Mostrando entradas con la etiqueta George Clooney. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta George Clooney. Mostrar todas las entradas

martes, 7 de enero de 2014

La guerra de los montes

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Leo con gran preocupación el artículo sobre los peligros a los que estamos sometidos por la costumbre irresponsable extendida —según se nos explica— por el actor George Clooney: regalar cerdos vietnamitas. No sé cuántos amigos tiene usted con cerdos vietnamitas en casa, pero yo no conozco ninguno. Pero el problema está en cuanto dejas de tenerle ese cariño que te hace tenerle por compañía y lo lanzas a buscarse la vida por los caminos. A muchos les muestran y les encantan las fotos de chiquitito, pero cuando el animal pasa de los ochenta kilos, uno ya no quiere tener solo el cerdo de Clooney sino la casa con piscina que Cloony tiene para disfrutar de la compañía de su cerdo. Y eso resulta algo más caro.


El diario El Mundo lo incluye en el apartado o sección rotulado como "especies invasoras", algo que me parece profundamente injusto —son cerdos vietnamitas, no el vietkong— para calificar a los que son arrastrados desde sus países natales, arrancados de sus granjas para ser ofrecidos como mascotas a niños o a solteros de oro. 
Cuando los cerdos vietnamitas desarrollen una mayor inteligencia —alguna deben tener para que los regalen— escribirán la epopeya de sus orígenes señalando que unas especies invasoras llegaron, los esclavizaron y los llevaron más allá de sus tierras. No sé si que te secuestren y luego te abandonen en la naturaleza a tu suerte puede llamarse técnicamente una invasión. Pero así son las palabras: si hablas de especies abandonadas te recortan y si hablas de especies invasoras lo mismo te dan algo porque lo consideran un problema que afecta a los negocios del ramo, en este caso, del monte.
Yo creo que la especie "invasora" somos más bien los humanos, invasores por delegación, invasores innatos. Lo que ocurre es que lo llamamos "mercado". Tomamos al cerdo vietnamita y lo trasladamos allí donde nos es más rentable, hasta que deja de serlo o interfiere con otros negocios más o menos naturales, como ocurre ahora.
Señalan en el diario:

[...] los investigadores creen que ya podrían haberse producido cruzamientos de esta especie asiática con jabalíes que habitan en los montes españoles.
«La primera voz de alarma nos la dieron algunos cazadores y naturalistas», explica Miguel Delibes-Mateos, investigador del Instituto de Investigación en Recursos Cinegéticos de Ciudad Real y coautor del trabajo. «Pero con el tiempo nos han ido llegando fotografías de monterías en las que se veía claramente que algunos de los jabalíes abatidos tenían características morfológicas intermedias entre el cerdo vietnamita y el jabalí», asegura Delibes-Mateos.*


La "voz de alarma" no es la voz de la naturaleza que tiende a estar más bien silenciosa e indiferente ante el espectáculo de la hibridación (o cualquier otro). En la naturaleza, por decirlo así, no hay denominación de origen y somos nosotros los que ponemos las barreras para evitar la hibridación y los que las buscamos cuando nos interesa para conseguir los cruces adecuados. En la naturaleza todo lo que puede reproducirse se reproduce porque es así como funciona.
El hecho de que el instituto del que sale el estudio se llame de "recursos cinegéticos" nos da cierta idea del enfoque teórico del problema. La cuestión no son los jabalíes o lo cerdos vietnamitas, la cuestión es la caz o si se prefiere el negocio de los "recursos cinegéticos". ¿Devaluarán nuestras monterías la existencia de jabalíes híbridos? ¿Pedirán rebajas los cazadores?


