros conversores lingüísticos o audiovisuales de lo que quieren decir, no es algo exclusivo de Radiotelevisión Española.
Lo que sí me parece muy mal es la actitud del señor Gilgado de mandar a sentarse a la gente y de grabarles con un teléfono móvil, algo que está prohibido hacer con los agentes de Policía y debería estar prohibido hacer ante unas personas que están manifestando una discrepancia. Lo que ha hecho el señor Gilgado es poco profesional, ético y hasta inteligente. Ha conseguido trasladar el foco de atención del dedo a la cabeza que lo mueve. Se ha metido el dedo él solo en el ojo. El dedo del tonto se mete en su ojo. Si pretendía silenciar la noticia, ha conseguido lo contrario. De las diez noticias más leídas en estos momentos en el diario El Mundo, seis se refieren a la dimisión de González-Echenique. No se puede hacer peor, ni con peor estilo.

Radiotelevisión Española —me refiero a sus profesionales— son víctimas del manejo de los políticos; son víctimas porque que, hagan lo que hagan, siempre se pensará que se lo ordenan desde algún sitio. Es un mal de Radiotelevisión Española y lo es de todos los medios autonómicos, sujetos a las directrices de personas que cuentan con la confianza de quienes les ponen y la desconfianza de oficio de todos los demás.
La única salida real, la única que la ciudadanía y los profesionales deberían aceptar, es la independencia profesional y la creación de órganos que lo garantice. Pero mientras que se considera que debe haber independencia de los poderes públicos, al "poder" informativo —el que habla de los otros tres y, en ocasiones como esta, de sí mismo— se le niega. Mientras que es posible defender la independencia de los jueces, legisladores y gobernantes, la profesión periodística no se defiende ni tiene quien la defienda.
Los profesionales que se han negado a sentarse ante la orden escolar y "tejeril" de que se sienten, lo han hecho por una discrepancia de bulto, pero no es la primera vez. Ellos sabrán por qué consideraban tan importante la dimisión del Presidente de Radiotelevisión Española, es su valoración de una noticia sobre la que indudablemente te tendrán una opinión.
Podemos considerar esto como una confrontación partidista más en el seno de los medios públicos, pero no se puede permanecer indiferente ante las formas, que no son las más adecuadas para una sociedad democrática, tal como se ha descrito ante la ONU. España es democrática y pluralista y así deben ser nuestros medios. Sin embargo, pasado los años, no se termina de resolver el problema de los medios públicos y se dan espectáculos tan bochornosos como el dado por el señor José Gilgado, grabando con el móvil a los profesionales que se niegan a acatar sus "ordenes" de sentarse. ¿Qué va a hacer con ellas el señor Gilgado: abrir el telediario, adjuntarlas como parte de la pieza sobre la dimisión del Presidente? ¿Es el señor Gilgado un "periodista ciudadano"?


Los medios valen lo que vale su credibilidad, a menos que se apueste por un sistema pauloviano de creación de reflejos condicionados por refuerzos constantes. España se merece unos medios públicos profesionales y con credibilidad. Se lo merece y nos lo merecemos como ciudadanos. La creencia en que la lucha por el poder mediático público es parte de la lucha política nos perjudica a todos. El dedicarse a desprestigiar medios públicos va en detrimento de todos y, lo que es peor, deteriora las posibilidades de arreglarlos.
Desgraciadamente, los políticos disfrutan viendo cómo los informadores son incapaces de mostrar una unidad profesional que les permita exigir una conciencia y dignidad profesional independiente al servicio de la ciudadanía. Frente a la politización partidista, que solo favorece a los políticos, la única salida es la defensa de la profesión, para lo que sería deseable otro escenario. Mientras no haya esa unidad, los ciudadanos estaremos expuestos a la manipulación política a través los medios que deberían garantizarnos una información plural e independiente. Los profesionales seguirán sufriendo igualmente que se les considere meros instrumentos al servicio de quien controle los medios en cada legislatura.


