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miércoles, 15 de noviembre de 2023

La responsabilidad del periodista

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

El diario El Mundo ha dado sus premios internacionales de Periodismo. El primero se lo han concedido a Carlos Dada, fundador y director de El Faro, diario dominicano. El segundo se lo han concedido a la periodista y ensayista turca Ece Temelkuran, fulminada con el tradicional arma del poder en todos los regímenes autoritarios, el telefonazo. Hay muchas formas de acabar con un periodista, como por ejemplo, a la rusa, cayendo desde un balcón, a la mexicana, un tiro y adiós, etc.

A Ece Temelkuran lo han hecho con el teléfono, una llamadita y fuera. Temelkuran se ha traído a su madre desde Turquía, probablemente para que se quede tranquila y vea que a los periodistas no se les trata igual de mal en todas partes, que incluso se les valora y premia. En otros simplemente se les olvida. En Turquía, nos dicen hay 200 periodistas encarcelados, lo que no está mal para un país de la OTAN.

Una cosa que me sorprende es cómo, cada vez que se asesina, encarcela, etc. a los periodistas, no se les rinde homenaje en nuestras facultades de Ciencias de la Información con un minuto de silencio o poniendo sus nombres en alguna lista, muro o espacio de homenaje. Lo cierto es que en todos estos años nadie ha tenido el detalle. A los periodistas les exigimos muchas veces que se arriesguen, pero no siempre somos justos con ellos cuando lo hacen.


Voy a comentarlo por si a alguien le parece bien, que nuestros alumnos sean conscientes de que hay gente que pierde vida, espacio o fortuna porque resulta molesto a los poderes políticos, económicos o de cualquier otro orden.

Hoy he tenido precisamente una reunión temprana para organizar en enero un acto de presentación de un libro que considero necesario en estos tiempos en los que apenas se leen libros o la prensa en cualquier formato. La idea de que es necesario recuperar algo que hay dentro del Periodismo que comparte con el alma humana, con sus deseos más íntimos.

Se habla mucho de la necesidad del periodismo para la democracia, pero la verdad es que cada vez valoramos menos la actividad periodística y, quizá por ello, la democrática. Confieso que no tengo clara la dirección del problema. No veo con claridad si es la falta de democracia la que afecta al Periodismo o si es el desinterés informativo el que acaba afectando a la democracia. Supongo una cosa va con otra aunque no sea fácil saber cómo interactúan.

Defender no solo la profesión periodística, sino también su función en una sociedad que debe estar informada para poder decidir con conocimiento, se va convirtiendo en algo subversivo y casi vicioso, malsano. En tiempos como estos, lo que triunfa es la manipulación, que ya no se ve como un problema moral, sino como una cuestión técnica. No se trata de evitarla, sino de hacerla funcionar en la dirección adecuada. Puro pragmatismo.

Luego está la galopante incultura, que hace mucho más fácil la manipulación, incluida la del propio informador, al que se le dan ya las instrucciones para que movilice la opinión en un sentido u otro. Siempre ha sido más fácil engañar a los ignorantes.

Del discurso de la ensayista y periodista turca Ece Temelkuran me han gustado unas palabras claras y arriesgadas en este mundo tan complejo: 

El verdadero periodismo, que devasta el alma de tantas formas, comienza cuando te das cuenta de que la objetividad no es neutralidad y que este trabajo conlleva una responsabilidad moral.*

