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martes, 7 de julio de 2015

La nueva muerte de Farkhunda

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
The New York Times nos trae de nuevo la muerte que sacudió Afganistán. Farkhunda, la joven que fue brutalmente linchada tras recriminar a un vendedor de amuletos que estuviera estafando a la gente a la puerta de una mezquita de Kabul. El piadoso estafador se puso a gritar acusándola de haber quemado unas páginas del Corán. La muchedumbre no necesitó más prueba y se abalanzó sobre ella golpeándola, arrastrándola hasta arrojarla a un vertedero de basuras en el lecho seco de un río, donde fue quemada. El crimen sacudió las conciencias de una parte de la sociedad y la hizo enfrentarse a su propia brutalidad en el centro de la capital, no en una aldea alejada e ignorante.
La muerte brutal de Farkhunda, registrada a través de decenas de grabaciones con los teléfonos móviles de los que disfrutaron del piadoso espectáculo, mostró que los avances en la sociedad afgana son superficiales y que la violencia contra las mujeres forma parte de unas raíces que la tranquilidad enmascara. Basta el más mínimo incidente para que esta se dispare, fulminando a la que se atreva a desafiar al poderoso varón que usa la religión como un arma contra ella.


El caso, señalamos en su momento, es un paradigma de la violencia que usa la religión para defender sus falsedades y volver contra la mujer cualquier desafío. La graduada en Estudios Islámicos, la ilustrada Farkhunda, era una amenaza que había que eliminar y se recurrió al plan más inmediato, el que siempre funciona: acusarla frente a la multitud de quemar el Corán. La irracionalidad de los piadosos se manifiesta en esa violencia súbita, impune. La muchedumbre tomó posiciones unánimes inmediatamente. La mujer era culpable sencillamente porque no es creíble.
Señalan en The New York Times:

But Farkhunda was soon transformed from a pariah into a martyr as it emerged that she had been a pious student who had been trying to rid shrines of superstition.
Officials at the Ministry of Religious Affairs declared her innocent and pledged an ambitious campaign to carry on her effort to rid shrines of fortune tellers. At her funeral, women, not men, carried her coffin to her grave. And young men staged a re-enactment of her murder, in a searing political demonstration intended to pressure the government to prosecute her actual killers.*


Pero lo que había sido una rápida reacción ante el escándalo que supuso su muerte y las circunstancias en las que se produjo —la total indiferencia, la sencillez del mecanismo—, pronto comenzó a cambiar mostrando la fragilidad de la mujer en una sociedad cuyas raíces patriarcales son profundas. Si Farkhunda pasó de criminal a mártir, las aguas vuelven a su cauce oscuro y los caminos se van desandando en un regreso a la normalidad de la agresión, demostrando lo poco que se avanza, que se puede morir dos veces.

Initially, at least, the case unfolded with an unusual degree of transparency. The courtroom proceedings were at first televised, a rarity for a court system built with Western support that has earned a reputation for being corrupt and opaque.
In May, the court issued death sentences for four men: the shrinekeeper who appeared to have sealed Farkhunda’s fate with his accusation and three other men in the mob believed to have been among her most vicious assailants. That trial also resulted in eight other defendants receiving prison terms of 16 years. 
But this week — most likely on Wednesday, although the timing is unclear — an appellate court overturned those death sentences in a proceeding that Farkhunda’s advocates have described as secret and possibly the result of political meddling.
The appeals court’s decision “completely undermines the rule of law in Afghanistan, and it completely undermines women’s rights in Afghanistan,” said Kimberley Motley, the lawyer who represented Farkhunda’s family at the trial. “This case presented a wider issue than Farkhunda being murdered, as heinous as that was. This case was about the future of Afghanistan: whether it is going to be a country that accepts mob violence or a country that rejects it.”*


Una vez más queda en evidencia la resistencia social a las transformaciones y la solidaridad negativa que los estamentos regidos por un poder patriarcal mantienen. La culpabilidad frente a los crímenes cometidos contra las mujeres es siempre circunstancial y relativa. El sistema ha ido construyendo una serie de salidas o escapes mediante los cuales se puede salid indemne de cualquier acusación. La tradición se ampara en la tradición. Y la tradición dice que el mundo es masculino y que siempre se puede llegar a un arreglo cuando se trata de los daños hechos a las mujeres. Ninguna mujer vale la vida de un hombre; ese es el principio esencial del patriarcado y sobre esa idea de inferioridad, de igualdad imposible, gira todo el sistema.
Sí, efectivamente, el caso pone sobre la mesa el futuro de Afganistán. Pero la idea de futuro no significa nada para una mentalidad estática que considera que su perfección está ya definida, que su camino están marcados y que cualquier desvío de ellos lleva al desastre o la perdición.
Las agencias de noticias afganas nos informaban de las manifestaciones ayer en Kabul:

