Mostrando entradas con la etiqueta Jesús Mosterín. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Jesús Mosterín. Mostrar todas las entradas

lunes, 6 de noviembre de 2017

Cultura e información

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Publicado en 1993, el texto de Jesús Mosterín "Filosofía de la cultura" tiene su comienzo sobre del concepto básico de "información". Nos ha llevado muchas décadas introducir este concepto y hacerlo operativo en su diversidad, por un lado, pero también en su propia unicidad.
Ya desde su primer capítulo, "Cultura como información", Mosterín se distingue de otros enfoques de la idea de cultura. El planteamiento de Mosterín pertenece al paradigma informacional y sobre esos principios se adentra en el recorrido de la idea en ámbitos de diferente nivel de complejidad:

Los seres vivos son entidades improbables y enormemente alejadas del equilibrio, sistemas frágiles e inestables que navegan contra corriente, oponiéndose a la tendencia universal hacia la entropía y el desorden, resumida en la segunda ley de la termodinámica. Es sorprendente que haya seres vivos, y que no todo se reduzca a rocas y gases y plasmas. Estos sistemas tan excepcionales sólo pueden surgir, mantenerse y reproducirse a base de detectar, procesar, almacenar y usar información. La existencia, por efímera que sea, de un ser vivo es casi un milagro, es algo tan inverosímil y asombroso, que sólo puede explicarse por la aplicación simultánea y coordinada de miles de trucos sofisticados. Por muy rebuscado e improbable que sea un truco, una vez descubierto, registrado y almacenado, puede ser aplicado una y otra vez en millones de ocasiones y en millones de organismos. Un truco es información. Y, sin esa acumulación de información, la vida sería imposible. El uso de esa información acumulada nos permite a los organismos remontar la universal corriente entrópica y seguir avanzando como funámbulos sobre el abismo. Y aquí estamos nosotros para contarlo.
Los animales superiores poseemos dos sistemas procesadores de información: el genoma y el cerebro. El genoma procesa la información de un modo extraordinariamente lento, pero es sumamente fiable como mecanismo de transmisión y almacenamiento. El genoma procesa la información de un modo extraordinariamente lento, pero es sumamente fiable como mecanismo de transmisión y almacenamiento. El cerebro procesa la información de un modo incomparablemente más rápido, aunque es menos fiable y eficiente en su transmisión y almacenamiento. Allí donde los cambios del entorno son lentos y a muy largo plazo, el genoma es el procesador más eficiente. Pero cuando los cambios son rápidos y a corto plazo, el genoma no da abasto para habérselas con ellos directamente. Algunas líneas génicas han resuelto el problema inventando el cerebro. Los cerebros son capaces de registrar los cambios al instante, y de procesar la información rápidamente. Además son capaces de transmitir esa información de cerebro a cerebro, creando y acumulando así una creciente red informacional, que recibe el nombre de cultura. La cultura es la información que se transmite entre cerebros, es decir, la información transmitida por aprendizaje social.*


Del caos al orden y del orden material a la vida. No hay vida sin un procesamiento, aunque sea mínimo, de la información. Como humanos manejamos más información y más compleja. Nuestros cerebros se unen para crear los sistemas culturales. Nuestro lenguaje complejo permite tener y transmitir una visión más compleja de lo que nos rodea, de un entorno que ya no es solo material sino altamente simbólico. El mundo es interpretado, pero todos nuestros códigos, nuestros lenguajes y signos, ponen en marcha un entorno simbólico en el que pasamos a ser "intérpretes", es decir, seres que someten a interrogatorio el mundo que les rodea que deja de ser un escenario silencioso y pasa a ser causa de estímulos constantes.

