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sábado, 29 de julio de 2023

El saludo

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

La vida está llena de tópicos y reglas, convenciones y normas. Todas tienen un sentido hasta que ocurre algo y dejan de tenerlo. Lo malo es cuando siguen siendo obligadas aunque dejen de tener sentido.

"Dar la mano" es un gesto que significa que dos personas se saludan, se respetan, llegan a un acuerdo. Un saludo no puede ser obligatorio. En español existe la expresión "retirar el saludo" que precisamente refleja el descontento, sentido de agravio o pérdida de confianza hacia una persona. "Retirarle el saludo" a alguien es alejarse de ella en muchos sentidos posibles, desde el silencio hasta el desprecio manifiesto.

En nuestras noticias de hoy aparecen en diversos medios un hecho ocurrido en el campeonato internacional de esgrima. En Antena 3 nos explican lo ocurrido: 

La sablista ucraniana Olga Kharlan fue descalificada del Mundial de esgrima de Milán por no saludar a la rusa Anna Smirnova al terminar el combate. Son muchas las reacciones que ha suscitado este acto, desde seguidores y compatriotas hasta el asesor del presidente ucraniano o el equipo de fútbol Shakhtar Donetsk.

Cabe recordar que la Federación Internacional de Esgrima (FIE) permite la participación de deportistas rusos y bielorrusos bajo bandera neutral. En este caso era Anna Smirnova quien competía bajo bandera neutral. Enfrente, la ucraniana Olga Kharlan, cuatro veces campeona del mundo y triple medallista olímpica.

 

La sablista ucraniana niega el saludo

Los hechos ocurrieron de la siguiente manera. Cuando el combate finalizó con una victoria para Kharlan por 15-7, su rival se dirigió a ella para estrechar su mano. Este gesto lo descartó la sablista ucraniana, apuntando en ese momento con su sable a su rival. Ante este acto, la rusa se quedó inmóvil durante unos segundos hasta que cada una se fue por su lado.

Negar el saludo al final de una contienda es una acción penalizada con tarjeta negra, lo que puede equivaler a una descalificación y dos meses de sanción, según el reglamento oficial. La sablista rusa no quiso abandonar el escenario, reclamando una posible sanción para la ucraniana. Finalmente, descalificaron a Olga Kharlan con tarjeta negra por no saludar a su rival, considerado como un gesto antideportivo por el reglamento de esgrima.* 

El hecho de que la jugadora rusa derrotada se quedara y pidiera después sanción para la ucraniana nos muestra una evidente mala fe, la forma de revertir la pérdida del encuentro. De esta forma, se asegura, ganen o pierdan, la victoria al ser descalificada. ¡En esto queda la nobleza deportiva cuando se dan estos casos! Si no les saludas, pierdes el encuentro.

La convención es realmente penosa: si participan sin representación nacional, es como si fueran de otro planeta. Es exactamente lo que hace Vladimir Putin cuando manda soldados sin uniformes a la guerra en la zona de Ucrania prorrusa. A los muertos les da igual que vayan con un uniforme ruso o vestidos de lagarterana. El hecho real, que son invasores rusos es inalterable por la uniformidad. Es el mismo principio que permite a los del grupo Wagner no ser "considerados rusos" pues son un ejército de mercenarios. Otra ficción heredada que no resuelve su conflicto con la realidad.

¿Es "deportiva" la vida? Evidentemente, no. No lo es y forzar a hacer creer sí lo es crea una nueva forma de violencia contra las víctimas, en este caso, de la guerra.

En 20minutos podemos leer lo experimentado por la víctima de la falacia cortés: 

"Las reglas de la competición internacional deben cambiar para reflejar la realidad", dijo la esgrimista ucraniana y ganadora del oro olímpico Olga Jarlan en un breve vídeo en reacción a su descalificación del Campeonato Mundial de Esgrima de Milán tras negarse a estrechar la mano de una rival rusa derrotada.

"Como todos en este mundo, en un mundo adecuado, entiendo que las reglas deben cambiar porque el mundo está cambiando", dijo en su página en Instagram.

Agregó que "lo que ha ocurrido hoy plantea muchas preguntas, pero también (da) muchas respuestas".