A demonstration was organized in capital Kabul today to protest against the court ruling that overturned the death sentences for four men convicted for taking part in the mob killing of Farkhunda over false Quran burning allegation.
Dozens of people including women activists participated in the demonstration which was staged outside the Shah Do Shamshera shrine where the woman was brutally murdered.
The appeal court overturned death sentences for four men by sentencing three of them to 20 years in jail and another one to 10 years in jail.**


La Justicia afgana ha desaprovechado una ocasión de demostrar que algo habría cambiado. Sin embargo no es así y el mensaje que ha enviado es que es posible ir cambiando las condenas hasta lograr que quede en una falta que posibilite la liberación de los asesinos piadosos.
El valor emblemático del caso es que mostró en toda su transparencia y brutalidad la mente que subyace bajo la apariencia de la transformación. La esperanza está en esa discrepancia de activistas, de jóvenes que sigan enfrentándose a la brutalidad e irracionalidad del sistema. Hoy reproducen simbólicamente en Kabul y otras ciudades el crimen contra Farkhunda. Lo hacen estudiantes en plazas y calles, en un ritual que enfrenta a la sociedad a su brutalidad.


Las mujeres tiñeron sus rostros de rojo para manifestarse contra el crimen. Reproducían simbólicamente el rostro golpeado, tumefacto de Farkhunda. Desgraciadamente, Farkhunda vuelve a ser hoy asesinada, esta vez no por la turba enloquecida sino por las decisiones de los jueces que reducen el precio que hay que pagar por el asesinato. El mensaje es claro con cada reducción de la pena. Cuanto más se reduzca, en menos se valora el crimen contra las mujeres.


The New York Times termina su artículo recogiendo la irritación de la familia ante las manipulaciones de los jueces, que evitaron que asistieran a esta parte del proceso, en la que debían estar presentes. Recoge el testimonio del abogado que señala haber sido presionado para no seguir con su defensa. Y termina dando voz a aquellos a los que no les parece mal las reducciones de las penas a los acusados:

But other government officials said the appeals court’s ruling was appropriate. Shahla Farid, a law lecturer who was part of the government commission to investigate Farkhunda’s death, said “20 years in jail seems a fair judgment.”
Ms. Farid said she had opposed death sentences from the beginning, in part because the mob that killed Farkhunda was full of young, poorly educated men “who could be reformed and come to realize the wrong they had committed.”*

Debería explicar el señor Farid cuál es la educación que considera "adecuada" para no matar a la gente, en especial a las mujeres. Igualmente explicar si esa "pobre educación" era las que les había llevado a las puertas de la mezquita para obedecer las instrucciones de un vendedor de amuletos. Durante y después del crimen se mostraron orgullosos y satisfechos por el "mal" cometido, que ellos entendían como un "bien" y que probablemente sigan entendiendo. Los cientos de terribles, terribles imágenes tomadas con los móviles, fotos y vídeos, atestiguan que aquellos fue un grato espectáculo para los asistentes y participantes más activos.


Evidentemente no se trata de la pena de muerte en sí, sino de ver la hipocresía de un sistema que retransmite por televisión el juicio con unas penas para después cambiarlas en la trastienda, lejos de cámaras y observadores. Esas reducciones de penas se irán intensificando en el futuro, con discreción, hasta quedarse en nada. El mensaje para los "ignorantes" ya está mandado: matar mujeres no sale caro.
Pero la imagen ensangrentada de Farkhunda, mirando a la cara a sus atacantes, ha quedado grabada en la mente de mucha gente. Los símbolos unen y cada nueva afrenta contribuirá a fortalecerlos. Y Farkhunda es ya un símbolo contra esa ignorancia que se usa para justificar su muerte. El problema es que esos ignorantes se creen sabios y justos.

