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jueves, 21 de junio de 2012

El mal sueño del dictador

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Las noticias sobre la muerte clínica, la situación irreversible, del ex presidente Mubarak saltaron a las pantallas de todas las cadenas de mundo. Son todavía confusas y contradictorias, pero han añadido un elemento más de dramatismo a la situación de Egipto, por si no hubiera ya bastantes problemas sobre la mesa. Egipto no se priva de nada en esta travesía sin rumbo que se ha ido distorsionando y renegando de sí misma sin saber muy bien cómo. Egipto se encuentra en un coma similar al de su dictador, con el que apenas hay diferencias: con sus constantes vitales bajo mínimos, a la espera de un desenlace que puede tardar en producirse pero llegará, lleno de rumores. Mubarak arrastra a su pueblo con el peso de treinta años de dictadura.
Muchos egipcios que se levantaron contra la dictadura aburrida y despectiva de Mubarak se han encontrado, año y medio después, metiendo en la urna el voto para su último primer ministro, Ahmed Shafiq. ¿Cómo se ha llegado a esto? Por la lógica aplastante que dice que si los que dirigen un proceso político no creen en él, nunca llegará a buen puerto.


Cuando el pueblo egipcio se levantó el 25 de enero contra la situación a la que se había llegado por la desidia del régimen, con Mubarak en el poder, tenían muy claro que querían que el presidente, tras treinta años, se fuera. Ese era el sentimiento principal. El segundo era que no dejara un sucesor, de la familia o del ejército. Era reconocerle lo que se le negaba, la capacidad de seguir controlando el destino del país. Toda la polémica social anteriormente era quién se presentaría, si Mubarak o Gamal, su hijo. El presidente jugaba con blancas, en sus manos estaban las decisiones y los demás aguantarían, aunque protestando. Mubarak era el centro como presente o como ausente. Llevaba treinta años de gobierno; una pirámide más.

Con la llegada de la revolución, se produjo una tensa negociación. Mubarak, ante el impulso de lo que llegaba desde las calles, intentó regatear para seguir con algunos cambios. El pueblo se negó. Intentó colocar a otros y el pueblo también se negó. Finalmente, ante la perspectiva de una masacre, viendo que la gente no se iría, la institución militar que realmente controlaba Egipto y de la que Mubarak no era más que la cabeza visible, decidió cambiarle para evitar males mayores y seguir controlando el país. La gente se puso muy contenta porque el dictador se había ido y salió a la calle y besó y abrazó a los soldados y oficiales del glorioso ejército, el sostén de la dictadura y de la represión.
El Ejército tuvo en sus manos que la revolución siguiera delante y que Egipto pudiera despegarse de la dictadura, pero jamás tuvo ni ha tenido la intención de dejar los destinos del país en manos del pueblo. Sesenta son muchos años para perder el tejido de intereses creados, los negocios que han surgido a la sombra de la corrupción. 


La personalización absoluta que los egipcios habían hecho de la dictadura en la figura de Mubarak, sin considerar que comenzó con el mitificado Nasser y continúo con Sadat hasta llegar, tras el asesinato de este, a manos de Hosni Mubarak, era un lastre psicológico que los egipcios pagarán con creces. Pensar que la dictadura comenzó con la Ley de Emergencia, puesta en marcha tras el asesinato de Sadat, es una ingenuidad y se paga caro. La Ley, que acaba de ser derogada y sustituida por otra de distinto nombre pero con las mismas funciones, no era más que la herramienta jurídica para el control de la sociedad sin ningún tipo de tapujos. Era la forma siniestra de silenciar las voces al amparo de la ley, aplicada por unos jueces civiles y militares que siguen en sus puestos. Muchos egipcios no pensaban en términos de dictadura, sino de dictador. Personalizando en Mubarak, salvaban el resto. Creían en las instituciones. Hoy están recibiendo un rápido aprendizaje del funcionamiento de muchas de ellas y de quién las controla.

Año y medio después, los militares, cuyo trabajo y forma de pensar es desde la estrategia, desarrollaron todas sus artes para llegar hasta este escenario contrario al que se reclamaba en las calles cuando se alzó la revolución. La revolución, que pretendía sacar a Egipto de su dilema —establecido para justificar la dictadura— Ejército o Islamismo, se encuentra con que ese es precisamente el escenario en el que se halla hoy. Aquello que querían superar es lo que tienen enfrente.
Paso a paso, los militares han conseguido llevar a pueblo egipcio al escenario de la confrontación del origen justificador de la represión. Se quejan muchos egipcios de que el Ejército y los medios que les apoyan han satanizado a los islamistas, pero las actuaciones del parlamento y de muchas de las personas tampoco han contribuido a mejorar mucho su imagen. Las tensiones internas con los jóvenes desde el principio, las propias disidencias, las contradicciones sobre su ausencia de interés por acceder a la presidencia, etc., no han ayudado nada a mostrar una buena cara del movimiento islamista. Han sido fácilmente manipuladas y amplificadas las noticias que ellos mismos generaban, como la ausencia casi absoluta de mujeres en el parlamento, los deseos de control de los medios de comunicación, de control de las costumbres, planteamiento de limitaciones turísticas, etc. Daba igual que muchas no surgieran de voces autorizadas; eso era secundario. No se puede jugar a todo.


Nada de esto ha sido desmentido. Y es que la Hermandad Musulmana nunca fue un partido político, entre otras cosas porque despreciaba los partidos políticos. Su pensamiento iba precisamente en una dirección contraria, la del control social, la de la identificación del buen ciudadano con el buen musulmán, definiendo ellos, claro, quién era un buen musulmán y quién no. Por eso su compromiso inicial con la revolución fue prácticamente inexistente, ya que la veían como algo laico y que podría erosionar su influencia tejida durante décadas gracias a la miseria creada por el abandono social del régimen de Mubarak. Sus meritorias labores caritativas, asistenciales, tratando de cubrir las carencias sociales del régimen les permitieron la influencia social que hoy tienen. La red paralela de relaciones comerciales y empresariales tampoco es algo que deba ser ignorado. Caridad y negocios no es mala combinación si se sabe aprovechar bien. 


