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domingo, 12 de junio de 2022

Eternamente viejos

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

Las leyendas antiguas transmitieron el mito de la eterna juventud; hoy en cambio vivimos el conflictivo de la eterna senectud. Hay una enorme diferencia entre ser eternamente joven, como sueño que va de El Dorado a Peter Pan, a aquello a lo que aspiramos en las sociedades modernas y avanzadas científica y tecnológicamente. La primera diferencia, claro está, es la posibilidad. Lo que era un simple sueño, un mito que situábamos en lugares remotos por los que no pasaba el tiempo, se ha transformado en un progresivo crecimiento del tiempo de vida, con toda una serie de consecuencias que no esperábamos.

Las sociedades antiguas tenían la voluntad de legado, es decir, valoraban a los ancianos por lo que estos sabían a través del recorrido vital, a través de las experiencias acumuladas a lo largo de la vida. Eran la memoria colectiva que se encargaban de transmitir entre generaciones.

Por el contrario, nuestra sociedad del conocimiento, la que acabó con el mundo oral al permitir guardar los recuerdos por generaciones prescindiendo de sus portadores, tiene unas aspiraciones muy distintas. El sistema de valores se ha invertido y es la juventud la que se valora. El envejecimiento se asocia con la obsolescencia. Cualquier joven sabe más que un anciano ya que tiene acceso a conocimientos acumulados y a las tecnologías de recuperación. El simple sacar dinero de la cuenta bancaria ha creado una revolución de los mayores, que no quieren que se les considere idiotas, que no es el resultado de no entender las máquinas, sino del trato recibido por los que se consideran superiores y que quedarán a su vez obsoletos en pocos años. El tiempo no espera y se estanca en nosotros, incapaces de eso que llamamos "estar al día" en un entorno en constante y rápido cambio. La mente dice ¡basta! en algún punto en el que elegimos la nostalgia, quedarnos en ese mundo que arrastramos incapaces de adentrarnos en el hostil y cambiante día a día.

“No investigamos el envejecimiento para vivir eternamente o para volver a estar jóvenes”. Manuel Serrano, uno de los científicos más relevantes en la investigación biomédica en todo el mundo, se expresa con una rotundidad amable al otro lado del teléfono. Pero su gusto por las metas más “realistas y prácticas” no cae como un jarro de agua fría. Su objetivo, de hecho, es muy luminoso: entender cómo envejece nuestro cuerpo puede llevarnos a curar enfermedades degenerativas asociadas a la edad, como el Alzheimer, el Parkinson o la fibrosis pulmonar.

“Lo ideal sería rejuvenecer, pero no hace falta llegar a tanto... con frenar su avance ya has cambiado la vida del paciente”, afirma el investigador, que dirige el grupo de plasticidad celular y enfermedades del Instituto de Investigación Biomédica de Barcelona. “Para muchísimas personas sería un cambio radical poder asearse a sí mismos, andar, salir a hacer la compra, tener autonomía…”. 

Durante siglos se entendía la vida como un proceso mediante el cual se aprendía a aceptar la muerte, algo que causaba nuestra rebeldía, por utilizar un término querido por Albert Camus. La rebeldía contra la muerte es también un "decir no" a algo, pero esta vez a algo que constitutivo de nuestra propia humanidad. Por usar de nuevo la terminología existencia, somos "seres para la muerte". Nuestro drama, frente al resto de la naturaleza, es que somos conscientes de nuestra propia muerte, de hacia dónde nos dirigimos. La fuente de la eterna juventud era un mito; ahora se trata de vivir más y, nos prometen, tratar vivir mejor. Solo que esos objetivos, como nos señala el investigador, se trata de poder asearse uno mismo, andar...

Por resumirlo: primero se nos prolonga la vida, que se convierte en una aparición sucesivas de enfermedades degenerativas, para después tratar de mejorar ese estado. Muchas épocas no habrían entendido el sentido de esto bien.

El titular del artículo citado es "Descifrar el envejecimiento no nos hará inmortales, pero frenaría las enfermedades degenerativas: "Sería un cambio radical"". ¿Qué es "frenar" las enfermedades degenerativas? Prometer la eterna senectud. Una eterna juventud tiene sentido como mito inalcanzable pero la eterna senectud, nos dicen, es viable, esta al alcance de nuestra inversión y manos.

06/09/2019

La ancianidad ha pasado a ser un gran negocio. Lo hemos visto con claridad con la cuestión de la residencias; lo vemos con las protestas de los sectores a los que afectan la reducción de viajes del IMSERSO, entre otros muchos casos. Lo vemos en los negocios de las farmacéuticas, que producen fármacos para mantener un consumo de medicamentos y productos que acompañará a los ancianos el resto de sus prolongadas vidas.

Las enfermedades degenerativas se producen porque nuestro cuerpo empieza a dar muestras de caducidad, incluido el cerebro. Nuestra vida ha cambiado a la velocidad de los descubrimientos; el cuerpo no. Lo biológico y lo cultural van por caminos distintos.