El mundo nos da ejemplos cada día de situaciones y actos ante los que no se puede ser neutral. El dolor humano no admite la indiferencia, la neutralidad, que sería deshumanizarnos hasta niveles inconcebibles. Está bien hacer notar esa distancia —que muchos confunden— entre lo que neutralidad y lo que es objetividad. Ser objetivo es estimar las causas de lo que ocurre. No nace uno "objetivo", sino que por el contrario la objetividad la da la capacidad de comprender, el conocimiento profundo de las cosas. Con ella podemos comunicar con conocimiento de causa y, especialmente, evitar la manipulación y el engaño, que es precisamente a lo que lleva la ignorancia. En un mundo de ignorantes es muy difícil comprender y, por supuesto, hacer comprender. La formación periodística es formación humana; no es solo técnica, que es la más sencilla. Es precisamente un trabajo de escultura del propio yo para poder ser justos con el mundo, no neutrales. Y ser justos con el mundo es intentar comprenderlo, darle sentido a la gran pregunta: ¿por qué existe el mal? Es una cuestión ética y moral. Ha muchas formas de Periodismo, muchos textos distintos dentro de un periódico, de un programa de radio, etc. Pero todas deben buscar ese punto de equilibrio entre lo que podemos dar y lo que el mundo necesita. Eso vale para muchas cosas, de la crítica literaria a la crónica de guerra.

El periodista no debe ser neutral, sino comprometido; es más, justamente comprometido. No es fácil. Lo fácil, como nos demuestran cada día, es ponerse al servicio de los poderosos y darle color a sus razones o sentido a la ausencia de las mismas.

Explicar(se) el mundo no es sencillo. Por eso el periodista no solo debe saber escribir bien, un término confuso. Debe pensar y saber expresar de la mejor forma lo que ha visto y pensado. Los ignorantes, los simples, los indiferentes, etc. son peligrosos en el Periodismo.

 

* Jorge Benítez "Ece Temelkuran: "El verdadero periodismo comienza cuando te das cuenta de que la objetividad no es neutralidad"" El Mundo / Papel 13/11/2023 https://www.elmundo.es/papel/lideres/2023/11/13/65525cdee9cf4a7f398b457a.html

sábado, 29 de febrero de 2020

Está feo señalar

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
En la presente crisis provocada por la presencia del COVID-19 tenemos un caso perfecto de complejidad. No hay nivel que no se vea afectado, la economía, la política, la saludo, las relaciones humanas, el transporte, la ciencia, lo individual y lo colectivo, las diferencias de mentalidad, la gastronomía nacional, el comercio, los medios, el sistema educativo, los eventos deportivos, la concentraciones... Eso plantea el problema de la perspectiva más rica, es decir, la que nos provee de más información para tomar decisiones que no podrán ser nunca ignorancia del resto ni unilateral. Desgraciadamente nuestra visión está principalmente escorada hacia la economía, que es la que disputa los titulares en nuestros medios.
Nos hemos acostumbrado a reducir todo a costes y a tener en cuenta lo que es evaluable. No es una novedad: la influencia de una gripe se mide en número de horas laborales perdidas o en costes al servicio de Salud y a la Hacienda pública.
El COVID-19 es un hecho de la naturaleza, mientras que la "enfermedad" es un hecho de la cultura, sujeta a vicisitudes, enfoques, conocimiento, experiencia, etc. Para el coronavirus no existe todo aquello que nosotros vemos. Para "él" solo existen oportunidades y dificultades para su expansión, como para cualquier otro ser vivo. Nosotros, los sociales humanos, somos un medio muy favorable para "ellos". Les creamos condiciones muy positivas para que continúen su destino que es la reproducción y extensión. Nada más. El problema es cómo crearles un medio desfavorable, entendido esto de forma física y biológica.