Los medios privados pueden alegar que son empresas con líneas editoriales y que los profesionales que están allí saben dónde han solicitado empleo. Es una forma perversa de enfocarlo, pero no la discute nadie por la cuenta que le trae. Un periódico, una televisión o cualquier otro medio profesional de comunicación cumple una tarea esencial en las democracias, que es lo que se les reconoce en las constituciones y de donde derivan ciertas garantías a sus profesionales para preservar su independencia, que es la que asegura que los ciudadanos, sus lectores, estarán mejor informados. Sin una buena información decidimos en un mundo falso.


En una entrada del 1 de septiembre de 2012, tratamos el caso de Georgina Rinehart, la mujer más rica de Australia, que había dejado claro que ella era la dueña de Fairfax Media y decidió decir a todos lo que debían escribir y si no, a la calle. Georgina decidió que el dinero es quien decide los editoriales y que como ella consideraba que lo del cambio climático era un invento izquierdista que limitaba sus ganancias en el campo de la minería del carbón, desde ese momento, el carbón era bueno y lo del cambio climático, un cuento infantil. Ella era muy dueña de pensarlo, pero echó por tierra un acuerdo de los periódicos australianos tenían firmados desde 1988. El caso sirvió para que periodistas y políticos se unieran contra Georgina Rinehart y sus modos de mujer mandona. Me imagino que Georgina también sacaría su teléfono móvil para fichar a todos los que le llevaran la contraria.


Me dirán que es un medio privado y que Georgina Rinehart tenía la sartén por el mango. Pero una cosa es tener la sartén y otra dar sartenazos. Los medios públicos no son de los gobiernos ni de los políticos; son de los ciudadanos, ni siquiera de los votantes y mucho menos de los votados. Y esto debería tenerse claro después de los años de democracia en España.

Debería plantarse desde la profesión, la academia y los juristas una fórmula que permitiera salir de una vez de este bochornoso espectáculo de pelas y broncas informativas que repercuten en la propia credibilidad de medios e instituciones. Al final no es la profesión la que se beneficia, sino los que son la causa. Son los que crean los problemas y además quieren decidir cómo deben ser contados.
Las televisiones públicas no puede ser mitigadoras de problemas o situaciones; deben informar de lo que ocurre de la manera más profesional, algo que incluye la conciencia de los informadores y las formas de encontrar soluciones razonas y razonables a los conflictos lógicos sobre la información. Si esto ocurre con lo que sucede fuera, es comprensible que lo que ocurre dentro lo sea más, pues afecta al dedo.
Al contrario del dicho chino, hay que mirar al dedo de vez en cuando para asegurarnos de que los motivos que tiene para hacernos mirar la luna no sean perversos. Incluso hay que mirar a la cara al dueño del dedo.


* "La redacción de Informativos de TVE protesta por la cobertura de la dimisión del presidente" El Mundo  25/09/2014 http://www.elmundo.es/television/2014/09/25/54243c09e2704efe718b4594.html?a=9b1b20256bc4ee221d46d7e8d28a3ecf&t=1411720014



viernes, 28 de febrero de 2014

Creer o no creer a pie juntillas

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Empiezo por el final. Confieso que me sorprende la forma en que termina el artículo del diario El Mundo sobre las opiniones de los periodistas del Telediario de Radiotelevisión española. Después de haberles realizado el Consejo de Informativos una encuesta de diez preguntas, el artículo del diario termina con la siguiente afirmación:

Leopoldo González-Echenique, presidente de la corporación RTVE, compareció este jueves en el Congreso ante la Comisión mixta de control parlamentario y catalogó la labor del Consejo de Informativos como "enriquecedora", si bien aseguró: "No es palabra que debamos creernos a pies juntillas".*

No sé si el señor González-Echenique, presidente de la corporación, es un escéptico por naturaleza y duda de todo, o si solo duda en estos casos, incluso no sé si tenemos derecho a dudar de él de la misma manera que él lo hace con los demás. Es decir, si debemos creer a pie juntillas lo que dice el señor González-Echenique y simplemente enriquecernos con lo que nos cuenta.
Algunos indican que la expresión "a pie juntillas" —que debemos entender como "ciegamente". "firmemente" o "sin dudar"— proviene de un juego en el que uno con los ojos vendados debía moverse siguiendo las instrucciones de los compañeros. Se supone que con la información suministrada, el participante vendado podía llegar a la meta. La base del juego es la confianza en los compañeros, sin ella no se puede cumplir el objetivo.