El Diario 18/06/2020

Las muertes de mayores de 60 años —la barrera que nuestro gobierno ha marcado en la existencia— han sido muchas durante la pandemia y siguen siendo muchas, aunque se silencien-

Cuando se llega a una cierta edad, no hay mucha elección: eres una carga o una fuente de negocios.  Lo primero es lo que supone para el estado las pensiones, un gasto crecientes, en el que el presente manirroto se come los ahorros de tu vida; lo segundo es lo que se llevan los que investigan, cuidan, sostienen, medican, trasladan, etc. a las personas mayores.

El sistema social depende en gran medida de la estructura laboral. Vivimos más, pero hay que fijar la fecha en que quedas fuera. Hay un periodo entre la jubilación y el deterioro en el que los que ven negocio se vuelcan. Hay muchas familias viviendo hoy de la jubilación de sus padres y abuelos ante la inestabilidad, precariedad del sistema laboral, de los mínimos e intermitentes sueldos. No cotizan, nos dicen. Tendrán un problema en el futuro. Apenas tendrán pensiones y nadie podrá hacerse con ese objeto de deseo de tantos que han montado sus negocios sobre el futuro de esa prolongada ancianidad rentable. Esto introduce una serie de problemas, no solo en el futuro, sino en el presente, donde las cotizaciones se reducen.

No creo que hayamos medido bien los efectos de una sociedad en la que se prolonga la vida con la máxima aspiración de poder ir al baño solo. La vida es otra cosa y tiene sus límites naturales... y sociales.

Tendremos ancianos que deberán ser sostenidos por el estado, por sus familias en un mundo que todos describen como peor. "Gracias" a la pandemia, el estado ha quedado liberado de más de treinta mil pensiones, que son los fallecimientos reconocidos por el COVID-19. No hay vida eterna porque no puede haber pensiones eternas, dependencia eterna.

La línea del futuro prometedor se está curvando demasiado; crisis tras crisis, el futuro que dibuja no es apetecible. Estamos contemplando el fenómeno de los ancianos asesinados para cobrar sus pensiones, de los muertos ocultos en las casas para quedarse con ese dinero por parte de unos descendientes que no tienen ninguna opción laboral o simplemente los asesinan para poder vivir mejor, como otro caso reciente. Esto no se puede ignorar como fenómeno incipiente. Los ancianos empiezan a organizarse en comunidades para poder vivir sus últimos días cuidándose unos a otros y lejos de las residencias convertidas en empresas donde se les mantiene en condiciones muchas veces poco recomendables. La pandemia ha visto cómo no se trasladaban ancianos a centros hospitalarios para no dejar de cobrarles les mensualidades. Muchos responsables están en los tribunales por diversas formas de negligencia. La pandemia ha sido un duro aviso sobre este negocio creciente de las residencias.


La prolongación de la vida, por supuesto, es un negocio del primer mundo, que ha creado estructuras para ello. En muchas partes del mundo no son las enfermedades degenerativas las que preocupan, porque no se llega a esas edades. Nosotros tenemos pocos niños; en otros países, el problema es la mortandad infantil, salir de la infancia. El problema es muy distinto, pero complementario. Hay que importar jóvenes que huyen de sus condiciones de vida; muchos de ellos acaban de "acompañantes" de personas ancianas aquí, como veo cada vez que salgo a dar un paseo.

No hay duda y así lo anuncian los economistas: el cuidado y atención, en todo sus niveles, es uno de los grandes negocios del presente y del futuro. Hay que mantener ese fuente de riqueza en marcha para que siga rindiendo, del turismo y las pastillas, de las residencias a las operaciones.

No dudo en la buena voluntad de muchos que se ocupan de dar una mejor vida a los ancianos, pero sí dudo de las intenciones de los que están detrás de muchos proyectos y de quienes los financian. Prolongar la vida para poder ir solo al baño me parece un fin muy pobre, un final con un sentido ridículo de la dignidad de la vida.

Hay que pensar en el sentido de la vida y en la muerte de otra manera. Convertir todo en negocio tiene sus consecuencias. Nos prometen una eterna senectud; mejor lo pensamos. Estamos jugando con demasiadas cosas y quitándole el valor a muchas otras. 

29/09/2020

* Sofía Soler "Descifrar el envejecimiento no nos hará inmortales, pero frenaría las enfermedades degenerativas: "Sería un cambio radical"" RTVE.es 11/06/2022 https://www.rtve.es/noticias/20220611/investigacion-envejecimiento-enfermedades-celulas/2353840.shtml

lunes, 7 de agosto de 2017

El estafador sonriente y la dignidad de todos

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Los mecanismos del mercado solo tienen una lógica profunda: la del máximo beneficio. Y lo obtienen de allí en donde pueden obtenerlo sin ningún tipo de pudor. No es descubrir nada en estos días en los que la prensa atiende el caso del "infame" Martin Shkreli, condenado a 20 años de cárcel.
La Vanguardia nos lo contaba así:

Martin Shkreli, un polémico exdirectivo farmacéutico conocido por haber inflado los precios de varios medicamentos y que una vez fue apodado “el hombre más odiado en Estados Unidos”, fue condenado este viernes por fraude en un tribunal de Nueva York.
Tras cinco días de deliberaciones, un jurado declaró a Shkreli culpable de tres de los ocho cargos de los que estaba acusado por su gestión al frente de dos fondos de inversión. Shkreli está aún pendiente de conocer su sentencia, pero en principio se enfrenta a una pena máxima de 20 años de cárcel, aunque es probable que cumpla una pena mucho menor.
Al final, fueron las mentiras de Shkreli a sus inversionistas las que le costaron la libertad, no su decisión en 2015 de elevar el precio de un fármaco antiparasitario. El empresario, de 34 años, estaba acusado de haber defraudado al menos once millones de dólares a los inversores de su gestora de fondos MSMB Capital. Según la investigación de la fiscalía, el joven hizo creer a los inversores que su fondo estaba teniendo un gran desempeño en Wall Street y que iban a ganar mucho dinero invirtiendo, pero en realidad estaba registrando pérdidas.
Shkreli saltó a la fama más adelante, en 2015, por haber inflado en un 5.000 por ciento el precio de un fármaco usado en tratamientos contra el sida comercializado a través de su empresa Turing Pharmaceuticals.*


La historia de Shkreli es una de esas que nos dejan con la mosca detrás de la oreja. Tenemos la extraña sensación de que hay algo que falla en las leyes o en el sentido común.
Lo cierto es que hay un blindaje en lo que permite el beneficio —la subida de precios— mientras que se penaliza el engaño a los que arriesgan su dinero. Engañar al público que te paga no es tan malo como engañar al que te financia. Subir el precio de un producto para el tratamiento del SIDA un 5.000% es "casi" admirable. Entrecomillo el "casi" porque será un modelo a seguir por todos aquellos que desean dar el "pelotazo" en su vida.
La ética de los negocios es algo que se practica entre iguales (socios inversores) no en vertical, a los compradores. Como suelen decir los más cínicos: "tu pones el precio y si alguien está dispuesto a pagarlo..." No en todos los sitios lo permiten todo, pero para eso se  desarrolló la "globalización" económica, que te permitía ampliar el campo de posibles estafas.
En este sentido nos parece importante el paso dado por la Unión Europea para evitar el doble estándar que algunos fabricantes trataban de imponer a los ciudadanos. Europa tiene unos estándares que no deben ser fraccionados. Nos cuentan en Euronews:

La Comisión Europea tomará medidas para que los productos que venden las multinacionales en los países occidentales tengan la misma calidad que otros similares que comercializan en los países del Este:
“Los consumidores eslovacos tienen el derecho absoluto de tener la misma calidad en los productos que compran. No se trata de abordar un asunto de forma benigna o negligente, sino que como Comisión, debemos asegurarnos de que no hay ciudadanos de segunda categoría en Europa. Todos los europeos tienen la misma igualdad de derechos porque todos tienen la misma dignidad”, ha asegurado el presidente de la Comisión Europea, Jean Claude Juncker, tras su reunión con el primer ministro de Eslovaquia, Robert Fico.
Tienen la misma marca y etiquetado, pero el contenido y la calidad de un mismo producto que vende una multinacional a Alemania o Francia es diferente al que se comercializa en Hungría, Eslovaquia o la República checa.
De ahí que grupo de Visegrád (integrado por la República Checa, Polonia, Hungría y Eslovaquia) haya pedido a Bruselas medidas más efectivas que acaben con este doble rasero.
De lo contrario, algunos como Eslovaquia amenazan con limitar la importación de productos europeos en sus mercados.**


Es de congratularse el razonamiento de Jean-Claude Juncker al basarse en la idea de "dignidad", que es algo que está muy por encima de las condiciones del mercado. Puede que no se regulen los precios, pero sí se puede actuar sobre la calidad de lo que los europeos podamos consumir.
Se trata de evitar el doble rasero, efectivamente. Para ello es esencial el concepto de "europeos" como una unidad. Allí donde existe oficialmente la Unión, somos todos iguales.
Lo más sorprendente del caso es que sean los miembros del Grupo  de Visegrád, especialmente Polonia y Hungría, que se están empeñando en hacer lo mismo con los derechos de sus ciudadanos, olvidándose de que son también "europeos" y no deben padecer un "doble rasero".
Lo que ha sacado en Polonia recientemente a los ciudadanos es precisamente sentir la distancia que su gobierno establecía entre ellos y los demás ciudadanos europeos. Al igual que la Comisión actúa impidiendo que la calidad de los productos sea diferente para unos y otros, es su obligación evitar que los estados traten a sus ciudadanos restringiéndoles derechos (a la información, por ejemplo) o trastocando la relación entre poderes (controlando el poder judicial desde el político, por ejemplo).
No sé si los dirigentes húngaros y polacos que llevan tiempo tratando de hacer que sus ciudadanos vean a Europa como intrusiva, como una maquinaria opresora, son conscientes de que se lanzan ahora a reclamar la igualdad que niegan en otros aspectos.
Una de las cosas que la Unión Europea debe mantener con celo es la igualdad de sus ciudadanos en cualquiera de sus espacios. De no hacerse así, los ciudadanos de los países que se vean más perjudicados por estas prácticas de mercado no se sentirán europeos y cundirá el descontento primero y la animadversión después.


