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jueves, 25 de febrero de 2016

Sobre Gran Torino y los estereotipos culturales

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Hay muchas películas interesantes para el estudio de los estereotipos, pero probablemente pocas ofrezcan un material tan rico y abundante como "Gran Torino" (Clint Eastwood 2008). Hemos tenido ocasión de repasarla en nuestro cinefórum y de aprovechar esa riqueza para ahondar en cuestiones sobre las relaciones interculturales, materia en la que estamos metidos a través de las tesis doctorales que tengo la suerte de dirigir con alumnos de diversos países y culturas.
Nada más sano contra el casticismo que el cambio de perspectiva que vamos adquiriendo cuando entramos en contacto con personas de culturas diferentes y nos dirigimos hacia ellas con el afán de un aprender conjunto que nos enriquece a todos. En unos casos lo hará en forma de conocimiento nuevo, en otro como derribo de viejos muros elevados durante generaciones de malentendidos, incomprensiones y desprecios.

Cuando se revisa la historia cultural y sobre todo los textos que producimos, nos damos cuenta de cuánta arbitrariedad, de cuanta injusticia existe en la forma en que dibujamos primero y tratamos después a personas que simplemente proceden de mundo diferentes.
Un estereotipo es un enunciado, una afirmación sobre algo o alguien que mantiene cierta constancia en el contenido aunque pueda variar en las formas, es decir, en la representación. El mismo estereotipo puede encarnarse en un chiste gráfico, en una historia insertada en una novela, en un anuncio. Todos esos "mensajes" saltan de los textos hasta nuestras mentes y anidan allí. Son reforzados produciendo un prejuicio, un juicio preconcebido, respecto a personas, grupos, sectores, profesiones, etc. La representación prevalece y marca la realidad; el contenido dirige y evalúa la experiencia condicionando los resultados. Un estereotipo es, en este sentido, una venda en el conocimiento, un filtro.
Los estereotipos abarcan todos los campos en los que es posible tener una opinión. A los sociólogos y demás estudiosos de este campo les preocupa el tipo de "verdad" o "mentira" que hay en los estereotipos. No creo que sea ese todo el problema, sino el uso de que hacemos de ellos.
En la película de Eastwood se nos muestra a un viejo gruñón, ex soldado de la guerra de Corea, que acaba de perder a su esposa. No aguanta a nadie y nadie le aguanta a él. Su mundo está lleno de valores fundados en estereotipos. ¡Cómo se le ha ocurrido a su hijo comprar un coche japonés!


Quiere el destino (el guionista) que en la casa de al lado del polaco católico Walt Kolwalski viva una familia "asiática", un grupo de Hmong. El primer estereotipo que tiene el personaje es el del "asiático". Como persona que ha luchado en la guerra de Corea, todos los "asiáticos" forman parte de un solo grupo, una "categoría" que viene identificada como el "enemigo" contra el que fue a luchar y que ahora les invade. Para él, los Hmong son "amarillos", como se refiere, esa característica anula cualquier otra que permita romper el estereotipo. Por ser asiáticos, "amarillos" (entre muchos otros tópicos calificativos, siempre insultantes), se merecen su desprecio. No hay discriminación entre unos y otros.
Tendrán que decirle al gruñón combatiente de Corea que los Hmong lucharon a su lado en Vietnam y que por ello fueron posteriormente perseguidos y masacrados tras la retirada de los Estados Unidos. En esas circunstancias, los Estados Unidos los acogieron como refugiados políticos. Como le dice la joven Sue: "¡Échale la culpa a los luteranos por traernos!" Los Hmong son, para acabar de romperle los estereotipos, mayoritariamente cristianos.


Lo interesante de la película es cómo descubre el Kowalski que se siente más cerca de aquella gente que ha venido de muy lejos más cerca que de su propia familia, especialmente de sus hijos, con los que confiesa no tener ningún aspecto común. Es el tradicionalismo de los Hmong —son familias muy tradicionales, le repiten constantemente— el que rompe la cabezonería de Kowalski. Es el imperturbable sentido del compromiso de los Hmong el que vence la resistencia. Da igual que a él no le gusten los regalos que le hacen; ellos lo hacen porque están en deuda. La comida jugará un papel importante en la película como elemento simbólico y ritual, algo característico de la cultura Hmong y de la cultura china en general. Kowalski pasará de dar por sentado que "comen perro" a degustar complacido los platos que le ofrecen los vecinos. Él seguirá bromeando con que comen perros y ellos le seguirán la broma diciéndole que comen gatos.