A lo que yo no le veo mucho sentido es a que se haga una encuesta y luego se nos diga que no hay que creerse a pie juntillas sus resultados. Debo confesar que me parece más preocupante considerar lo que los demás opinan simplemente como "enriquecedor", casi un eufemismo para decir que le trae al fresco. El objetivo de la encuesta no es que el señor González-Echenique se enriquezca, me imagino, sino medir un sentimiento, que en este caso es de malestar, descontento o insatisfacción.
Lo que el señor González-Echenique no se acaba de creer o, perdón, le enriquece es lo siguiente:

Dos tercios de los redactores de los telediarios se declaran insatisfechos con el contenido informativo de la pública. Una encuesta planteada por el Consejo de Informativos de TVE al núcleo de los trabajadores de los Servicios Informativos de la cadena arroja este dato sobre Torrespaña. Además, el 44,64% de los profesionales se siente presionado por sus jefes y el 39,28% considera que los temas de los que se encargan carecen del interés y la relevancia pública que exige la Ley.
El descontento se dispara si se atiende al área de Sociedad, en la que "se dan las tasas más altas de insatisfacción y de crítica al trabajo que se realiza", tal y como reflejan las conclusiones del cuestionario, un documento al que ha tenido acceso EL MUNDO y que ya ha sido trasladado por el Consejo de Informativos tanto a la directiva de Julio Somoano como a los trabajadores del Telediario.
Tanto es así que el 84,6% de trabajadores de Sociedad se manifiesta presionado por sus jefes. Asimismo, el 92,3% de los redactores de esa área entiende que los temas que sus superiores les adjudican no tienen la relevancia necesaria. En ambos casos, el descontento es hasta 40 puntos mayor que en el resto de secciones de Informativos. Educación y Sanidad forman parte de las materias cubiertas por Sociedad.*


Aunque se nos diga que el cuestionario "entregado a 102 redactores, fue rellenado por 56 de éstos", pienso que no es cuestión de creerlo o no creerlo, sino que simplemente son las respuestas obtenidas. Si es mala la fe ciega, también lo es el escepticismo inaclarado, puesto que no se nos dan más explicaciones de por qué debemos dudar de la sinceridad de la gente que contesta un simple cuestionario compuesto de diez preguntas a las que se responden las tres clásicas "sí", "no" y "no sabe". No veo dónde se encuentra la duda en las respuestas.

No se nos dice, en cambio, cuáles fueron los resultados de la undécima pregunta, esa sí, un poco más complicada por ser "abierta", referente a "propuestas para mejorar". En esta última sí podría el señor González-Echenique mostrar todo su escepticismo o sus limitaciones interpretativas. Pero sobre la undécima cuestión, ni una palabra. Quizá porque consideré que ya son perfectos, no lo sé.
Que el 92'3% considere que los temas que se les encomiendan "no tienen relevancia" o que el 84'6% se sienta presionado por su jefes, todo ello en Sociedad, no es que haya que creérselo o no, sino que es el resultado.
Si ahora se hiciera otra encuesta con una sola pregunta, "¿se considera usted ninguneado en sus respuestas por el señor González-Echenique?", saldría obviamente un 100%, a lo que el director contestaría de nuevo que las encuestas no hay que creerlas a pie juntillas, aunque se haya enriquecido de nuevo.
Lo que me parece relevante y sujeto a interpretación, puesto que es dudoso, es que solo haya participado poco más del cincuenta por ciento de los preguntados. Es ahí donde el director de Radiotelevisión Española puede ejercer sus dudas especulando sobre esa cuestión. Sin embargo, no se entra en ella. Y no se hace porque es la real, la división entre los que contestan y no contestan, que es ya en sí un acto significativo.
Sea cuales sean las causas, nunca se insistirá bastante en que la independencia de los profesionales es una garantía para la información que reciben los ciudadanos tratándose de un medio público. En los privados pasa igual, pero allí los que pagan consideran que además de comprar el tiempo laboral, se incluyen en él voz y conciencia. Algo que no debería ser así.


