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miércoles, 9 de agosto de 2023

Los nuevos libros de texto rusos

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

La Historia es una disciplina muy compleja en muchos sentidos. Quizá la cita más célebre sobre la Historia es aquella que apuntaba a que la escriben los vencedores. Como tal, surge en el siglo XIX como un auténtico soporte de los nacionalismos que se disgregan de la unidad de los imperios, sometidos a dinastías que creaban sus propios discursos, sus versiones oficiales. El mundo se tiene que justificar y refundar porque ya no es aceptable la estructura preexistente. La Historia cuenta y la Historia explica, justifica.

La crisis de la "gran Historia" es la del propio mundo y su capacidad de entenderse a sí mismo. Cuando los fundamentos son sometidos a revisión crítica, el concepto estalla y de los pedazos surgen "historias" más modestas en sus pretensiones que se alejan cuanto pueden del poder y suelen ser críticos con él en muchas ocasiones. Otros, en cambio, siguen a su sombra. La historia se vuelve plural y quebradiza, con múltiples versiones alternativas, en constante reescritura y discusión.

Donde antes algunos se atrevían a pensar en un movimiento prescrito para la "Humanidad", ahora saltan pequeñas e interesantes disciplinas, que van de la Historia de las Mujeres a la de la vida cotidiana, pasando por una historia oral que había sido considerada poco fiable. Todos quieren instaurar su historia porque es lo que da entidad; es el discurso, el signo, quien da la forma. Precisamente porque esa Historia absoluta salta por los aires es posible hacer historias parciales de casi todo, lo que permite muchas perspectivas.

Hemos visto en estos días pasados, por ejemplo, el problema que se la plantea al "histórico" Egipto cuando tiene que conciliar su pasado faraónico con otras "historias" más "africanas" y se le plantea el problema de cómo ven unos y otros ese pasado desde un presente más abierto. Cada uno usa la historia en su beneficio y para crear un discurso que vertebre el conjunto, el sentido de todo, que imponga un orden determinado. Un discurso oficial histórico puede entrar en conflicto con el discurso popular de un programa de televisión en donde se muestra a una Cleopatra "negra". Eso les resulta "intolerable" a muchos, incluidas las autoridades egipcias.


La Historia se hace con las Academias y por los académicos, con las revistas científicas, pero también con las series televisivas, con películas y novelas. El salto de la leyenda a la historia es hoy el regreso a la cultura popular que crea sus propios mitos y desarrollos, reescribe conforme a los gustos de públicos y gobiernos. No he visto, por ejemplo, artículos académicos sobre el nuevo cine histórico chino hacia el exterior, con sus películas heroicas de enorme presupuesto para fortalecer el "orgullo patriótico chino", tal como Estados Unidos usó el cine para crear su imagen bélica durante y después de la II Guerra Mundial. 

En el diario Albawaba leemos una noticia que nos recuerda todo esto. Su titular es "Russia glorifies war in Ukraine through school history books" y nos lleva al problema de la Historia en la Educación. Hemos hablando de medios, de cine, de académicos, etc. pero ningún elemento es más sensible que la educación a la Historia. Si su finalidad es crear el sentimiento de grupo y de trascendencia a través de la idea de "nación" y de "destino histórico" o cualquier otra fórmula que explique el devenir, el sistema educativo es allí donde aprendemos lo que somos y a dónde pertenecemos. La explicación se hace básica en este sentido. El "libro de Historia" define límites y explica causas, nos identifica, nos une y nos distancia de otros.

En el texto de Albawaba se nos dice: 

ALBAWABA- As the new school year approaches, Moscow has introduced a series of history textbooks that present a revised version of Russia's invasion of Ukraine, aiming to shape the narrative for the younger generation.

This move is part of a broader effort by the Kremlin, under the leadership of Vladimir Putin, to exert tighter control over historical accounts taught in schools.

The trend of influencing historical narratives within educational institutions has gained significant momentum since Putin's decision to initiate a full-scale war on Ukraine in 2022.

This campaign has resulted in a renewed emphasis on presenting the invasion as a "special military operation" undertaken as part of Moscow's perceived historical mission.

The targeted audience for this narrative shift is young Russians, with the new history book tailored for 11th-grade students, typically around 17 years of age.*

El día en que Putin salga del Kremlin (en cualquier forma o estado), se llevara el fantasma de un Rusia que escribió y describió a su gusto. Desaparecerán con él esos libros de texto que los niños rusos habrán aceptado.

Recuerdo el caso de una joven deportista que llegó a otro país. Su sorpresa fue mayúscula porque lo que veía cada día no se parecía en nada a lo que le habían contado durante años sobre el país en el que se encontraba. Había conservado su mirada crítica y lo que esperaba ver cada día no aparecía nunca. Decidió desertar y no regresó a su país.

El nuevo libro de texto para el inicio del curso cambia el mundo para que siga siendo igual. Los rusos deberán amar y dar gracias por tener la suerte de vivir bajo un gobernante que todo lo hace bien y que quiere lo mejor para ellos y la Santa Rusia. Rezarán cada día, con las bendiciones del Patriarca de Moscú, otro gran aliado de la Historia, porque Putin siga allí.

El libro de Historia no puede estar equivocado porque sería un contrasentido. Está escrito y lo escrito es verdadero, no puede ser un engaño. La verdad se oficializa en las escuelas, donde se va a aprender verdades. Cuando los niños escuchen algo en casa que contradice lo que pone en sus libros, se lo recriminará a los mentirosos. ¡Está en mi libro!