La profundidad psicológica del personaje nos llega cuando comprendemos de dónde viene su amargura, la que le ha hecho llevar una vida enfrentado a todo el mundo: mató a un joven vietnamita que iba a entregarse. No ha superado ese dolor durante su vida y lo ha transformado en ese prejuicio que le hace no ir más allá del estereotipo negativo.
Son las circunstancias las que le permiten redimirse y disfrutar junto a sus vecinos Hmong de aquello que no pudo tener con sus propios hijos. Los dos jóvenes Hmong le permitirán asumir esa nueva paternidad. Cada uno de ellos figura en un extremo distinto: la joven es abierta e irónica, comunicativa y le habla sin trabas; el joven retraído, tímido, víctima de la violencia que le obliga a llevar una vida que no desea.


Los prejuicios de Kolwalski no se refieren solo a los "asiáticos". En realidad es un hombre lleno de prejuicios, lo que le ha llevado convertirse en una especie de caricatura gruñona de sí mismo. Es un acierto interpretativo los gruñidos perrunos que Kowalski emite cuando ve cosas que le desagrada, como el piercing en el ombligo de su nieta durante el funeral.
Si algo enseña la película en el plano que comentamos es el valor de la constancia. Acabar con los estereotipos y los prejuicios que existen tras ellos no es fácil y requiere firmeza y constancia en diferentes direcciones. No es fácil borrar esos prejuicios que han  anidado en las mentes y se ven reforzados desde el exterior con distintos mensaje portadores de esos enunciados. Incluso, en la medida en que los estereotipos son concreciones textuales, pueden perdurar en un plano diferente al del prejuicio, como hábitos comunicativos o expresiones que quedan como restos arqueológicos en los códigos. 

La cultura es memoria colectiva, un depósito de elementos compartidos. Muchos de sus elementos reproducen esos estereotipos. Pensemos simplemente en las películas que, a diferencia de Gran Torino, no tratan de eliminar estereotipos sino que han contribuido a crearlos. Son, por el contrario, mayoría.
Estados Unidos ha tenido que lidiar con sus estereotipos internos, sobre todo desde el racismo. Ha tenido que depurar su pasado textual y aprender a vivir con él. Los tiempos cambian, pero los textos permanecen y pueden llegar a ser un insoportable recuerdo de nuestros prejuicios. El ejemplo de El nacimiento de una nación, de D.W. Griffith, es solo un ejemplo comúnmente citado, pero podrían proponerse muchos otros ejemplos de aplicación de estereotipos a otros grupos que no han tenido todavía la fuerza para borrar o advertir de los estereotipos sobre ellos.
Lo mismo que ocurre con los Hmong ocurre con el joven sacerdote católico —27 años— respecto al que tiene todas las prevenciones y, como es habitual, no se queda mucho tiempo sin decirle lo que piensa de él. También por esta vía comprenderá que ha levantado barreras absurdas.


Como en el caso anterior, seguirá manteniendo el vocabulario ofensivo, pero con una actitud diferente. Debe aparentar que no ha cambiado, que sigue igual de gruñón, pero todos se dan cuenta que el cambio ha sido importante.
Las dos escenas que mantienen un sentido del humor peculiar y eficaz son las que llevan a la formación del joven y a su integración social. Me refiero a las secuencia de la peluquería en la que hacen salir y entrar para que se presente "como debe" y al resultado del aprendizaje cuando Kowalski le acompaña a pedir trabajo.
Podemos comprobar la dificultad de asumir el lenguaje que Kowalski y el peluquero italiano le proponen para "parecer un hombre". Es una secuencia muy interesante por lo que tiene de metalingüística. Es la explicación desde la Pragmática de cómo parecer de una manera para no ser tratado de otra. Es una interesante lección de cómo funciona el lenguaje y de cómo nos ofrecemos de una manera u otra a través de él. Los dos veteranos enseñan al joven Thao cómo se debe entrar en un lugar desde la perspectiva "masculina", esa especie de brutal camaradería cuartelaria verbal, insultante, que no parece ofenderles sino divertirles. Vemos aquí el funcionamiento estereotípico de la "masculinidad" desde esa perspectiva ruda que busca presentarse de esa manera descarnada y agresiva que se resuelve en lo verbal, como si fuera una competición de testosterona.