La oportunidad de oro que tuvo la Hermandad era la de haber demostrado su compromiso con el resto de las fuerzas política egipcias. Sin embargo, esto no es más que una forma de hablar porque no hay casi nada digno de ser llamado de esta forma. No ha habido tiempo para desarrollar una conciencia política. No ha interesado ni a los militares ni a los islamistas. Ese era precisamente el peligro que unos y otros temían. Los militares temían que el miedo al islamismo —usado por Mubarak y demás dictadores— se diluyera mediante su moderación, modernización y relación comprometida con otros grupos salidos de la revolución o con alguna tradición anterior. Los islamistas, por su parte, temían que un proceso largo hiciera perder la influencia con la que contaban al ser la única fuerza social y política real existente durante la dictadura. Eso hizo que sus estrategias fueran coincidentes en muchos momentos en un intento de tomar ventaja en la salida. Los resultados apabullantes de los islamistas —el 70%— en el parlamento parecían confirmar lo acertado de la estrategia. Pero era una ilusión porque la SCAF no ha tenido pudor alguno en cambiar cada norma del juego cuando le ha interesado. Le vino muy bien que ganaran tan claramente, sembrando el miedo del resto ante la prepotencia mostrada, por ejemplo, en la negociación de la constitución.

La gran ventaja de la SCAF es que no ha tenido problemas en recurrir a todo tipo de jugadas, visible e invisibles, para lograr sus objetivos de control del escenario político, Ha sabido administrar —para muchos crear— el desorden hasta llegar al caos para que muchos votantes hayan tenido, con todo el dolor de su corazón, que votar a los mismos que mataron a sus mártires, que organizaron la vergonzosa batalla del camello, o pateaban con saña a sus mujeres en mitad de la calle. Ese es el orden que se ven forzados a elegir ante una alternativa que consideran, lo sea o no, peor.
El gran error de la Hermandad Musulmana, y con ella del resto de los políticos, es que han sido incapaces de comprender que estaban condenados a entenderse si querían librarse de los manejos de los militares, que debían tener una voz común hasta que se silenciara el sonido de los cuarteles.
Las últimas incidencias —la noticia sobre el estado de salud de Hosni Mubarak incluida— son igualmente preocupantes por descaradas. El recorte de funciones presidenciales dejando claro que, gane quien gane, serán ellos los que tengan el control ha sido un golpe definitivo. La disolución del parlamento egipcio a manos de los jueces del sistema, es una demostración de fuerza antes del gran finale, que han retrasado en la mejor tradición de retener los resultados de las elecciones para que quien que salga de allí lo haga con todas las instituciones controladas por los militares.

La revolución deberá empezar de nuevo porque ha sido la gran víctima de los dos viejos enemigos. No puede haber un sistema democrático sin que exista un mínimo de voluntad política entre los participantes. El ejército introdujo, en el último momento, su candidato, al que había mantenido al margen, como un tapado para asegurarse que  serían los demás los que se despedazarían en las luchas previas. Luego, cuando han querido darse cuenta y ponerse de acuerdo, ya era demasiado tarde.
La cuestión ahora es cómo va a poder soportar Egipto cualquiera de las situaciones que salgan de las urnas, con fraude o sin él. El rechazo internacional a lo que está ocurriendo es paralelo a la preocupación por cómo pueda degradarse la situación. Si Ahmed Shafiq gana las elecciones, la dictadura volverá con toda su crudeza, porque se habrán avalado por las urnas la represión anterior y un concepto de orden basado en la fuerza. Si lo hace Morsi, el enfrentamiento institucional será constante porque el ejército se resistirá a ser desmontado desde el poder legislativo, que podrá ver controlado sus leyes por un tribunal constitucional que ya ha demostrado cómo funciona o su capacidad de veto.


La responsabilidad del Ejército es absoluta y, más allá de los crímenes cometidos en las calles y la represión de décadas: lo es por haber frustrado con su codicia y apetencia de poder los anhelos de libertad de todo un pueblo, condenado ahora a elegir entre opciones extremas para evitar males mayores. Hay laicos que votaron a Morsi para evitar que saliera de las urnas un militar sucesor de un dictador; y hay revolucionarios que han votado a Shafiq por temor a que lo que traigan los islamistas sea peor. No puede haber mayor despropósito. Por esto han pasado muchos egipcios.
 Así es difícil, muy difícil, construir una democracia. La democracia tiene que canalizar la ilusión y no recoger el miedo. Ahora, con los dos candidatos autoproclamados vencedores, con las sospechas de fraude creciendo, puede ocurrir cualquier cosa. No sabemos si Hosni Mubarak saldrá del coma para poder comprobar con sus propios ojos el desastre final de su reinado. Esto no ocurrió porque él se fuera, como algunos piensan, sino porque él no se iba. Ni tampoco sus secuaces. 
Egipto sí debe salir del coma. El sueño de la democracia debe convertirse en realidad.


lunes, 4 de junio de 2012

Recompensas y castigos

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Entrevista La Vanguardia a Wasila Elasheg, ingeniera, fundadora y presidenta de un partido político en su país, Libia, en donde se celebrarán elecciones el 19 de junio. Como ingeniera que es, sus respuestas son claras y directas. Piensa que quizá por eso la han elegido las bases del partido y que si se convirtiera en política, es decir, si hablara queriendo decir algo o esquivara las preguntas, no estaría allí. Seguro que quienes la han elegido valoran su sinceridad.
Wasila Elasheg repasa, al hilo de las preguntas, algunas cuestiones sobre el futuro de Libia sin Gadafi, cómo el precio de una guerra civil terrible ha sido más de lo esperado por librarse de un dictador cruel y megalómano. Todavía están en nuestra memoria las terribles, terribles imágenes de la muerte de Muamar el Gadafi a manos de los que lo atraparon en su huida.
Cuando es preguntada por si los gadafistas van tener un juicio justo en Libia, responde afirmativamente, que los jueces los tratarán imparcialmente. Y señala: «Los humanos aprendemos qué es el bien y el mal de la sociedad en la que vivimos»*. Esa es una gran verdad, desde luego. Es en el seno de nuestras culturas donde aprendemos lo que es la normalidad y la anormalidad, lo que es justo e injusto y, claro, lo que es el bien y el mal. También desarrollamos un cierto sentido de las proporciones entre lo que es justo o no. Eso va desde una pena de cárcel hasta una indemnización como consejero de una Caja de Ahorros.