* "Afghanistan Said to Overturn Death Sentences in Woman’s Lynching" The New York Times 2/07/2015 http://www.nytimes.com/2015/07/03/world/asia/death-sentences-in-lynching-of-afghan-woman-reportedly-overturned.html

** "Protest in Kabul after court overturns death sentences in mob killing of Farkhunda" Khaama Press 6/07/2015 http://www.khaama.com/protest-in-kabul-after-court-overturns-death-sentences-in-mob-killing-of-farkhunda-1252










miércoles, 13 de mayo de 2015

Valientes

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
La sangre derramada de Farkhunda sigue teniendo consecuencias en Afganistán. El brutal linchamiento de la joven por una multitud incitada a la venganza por la falsa acusación de haber quemado páginas del Corán ha despertado la conciencia de muchos y el temor de otros. Las mujeres que han salido a las calles a recordar a la mujer asesinada por la ira de los piadosos han pintado sus caras de rojo, tal como las fotos tomadas a la joven la mostraban. Su rostro ensangrentado se ha convertido en un signo de rebeldía en quienes la imitan en su denuncia del fanatismo. Ya es un símbolo y los símbolos se extienden y no es fácil pararlos.
Esto, evidentemente, no gusta a muchos que llevan mucho tiempo manejando el fanatismo a su antojo, presentándose como moderados frente a quienes les interesa y como radicales defensores de la tradición cuando atisban signos de que la sociedad pide cambios y ya no están dispuestos a que sigan manipulándolos o amenazándolos.
Hay mucha hipocresía entre los que se presentan como "moderados". Solo asistimos a un fariseo juego de poder. Los radicales les disputan el control de la sociedad y ellos aprovechan para convertirse en preferibles, pero en modo alguno se trata de una "apertura" sino solo una disputa interna por lo que siempre se ha luchado, por el control social. No hay nada como la brutalidad para hacerte brilla como opción moderada.


El diario Egypt Independent nos traía una noticia de Reuters (también en el contexto egipcio tiene una lectura interesante) sobre la situación afgana tras la muerte de Farkhunda y los movimientos sociales de rechazo que se están produciendo:

Powerful religious leaders in Afghanistan are growing uneasy about the challenge to their authority posed by rare civil rights protests in Kabul and widespread anger over the lynching of a young woman wrongly accused of burning a Koran.
The highest religious authority, the Ulema Council, exerts considerable influence in a country that remains deeply conservative despite significant changes since the hardline Islamist Taliban fell in 2001.
But a series of demonstrations in the capital Kabul promoting women's rights has prompted the clerics to threaten to withdraw support for President Ashraf Ghani in a challenge to his new government.
Some Ulema members say that Ghani, who took office in September, has failed to consult with them and seek their advice to the same extent that his predecessor, Hamid Karzai, did.
Numbering some 3,000 clerics and scholars, and headed by a 150-strong National Council, the Ulema can sway public opinion significantly through mosques across the country that are still the main source of Afghan social cohesion.*


La preocupación porque las mujeres puedan manifestarse por sus derechos preocupa a los que creen que esos derechos deben ser pocos y que existen límites que son infranqueables. Si pides poco, son moderados; si exiges mucho, son radicales. Son conceptos en clave interna, relativos, no en términos reales. Cuando, por ejemplo, en Egipto los "moderados" de Al-Azhar han sentido que la gente exigía más renovación, han autorizado a los salafistas, más "radicales" a predicar contra los enemigos. Es como ser pacifista en tiempo de paz y convertirse en belicista a las primeras de cambio.
Lo que ocurre en Afganistán tiene peor cariz. Las críticas obvias que surgen por el asesinato de Farkhunda y las circunstancias que se dieron, la apatía de la policía que lo consintió y las posteriores reacciones justificativas que obligaron a ceses de ministros y altos funcionarios, muestran que el sistema no quiere perder un poder que lleva siglos manejando.
Señala el diario:

During ensuing demonstrations, some people in the crowd shouted "Death to Mullahs" and "Death to the Koran", language most often used to denounce the United States.
Religious council leader Abdul Basir Haqqani recently told a gathering that the Ulema had been more insulted during Ghani's seven months in power than at any time in Afghanistan's history.
"These episodes have angered the mullahs (clerics) and I can see they are now drawing a line between this government and the former," said Borhan Osman, a researcher at the Afghanistan Analysts Network.
"They see the current government as evil, a foreign conspiracy that is allowing a struggle against Islam."*