La Gran Bretaña del Brexit se verá al descubierto de las medidas de protección que los estados de la Europa unida tienen. Tendrá que mirar bien sus intercambios no sea que empiece a producir una pérdida más allá de lo previsto. Ellos también quieren y tienen derecho a ser protegidos por los estándares comunes.
La tendencia de los mercados es a sacar el máximo beneficio al mínimo costo. Ya vengan de fuera de la Unión o se fabriquen dentro de Europa, los estándares deben ser los mismos para unos y otros. Pensar en producir más barato para países considerados  como mercados menos exigentes es una auténtica afrenta al sentido de Europa y, como ha señalado Jean Claude Juncker, un menosprecio de la dignidad de los europeos. Tampoco es justo exigir a los de fuera calidad para vender y luego venderles a ellos conforme a niveles inferiores de calidad. No todos los países se preocupan de la misma manera por la salud (o la educación o la justicia...) de sus ciudadanos.
La tendencia de los mercados es a sacar el máximo beneficio al mínimo costo. Ya vengan de fuera de la Unión o se fabriquen dentro de Europa, los estándares deben ser los mismos para unos y otros. Pensar en producir con menos calidad para países considerados  como mercados menos exigentes es una auténtica afrenta al sentido de Europa y, como ha señalado Jean Claude Juncker, un menosprecio de la dignidad de los europeos.
Hace año y medio, ya expresaban sus demandas:

“We’re not [saying] companies cannot adjust their products to consumer demands,” said Olga Sehnalová, a Czech Member of the European Parliament. “We are talking about different quality when it comes to the composition of the basic ingredient. I think that this is unacceptable.”***


Y, en efecto, lo es.
Todo el mundo es igual de digno, dentro y fuera de Europa. La misma práctica de enviar lo inferior, lo no deseado, al exterior carece de ética y es también una burla de la dignidad. Con ello volvemos al principio. La condena al infame que subió los precios de un medicamento, esencial para la vida de muchos, un 5.000% no debería quedarse en haber sido desleal con sus colegas. Es casi un incentivo...
Todo el mundo es igual de digno, dentro y fuera de Europa. La misma práctica de enviar lo inferior, lo no deseado al exterior carece de ética. Con ello volvemos al principio. La condena al infame Martin Shkreli, que subió los precios de un medicamento esencial para la vida de muchas personas un 5.000% no debería quedarse en haber sido desleal con sus colegas. Es casi un incentivo...
La reivindicación europea de la dignidad de todos debería ampliarse más allá y eliminar los dobles raseros. Sería una forma de reconocimiento.



* "Bruselas contra el doble standard de calidad" Euronews 27/07/2017 http://es.euronews.com/2017/07/27/bruselas-contra-el-doble-standard-de-calidad
* "Condenado por fraude el “odiado” exdirectivo farmacéutico Martin Shkreli" La Vanguardia 4/08/2017 http://www.lavanguardia.com/economia/20170804/43327824053/martin-shreli-fraude.html

** "Bruselas contra el doble standard de calidad" Euronews 27/07/2017 http://es.euronews.com/2017/07/27/bruselas-contra-el-doble-standard-de-calidad

jueves, 5 de abril de 2012

La dignidad

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Estas son las palabras que ha dejado en su nota Dimitris Christoulas, el jubilado, de 77 años, que se suicido ayer de un disparo en la Plaza Syntagma, de Atenas, frente al Parlamento griego:

El Gobierno de Tsolakoglou ha aniquilado toda posibilidad de supervivencia para mí, que se basaba en una pensión muy digna que yo había pagado por mi cuenta sin ninguna ayuda del Estado durante 35 años. Y dado que mi avanzada edad no me permite reaccionar de otra forma (aunque si un compatriota griego cogiera un kalashnikov, yo le apoyaría) no veo otra solución que poner fin a mi vida de esta forma digna para no tener que terminar hurgando en los contenedores de basura para poder subsistir. Creo que los jóvenes sin futuro cogerán algún día las armas y colgarán boca abajo a los traidores de este país en la plaza Syntagma, como los italianos hicieron con Mussolini en 1945".*

Las palabras —terribles en su desnudez y frontalidad— reflejan una fractura real del sistema. Es un acto real —el suicidio— que se convierte en simbólico ante la imposibilidad de que un acto simbólico se convierta en real —la revolución—. Dimitris Christoulas ha dejado en herencia lo único que le habían dejado, su dignidad.


En Túnez, el suicido real de un joven desesperado, se convirtió en símbolo que trajo la revolución. En Grecia, es la muerte de un jubilado que, sin esperanza de vida digna, tiene como última visión la futura revolución de los “sin futuro”. El joven se suicida porque se le arrebató su única fuente para tener una vida digna para él y su familia, que dependían de él. El anciano se suicida porque se ve condenado, al final de su vida, a perder la dignidad con la que había vivido. No me quedan fuerzas ni ganas para más, viene a decir Dimitris Christoulas. Y no se suicida en su casa. Lo hace en la Plaza frente al Parlamento al que responsabiliza de su condena a la indignidad de la mera supervivencia.