Albawaba


Se nos dice que los niños y jóvenes aprenderán conceptos como "desmilitarización" y, uno esencial, "desnacificación", mediante el cual comprenderán el generoso esfuerzo de la patria con Putin al frente para mejorar a sus queridos vecinos.

En el texto se recoge destacado un tuit sobre el asunto:

A new Russian history textbook for schools exposes long-term plans of Russia. Next Russian generation will know that Ukraine is a “nazi state”, that bolsheviks granted independence to Finland, that the West has stolen all Russian assets and many other interesting things.

    pic.twitter.com/9qw4KlqzrQ

    — Olena Snigyr (@olena_snigyr) August 7, 2023 

Estos fenómenos se dan allí donde el poder no tiene apenas resistencia o donde la desvergüenza puede sorprende a todos con sus desafíos. La tentación de escribir / reescribir la historia para mantenerse en el poder es grande. Hoy lo hacen efímeramente los gabinetes de comunicación llegando a manipular a sus lectores convenciéndoles de casi cualquier cosa.

En mis zappings diarios paso por el llamado Canal Historia y siempre están hablando de extraterrestres por llegar y de aquellos otros que llegaron y construyeron pirámides o cualquier otro tipo de obra que nos sorprenda. Me intriga que se dedique tanto trabajo e inversión a contarnos estas cosas una y otra vez. Una sociedad ignorante es la mejor víctima para la manipulación. Ese es un principio universal que vemos todos los días en muchos puntos del globo.

Lo malo es cuando las democracias comienzan a compartir técnicas con las dictaduras. Podemos entender que un dictador nos engañe para mantenerse en el poder. Pero si las mentiras se convierten también en Historia oficial en las democracias solo queda el aislamiento mental, el refugiarse en un mundo cerrado en el que no se deje entrar todo esto que nos ofende la inteligencia.

Hace apenas unos días comentábamos aquí otro "género", el de los discursos golpistas del poder en Níger. Es el comienzo del mismo proceso: crear una realidad a través de los textos. El poder necesita decirnos todo, hasta los mínimos detales para poder controlar el mundo. Solo los cientos de miles de retratos de al-Sisi en Egipto y una Cleopatra blanca; es un victoria épica en una batalla; es un golpe de Estado que dice que no le decían la verdad al pueblo de Níger, pero que ahora sí. Son los libros escolares de Putin. Todo son variantes del mismo proceso de control por los discursos.

Cuando Putin salga, pasará como Con las salidas de Stalin o Hitler. Los libros desaparecerán, los planes de estudios cambiarán y los niños —muchas familias lo lamentarán— no podrán reaprovechar los libros de Historia rusa de sus hermanos mayores. "¿Pero ha cambiado tanto?", preguntarán algunos padres. 

* "Russia glorifies war in Ukraine through school history books" Albawaba 8/08/2023 https://www.albawaba.com/editors-choice/russia-introduces-new-history-textbooks-commending-military-actions-ukraine-1529701

miércoles, 27 de marzo de 2019

La Historia, la educación y la verdad básica

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Retomemos el tema. Ayer dedicamos la entrada del blog a la  Historia, para ser más preciso a la Historia de la historiografía, título de la interesante obra de la académica mejicana Josefina Vázquez de Knauth, publicada en 1965. No interesaba su forma de interpretar el sentido histórico del discurso histórico, es decir, su forma ligada a unos intereses específicos característicos del momento en que se producen. Comentábamos concretamente el momento del paso de la historiografía griega a la historiografía romana primera, a cómo Roma, nos decía adoleció en ese primer momento de una historia preocupada por satisfacer a los políticos, al poder. Esa "enfermedad" o "defecto" es precisamente el uso del discurso historiográfico para empastar el dibujo del pasado camino del presente.
Creo que el enfoque de Vázquez de Knauth puede explicarse desde su interés por el "nacionalismo", como se revela en varios de sus títulos, especialmente el que liga "nacionalismo" y educación en México, aspectos que considera relevante el uno junto al otro. La construcción del nacionalismo tiene su propia selección, interpretación y objetivos por parte de los que buscan el establecimiento de la mirada diferencial hacia el pasado.
Fue una casualidad que coincidiera el texto de ayer con la polémica desatada por la carta de López Obrador, presidente de México, en la prensa y entre los historiadores españoles. Es más, deliberadamente, mientras lo escribía resistía la tentación de ponerlo como ejemplo de lo que estaba hablando, tanto por parte mejicana como española.
Me gustaría traer el texto de Josefina Vázquez de Knauth, una mejicana, sobre nacionalismo y educación, para no ignorar algo que tiene o tendrá sus consecuencias en el terreno de las relaciones entre dos países.
En la introducción de su obra, escribe la académica mejicana:

Nuestro intento no es hacer un estudio del nacionalismo mexicano en sus diversas expresiones. El reciente estudio de Frederick C. Turner prueba lo difícil que resulta enfrentarse con éxito a un problema tan complejo, en forma total. Conscientes de la magnitud de un planteamiento general, nos hemos reducido a seguir la trayectoria de la enseñanza de la historia, una de las formas en las que la sociedad transmite, intencionalmente, a las nuevas generaciones la red articulada de símbolos que constituyen la verdad básica de los ciudadanos acerca de su propio país. Esos símbolos sustentan la fuerza que hoy llamamos nacionalismo, “conciencia de grupo” como lo define Kohn, “amor propio de las naciones”, como lo haría Caos, y cuya importancia es tal que en buena medida determina el carácter de la educación. Queremos advertir que estamos de acuerdo con la idea de antropólogos y psicólogos contemporáneos como Margaret Mead, Ruth Benedict, Eric Erikson, Frederick Hertz, que atribuyen la formación del “carácter nacional” a la educación. Por tanto, hemos querido seguir la trayectoria del proceso de ese empeño intencionado de formar al ciudadano mexicano: el estudio de la enseñanza de la historia vendría a ser, así, una vía para el entendimiento del “carácter nacional”.
Aun antes de enfrentamos a nuestra problemática, nos sorprendía el hecho de que en nuestras escuelas se transmitieran dos interpretaciones del mismo pasado, prácticamente opuestas. El abuso en la utilización de los símbolos nacionales (que recientemente ha merecido un nuevo reglamento) y la contradicción de las actitudes mexicanas ante lo extranjero, nos parecía que tenían relación con la forma en que se enseñaba la historia. Por entonces se nos ocurrió que el hedió de que la mayoría de los héroes mexicanos fueran personajes vencidos tenía un efecto en la psicología mexicana. Al advertir la complejidad del proceso, nos dimos cuenta de lo peligroso que era especular y tratamos de limitamos a seguirlo, aunque aquí y allá sugerimos posibles consecuencias de la forma en que se enseñaba la historia; éstas quedan apenas apuntadas, pero quizá un estudio como éste pueda servir de base para otros futuros de los estudiosos de las ciencias sociales, siempre más atrevidos en sacar conclusiones. Para un primer intento, la historia es tal vez el camino más adecuado con su finalidad limitada a comprender el proceso.
Apenas conseguida la independencia se intentó utilizar la escuela para formar un nuevo tipo de ciudadano de acuerdo con las aspiraciones del nuevo orden político, por eso la educación pública se convirtió en uno de los puntos de controversia entre liberales y conservadores. Una vez en el poder los liberales buscaron controlar la enseñanza básica, a pesar de que esto se oponía a sus postulados, para impedir la multiplicación de los mexicanos tradicionalistas, que se les aparecían como el más grande obstáculo al progreso. La Revolución dio al Estado la fuerza y los medios legales para un monopolio educativo, capaz de eliminar de la escuela toda interpretación que no fuera la propia, si bien en la práctica el Estado nunca ha llegado a hacer uso total de esos poderes. En fin, el decreto de 1959 que creó el texto gratuito y obligatorio, constituye un nuevo jalón en el viejo sueño de unificar la verdad histórica transmitida en la escuela primaria, fundamento de los sentimientos ciudadanos. (p.1-2)



Se comprende fácilmente que es en la definición o construcción de lo que Vázquez de Knauth llama la "verdad básica" donde está el quid de la cuestión, de ahí que sea el sistema educativo el que la transmite. El paso del "súbdito" (antiguo régimen) al "ciudadano" (post revolucionario) exige su fidelidad a las "ideas" y a la "historia" de sus "raíces" imaginadas, que sostienen el sistema. En un sistema de súbditos es la fuerza la que mantiene la sumisión, el castigo. Los sistemas posteriores necesitan unificar bajo unas ideas y símbolos a los nuevos ciudadanos, cuya lealtad al nuevo orden ha de quedar garantizada. La mejor forma de hacerlo es suministrar el paquete simbólico durante la etapa educativa y rellenar el espacio que le rodea de objetos que refuerzan esa visión. Esto es algo que implica desde poner los nombres de los héroes en calles y plazas hasta las estatuas, monumentos de los padres de la patria, como veíamos ayer en el ejemplo de la necesidad de inventar un origen mítico a Roma para emular a los griegos. En el futuro, otros imitarán a Roma por su sentido imperial, como ocurrirá al fascismo italiano. Roma necesitaba mitos; posteriormente Roma sería utilizada como referencia mítica.
Lo hecho por López Obrador tiene muy poco que ver con España o con la Iglesia católica, que ya le ha dicho que lo hizo hace tiempo. Tiene más que ver con cómo le deben ver a él los mejicanos y cómo quiere que los mejicanos se vean a sí mismo. Es decir, López Obrador busca distanciarse de sus predecesores, pues es una forma de decir ante los ciudadanos de su país que los anteriores presidentes no hicieron "lo que debían".


En realidad es lo mismo que hace Donald Trump cuando, para dar lustre a su nacionalismo populista, acusa a los presidentes anteriores de ineptos, de haber sido un mal para los Estados Unidos, etc. López Obrador crea una imagen de sí mismo a la vez que la crea de México. La polémica creada solo servirá para reivindicarse ante los ojos de los mejicanos, que en el fondo es el juego del poder. Le sirve para marcar distancias con sus opositores nacionales.
Es interesante la observación de Vázquez de Knauth sobre los efectos en la "psicología mexicana" de los "héroes vencidos". Me parece una observación inteligente sobre la construcción narrativa del nacionalismo y su función.
No es mi intención ir más allá del ejemplo sobre el funcionamiento de los discursos historiográficos, sus juegos de poder y de definición de un pasado para servicio del presente y sus intereses. Creo que los titulares generados, por ejemplo, en el diario El Mundo — "México. La traición de López Obrador mina la apuesta estratégica de Pedro Sánchez", "Historia. El director de la RAE e historiadores contra el "populismo cultural" de López Obrador", "Beatriz Gutiérrez Müller. La primera dama de México, la historiadora que mueve los hilos"— o en ABC — "Los historiadores desmontan la ofensiva populista del presidente de México contra Hernán Cortés", "Las falacias históricas sobre Hernán Cortés del presidente de México"...— son suficientemente ilustrativos de cómo puede acabar esta trifulca historiográfica en un momento delicado para España. Me refiero concretamente a la afirmación nacional para combatir la narrativa secesionista en Cataluña, amenaza real a la convivencia, más allá de los juegos de afirmación del presidente López Obrador tras su llegada al poder.
En su obra Usos y abusos de la Historia, la historiadora canadiense Margaret MacMillan escribió sobre esta cuestión de las disculpas:

Las palabras son baratas, aunque pueden conducir a exigencias caras, y a los políticos les gusta aparecer como personas humanitarias y sensibles. Además, las disculpas sobre el pasado se pueden usar como excusa para no hacer mucho en el presente.
[...]
Si miramos demasiado al pasado y enredamos con la Historia mediante disculpas, el peligro es que no prestemos la atención suficiente a los problemas arduos de hoy en día. También existe el peligro, y un cierto número de líderes de minorías así lo han señalado, de que concentrarse en agravios pretéritos sea una trampa, y que así los gobiernos y grupos eviten enfrentarse a los problemas plantándoles cara ahora. (cap. 2, pp. 26-27)



Antes de que España fuera España, el espacio que hoy ocupamos fue invadido por romanos, godos de todo tipo, árabes, franceses... Según la narrativa del Estado Islámico, Al-Ándalus les fue robada y advierten que volverán, considerando su califato hasta los Pirineos. Como prueba de ello, muestran la mezquita de Córdoba y suspiran con las postales de Granada y dicen recordar el olor de los naranjos. Tienen su narrativa, como los demás. Pero, como dice MacMillan, las palabras son baratas. Eso sí, en ocasiones salen muy caras.
Las polémicas muestran precisamente lo señalado por Josefina Vázquez de Knauth o MacMillan. Los discursos historiográficos tienen como función política la creación de esa verdad básica. El problema es cuando una narrativa entra en conflicto con otra. La propuesta de López Obrador de escribir una historia conjunta (no es original) abre más conflictos que la más sencilla de tener cada uno la suya y, si te llevas bien, dejar de meterte con los demás.
En España estamos en plena agitación historiográfica con historiadores negacionistas y con historiadores-ficción. Por eso, el efecto López Obrador ha sido llevar a los titulares de El País el desenterramiento de soldados cristianos caídos a manos de los almohades, noticia que apenas habría salido a la sección de "cultura". Ahora algunos periódicos crean una sección rotulada como "Historia", lo que no deja de ser preocupante si está destinada no a la ilustración sino al ardor guerrero o a la agitación.


No están los tiempos para interpretaciones airadas, sino para discursos reflexivos y con intenciones de no crear nuevos conflictos, que ya tenemos muchos.
La Historia es apasionante y necesaria. Por ello, si ha de servir para la verdad básica sobre la que construir la convivencia y el sentimiento nacional, cuanto menos se manipule mejor. La reivindicación de los historiadores profesionales no es suficiente, pues siempre hay hábiles manipuladores, creativos intérpretes de los textos que son capaces de manipularlos y destinarlos a crear conflictos.
La verdad básica no es una verdad, puede ser un mito, una aceptación de los puntos sobre los que construir. Ya estudió Michel Foucault cómo el poder posee esa voluntad de verdad, que es la capacidad de definir lo que es "verdadero". Eso es lo que decía Josefina Vázquez de Knauth que era preferible dejar a otros discutir. Y nada, como señalaba, lo define mejor que el libro de texto oficial. Ahí está la "verdad". Por supuesto, es modificada con cada cambio de régimen o de gobierno, si no hay acuerdo.


Lo mejor del pasado es que pasó. En España padecemos una cierta fiebre historiográfica por motivos evidentes; son los que llevan al partido de la ultraderecha a hablar de "reconquista" o a los secesionistas de "invasiones". Por eso lo dicho es importante. Puede que las palabras sean baratas, pero no por ello dejan de tener consecuencias. Es triste ver cómo la gente entra al trapo de la Historia y se olvida de lo mucho construido en común.
La Historia está llena de conflictos. Entrar en ella para volver a crear tensiones no es una forma inteligente de gestionar el pasado. Lo que ha hecho López Obrador, se hace aquí cada vez que alguien llega al poder. No es un consuelo ni una disculpa, sino una triste constatación.


— Josefina Vázquez de Knauth (1970). Nacionalismo y educación en México. El Colegio de México, México.
— Margaret MacMillan (2010) Juegos peligrosos: Usos y abusos de la Historia. Ariel, Madrid.

martes, 26 de marzo de 2019

Historia/s

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Si hay un campo de complicada interferencia entre lo mundano y la investigación científica es la Historia. Quizá por eso ningún otro campo tiene tanta necesidad de reflexionar sobre sí mismo, sobre sus condiciones y naturaleza que la Historia, siempre bajo sospecha. Puede que haya otros campos con necesidades parecidas, pero pocos con la misma trascendencia.
Reconocerse como "historiador" puede tener graves consecuencias si se gestiona mal, como le ha pasado al candidato del partido de extrema derecha cuando se ha puesto a dudar de lo que la práctica totalidad de los historiadores están de acuerdo. Como "historiador", tenía su propio público, pero los aplausos de aquellos que escuchaban lo que querían oír no llegaba más allá de los mítines y encuentros de refuerzo ideológico. Pero el caso nos enseña que todo grupo necesita de aquellos que les garantizan un pasado acorde con sus deseos.
La llamada "crisis de la Historia" es de gran profundidad pues no la anulaba, sino que la sometía a permanente escrutinio, concediéndole un estatus interpretativo que no se pierde por más que trate de buscar datos más fiables, como la historia económica u otras formas.