Poseemos una extraordinaria capacidad expresiva, junto con la posibilidad de ser interpretados por otros. Hablamos y escuchamos; expresamos e interpretamos lo que otros dicen, voluntaria o involuntariamente. No dejamos de comunicar, de intercambiar información que otros perciben y dan sentido.
La Ciencia misma es una evolución de la curiosidad, un continuo preguntarse ante el mundo para comprender, un proceso abierto y que aspira a los mayores retos. Las sociedades creativas son las que no dejan de considerar el mundo como un texto abierto a lectura y escritura, a relectura y reescritura continuas. Las dogmáticas, en cambio, tratan de hacer creer que ya está todo dicho, que no hay preguntas que hacerse. Tremendo error que las paraliza y produce su debilidad bajo apariencia de solidez.
Cerebro y genoma. Pero ese cerebro es algo más que información. De él surge la identidad, fabricada por el juego de la memoria, que es un decirse desde la experiencia. La información almacenada no es procesada por una máquina, sino por un complejo órgano que se encuentra entre lo propio y lo ajeno. La memoria no es la inscripción de una lápida. Por el contrario, se trata de un proceso sometido a variación constante en función del propio momento del recuerdo. Recordar es recuperar una información desde el hoy, tal como la Historia se escribe inevitablemente desde un punto límite de sí misma, el presente cambiante por la autocomprensión.
Intercambiamos información con los otros. Hemos expandido nuestras posibilidades de diálogo y podemos hacerlo a distancia física y en el tiempo. La lectura es una forma de diálogo doble, con nosotros mismos y con los otros. Es un ejemplo de nuestro estar en el mundo. Somos, pero somos dentro de flujos culturales que nos ponen límites, líneas reguladas dentro de la cultura en la que estamos. Eso cambia con la comunicación intercultural, que abre nuevas posibilidades de identidad y definición.
En estos tiempos que corren es esencial llegar a definiciones de lo humano en las que la cultura no sea un elemento separador sino una oportunidad de crecimiento a través de compartir la información.  
Puede que estemos hechos para procesar información, pero también es cierto que son necesarias nuevas competencias comunicativas para afrontar el gran reto del futuro: la diversidad de la información que recibimos. Los tiempos de las culturas aisladas se acabaron. Esto ya solo se puede hacer de forma artificial y autoritaria. La tendencia de las dictaduras es a elevar murallas que eviten los intercambios de información.
La información que recibimos nos centra en nuestra propia cultura, pero debemos prepararnos para la diversidad cultural. Nuestro mundo se ha hecho pequeño. Hay que afrontar la diversidad y los conflictos que produce. El futuro es híbrido una vez rotas las barreras del tiempo y el espacio. Por ello quizá estamos sujetos a una de las etapas más virulentas de los localismos —a través de populismos y nacionalismos, movimientos claramente cerrados sobre sí mismos, que tratan de aislar cerrando las entradas de información.
Las noticias que nos llegan de muchas partes del mundo son cada vez más preocupantes. Nos muestran la voluntad reaccionaria de regresar a un pasado que va contra la propia lógica y el desarrollo históricos. Vamos hacia unidades superiores en las que se resuelve la identidad histórica; ese es el sentido de nuestra constante amplificación comunicativa. Pero la resistencia aumenta en favor de formas rígidas que entrechocan.
Mientras nuestro conocimiento aumenta por el intercambio de información, los choques se multiplican por el mismo proceso. Si no hay cambio, lo que se produce es choque. Escribe Jesús Mosterín:

El proceso de difusión cultural parece conducir a una situación caracterizada tanto por una mayor variación intracultural como por una mayor homogeneidad intercultural. Los acervos culturales de las diversas poblaciones humanas cada vez se parecen más entre sí, a la vez que internamente se diversifican más y más, mediante la creciente admisión de memes exógenos. Las culturas más pobres se van enriqueciendo con nuevas dimensiones y funciones culturales importadas y con nuevas alternativas para el desempeño de las funciones ya previamente poseídas. En definitiva, la oferta cultural aumenta. La competición entre los memes homólogos puede producir una selección cultural, una adopción diferencial por parte de la población de esos memes homólogos que la cultura ampliada ofrece, debida fundamentalmente a la decisión de los individuos de adoptar un meme más bien que otro alternativo, porque —en su estimación— el primero contribuye más que el segundo a optimizar la satisfacción de sus necesidades e intereses, dadas las condiciones locales. Lo cual, teniendo en cuenta la relativa homogeneidad genética (previsiblemente incrementada en el futuro por los flujos migratorios) de la humanidad, a la larga acabará conduciendo a una cultura universal única, provista de una oferta cultural muy rica, aunque modulada geográficamente por variaciones estadísticas en la distribución de los memes en función de variables puramente ecológicas.*