Cuando hemos visto esta secuencia, comprendemos mejor los mecanismos lingüísticos que se desarrollan en la segunda, la que lleva a la consecución del empleo. Thao ha dejado de manejarse verbalmente tal como lo hacía anteriormente y se comporta ante el contratista como si estuviera dotado de un aplomo que resulta divertido al espectador al ver la transformación por efecto de las lecciones que le han dado.
La película de Eastwood ahonda también en los estereotipos y prejuicios que se aplican dentro del grupo, es decir, como señas de identidad. No es solo cuestión intercultural. Lo que se muestra en la película se acerca bastante a los casos reales en los que la sensación de no pertenecer al espacio en el que se encuentra no hace sino reforzar el estereotipo propio.


En la medida en que el estereotipo es un enunciado, puede ser también un auto enunciado. No es solo aplicable a los otros, sino que nosotros mismos podemos encerrarnos dentro de enunciados que nos limiten profundamente. La lucha del joven Thao no es con otros grupos sino con su propio grupo, que pretende hacer de él uno más. Los ataques del grupo de su primo precisamente tratan de alejarle de lo que él realmente quiere. Como dice su hermana, "las chicas Hmong van a la Universidad; los chicos, a la cárcel".
Uno de los análisis más finos de la película es el del acompañante, una especie de novio dice ella, de Sue. El episodio del encuentro con la banda de afroamericanos es revelador. Sale con una americana asiática y viste y habla como si fuera un afroamericano. "¡Como vuelvas a llamarme 'hermano' te arranco la cabeza!", le dirá uno de los agresores en la esquina en que les paran. Es el personaje que queda más ridículo en película porque precisamente carece de definición, intenta ser de todo y no llega a nada porque es un estereotipo andante, una especie de afirmación de cómo le gusta parecer ante los demás.


Desde el punto de vista de los estereotipos, la película hace un recorrido por las diferentes posibilidades y los males que acarrean en el plano individual y social. Se suele establecer una relación entre el estereotipo, el prejuicio y la discriminación. El primero es, como hemos señalado, tiene carácter semiótico, se encarna en signos, con lenguajes muy diversos. Una forma de hablar y de vestir pueden ser equivalentes, tener un mismo significado al remitirnos a lo mismo. Desde este punto de vista, como todo signo, puede variar en los referentes a los que se les aplica. Para Walt Kowalski todo "asiático" ("amarillo", "japo", "rollito de primavera"...) "come perros"; todos son "los enemigos contra los que luchamos en Corea y Vietnam". Kowalski no ve personas, no vea Tao o a Sue, hasta que se abre. Lo hace porque ellos, quiera o no, van a entrar en su vida por una deuda que cumplir. Pasado este tiempo forzado, Kowalski descubrirá que son personas y no un conjunto de enunciados aplicables a cualquiera que tenga los ojos rasgados.

Creo que es importante resaltar de nuevo que los más dañinos que se nos muestran se dan en el interior de los propios grupos. Si reducimos el mundo a estereotipos nuestro propio mundo se reduce porque no nos encontramos ante su riqueza y variedad sino ante un mundo reducido y estático. Manejarse así por el mundo implica ser prisionero, auto limitarse y, en muchos casos, perder control sobre nuestra propia vida. Si el estereotipo marca al otro, se produce de forma complementaria nuestro propio marcado, como ocurre con las bandas, que no pueden escapar a su propia definición agresiva. Thao desea huir de ese destino que le obliga a ser como el grupo quiere que sea. En la película se le da la posibilidad de escapar, de no asumir la imagen que se le quiere obligar a tener.