Nuestro mayor enemigo somos nosotros mismos, nuestra capacidad —mayor o menor— de ser conscientes, primero, y disciplinados después en las medidas personales y colectivas que podamos tomar.
Después están las reacciones humanas, las sociales, las que nos hacen actuar de una forma u otra, darle un sentido. La historia de las enfermedades es una mezcla de hechos naturales y culturales, desde los estigmas sociales a los enfoques puramente técnicos. El caso del otro día en Valencia, con la persona encargada del tema epidemiológico diciendo que ellos eran sanitarios y no tenían porque saber que había un partido de un equipo valenciano en el norte de Italia, es una reacción que ignora la dimensión social. Todo puede contribuir dentro de un enfoque epidemiológico, ya que son los motivos humanos los que nos acercan unos a otros. Por ello la vigilancia primera es la social, la advertencia, la responsabilidad informativa, evitar las psicosis.
Estos días estamos dando otro mal paso informativo, que es la personalización de la enfermedad. Esto plantea o debería plantear ciertas reservas a los informadores, ciertas orientaciones y límites que vemos son ignorados.
El artículo sobre el estudiante italiano de Segovia, en el diario El Mundo, me parece que entra en un peligroso juego de la identificación excesiva de las personas contagiadas, que tienen derecho a privacidad. No me parece prudente ni sensato jugar a convertirlos en protagonistas más allá de los datos numéricos o estadísticos. Pasar ese límite, insisto, es peligroso.
El título del artículo es el siguiente: "Eduardo, el italiano que llevó el coronavirus a Segovia: "Se siente un poco culpable"" y lleva al extremo de lo sensato la información ya que no solo lo identifica, sino que nos dice dónde vive, quiénes le rodean, las medidas tomadas (más bien la falta de las mismas), los lugares donde van a tomarse cañas, etc. La identificación del estudiante es absoluta, incluyendo una fotografía de la entrada de su residencia por si hubiera alguna duda.

El miedo tiene nombre estos días en Segovia. Se llama Eduardo, ha podido saber EL MUNDO -sin que se haya llegado al apellido-. Es un chico italiano, «simpático, muy normal», que se trajo el coronavirus de Milán el domingo pasado y que, responsable, en cuanto le asaltó la fiebre el martes a última hora, levantó el dedo y se fue al médico de cabecera, que le derivó rápidamente al Hospital General, donde el chaval fue puesto instantáneamente en aislamiento.*



¿Por qué no habría de ser "simpático" ni "muy normal"? ¿"Se trajo" el coronavirus de Milán el domingo? ¿Es forma de expresar un contagio?
Se dan igualmente nombre y nacionalidad de sus compañeros de residencia. El articulista parece ignorante de lo que puede causar su irresponsabilidad en el caso de que alguien se tome en demasiado en serio los efectos y pueda responsabilizarle de los males que puedan ocurrir. Si Eduardo se siente él mismo "culpable", es más fácil que los demás lo vean como quien ha traído el desastre conforme se vaya aumentando la psicosis de algunos. Es ponerle cara al COVID-19 y eso es peligroso. No es el primer caso de este tipo que se produce y de reacciones sociales incontroladas contra las personas a las que se hace responsables.
El artículo, además, incide en la falta de responsabilidad de la propia residencia, con lo que se deja claro que las medidas no van más allá de que las personas que están en ella se tomen la temperatura ellas mismas dos veces al día. Se nos dice igualmente que asisten con "normalidad" a clase.


La manera de informar es bastante alarmista con un cierto tono de juego, realmente penoso para una información sobre estas cuestiones de enorme importancia social y en las que uno se debería permitir ni alegrías ni juegos. En el texto se señala:

La gerencia transmite un mensaje de «absoluta normalidad» -todo el mundo dice estar muy "tranquilo", lo que sugiere lo contrario- y ninguno de los trabajadores lleva siquiera mascarilla, al igual que una mayoría de estudiantes, todos los cuales tienen libertad absoluta de movimientos, y muchos fueron ayer viernes a clase. Pero luego está el miedo: Giulia nos asegura que al compañero de habitación de Eduardo se le ha conminado a no salir ni al pasillo, y de hecho los 150 moradores de la residencia son considerados por la Consejería de Salud de Castilla y León «bajo estricta vigilancia epidemiológica».
Ellos, y también las «aproximadamente 100 personas» que tuvieron contacto con Eduardo ese lunes entre el domingo de su regreso de Italia y el martes de la fiebre. Todos deben tomarse la fiebre dos veces al día, y enviar un mail diario a las autoridades sanitarias, que monitorizan minuciosamente su evolución.
Al menos, el jefe territorial de Sanidad de Segovia, César Montarelo, sí aclaró ayer un rumor que corría como la pólvora por la ciudad desde que se hizo público el positivo: no, Eduardo no estuvo el martes en la Plaza Mayor en la Fiesta de Carnaval, y por tanto no pudo contagiar a las masas -cosa difícil por otro lado, pero ya se sabe que el miedo es libre-.*