El artículo del diario El Mundo se cierra con la información sobre la distribución de los casos en España:

Desde que se produjo la primera noticia del avistamiento de un cerdo vietnamita en libertad en el año 2007, los casos se han ido extendiendo en número, y también geográficamente. Aunque los autores del estudio destacan que la abundancia de estos animales en la naturaleza aún es baja, preocupa comprobar en el trabajo que la distribución de los 42 casos encontrados afecta a todo el territorio español, desde Galicia hasta Cataluña y desde Andalucía a la cornisa cantábrica. De hecho, en algunos lugares la incidencia de casos llama la atención, como en la isla de Mallorca, donde se han documentado 16 casos. Según cuenta el propio autor de la investigación, Miguel Delibes-Mateos, algunas de las citas se han producido durante cacerías de jabalí. «Uno de los casos es el de un cazador al que le salió un cerdo vietnamita de un arbusto durante una montería. El animal estaba tan acostumbrado al ser humano que se dejó coger con la mano por el cazador», cuenta Delibes-Mateos.*

El énfasis puesto estos días en el cerdo vietnamita (La Vanguardia también le dedicó un artículo en diciembre) nos revela que hay movimientos económicos en los montes que nada tienen que ver con lo natural o no. Los montes son un gran negocio y los quieren limpios de bastardos vietnamitas o de cerdos que, lejos de hacer subir la adrenalina por el peligro, te viene a lamer la mano o a frotarse contigo para que les rasques la espalda donde les gusta.
Las disputas ya han comenzado porque el negocio es el negocio, pero el monte, presuntamente es de todos. Hace unos días el monte era protagonista. Se anunciaba su uso para monterías y los problemas y peligros que se plantean. El País recogía algunas voces que tienen parte en el conflicto que se avecina:

“Es un tema complejo. Me parece lógico que se intente evitar accidentes, pero cualquier cosa que impida el libre albedrío de otras actividades se tiene que consensuar. No se pueden tomar esas decisiones a escondidas”, dice Miquel Fortuny, vocal de la Sociedad Catalana de Micología. Manuel Vera, fundador de la Asociación Micológica Granadina, coincide en que compartir territorio con cazadores “entraña peligro”. “Pero los que usan escopetas, los que generan ese peligro, son ellos, no nosotros. Todos tenemos el mismo derecho a entrar en un monte público. Una cosa es comunicar que hay una cacería —nosotros ya procuraremos no entrar— y otra es prohibir el acceso y multar”, añade. Los cazadores, por su parte, recuerdan que ellos son los únicos que pagan por usar el monte.
César Acosta, portavoz de Seguridad Vial de la Real Federación Española de Ciclismo, considera que dar prioridad a un colectivo supone “hacer un uso privativo de algo que usamos todos”. Los usuarios de la bicicleta se verían afectados, afirma: “Yo puedo planificar un recorrido y tener que cambiar de ruta o no llevarlo a cabo”. Además, le preocupa un aspecto práctico: “¿Cómo se señaliza y se delimita esa actividad? ¿Cómo voy a saber yo cuando preparo una ruta que voy a pasar por una zona en la que hay una montería? Es muy complicado ponerle puertas al campo”, señala.
Una cacería autorizada en el parque nacional de Monfragüe (Cáceres) a principios de diciembre pasado evidenció la polémica que rodea la convivencia de los diferentes usuarios del monte. Tanto los hosteleros del parque como la organización conservacionista SEO/BirdLife criticaron que la cacería fuera autorizada un domingo de puente, una de las fechas en las que Monfragüe registra más visitantes.**