La profesión periodística es un ejercicio diario de vencer las tentaciones exteriores, pero también las interiores, los cantos que surgen de la propia condición de lo que somos, de nuestros conocimientos y experiencias. Se insiste mucho en la luchas con los jefes, pero se indaga menos en el conflicto interno que el periodista, como ser humano, vive como los demás.
Lo más sano es no creerse a pie juntillas tampoco a uno mismo, permanecer lo suficiente escéptico y modesto ante los propios pensamientos, teorías y prejuicios con los que —sería de tontos pensar que en esto el periodista es un privilegiado— tenemos que vernos todos. El periodista no puede renunciar a pensar por sí mismo, pero tampoco puede dejar de pensar que se puede equivocar. El drama de un juez es que tiene que convivir con la posibilidad de equivocarse, vivir en la tensión de lo justo. El periodista, de forma similar, vive en la tensión de lo objetivo. Eso significa que no puede vivir de forma absoluta una verdad, sino en la aspiración trágica a equivocarse lo menos posible. Las sirenas periodísticas que le reclaman se llaman dependencia, inadecuación y soberbia. La primera nos secuestra la voz; la segunda nos hace hablar de lo que no sabemos, y la tercera nos canta sobre nuestra capacidad de entenderlo todo.


Lo que parece desprenderse de la encuesta realizada es que una parte de los profesionales sienten que no son ellos los que tienen la posibilidad de equivocarse sino que son sus jefes quienes les impulsan a hacerlo, ya que discrepan sobre la relevancia de lo que se les pide que cubran o la forma en que se acaba presentando ante el público. Podemos pensar que esto es verdad o no, pero lo que no podemos pensar en modo alguno es que sea una cuestión de que nosotros les creamos o no. Eso es soberbia y desprecio.
Está fenomenal que el señor González-Echenique se enriquezca con la opinión de los demás, pero deje a los demás la posibilidad de creer que tras lo que han dicho está lo que sienten, que no es ni verdad ni mentira, sino lo que ellos opinan con todo el derecho del mundo. Creo que es una grosería, es decir, una falta de detalle fino, no hacerlo.


* "Dos de cada tres trabajadores del 'Telediario' están 'insatisfechos'" El Mundo 28/02/2014 http://www.elmundo.es/television/2014/02/28/530fb58e268e3ebf7f8b4596.html?
a=0d7e93e36300570f7cda93ca10eebb35&t=1393565748





lunes, 23 de diciembre de 2013

La comunicación política o cuántas tonterías caben en un tuit

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
La conversión de la política en un duelo mediático la reduce muchas veces a mero parloteo chabacano, no contribuye a su eficacia sino a la construcción de una especie de reality nacional. Desgraciadamente debemos reconocer que nuestra "casta" política está, sobre todo, falta de "clase", de categoría constructiva en cualquier sentido. Leo con sorpresa en el titular del diario ABC que una diputada del Partido Socialista, la excelentísima señora Carmen Ninet, ha tenido que dar agrias disculpas por el siguiente "tuit": «Lo de la rubia pepera en busca de neurona que presenta los premios de lotería en TVE es normal? Aggggggg»
A la mayoría de los políticos españoles les escriben los discursos, pero no ocurre lo mismo con los "tuits", que salen de sus propias "neuronas", por usar la metáfora que la representante del pueblo español, señora Ninet, le gusta usar con los demás. En tan poco espacio, el de un "tuit", la diputada ha demostrado tanto sobre los males de la política española que deberíamos agradecerle no tener que dedicar mucho tiempo a constatarlo.