Wasila Elasheg
La respuesta viene a cuento de la aplicación de las penas a los responsables del periodo gadafista y las barbaridades de la guerra. Dice Wasila Elasheg, contra la opinión que algunos han señalado sobre que sean tribunales internacionales los que los juzguen, que deben ser juzgados en Libia, bajo sus normas, porque de otra forma nunca estarían satisfechos, no se cerrarían las heridas porque nadie se sentiría reparado en sus daños.
Otros dictadores o responsables de genocidios han sido juzgados por tribunales internacionales. Algunos países prefieren librarse de una tarea que no les traería más que nuevas fracturas sociales y los mandan a esas cortes internacionales, menos condicionadas por las opiniones públicas. Tenemos algunos ejemplos balcánicos recientes.
El deseo de sentar ante los tribunales a otro dictador, a Hosni Mubarak, se cumplió en Egipto y el veredicto final con el que ha sido resuelto el asunto por parte de los jueces del sistema no ha sido satisfactorio para una parte importante de la población, que sigue buscando y reclamando una reparación ante la justicia por la muerte de sus mártires. Los muertos no callan, como las almas en pena, cuando sus asesinos están libres y disfrutando de la vida que han arrebatado a otros.


Si se les hubiera propuesto a los egipcios juzgar fuera del país a los acusados —desde Mubarak al último responsable de muertes o corrupción— por tener más garantías de justicia, seguramente se habrían negado. Se habrían sentido incluso ofendidos. Han preferido, con todos los riesgos, tenerlos cerca y mirarles a la cara. Pero, como hemos visto, el resultado deja abierto el futuro, y uno de los candidatos a la presidencia de la República ya ha incluido entre sus promesas electorales la repetición del juicio aportando nuevas pruebas que no dejen lugar a dudas sobre la corrupción y los crímenes sangrientos de los acusados. Los familiares de las víctimas de la represión han señalado que permanecerán en las calles reclamando justicia, cada día, hasta que esa herida se cierre por el castigo de los responsables.
Sí, es cierto que los humanos, como señala Wasila Elasheg, aprendemos el bien y el mal en nuestro entorno inmediato, y eso va de las familias a los juzgados. Y lo aprendemos muchas veces de la manera más dura. 

* Wasila Elasheg: "En Libia no habrá reconciliación hasta que no haya justicia" La Vanguardia 04/06/2012 http://www.lavanguardia.com/internacional/20120604/54303082528/wasila-elasheg-libia-no-reconciliacion-hasta-justicia.html



domingo, 3 de junio de 2012

La “irrisoria insolencia” de la primavera egipcia o que se pudra la revolución

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Visto retrospectivamente, tras el fallo de ayer, el diseño de la operación adquiere cierta claridad en su planificación detalladar. Todos los movimientos llevaban hasta aquí: la cuidadosa eliminación de los candidatos presidenciales, la concentración del voto del mubarakismo, los exculpatorios juicios previos contra los militares y policías por las muertes de manifestantes (que hubieran desmoralizado a las tropas restándoles contundencia represora) o los exámenes de virginidad a las mujeres participantes en las manifestaciones, los encarcelamientos de los activistas, los ataques a las embajadas, los juicios militares a civiles, etc. Todo lleva ante la puerta de la presidencia del Estado.
Bajo la apariencia de aceptar y liderar la revolución, el régimen seguía funcionando a pleno ritmo disociando los deseos de la calle de los mecanismos institucionales, que seguía controlando. Es la maquinaria elaborada tras décadas de poder. Se trataba de crear y mantener el caos callejero e intervenir con contundencia cuando conviniera, de sembrar el enfrentamiento religioso, de provocar el enfrentamiento entre los diferentes apoyos de la revolución. Divide y vencerás; aburre y ganarás.

En el mensaje a la nación francesa emitido en el final del año 1968, el presidente de la República, el general Charles De Gaulle, fortalecido por el movimiento pendular de conservadurismo que los acontecimientos del “mayo del 68” habían provocado, les dijo a los ciudadanos franceses: «Echemos por tierra todos los diablos que nos han atormentado en 1968.»* Era una invitación a borrar de forma activa de la memoria los acontecimientos que había sacudido Francia medio año antes y que habían atraído la atención de todo el mundo. El general, como militar que era, sabía que no se debe intervenir en las batallas en el propio país más que haciendo que sean los ciudadanos quienes lo pidan de rodillas. Es famosa la expresión que definió la estrategia del general sobre la situación creada entonces: ¡Dejemos que se pudra! Laisser pourrir!
La crónica del diario ABC del día siguiente comenta recogiendo los comentarios de la prensa francesa:

Esos «diablos», como simplemente De Gaulle los llama, son objeto hoy de muchos comentarios en la Prensa. «Lo que ha pasado en mayo, y después en noviembre —escribe esta mañana L’Aurore en su primera página— no tiene, a los ojos del jefe del Estado, nada de misterioso. Hay culpables y los culpables son los «diablos» que nos han atormentado.» E inmediatamente el periódico añade: «En resumen, la manera en que nuestros asuntos públicos han sido llevados desde hace diez años no tiene nada que ver con los acontecimientos de la primavera. Ni la carencia del mantenimiento de  autoridad en ese “paso en el vacío”», concluye el diario, haciendo alusión, indudablemente, a esas semanas de mayo en las que el general De Gaulle dejó que «se pudriera» una situación, en vez de cortar con rapidez la parálisis y reducir así los efectos que la acompañarían.*

Francia era y es un régimen democrático y Charles De Gaulle, por supuesto, no era Mubarak; la alternativa no eran las masacres desencadenadas por la policía y el ejército del dictador egipcio y su régimen. Sí, en cambio, es característica de un militar la estrategia de “dejar pudrirse” la revolución, es decir, que la gente se aburra de ella, que desee que se termine y que pida que se reprima y desaparezca, que pierda los apoyos sociales, que quede como un mal recuerdo colectivo. Te llamarán y rogarán que les salves del desorden. La gente es así, primero se anima y luego se angustian. Ya lo dijo Dostoievski: entre la libertad y la seguridad, la mayoría prefiere lo segundo. El Gran Inquisidor tenía razón.


El que se pudra sí encaja con la estrategia seguida por el régimen egipcio. Y no porque no tuviera capacidad para destruirla bajo el peso de sus botas, como había estado haciendo con los opositores hasta el momento sin contemplación alguna, manteniendo desde 1981 la Ley de Emergencia, sino por las presiones internacionales y dependencia exterior, por un lado, y por la firmeza del pueblo egipcio que salió a la calle desesperado por el deterioro absoluto del Estado.
Es característico de la mentalidad militar, cuando decide asumir todos los poderes, esperar a que el deterioro sea lo suficientemente grande como para justificar su presencia al frente de la nación. Son entonces los salvadores. Esa salvación, que comenzó en 1952, se ha prolongado con mayor o menor dureza hasta hoy y busca su justificación en diversas causas: el caos, la inmadurez política, las agresiones exteriores, etc. Todas ellas se han esgrimido para justificar el control del régimen.