Recolectores de setas, senderistas, ciclistas, hoteleros, etc., deben retirarse —por la cuenta que les trae— de unos montes que serán destinados a la caza. Las críticas por haber organizado una montería en un puente evidencia el conflicto de intereses que se crea, pues es en esos días ya tienen cubierta la oferta de plazas y lo que piden es llenar más días los hoteles y la zona. Todos quieren ir en las mismas fechas, las festivas, unos a buscar setas, otros a montar en bici y otros a pegar tiros. El problema es que todos estos "usuarios del monte", como los llama El País, son compatibles menos la caza, que es un peligro para todos ellos y no se puede correr el riesgo de que te disparen por aquello de la "marca España", entre otras cosas.
Hace unos días, las televisiones nos mostraban que el futuro de nuestros faros era convertirse en pequeños hoteles con vistas al mar. Quizá podría hacerse lo mismo con las comisarías y con los hospitales si hay camas libres. Hay que tener un poco de cuidado con no confundirse, pero seguro que con atención se puede compaginar y autofinanciarse.
Veo en "Segunda mano" que hay 63 ofertas de particulares de cerdos vietnamitas a precios que oscilan entre los 20 euros y los 150. Algunos los regalan; hay grandes y pequeños. El cerdo vietnamita no es más que otra víctima de nuestra forma de hacer negocios. Ahora parece que molesta a otros negocios, los de los montes, donde seducen con su encanto oriental y sus malas artes a las hembras de jabalíes o se contonean delante de los machos libidinosamente con la intención de apoderarse de los montes.


Su drama, en el fondo, proviene de ser graciosos y de que a uno de ellos le hayan hecho unas fotos con George Clooney —casi todos los artículos que hablan de los cerdos vietnamitas comienzan hablando el Clooney— como colegas.
Leo en la revista TrofeoCaza a otro Delibes —Adolfo, esta vez—, como firma invitada. El artículo se titula "Un nuevo animal de montería" y nos da cuenta de la caza de algunos cerdos vietnamitas entre los jabalíes, a lo que se aludía en el artículo del diario El Mundo. Después de valorar los aspectos cinegéticos y ecológicos de la cuestión, concluye:

Según me cuenta uno de los asistentes a la cacería, el más grande de los cuatro de la foto era una hembra gestante de tres nuevos cerditos, lo que nos lleva a pensar en una perfecta adaptación al medio en el que viven.
Como curiosidad añadida, y según me dicen, una vez finalizada la montería los pequeños cerditos fueron muy valorados por los asistentes pensando en su aspecto gastronómico. Mi amigo tuvo suerte y resultó agraciado con uno de ellos. Pero según su relato, hizo dos intentos de comerlo antes de tirarlo entero debido a la extrema dureza de su carne.


No trae mucha cuenta ser animal de compañía de los humanos. Estés donde estés, allí o aquí, en casa o en el campo, formas parte de sus negocios y eso nunca acaba bien. Todo lo que no es Naturaleza es Mercado. En la primera tienes alguna oportunidad.

* "El riesgo de regalar cerdos vietnamitas" El Mundo http://www.elmundo.es/ciencia/2014/01/07/52caa37aca4741f37b8b456d.html

** "Prohibido pasar: zona de cacería" El País 3/01/2014 7/01/2014 http://sociedad.elpais.com/sociedad/2014/01/03/actualidad/1388783376_054319.html
*** "Un nuevo animal de montería" TrofeoCaza.com 24/3/2013 http://www.trofeocaza.com/noticia/3872/Grandes-firmas/Un-nuevo-animal-de-monteria.html



 



viernes, 23 de marzo de 2012

La fábrica de sueños caros y tontos

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
El Olimpo de los cómics se va agotando. Ya solo quedan diosecillos y semidioses, según parece, con poco atractivo para el público actual y futuro, condenado a secuelas y precuelas a falta de manjares originales con los que llenar sus tardes de ocio y palomitas.
El consumo de tipos musculados, saltadores increíbles, voladores supersónicos y fulminadores con ondas electromagnéticas que salen de sus manos, necesita de nueva savia que no llega creando un estado de ansiedad en los adictos a todas estas cosas.
Sí, John Carter ha fracasado.
Las aventuras de un señor —una especie de Tarzán de secano— que, por los juegos absurdos del destino tiene línea directa con Marte —bueno, con un Marte muy especial—, y va y viene cuando menos lo desea, no han logrado compensar lo que costó. La Disney ha comunicado unas pérdidas de doscientos millones de dólares
Y los ejecutivos —esos estetas irredentos— se preguntan cómo es posible meterse en la cabeza de esa inteligencia colectiva y emergente que se llama público y acertar. Nos dicen que ellos ya se lo temían, pero que mantienen las apariencias para evitar que el desastre sea mayor y recuperar algo. Hay que mantener la sonrisa hasta el final. Luego se llora. Y mucho, una barbaridad.