Lo rutinario de las respuestas, siempre son conspiraciones internacionales contra el islam, demuestra la incapacidad de abrirse a cualquier renovación real y no en meras sonrisas cosméticas. Cualquier persona que piense de forma diferente es considerada un agente extranjero y un enemigo del pueblo. Y esto no lo están diciendo los radicales, sino los aparentemente moderados, pero cuya moderación no incluye libertad o derechos para los demás.
El agravio creciente que dicen sentir los ulemas, no es más que el resultado de su resistencia a los cambios, palabra que no entra en su diccionario mental. Por el contrario, ellos son los agentes anti evolutivos, la negación de la Historia a cuyo origen hay que regresar. La presión es sobre el nuevo gobierno que tiene un compromiso mayor (al menos alguno de sus miembros) con los derechos de las personas.
Las sociedades cambia, lentamente, pero cambian. Si se intenta evitar el cambio, aumentan las demandas y también las reacciones retrógradas que tratan de mantener la situación estable. Durante siglos, esos cambios ha sido controlados y cuando han avanzado algo, rápidamente se han producido retrocesos. Hoy estamos en un mundo distinto en el que es difícil mantener cerrado y aislado un país entero. El Estado Islámico lo intenta, como lo intentaron los talibanes. Pero la demanda de cambios se plantea constantemente intentado asentarlos socialmente, algo que no es fácil.

In recent months, a women's rights activist walked around Kabul in a body suit with large breasts and buttocks. In another demonstration, a group of men assembled in public wearing all-covering blue burqas worn by most women in Afghanistan.
"We ask the government to tell them (civil rights groups) to stop. Otherwise, we know how to stop them," Ulema Council member Enayatullah Baligh, an adviser to the president and university lecturer, told Reuters at his office.
"I have 7,000 supporters who will obey any orders I give them. I can turn Kabul city upside down."
Baligh blamed the government, which has been hobbled by internal power struggles, for failing to enforce laws that would require it to punish those who offended Islam.*


La amenaza es directa y no se molesta en ningún tipo de disimulo. La cuestión está en que son un poder "real", por lo que llevan sus amenazas a la práctica sin temor. De nuevo se plantea en qué término se produce una modernización real si los que tienen el poder lo tienen precisamente porque la evitan. Se produce así un círculo vicioso, disfrazado de virtud, en el que el virtuoso es el que se resiste al cambio porque es en la tradición en donde reside el bien. El blindaje, evidentemente, es el castigo de la blasfemia, mecanismo por el cual a cualquiera que se permita dudar se lanza contra él toda la artillería verbal y humana disponible, convertida en acción loable y responsable, como el linchamiento de Farkhunda. De esta forma, la autoridad se protege asegurando que mantenerla forma parte del orden natural de las cosas, es decir, que quien manda seguirá mandando y los demás serán felices en obedecer, auténtico éxito de la manipulación. El poder además solo se justifica si se mantiene el círculo, en el momento en el que alguien intenta una reforma real, se le retiran los apoyos y se lanza contra él la artillería piadosa.
El asesinato de Farkhunda ha sido horrendo porque ha revelado los mecanismos sobre los que se construye el poder. El vendedor de talismanes junto a la mezquita no quiere que le arruinen el negocio y usa la acusación de blasfemia para provocar una reacción piadosa para que linchen a la mujer y la arrojen como una basura. Pone al descubierto el funcionamiento del sistema en un solo acto. Igualmente, los que se derivan de él revelan el control del poder. El que se atreva a dudar o intente zafarse del control corre el riesgo de que se ponga en marcha una movilización en su contra hasta eliminarle, negándole la obediencia o poniéndolo en el punto de mira para que sea eliminado. ¿Quién va a soltar este engranaje?