Hacía bien Keith Jenkins en su obra Repensar la Historia en recomendar a todo el que se acerque a su aprendizaje profesional en someterla la separación entre "pasado", lo que se ha ido y del que solo quedan "huellas", restos, y el discurso historiográfico, una forma de narración que juega con esos restos integrándolos en diferentes formas de textos. La senda ya la había marcado Hayden White, el profesor, filósofo e historiador norteamericano, con su obra Metahistoria, a principios de los 70. La aplicación de lo aprendido en la nueva crítica literaria, los enfoques textuales sobre la "cultura" y su construcción, sobre cómo la cruzan los flujos semióticos para darle las texturas de cada tiempo alentó una necesaria reflexión sobre un elemento esencial de la Historia y su carácter performativo. Es decir, el discurso histórico no solo contaba, sino que creaba la Historia en un acto simultáneo del decir y el hacer. Reinhart Koselleck también plantearía los problemas de la Historia y el lenguaje que la describe, con especial atención a los cambios semánticos, influido por la hermenéutica gadameriana.
Gracias a la necesidad de los populismos nacionalistas de crear su pasado al escribir su historia (una forma clara de performatividad), la cuestión vuelve a estar otra vez sobre los tableros académicos y políticos. Al hilo de la necesidad, surgen obras de historiadores que complementan la petición de un pasado acorde con las necesidades presentes para su uso político.
Leyendo estos días una obra de la académica mexicana, la historiadora Josefina Vázquez de Knauth, su Historia de la historiografía que con enorme perspicacia ya señalaba la función del discurso historiográfico en las tempranas fechas de 1965. 
La profesora e investigadora realizó una rica síntesis de la evolución del discurso historiográfico en Occidente, señalando ya los peligros de la parcialidad de la mirada desde un punto y la necesidad de un mirar más amplio de la propia Historia. Es algo que hoy se plantea en muchos campus, la necesidad de una "historia universal", de enorme complejidad pues la historia es conexión e interpretación, que es lo que da sentido al discurso. No es fácil conectar lo que hemos considerado separado y no es fácil interpretar desde distintos marcos culturales.
En su introducción ya hacía la profesora Vázquez la distinción necesaria que más de veinte años después Jenkins considerará esencial:

En varios idiomas, y el nuestro entre ellos, la palabra historia, derivada de la istoría de Herodoto, sirve para designar principalmente dos cosas. En primer lugar, lo pasado, los hechos ocurridos, lo que más precisamente podríamos llamar lo histórico. En segundo lugar, entendemos también como historia el relato de esos hechos, la historia narrada, lo que nosotros denominaremos historiografía, es decir, historia escrita. Nos quedaría para la palabra historia todavía un último significado, el concepto de ese pasado en una forma total. De esta manera, entendemos que la historiografía intenta aprehender lo histórico y contiene generalmente ese concepto total, que varía de época a época, según las necesidades del momento y la visión del mundo y de la vida. Por eso resulta apasionante seguir el proceso vivo de la historiografía y observar en cada momento histórico a través de ella las relaciones vitales que el hombre tuvo con su pasado. Así podemos entender el sentido profundo de la historia y la importancia que ha tenido y que tiene, quizá ahora más que nunca.*


Lejos de considerar la historia como inmutable o verdadera, Vázquez de Knauth considera que el viaje en el tiempo — ese proceso vivo— nos permite comprobar las variaciones de puntos de vista, de evaluación, de interpretación de los hechos en un proceso que podríamos considerar casi homeostático, es decir, de reajuste de las condiciones para los fines que se le van dando.
Esas relaciones variables "del hombre con su pasado" son precisamente las que permiten comprender la historicidad de la Historia, es decir, el acoplamiento de los discursos historiográficos con el momento en el que se producen.
El repaso breve que Vázquez de Knauth realiza sobre los historiadores de cada periodo —Grecia, Roma, la Edad Media, el Renacimiento...— hasta llegar a su propio momento, deja destellos de intuiciones y observaciones que nos resultan hoy muy pertinentes en este olvido interesado de la Historia y de la reflexión historiográfica.
Me han resultado especialmente interesantes algunas de las cuestiones que plantea sobre el sentido romano de la Historia y la función que se le atribuía en contraste con lo ocurrido en los diversos periodos en Grecia.