Es hoy el argumento electoral de Ahmed Shafiq, militar y ex primer ministro de Hosni Mubarak, un producto puro del régimen, un hombre fuerte que promete “seguridad” y “estabilidad” volviendo a la fase previa a la revolución. Pero seguridad es “represión” y estabilidad significa “parálisis” porque eso es exactamente lo que llevó al estallido de la revolución del 25 de enero. Tratar de convertir el régimen de Mubarak en un paraíso terrenal en el que reinaba la eficacia, la justicia y la armonía es un sarcasmo solo concebible en mentes adictas al autoengaño o a beneficiarios, directos o indirectos, del régimen, que son bastantes.

La “revolución” no son las manifestaciones, algo que se confunde. Para algunos ingenuos, la revolución es como las trompetas de Jericó, por el hecho de sonar harán caer las murallas. No es tan sencillo, como se ha visto. Las manifestaciones tienen su momento, sentido y eficacia. Pero se trata de cambiar el régimen, no de que el régimen cambie de actitud. Las patas del sistema —la justicia, la policía y el ejército— siguen funcionando, controlando con la fuerza y preceptos de las leyes del estado represor. Son las herramientas de represión, física y legales, con las que se detenía, juzgaba y condenaba al que se oponía. Están intactas. También los que las aplicaban siguen en sus puestos. El mantenimiento hasta hace unos días de la ley de emergencia, que se implantó tras la muerte de Sadat, no es más que un aspecto formal y un lavado de imagen después de habérsela aplicado a miles de activistas de la revolución de la misma manera que se aplicó anteriormente a cualquiera que se opusiera a Mubarak o a las fuerzas armadas. O fuera simplemente molesto. Los juicios militares tras el 25 de enero son la prueba más evidente, por si fuera necesaria alguna.
Si se hubieran comenzado las depuraciones de las distintas instancias controladas por el régimen, de las fábricas a las universidades, de los juzgados a las empresas públicas, inmediatamente después de la revolución, como los estudiantes reclamaron haciendo sentadas en las puertas de los despachos de los decanos afectos a Mubarak, o los trabajadores plantados ante los despachos de los directores corruptos de las fábricas, se habría podido ver alguna voluntad de cambio. Pero no fue eso lo que ocurrió. Nada cambió.
La pantomima del juicio a Hosni Mubarak, sus hijos, sus ministros y los responsables de las muertes en las calles y de la corrupción económica ha servido para dejar en evidencia que le sistema ha trabajado en paralelo estigmatizando a la revolución y los deseos del pueblo, por un lado, y exculpando a todos sus responsables por otro. Con ello trata de apaciguar las presiones de un sistema económico con una dependencia exterior muy grande, tanto por la financiación estadounidense del ejército como por el sector turístico, aspectos clave. Los militares no quieren ceder el poder real. La pantomima es que, si gana Ahmed Shafiq, la transmisión de poderes será de militares a un militar, cerrando el círculo de la broma macabra.


La reacción de indignación que el veredicto ha provocado puede volverse contra ellos. Anoche se asaltaron de nuevo las sedes de Ahmed Shafiq, en el que ya no se ve tanto la tranquilidad como la desfachatez.
La SCAF no era un árbitro neutral —no podía serlo— y se comprueba que ha ido desarrollando en este tiempo la estrategia necesaria para llegar al momento que quería: conseguir que una parte de la población pidiera la presidencia de un militar, que culpara a la revolución de los males de Egipto, que pensara en el época de Mubarak como en un “paraíso de pleno empleo”, “justicia social” y “educación generalizada”. Pero para conseguir esa fantasía tenía que lograr que por las calles de Egipto corriera la sangre periódicamente —sangre de los coptos para que no votaran a los islamistas, sangre de activistas, sangre de los seguidores futbolísticos…—, sangre estratégica para ir provocando el miedo de unos y el rechazo de otros; había que asaltar embajadas —Israel, Arabia Saudí…— para que hubiera apoyos internacionales a un gobierno de orden, el de un militar, el de un hombre fuerte que devolviera a Egipto a la normalidad faraónica tras la pesadilla revolucionaria.

Para ello se sacrificaron dos piezas, a Hosni Mubarak y a su ministro del interior. No se sacrifica al “rey” en la partida, constatación de que Mubarak ya solo era el comisionista de los negocios de otros, una pieza menor con el negocio en marcha. Su semilla va más allá de sus hijos. Mubarak no fue el principio de nada. Fue la pieza elegida como recambio para lo que ya existía de antes y seguirá existiendo bajo el manto de la legalidad del régimen, que lo seguirá protegiendo a través de una justicia hecha a su medida. Que se considere que han prescrito los delitos de corrupción es porque solo se eligieron los que estaban dentro de ese marco temporal; que no se hayan podido aportar pruebas para condenar a los oficiales encargados de la represión es porque se las han pedido a los propios afectados. Nunca un fiscal tuvo menos ganas de buscar pruebas o formular acusaciones. Se trataba solo de condenar a Mubarak para salvar al resto del cuerpo de la gangrena. Pero el cuerpo está corrupto y esto no es más que la confirmación.

La crónica del diario ABC sobre la alocución de primero de año del general Charles De Gaulle, que se había extendido inusualmente en temas internacionales y había dedicado poco a los nacionales, se refirió a lo acontecido en mayo llamándolo los «sucesos de primavera en Francia». El corresponsal señalaba:

Anoche, De Gaulle se refería a quienes participaron, diciendo que en «su esterilidad, ellos tienen la irrisoria insolencia de llamarlo revolución».*

Si Ahmed Shafiq, la personificación del régimen dictatorial, gana las elecciones próximas, la “primavera” egipcia, el 25 de enero, recibirán una consideración similar: un “paso en el vacío”, una “irrisoria insolencia”. Pero los egipcios saben que no es insolencia llamar revolución a lo que ocurrió en el 25 de enero de 2011. Sí es, en cambio, una auténtica insolencia defender y dar por bueno lo que había antes.
¡Que se pudra la dictadura! Tiempo ha tenido.