La alternativa de vivir “hurgando en los cubos de basura”, en sus propias palabras, es una imagen tan poderosa como la de la revolución que imagina como forma de ser reivindicado en un futuro que él no vislumbra y del que no podrá, por su edad, participar. Morir se convierte en la otra cara digna de la moneda, un rechazo del destino social que padecerá ante la ausencia de otra opción viable.
No sé si somos conscientes de hasta dónde hemos llegado y del camino que nos queda por recorrer. No sé si habrá bastantes suicidas y suicidios como para que se reflexione sobre esto más allá de las meras cuentas, de la economía, de las luchas partidistas. 
Los argumentos que se esgrimen siempre utilizan elementos materiales para definir la sociedad: bienestar, calidad de vida, etc. Pero Dimitris Christoulas introduce el elemento ausente: la dignidad. Es una palabra en desuso porque lo que se enseña todos los días, de forma teórica y práctica, es que es la utilidad lo único que se debe tener en cuenta.
La dignidad es algo que afecta a las personas y a las instituciones y tiene que ver con la propia forma en que se perciben. Un salario puede ser alto o bajo, pero debe ser “digno” a los ojos del que lo recibe porque se justifica así su esfuerzo, energía, conocimiento y vida, es decir, que se lo merece quien lo recibe. Una persona es indigna de recibir algo cuando no se corresponde con su esfuerzo o mérito. La “indignación” surge cuando alguien recibe algo sin merecerlo o no recibimos lo que nos merecemos. Indignación causa un sueldo indigno, tanto por defecto como por exceso. Por eso causan indignación los sueldos millonarios, las primas a los que han hundido empresas y bancos; por eso lo hacen los sueldos miserables.


Por eso se ponderan tanto los méritos de los que más tienen, para que se pueda seguir justificando socialmente su codicia sin límite. Cuando vemos la creciente desigualdad, constatada en la mayor parte de los países, teorizada como nueva justicia retributiva, comprendemos que lo que crece con ella es la indignidad. Cuanto más crezca la distancia entre los méritos de las personas (estudios, trabajo, etc.) y lo que esas personas reciban, más indignación existirá. Cuanto más crezca la distancia entre lo que se da y lo que se recibe, igualmente, aumentará. Cuanto más reciban aquellos cuyos méritos son más que dudosos, que se aprovechan de privilegios y posición, para recibir más de lo que se merecen, más indignación aparecerá. Cuanto más se sigan bajando los sueldos y pensiones ya bajos, se siga precarizando lo precario, la gente se sentirá indignada porque no le dejan vivir con dignidad. 
Y entonces, puede que el sueño de Dimitris Christoulas ya no sea el de alguien sin fuerzas incapaz de hacerlo realidad.


* 'Pongo fin a mi vida para no tener que hurgar en la basura para subsistir'. El Mundo 5/04/2012 http://www.elmundo.es/elmundo/2012/04/05/internacional/1333605262.html


viernes, 6 de enero de 2012

Sullivan y la risa

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
En mi cine particular me he programado Los viajes de Sullivan (Sullivan's Travels 1941), una de las más celebradas comedias del gran Preston Sturges. Nos cuenta la historia de Sullivan, un afamado y exitoso director de cine hollywoodiense, que harto de hacer cine insustancial decide —ante la oposición del estudio y amigos— disfrazarse de vagabundo y lanzarse a conocer el mundo de los más desfavorecidos. Ha vivido siempre en la opulencia y el éxito y desconoce ese mundo que quiere reflejar en películas más serias. Su creencia y confianza en el valor didáctico del cine como un arte serio y un lenguaje universal le hacen creer que viviendo de esta forma las desgracias ajenas—como observador disfrazado—, podrá dar cuenta de ellas fielmente. Con el personal del estudio siguiéndole los talones en una caravana, de una forma u otra, acaba siempre de vuelta en Hollywood, con todos los problemas resueltos, aunque a él le guste pensar que va por el mundo con diez centavos en los bolsillos.


Cuando cree que su historia ha terminado y se dedica, de nuevo disfrazado, a repartir billetes de cinco dólares entre los desfavorecidos que encuentra, es asaltado, golpeado y metido en un tren. Al despertar, aturdido, golpea a un vigilante del ferrocarril que le ha maltratado y es condenado a seis años de trabajos forzados en un penal inmundo, perdido en los pantanos, en el que es degradado, como el resto de los penados, y hasta torturado encerrado en un cajón. Mientras tanto, su asaltante falleció arrollado por un tren y todos creen que es él el muerto.

Una noche, el brutal y arbitrario jefe autoriza que los presos encadenados salgan del infame penal y se dirijan encadenados a una pequeña iglesia en la que se va realizar una sesión de cine para los humildes feligreses. El pastor dirige previamente a los asistentes un emotivo sermón en el que les recuerda que todos son iguales a los ojos de Dios y que no hagan sentirse inferiores a aquellos desgraciados invitados con sus miradas o actitudes. La entrada de los presos en la iglesia se produce con el cántico del espiritual “Go down Moses! Let your people go!”, que habla de la liberación del pueblo judío de Egipto donde estaba como esclavo, canto que sirvió también a William Faulkner para titular su novela “Desciende, Moisés”.

