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lunes, 20 de agosto de 2018

¡Pobre verdad!


Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Las entrevistas televisivas son un foco de disgustos para algunos. Los entrevistadores han perdido la paciencia y la imperturbabilidad ante las declaraciones peregrinas o incongruentes que sus entrevistados manifiestan. Ya no es momento de concesiones cuando se cuestiona a la propia prensa y se la califica como la "enemiga del pueblo" sin ofrecer más alternativa que los tuits del presidente Trump.
Una de las primeras cosas que se aprende en la comunicación —más en la comunicación política— es que tu oponente no te lleve a su terreno en términos de lenguaje, es decir, que no sea quien determine el marco de la discusión. Se trata de no encontrarse manejando términos del otro que dibujen el escenario favorable. El problema se plantea cuando ya no hay más defensa que la tautología o la contradicción, señal de que se han acabado los recursos.
Eso es lo que le ha ocurrido al abogado contratado por Donald Trump, Rudy Giuliani, para que le lleve la representación y dé guerra allí donde el presidente no debe aparecer.  Giuliani se multiplica por las cadenas televisivas luchando por su cliente hasta el agotamiento.


El que fuera alcalde de Nueva York parece haberse contagiado de su representado y haber entrado en una fase en la que las contradicciones afloran hasta llegar al límite. Pero los límite, en el caso de Trump y los que le rodean, son muy elásticos.
La BBC reproduce el último encontronazo con Giuliani en su intento de defender en pantalla a Trump:

The exchange on Meet the Press on Sunday began with Mr Todd asking Mr Giuliani whether the Trump team was stalling about a possible testimony at the inquiry led by Special Counsel Robert Mueller into alleged meddling by Russia in the 2016 US election.
Mr Giuliani said: "I'm not going to be rushed into having him testify so can he can be trapped into perjury."
He added: "When you tell me that he should testify because he's going to tell the truth and he shouldn't worry, well that's so silly because it's somebody's version of the truth. Not the truth."
Todd responded: "Truth is truth." Mr Giuliani said: "Truth isn't truth."
The interviewer put his hand on his forehead and said: "This is going to become a bad meme!"
Mr Giuliani then made his main point - that accusations of obstruction of justice against the president hinge on a conversation he had with then FBI director James Comey in February 2017, and that Mr Trump's account of that conversation differs radically from Mr Comey's.
"If you're just a genius, tell me what the truth is!" Mr Giuliani tells Todd. "We have a credibility gap between the two of them. You've got to select between the two of them."*



Donald Trump ha arrastrado a las personas de su alrededor. Les ha contagiado las mismas estrategias que ha mantenido siempre: la confusión y la negación. Al final la única estrategia que queda es el absurdo.
Trump ha convertido la Casa Blanca en una especie de obra de Samuel Beckett en la que los personajes se debaten sobre la llegada de un Godot que nunca llega, la verdad.
Las ideas de "verdad" y de "hecho alternativo" que manejan son las mismas de los negacionistas de cualquier orden y provienen del entrenamiento de la extrema derecha religiosa que niega la evolución y la considera una "teoría" mientras que se ampara en que lo que dice la Biblia es la "verdad" de forma tautológica: es verdad por lo dice Dios y Dios es la verdad. Desde ahí, la Biblia se convierte en fuente de verdad y todo lo demás es "falso" o "alternativo".
El retroceso social de la Ciencia en Estados Unidos se mide precisamente por dejarse arrastrar por los "hechos alternativos" y construir una "verdad" irreductible, dogmática sobre la falsedad. El hombre no llegó a la Luna; el Holocausto no existió; Dios creó a todos los seres vivos a la vez (creacionismo)... Para todo esto tienen sus propias "teorías alternativas". La comunidad científica ya ha advertido de los peligros de esta forma retrógrada de hacer política.


Lo sorprendente es que esta derecha integrista haya tergiversado el sentido necesario para la Ciencia, la "duda" y la "crítica", mientras que se aleja de ella. La idea es sencilla: los demás dudan, yo no. No saben (o no quieren) diferenciar lo que es la autocrítica, esencial para avanzar junto al concepto de "provisionalidad", de lo que es la ignorancia.
En el periodo de la Ilustración surgen dos ideas la de "tolerancia", orientada hacia la convivencia, que trata de romper los periodos de las guerras de religión que asolaron a Europa, y la idea de racionalidad y experimentación aplicadas al mundo, que darán combinadas la ciencia moderna. El integrismo usa la tolerancia para protegerse (libertad religiosa) y ataca desde el dogmatismo a lo que es el valor de la crítica y autocrítica. El integrismo islámico juega con las mismas bazas, la prohibición de la crítica porque lo dicho es inmodificable, una verdad incuestionable.