Por supuesto, el sistema funciona mejor si la obediencia es ciega y no se hacen preguntas, algo que no está bien visto. El movimiento de los derechos y especialmente los de las mujeres en Afganistán es de gran importancia y muy activo ya que han experimentado cómo las negociaciones con los talibanes se resuelven siempre en la retirada de derechos para acercarse a ese paraíso que era el régimen talibán.
Cuando algunos hablan de tradiciones, no suelen preguntarse por cuál es el coste de "mantener" las tradiciones vigentes. También se olvida que estos países tuvieron un estatus anterior muy diferente al que viven ahora, resultado del retroceso social y democrático, de convivencia que han supuesto los movimientos islamistas que nunca han avanzado hacia una sociedad en la que las personas pudieran convivir y que cada cual viviera su fe como un elemento esencialmente personal, tanto el religioso como el que no lo es, sino que por el contrario han tratado de eliminar cualquier atisbo de conducta o pensamiento que pudiera implicar un debilitamiento de la unidad férrea que se pretende. Los moderados nunca serán creíbles hasta que su moderación no implique dejar de perseguir a los que quieren pensar o vivir de otra forma.


En Egypt Independent de ayer se recogía la narración y el clip de vídeo de la defensa que la actriz Mona Hala ha hecho públicamente de la diversidad en todos los terrenos, de género, religión o sexualidad. Lo ha hecho con toda naturalidad y sin perder la sonrisa. Le han preguntado y ha dicho que no entiende por qué tiene que ser asunto de nadie, que ni debería constar en el documento de identidad, una antigua aspiración de la revolución del 25 de enero.

"I am opposed to discrimination against any human being, whether on the basis of skin color, religion, gender or sexual orientation. Anything," Hala added.
Hala also spoke out against the recent ruling by an Egyptian court, giving precedent to deport foreigners for being gay. "Let's say someone has homosexual relations in his country and wants to come to Egypt to see the antiquities and so on. What right do you have to prevent him from doing so? I don't get it," she said.
The statement from a celebrity is a rare show of public support for Egypt's homosexual community, which has been under tough crackdown since the installation of the military-backed government of President Abdel Fattah al-Sisi. Political analysts say the persecution of gays in Egypt by the Sisi government is a move to win over Muslim conservatives who could doubt the new president's committment to traditional family values.**


Las palabras de Mona Hala son una declaración valiente en un país que, como se señala en la información del diario, ha extremado su cruzada contra los homosexuales (y activistas de derechos) en un intento de los "moderados" de frenar el "radicalismo", tal como hemos estado mencionando. De esta forma, se ha retrocedido porque se intenta contentar al poder social, igual que ocurría en Afganistán. Los gobernantes deben ser ejemplares y la mejor manera es convertirse en conservadores persiguiendo a todos los que se asfixian en un clima irrespirable en unos tiempos como los actuales.
Cuando ella dice que no le gustan las "etiquetas", que son fuente de conflictos al clasificar a las personas, que no le gusta que en su carnet ponga "hombre" o "mujer" o la religión que profesa o ninguna, el presentador el presentador le plantea que alguien puede ser "homosexual". Ella le contesta que es libre de serlo, que no es su función juzgar a la gente, que es asunto de cada uno. 


No sé cómo les habrá sentado el razonamiento de que aunque Alejandro Magno era homosexual, construyó la ciudad de Alejandría, y que no por eso habría que cambiarle el nombre. 
Esperemos que Mona Hala no pague más de la cuenta su naturalidad, sinceridad y sonrisa. Hay un proverbio egipcio que dice "come lo que te gusta, pero vístete como le guste a los demás". Explica algunas cosas. Mona Hala se viste como se siente más a gusto ella y procura no juzgar los vestidos de los demás. Y eso es esperanzador para muchos. Es valiente e inteligente. No se lo perdonarán fácilmente.
En el Afganistán de Farkhunda, señalan las activistas de los derechos:

"What will future generations do? Stay in the same, brutal society?" asked Leena Alam, who played Farkhunda in a recent public re-enactment of her murder designed to raise awareness of abuse against women. "We have to start somewhere."*


Y la señal de que ya han empezado es que hay nerviosismo en muchos lugares. Farkhunda, Mona Hala y otras muchas son mujeres valientes. La primera pagó con su vida en las calles afganas, pero ha dado sentido y luz a las vidas de otros; Mona Hala ha sabido dar una contestación dejando claro que tiene voz y criterio, que no le gusta que se esté etiquetando a las personas para restringir sus libertades. Ni que lo hagan con ella, ni hacerlo con los demás.
Son puntos de un dibujo que va tomando forma. Todo es parte de un mismo camino, de una misma marcha. Será duro, pero no están solas.