El genio de Preston Sturges nos muestra cómo en esa pequeña iglesia, perdida entre pantanos, pueden acoger a los que son más desgraciados que ellos con alegría. Su generosidad les lleva a transferir el deseo de redención de su canto a los demás, conscientes de que en su profunda pobreza hay todavía capacidad de reconocer a los presos que llegan la dignidad que se encuentra en todo esclavo en el lugar más olvidado del mundo. La humillación diaria que reciben se cambia en la salutación de los que les reconocen como hermanos en el sufrimiento común de la vida, como los que deben ser liberados de los nuevos y diversos faraones del mundo.
Todos aquellos humildes fieles de la comunidad y aquellos seres humanos que viven en la esclavitud de los trabajos forzados, se unen y transforman cuando comienza la proyección en la que durante unos minutos estallan en carcajadas ante unos dibujos animados, puro slapstick, que tienen por protagonista al perro Pluto. Sullivan asiste asombrado al efecto del cine sobre todos ellos. Y sobre él mismo que, incapaz de resistirse, se ve inmerso en aquel mar de risas provocado por las caídas y vicisitudes del perro de Disney. Después regresaran todos a sus desgraciadas y míseras vidas en el penal, a trabajar con el agua hasta las rodillas en el pantano, y a sus humildes trabajos los feligreses. Pero han reído, se han olvidado del mundo, de su sufrimiento e injusticia, durante unos minutos.


Cuando Sullivan regresa, ya no desea hacer películas serias, profundas, sino comedias que ayuden a la gente que sufre a olvidarse del dolor. Ha comprendido que no necesita explicarle a los que sufren cómo es su sufrimiento, que eso no era más que pura vanidad, que lo que ha de hacer es tratar de aliviarlo.
El título de la película de Sturges, Sullivan’s Travels, hace referencia clara a otros famosos viajes, los de Gulliver (Gulliver’s Travels) en los que el clérigo Jonathan Swift realizó una sátira de las conductas humanas. Preston Sturges no mandó a Sullivan a ningún mundo extraño, grande o pequeño, sino que le hizo conocer los otros muchos mundos que hay en este, los que desconocemos por lo estrecho de nuestras realidades. Su sátira es tan efectiva como la de Swift, pero tiene un componente importante en el debate sobre el fin del arte, que es común a todas las épocas y que todo artista digno de tal nombre se plantea: su relación con la realidad humana.

Las teorías que Sturges parodia en boca de Sullivan son las que hacen referencia a que la única forma de abordar la gravedad del mundo es la gravedad del arte. Por el contrario, el carácter de aprendizaje  —como si de un Bildugsroman se tratara— que tiene la experiencia vivida por el director le enseña otra cosa. Y a nosotros, porque el sutil juego puesto en escena por Sturges nos muestra el doble ángulo, el del director protagonista convertido en espectador privilegiado y protagonista inesperado de la vida, y el nuestro, que a través de una comedia, comprendemos su transformación y nos transformamos también nosotros. La risa no nos ha distanciado de los problemas, sino que nos ha llevado a ellos por otro camino.


Esa es la diferencia existente entre el escapismo —que nos esconde el mundo y a nosotros mismos en él—, la sátira —que nos lo revela a través de la comicidad— y la risa como emoción básica liberadora. También el arte serio puede ser escapista, sin duda. No es la seriedad del tema, como querían los clásicos y neoclásicos, lo que determina la gravedad del tono. Ni lo contrario. Sturges no ignora el drama humano;  discute sobre los lenguajes con los que describirlo. Y, sobre todo, reivindica la risa como emoción necesaria.
Como señala el sentencioso mayordomo de Sullivan: «The poor know all about poverty and only the morbid rich would find the topic glamorous.» Sturges no necesitaba hacer una película para decir que la pobreza es mala. Sí en cambio la hizo para hacer ver la vanidad que se esconde tras las pretensiones de algunos que disfrazan su cuerpo ante la imposibilidad de disfrazar su alma. La frivolidad no es reír, es quitarles a los demás el derecho a la risa; es la pretensión de enseñar a los pobres qué es la pobreza, a los que sufren qué es el sufrimiento desde un disfraz de vagabundo.

La secuencia de "Go down, Moses!":





viernes, 23 de diciembre de 2011

Pepe

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Pepe es todo un personaje. En español decimos de alguien que es un personaje porque tiene algo, ejemplar o no, que hay que ver, como si fuera en lo alto de un escenario. Pues Pepe, sí, es un verdadero personaje.
Tiene algo más de cincuenta años y extiende una sábana en la avenida Complutense, delante de nuestra Facultad, y sobre ella pone un par de docenas de libros que se trae en unas bolsas de plástico. Cualquier mesa, tenderete, stand, cajón... es más lujoso que la sábana de Pepe. En invierno y en verano, con calor o con frío, Pepe está por allí. Hay semanas que no aparece. No sé si reparte su actividad vendedora por distintos lugares de la Universidad o hace otras cosas. Cuando hay poco movimiento por la Avenida, extiende su sábana delante de la entrada del Metro, junto a un contenedor, y comparte ese espacio con dos o tres vendedores que  llevan chucherías y pulseras y colgantes.
Pepe se trabaja lo suyo. Y lo hace bien. Es un ejemplo, por más que a algunos les pueda parecer irónico, y tiene toda mi admiración y respeto. Tiene más respeto que muchos que van por la vida de emprendedores, con el pelo engominado y dejando pufo y trabajadores en la estacada y se han hecho un máster en no sé dónde. No creo que él esté ni en el censo de ese millón y medio de trabajadores autoempleados, llamados pomposamente autónomos para no dejar ver la realidad, que se buscan la vida muchos de ellos por exigencias de las empresas que los contratan. A muchos se les exige darse de alta como autónomos. Como es una realidad que todos conocemos, no abundo más en ella ni el resto de las trampas consentidas y hasta fomentadas de este país.