Los romanos, aunque tuvieron en sus manos un tema de tan grandes proporciones, no nos han legado ninguna gran figura historiadora. No es que necesariamente se debiera a falta de interés en el pasado; sabemos por Cicerón cómo los nobles romanos gustaban verse ensalzados en poesías que cantaban las hazañas de sus antepasados y con qué cuidado conservaban constancia de toda clase de hechos en los anales. Con seguridad se debe a lo obscuramente que surgió el pueblo romano, sin los elementos heroicos de los cuales se había desprendido la historia griega. El elemento legendario de la historia romana es un producto artificial, elaborado tardíamente bajo la inspiración de la mitología griega, cuando iniciada la conquista del Mediterráneo, sintieron la necesidad de explicar sus orígenes.
Por otra parte, la historiografía romana tropezó constantemente con un gran obstáculo: siempre estuvo al servicio de la política. Y hay que anotar que el pragmatismo del romano no buscó la lección que señalaba la fatalidad con que la historia repetía sus hechos. La tendencia práctica del romano convirtió a la historia en un apoyo para los estadistas y los oradores que querían justificar sus acciones o, las más de las veces, en la necesidad que sentían los historiadores de justificar la grandeza romana.
De esta manera, el historiador se tuvo que enfrentar a su tarea con una pauta preconcebida; el relato tenía que conducir necesariamente a colocar a Roma como corolario del proceso histórico. Con ello la historiografía romana, prácticamente da la idea de haber llegado a su meta: la grandeza de Roma según voluntad de los hados. Este empeño tan político, que limitó en muchos aspectos la historiografía hacía, sin embargo, que el héroe de las hazañas fueran no ya los personajes particulares, sino el pueblo romano en anónimo.*


Creo que los tres párrafos citados son notables y dignos cada uno de ellos de servir para muchas obras de estudio. Verlos juntos, con tanta elegancia y sencillez, es algo que explica la trayectoria de su autora.
El primero de ellos entra en señalar la diferencia entre los hechos de los que se conservaba nota, los anales, y lo que es un discurso historiográfico en el que los hechos aislados encuentran encaje y explicación. Los anales pueden contar lo que ocurrió, pero con eso solo se guarda memoria. El "conocimiento" no viene del recuerdo en sí, del dato, sino de lo que hacemos con él, de cómo lo integramos en un sistema.
Pero es la segunda parte del párrafo la que atrae nuestra atención: la necesidad de la invención de un origen mítico para la fundación de Roma por imitación de la griega. Se revela aquí el carácter performativo: el discurso mítico creó el origen, que pasó a convertirse en la verdad del origen. Se hizo mediante la creación de objetos que creaban la leyenda de Rómulo y Remo. Es una leyenda hacia atrás. No es algo que nos llega del pasado, sino algo que enviamos hacia el pasado con una mano para recibirlo con la otra.

Para aquellos que se sorprendan, diremos que los nacionalismos decimonónicos y algunos actuales actúan de la misma forma, mediante la creación de los orígenes de la "nación" recién creada que sitúan en un punto clave desde el que comenzar la Historia, es decir, empezar a contar hasta llegar al momento presente.
Ya sea para unirse o para separarse, la Historia es invocada. Esto nos lleva al segundo párrafo, la dependencia política de la historiografía romana. Los que escribían lo hacía en su mayoría para decir lo que otros querían escuchar... y usar. La Historia no solo aglutina sobre un concepto o un momento de origen, sino que ese momento es manipulado al servicio de los intereses de un grupo, casta o individuo que lo va a invocar como realidad y como necesidad. Estos dos últimos conceptos son esenciales, pues si el primero lo hace incontestable, el segundo lo hace ineludible: pasará lo ha de pasar.
Lo inevitable de la Historia nos lleva al truco desvelado del tercer párrafo: todo lo pasado nos lleva en volandas hasta hoy. Es la justificación del presente, un presente desde el que se escribe y al que se da forma de manera complementaria al pasado. Hablar del pasado no solo lo crea, sino que es el momento de la escritura el que queda justificado por la trayectoria descrita.
Aquellas formas de la Roma de antaño, las podemos ver también hoy. Basta con mirar nuestros titulares de prensa de hoy para entender que la Historia no es lo que ha ocurrido, que ya es inevitable, sino el discurso que lo interpreta, que le da forma en función de satisfacer necesidades e intereses de hoy.
Roma necesitaba de un origen mítico, necesitaba el prodigio convertido en mito que sirviera al pueblo romano a seguir adelante sin complejos ante Grecia. Reconoce Josefina Vázquez de Knauth en la historiografía romana el valor de Cicerón, que reflexiono sobre su papel en la sociedad y en la vida.


Ante la condena de la Historiografía a ser arma arrojadiza, los historiadores actuales se rebelan. Ponen la profesionalidad, la reflexión sobre su trabajo, etc. como defensa de su actividad. Con todo, hay enormes diferencias entre lo que son los límites del conocimiento y lo que es la manipulación interesada. Como en muchos otros campos, la honestidad debe ir junto al método. 
La necesidad de construir discursos históricos está presente en nuestra búsqueda de identidad creando las raíces, en la justificación de nuestra situación o en la explicación de nuestros actos. La Historia no se busca solo por el pasado; busca su rentabilidad en el presente.



Josefina Vázquez de Knauth (1965). Historia de la historiografía. México, Utopía, 1975.