La celebración política de las nuevas formas de comunicación resultante de la llegada de las tecnologías digitales y las redes de comunicación se produjo por la creencia y esperanza de que supondrían una mayor proximidad de los problemas de los ciudadanos a los políticos, un contacto para que los responsables no vivieran en torres de marfil, aislados, como poetas decadentes en fase de inspiración. Sin embargo, el uso perverso de estos mecanismo nos muestra que más que liberación de las trabas comunicativas lo que se han creado es una nueva forma de presión por parte del político al ciudadano. Ya no se trata de que nos escuchen, sino de que les escuchemos, como en este caso, en cualquier necedad que se les pase por la mente en cualquier lugar y hora del día.

El mensaje de la señora Ninet reúne todos los ingredientes de lo que no debe ser la comunicación política y además los que no debe ser la política misma. Es vacío,  no viene a cuento, insultante y no tiene otra función que llamar la atención. Si esto es hacer política, yo no juego. La han convertido en "política basura", en "fast política".
La diputada Ninet ha pedido "disculpas" mediante la fórmula retórica «No ha sido mi comentario más afortunado. Lamento el equívoco». ¿Equívoco? Quizá lo que lamenta más que eso es las reacciones de condena que ha suscitado su comentario, que no es que no haya sido "el más afortunado", sino que es francamente insultante y muestra del tono tabernario que se usa en la política española en un intento de populismo para hacerse perdonar el desafecto del conjunto de la sociedad.
Vuelvo a insistir en algo que repito con frecuencia y de lo que nadie va a hacer bajarme: los políticos deben ser ejemplo de convivencia, además de honestidad, trabajo, etc., de todas esas virtudes que les gusta pregonar que tienen la mayoría, pero que la vociferante minoría se empeña en contradecir. Y es que la política española ha descendido al insulto cotidiano, a la descalificación permanente de personas e instituciones. El nivel político y comunicativo de la señora diputada se manifiesta en ese "aggggggg" que utiliza como síntesis de su estado y opinión. Es el descenso político a la onomatopeya. Quizá no ha sido su onomatopeya más afortunada.

Sorprende también el argumento defensivo usado ante las críticas en la segunda parte de su tuit: «Ahora bien, querer ver trazos de machismo en el mismo para atacarme es triste». Plantea un interesante problema la diputada y es si pueden hacerse comentarios machistas desde una persona que, por lo que se ve, se considera que hace insultos progresistas, aunque no siempre de lo más afortunado. Una adecuada teoría de la enunciación le explicaría —haría falta algo más que un tuit— que sí, que es perfectamente posible que ella asuma una postura enunciativa diferente a la que le gusta pensar que tiene, que en el insulto, por decirlo así, se transforma. Se transforma, claro, en algo que no le gusta, pero esa es la base psicológica de algunos insultos: son tan feos que tenemos que transformarnos en otros para decirlos. El lenguaje da para eso y para mucho más. A ella, probablemente, le guste ser reconocida por la descripción que de ella misma da en su cuenta de Tweeter, "Mujer, madre, socialista y feminista de siempre y hasta siempre. Ahora, diputada Corts". Pero no es eso lo que ha sabido o querido transmitir en esas breves líneas. ¿Le ha fallado la comunicación, el lenguaje o simplemente midió mal? 