* “De Gaulle dirigió a los franceses su tradicional mensaje de fin de año”. ABC Sevilla 2/01/1969 http://hemeroteca.abcdesevilla.es/nav/Navigate.exe/hemeroteca/sevilla/abc.sevilla/1969/01/02/035.html




sábado, 2 de junio de 2012

El veredicto

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Hace apenas unos minutos que se acaba de dictar la sentencia del juicio contra Hosni Mubarak, sus hijos y los distintos ministros, militares y policías y hombres de negocios encapsulados en un mismo proceso por muertes, corrupción política y económica. La sentencia, al condenar a Mubarak y dejar libre a casi la totalidad —con la excepción del ex ministro del interior, Habib Al-Adly— por  ser delitos ya prescritos o no suficiente probados ha dejado claras varías cosas. La prescindibilidad de Hosni  Mubarak, convertido en la cabeza de turco que se ha de sacrificar para mantener al resto vivo, es la primera. La segunda es que el espíritu de la revolución que provocó su caída tiene mucho camino por delante. La revolución fue el primer e importante paso en un camino largo.
Me ha llegado la pregunta repetidamente en estos días: ¿ha valido la pena la revolución? Es la cuestión desesperada que se plantean muchos egipcios ante el resultado electoral y judicial que tenemos delante. Mi respuesta a todos los que me han preguntado ha sido la misma: sí, rotundamente sí. Históricamente, sí; ética, estéticamente, sí. Sin duda.


Las sentencias de hoy tienen consecuencias electorales y judiciales, se deben leer en paralelo. El resultado de la primera vuelta de las elecciones mostró el poder de los restos del régimen, ya sea como corrupción o como movilización. De la misma forma, esta sentencia afectará a las elecciones próximas. La idea de que el régimen no cayó se mantiene de forma cada vez más clara. Hay que pensar que el “régimen” son las estructuras que pueden manejar amplios sectores del país, como siempre han hecho, no solo su cabeza visible.

Protestas en el interior de la sala contra el veredicto

La liberación de los responsables de la corrupción y los crímenes no es más que otro episodio de una justicia —la gente gritaba en el juicio clamando por una justicia limpia, por la depuración del sistema judicial— que ha mostrado que trabajaba en la línea de exculpación de militares, policías y empresarios. Nadie es responsable de los cientos de muertos, según parece. Estaban en el peor sitio en el peor momento, dicen. Pero estaban allí por la mejor de las causas, la libertad y dignidad de su pueblo.
La vergüenza e indignación que abruma en estos momentos el corazón de la mayoría de los egipcios va a tener consecuencias. Las primeras, en las calles; después las electorales. La gente tendrá la ocasión de enterrar el régimen o, por el contrario, resucitarlo con una cara lavada por los jueces y las urnas. La elección será decisiva. Hay que enterrar al régimen; tiene que llegarse a acuerdos amplios que aíslen y recorten sus poderes y ramificaciones. Una cuidadosa labor de poda, como un bonsái para evitar que crezca.
La revolución no ha terminado, como no ha terminado el régimen de Mubarak, aunque él pase lo que le queda de vida en un lugar tranquilo visitado periódicamente por sus inocentes —por prescripción de los delitos— hijos. Pero todos aquellos a los que llamó sus “hijos” en su último discurso están unos en la tumba, otros en la cárcel  y otros muchos en la miseria que él creó por su abandono y corrupción generalizada. La prescripción de los delitos de la era Mubarak no son más que el indicador de dos cosas: que su dictadura duró treinta años y que la corrupción comenzó muy pronto.

La revolución sigue. Y tiene que hacerlo porque se basa en las ideas de justicia y dignidad para todos. Esas ideas no morirán y lo que los egipcios han aprendido es que deben luchar por lavar los restos de la podredumbre que sus dirigentes sembraron para su propio beneficio y deterioro de su pueblo. Ellos tendrán el resto de su vida para vivir en la vergüenza. Los egipcios tienen un largo camino por delante, un camino de dignidad y sacrificio, de reivindicación constante. Ahora saben dónde están los restos del régimen y contra qué tienen que diseñar su futuro, algo que recuperaron y que no están dispuestos a que les vuelva a ser robado. Ahora hay miles de personas, millones, que saben que el silencio es el camino a la corrupción, que quedarse sentados es la forma de convertir la vida en un eterno lamento.
La voz de la revolución debe seguir. La revolución recuperó la capacidad de escribir la Historia, que esta no fuera un aburrido discurso de un aburrido dictador. Egipto tiene voz, tiene ideas. Egipto quiere un país limpio, justo; unas autoridades que les representen y se cuiden de sus problemas. Y la voluntad de reclamar al que no lo cumpla. Tiene la firme voluntad de ser distinto.
Eso es lo importante, lo que debe guiar hacia el futuro. 



Los enfrentamientos en el exterior al saberse la liberación de los encausados

jueves, 3 de noviembre de 2011

Los tres condicionamientos egipcios


Joaquín Mª Aguirre (UCM)
En el artículo publicado por Bahey el-din Hassan, director del Instituto Egipcio para los Estudios sobre los Derechos Humanos, se pregunta desde el título mismo, “¿por qué Túnez tiene éxito mientras Egipto fracasa?”. El autor, como respuesta, señala: “I believe differences in three factors have distinguished Tunisia from Egypt in the post-revolution period: its army, its Islamists and its political elite.”*
Para Hassan, el ejército tunecino era políticamente débil, en comparación con el papel jugado por el ejército egipcio desde 1952; los partidos islámicos son recientes en Túnez y no como en Egipto donde se fundó, en los años 20, la agrupación de los Hermanos Musulmanes; y, finalmente, la clase política ha tenido la astucia de aparcar sus diferencias para salir rápidamente del pasado y adentrase en el futuro. Coincido plenamente con sus observaciones. Egipto paga en estos momentos su centralidad y peso frente a Túnez. Cuando se habla de los “treinta años de Mubarak en el poder”, se olvida que Mubarak no era más que la pieza con la que un régimen militar salía a la superficie, que los militares controlaban y controlan el país desde 1952. En artículos anteriores señalamos que quien tomó la decisión frente al tablero de sacrificar la “pieza Mubarak” tenía más poder que Mubarak. La revolución está comenzando. Mubarak no ha sido “eterno”; el Ejército sí pretende serlo, según los temores de la población.