Es difícil, especialmente en el último párrafo, escapar de la más escandalosa frivolidad. Hay muchas formas de redactar, pero esta es especialmente irresponsable. Cada afirmación va seguida por el sembrado de la duda al respecto. Desde la tranquilidad de la residencia a  las dudas sobre la Fiesta del Carnaval, todo parece un ejercicio de gracia. En las entradas que dividen el texto,  se puede leer ""Tranquilidad" en la cafetería preferida del contagiado". Otra gracia.
Creo que las Facultades como la mía deberían empezar a tomarse en serio estas formas de informar producidas por tomárselo todo en broma. Aunque su intención fuera la de denunciar la situación (cosa que dudo), el tono elegido debería ser otro muy diferente.
Señalar a los enfermos más allá de sus datos básicos (edad y nacionalidad, si es necesario para saber la procedencia) es irresponsable y es, sobre todo, un violación de sus derechos. El de El Mundo no es el único caso en que se dan nombre, edad y lugar, aunque sí el que lo ha hecho con más detalle y recreación.
Esperemos que no tenga consecuencias ni para "Eduardo" ni para ninguno de los señalados. 



* "Eduardo, el italiano que llevó el coronavirus a Segovia: "Se siente un poco culpable"" El Mundo 29/02/2020 https://www.elmundo.es/papel/historias/2020/02/29/5e59649e21efa09a648b467f.html

lunes, 1 de junio de 2015

Las cucarachas

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
David Jiménez, el nuevo director de El Mundo, comienza su artículo de los domingos señalando las dificultades que tuvo para entrar en el periódico por haberse dejado la documentación en casa y nadie identificara su cara. Es una anécdota con la que quiere curarse de la vanidad que en España supone ser director de un periódico.
En estos tiempos revueltos en los que más de uno tiene atragantado parte de su futuro mientras otros padecen ardor de estómago por su pasado, está bien que la prensa —al menos alguna— haga ejercicio de humildad, deje de mirarse el ombligo y especular sobre las formas de negocio, para centrarse en lo básico del Periodismo. El artículo de David Jiménez podrían —deberían— firmarlo todos los directores de prensa en España. No digo nada de otros medios porque no sé muy bien los que tienen al frente.
Escribe Jiménez:

Pedimos a partidos e instituciones regeneración, sin plantearnos si deberíamos aplicarnos la medicina que tanto recetamos a los demás.
Las causas de nuestra pérdida de credibilidad pueden encontrarse en las hemerotecas. O, mejor dicho: en lo que no se puede encontrar en ellas. Durante tres décadas, los medios de comunicación ofrecimos inmunidad informativa a la Monarquía, perjudicando en el camino a la institución que queríamos defender al enviar a sus miembros de moral más endeble la señal de que siempre miraríamos a otro lado. En otras ocasiones, pusimos nuestros intereses por encima de los de nuestros lectores, quizás nunca con tanto descaro como en los años de las conocidas como guerras mediáticas. Era cuestión de tiempo que nos durmiéramos en la garita de ese sistema que habíamos prometido vigilar y que lo hiciéramos en el peor de los momentos, en vísperas de la mayor crisis económica de la Democracia. ¿Cuánto dinero habrían ahorrado los contribuyentes si hubiéramos investigado a las cajas de ahorro y sometido a sus directivos a las preguntas pertinentes, antes de que fuera demasiado tarde?*


Sí, la prensa ha hecho unas cosas muy raras en España. Ha tenido, quizá por efecto de la dictadura pasada, un papel distorsionado, poco acorde con lo que deberían ser sus fundamentos. Tenía quizá una vocación conspiratoria a fuerza de convivir con conspiradores de distinto pelaje a lo largo de décadas de no poder escribir lo que se pensaba más que de vez en cuando y actuar de portavoz, en otras ocasiones, de los que no querían dar la cara.
Cuando se produjo el 15-M, los "indignados" de entonces, arremetieron contra la prensa, considerándolos "casta informativa", encubridores de los desmanes y servidores de banqueros y políticos. De uno de sus círculos salió una feroz crítica, justa probablemente, y que ahora, cuatro años después aparece en boca de algunos de nuevo.