El ridículo hecho por Giuliani tratado de crear una "realidad paralela" o de "deshacer" los hechos demuestra la desesperación y la falta de sostenibilidad de los argumentos. Cuando uno necesita de una realidad "alternativa" es que no tiene nada que hacer en la "real". Pero el juego está basado en la confusión y, sobre todo, en satisfacer a los seguidores que necesitan de esa alternativa para poder seguir manteniendo sus delirantes teorías. En efecto, es el delirio lo que está en la base de esta obsesión por empecinarse en que todo vale y que finalmente cada uno puede presentar "lo suyo" como incuestionable. No siempre se pueden establecer los hechos, es cierto. Pero cuando sé puede, sí constituyen una "verdad" suficiente en el contexto dado.
En el plano en el que se están moviendo, los "hechos" los determinan las pruebas que se aporten. Y lo delirante lo es precisamente porque carece de cualquier otra prueba que no sea la afirmación hasta el absurdo de los interesados.


El gesto de llevarse el puño a la frente, entre la vergüenza y la risa, hecho por el entrevistador de Rudy Giuliani ante lo que escuchaba se ha repetido allí donde ha sido reproducida la entrevista. Todos han reaccionado con ironía ante un mandato cuyas complicaciones surgen de la propia presidencia y lo que lleva consigo entre asesores, familiares y los que se han subido al carro. También están —y esos preocupan más a Trump— los que se bajan de él, por las buenas o las malas, que ya son legión.
Dicen en el diario El País que Trump está atrapado en la "telerrealidad". Más bien habría que decir lo contrario, que está arrastrando a los Estados Unidos hacia ella. La información de la BBC incluye un vídeo al que se ha subtitulado con una frase del presidente: "What you're seeing and what you're reading is not what's happening". Es una frase digna de la presentación de un episodio de "En los límites de la realidad" (The Twiligt Zone). 
Si Giuliani quería tutulares, los ha conseguido.


* "Trump lawyer Rudy Giuliani: Truth isn't truth" BBC 19/08/2018 https://www.bbc.com/news/world-us-canada-45241838



Politico



lunes, 28 de octubre de 2013

Sí y lo contrario o los fabricantes de teorías

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
La idea que tenemos del funcionamiento de las Ciencias suele ser bastante ingenua. En un mundo muy desarrollado, tecnológicamente hablando, deberíamos saber más cosas de las que sabemos. Y sabemos muchas, desde luego; muchas más que antes, que es donde reside el verdadero progreso. Pero que podamos construir cosas resistentes no significa que estemos en condiciones de explicarlas con claridad, que sería nuestro modesto equivalente a "comprenderlas".
Durante siglos lo seres humanos hemos hecho muchas cosas de forma intuitiva sin tener la más mínima idea de cuáles eran los principios en los que se basaban. Mejora nuestra comprensión en algunos campos, indudablemente, pero como contrapartida en nuestra existencia hemos constituido campos que pretendemos comprender y explicar sin que esté del todo claro lo que sabemos realmente. Esto ocurre en todos los campos —una mala teoría es mejor que no tener teoría— pero la cuestión está en la relación entre la teoría —que describe, explica, predice— y el mundo. Una mala teoría económica aplicada de mala manera, por ejemplo, nos puede llevar a todos al desastre. para algunos esto no es una hipótesis descabellada y se discrepa sobre la interpretación de las situaciones y las mejores recetas para solucionar los problemas.


Quizá en previsión de esto, se han dado este año unos premios Nobel de Economía un tanto peculiares, no solo porque se hayan concedido a tres personas —lo mismo ha ocurrido en Medicina y a dos en Física—, sino que además dos de ellas sostienen lo contrario la una de la otra. La BBC lo explica de este modo:

El próximo 10 de diciembre, tres economistas recibirán el premio Nobel 2013 por "sentar las bases para el entendimiento de los mercados de activos". El problema es que dos de ellos tienen interpretaciones diametralmente opuestas sobre cómo se comportan los mercados.
[...]
Pero no seríamos humanos si no nos pareciera curiosa la aparente contradicción en la adjudicación de parte del premio Nobel a Eugene Fama por demostrar que el mercado es eficiente y otra parte a Robert Shiller, por demostrar que no lo es. ¿Está curándose en salud el Comité?
Ambos recibirán una mención en los libros de historia por haber contribuido con el desarrollo futuro del pensamiento económico, en opinión de Shiller.
"Es un poco como la religión", dice. "Es decir: hay todas estas sectas diferentes y si se miran en conjunto no parece tener ningún sentido: se contradicen mutuamente en cosas tan fundamentales. Pero tal vez hay una sabiduría sobre la vida que sale de todos ellos. Y creo que la profesión económica no es tan fragmentada como puede parecer”.*


