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jueves, 26 de diciembre de 2013

El grito

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
En su obra "Crimen y costumbre en la sociedad salvaje" (1926), el antropólogo Bronislaw Malinowski analizaba la visión teórica existente del "salvaje" en la época y escribió:

El salvaje —según el veredicto actual de competentes antropólogos— siente una reverencia profunda por la tradición y las costumbres, así como muestra una sumisión automática a sus mandatos. Los obedece "como un esclavo", "ciegamente", "espontáneamente", debido a su "inercia mental" combinada con el miedo a la opinión pública o a un castigo sobrenatural; o también por el "sentimiento, o hasta instinto, de grupo que todo lo penetra". (22)

Tras mostrar algunos ejemplos, erróneos en su parecer, de cómo ven sus colegas antropólogos a los "salvajes", Malinowski concluye:

Pero cuando inmediatamente se nos dice que "todas estas leyes son aceptadas por el salvaje como una cosa corriente que a él ni se le ocurre quebrantar", entonces nos vemos obligados a protestar. ¿No es acaso contrario a la naturaleza humana el aceptar cualquier represión como si fuese natural y para el hombre civilizado o salvaje cumplir reglamentos desagradables, pesados y crueles, someterse a prohibiciones, etc., sin que se le obligue? ¿Y que se le tenga obligado usando alguna fuerza o motivo al que él no puede resistir? (22-23)


La visión del hombre salvaje como sometido a la costumbre y al grupo, sin voluntad propia, llevado por el instinto, gobernado por los miedos, frente a un individuo racionalista, que ha producido una leyes "justas" y aceptadas por todos conforme a su beneficio, y capaz de rebelarse ante la injusticia, puede parecernos hoy un tanto ingenua en su maniqueísmo, como ya le pareció a Malinowski, que consideraba que esa visión solo era fruto del desconocimiento del "derecho" existente en sus prácticas cotidianas. Para él, lo verdaderamente humano es ese sentimiento de la injusticia y la consiguiente rebeldía.

El problema de la rebeldía ante la injusticia no ha dejado de estar en el centro del pensamiento "civilizado", especialmente desde mediados del siglo XVIII. Se hará una revolución y se seguirá pensando en ella, buscando caminos ante el crecimiento del sentimiento de injusticia, acrecentado por la idea de igualdad y derechos ciudadanos. En la película de François Truffaut, L'enfat sauvage, el sentimiento de rebeldía surge de la percepción de la injustica del castigo; pasará, según su maestro, a entrar en un universo realmente humano". Puede no saber qué es la justicia, pero siente la injusticia. La idea del "hombre rebelde", por ejemplo, nos llega ya en el siglo XX de la mano de Albert Camus, que lo convierte en el centro de su reflexión junto a la idea de absurdo:

Yo grito que no creo en nada y que todo es absurdo, pero no puedo dudar de mi grito y tengo que creer por lo menos en mi protesta. La primera y única evidencia que me es dada así, dentro de la experiencia absurda, es la rebelión. Privado de toda ciencia, obligado a matar o a consentir que se mate, no dispongo sino de esta evidencia, que se refuerza además en el desgarramiento en que se halla. La rebelión nace del espectáculo de la sinrazón ante una condición injusta e incomprensible. (15)**

Camus establece un paralelismo con el razonamiento cartesiano que lleva a salvar al sujeto por el hecho de "pensar" en que existe. Para él, en cambio, previo al pensamiento está el "grito", respuesta visceral con la que el sujeto responde a lo injusto y reafirma su existencia. La rebeldía precede a la esencia. Donde otros encontraron la Razón, Camus encontró la rebelión que surge de la injusticia. El hombre no solo grita ante el dolor, como otros seres vivos; grita ante la injusticia. Se rebela en y con su grito.
Deberíamos percibir el detalle importante de que no se habla tanto de un sentimiento de la Justicia, como de un sentimiento de la Injusticia. Esto supone que la Justicia no es un elemento natural, mientras que la experiencia de la injusticia sí lo es. Acostumbrados a verlos como opuestos, puede parecer extraño. Sin embargo creo que es esa "racionalidad" de la justicia la que conlleva la civilidad. Las leyes, por decirlo así, se hacen para la vida en común, nos afectan a todos; por el contrario, el dolor que provoca la injusticia es un sentimiento individual, por más que podamos compartirlo a través de empatía, la solidaridad o la compasión. Es precisamente ese intento de compartir el dolor ajeno lo que nos hace más humanos.
En las últimas décadas, ha crecido el sentimiento de injusticia y el grito de rebelión. El Sentimiento de la Injusticia se opone al Pensamiento de la Eficiencia, auténtico motor del mundo actual. No trae cuenta pensar en lo humano, en el dolor que surge de su imperfección vital, sino en la consecución de una maquinaria social bien engrasada. El de la Eficiencia es un pensamiento sin dolor, mecánico, y por ello inhumano.