Sí, insisto, la prensa ha hecho cosas muy raras en España. Existe un principio complementario entre la prensa y el sistema político. Aquí lo hemos repetido varias veces: hacemos demasiado caso a los políticos. Son ellos los que tienen que hacernos caso a nosotros. Y de esto la prensa tiene su parte de responsabilidad.

Pero, de la misma forma que una parte cada vez más importante de la sociedad reclama una nueva forma de hacer política o negocios, el momento es propicio para que también el periodismo español renueve su compromiso, en mi caso con los lectores de EL MUNDO.
Cuando hagamos una pregunta incómoda a un político, la haremos en su nombre; cuando denunciemos la corrupción o los abusos del poder, lo haremos en su nombre; cuando pidamos medidas de regeneración -no nos cansaremos de hacerlo-, lo haremos en su nombre; y cuando nos equivoquemos, será porque, también en su nombre, busquemos la verdad. Sin militancias ni sectarismos. Defendiendo principios y no partidos. Sin intenciones políticas propias ni de terceros. Con independencia y sin resentimiento, no sólo porque España ya acumula suficiente de esto último, sino porque Kapuscinski tenía razón cuando decía que nuestra labor no consiste en pisar las cucarachas -no somos jueces ni policías-, sino "en prender la luz para que la gente vea cómo las cucarachas corren a ocultarse".*


Un poco tarde para sacar el látigo. No sé si la sociedad no ha sacado ya el látigo para fustigar a la prensa junto a los políticos, banqueros, etc., metiéndolos a todos en el mismo saco. Reivindicar ahora el papel de la prensa en la democracia, cuando la hemos dejado hecha un asquito entre unos y otros suena un poco ingenuo. Es algo más que renovar el compromiso —a la vista de lo que hay— lo que hay que hacer.
No creo que el papel de la prensa sea solo sacar escándalos o arrinconar a la gente: desde luego no lo es esconderlos ni ser baboso con los poderosos o los amigos, como suele ocurrir. Creo que la prensa se ha sumado a la ceremonia de la confusión de estas décadas en la que se ha ido perdiendo el rumbo.
Creo que, además de esa vigilancia, el papel de la prensa es dar ejemplo de democracia y no dejarse llevar por el exceso al que los políticos han recurrido para lanzarnos la tinta de sus bolsas como maniobras de distracción. La prensa no ha estado mirando para otro lado en este tiempo, como parece sugerir el artículo de Jiménez, sino más bien ha velado por sus propios intereses, ya fueran empresariales, políticos o ambos. La prensa ha sido caja de resonancia y focalizador de los intereses según los casos.
En estos tiempos en los que los resultados económicos son malos, es irónico tener que decidir entre una prensa espectáculo o una prensa escándalo, sin que se puedan distinguir muchas veces una de otra. La apuesta, efectivamente, está por desarrollar un periodismo que no tenga que vivir de las cucarachas, por seguir la analogía de Jiménez, tomada de Kapuscinski. Con debatir sobre si hay que matar cucarachas o solo encender luces para que otros lo hagan se corre el peligro de que uno acabe viviendo de la venta de bombillas.