Sí esa frase se la atribuimos a un hombre, no habría ninguna duda sobre su machismo despectivo. La diputada Ninet habría protestado, sin duda, y sinceramente. Contiene todos los tópicos descalificadores con los que muestra su desprecio, burla o como le resulte menos lesivo para su autoestima valorar su propia acción. En el espacio del tuit se concentran las "ideas" que quiere trasladar a su seguidores (ignoro el número): "rubia", "pepera", "tonta" ("en busca de neurona") haciéndolo acumulativo y reversible. Con "rubia+tonta" ya sería machista; con "rubia+tonta+pepera" es ya machismo político. Considera la diputada Ninet que querer ver "machismo" en sus descalificaciones (por no decir insultos) es una forma de "atacarla", curiosa interpretación, desde luego, que manifiesta un sentido peculiar de  diferenciación entre lo propio y lo ajeno, la ley del embudo. Ella pide a los demás la contención que no tiene. Será más sincero reconocer que nunca se imaginó haciendo una descalificación así, algo que hubiera condenado en otros desde su progresismo feminista.
¿Qué sentido tenía un tuit ofensivo en esos términos? Simplemente llamar la atención. Desgraciadamente, la política se está convirtiendo en un arte doble, el de atraer la atención cuando interesa y el de distraerla cuando viene bien hacerlo. La señora Ninet quiso atraer la atención con su tuit y ahora quiere distraerla con sus disculpas. No hay mucho más que ver. Lo malo es que la atención se atrae mediante medidas estridentes, como el niño que grita para que le hagan caso. Tenemos demasiados infantes políticos buscando meterse en nuestras mentes cada día mediante actos inútiles. ¿Qué nos importa saber su opinión sobre la retransmisión del sorteo de la Lotería? ¿Entra en sus cometidos políticos? Pues no, pero está todo el mundo pendiente del sorteo y es un buena ocasión para hacerse notar.


Es su voracidad al consumir la atención, el político recurre a lo que sea dentro de la competencia interna —los que tratan de hacer un hueco mediático en el partido—, en la fila de los defensas —los que tienen réplicas agudas y contundentes contra el enemigo— y los delanteros rematadores —aquellos capaces de colar un gol retórico a los rivales—. Todos ellos (y alguna subespecie más) configuran esta polifonía política estridente que nos castiga los oídos.
Esto es igual de censurable en todos los partidos porque todos ellos, sin excepción, viven del mismo mecanismo atencional e incurren en estos errores o excesos en los que la comunicación se vuelve contra ellos. Todos estas malas maneras comunicativas son formas viciadas que deberían controlarse. Pero los que están ahí están por algo y para algo. El rosario de comparecencias y denuncias que vemos cada día deberían hacerles más humildes y comprensivos y medir sus palabras. Entre la propaganda laudatoria y el insulto debería haber sitio para lo que los ciudadanos necesitamos escuchar y lo que nos sobra oír, para una comunicación política verdadera y no este coro malsano.


Creo que el insulto principal de la señora diputada ha sido contra la dignidad que debería merecerle su condición de representante de la soberanía popular, el respeto a su cargo. Hay formas de ejercer la crítica a lo que nos rodea muy diferentes, más allá de ese vulgar chismorreo con pretensiones de ingenio. Creo que hemos perdido el sentido de lo que somos y de las responsabilidades y maneras que acompañan a las personas electas.  Y cuando ellos lo pierden, nos incitan a perderlo nosotros también. Escuchamos decir despropósitos e insultos a ministros y diputados, a presidentes y alcaldes que se olvidan de la dignidad que representan. Un parlamento no debe ser la casa de Gran Hermano nunca. Tampoco debe ser el ideal callejero.
En su corto tiempo de vida, Tweeter (y otras redes sociales) están acumulando un amplio historial de meteduras de pata políticas, de incontinencia verbal y digital, de pulgares lanzados a teclear sin razonamiento previo. Demasiada inmediatez. Quizá deberían manejar las nuevas tecnologías con un adulto cerca.


* "La diputada que llamó 'rubia pepera' a la presentadora de la Lotería se 'disculpa' con más críticas". ABC 23/12/2013 http://www.abc.es/loteria-de-navidad/20131223/abci-loteria-navidad-criticas-presentadora-201312230810.html






sábado, 7 de julio de 2012

La prevaricación informativa

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Una vez más, se afrontan los relevos en Televisión Española con un debate complicado porque siguen la inercia envenenada de los relevos anteriores. El diario El Mundo nos informa de los resultados del “referéndum” realizado en la casa para explicar numéricamente qué les parece el nuevo director propuesto para los informativos:

El censo para esta consulta, realizada durante las jornadas del jueves y el viernes, abarca un total de 1.607 personas. En ella ha predominado la abstención, que ha ascendido a 1.135 periodistas (un 70%). Sólo se han registrado 472 votos (29% del censo).
De estos 472 votos, sólo 38 personas (el 8%) se han mostrado favorables a la designación, mientras que 335 (el 70%) se han posicionado en contra y 99 (20%) han votado en blanco.*

No sé si son resultados sorprendentes o no. Depende de lo que cada uno esperara y se han hecho interpretaciones muy diversas, casi extremas, radicales y perversas de los mismos datos. Televisión Española y Radio Nacional tienen muy buenos profesionales; eso lo saben y lo dice todo el mundo, empezando por los espectadores y oyentes. Ser buenos profesionales no significa ser del gusto de todos. Es casi imposible que los periodistas tengan aceptación política unánime. Pero tampoco los periodistas deportivos, los críticos de cine, los gastronómicos o cualquier otro que complete una frase y la publique. Los problemas vienen por otro lado.

Titulares de El Mundo
El sentido de la propiedad de los políticos sobre Televisión Española y los canales autonómicos es absoluto y mientras esto sea así —y es difícil que deje de serlo—, se seguirán produciendo conflictos y recelos.  La profesión periodística tiene además una larga memoria de agravios y cuentas ajustadas en los caminos que dificulta el trabajo de los profesionales. No creo que exista profesión más dividida que la periodística. Y lo es contra sus propios intereses, porque si estuviera más unida podrían defenderse mejor y hacer causa común de la independencia —que no es lo mismo que la neutralidad ante lo que ocurre— con la que afrontar el día a día.

Titulares de El País
El gran pecado del periodismo es la prevaricación informativa. Prevaricación es escribir sectariamente, al dictado, injustamente, incumpliendo el compromiso con los lectores, algo consustancial al Periodismo. El prevaricador informativo siempre tiene escrito el titular y las conclusiones. El sectarismo es lo opuesto a la información, en sus fines y en sus medios. El periodista decide cada día y lo hace ante el tribunal de su conciencia primero y de sus lectores, oyentes o espectadores después. La hipocresía de algunos es pensar que eso es solo algo a lo que están obligados los periodistas de las cadenas públicas, y que desde sus atalayas privadas pueden jugar a ser como la prensa deportiva, que anima sin tapujos a su equipo con tal de vender. El contrario siempre mete los goles en fuera de juego y sus entradas merecedoras de tarjeta roja. El periodista puede y debe tener ideas, pero no debe tener “equipo”.
La connivencia entre periodistas y políticos es un mal casi irremediable que no gusta a la mayor parte de la profesión, que lo que suele buscar y preferir es que se respete su voluntad de equivocarse honestamente y no tener que escribir al dictado de nadie. Pero hay otros que disfrutan de ello y entienden el periodismo como parte de una causa general que es el poder. Esto es un gran error del que muchos se benefician y, por tanto, difícil de erradicar. Erradicar significa “arrancar de raíz”, algo casi imposible en este campo que tiende más a recortar todo lo que pueda el bonsái de la independencia periodística.


Y es que nos equivocamos cuando pensamos que todos los periodistas quieren ser independientes. Es nuestra deformación racionalista, como la que nos induce a pensar que la gente normalmente constituida ama el bien. Pero la independencia siempre es un camino peligroso, desagradecido, y cuya luz al final de túnel suele provocar dolores de cabeza. Por el contrario, al igual que ocurre en otros sectores, el medrar, el servilismo, los silencios cómplices, se suelen cotizar al alza y provocan pingües beneficios a aquellos que los practican. Si, además de servil, eres déspota con los subordinados, a los que obligas a seguirte la corriente ideológica, tienes casi asegurado un puesto y un (buen) sueldo para el resto de tu vida. El puesto puede ser itinerante, pero siempre lo tendrás si realizas tus tareas propagandísticas con eficacia allí donde vayas. Siempre hace falta gente así para que funcione la cadena de mando.