La larga convivencia, siempre oscura, de los islamistas egipcios con un Ejército que ordena el territorio según sus intereses, ha desarrollado un “instinto histórico a dos” en el que ambos se han visto como enemigos necesarios, astutos jugadores que rivalizan en la pista pero tratan de evitar que otros actores salten a ella. En los juegos, la verdadera separación no es entre los que pelean en la cancha, sino entre ambos y los espectadores.
En este sentido, va a ser determinante la reciente aprobación por los jueces de la autorización para que los ocho millones de egipcios en el extranjero puedan ejercer su derecho al voto**. Las viejas argucias legales de Mubarak para dejar fuera de los censos a votantes y candidatos que residieran o hubieran residido fuera del país solo pueden entenderse desde esas convivencias. La mayor parte de ese voto es de los exiliados. Estamos hablando de ocho millones de egipcios, en el extranjero, del 10 por ciento de su población. Aunque pueda haber voto islámico, siempre será mayoritario el que no lo es. No olvidemos que Mubarak permitió sentarse en el parlamento a los Hermanos, les cedió escaños en elecciones siempre trucadas, Era su oposición favorita, si podemos decirlo así. Él sabrá por qué.
Un “ejército” y una “oposición” consolidados históricamente generan un absurdo político si el primero quiere conservar el poder y la segunda se conforma con que hagan lo que les interesa. En el fondo ni a uno ni a otra les importa la creación de un sistema democrático real, sino de un sistema en el que poder mantener su estatus. Eso explica muchos comportamientos en la vida política egipcia. Pero a los egipcios sí les importa tener una democracia verdadera y no un apaño digno de épocas anteriores. Lo que quieren los egipcios es entrar en la cancha, ser los protagonistas de su desarrollo. Egipto tiene que empezar a construirse desde las urnas y no en las cabezas de visionarios de cualquier signo.

El tercer factor señalado por Bahey el-din Hassan es de capital importancia. En conversaciones con amigos egipcios en 2010, les apunté la necesidad de, como había ocurrido en España, aparcar las diferencia iniciales y centrarse en lo básico que permita salir rápidamente del la situación crítica de partida. Las dictaduras, cuanto más lejos mejor. Luego ya decides los detalles, pero en principio, aléjate. Sin embargo, el régimen militar, desde los años cincuenta, se caracterizó por la astucia y en gran parte se manifestó por su capacidad de evitar que hubiera una oposición coherente, como está ocurriendo ahora. Los políticos egipcios en la oposición son tan hijos de su tiempo como los adictos al régimen. Ambos son el resultado de una prolongada interacción en la que unos y otros se han ido moldeando. En el fondo, su objetivo era ser cabezas de ratón. Ninguno creía que pudiera caer el régimen con sus faraones al frente. Solo el pueblo egipcio, como el que se tira de un trampolín sin pensarlo, consiguió creer en ello durante unos días, los suficientes como para ver que no era un sueño y que el faraón y sus hijos salían del palacio presidencial y se iban a una residencia turística. Verlo enjaulado hace que se pellizquen. Los perros son crueles con el viejo jefe de su manada y el ejército sacrificó al líder desgastado con la esperanza de seguir controlando la situación.

Gamal Abdel Nasser. Los militares golpistas
Acostumbrados a discutir entre ellos y no con el régimen militar, que es impenetrable, como un muro, la oposición logra pequeños avances, migajas que el ejército deja caer para que las protestas no vayan a más. El fantasma de una segunda revolución, de la necesidad de que las ovejas enseñen de nuevo los dientes a los perros, es una idea que no acaba de abandonarse entre los egipcios. Saben que si esa circunstancia se da, ya no cae una persona, un Mubarak, sino una institución entera. Acostumbrados a fraudes electorales y cacicadas, no creo que estén dispuestos a aguantar más.
Una vez más hay que decirlo, sin retórica alguna, como una evidencia: el futuro de Egipto está en sus jóvenes, que son quienes no están contaminados por una política que hacía de la corrupción y la componenda, de apaño y el reparto oscuro, su forma de actuación. Es la juventud egipcia la que debe darse cuenta de que es ella la que entra en el matadero de la Historia si no toma conciencia de lo que ocurrió con la generación anterior, una generación estéril, que se mostró incapaz de enfrentarse a la degeneración absoluta que para el país supuso el faraónico reinado de Mubarak.
Los tres factores señalados por Bahey el-din Hassan son, en el fondo, uno reflejo de los otros: ejército, islamismo y élites políticas son el resultado de su convivencia. Y es eso lo que hay que cambiar. El problema es que no serán ellos quienes lo hagan. Serán los jóvenes, incluidos los de las corrientes islamistas, los que deben hacerlo.

El tema de mis conversaciones con los amigos egipcios durante estos dos últimos años ha sido siempre el mismo: la necesidad de un consenso, que el arte de hacer dividirse al contrario para debilitarle no continuara funcionando como hasta el momento, fruto de la manipulación del régimen. No es fácil porque, como señala bien Hassan, Egipto paga su propia monumentalidad, su papel central en el mundo árabe. Suelo bromear con ellos y decirles que tener enfrente durante miles de años el símbolo del poder, las pirámides, que reproducen por todas partes, marca la mentalidad de un país. En el fondo, los faraones hicieron construir aquellos monumentos para que nadie olvidara que ellos siempre estarían ahí. Egipto construyó las pirámides e inventó la eternidad.

* Bahey el-din Hassan.  “Why succeeds Tunisia while Egypt fails” Al-Masry Al-Youm 2/11/2011 http://www.almasryalyoum.com/en/node/511148

** “Preparations made for expatriate vote amendment” News Egypt.com 2/11/2011 http://news.egypt.com/english/permalink/61832.html



martes, 11 de octubre de 2011

La ilusión personalista

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Mientras asistía en la Casa Árabe de Madrid a la presentación de uno de los candidatos a las elecciones egipcias, El Cairo era de nuevo un escenario de violencia. Esa es la noticia con la que me encontré al volver a casa. Con veintiséis muertos.
Lo engañoso de la “primavera árabe” es pensar que son procesos cerrados. “¿Cuándo terminan las revoluciones?” fue el título de una ya muy antigua entrada de este blog y la pregunta se mantiene sobre el tapete.
La ilusión personalista consiste en pensar que al desaparecer las personas arrastran tras de sí lo que han representado, que desaparecen sus huellas y marcas. Cuando se piensa en la revolución egipcia se debe ver como un largo proceso de negociación que comienza poniendo sobre la mesa unas simples promesas y que, ante la presión y firmeza del pueblo egipcio, se tuvo que ir elevando la oferta para conseguir que se dieran por satisfechos. Ante esta política negociadora, algunos, pocos, estaban contentos con las primeras promesas y se retiraron, pero la gran mayoría se mantuvo. Se ofrecieron después cambios en el gobierno y otros pocos lo aceptaron y volvieron a sus casas, pero la mayoría permaneció en sus puestos, sin retirarse de las calles. Finalmente, ante la presión, pusieron lo que la gente pedía mayoritariamente, al presidente Mubarak, quien se retiró con la familia a un lugar de vacaciones. 