El contraste entre John Carter y Los idus de marzo es galáctico. En la primera se nos muestra la lucha por el poder en Marte —algo que a nosotros ni nos va ni nos viene, la verdad—, seres tirando a extraños montados en bestias más extrañas todavía recorriendo desiertos sin un pepino que llevarse a las fauces. En Los idus de marzo, por el contrario, se nos muestran nuestros monstruos morales cotidianos, los que sí nos afectan, luchando por el poder, es decir, por ponerse al frente para tomar las decisiones que afectan a nuestras vidas.
Por supuesto, se puede hablar de Marte y que la gente entienda que están hablando de su país y que bajo un señor verde y con verrugas se esconde el ministro de no sé qué, un tipo corrupto y violento, pero no es el caso. Aquí las facciones no son más que los antagonistas necesarios para que te pases dos horas viendo peleas y escuchando gruñidos en extrañas lenguas que no oirías en ninguna playa en agosto.


Los idus de marzo tiene magníficos actores, un buen guión y una buena realización. Salimos de ella con la sensación de que ese mundo es creíble —se parece al nuestro en el fondo y en la forma— y aprendemos algo sobre su funcionamiento. Entendemos que en esa película existe una reflexión moral sobre el comportamiento político, sobre la hipocresía y la manipulación. De John Carter salimos con una idea equivocada de Marte. Podíamos habernos divertido y pasado un buen rato, claro. Pero el público se ha aburrido y se lo ha contado a los demás. Y muchos se han quedado sin la ocasión de tener una idea equivocada de Marte.
El presupuesto de Los idus de marzo ha sido doce millones y medio de dólares. John Carter ha costado doscientos cincuenta millones de dólares más una decenas de millones en publicidad. La Disney calcula que perderá doscientos millones de dólares con la película. Antes el cine perdía dinero con películas como Cleopatra (J.L. Mankiewicz 1963), que casi llevó a la bancarrota a la Twenty  Century Fox,  o La puerta del cielo (M. Cimino 1980), que se llevó por delante a la United Artists. Ahora lo hace con John Carter, Thor y similares. La diferencia es grande.

Cuando una empresa invierte tantos millones de dólares en una película siempre hay un componente de riesgo. El arte es siempre riesgo si quiere ser verdadero arte. Pero aquí la palabra riesgo significa algo muy distinto al de las inversiones. Mientras que el arte se arriesga porque va contra el gusto del público al que trata de doblegar, de sacarlo de lo que antes le gustaba y ofrecerle nuevas propuestas, el arte industrial ve el riesgo en salirse del camino trillado, se busca lo que ha funcionado antes para repetirlo hasta la saciedad literalmente. Riesgo artístico no es lo mismo que riesgo empresarial.
El hecho de que las viejas fórmulas repetitivas, que siempre han caracterizado a la cultura popular, sean objeto de inversiones multimillonarias nos muestra la pérdida de sentido del arte, que se debe mover ahora entre la extravagancia y la repetición. Convertido en forma de llamar la atención —ya sea como consumo o como coleccionismo—, el arte se muere entre esas dos fórmulas que pueden tener éxito momentáneo, pero que desaparecen pronto, una porque se olvida la sorpresa sobre la que se funda y la otra porque no llega a recordarse por lo repetitivo.
Mientras las salas de cine se hacen más pequeñas, las películas se vuelven a hacer grandes. Intentan competir por medio de grandes presupuestos con sus enemigos naturales (las otras películas, los medios rivales y las descargas de la gente que no paga). Son demasiados enemigos y las armas de que disponen —los superhéroes, la serialización de lo que funciona estirándolo hasta que se agote, los efectos especiales, el 3D, etc.— no van a funcionar siempre. Y llegan entonces los héroes de segunda fila, la quinta entrega aburrida de la saga o la chapuza tridimensional.