"Hemos comprendido que el país que aterroriza a nuestro país, a nuestra gente, a nuestras familias, también está aterrorizando al deporte", señaló, y afirmó: "No quise estrechar la mano de esta atleta y actué con el corazón".**

 

Lo irritante del caso no es solo el comportamiento de la jugadora rusa y sus asesores, de su mal ganada victoria por descalificación, sino que lo que está detrás no es una visión idílica de la realidad sino el realista negocio del deporte. Imponer esa "cortesía" como si no pasara nada en el mundo es una forma de asegurar que por encima de guerras, invasiones, muertes, bombardeos, etc. está el gran negocio del deporte que vive de mirar hacia otro lado e imponer sus normas sobre la realidad.

Descalificar a la jugadora ucraniana es descalificarse como estructura e instancia deportiva. Es una deshumanización que esconde el dinero detrás de normas sobre el deporte intentando salvar su propia consistencia institucional. Esto lo vemos en muchos campos del deporte, en muchas modalidades en las que el negocio y el poder es lo que impera con mano férrea.

Crear la obligatoriedad de un saludo convencional que va contra el propio sentimiento de los participantes es una aberración. El respeto de los contrincantes es una cuestión que se manifiesta por la propia sumisión a las reglas del juego, pero ir más allá con una guerra por medio y forzar las cosas más de lo debido. No se hace en nombre de ningún deseo de paz, sino para mantener viva la competición.

En determinadas situaciones se ha boicoteado la participación en  competiciones, incluso olimpiadas. Lo han hecho los países. Pero la ficción del deporte como hermandad universal es solo eso, una ficción, que de no ser asumida por los participantes se hace absurda y autoritaria.

No se debería obligar a nadie primero a pelear con otro de un país con quien está en guerra; menos tener la obligación de dar la mano. Esto debería ser claro y pactado. Lo que ha tenido la esgrimista ucraniana es un callejón absurdo y sin salida.

Las organizaciones deberían precisamente acabar con su propio narcisismo deportivo y asumir que ellas están para los jugadores y jugadoras, no al contrario. La cortesía es una de las convenciones más relativas y culturales. La jugadora ucraniana podía haberse negado a combatir con la rusa, pero no lo hizo. Pero el dar la mano a la rusa es un gesto que va más allá de la cortesía. ¿Cómo será aceptado por parte de los millones de ucranianos con familiares heridos y muertos, con casas destruidas, campos arrasados...? Olga Jarlan dice que actuó "con el corazón". La organización del campeonato no lo hizo así y tomó una decisión esclava de su propia convención y vergonzante "neutralidad".

Podemos fabricar discursos bonitos sobre el deporte, la cortesía, caballerosidad, etc. pero nada de todo eso anula la realidad de una guerra, la destrucción, dolor y muerte que conlleva.

De esta forma, como señala la esgrimista ucraniana, Rusia se ve de nuevo favorecida por los trasfondos económicos y una falsa neutralidad. El mundo cambia, pero parece que solo para los deportistas. Los despachos donde se organizan y se dictan normas no parecen dispuestos a que nada les cambie. Hacer que los jugadores se enfrenten a estos dilemas es de poco sentido común y, sobre todo, favorecen al que tiene menos escrúpulos, en la guerra y en el deporte.

El título de la jugadora rusa es simplemente algo de lo que no va a poder presumir y sí algo de lo que marcará toda su vida. 

* Pedro Jiménez "Descalifican a una atleta ucraniana por negarle el saludo a su rival rusa: estas han sido las reacciones" Antena 3 28/07/2023 https://www.antena3.com/noticias/deportes/descalifican-atleta-ucraniana-negarle-saludo-rival-rusa_2023072864c3edf9bcaee00001ad428b.html

** ""Rusia aterroriza a nuestras familias", la amarga queja de la deportista que se negó a saludar a su rival y fue descalificada por ello" 20minutos 29/07/2023 https://www.20minutos.es/deportes/noticia/5160633/0/rusia-esta-aterrorizando-nuestras-familias-amarga-queja-deportista-que-se-nego-saludar-su-rival-fue-descalificada-por-ello/

sábado, 2 de octubre de 2021

No vale todo

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)


El problema se plantea con claridad por parte del analista Aaron Blake es su The Fix, en The Washington Post de ayer:

 

Misinformation has always been a problem in politics. What has changed over the last six years or so is how much one movement in particular — the one led by former president Donald Trump — has embraced it as an organizing principle. Trump and his allies have also aligned with the kind of extremist purveyors of conspiracy theories who were once given the cold shoulder in polite society.