No sé realmente si a Robert Shiller le sirve de consuelo la explicación que da equiparando la Ciencia Económica con la Religión, de la que aparentemente debería huir la Ciencia en general como modelo de pensamiento. Gran parte de la historia de la Humanidad se ha basado en el avance del pensamiento científico, que trataba de ser "antidogmático" y para ello se centraba en lo racional de las teorías y en lo experimental de los métodos; razonar y demostrar ha sido el fundamento de nuestros avances científicos. El problema que unas y otras teoría se deben construir al amparo de sus propios hallazgos y esto no es sencillo: desde la delimitación de los elementos que se toman de la realidad —no puede tomarse todo— hasta las interpretaciones de lo recogido, las Ciencias están llenas de decisiones humanas que, en cada caso y mediante consenso, establecen el grado de acuerdo de una Ciencia respecto a sus propios avances. Hay, por tanto, ciencias que buscan el acuerdo y otras, como ocurre con la Economía —y demás ciencias sociales—, que tienen la semilla de la discordia ya en sus principios porque exigen desde allí mismo tomas de decisiones. El resultado son sistemas, muchas veces, "pluridogmáticos", de ahí la comparación con religiones y sectas que apuntaba Shiller.


De esta forma se explica que se pueda dar el mismo Premio —y con el mismo Jurado— a dos personas que piensan de forma diametralmente opuesta y, lo que es más, son capaces de demostrarlo razonando cada una a su manera.

Hay campos en los que el debate científico es necesario porque no se puede llegar a verdades en lo social puesto que "verdad", en estos casos, es un juicio que establecemos sobre algo que ocurre; más bien que nos ocurre por nuestras propias acciones. Como nos han desengañado los epistemólogos, hasta algo que llamamos "hecho" constituye un "recorte" de la realidad, que también es construcción a nuestra medida. Así podemos decir que hay cosas en las que coincidimos como "especie" (otro recorte), que nuestra "realidad" es distinta a la de otras especies, y que conforme las cosas se adentran más en el mundo de la Cultura —nuestra segunda Naturaleza— se van haciendo, no más opinables, sino más complejas porque estamos involucrados en nuestras observaciones de un mundo que es nuestro. Indudablemente, la Economía es una forma de entender nuestra propia actividad transformadora del mundo y, dentro de él, de nosotros mismos y nuestros puntos de vista.
¿Qué nos quiere decir esto? Que podemos a llegar a conocer mejor aquello que es de alguna forma exterior a nosotros y estable en el tiempo, pero que eso es la definición contraria de lo humano: somos cambiantes porque nuestro propio pensamiento sobre nosotros mismos nos hace cambiar. Es en la interpretación de nuestros cambios, de sus causas y efectos, también donde discrepamos. Somos capaces de construir coherentes discursos sobre nuestra propia evolución, explicando lo que tenemos delante, pero nos falta la unanimidad suficiente como para reducir los discursos sobre nosotros mismos. El reduccionismo positivo que tiende a explicar de forma comprensible lo complejo es peligroso, en cambio, cuando se pretende aplicar a nuestro desarrollo personal o social y, especialmente, si afecta a nuestro futuro.


La Economía no escapa, como otras muchas ciencias, de lo humano, que es su centro. La ilusión de los métodos con los que distanciarnos de nosotros mismos no es más que eso, una ilusión. La pregunta que el periodista de la BBC se hace sobre el Nobel en el titular de la noticia "¿Al fin qué? ¿Son racionales los mercados o no?", implica una idea de "racionalidad" construida sobre nuestra propia "racionalidad", algo que también es mucho suponer, porque somos nosotros los que la definimos. La teoría de que los mercados puedan ser más racionales —usan la información disponible de forma eficiente y esto se traduce en los precios— que nosotros mismos implica una visión de nuestra racionalidad a través de nuestras acciones y decisiones, que podemos calificar como más o menos racionales, más o menos emocionales. Basta con modificar nuestra idea de la "racionalidad" —algo que ya ha ocurrido— para que todo lo que hemos definido así se tambalee; basta que comprendamos de forma diferente el papel de nuestras emociones en las decisiones —algo que también ha ocurrido— para que se modifique aquello  que calificamos como "emocional". Cualquier modelo del comportamiento es necesariamente limitado e imperfecto, aunque de distinta manera y grado. Se trata de administrar juiciosamente nuestra miopía. Los avances en Física y Química, las vidas que se salvan con los avances en la Medicina, por ceñirnos al Nobel, son en gran medida verificables 8aunque sea décadas después, como en el caso de Higgs). No son los mismos motivos o procedimientos en los otros casos, los de Literatura —se refieren al gusto—, la Paz —siempre controvertido y opinable, centrado en valores— y la Economía, que también depende de muchos factores de interpretación. Son las Humanidades, la Política y las Ciencias Sociales, importantes pero diferentes.
El jurado del Nobel no ha cometido ninguna atropello con la lógica al premiar a autores de planteamientos opuestos; simplemente ha reconocido los avances en cada una de las líneas. La verdadera pregunta, sin embargo, es: si somos capaces de avanzar en todo tipo de explicaciones en diferentes direcciones, ¿por qué seguimos metiéndonos en una crisis tan otra? Pero esa pregunta ya no se refiere a las teorías sino a lo que hacemos después con ellas.