Los "memes" son el equivalente externo de los "genes". Son los paquetes de información que constituyen nuestras culturas y que transmitimos a gran velocidad en el tiempo mediante el aprendizaje. La competencia cultural se manifiesta como la genética. El futuro, desde la perspectiva de Mosterín, es dual: mayor convergencia intercultural, mayor divergencia intracultural. Oponerse al futuro es oponerse al cambio hacia fuera y hacia adentro. Queda por resolver el problema de las identidades grupales, de sus señas y formas diferenciales.
Nuestros medios son ya globales. El intercambio de información con gente de todas partes del mundo se produce de forma cotidiana a través de los medios o se percibe en la diversidad de nuestras aulas o calles. Educación, turismo, cooperación internacional, empresas, arte, cocina... todo es información y todo nos llega desde cualquier parte del mundo. Y aumentan también las resistencias en forma de negación: racismo, xenofobia.
Son muchos los desafíos que se presentan por la expansión informativa de las relaciones interculturales. Quizá la aceleración de los cambios que la propia dinámica cultural informativa produce no sea fácil de asimilar. Pero el inmovilismo, la diferenciación a ultranza, tiene también unos efectos corrosivos.
El cuatro de octubre falleció Jesús Mosterín. Había nacido en Bilbao, se licenció en Madrid (UCM) y se doctoró en Barcelona (UAB). Se formó en medio mundo y difundió sus ideas por todo el planeta. Descanse en paz.




* Jesús Mosterín (1993). Filosofía de la cultura. Alianza, Madrid.

jueves, 24 de noviembre de 2016

Las batallas por la Historia

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
El artículo publicado el día 20 en Mada Masr por Tarek Ghanem lleva por título "History hurts, disturbs, inspires, revives. The battle for history from below"*. La publicación egipcia se encamina cada vez más hacia una fórmula más cultural que de actualidad. Es de agradecer que busque ese hueco porque da salida a una serie de ideas y visiones a la que la prensa tradicional no ofrece muchas posibilidades, ya sea por los temas en sí o por los espacios disponibles.
El texto de Ghanem trata sobre la Historia y sobre su construcción, la lucha que implica y sus efectos sobre quienes la interpretan o reciben. Pocos campos se han visto más sacudidos por las consecuencias de los cambios en la interpretación de las culturas y sus funciones como la Historia en cuanto disciplina y estatus. Situada en un punto entre la Ciencia y la Humanidades, plantea debates y controversias desde su función misma o desde su estatus.
La Historia es un discurso sobre los "hechos", como tal organiza, selecciona, jerarquiza, valora, muestra de una determinada manera, etc. Nuestro sentido occidental de la Historia ha cumplido unas funciones desde sus orígenes y hoy cumple (además) otras. No es casual que la Historia sustituya a las crónicas cuando surgen los nacionalismos y su necesidad romántica de raíces, metáfora que vincula al hombre a la tierra, que es el país. Hasta hace poco esa tierra era del rey y solo existían los siervos, cuyo vínculo con la tierra era trabajarla para otros. Por eso los vínculos los daba la religión, que era lo que permitía unirse (la "cristiandad") e interpretar el devenir. Un "pueblo" necesita "su historia", en la que se explica o justifica. En ella se mira y se ve reflejado con una mayor o menor distancia. Se crea una identidad que se construye a través de los discursos históricos que van dándole forma especular: es lo que se ofrece a nuestra mirada.