Basta con pasar media hora delante de un noticiario para darse cuenta que hay mucho sentimiento de injusticia y muchos amagos de rebelión, por causa diferentes, repartidos por todo el mundo. Los gritos del que se siente víctima proliferan en una crisis amplia que afecta a las instituciones civilizadas y a su sentido. El grito debería convertirse en diálogo y este en acuerdo para la convivencia. Sin embargo, nunca ha habido tantas voces y tan poco diálogo. Como consecuencia, el grito regresa y resuena como un gran lamento que inunda todo.
No sé si el "salvaje" y el "civilizado" responden ante las mismas injusticias. Puede que difieran en muchas cosas por variaciones en las costumbres y que su tiempo de aguante sea distinto, pero —más pronto o más tarde— todos acaban estallando. El grito estalla. En cuyo caso dará igual si su sentido es "natural" o "cultural" porque su ira será real. Una sociedad no tiene porqué ser primitiva para convertirse en una jungla. Puede serlo de muchas formas. El dolor nos hace humanos, sí; pero, evitarlo nos hace inteligentes. La cuestión radica en ser inteligentes sin dejar de ser humanos. O, si se prefiere, en ser humanos sin ser tratados o tratar a los demás como piezas de máquinas.



* Bronislaw Malinowski (1985): Crimen y costumbre en la sociedad salvaje [1926]. Planeta, Barcelona.

** Albert Camus (1978 9ªed): El hombre rebelde. [1953] Losada, Buenos Aires.





lunes, 25 de julio de 2011

Egipto y el reloj de la historia

Joaquín Mª Aguirre (UCM)

Los incidentes de los últimos días en Egipto demuestran que la cúpula militar que dirige el país no está dispuesta a que el control se le vaya de las manos. El creciente malestar hacia sus decisiones y al tempo que trata de imprimir a la revolución está sembrando de descontento el país.
La celebración de juicios militares a los civiles y la forma de tratar las manifestaciones está creando una fisura importante y está haciendo que la sociedad se muestre de nuevo escéptica sobre el futuro de los cambios reales y la revolución.
La Junta militar no es el resultado del levantamiento, sino del régimen de Mubarak. La cúpula militar, los militares que la componen, son el resultado del vacío dejado por el ex presidente y no por el impulso de la calle. La primera ficción de un Ejército separado del régimen al que sostuvo y fundamentó durante décadas solo podía durar un tiempo, el suficiente como para que se manifestaran la diversidad de los intereses.
Un Ejército que se ve forzado a apoyar las acciones en detrimento de su propia seguridad institucional y jurídica no es el mejor aliado para salir hacia un sistema democrático cuyo primer objetivo debe ser limpiar de corrupción el país. Pensar que el Ejército —o sus dirigentes— estaban al margen de lo que ocurría en Egipto, es decir, que sostenían un régimen que desconocían y a cambio de nada es de una gran ingenuidad. Con todo, fue una ingenuidad necesaria, la ficción fundadora de una alianza entre el pueblo egipcio y su ejército para poder librarse de su dictador y comandante supremo, respectivamente.
El camino emprendido por la sociedad egipcia no tiene vuelta, como saben bien los militares desde el primero momento, desde que tuvieron que decidir si seguían apoyando a su jefe o si, con harto dolor de su corazón, debía pedirle que se fuera a un balneario. Las exigencias y la firmeza de la sociedad egipcia, manifestada en ese escenario dramático que es la Plaza de Tahrir, son el resultado de la intuición general de que el proceso revolucionario está solo a mitad de camino.
Egipto necesitará que el gobierno que salga de las urnas sea fuerte y el parlamento esté muy unido en sus objetivos de establecer una democracia. Los pasos que tendrán que ir dando, en función de esa fortaleza y firmeza, deberán dirigirse a la consolidación de un nuevo sistema político en el que no pueden convivir las viejas y las nuevas formas.