* "Afghan clerics uneasy as civil rights movement gains momentum" Egypt Independent 11/05/2015 http://www.egyptindependent.com//news/afghan-clerics-uneasy-civil-rights-movement-gains-momentum

** "Video: Egyptian actress Mona Hala defends Egypt's homosexuals" Egypt Independent 12/05/2015 http://www.egyptindependent.com//news/video-egyptian-actress-mona-hala-defends-egypt-s-homosexuals




viernes, 10 de abril de 2015

Farkhunda en el escenario del mundo

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
La sangre derramada de Farkhunda, más allá de la indignación, ha despertado las conciencias. A medida que se ha ido aclarando el caso de su muerte a manos de centenares de varones piadosos, de prenderle fuego y arrojarla al caudal seco del río afgano al que se destinan las basuras, la solidaridad y la reflexión ha ido avanzando en direcciones inesperadas.
Mientras que aquí nos hemos quedado en la parte "noticiosa" del incidente, que sirve para "reafirmar la barbarie", lo importante es el efecto de la piedra que se ha lanzado al lago, ver las consecuencias. La muerte de Farkhunda no ha sido "otra muerte" más en Afganistán, Pakistán o en cualquier otro país del que filtramos noticias como estas porque desgraciadamente ocurren.
El brutal asesinato de Farkhunda no ha sido un "crimen de honor", una "violación colectiva", etc., las etiquetas habituales para clasificar estos sucesos. Lo realmente importante es que para eso que nosotros tenemos etiquetas, ellos no han encontrado. O se han vuelto contra los que la utilizaron. Se ha producido la conmoción porque ha dejado al descubierto la barbarie piadosa, la capacidad de ser manipulados fácilmente y han visto hasta dónde son capaces de llegar en su ceguera.


El diario egipcio Ahram Online da cuenta de lo que está ocurriendo en Afganistán tras la muerte de Farkhunda:

Poets, musicians, actors and activists packed an empty shop in a Kabul mall to commemorate the short life and violent death of a woman who has become a symbol for justice and women's rights in a country that historically elevates warlords and battlefield heroes to national icons.
The name of Farkhunda, beaten to death by a frenzied mob apparently in the mistaken belief that she had burned a Quran, has become a rallying cry for Afghans hoping the shocking incident will lead to profound changes in Afghanistan.
Activists say the previously unquestioned power of the religious establishment is being challenged for the first time in Afghanistan's modern history. Religious leaders and conservative politicians have been forced by the power of public opinion to apologize for trying to justify Farkhunda's killing. At least one official has been sacked for saying the woman would have deserved her brutal death if she had indeed burned the Muslim holy book.
At last week's Kabul vigil, candlelight illuminated a huge poster of Farkhunda's blood-reddened face as an actor recited Shakespeare's "Seven Ages of Man", followed by performances of works commemorating her death. Outside, documentary filmmaker Diana Saqeb broke down: "I don't believe in the humanity of this country anymore," she said.
"It has been more than 10 days, but still I can't sleep, I can't eat. These people are killers, no different to the Taliban or Daesh who also kill people in the name of God," Saqeb said, referring to an alternative acronym for the Islamic State group.*


En estos días en los que nos manifestamos asombrados por ciertas conductas, transformaciones o reacciones, seguimos ignorando que la forma de que esto cambie es que lo haga en su origen, comprender que lo que nos ocurre son las olas que llegan a nuestra orilla de las piedras que se arrojan desde la otra. Es necesario tratar de comprender por qué se producen estas oleadas en estos momentos de la historia. Al menos preguntarse por ellos en su complejidad, aventurar hipótesis que vayan más allá de los tópicos. Lo demás es caer en el espectáculo morboso, en la anécdota previsible.
Farkhunda murió, nos aclaran en Ahram Online, al dejar al descubierto el rentable negocio de la credulidad:

Farkhunda, a 27-year-old religious scholar who like many Afghans used only one name, was killed on March 19 after an argument with a peddler at Kabul's Shah-Do Shamshira mosque. According to witnesses, she told the man to stop selling amulets to childless women; he shouted to whoever could hear that she had set fire to a Quran. As police watched, and at times participated, Farkhunda was punched, kicked, hit with planks of wood, thrown from a roof, run over by a car and crushed with a block of concrete. Her body was then dragged along a main road, thrown onto the banks of the Kabul River and set alight.
The incident, filmed on cellphones and posted on social media, sparked nationwide demonstrations — and vigils around the world. The Interior Ministry says it has arrested 28 suspects and dismissed 19 policemen. Investigations by a presidential commission, which declared Farkhunda innocent of Quran burning, continue. On Thursday, the government ordered the mosque closed until further notice.*