El vínculo entre Historia y nacionalismo es esencial y se muestra en las diferentes miradas sobre los mismos hechos que producen interpretaciones diferentes, a veces de forma radical como ocurre con los conflictos. Pensemos, por ejemplo en cuestiones como el "negacionismo" turco del genocidio armenio. La palabra misma que lo califica "genocidio" implica ya una constitución y valoración de un acontecimiento. Esto afecta a muchos conflictos, no solo bélicos sino de casi cualquier naturaleza. Cuando se produce un cambio social fuerte, es casi imprescindible reescribir la Historia porque se hace "inaceptable", "dolorosa", etc. la visión anterior. Eso ocurre tras dictaduras, guerras civiles, final de procesos coloniales, etc. las narrativas que creaban la Historia dejan de ser "aceptable".
La campaña electoral norteamericana, por ejemplo, ha servido para mostrarnos dos "Américas" con dos sentidos diferentes de su propia historia, lo que para unos era "progreso", parece que para otros era "degeneración". No es casual que el surgimiento de los populismos incorporen un fuerte sentido "nacionalista"; es parte del conflicto reinterpretativo del pasado, una batalla que puede ser muy cruenta por momentos. Unos resaltarán como figuras históricas clave a unos mientras que otros emplearán su fuerza para instalar las suyas como oficiales. Homenajes, celebraciones, biografías, etc. saldrán a participar en la batalla de la visibilidad y de las raíces de sus visiones del mundo.
En la obra de Jesús Mosterín dedicada al pensamiento de China*, se señalan las diferencias con otras formas orientales de concebir la Historia. Al inicio de su capítulo sobre la historiografía china, escribe Mosterín:

Uno de los mayores contrastes entre las dos grandes civilizaciones asiáticas, la india y china, se da en su opuesta actitud ante el tiempo, que determina sus muy diferentes contribuciones a la historiografía. Los indios siempre se han interesado por el significado intemporal, metafísico o moral de los acontecimientos y nunca se han preocupado de fijar un marco de referencia cronológico ni de anotar las fechas ni las duraciones de los eventos y procesos históricos. De la gran mayoría de los personajes indios ni siquiera podemos decir con un mínimo de precisión cuándo nacieron o murieron o cuándo efectuaron las contribuciones o hazañas por las que los recordamos. Hasta muy recientemente, la civilización india ha sido una civilización carente de historiografía. Por el contrario, los chinos siempre han anotado los eventos notables y los han fechado tomando las dinastías como referencia. Los letrados chinos siempre han llevado registros y han escrito anales y crónicas. En cualquier caso, China ha producido una impresionante historiografía. (212-213)**



Puede que se le haya escapado a Jesús Mosterín que el centro de toda la cuestión (o problema) es la redundancia circular de "anotar lo notable" ("los chinos siempre han anotado los eventos notables y los han fechado tomando las dinastías como referencia", dice en su texto). "Anotar" y "notable " tienen el mismo sentido pues la idea es la de "nota" fijación en la escritura: lo anotado es lo es por notable y lo notable lo es porque es anotado. Es su carácter de discurso fijado lo que lo hace convertirse en Historia. Que la referencia —la segunda parte de la cuestión— sean las "dinastías", es decir, los periodos de poder hace que estas adquieran consistencias. Es el sistema de puntuación y referencia de lo "anotado" o "notable". Lo que se "anota" pasa a ser hecho "notable" frente a lo que no es importante, lo trivial. Se anota porque es importante para el imperio o simplemente para el ejercicio del poder.
Uno de los efectos de la revisión de la Historia como disciplina es comprender cuántas cosas se dejaban fueran de los registros, cuántas no se tenían en cuenta porque no eran "notables", es decir, "memorables", no se consideraban importantes. Para ellas el olvido o la falta de atención. Hoy se escriben historia sobre las mujeres, ausentes como "sujetos" de la Historia, salvo contadas excepciones, muchas veces negativas; se escribe sobre la "vida cotidiana", desde perspectivas muy diferentes a las que sirven apara anotar los hechos de los poderosos, que son quienes controlaban las escrituras y con ello lo que se debía recoger y anotar, definiendo así el "hecho memorable" y mandando a la nada del tiempo todo lo demás. Escribas egipcios, monjes cristianos, letrados chinos... todas las culturas han cumplido esa vertebración cultural a través de la escritura.