Tiene razón la periodista Ana Pastor —una buena profesional, que también aguanta lo suyo—, al señalar en el mismo diario “que la televisión pública debe gustar a los ciudadanos y no a los políticos”**. Lo malo es llegar a saber si también a los ciudadanos les gusta la independencia o si son tan sectarios como los políticos a los que eligen, y gustan de la sangre y el degüello mediático. A los políticos, sectarios por naturaleza, les gustan los países a su imagen porque así cada uno tiene su propio cubo en el que pescar. No basta con gustar al público; hay que hacer que le guste y valore la independencia informativa. Los premios repetidos a los informativos de RTVE, por parte de profesionales y público, así lo acreditan.
Cuando le preguntan sobre si recibe llamadas de los políticos, Ana Pastor contesta:

—Recados políticos llegan. La cuestión es si se aceptan o no. Yo creo que lo que ha distinguido esta etapa es que, si llegan (los recados) nuestro trabajo es el mismo. Nuestros aciertos y nuestros errores son nuestros, no son de los políticos. Ésa es una de las grandes ventajas que tenemos ahora los que trabajamos aquí en TVE.**

Y es que al político lo primero que le enseñan, hasta en esos campamentos de verano para los alevines, es a cómo entrarle a la prensa, cómo camelarla, cómo detectar quién es de los tuyos y quiénes de ellos. Los periodistas están en las agendas políticas con crucecitas y asteriscos, marcando por dónde respira cada uno, a quién se puede llamar para contarle o que te cuente en cada caso. Es un mal que algunos les viene muy bien.

Lo más sorprendente es el aumento del sectarismo en las empresas periodísticas privadas a la par que crece su exigencia de un equilibrio en las públicas. El argumento de que se financian con los impuestos de todos puede ser importante, pero eso no justifica el sectarismo propio. Si las empresas informativas no tratan de mantener su independencia es porque no les suele interesar; sacan más provecho apostando por caballos ganadores.
El ejemplo de Murdoch en el Reino Unido es elocuente. Lo que los medios venden a los políticos es miedo, el temor a ser atacados desde distintos flancos y encontrarse sin defensores en la arena pública, en el ruedo. De ahí su terror a dejar las empresas públicas de comunicación en manos de personas que no sean controlables, que necesiten más de una llamada al orden. El miedo a no ser defendidos se complementa, como es lógico, con el miedo a ser atacados. Son las dos mitades de ese vaso mediático medio lleno de críticas, medio vacío de apoyos.
La obsesión política con la imagen, las encuestas, etc., se convierte en histeria, pactos y aumento del deseo de control. Las críticas son “ataque frontales” y las alabanzas “normalidad”; una entrevista a un político de la oposición es ya “una conspiración” y dos un “atentado”. Esos recuentos de minutos dedicados a cada político o partido causan sonrojo por la extraña concepción salomónica de la realidad informativa que transmiten.


Una conciencia cínica, a la que algunos gustan de llamar “realista”, de la política y de la información se ha adueñado de una parte importante —más en peso que en tamaño— de ambos sectores. Es la idea maquiavélica de que lo importante es el poder y las formas de conservarlo. La información es una herramienta necesaria para mantenerlo. La versión maquiavélica no es democrática por más que se realice en una sociedad que vota. Y no lo es porque parte de una concepción negativa de poder y sociedad. La versión positiva de la democracia, por el contario, ve en la información un instrumento para la mejora del conocimiento de los problemas sociales, de la apertura de debates para encontrar las mejores soluciones, etc. ¿Idealismo? Sí, pero hace falta.

* "El 70% de informativos de TVE se abstiene en la consulta sobre Somoano" El Mundo 6/07/2012 http://www.elmundo.es/elmundo/2012/07/06/comunicacion/1341602232.html
** "Ana Pastor: 'La televisión pública debe gustar a los ciudadanos y no a los políticos'" 7/07/2012 El Mundo http://www.elmundo.es/elmundo/2012/07/06/television/1341601736.html