Farkhunda murió porque recriminó a un vendedor de amuletos del mercado cercano a la mezquita que aquello no era más que una forma de estafar a las mujeres deseosas de tener hijos. Pero que una mujer recrimine a un hombre cuyo negocio es la credulidad delante de sus clientes es demasiado desafío y la respuesta para acabar con ella es sencilla: gritar que ha quemado páginas del Corán. Con la simple insinuación, la piedad sangrienta se pone en marcha y los aspirantes al paraíso dejan claro su sentido de la justicia y su amor por el Libro. ¿Qué varón normalmente constituido, piadoso, va a tolerar una afrenta así? El que no participe se hace cómplice ante la mirada de todos y ya sea por gusto o por obligación lanza su piedra, levanta su palo, patea el cuerpo de la mujer.


La barbarie ha dejado al descubierto la facilidad del engaño, la disponibilidad para el error inducido, la manipulación de un simple estafador de mercado para desprenderse de una mujer que le recriminaba sus acciones. Lo que asusta es sobre todo la facilidad, la ligereza en la acción, la inmediatez de la respuesta al grito de muerte.
Cuando tratamos este tema por primera vez señalamos que ya se había roto un primer esquema: el de que estas cosas no suceden en Kabul, sino en aldeas apartadas, en otros lugares. Sucedió en Kabul. Y bajo la mirada indiferentes de la Policía. Y tras ello, los santos varones expresaron sus felicitaciones en sus páginas de Facebook, retransmitieron su acto heroico con su teléfonos de última generación a los rincones más apartados del país, a las montañas más inexpugnables para comunicar la buena nueva: habían linchado a una mujer y le había prendido fuego después de arrastrarla por las calles donde se vivía la celebración.


Allí donde se ha visto el rostro ensangrentado de Farkhunda debería despertar una conciencia. Las imágenes son un doloroso recordatorio del error y allí donde se empezó con satisfacción hoy hay, al menos, vergüenza. Las fotos de Farkhunda ensangrentada se han convertido en un icono, en una imagen en la que se concentra la indignación, como lo fue la fotografía del rostro destrozado por las torturas de Khaled Said o la imagen de la mujer del sujetador azul pateada por los policías en Egipto. Son imágenes que se han reproducido y han presidido altares de vigilias por todo el mundo. Rectifico: por el mundo que es sensible a esto, al terrible drama que se vive y del que la historia de Farkhunda es un trágico, revelador episodio.
Ya avisamos en su momento que la "pregunta" no era si había quemado o no el Corán, sino el derecho de linchar y quemar a una persona en mitad de una calle, haga lo que haga, y las consecuencias de ello. Es decir: si eres un asesino por hacerlo o un héroe piadoso.


Para los que llevan años luchando por las mujeres en Afganistán, enfrentándose a una situación en la que parecía que el único frente eran los talibanes, ha sido un golpe doble. La violencia contra Farkhunda revela que queda mucho camino, que ella estaba muy por encima de la sociedad en la que se movía pensando que podría sacarla del error y de la estafa de los milagrosos amuletos.
La ilustrada Farkhunda se enfrentó al avispado ignorante, al estafador que contaba con siglos de ignorancia a su favor, con la piedad mal entendida, con el odio acumulado. Es su ignorancia, era un maestro de la empatía y apeló a los sentimientos cultivados durante las vidas de los que le rodeaban. Le bastó dar cuatro gritos para que se cayeran todas las esperanzas de progreso, las ilusiones de mejora, para que quedaran destruidas.