La diferencia señalada por Mosterín entre las civilizaciones india y china refleja visiones diferentes de lo "memorable", del qué y del quién, de la Historia. No la Historia ni es ni puede ser "objetiva", palabra de gran inocencia y candor o, por el contrario, término perverso que esconde los mecanismos de fijación de lo memorable, de lo notable, es decir, de lo importante frente a lo trivial. Tiene una función de filtrado cuyo efecto final es una arquitectura de la Historia, un edificio que se sustenta en los pilares fundamentales, los discursos religiosos, económicos, filosóficos, etc. La Historia no prescinde de ellos, pues son los que están afectando al modo de ver (percepción de los "hechos" y al modo de contar (traducción a modelos discursivos, a géneros narrativos, etc.) que es el de las representaciones.
El artículo de Mada Masr plantea el grave conflicto de la construcción de una historia egipcia. Lo que ocurre en Egipto, por ejemplo, puede ser contado desde múltiples perspectivas y, previamente, mediante la selección de un mega marco: como egipcio (nacionalista), como musulmán (marco religioso) o como árabe (marco étnico). Las relaciones entre estos aspectos determinarán la construcción de los discursos históricos posibilitando unas lecturas u otras, es decir, la capacidad de identificarse con cada una.
La Historia necesita de una unidad grande entre los que la aceptan (la Historia puede ser aceptada o rechazada desde el punto de vista de la identificación con el discurso que la crea) o de un poder absoluto que la imponga como discurso oficial e imposibilite cualquier otra opción dentro del campo que controla. Sin ninguno de estos elementos, acuerdo o imposición, la Historia puede convertirse en un escenario de disputas de mayor o menor intensidad o virulencia.
El texto de Tarek Ghanem comienza recogiendo una serie de frases sueltas:

“Gone are the good old days when the world was a better place.”
“I swear the days of Abu Ala [meaning Hosni Mubarak] were the best. We were tired, but alive.”
“I am a driver. My father and my grandfather before him were both directors of the department of transport in a public sector company.”
“There were angels wearing white gowns fighting in the 6th of October War. Tons of people saw them.”
“Egypt is neither Muslim nor Coptic. Egypt is Pharaonic.”
These are a few examples of historical statements I’ve heard in Egypt recently.*

Cada una de esas frase llevan implícitas una serie de modelos explicativos, de percepciones del por qué estamos hoy aquí. Implican distintas valoraciones de lo acontecido u diversas formas de evaluarlo. Los tiempos pasado, señalan algunas, fueron mejores, lo que implica, por ejemplo, la negación del valor positivo de las revoluciones árabes de 2011. Si con Mubarak se vivía mejor, los jóvenes revolucionarios son responsables del empeoramiento de la situación. Los hay que juran que vieron ángeles en la batalla contra Israel del 6 de octubre. Eso convierte a los ejércitos y a quienes los mandaban en hijos predilectos de Dios, que envió sus legiones a ayudarlos. Eso determina la importancia de que los presidentes egipcios hayan sido considerados "héroes" (Dios está a su lado) frente a los enemigos demoniacos, los israelíes. Los debates sobre la falsificación de imágenes respecto al papel de Mubarak en la guerra implicaban meterle o sacarle de esa historia que necesita que las autoridades tengan a Dios de su parte. El-Sisi no participó en la Guerra contra Israel pero sí tuvo un "sueño profético" en el que el "héroe" Anwar El-Sadat, el decía que sería presidente de Egipto. Lo "notable" aquí es el sueño.