La película, debe señalarse, cuenta con un magnífico guión de Nick Schenk. Fue premiado como mejor guión en 2008 por el National Board of Review. También debe resaltarse que Clint Eastwood descubrió el guión y no quiso que nadie cambiara una línea, algo poco frecuente en cualquier momento de la historia del cine.
También es bueno recordar que Eastwood es autor de un experimento narrativo insólito e importante cuando realizó "Banderas de nuestros padres" y "Cartas desde Iwo Jima", dos películas contando la misma batalla desde cada bando. La cuestión no quedó en un simple mirar aparentemente desde el "otro lado", sino que manifestaba un importante deseo hacernos ver una película resolviendo el problema de asumir la descripción del mundo que la industria norteamericana del cine ha llevado a cabo, algo que levanta recelos y crea problemas.
Una última observación sobre la película: también Eastwood dinamita su propio "estereotipo" creado película a película. Juega con su pasado y con el recuerdo que tenemos de sus películas como actor. La redención final del personaje está en las antípodas de lo que representaba a través de los personajes de las películas de Sergio Leone o del personaje de Harry el sucio. Kowalski apuntando con el dedo a la gente nos lleva a un Harry Callahan que nos pide que le alegremos el día.


Cuando se miran las películas producidas desde los Estados Unidos en las que se ve el mundo reflejado, nos damos cuenta realmente del peso de los estereotipos y del poder de la maquinaria cultural para definirlos, cristalizarlos, extenderlos y reforzarlos mediante un mecanismo casi pauloviano de refuerzo. Quizá sea el cine el mayor fabricante de estereotipos, mostrándose la continuidad entre los social y lo cultural.


A veces los investigadores consideran que las películas, novelas, dibujos no son la realidad. Evidentemente no lo son, pero sí la representación distorsionada y forman parte de ella realimentándola. Aceptar que no trabajamos con realidades sino con representaciones supone dar al estudio del estereotipo la importancia que merece pues circulan como textos y a través de textos. Por ello esa consideración de enunciados cuyos significantes son variados, pero necesitan encarnarse en distintas materias susceptibles de llevarlos de una mente a otra.
El papel de los estereotipos en la cultura es importante y en una cultura mediática y global como es la que vivimos actualmente es esencial comprender su funcionamiento, formación y origen. En el fondo, el pequeño barrio que Eastwood nos muestra, poblado de gente de distintas culturas, es una reproducción local del mundo actual. El caso de los refugiados Hmong —mal conocidos, peor juzgados— se reproducen hoy por el mundo, convertido en un gigantesco campamento en el que convivimos todos.
Los estereotipos están sirviendo para encuadrar a millones de personas y lo hacen muchas veces de forma profundamente injusta y peligrosa. Donde se ve el "peligro amarillo" hoy se ven otros peligros, pero el mecanismo es el mismo.


Contra el estereotipo reductor y estático, la variedad de la vida, su cambio constante. Si el católico polaco Walt Kowalski pudo descubrir que había juzgado mal a muchos, incluso a sí mismo, todos pueden acabar con los estereotipos, que nos afectan en cuestiones más allá de los que llegan de fuera. Si hay un foco mayor de problemas es en las cuestiones de género, en la que reina el estereotipo.
Si somos capaces de entender lo que condicionan nuestras vidas y relaciones los estereotipos de género, deberíamos también intentar eliminar los que nos impiden conocer, valorar y disfrutar de los otros.
Cuando se encendió la luz de la sala y pregunté a mis alumnos chinos qué les había parecido la película, la primera palabra que me dijeron fue "emoción". Son muchas películas, muchísimas, viéndose representados culturalmente de forma ofensiva. Hoy se cuida algo más esta cuestión porque el mercado chino es grande y conviene cuidarlo, pero si vamos —como hacemos— repasando la historia del Cine podemos considerarla como una acumulación de agravios representativos, de descripciones insultantes, de distorsiones inusitadas, etc. que nos hacen hoy enrojecer.
Nadie se escapa, si bien el potencial de la industria cinematográfica norteamericana hace que el peso de su producción cuente mucho en esta cuestión. Si desarrollamos la sensibilidad para percibirlo, pronto nos daremos cuenta. Y quizá tratemos de evitarlo, que no es ni más ni menos que tratar de comprender y comunicar mejor.