Hay otras muchas labores que el periodismo puede hacer más allá de la política, muleta que nos tiene fascinados, seducidos. Es esa fascinación, aunque sea en la gresca, lo que nos hace perder fuerza social y al periodismo vitalidad para extender su función formativa a la sociedad, jerarquizando y ordenando la oferta informativa.  El mundo periodístico no debe ser llamativo, sino de interés real; no debe ser distracción, sino atracción por lo realmente importante. El periódico no es el fin, sino el medio, algo que hay que recordar.
La mejora de una sociedad no depende solo de la vigilancia política. Una sociedad que produce mejores ciudadanos también producirá probablemente mejores políticos. Y científicos y artistas. Una sociedad honesta no tolerará sinvergüenzas al frente ni de partidos ni de bancos ni de patronales o sindicatos ni de clubes de fútbol. Sencillamente: habrá más y mejor donde elegir.
Hay muchos campos por explorar para que el periodismo satisfaga las necesidades de una sociedad con la esperanza de que mejore. Si Jiménez se plantea que no es su función matar las cucarachas, sí lo es en cambio ayudar a mantener la casa limpia para que no proliferen en la suciedad del día a día.
Por supuesto que no es solo una responsabilidad del Periodismo, sino de la sociedad en su conjunto, pero la información es un eje vertebrador. Y es ahí donde tiene su función amplia, dirigiendo esa luz más allá de los rincones.
En estos momentos, la sociedad española está volcada en la política y especialmente enfadada con sus representantes. No hace falta una prensa iracunda, que lave sus pecados rasgando las vestiduras. Necesitamos más que nunca una prensa sensata, equilibrada, y no la promesa de apagar el fuego con gasolina. La prensa que necesitamos es la que traiga cordura además de luz.
La combinación de noticias exóticas y escándalos no debería ser nuestro futuro. Entiendo que un mundo en el que nadie muerde a nadie, ni el perro al hombre ni el hombre al perro, puede ser un mundo muy aburrido, pero es el mundo ideal. Como ideal es un mundo sin cucarachas.
Periodismo nada más, sí; pero también nada menos.


* David Jiménez "Periodismo, nada más" El Mundo 31/05/2015 http://www.elmundo.es/opinion/2015/05/31/556a4d04ca47417c048b457e.html


martes, 17 de septiembre de 2013

Discusiones kantianas o ¡como está el mundo!

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Lean ustedes esto con tranquilidad, por favor; tómense su tiempo, sin prisa alguna. Coja aire un par de veces inhalándolo por la nariz y expulsándolo por la boca con lentitud: note cómo se escapa de usted. Cuando sienta que su ritmo cardíaco ha descendido, entonces lea:

Una discusión sobre Immanuel Kant ha terminado en un tiroteo en la ciudad de Rostov del Don, según un teletipo de la agencia rusa RIA.
La noticia cita a la Policía local y explica que la discusión saltó en una pequeña tienda de la ciudad. Antes de los disparos, hubo puñetazos. Uno de los contendientes sacó una pistola (probablemente de balines o de fogueo) y abrió fuego repetidas veces.
La víctima fue hospitalizada aunque no corre peligro. Su identidad no ha trascendido y la de su agresor tampoco. Tampoco se sabe cuáles eran los términos de su discusión.*


Probablemente, al llegar a este punto usted habrá regresado un par de veces al texto para comprobar que lo que ha leído sigue ahí, que no se trata de una alucinación o de una formación fortuita de letras por efecto del azar cósmico después de millones de años de intentar encontrar esta combinación gráfica.

Uno debe imaginarse una pequeña tienda —algo así como la que describe Bernard Malamud en El dependiente, pero en una ciudad rusa y... tampoco hay mucho más que imaginarse porque o se lo imagina uno todo o no se sabe muy bien qué hacer con esto. El texto dice y se desdice y más parece que Gila hubiera resucitado y transmitiera esta noticia desde una Rusia pos-todo y pre-mas.
Es posible, por ejemplo, que algo así inspirara a Tarantino, que escribiría un guión titulado "¡Malditos filósofos!" y mostrara la cara sangrienta de la Filosofía, que ya va siendo hora, ¡qué caramba! Hasta el momento, los filósofos han tenido demasiado buen trato para los dolores de cabeza que nos han dado a todos a lo largo de los siglos. ¿Se imagina diálogos a lo Reservoir dogs, pero con filósofos? A lo mejor, Tarantino que se enfada mucho cuando se le pregunta por el exceso de violencia innecesaria en sus filmes, encontraba un camino diferente, más escolástico, dialéctico, una vía socrática a la violencia, que finalmente estallaría con la furia filosófica acumulada por tanto y tanto diálogo en esa tienda rusa, especie de academia o ágora.
Confieso que el texto me ha dejado descolocado. A lo mejor es un texto para probar si los lectores están atentos o lo mismo es una apuesta en la redacción para ver si alguien protesta o pide que se amplíe la información para llegar a saber qué diantres pasó en esa tienda, qué se vendía o compraba allí para que se iniciara discusión tan categóricamente kantiana que llegara a las manos. Quizá uno de ellos era un escéptico y dudó de la existencia del otro y le mandó callar como a manifestación epistemológicamente dudosa y el otro se mosqueó, porque sienta muy mal que los demás duden de tu existencia y te miren por encima del hombro.