A diferencia de otras personas que acometen con desgana esta situación de venta en la calle, Pepe ha hecho de ello una situación positiva. Pepe sabe quién le compra cada libro y los que les pueden interesar. En ocasiones, cuando pasas por delante, te dice «—¡Le tengo aquí guardado un libro que le puede interesar…!» Y va a su bolsa de plástico y te saca un libro que, efectivamente, te interesa porque no es como esos vendedores que tratan de venderte cualquier cosa.

Otro día Pepe me abordó todo preocupado: «—¡Menos mal que le veo! ¡El otro día le cobré un euro de más porque no me acordé que era viernes y había una oferta de dos libros por cuatro euros!» Y Pepe ha estado sufriendo la semana porque me cobró ese euro de más. Y yo lo creo, porque es honesto, algo no muy frecuente hoy.
Hoy le he comprado una biografía de Chaplin y una joya de la colección austral, el Primer viaje que los hombres realizaron en torno del globo, de Antonio Pigafetta, un italiano que fue en la nave Trinidad, embarcado con Elcano y Magallanes, la tercera edición de 1963. Hemos charlado sobre lo bien que aprenden algunos extranjeros el idioma español y sobre una chica, creo que rusa, que participa en el concurso Pasapalabra apabullando a todo el mundo con sus conocimientos de nuestro idioma solo con poco más de cuatro años de estancia aquí.

Paul Newman y Jane Woodward
La mayor parte de los que le compramos libros somos profesores y personal de la universidad. A muy pocos alumnos les he visto pararse si quiera a mirar los libros, objetos raros por fuera y por dentro para muchos de ellos, sin utilidad reconocida. Sobre su sábana extendida puedes encontrar libros interesantes a un precio vergonzosamente bueno. Todos tienen el mismo precio y no suele haber malos libros casi nunca. Muchas veces he comprado ediciones que ya tenía para regalar libros a amigos, rarezas editoriales descatalogadas ya, que acaban sobre la sábana, en la acera de la avenida de la universidad.
Si muchos de los alumnos leyeran o sintieran la mitad de interés y amor por los libros que siente Pepe, me quedaría satisfecho y, probablemente, tendríamos un país mejor. Porque Pepe no deja los libros sobre el suelo sin más, sabe qué son la mayoría de ellos. Está lejos de la indiferencia de los vendedores de libros de los grandes almacenes, que manifiestan poco interés por lo que tienen. Él te habla de esos libros, de las ediciones y sabe la diferencia existente entre un libro y otro. Se acuerda, pasados los meses, de algún libro que te llevaste. Toma nota por si encuentra alguno que necesitas.
Pepe es un librero sin librería, a diferencia de esos vendedores que despachan libros como si estuvieran en un supermercado, que son librerías sin libreros. No he cometido nunca la indiscreción de preguntarle a Pepe cómo llegó a vender los libros en la calle, pero me imagino que una vocación así —lo suyo es vocación, sin duda— no se improvisa. Probablemente dedicara la mayor parte de su vida a esos libros que hoy muchos no saben muy bien para qué sirven. Vender libros por las calles, en las aceras, tiene algo de chaplinesco, de esa dignidad callejera que nace del buen corazón y vivir con la mirada al frente, aunque el mundo se derrumbe a tu alrededor. Pero a muchos habrá que explicarles, además de qué es un libro, quién era Chaplin.
Creo que mi admiración callada por Pepe viene de su amor a lo que hace y de la conciencia del valor de su trabajo. Es él el que dignifica con su actitud esa simple sábana sobre la calle, es él quien lo dignifica esforzándose en saber qué vende a las personas que pasan, tratando de hacerles llegar algo en lo que cree y que les puede interesar. Si en este país hubiera gente como Pepe en los despachos, no tendría que haber gente como Pepe en la calles.
Decimos que los trabajos dignifican a las personas, pero cada vez estoy más convencido de lo contrario: son las personas las que dignifican a los trabajos, por humildes y sencillos que sean. 
Feliz Navidad, Pepe.

miércoles, 21 de diciembre de 2011

El ejército fantasmal


Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Que los militares hayan asumido el papel represivo infame que el sistema policial de Mubarak representaba hasta el momento tiene consecuencias graves en distinto órdenes y niveles.
El primero de ellos, el más evidente, es que el ejército queda invalidado para ser el semillero de los gobernantes egipcios, como lo fue durante los últimos sesenta años, desde que a principios de los años cincuenta se sublevaran contra lo que consideraban una política monárquica de entrega y sumisión colonial. Todos los presidentes —Nasser, Sadat y Mubarak— salieron de sus filas convirtiendo la carrera militar en la que llevaba a la presidencia. Por la vía estrictamente política podías llegar a ministro, pero solo por la militar se aspiraba al poder absoluto.