martes, 4 de septiembre de 2012

Dirty Romney o juego de sillas

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
—¿No has escrito nada sobre los mormones? —me pregunta mi compañera en la Facultad con un vaso de café apoyado sobre la parte trasera de un coche aparcado en la sombra.
—¿Los mormones...? —respondo sorprendido, intentando hacer un rápido repaso sobre lo que escrito desde que nos vimos— No... ¿Sobre Romney...?
—Sí...
—Sí... —dudé— ... alguna cosa.
La verdad es que no es fácil escribir sobre Romney. Romney es siempre alguien que aparece de pasada en una frase. Escribí en varias ocasiones sobre Rick Santorum porque era una máquina de provocar ya desde su mismo apellido. Si le dejan, Santorum hubiera invadido el Vaticano. Yo escribí sobre él porque hablaba con Dios y eso me parecía jugar poco limpio en unas primarias. Enfrentándose a Obama, lo hubiera entendido, pero recurrir a la Divinidad para enfrentarse a sus compañeros republicanos me parece que no es jugar limpio. Dios está con todos ellos.


Sí, no es fácil escribir sobre Romney y ha conseguido que la campaña gire sobre grandes ausencias: su declaración de la renta y una silla vacía en la convención republicana.

Los norteamericanos se quejan de que Mitt Romney nunca dirá a nada que no; es como una especie de anguila política que se escurre entre las manos en cualquier situación que no le favorezca. Y es que Romney no es solo un empresario; es un vendedor, que es muy diferente. La revista Time ironiza en la portada que le dedica: "Sure, He looks like a President. But What Does Mitt Romney Really Believe". Romney, que recorrió París de puerta en puerta intentando convencer a los franceses de que se unieran a los mormones o, al menos, abandonaran la bebida, ha aprendido a sobrevivir a los treinta primeros segundos en los que la puerta se puede estrellar contra tu cara. No digas nada que haga que te rechacen; cuando estés dentro, ya les cuentas. Es el abecé del vendedor callejero.
La pobreza asombrosa del discurso republicano tras la era "Bush", que se fumó los argumentos de una década, ha dejado el listón muy bajo, pero ha reducido las discusiones a absurdos que solo la frustración causada por Obama explica pueda causar el entusiasmo de alguien.
El problema no es Romney, ni lo fueron los otros candidatos republicanos, con las extravagancias de Santorum o el libertarismo a la americana de Ron Paul, que casi resulta el más sensato. Todo el mundo estaba de acuerdo en que el nivel era absolutamente mediocre. Las críticas a Romney fueron que su estrategia —¡lo que le costó despegarse del resto!— consistía en no decir nada y dejar que los demás se estrellaran. La prensa se dedicó a intentar pillar las flagrantes contradicciones entre sus actos como empresario y como político, y sus palabras como candidato según le interesara mostrarse ante cada auditorio. Romney era Romney y su contrario; un vendedor que dice a su cliente lo que quiere escuchar en cada momento.


Romney se ha negado a mostrar sus declaraciones de la renta para que se sepa lo que gana y cotiza. Eso le hará ganar votos entre lo que consideran que hacer eso está bien porque los impuestos están mal y confirmará que no lo voten los que no querían votarlo. La declaración se ha convertido en una cortina de humo hacia la que se dirigen los argumentos críticos permitiéndole controlar la dirección de los disparos. El argumento de que en la América de Obama se persigue a los empresarios de éxito se lo han puesto en bandeja, pues muchos de los que le van a votar consideran que los impuestos son un robo que el "gobierno" les hace para pagar los vicios de la pobreza y la enfermedad, asuntos morales tanto sociales como económicos. Hay que escuchar estas cosas en boca de los republicanos para creerlas. Como lo de las violaciones y los embarazos, que ya comentamos.
Los demócratas se han centrado en el documento ausente, como los republicanos se han centrado en una silla vacía, transformando la convención republicana en un show beckettiano en el que Obama se convierte en un Godot que nunca llega.