sábado, 23 de febrero de 2019

Basado en hechos reales o la realidad no cabe en la Historia

Joaquín Mª Aguirre (UCM) 
El historiador Keith Jenkins nos advierte de las trampas del lenguaje cuando confundimos con el término "historia" los hechos ocurridos y el relato que los describe (agrupa e interpreta). Es cierto que eso lleva a confundir los planos considerando que la historia (discurso) y los hechos son lo mismo. No es así. De los hechos sabemos más o menos; se trabaja muchas veces bajo mínimos y se interpreta a partir de lo conocido, cuyas fuentes muchas veces son otras formas de relato (documentos, testimonios) que a su vez son contradictorias, sometidos a errores interpretativos, parciales, etc. Por eso los historiadores profesionales son tan celosos de su trabajo. Está expuesto a la mala interpretación, al mal uso y a la manipulación.
El estatus de la historiografía, del discurso histórico, ha sufrido una necesaria y permanente autocrítica que desembocó en un gran enfrentamiento entre aquellos para los que la Historia tenía su verdad inamovible y aquellos para los que la Historia era la forma de llamar a nuestra precepción de lo pasado frente al intento de detenerla, por un lado, y de manipularla de forma constante, por otro.
Como ocurre con tantos otros campos, los académicos no tienen la exclusiva de la producción del marco del pasado. Antes que la Historia académica en sí, existió la "novela histórica", con sir Walter Scott al frente, convertido en enorme best seller de la época, pero más allá de su éxito como novelista (anónimo, cierto), lo cierto es que desarrolló el gusto popular por el pasado y le dio forma entremezclando lo novelesco con los actos del pasado.
Hace unas décadas comenzó el interés de nuevo por las novelas históricas y todavía hoy continúa. Basta con ver los listados de éxito para comprender que el fenómeno sigue vigente.

El cine también ha tenido su papel en la transmisión y gusto por el pasado. Nacido con una vocación natural por el presente que se encuentra ante la cámara, pronto trasformó el presente para recrear un pasado que no siempre ha sido del gusto de los historiadores profesionales aunque sí del de los espectadores.
Disponemos en la pantalla actual de varios ejemplos de formas de afrontar nuestra relación con lo acontecido, de recrear nuestra forma de ver el pasado, que puede ajustarse más o menos a lo ocurrido desde diferentes criterios. Hay dos películas sobresalientes por sus características esenciales —dirección, interpretación y guión—, me refiero a "La favorita" (Yorgos Lanthimos 2018) y "María, reina de Escocia (Josie Rourke 2018)
Lo sorprendente para algunos es que el director de La favorita les puso a sus actrices tres clips de tres comedias que no es lo que podríamos pensar: La extraña pareja (Gene Sacks 1968), La fiera de mi niña (Bringing Up Baby, Howard Hawks 1938) y ¿Qué me pasa, doctor? (What's Up, Doc? Peter Bogdanovich 1972), según relatan las actrices protagonistas en la entrevista para la IMDB.
Son tres comedias basadas en los diálogos "chispeantes", en el enfrentamiento entre dos caracteres opuestos a través del diálogo. Ese era el clima que Lanthimos, un gran guionista anteriormente premiado, quería tratar en su ¿drama, comedia? La misma IMDB ha mantenido ambas etiquetas (tags) para clasificarla con un resultado extraño: "Biography, Comedy, Drama".


Los tres elementos parecen estar en contradicción, ya que la "biografía", cercana a la historia, aparece como un extraño elemento entre otros dos que aparentemente se encuentran separados, hasta ser considerado como géneros opuestos. Pero no hay contradicción. Los géneros no preexisten a los textos más que cuando se decide encuadrar la obra dentro de ellos. Este filme escapa a las clasificaciones, como lo hace la vida misma. ¿Por qué no, si la Historia es una forma de discurso narrativo, no se puede escribir desde otro tipo de géneros? Si Truman Capote buscaba una "novela-verdad" con su A sangre fría, ¿porqué no ir en la otra dirección? ¿Implica falsedad el tono empleado?
La referencia a los géneros cinematográficos (y teatrales) muestra una voluntad clara al tratar la "materia histórica"; esta es la percepción y el tono que se traslada a la escritura fílmica.


Otra obra destacable es "María, reina de Escocia", llevada de forma distinta e igualmente eficiente. Con una interpretaciones sobresalientes, toda la película está construida para llegar al momento cumbre, el encuentro entre las dos reinas, momento en el que nos encontramos con un tratamiento estético muy diferente al que hemos visto anteriormente. Al realismo mostrado anteriormente, le sucede un momento de lirismo que muestra el trasfondo de la situación.
Ambas obras nos llevan al pasado, pero sabemos que estamos tratando problemas del presente. Son obras políticas, situadas en el centro de la cuestión del poder, abordado desde la perspectiva de unas mujeres que nos revelan los límites o la naturaleza del poder en su sentido más profundo y amplio, del pueblo a la vida de las personas. Ambas tratan de ofrecernos (y lo logran) un análisis de las condiciones del poder. Ya sea bajo el ropaje de la comedia o bajo el del drama histórico, nos hablan de hoy, a las personas de hoy. El pasado es una excusa para entendernos mejor y aprovechar para conocer un mundo no tan distante como parece. ¿O se trata de un espejismo y nunca salimos del nuestro?
Otras dos películas tienen que vérselas con el presente próximo. Son "El vicio del poder" (Vice, Adam McKay 2018) e "Infiltrado en el KKKlan" (BlacKkKlansman, Spike Lee 2018). Ambas están llevadas como comedias disparatadas. ¿Es la forma de tratar los hechos cercanos? Es, desde luego, una forma de hacerlo.