Los que consideran que finalmente (otra línea que se deprende de las frases) que no existen diferencias entre musulmanes y coptos, que solo se les debe "comprender" como "egipcios", plantean una línea que será difícil que triunfe si se considera que una línea en la que se identifica solo lo musulmán como egipcio. Eso llevará, además a escribir la Historia de una manera distinta porque habrá que construir primero un mecanismo de identidad: ¿la religión, la nacionalidad, la etnia? ¿Historia de los musulmanes, Historia de los egipcios, Historia de los árabes? Cualquiera de esas elecciones predetermina el resto y da lugar a una "Historia" distinta. "Faraónico" es una construcción discursiva como lo es "musulmán" o "árabe".
La inestabilidad política egipcia es una manifestación de una inestabilidad más profunda de la propia identidad que se refleja precisamente en esos discursos conflictivos que tratan de imponer una visión como verdad asentándose en los principios de autoridad que más se valore. El poder no abandona nunca la explicación religiosa porque es la que permite un mayor control. En otro caso, será política.
El problema de la Ciencia Histórica no es tanto la capacidad de encontrar hechos "objetivos" como su actitud crítica, antidogmática", ante ellos. El problema de la constitución científica de la Historia no es el de encontrar "verdades", leyes, etc. que sean incontestables (eso solo se explica por el desconocimiento de cómo funciona la Ciencia y cuáles son sus objetivos), sino el de desprenderse de errores y criticar sus propios planteamientos. Eso es precisamente lo que una Historia basada en el dogma religioso o equivalente no hace. 
Un texto de un historiador académico, que trabaje con métodos críticos, podrá referir que El-Sisi dijo haber tenido un sueño con Sadat, pero no establecerá nunca que es sueño se tenía que cumplir porque fue la divinidad quien se lo envió para animarse a incumplir su promesa de no presentarse a la presidencia. Tendrá que recurrir al "sueño" para explicar cómo se puede conseguir convencer a la gente, pero no le dará más valor que ese. El historiador "religioso", por el contrario, considerará ese sueño como un mensaje que certifica el hecho de que accediera a la presidencia tras el "no-coup". El historiador "político" usará el término "revolución del 30 de junio" al golpe de estado que derrocó al presidente Morsi después de que cientos de miles de personas manifestaran en las calles el rechazo a la política autoritaria de los islamistas. El argumento dado por los propios militares al inicio (evitar una guerra civil) era más convincente que negar la existencia de un golpe de Estado, aunque fuera por "petición popular", otro término que creará controversias, aunque veamos las manifestaciones de entonces. Un historiador estudiará las justificaciones religiosas, políticas, etc. diferenciándolas de los "hechos", que serán de una mayor complejidad de la pretendida por los explicadores.


Son muchos aspectos los que intervienen en la constitución del discurso histórico: la lengua, los géneros, los valores, etc. Ninguna es fácil de controlar de forma absoluta; todas son creaciones humanas.
¿Y la "verdad"? Mientras no distingamos entre "verdad", "realidad", "científico", "hecho", etc. tendremos que seguir haciéndonos las preguntas heredadas que la gente quiere que se le contesten. Dicen que el futuro presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, quiere que le presenten los problemas escritos en unas cuantas líneas y que sobre eso decide. La tarea de los científicos, historiadores, críticos, etc, tiende a ser un poco más compleja en la forma de enfrentarse a los problemas incluso en la forma en que son definidos.
El mundo es complejo en unos aspectos y sencillo en otros. El universo asciende desde lo más elemental, desde donde es posible construir grandes leyes aplicables y hasta es posible buscar una Teoría del Todo (que unifique otras), hasta la máxima complejidad que conocemos, nuestro cerebro y lo que producen las culturas. Nada nos resulta más complicado que estudiarnos a nosotros mismos desde el punto de vista cultural La Historia participa de esa dificultad porque crecemos dentro de ellas y nuestras mentes toman forma recibiendo valores, opiniones, ideas, conceptos y hasta hechos "notable", "memorables". Gran parte de nuestro trabajo vital es asimilarlo como "verdades" porque las recibimos de esa manera. Pero la función de la Historia como disciplina es la revisión de a qué llamamos "hecho", por qué es "memorable" y "quién lo ha decidido". La Historia necesita ser modesta, crítica, antidogmática y hasta un poco neurótica. También un poco rebelde, dispuesta a no convertirse, como lo ha sido, en una herramienta del sistema para mantenerse estable.
Tras recoger esas frases escuchadas, el artículo de Ghanem señala:

History is omnipresent and active in the lives of people around me. There is a fierce battle over history, some of which takes place in the open, but some of which is also concealed. For example, there is a narrative that implies certain events in Egypt over the past half decade are the result of a conspiracy between Hamas and Hezbollah, carried out via locally paid agents — and not the result of struggles against injustice, or catastrophic socio-economic conditions.
What does this imply? It denotes that we, as a people, are easily influenced, manipulated and pandered to, that our contemporary history is up for grabs, or, even worse, that an authority is reordering our history for us, in our name. But what is perhaps more insidious about such narratives is blaming foreign intervention rather than internal affairs, which suits the interests of the authority, as it reinforces its position as protector— imported from the era of national wars between the 1950s and 1970s— and supports the state’s solution for everything being necessarily security based.*

En efecto hay una feroz batalla por la historia. Se percibe como síntoma allí donde se ha perdido la unidad que provoca la aceptación de discursos comunes. Cuando hay divergencias de identidad, las Historias tienden a ser consideradas inservibles por unos y verdades inamovibles por otros.
Como señala Ghanem, la Historia es un arma que se disfraza como otras de verdad. Tiene sus mecanismos de enmascaramiento institucional, sus máscaras solemnes, como ya estudio Foucault, entre otros. "¡Los hechos sagrados!" repetía anoche en televisión un periodista citando una vieja máxima del periodismo británico, sin darse cuenta de que es lo "sagrado" lo menos adecuado para invocar ante los hechos y la frecuencia con la que se invierte: ""¡lo sagrado se transforma en hecho!", algo mucho más cercano a lo que ocurre realmente.


La Historia sirvió, como veíamos en el texto sobre China de Jesús Mosterín, para mediante la escritura, del registro, dar densidad a las dinastías, estableciendo las diferencias entre los "notables", sobre los que se escribe, y el invisible vulgo, el nada notable. Posteriormente se escribirá para dar identidad ese vulgo que pasa a ser "pueblo", "nación" y que necesita de mecanismos de unión a través de los discursos que les expliquen quiénes son. Lo harán mediante fiestas nacionales, desfiles, himnos, libros de textos, etc., que le expliquen quiénes son, despierten su orgullo y sus emociones.
Las relaciones interculturales nos permiten ver las diferentes construcciones de los "hechos" en sus valoraciones propias frente a las ajenas. No sé si es imposible hacer una historia "aceptable" por todos. Tengo mis reservas. Pero estudiar la diversidad de miradas, como lo fue para los ilustrados dieciochescos mostrarnos las perplejidades de los viajeros de un país a otros muy diferentes o incluso a otros planetas es muy enriquecedora porque debe despertar el deseo (y las responsabilidad) de de no dar por "hecho" (en los dos sentido) nada sin darle un vistazo. Madurar como personas o grupos es aprender, pero también desaprender y relativizar. Por eso exige un ejercicio constante de evaluación de lo que consideramos importante y por qué.
Una vez que hemos comprendido esa diversidad, es importante estudiar las diversidades de los discursos que reflejan la Historia. Podemos estudiar los "hechos" pero también podemos estudiar las representaciones de esos hechos, su construcción, sus retóricas y gramáticas, sus conexiones, sus géneros discursivos... Esto no es exclusivo del discurso académico, sino de las formas en que esas concepciones se traducen en otros tipos de discurso que, por decirlo, así son capaces de trasmitir esa "historicidad" de los acontecimientos. Lo hacen de forma más canónica o de manera distorsionada, pero están ahí, formando parte de la "recepción" constante que significa vivir en el seno de una cultura. Las frases que recogía Tarek Ghanem en su artículo son muestras de esa transformación de lo histórico en lo cotidiano, de ese marco interpretativo de lo que vemos y vivimos desde otros discursos más amplios que sirven de estructura.