La juventud egipcia, en la que el conjunto de la sociedad ha depositado su apuesta, tiene la responsabilidad de aceptar la política como un servicio a su propio país. El “orgulloso de ser egipcio” debe traducirse en provocar el relevo generacional en las instituciones. Egipto, país muy tradicional, ha traducido en jerarquías de edad las jerarquías de poder. En ningún otro país es más necesaria una revolución generacional porque las generaciones anteriores están marcadas en su conjunto por esa mentalidad, la que mantuvo al “padre Mubarak” al frente de la familia egipcia, rodeado de millones de hijos e hijas. Son ahora los “nietos de la revolución” los que reclaman con todo derecho la posibilidad de sacar adelante su país, oportunidad que las anteriores generaciones desperdiciaron al dejarse arrastrar por el abandono que llevó al país a la situación que hizo estallar finalmente la revolución. Cuando un sistema político tiene a todo el país discutiendo sobre si el próximo presidente será una vez más el mismo de los últimos treinta años o su hijo, se ha llegado al tope al que llegó Egipto y otros países de la zona aquejados del mismo mal, la detención del tiempo.
Los egipcios han querido poner de nuevo en marcha el reloj de su historia. Por eso es importante que 28 grupos políticos se hayan manifestado para que la cúpula militar vaya fijando el calendario de su participación y cese en el proceso político*. Pero los intereses en que el reloj no se ponga en marcha siguen existiendo y controlando una parte de lo que ocurre. La unidad es esencial para demostrar que se está realmente en un proceso de transición y no en un nuevo presente eterno.
Egipto ha elegido salir de la corrupción y la dejadez que hace derrumbarse lo que construyen con gran esfuerzo y reducirlo a polvo hasta fundirse con las arenas del desierto. Va siendo hora de que las energías y el entusiasmo de sus jóvenes se traduzcan en construcciones para el futuro. Se lo merecen. Y también los que siguen dejando su vida por conseguir libertades en los países próximos necesitan saber también que su lucha tiene un sentido y su victoria futura un respaldo en un Egipto democrático y generoso que quiere compartir su  libertad con los demás pueblos.

* "28 politicals groups call on military to set timeline for power handover" Al-Masry Al-Youm 23/07/2011 http://www.almasryalyoum.com/en/node/479712


miércoles, 4 de mayo de 2011

Los egipcios vigilan su revolución


Joaquín Mª Aguirre (UCM)

Los egipcios siguen innovando en materia revolucionaria. Si su revolución ha sido un hecho único en su especificidad, como el tiempo se ha encargado de confirmar a la vista de lo que está ocurriendo en Libia, Siria o Yemen, la post-revolución también está teniendo su propio desarrollo.
Para el día 7 de mayo se ha organizado una conferencia en El Cairo bajo el lema “Primera Conferencia de Egipto: El Pueblo protegiendo su Revolución” (First Conference of Egypt: The People Protecting their Revolution)*. Está convocada una amplia representación de jóvenes en reconocimiento de su papel protagonista en la Revolución, periodistas, representantes de todos los partidos y agrupaciones, los que se han propuesto como candidatos a la presidencia, ministros, militares y muchos otros que tienen algo que decir en el futuro de Egipto. Serán más de 2.500 asistentes. Los Hermanos musulmanes han declinado la invitación.
Los convocantes tratan de preservar el espíritu de la revolución, un espíritu que entienden busca la modernidad, la libertad y la justicia social para una sociedad que desean alejada de los fundamentalismos. Van a constituir un Consejo Nacional de 60 miembros que velen para que los objetivos de la “Revolución del 25 de enero” lleguen a buen puerto. Su función será recordar a las autoridades los objetivos que faltan por cumplir.
Si algo ha caracterizado a los egipcios en todo este proceso ha sido su positiva tozudez, su empeño en mantener sus objetivos a todo trance. Eso es lo que descolocó la estrategia del régimen de Mubarak, que pensó que arrojando algunas migajas se iban a aplacar los ánimos. Los egipcios han aprendido que, una vez que se echa uno a la calle, no hay medias tintas, que es todo o nada. La muerte de las personas que dejaron su vida en la revolución es para ellos un compromiso de futuro, una presión para seguir adelante vigilando.

Acto de presentación de la Conferencia

Hacer una Conferencia para vigilar el proceso nos muestra que la revolución puede en cualquier momento estancarse en su ritmo y objetivos, y los egipcios se mantienen alerta ante estos dos peligros. La revolución egipcia es a cámara rápida. Unos días parece que fue ayer y otros parece que fue hace años. En apenas dos meses y medio, los egipcios han derribado un régimen, han realizado un referéndum constitucional y han convocado unas elecciones generales para después del verano. Les ha dado tiempo a procesar y encarcelar a la mitad de los ministros del régimen y al presidente y sus hijos. Todavía no se ha repuesto del todo la salud del ex presidente Mubarak después del disgusto e perder el poder y ya está pendiente de enfrentarse a otro golpe para su salud, el enjuiciamiento por las muertes durante la revolución y dar cuenta de su enriquecimiento y del mal uso de los bienes del país.
Y es que los egipcios son tozudos, desesperadamente persistentes en lo que se proponen una vez que lo han decidido. Vigilar los presupuestos de la revolución para que esta llegue a los objetivos que han poblado su visión del Egipto futuro es loable. Han conseguido sacar las discusiones improductivas en los cafés hasta una sala de conferencias. Han conseguido situar los debates sobre el futuro de su país como una cuestión que afecta a todos y no solo a unos pocos. Además, algo importante, han llegado a la conclusión que ese nuevo Egipto que quieren es el que deben a sus jóvenes, que es para ellos para los que están trabajando porque son ellos los capaces de modernizar el país. Durante años muchos jóvenes egipcios vivían en el debate de quedarse en una sociedad sin libertades ni perspectivas de futuro o emigrar y dejar a su país a su suerte. El compromiso de trabajar por algo que se puede ver crecer en beneficio de todos es el que ha llevado al triunfo del “orgulloso de ser egipcio”.
En algunos países el orgullo se queda en los deportes; en otros en preservar lo ganado en las calles jugándose la vida y la libertad. Hoy la camiseta egipcia es la de su revolución.