La gente celebró las vacaciones del Rais, pero siguió protestando y reclamaron esta vez su enjuiciamiento. Las presiones crecían junto el descontento al ver que no estaban cambiando tantas cosas como esperaban. Querían elecciones y una modificación de las leyes que habían sostenido a Mubarak. Y de nuevo pusieron sobre la mesa algunos cambios más para contentar a la gente, que seguía firme en sus reivindicaciones pero con divisiones cada vez mayores sobre el momento en que había que regresar a casa y dar por concluida la revolución. Para unos era bastante; otros querían más.
Todo esto, este goteo de ofertas, significa que el valor del “régimen de Mubarak” es superior a “Mubarak”, que su sistema decidió sacrificar la “reina” para seguir la partida. Mubarak no era el “rey”, solo la cabeza visible del poder y el centro de las iras. Si Mubarak hubiera podido salvarse, lo habría hecho. El contraste con el caso de Gadafi es palpable. Gadafi era superior a su sistema porque él y su familia lo controlaban todo. Por eso llevaron al país a la guerra. Mubarak, por el contrario, a pesar de su gran poder, era la pieza sacrificable, el que podía ser cambiado para que todo siguiera igual. Ya había dado de sí todo lo que podía dar.


En una visita anterior a Egipto, recuerdo haber comentado que si Mubarak se proponía de nuevo como candidato —que era el debate general en Egipto desde un año antes de que cayera—, no sería un signo de su poder, sino de su debilidad frente a un régimen, crecido a su sombra, que le exigiría que siguiera, que continuara al frente, como garantía de continuidad del gigantesco tinglado. Las dictaduras largas suelen convertirse en complejos entramados en los que los beneficiarios en la sombra crecen mientras que los que están en expuestos a la luz sufren los ataques. Tras Mubarak estaba todo ese entramado empresarial y militar que se beneficiaba de la arbitrariedad que las dictaduras permiten. Todo ese conjunto de relaciones económicas se ha sostenido desde los años cincuenta —la dictadura de Mubarak son solo los últimos treinta  años— sobre el control del Ejército en donde, como suele ser habitual en estos casos, se producen sus propias tramas de poder, que acaban configurando las cúpulas. Los más antiguos son los más poderosos y eso significa participación en el beneficio, no estar simplemente sesteando en sus cuarteles. Reclaman su parte del pastel. Es ingenuo pensar que en un sistema caracterizado por la corrupción, el que sostenía al Estado era ajeno a ella. Podemos considerarlos cualquier cosa menos imbéciles.

La revolución egipcia ha sido generacional y no podía ser de otra forma. Han sido los jóvenes los que, por no haber entrado todavía en las esferas de la corrupción, han podido salir a la calle a reclamar un futuro que les estaban robando. Las complejas circunstancias de la política en cada país se complican cuando se trata de dictaduras que han durado sesenta años y que, además, ya tenían una tradición anterior de corrupción vinculada con los colonialismos. Basta leer los retratos del premio Nobel egipcio Naguib Mahfuz para comprender la línea de continuidad que ha atenazado al pueblo egipcio desde tiempos muy anteriores al golpe de estado de los “militares libres”, en los cincuenta. Ellos precisamente se levantaron contra la corrupción y la falta de autonomía. Les impulsó su juventud, la misma que fue devorada por el tiempo y absorbida por las estructuras corruptas que lanzan sus anzuelos para pescar nuevo adeptos que perpetúen a los auténticos dictadores en la sombra.
No es de extrañar que los jóvenes egipcios, que la sociedad egipcia en su conjunto, se sienta perpleja ante los sucesos que se vienen sucediendo desde el momento en el que los que eran más poderosos que Mubarak decidieron mandarlo de vacaciones. No creo que en Egipto se hayan realizado nunca unas elecciones libres, sin trampas, sin presiones, sin muertos. Los que temen que el pueblo recupere su voz y, con ella, la posibilidad de decir, por una vez en la historia, lo que piensan y sienten más allá de la resistencia heroica en el centro de unas plazas.

Mientras sigan ocurriendo hechos como los de la embajada de Israel o los del domingo en las calles de El Cairo, los egipcios saben que todavía no se ha terminado su revolución, que solo terminará el día en que puedan ir a votar sin presiones, sin incidentes. La inoperancia del sistema para mantener el orden en Egipto es el resultado lógico de la inoperancia del sistema de Mubarak. Mantener el orden no significa el mantenimiento de una normativa que está llevando ante tribunales militares a los que osan criticar al ejército. Utilizar la censura y las detenciones frente a las críticas por su labor no es más que la evidencia de que el sistema de Mubarak sigue presente en las mentalidades y en la formas de actuar. Entre juicios militares, censura y toques de queda, el avance se paraliza.
Pero el pesimismo que se percibe en muchos egipcios —ya antes de los últimos incidentes— no debe ser el camino. La misma fuerza que llevó a las plazas es la que debe mantener unidos a todos hasta que caiga el último voto dentro de la última urna. Egipto necesita formas en las que poder canalizar esa energía poderosa que tiene, que ha demostrado. Por eso es acuciante el relevo generacional, que los que se han dado cuenta y se han levantado comiencen a expresar sus sentimientos y razones y no limitarse a esperar a que la generación que convivió y contemporizó con la dictadura siga donde está, controlando el destino de todos los egipcios mediante el mantenimiento del régimen haciendo creer que ha cambiado algo. El cambio se demuestra con el cambio. Son las actitudes y los hechos los que lo demuestran. Y eso se ve poco, a tenor de los resultados.