Increasingly, though, a bit of a reckoning is taking place. Trump allies spouting wild, baseless theories and otherwise taking our political discourse down misinformation rabbit holes are confronting consequences in court or otherwise facing bona fide legal penalties for their actions.

The question, as ever, is whether it will change anything — whether those penalties will serve as the deterrent they are supposed to be.*

 

El cambio es notable porque significa que el poder ha legitimado las formas de conseguirlo, es decir, una vez que se ha llegado a la cima a través de la "desinformación", se mantiene en él por medio del mismo recurso. Biden se erigió en el paladín de la "verdad" para luchar contra Trump y ese fue el eje de su discurso de toma de posesión; una vez llegado al poder, ya se enfrenta a sus primeros casos de desinformación, como pudimos ver con las declaraciones de los militares sobre lo que ocurriría en Afganistán conforme a los planeas aprobados. Ya le dejaron en evidencia; ellos ya habían advertido lo que ocurriría.

Como señalamos en muchas ocasiones durante el mandato de Trump, su caso ya no era solo su caso, sino una forma de hacer política aceptada, una puerta abierta al futuro; el resto es cuestión de "estilos", de cómo cada uno lo lleva a la práctica. Trump consiguió que la mayoría republicana refrendara sus tropelías, con lo que el sistema quedó contaminado, asumiendo así los tejemanejes del que fuera presidente. Se muestra así el funcionamiento del sistema que se blinda con las mayorías.

Los políticos seducen a los ciudadanos vendiéndoles lo que desean escuchar y estos les siguen irracionalmente, acríticamente, cada vez en mayor cantidad. ¡Asusta pensar en los votos conseguidos por Trump cuando ya se conocían sus manejos! Pasados ya meses de las elecciones, la prensa norteamericana todavía sigue dando cuenta de las maniobras de parte de los republicanos para seguir sosteniendo que "le robaron las elecciones" a Trump. Da igual que no haya una sola prueba, una sola evidencia o sospecha fundada. Lo importante es mantener la llama de la mentira y permitir que los votantes afectados vivan su paranoia.


Ha habido un cambio en la política, un cambio tanto conceptual como estratégico. La mentalidad política está ahora mucho más centrada en la consecución del poder a cualquier precio y en la forma de mantenerse. El poder mismo justifica los medios empleados. No es nuevo, pero sí afecta cada vez a más lugares que ven hundida su moral democrática, su espíritu de un democracia mejor que cree una convivencia más armoniosa. Se apodera cada vez más de nosotros la idea de la democracia como espacio de lucha y de ahí se da el salto al "vale todo".

Ya no se trata tanto de hacer, sino de decir. Las pruebas no son los hechos, sino los discursos, que son cambiantes y circunstanciales, las promesas de que algo se hará, aunque no se haga. Los problemas sepultan las promesas viejas con nuevas promesas. Cualquier mentira es buena si es creída y si sirven de ello para llevar al poder. Es la mezcla de Maquiavelo con la sociedad del espectáculo.

¿En dónde han quedado los viejos congresos de los partidos, espacio de debate de los problemas, de los inicios de la democracia española? ¿Cuándo comenzaron a ser sustituidos por estos shows itinerantes, como los que nos ofrece estos días el PP, aunque todos los partidos lo hacen? ¿Cuándo vieron que no se necesitaba gente que propusiera, que debatiera posibles soluciones y que solo se necesitaba gente que aplaudiera? ¿Cuándo?

El poder de debatir se le cortó a la bases, cuya única alternativa es votar a candidatos que eligen a sus camarillas, donde se decide todo. Son esos acólitos los que reparten y se reparten los distintos espacios de poder, primero internos y después externos.

Los conflictos se reservan para las llamadas "primarias" o para congresos en los que se debate (o no) el liderazgo de segmento, autonomía o nacional, a los que se llega tras complicadas luchas internas por parcelas de poder. Pero el verdadero debate, los problemas reales de la gente, ha desaparecido.


Este proceso selectivo ha ido creando —en una forma darwinista— un perfil de políticos y de partidos que tienen poco que ver con un sentido idealista, de servicio o comprometido de la política, como demuestra el fenómeno del tránsfuga, que se produce en aquellos que se ven disminuidos en su cuota de poder o se le da la oportunidad de ampliarla pasándose a otro bando. 