Pero el hecho de que ese Café de Kabul haya cambiado su nombre y que se llame desde hoy Café Farkhunda es una buena señal. Es convertirlo en un santuario, un lugar en el que además de para el café se reunirán bajo un nombre. Los símbolos son importantes porque transmiten fuerza y se comparten. Farkhunda se ha hecho más fuerte, ha amplificado su presencia por todos los lugares en los que es invocada. Es la única ventaja de su martirio, abrirlo lo ojos de algunos, dar ejemplo de valor y energía.
La prensa afgana de hace unos días informaba de la aparición en la televisión de la primera telenovela feminista en el país y las vicisitudes de quienes han sacado ese proyecto adelante:

The first feminist TV drama is due to be aired in Afghanistan amid growing and persistent violence against women with the latest lynching of a woman in Kabul shocking Afghanistan and the world.
The TV drama “Shereen’s Law” focuses on empowering women and struggles of women in Afghanistan by portraying a strong female character, according to drama actress Leena Alam who plays Shereen.
The story is based on a 36-year-old woman who brings up three children on her own while forging a career as a clerk at a court in Kabul.
“It is the first such drama — that is about women, that is about empowering women, that is about the struggles of women in Afghanistan,” Alam told AFP.
The series also attacks the Afghan judicial system, where rampant corruption is hidden behind a wall of silence with several actors saying no to storyline they found just too challenging.
Alam admitting that defying entrenched conventions in such a country comes with a risk. “It’s a bit dangerous, even for myself. Yesterday we were shooting outside. When… I’m waiting for the shot I’m always scared that somebody may throw acid on me or somebody may hit me with a knife,” she told AFP.
“It takes a lot of courage to write something like this and it takes a lot of courage to play something like Shereen,” Alam, a producer who has also appeared in several Afghan films, said.
“But I think it’s time, after more than 30 years, to move on and educate people and give them the information as bluntly as Shereen,” she added.**


Aplaudimos la iniciativa de Leena Alam. Hay que aplaudir además su valor de trabajar entre el temor de recibir ácido, una cuchillada o enfrentarse a la propia familia, como suele suceder.
La lucha de su personaje, Sheeren, por conseguir hacer valer sus derechos, por sobrevivir en una sociedad en el que las mujeres son tratadas como la serie denuncia, con violencia o con condescendencia, traerá a la mente la lucha de la propia Farkhunda. Con el tiempo, su propia historia saldrá a la luz, en forma de biografía, de documental, incluso de telenovela.
Recoge la prensa los actos que le han dedicado las personas que no han querido dejar que esto sea un caso más de violencia, en los que una muerte tapa a otra muerte. Recitaron en su honor las "siete edades del hombre", célebre fragmento del "Como gustéis", de William Shakespeare, en el que Jacques da su visión de los seres humanos como entrantes y salientes del escenario del mundo:

All the world’s a stage,
        And all the men and women merely players;
        They have their exits and their entrances,
        And one man in his time plays many parts,                       
5      His acts being seven ages. 



Pero lo importante de esa vida de actores que llevamos sobre el escenario del que entramos y salimos es lo que el mundo ve, que somos solo actores sino también espectadores de los demás. Farkhunda ha tenido un breve papel de 27 años sobre el escenario del mundo, pero ha sido una gran interpretación, llena de coraje y claridad. Por decirlo así, se volcó en su papel. Y ahora son los espectadores del drama, todos nosotros, los que tenemos su ejemplo. Las mujeres de Afganistán, de muchos lugares del mundo, han pintado sus caras de rojo. Comparten con ella ella el dolor, la vergüenza y el deseo de justicia. Han hecho de su imagen ensangrentada un símbolo de rechazo, un recordatorio. Solo con este tratamiento de choque se puede combatir esta barbarie. Solo mirándola a los ojos.


Recogen en las noticias de la CBS: «In central Ghor province, Juma Gul said she had named her newborn daughter after the dead woman "to keep the memory of Farkhunda alive."»*** Algún día esa niña —quizá muchas otras— preguntará por su nombre y se lo explicarán. Ella juzgará entonces, en el futuro, si la lucha y el sacrificio de Farkhunda sirvieron de algo.



* "Afghan artists, writers join activists in an outcry over a woman killed by mob" Ahram Online 6/04/2015 http://english.ahram.org.eg/NewsContent/5/35/127065/Arts--Culture/Stage--Street/Afghan-artists,-writers-join-activists-in-an-outcr.aspx
** "Feminist TV drama rolls out in Kabul challenging taboos about women" Khaama Press 4/04/2015 http://www.khaama.com/feminist-tv-drama-rolls-out-in-kabul-challenging-taboos-about-women-9972
*** "Afghan woman lynched by mob becomes rights symbol" CBSNews 5/04/2015 http://www.cbsnews.com/news/afghan-woman-farkhunda-lynched-mob-rights-symbol/