El show de la silla vacía montado por Clint Eastwood era un extraño número del teatro del absurdo en un programa televisivo de variedades. El actor recrimina a un presidente invisible no haber cumplido sus promesas, justo lo que los republicanos necesitan, no más republicanos, sino captar demócratas desengañados y a los indecisos. Romney no tiene que decir nada o muy poco.

Obama se encuentra en una extraña posición en la que los votantes republicanos le acusan de no haber enderezado la economía, mientras que los demócratas le acusan de no haber enderezado a los republicanos, es decir, las políticas de la era Bush en el campo de las finanzas, que es para lo que le habían elegido, seguros de que era el punto radical que podía cambiar las cosas. Sin embargo —y esa acusación es general— Obama ha mantenido no solo esas políticas respecto a Wall Street, sino que ha ratificado a los responsables del desastre que sacudió la economía mundial desde la norteamericana. Todo el esfuerzo último de Obama ha ido encaminado a convencer a los norteamericanos de que la culpa de la situación la tienen los europeos. Pero eso intranquiliza todavía mucho más a los votantes, que se plantean que el problema es entonces de liderazgo. Los norteamericanos prefieren un presidente que les diga que el problema está delante de ellos, a uno que les diga que no puede hacer nada porque el origen se encuentra en otro lado. En España sabemos algo de esto.
Clint Eastwood puso una silla vacía sobre el escenario. La silla no dio mejores respuestas que las que da un Romney visible. Fue un golpe de efecto en una intervención cuyo sentido no tenían muy claro; un recurso de actor que no quería soltar discursos al auditorio —eso le convertiría en político— sino convertir a los asistentes en espectadores de una "representación". Pero les bastó reírse en los momentos clave o que ellos pensaban que lo eran.


No creo que muchos lo entendieran como tampoco creo que el propio Eastwood entendiera muy bien qué estaba haciendo. A la mitad de los que estaban allí no les habría hecho mucha gracia Gran Torino; se habrían quedado con Harry el sucio o con el pistolero sin nombre de Sergio Leone, cuya imagen —¡ironías de la vida! el Eastwood europeo— le pusieron detrás. Clint se habría tenido que bajar del estrado con su arma para intimidar a los dos republicanos que echaron frutos secos a una reportera negra de la CNN diciéndole "¡Así es como alimentamos a los animales!". ¿Quién dijo que no tienen programas sociales? Clint les habría hecho cagarse en los pantalones mientras le temblaba el ojo izquierdo. Pero estaba haciendo justicia en otra parte, frente a una silla vacía.
Se terminó con el público entregado coreando con el actor el famoso "¡arréglame el día!", "Go ahead, Make my Day" de Harry Callahan, una forma sintética de expresar "arréglame la economía", "arréglame el paro", "arréglame la deuda con China" y un sin fin de arreglos y apaños que, en opinión de aquellos cinéfilos, necesita el país. ¡"Arréglame a Obama!", Mitt!


Quizá no escribí sobre "los mormones", como dice mi compañera, porque me resultaba triste escribir sobre Eastwood. Acabó el número preguntando a su silla vacía si no había llegado el momento de que un "hombre de negocios" se siente en la Casa Blanca. También dijo "los políticos son nuestros empleados", pero eso fue para quedar bien con la otra mitad de su filmografía y con sus asombrados fans de medio mundo. Quizá me recordaba demasiado "Las sillas", de Eugene Ionesco, en la que una pareja de ancianos se dirigen sus invisibles asistentes a los que ofrecen asiento en las sillas del escenario. Ni siquiera me cabía el consuelo de escuchar las palabras del "Viejo" en la obra: "Amigos míos, tengo una pulga. Os visito con la esperanza de dejar la pulga en vuestra casa”. Ese hubiera sido un buen final; una frase digna de Eastwood, más que de Harry.


Escenario de Las sillas, de Ionesco


"Dirty Romney" ya está en la calle, bajo el sol del mediodía. Una música de Morricone resuena por el pueblo, cuyas gentes se retiran asustadas y cierran las ventanas antes de que las balas comiencen a volar. Sobre el escenario vacío queda una silla solitaria.

* "Así es como alimentamos a los animales" Público 29/08/2012 http://www.publico.es/internacional/441525/asi-es-como-alimentamos-a-los-animales