En el otro extremo del transfuguismo está el cisma, la separación que da lugar a un nuevo partido encabezado por el líder rechazado, que pasa ahora a ser cabeza de ratón del nuevo movimiento. Aquí, el nuevo líder, encabeza un programa alternativo que se reivindica como puro, que recoge los ideales fundacionales traicionados por los otros. Arrastran así a los que ven más posibilidades en el nuevo espacio creado.

Lo ocurrido en los Estados Unidos suele transferirse inmediatamente a otras geografías políticas. La desinformación es un fenómeno serio que, como se ha visto, ya no es cosa de pequeños grupos, sino que  puede llegar a la presidencia de la democracia más poderosa del mundo y llevarla al extremo, manipular desde allí el mundo entero y ponerlo patas arriba. Puede que Trump haya perdido, pero su fórmula es exitosa en resultados y clara en sus principios: todo lo que hagas para conseguir y mantenerte en el poder está justificado; y un segundo principio: si no lo haces tú, lo harán los demás. Creyendo en ellos —y esto no es un acto de fe, sino que se comprueba cada día por medio mundo— el camino está claro.



De Trump a Sarkozy, condenado por segunda vez por financiación ilegal, pisoteando desde el poder democracias consolidadas que acaban deteriorando con sus acciones y sembrando el desánimo. El avance del autoritarismo hacia las lindes democráticas, como ocurre en Polonia o Hungría, otro gran tema de preocupación en países que desperdician sus libertades y las recortan. No hablemos de la felicidad de los regímenes autoritarios, que ven don satisfacción cómo los países democráticos se ven sometidos desde dentro por ese autoritarismo vocacional que estos líderes o partidos manifiestan.

Al cortar las vías naturales de crítica y renovación, esos congresos de las bases, que comienzan en asambleas de barrio y siguen ascendiendo hasta llegar a los congresos nacionales, al convertirlos en escenarios teatrales para la gloria del dirigente y afianzamiento de su poder absoluto asistido por la camarilla de turno.

No es fácil mantener una democracia si los que deben gobernarla no lo tienen asumido y buscan más el derribo del otro, un derribo mutuo, antes que esa palabra marginal del bien común. Unas sociedades que se fragmentan políticamente no son síntoma de diversidad si no de falta de metas comunes, de radicalidad y falta de capacidad de diálogo.



La política moderna no puede vivir ni de utopías ni de mentiras, sino del constante avance superando problemas reales, cotidianos, en los frentes que repercuten en los ciudadanos —sanidad, educación, cultura...—; la tendencia debe ser al acuerdo y no lo contrario. Pero es el enfrentamiento radical lo que atrae, lo que llama la atención, lo que nos hace vivir la vida manipulados entre emociones fuertes y cegueras, elevando el enfrentamiento para felicidad de los dirigentes, cuyos fáciles discursos nos prometen revanchas, exterminios, retrocesos. Lo que nos ocurre con las facturas energéticas, algo que nos afecta a todos, es un buen ejemplo de la impotencia política, de la incapacidad de encontrar soluciones, de los políticos y de cómo se pasan la pelota unos a otros.

La política, en esta sociedad de la imagen, adquiere tintes esencialmente mediáticos. Las convenciones no se hacen para los asistentes, que son parte de la escenografía, sino para los que están al otro lado de las pantallas que los meten en nuestros hogares. Prestamos demasiada atención a los políticos, a lo que ellos quieren que veamos y mucha menos a lo que necesitamos ver. ¿Sabemos cuántas horas se les dedica diariamente a ser mostrados en los medios, la mitad de las veces con el simple y único fin de atacar a los otros?

Dice Aaron Blake en su artículo citado al inicio que los que mintieron, hicieron circular teorías conspiratorias, prevaricaron o acabaron tomando el Capitolio al asalto, pueden enfrentarse ahora a las preguntas de los tribunales, que se les pidan cuentas por sus acciones. El destino de Sarkozy, inoportuno invitado, puede repetirse en otros lugares. 

No vale todo. Hay que recuperar una forma distinta de la política, plural, basada en el bien de la comunidad, una política que nos escuche y no que seamos nosotros los que escuchamos sus versiones del mundo, del bien y del mal.

 


* Aaron Blake "Pro-Trump conspiracy theorists increasingly face legal consequences" The Washington Post 1/10/2021 https://www.washingtonpost.com/politics/2021/10/01/pro-trump-conspiracy-theorists-increasingly-face-legal-consequences/