En La Vanguardia* se preguntan por la vuelta de los cuentos infantiles al cine y la televisión —hay tres versiones para estrenar de Blancanieves en estos momentos— y en El Mundo lo hacen sobre el desastre económico de John Carter y la forma de evitarlo, algo inútil porque cuando ya son conscientes de que será un desastre, la película ya está hecha. Les pierde pensar que el público es una masa idiota que quiere siempre lo mismo. Y van bajando el listón.
El regreso a los cuentos —agotados los cómics— es el descenso en la edad mental del público al que se dirigen. Por mucho que se hagan versiones retorcidas, sádicas, etc. de los cuentos infantiles, el hecho manifiesto es la incapacidad de ir más allá del fondo de armario cultural. Llegados a la infancia, ya solo queda el descenso a lo prenatal. Tengo curiosidad.
Hay películas costosas y hay películas tontas. El cine industrial se ha convertido en la fábrica de los sueños caros y tontos.

* “El cine y la televisión recuperan los cuentos de hadas”. La Vanguardia 23/03/2012 http://www.lavanguardia.com/cine/20120323/54275324745/cine-television-recuperan-cuentos-hadas.html

** “Manual para no tirar el dinero con una película”. El Mundo 23/03/2012 http://www.elmundo.es/elmundo/2012/03/22/cultura/1332373272.html?a=9ea188ccd5adb29ff9d4d769decc114c&t=1332483095&numero=



sábado, 17 de marzo de 2012

Clooney

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Llevaba algún tiempo intentando escribir sobre George Clooney, pero siempre se cruzaba algo. Su detención mediática para llamar la atención sobre lo que ocurre (y puede ocurrir) en Sudán es una muestra de su forma de trabajo y de pensar. A los pocos días de estar presente en dos categorías de los premios de la Academia —por Los idus de Marzo y Los descendientes—, Clooney aplica su imagen pública a causas que requieren la atención de la única forma en que la sociedad mediática responde: a través de golpes de efecto.
Ayer comentábamos como el presidente y político (no es lo mismo) Sarkozy tenía un incidente con la prensa insultando a un periodista (joven, simpático, bobo y “tocapelotas”, según su definición) por preguntarle sobre unos incidentes de orden público en París. Clooney es el ejemplo de lo contrario. Allí donde el presidente huye de sus responsabilidades y se transforma en político protector de su propia imagen negándose a responder, el actor Clooney se convierte en político al poner su imagen al servicio de los problemas de los demás, que pasan a ser los suyos y, a través de él, de todos los que consiga atraer a la causa.
Hace apenas unos días, Clooney se presentó ante una comisión del Senado de los Estados, presidida por John Kerry, les proyectó un documental sobre la situación de Sudán y les explicó algunas de las claves de lo que allí ocurre. Una vez hecho esto, George Clooney da el siguiente paso que un ciudadano norteamericano consciente realiza tras contárselo a los políticos: se va a protestar a la puerta de la embajada de Sudán.

Padre e hijo arrestados por desobediencia civil

El diario El Mundo nos cuenta que

Los manifestantes acusaban al presidente sudanés, Omar al-Bashir, de provocar una crisis humanitaria por bloquear el acceso de comida y ayuda en la región de las montañas de Nuba, en la frontera con Sudán del Sur.
El fin era llamar la atención del Gobierno estadounidense y de los líderes mundiales para detener la violencia en la región. En la manifestación, organizada por la National Asociation for the Advancement of Colored People (NAACP), también participaron su presidente, Ben Jealous, y el congresista demócrata Jim Moran.
Clooney, un ferviente activista a favor de los derechos de los habitantes de Sudán del Sur, pidió esta semana al presidente Barack Obama que convenza al gobierno de China para que se una a la presión internacional a fin de que el gobierno sudanés permita que entre la ayuda en la frontera sur del país para paliar la hambruna.