Creo que, efectivamente, la discusión fue por una cuestión de este tipo. El "probablemente" en una noticia aplicada a la munición —"probablemente de balines o de fogueo"— revelan unas dudas sobre la realidad bastante serias. Lo lógico es que se hubiera dado un "navajazo de Ockham", que es lo que procede en estos casos. Pero, en cambio, el informador señala ese duda metódica entre las armas, aunque no en sus efectos. Uno no deja de pensar cómo se puede dudar si el arma es de fogueo y luego decir que la víctima fue "hospitalizada, aunque no corre peligro".
¿Llamaríamos a esto una "noticia"? Si prescindimos de la cuestión "kantiana" con la que se inicia el texto, lo demás podía ser por un precio mal calculado, el intento de devolución de unos calzones por otros de una talla más, que la verdad, a la distancia que se encuentra Rusia de nosotros, no creo que tenga ninguna importancia. Para noticia de barrio, pues pase; pero para más...


Hoy en el mundo pasan cosas como la guerra de Siria, la posibilidad de un bombardeo por parte de los norteamericanos, la crisis económica que no acaba de sacarnos de la cripta, España y Artur Mas se quieren separar, Bale metió un gol, Cristiano metió otro, Messi también, los españoles no sabemos hablar inglés, los españoles no sabemos hablar, Kerry y Lavrov se ríen mucho, Obama se ríe poco, Putin se ríe por dentro,... es decir, un montón de cosas importantes que nos impiden dedicar mucho tiempo a estas cuestiones kantianas en las que se pierden las maneras.
Estos filósofos anónimos que discuten de cosas que nos sabemos qué son ni porqué comenzaron ni que hacían allí, ni que se vendía en la tienda, ni si la pistola era de fogueo o de balines, pero que le hizo daño al otro, aunque no sabemos dónde... han conseguido su propósito vocacional —el tradicional— hacerse preguntas. De hecho, hacía mucho tiempo que no me hacía tantas preguntas como después de leer el texto, demostración de que es verdaderamente filosófico. Ahora que se publican libros con títulos como ¿Quién ha pintado mi ornitorrinco de verde?, ¿Para qué quiere Kant la mantequilla?, El tesorero que negó tres veces o ¡Échate un pulso, Marx!, por citar solo unos cuantos de los que serán best-sellers en España en cuanto que la gente tenga noticia de sus existencia y se lance a la calle a por ellos, ¿por qué no usar estos textos filosófico periodísticos para despertar nuestra capacidad de preguntarnos más allá de una Sesión de Control?


Agradezco al diario El Mundo la deliciosa tarde de final de verano en la que he paseado bajo los árboles, la mirada baja, meditando —indiferente al griterío infantil que me rodeaba— sobre las muchas preguntas abiertas, como las puertas, que dejo en mi alma inmortal. Sé que lo que no resuelva en esta vida, lo resolveré en la otra, en la que tendré más tiempo libre. Y con un solo ejemplar de periódico tendré para hacerme preguntas durante toda la eternidad.




* "Una discusión sobre Kant termina a tiros" El Mundo 16/09/2013http://www.elmundo.es/elmundo/2013/09/16/cultura/1379333670.html