El gobierno responsabiliza a los enemigos de Egipto de lo sucedido. Es como no decir nada. Alguien quema iglesias; alguien lanza cócteles molotov y alguien arremete con los carros de combate contra los manifestantes. No son sueños ni realidad virtual; son hechos. No sé quién está realmente detrás de las revueltas de El Cairo y otros lugares de Egipto. Sí sé quién o quiénes pueden obtener un beneficio, por acción u omisión. Hay, efectivamente, beneficiarios nacionales e internacionales si en Egipto no hay estabilidad ni democracia o que exista una forma tutelada en donde los que controlaban la dictadura sigan controlando la democracia. Como bien saben los egipcios, porque Mubarak se lo enseñó, es muy fácil tener elecciones, un parlamento y un dictador.
En Egipto ha habido una revolución en las mentes de casi todo el pueblo; pero no ha habido la necesaria revolución institucional, la que garantiza que una y otra llegarán a un mismo puerto. El objetivo es conseguir que la libertad que quieren se concrete en instituciones, leyes y personas. Para ello tendrán que cambiar instituciones, leyes y personas. No hay otra. La cuestión es el ritmo y quién lo impone.
Mubarak no se fue. Lo hicieron desaparecer del mapa. Los que consiguieron convencer u ordenar al dictador que saliera del escenario son más poderosos o más astutos que él. No lo hicieron porque lo pidiera el pueblo; lo hicieron porque temían perder el control del poder. Mubarak era el conejo que, esta vez, se hizo desaparecer dentro de la chistera.



Terminé la noche chateando con alumnos egipcios: No queremos esto; dicen que somos los musulmanes los que les quemamos iglesias y no es verdad; todos tenemos vecinos, amigos cristianos, hay muchas parejas de coptos y musulmanes... Me consta que una gran mayoría piensa así, que quieren una sociedad que demuestre y dé ejemplo de convivencia. Pero no será fácil. Por eso es importante que las personas que así lo sienten traten de recordarlo y creen los escenarios posibles para mostrar a todos que desean vivir en paz y no que les abran zanjas donde no debe haberlas. En la política no basta con tener convicciones; hay que mostrarlas.



miércoles, 3 de agosto de 2011

El juicio de Mubarak: la historia se sigue escribiendo

Joaquín Mª Aguirre (UCM)

Los acusados, Hosni Mubarak, sus dos hijos y un puñado de jefes de la policía y políticos, escuchan la lista de los cargos contra ellos en el Tribunal de El Cairo. Preguntado por los cargos de asesinato, al haber autorizado expresamente el uso de munición real contra los manifestantes, y enriquecimiento ilícito durante su etapa de presidente al frente de Egipto, Mubarak los ha negado “categóricamente”. A Mubarak y a sus hijos se les acusa de corrupción, de haber hecho una gran fortuna con negocios en detrimento del país al que debían servir, de poseer villas, de haber especulado, de haber participado en negocios oscuros, como los de la venta del gas a Israel por debajo del precio de mercado. Todas las acusaciones son de gran gravedad y, sobre todo, son la concreción sobre el papel de treinta años de gobierno que cercenaron de raíz las expectativas de desarrollo de un país y una generación del pueblo egipcio.


 Los hijos de Mubarak se convierten en escudos humanos para proteger a su padre de las miradas y de las cámaras que tratan de captarlo. El espectáculo del dictador en una camilla, ante la mirada indiferente de sus compañeros de banquillo, es insólita. Una imagen impensable hace tan solo unos meses. La Historia ha dado un gran salto en apenas unos meses. Egipto, el país que inventó la eternidad, nos ofrece ahora un espectáculo a la velocidad de la luz. Todos mis amigos egipcios tienen la misma percepción: parece que han pasado diez años.
El abandono de Egipto, cuando se repasa su historia en las últimas décadas, ha sido espectacular. Las cifras que nos aportan los investigadores e historiadores del periodo son escandalosas por el abandono de muchos sectores críticos para el desarrollo. Además de lo hecho, cae sobre él la responsabilidad de la ejemplaridad negativa, de la exhibición de cuál era la forma de prosperar en el país.

El público sigue fuera del tribunal el juicio y le escuchan declararse inocente

 El espectáculo de un Hosni Mubarak, de 83 años, tumbado en una camilla escuchando los cargos, asistido por sus hijos que, dado su sordera, le tenían que explicar cuándo debía responder, habrá sido hoy un trauma necesario para el pueblo egipcio. Para unos, para sus seguidores, una humillación insoportable; para la mayoría de sus detractores, un umbral histórico que había que pasar para poder emprender el camino hacia el futuro. El juicio de Mubarak es una catarsis. Será complicado e implicará vivir meses bajo la tensión. Pero fue lo que Hosni Mubarak eligió al no ir al exilio. Cuando señaló que moriría en Egipto, su tierra, estaba iniciando un camino que obligaba a recorrer al pueblo egipcio con él.


Pero su juicio va más allá. Deben estar tomando buena nota de él en Siria, en Libia, en Yemen. Todo lo que está ocurriendo en cualquiera de los países árabes tiene un efecto ejemplar sobre el resto. Los levantamientos comenzaron por un proceso imitativo sobre un fondo común de indignación, sufrimiento, abandono, falta de futuro, y represión. El Club de los dictadores tenía claro que su poder, además de la brutalidad, se basaba en el fatalismo y la resignación de sus pueblos, en su falta de confianza en ellos mismos. Hasta que se acabó. En el momento en el que está aterrorizado se levanta y mira a la cara al que le pisotea, es solo cuestión de tiempo. El tiempo se traduce en cada uno de estos países en represiones brutales como las que está viviendo hoy Siria, ante una opinión internacional dividida por los intereses, pero horrorizada por lo poco que está llegando del interior.
El juicio de Mubarak es el ejercicio del derecho del pueblo egipcio a cerrar una primera etapa de refundación nacional con un gesto de dignidad, la que les ha devuelto el orgullo ganado por su entereza en las calles y plazas de las ciudades del país. El juicio  al dictador, a su familia y a sus cómplices —unos sentados en el banquillos y otros juzgados en ausencia— es cambiar de lugar las rejas que rodeaban a todos los egipcios durante décadas y ponerlas alrededor de Hosni Mubarak y sus hijos.


Egipto se debate hoy en muchos frentes y dudas sobre su futuro, pero el futuro se hace cada día con el esfuerzo. Saben que no se ha terminado nada todavía, que se han quitado de encima un peso terrible, pero que hay muchos interrogantes que resolver todavía. Egipto camina todavía realizando equilibrios, con el peligro de desestabilizarse por lo precario de los logros alcanzados, que son muchos e importantes, pero requieren de su conversión en parte de lo cotidiano. Ese es el gran reto: la normalidad. Los egipcios tienen que reinventarse como sociedad bajo unas nuevas premisas de actuación política. El secreto de las buenas democracias es lograr la naturalidad sin caer en la rutina.