Cuando le preguntan a Clooney por su paso de tres horas por la comisaria, ironiza sobre lo interesante que ha sido compartir celda ese tiempo con políticos y activistas, incluido un hijo de Martin Luther King. Clooney ha dicho que seguirán rodando documentales denunciando lo que ocurre allí o en otros lugares en los que se dan genocidios.
Más allá de la causa de Sudán, George Clooney ha ido transformando su trabajo en una causa permanente y tratado de enganchar a ella a amigos y público. Con películas como Syriana (2005), Michael Clayton (2007), Up in the Air (2009) y Los descendientes (2011) —entre las ajenas— y las dirigidas por él, Confesiones de una mente peligrosa (2002), Buenas noches y buena suerte (2005) y Los idus de marzo (2011), Clooney ha conseguido hacer un cine serio y sólido en mitad de un Hollywood perdido entre glamour, 3D y efectos especiales. Todas esas películas le permiten avalar su trayectoria profesional responsable en un contexto en el que los grandes éxitos de taquilla provienen del mundo de los cómics, un mundo de súper poderes físicos y mentales,  o del deprimente espectáculo de los infrapoderes mentales, representados por las comedias de los resacones y similares. Entre superhéroes y supertontos, Clooney ha tratado de introducir dosis de realidad en un cine empeñado en que la realidad se ve mejor con gafas polarizadas. Al cine de Clooney le sobra la tercera dimensión física; él le añade una tercera dimensión moral.

George Clooney ante la Comisión del Senado hablando sobre Sudán y pidiendo medidas

Clooney es la única persona que ha estado nominada para los premios de la Academia de Cine en cinco categorías, director, guionista (original y adaptado) y actor (de reparto y protagonista), acumulando hasta el momento siete nominaciones y ganado una como actor por Syriana en 2005. Ha ganado tres Globos de Oro, en los que estaba nominado en cinco categorías distintas. La lista de premios en festivales, asociaciones, etc. es muy larga. Pese a ello, más de uno sigue pensando que se trata de un galán, de un actor atractivo que hace anuncios. Clooney ha sido elegido varias veces entre los hombres más sexis del año, pero también está en la lista de los hombres más influyentes que otras publicaciones realizan. Utiliza lo primero para lo segundo.

Confesiones de una mente peligrosa (2002), con Sam Rockwell como "Chuck Barris"

La primera película dirigida por Clooney, Confesiones de una mente peligrosa (2002), está basada en el libro del mismo título escrito por el productor y presentador de televisión Chuck Barris, creador de The Gong Show —un concurso de “talentos” insoportables—, The Dating Game —una chica elige entre tres hombres a través de preguntas—, Three’s Crowd —un concurso para ver quién sabe más sobre un hombre, si su esposa o su secretaria—, entre otros concursos de este tipo realizados en los setenta y ochenta. En su biografía, Barris —un atípico presentador, tímido, llenos de tics, como dar palmadas cada cuatro palabras, rascarse la cabeza y la nariz, o equivocarse constantemente— confesaba haber sido reclutado por la CIA y convertido en un asesino a sueldo. 

Chuck Barris en The Gong Show
La CIA negó sistemáticamente que fuera cierto, lo que era parte del juego irónico del propio Barris. Cuanto más insistentemente negara la CIA que Barris había sido agente, más cierto parecería. Barris explicaba, por ejemplo, que el hecho de que él acompañara al extranjero a las parejas ganadoras en el concurso The Dating Game no era más que una tapadera para poder realizar sus encargos de crímenes en las ciudades por las que pasaban.
Clooney toma literalmente lo que era un juego irónico y convierte las acciones fantasiosas de Barris en reales, haciéndole pasar por el reclutamiento, el entrenamiento para matar y los más de treinta crímenes confesados por el protagonista, que empieza a padecer psíquicamente las consecuencias de llevar una doble vida, presentador televisivo y asesino profesional de la CIA. Acabará estallando, recluido en la habitación de un hotel.