Ambas están basadas en hechos y personajes reales, tanto como un Vicepresidente de los Estados Unidos, un Dick Cheney convertido en centro de una película que acaba mostrando que la realidad contada es puro cuento. Allí donde la película de Spike Lee se acoge a unas formas genéricas más "tradicionales" para contar la historia real del infiltrado en el KKK y las conexiones del racismo profundo con los Estados Unidos de Donald Trump, la película de Adam McKay elige otra muy distinta: una narración jugando con el propio lenguaje cinematográfico e introduciendo formas de distanciamiento hasta llegar al absurdo, en un sentido pleno. Ya no necesita explicar nada, indagar, sino crear unos efectos de choque a través de las situaciones y las palabras que se dicen. Si eran unos embusteros que engañaron a todos, ¿qué necesidad tenemos de escuchar lo que dijeron? ¿No sería mejor escuchar lo que no dijeron, pero pensaban? Los efectos de la película en este sentido dejarán a más de uno sorprendido, como la escena de la visita el club, con las ofertas por parte del maitre y sus peticiones, o el falso cierre de la película.
Hace unos pocos años el panorama era muy diferente. Ha habido dos películas sobre el presente cercano, Spotlight (Tom McCarthy) ganadora del Oscar a la Mejor Película en 2015, con una forma casi documental, sobre los abusos sexuales en la diócesis de Boston, y Los papeles del Pentágono (The Post, S. Spielberg 2017), que han seguido una estrategia más documental, tratando de acercar los filmes a géneros más cercanos documentales y biográficos. Es la misma línea que se ha seguido para la película estrenada este fin de semana, Una cuestión de género, sobre la vida de la jueza Ginsberg, una figura esencial en el desarrollo de los cambios legales en las políticas de defensa de las mujeres en los Estados Unidos.


El plano final de esta última nos muestra a la actriz subiendo las escaleras y termina con el cambio a la persona real, a la jueza Ginsberg. La película reconoce a la persona y el deseo de contar su vida como un ejemplo de honestidad y dedicación a la causa de la igualdad. Ese plano es el "sello de realidad" que se nos ha ofrecido.
Desde hace dos años, la vida política norteamericana se ha convertido en un circo. La llegada de Donald Trump a la Casa Blanca ha hecho de la vida espectáculo. Los historiadores tendrán que explicar  —si no huyen de la realidad— el fenómeno ocurrido en este periodo en el que los humoristas han logrado convertirse en historiadores del presente con sus imitaciones de Trump, con sketchs en los que igualaban la excentricidad presidencial, sus maneras y forma de expresarse. En el futuro, los actores tendrán dificultades para interpretar a Trump de una forma "seria". Puede que les pase lo mismo a los historiadores; puede que el género histórico, el documental, etc. no puedan albergar una realidad como la de Bush, Cheney o, en especial, Trump, ignorando esa percepción que tuvieron en su tiempo de ellos.


Acostumbrados a vivir la Historia con seriedad, quizá hemos dejado fuera los elementos que Charles Dickens ya consideraba entreverados, la comedia y la tragedia. Los hechos son los que son, pero la manera de contarlos, la manera de transformarlos en distintas formas de escritura parece ampliarse más allá los géneros convencionales.
Durante un tiempo, la Historia era el teatro, los dramas con los que Lope, Shakespeare, Schiller o Goethe hacían subir a los escenarios a los personajes reales. Ellos dieron forma a la Historia. Los novelistas y periodistas dieron forma también al pasado y al presente a través de sus formas de escritura, de la entrevista al reportaje.

No todo lo que es arte es ficción. Hay muchas formas de narrar y contar. "Basado en hechos reales" es la forma en que muchas películas nos informan sobre lo que vamos a ver. A veces no sorprenden con su tono o con aquello que nos cuentan. ¿Deberían llevar los libros de Historia también ese mensaje al inicio, basados en hechos reales, para dar cuenta de su carácter incompleto?
¿Es "Historia" o alguna forma de historia? Es un tipo de discurso que se somete al juicio público. Curiosamente, la película que más debates sobre lo cierto o no de lo que se mostraba ha sido la película Bohemian Rhapsody, un biopic sobre el cantante del grupo Queen, Freddie Mercury. Pero el hecho de que se pudieran enumerar los errores implica que también se aportaban elementos correctos. Quizá nuestro conocimiento del pasado es así, incompleto y fraccionario, construido por discursos y géneros diferentes.
La película Spotlight incluía en su cartel anunciador un lema con un brillante juego de palabras: "Read between the lies". Quizá ahí esté parte de la explicación del fenómeno. 
La mentira se ha hecho consustancial en un universo tomado por la comunicación, un mundo que ha saltado de la realidad al escenario o plató, un mundo de pantalla. Cuando la realidad se convierte en puro teatro, ¡cuál es el lenguaje más adecuado para describirla? Puede que ese sea el gran éxito de SNL y demás programas que recrean lo que se nos ofrece con otra vuelta de tuerca. Y quizá sea eso lo que ha animado —dentro del delirio actual— a que el presidente les amenace con pedir comisión por las parodias, según cuenta la CNN.


El discurso sobre la Historia, creo que esto es claro, no es exclusivo de los historiadores profesionales y nunca lo ha sido. Sin embargo sí está bien que ejerzan como correctores de aquellos aspectos que no sea claros o nunca pudieron haber sido. 
La tarea de los historiadores es cada vez más difícil, pues su trabajo ya no consiste en buscar documentación, sino en no dejarse arrastrar por océanos de documentos elaborados muchos de ellos por expertos en comunicación, personas con la misión de tapar agujeros, rellenar vacíos y hacer parecer presentables las indecencias. Ser conscientes de la Historia misma no hace posar en demasía, interpretar el papel que hemos elegido o para el que nos han seleccionado en el casting de la política.
Hoy, cuando la realidad tiene guionistas, no tiene nada de particular que se entienden mejor muchas cosas desde la parodia o el exceso. La historia nos habla con el lenguaje de la época que la escribe.