Muchos echan de menos los viejos tiempos en los que había verdades inamovibles. Pero hace mucho tiempo que el mundo nos ofrece un dilema: aceptamos lo inamovible y nos condenamos al dogma o si, por el contrario, aceptamos que el juego de lo humano es la transformación de su cultura mediante la creación constante, conflictiva muchas veces, que es la elaboración de discursos de identidad.
Aceptar la variabilidad discursiva de la historia es aceptar que no tenemos por qué ser esclavos de nuestras propias visiones, especialmente cuando implican dolor, conflicto, injusticia. Esa curación solo puede provenir del conocimiento de que somos nosotros quienes la escribimos, que traduce también nuestros deseos de reconciliación, superación, etc. No solo nosotros nos dibujamos, sino que retratamos a los otros estableciendo unas relaciones determinadas en esas visiones.
Comprendernos culturalmente es comprender la producción, la intencionalidad y los efectos de nuestras propias acciones y discursos. Que los egipcios crean que lo que les ocurre a ellos es el resultado de las acciones de otros es una hábil maniobra que desvía las responsabilidades del poder, su incapacidad para resolver los problemas. Esas interpretaciones hace, además, que la identidad egipcia se construya sobre el concepto de amenaza (todos son enemigos, conspiraciones), ellos son elegidos (hasta los ángeles van en su ayuda en las batallas).


Tarek Ghanem plantea la necesidad de una historia "desde abajo", alejada de dioses y reyes, que se centre en la vida de los pequeños, de las personas "normales" y no en las excepcionales, en los héroes y caudillos. No es, como él mismo señala, una novedad. No están presenten como sujetos, pero sí como destinatarios finales y como receptores implícitos en la construcción de los textos. Los discursos históricos se escriben, hoy como ayer, para ellos.
La cuestión no es cambiar de "sujeto" si la finalidad es la misma. ¿Es posible hacer una Historia que no sirva a ningún amo, que no se enmascare como objetividad sin intención? ¿Existe una Historia que no nos encierre en sus identidades creadas y nos anule?
Estudiar la Historia sí debe conllevar el estudio de la propia actividad. No solo sus limitaciones científicas, sino su finalidad social, entonces y hoy. La idea de que la "Historia" esta esparcida como fragmentos de un discurso, como modelo para otros discursos, etc. es rica y merece ser desarrollada. No se trata de solo de saber qué es verdad o mentira, que es otra cuestión, sino de por qué las necesitamos, qué función cumplen, cómo trabajan.
No sé si es deseable una Historia que se presente como un discurso único, objetivo y verdadero. Es demasiada perfección, teniendo en cuenta que es construcción humana. El historiador debe modesto en cuanto a sus logros, señalar sus límites y dudas, y también vigilante en cuanto a las manipulaciones que su propia obra pueda sufrir. El regreso triunfante del dogmatismo es muy peligroso y el control de la Historia es esencial para el control social. No hay que permitir que vuelva a ser mito.




* Tarek Ghanem "History hurts, disturbs, inspires, revives. The battle for history from below" Mada Masr 20/11/2016 http://www.madamasr.com/en/2016/11/20/opinion/u/history-hurts-disturbs-inspires-revives/

** Jesús Mosterín (2007 2ª ed 2016). China, col. Historia del Pensamiento. Alianza, Madrid.