Buenas noches y buena suerte (2005)
Creo que la metáfora que George Clooney eligió para su debut cinematográfico es bastante elocuente respecto a su posición en lo que respecto al mundo del espectáculo y a su propia posición en él. Clooney ha tratado de recuperar la tradición de compromiso liberal americana como resultas de la era Bush y la presión que el 11/S supuso como chantaje moral contra todos los que quisieran enfrentarse a la política belicista norteamericana, representada por la USA Patriot Act, la ley que concedía mayores poderes a las agencias —la CIA, evidentemente, entre ellas— para el control de la vida de los ciudadanos ante la posibilidad de amenazas terroristas. La ley se aprobó de forma mayoritaria tras los atentados del 11 de septiembre. Tampoco es casualidad que la película siguiente de Clooney fuera Buenas noches y buena suerte (2005), la narración de la lucha del periodista Edward R. Murrow con el senador Joseph McCarthy, el principal responsable de la “caza de brujas”. En una entrevista de 2005 para la revista alemana Brigitte, Clooney declaró:

"It's quite amazing that 'liberal' nowadays has become a swear word as in the history of our country it always meant to be on the side of justice. It started with the witchhunt in Salem, the conservatives' point of view was: 'Burn them at the stake', and the liberals' point of view was: 'There are no witches.'**

Como ocurrió con su película anterior, Buenas noches y buena suerte debía ser leída en clave de presente. Clooney está empeñado en resucitar el sentido que la palabra "liberal" ha tenido en la tradición americana y que el neoliberalismo conservador de Reagan llevó a su consideración más insolidaria apropiándosela. A los liberales economicistas se oponen los liberales morales, defensores de otros valores muy distintos. Y esa es la lucha de Clooney desde hace ya años: unir ideas, valores y películas. No ha compartimentado su vida, sino que ha tratado de integrarlo todo y se coherente. No todos pueden decir lo mismo.
En su última película, Los idus de marzo (2011) —con sus recelos sobre la política actual del presidente Obama— vuelve su mirada crítica hacia la las campañas, la lucha política y sus entresijos, pero sobre todo sobre la integridad moral. Una vez más, su centro es la comunicación —como ya lo fueron Confesiones de una mente peligrosa, Buenas noches y buena suerte y la comedia Ella es el partido—, su manipulación y control. Consciente de ello, su cruzada es denunciarlo a través de los mismos medios. El cine de Clooney es una vacuna contra la manipulación mediática y política, por eso ha de ser buen cine y buenos valores.
La detención de George Clooney ante la embajada de Sudán tras su sesión hace unos días en el Congreso estadounidense es un capítulo más en una vida que ha ido derivando hacia el compromiso político frente a la frivolidad o el desinterés ante los problemas del mundo.

* “Clooney, libre tras ser detenido ante la embajada de Sudán en Washington”. El Mundo 16/03/2012 http://www.elmundo.es/america/2012/03/16/estados_unidos/1331910957.html
**  Deborah White: "The Politics of George Clooney, Actor and Liberal Activist". US Liberal politics - Liberal Leaders About.com http://usliberals.about.com/od/celebrityactivists/a/GClooney.htm


Clooney en Darfur

Los idus de marzo (2011)


domingo, 26 de febrero de 2012

La fatídica décima página

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
El actor George Clooney, al hilo de su doble candidatura, como guionista e intérprete a los próximos premios Oscar de este año, ha señalado que no suele pasar de la décima página de la mayor parte de los guiones que le llegan. “Quizá es que llevamos haciendo películas más de 100 años y se nos están agotando las historias. O que el sistema de estudios no busca buenos guiones sino grandes espectáculos”*, ha dicho Clooney. Ambas cosas no son incompatibles y la diferencia entre ser optimista o pesimista es apostar por la segunda o la primera. Si se nos han agotado las historias, no hay nada que hacer; si los estudios no apoyan buenos proyectos, los independientes pueden buscarlos.