Eso convierte al Ejército en el corazón del control de Egipto. Un control oscuro, basado en los delfinatos y en el crimen de Estado, como en el caso de Sadat que posibilitó el ascenso de Mubarak al poder. Todo lo importante se cuece entre sus filas. Desde allí se reparte la gran tarta del poder y los negocios. Solo el intento de Mubarak de colocar a un civil, a su hijo Gamal, rompe la sucesión institucional  que pretende sustituir por la biológica. Entonces estalla todo: en la sociedad, que no tolera esta burla pseudomonárquica, y en el Ejército que sacrifica la pieza aparentemente más valiosa. Curioso ajedrez este en el que el Rey vale menos que las Torres, los alfiles y los caballos. Curiosa forma de hacer gambitos, sacrificar al Rey para resguardar a las demás piezas del tablero.
El segundo nivel en el que el Ejército ha perdido su poder es el ejemplar y heroico. Los egipcios veían en su Ejército a los héroes que el sistema educativo y los álbumes de recortes fotográficos les mostraban. En un pueblo sometido a frustración permanente, el Ejército se mostraba como una poderosa institución. Frente al caos social, el Ejército es la estabilidad, la forma de vida ordenada. Son las pirámides de carne y hueso. Representan el poder de lo perenne. La imagen de las fuerzas militares agrediendo vilmente a las mujeres, vejándolas, pisoteándolas, ha dejado reducido al Ejército a un grupo de maleantes, de seres mal nacidos, sin honor ninguno, la concentración de la vileza más inmunda, matones con uniforme orinando desde los tejados sobre los manifestantes.


La prohibición por parte del Ejército de ser siquiera mencionados, no digamos ya criticados bajo penas en juicios militares se muestra como otra infamia más. Los tribunales militares, que ya eran una infamia, han arruinado cualquier posibilidad de respeto. ¿Quién va a justificar que no se puedan criticar las bajezas cometidas por el Ejército estos días? ¿Pretenden silenciar las críticas por todo lo que el mundo entero ha visto? ¿En dónde quedan los argumentos de que son conspiraciones para separar al pueblo Egipcio de “su” Ejército? Lo que ha quedado claro es que lo complicado es separar al Ejército egipcio de sus víctimas. La imagen de los perros, de las hienas, arrastrando los cadáveres de las víctimas, siguiendo las instrucciones de los perfectamente identificables oficiales al mando, impide construir cualquier imagen de honorabilidad que pueda ser mancillada por la crítica. Sencillamente, ellos mismos han destruido su honorabilidad con sus torturas ante la vista de todos. No, ya no existe el heroico y honorable Ejército de Egipto. Solo hay bellacos torturadores. Es ante el pueblo egipcio ante quienes tendrán que lavar sus culpas. Se les ha perdido el respeto porque ellos le perdieron el respeto a los que llevan la bandera de su país con dignidad, los que son apaleados, heridos, muertos. Ellos son los únicos que han quedado con el derecho a llevarla con dignidad.


El tercer orden en el que el Ejército ha quedado destruido es el internacional. La repulsa causada por su violencia irracional, brutal ha sido vista por todos, ha dado la vuelta al mundo. Las reacciones inmediatas de la ONU —de la Alta Comisionada para los Derechos Humanos— condenando lo que todos hemos visto, de Amnistía Internacional pidiendo que se deje de vender armamento a Egipto, equiparándolo con los regímenes de Gadafi o Al Assad, las advertencias del gobierno norteamericano —Hillay Clinton ha sido contundente, directa, sin asomo de diplomacia, contra las acciones de Ejército—, las críticas europeas, etc., han complicado las fuentes económicas que alimentaban al Ejército egipcio y parte del negocio institucional que les ha hecho vivir mejor que el resto de su pueblo. Egipto es el segundo receptor de ayudas, después de Israel, de los Estados Unidos. Con los cambios estratégicos que se están produciendo en la zona, el Ejército se ha equivocado pensando que la inestabilidad les beneficiaba porque así se aseguraban de que ellos seguirían controlando la sociedad frente al caos y la islamismo, la misma estrategia de Mubarak. Hasta en esto han mostrado falta de imaginación. No podían que un gobierno que saliera de las urnas estuviera por encima de ellos.


Las advertencias internacionales se irán multiplicando y se pasará a las denuncias por el trato criminal que se da a la población. El pueblo egipcio se está dando cuenta que la elección que tiene sobre la mesa es vender una pobreza tranquila e infame o sacudirse a estos dominadores brutales que desperdiciaron la posibilidad histórica de lavar su imagen apoyando una democracia real.

Lo único que ha pedido la gente, lo único por lo que volvieron a salir a la calle, fue que traspasaran el poder a los civiles una vez que se vio claramente que no estaban dispuestos a abandonar el poder, que trataban de establecer unas garantías de su impunidad institucional y personal. Querían ser un estado dentro del Estado, seguir por encima del bien y del mal, continuar rigiendo la vida egipcia desde los cuarteles. No entendieron o no quieren entender que la gente quería un cambio real. Todas esas muertes, toda esa sangre derramada, no son más que el grito doloroso de los que se han negado a ceder a esa nueva forma de sumisión.
Esa mujer apaleada, desvestida, pisoteada ante los ojos de medio mundo; esos hombres arrastrados, inertes, golpeados con saña… han sido los que han hecho comprender a todos que no están ante el Ejército egipcio sino ante sus ruinas morales. Solo quedan, como fantasmas, uniformes vestidos sin dignidad. La dignidad está en otro lugar, arropando cuerpos ensangrentados.