* "2,500 activist, officials, politicians to attend 'First Conference of Egypt'" The DailyNewsEgypt 3/05/2011 http://www.thedailynewsegypt.com/egypt/2500-activists-officials-politicians-to-attend-first-conference-of-egypt.html

martes, 1 de febrero de 2011

Mundos sin futuro

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Estuve por última vez en El Cairo en el mes de junio. Volví allí, pasados apenas un par de meses, por la impresión que me causaron los estudiantes de su universidad. Todavía recuerdo con agrado conversaciones, con una bandeja de comida delante, sobre las relaciones entre la poesía de Wallace Stevens y la obra de Octavio Paz o sobre la utilidad de realizar una tesina sobre la obra de Ricardo López Aranda. No son temas frecuentes en las conversaciones y yo los encontré con los estudiantes de El Cairo. Los que van a hacer simple turismo no se preocupan demasiado porque los jóvenes que le esperan en el aeropuerto para llevarlos hasta su hotel hayan estudiado el Mío Cid y la Celestina.
Lo que estamos viendo en los países árabes es el resultado de una política sin futuro que está destruyendo a la juventud de muchos países. Pero no es exclusivo de ellos. Hay países que tienen visión de futuro y otros que no. Los que no la tienen acostumbran a ver a sus jóvenes como mano de obra barata y como consumidores. Esta visión afecta a políticos y al mundo de la empresa y está destruyendo el fondo de las relaciones sociales tiñéndola con desesperanza e indiferencia. La revolución del mundo árabe es la de los jóvenes a los que se fuerza a malvivir en sus países o a emigrar a otros donde son tratados, en muchos casos, como delincuentes potenciales. Atrapados entre estas dos opciones, la respuesta no puede ser otra más que la rebeldía, la rabia que estalla finalmente.
Me decía una amiga periodista egipcia al comienzo: “el peligro de todo esto es que se junten los jóvenes internautas con los chabolistas”. No le faltaba razón; la desesperación camina entre los dos extremos. La conjunción de los que no tienen nada que perder y los que no tienen nada que ganar es siempre explosiva y en el caso de Egipto y de otros países árabes es la triste realidad.
Occidente tiene mucho que aprender y mucho que aportar en esta situación. Tiene que aprender que crear generaciones sin futuro es muy peligroso y tiene que aportar al mundo árabe algo que este urgentemente necesita: esperanza y mano tendida. El gran problema del mundo árabe es la pérdida de la autoestima, el sentirse completamente abandonado por los que les gobiernan y despreciado y criminalizado por los que están fuera. El camino que emprenden ahora necesitará de mucha ayuda y comprensión, sobre todo. La necesidad urgente hoy es edificar un moderno islam que puede llevarles hacia el futuro, su propio futuro. De no entender esto, se corre el riesgo de que las fuerzas no vayan hacia el futuro, sino hacia el pasado, sacarlos fuera del tiempo. Los cientos de miles de árabes que hoy han vencido el miedo, que han quebrado el muro de los discursos recibidos durante décadas piden libertad y un mundo más justo, piden libertad y el derecho a poder trabajar dignamente; reclaman el derecho a tener gobiernos que se preocupen de sus pueblos y no de sus propios fines. No piden mucho más…, por ahora. Occidente necesita menos geoestrategia y más sentido común para entender estas situaciones, menos cálculo y más generosidad.
En la rebelión, como señalaba alguien que conocía muy bien el mundo árabe, Albert Camus, está la dignidad. El “viernes de cólera” vivido no es más que el resultado de muchos otros viernes sin cólera, viernes de resignación y de confiar en la providencia. Por eso se equivocan los que pretenden que la situación se pudra. No es un desahogo. Quizá no haga falta demasiada reflexión para entenderlo. Albert Camus escribió en la que sería su novela póstuma: “… a fin de cuentas el único misterio es el de la pobreza, que hace que las gentes no tengan nombre ni pasado”* (279). Sin nombre, sin pasado… y sin futuro, solo quedan las calles y la cólera.
*Camus, Albert (1994): El primer hombre. Tusquets, Barcelona.