Vi ayer la película con la que Martin Scorsese rinde su homenaje a los inicios del Cine, al mago Georges Méliès y lo mejor son las recreaciones de las viejas películas mudas. Junto con The Artist, parecen querer decirnos que hay que volver a los orígenes, que —cómo el nadador— se ha tocado el final de la piscina y hay que regresar. Evidentemente, volver al principio no es ponerse a hacer películas mudas, aunque algunas pudieran ganar con ello. Volver al principio es recuperar el espíritu pionero que tienen los locos que se embarcan en lo desconocido. Es volver a recuperar —en el film de Scorsese— la chispa en los ojos de Georges Méliès cuando descubre, en una barraca de feria, la máquina que han creado los hermanos Lumière. Es la chispa de la creación, y no la de la mera codicia, la del negocio.


Siempre hay cosas que contar, pero somos nosotros los que las descartamos por falta de seguridad, como en tantas otras facetas de la vida. Existe una autocensura creativa: la que solo piensa en términos de gusto. Intentar siempre crear algo en términos de lo que les puede gustar a los demás es prescindir del motor más importante de la creación: uno mismo. Lo sabe cualquiera: hay que creer en lo que se hace, sentir entusiasmo. Muchas películas no producen a los que las hacen más entusiasmo que el saber que van a tener unas semanas de trabajo o unos ingresos posteriores.
No es casual que haya aumentado el número de actores que se lanzan a la producción, a escribir guiones o a la dirección. Son ellos los que padecen en última instancia la vulgaridad del proceso, los que tienen que poner la cara y decir frases tópicas frente a la cámara, dar réplicas absurdas a sus compañeros de reparto.


Muchos necesitan meterse en estos proyectos arriesgados porque no encuentran —como señalaba Clooney— ofertas por parte de los estudios. Los buenos guiones llegan hoy a los actores para que estos luchen desde dentro y poder sacarlos adelante. También los malos les llegan, claro, como señalaba y no se puede pasar de esa fatídica décima página. Muchos han creado sus productoras para poder sacar sus propios proyectos, delante o detrás de la cámara. El más evidente es Clint Eastwood y su productora Malpaso, con la que pudo salir del encasillamiento y la rutina ofrecida por los estudios.


Clooney se queja con razón, de que el director de su película The Descendants, Alexander Payne, haya tardado siete años en llevar al cine una nueva película desde Entre copas (Sideways, 2004), otro proyecto muy interesante con gran éxito de crítica y público. Pero en las películas de Payne no hace falta 3D ni los coches saltan por los tejados. Son historias.
La clave, como si en una pélicula de Welles nos encontráramos, nos la da la lápida conmerotaviva puesta en la casa en que nació, no el cine, sino Georges Méliès: "creador del espectáculo cinematográfico, prestidigitador, inventor de numerosas ilusiones". Puede que algunos vean en Méliès al abanderado de los "efectos especiales", pero lo era sobre todo de despertar la ilusión. La palabra ilusión nos remite a lo que no tienen existencia real, pero también a la energía que se pone en las tareas, al entusiamo. El cine, como cualquier arte, requiere de las dos: ilusión tras las ilusiones, ilusión que ilusiona.

No se agotan las historias. Nosotros las agotamos y nosotros nos agotamos por contar las mismas una y otra vez de la misma manera. Se acaba con el riesgo que supone la creación artística. Las historias las da la vida y no la taquilla. Cuando el creador se pone a pensar qué es lo que le gusta a la gente para dárselo, se pone en marcha un círculo vicioso del que es difícil, tras varios giros, salir. Esa forma de trabajo maleduca a los públicos; los convierte en acomodados seres que languidecen entre los contradictorios deseos de novedad que les saque del aburrimiento y la incapacidad de percibir el valor de lo nuevo. Creadores y público se vuelven rutinarios.

En alguna parte, a alguien se le está ocurriendo una historia que contar. Comienza la lucha.

* “George Clooney: En el cine se nos están agotando las historias”. El País 25/02/2012 http://cultura.elpais.com/cultura/2012/02/25/actualidad/1330174849_387293.html