* "¿Al fin qué? ¿Son racionales los mercados o no?" BBC 27/10/2013 http://www.bbc.co.uk/mundo/noticias/2013/10/131021_mercados_eficientes_irracionales_finde.shtml




miércoles, 31 de julio de 2013

Cómo llamar a las cosas por su nombre sin saber cómo se llaman

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Es un tendencia humana poner límites y fronteras a lo físico, lo histórico y lo conceptual. "Comprender" es delimitar, establecer límites que nos ayuden a distinguir nítidamente entre fenómenos que habitualmente se muestran irisados, inciertos, pero que necesitamos encuadrar. En ocasiones, ponemos nombres a los cambios; en otras, son los nombres los que provocan los cambios mismos. Los nombres de lo nuevo y de lo viejo son escenarios de grandes batallas por la denominación, por cómo llamar a las cosas, ideas o situaciones.
Es ese acto nominativo el que orienta el sentido y la interpretación posterior, la valoración de los acontecimientos. No hay nombre neutral ni casual. Quien logra establecer los límites a través de los nombres, quien logra decir que una era se acaba y otra comienza, gana la batalla de la denominación y reina en el lenguaje y, por tanto, reina en las mentes de quienes se muestran avocados a usarlos para entender y entenderse. En castellano usamos la expresión "llamar las cosas por su nombre" como forma de indicar franqueza, de decir verdades. Sin embargo, ese "su nombre" esconde el camino tortuoso por el que se ha llegado "bautizar" una situación, idea, acción, etc.


Constantemente estamos reestructurando nuestros campos de acción y comprensión mediante este tipo de operaciones de denominación. En ocasiones, son movimientos lentos, que van tomando sentido en el tiempo; en otras, son rápidas apariciones que ocasionan el trastocamiento de los conceptos, el cristal a través del cual vemos el mundo.

Como una colección de ejemplos de este tipo de tergiversaciones conceptuales, podemos considerar la obra del economista John Kenneth Galbraith, La economía del fraude inocente (2004)*. A través de una serie de "fraudes" conceptuales, de modificaciones en las formas de denominación, de cambios en las palabras que describen los acontecimientos o las prácticas, las consecuencias, etc., Galbraith nos muestra cómo la Economía se ha convertido (interesadamente) en una forma de distorsión del mundo, en la nube de tinta que el calamar lanza para evitar que su pista sea seguida. En la misma idea abunda el economista alemán Max Otte en su obra El crash de la información (2010). Escribe Otte: «[...] la gente, o alguna gente, está mucho más interesada en dejar a los demás en la incertidumbre que en aclarar la verdadera situación» (22)**
De todos los campos científicos o académicos, ninguno está más tentado para la manipulación conceptual que el de la Economía; quizá solo la Historia se encuentre a su nivel de tentación partidista. No existe "economía", no existe "historia" al margen de un pensamiento previo que ordene la percepción y selección de lo relevante en cada campo. Aunque Otte se refiera a "la verdadera situación", tendríamos que hablar de la descripción más completa de un fenómeno o de la mejor explicación posible, antes que de una "verdad" en un sentido acabado.


El sociólogo Ulrich Beck, en su obra Una Europa alemana (2010), habla también esos procesos de distorsión a los que se refería Galbraith:

La perspectiva económica es y nos hace socialmente ciegos; las recetas de los economistas que dominan el debate público descansan sobre un «analfabetismo» sociopolítico (Wolfgang Münchau). Esta ceguera probablemente se deba a que los economistas siempre contemplan el mundo a través de algún modelo —cuando los modelos no son los adecuados, tenemos un problema—.***

Aunque carecieran de ese analfabetismo político que Beck señala, la Economía ha sido elevada a un estatus superior gracias precisamente a los políticos, que a su vez podrían ser definidos perfectamente como "analfabetos" económicos. Como ciudadanos padecemos ambas formas de analfabetismo: las de políticos y economistas, aunque los dos se pasen la responsabilidad. Pero padecemos también algo peor, sus pretensiones de inevitabilidad, que es la que se amparan para actuar. Ambos han aprendido la utilidad del escudo de lo inevitable para sus actuaciones sociales.
La actual crisis nos ha dejado un ejemplo de desplazamiento teórico del diagnóstico y las recetas económicas que los políticos ha elevado al rango de "ley objetiva" para justificar sus propias decisiones. Hemos asistido a debates en los que las leyes de la Economía ascendían al estatus de leyes casi divinas. ¿Su eficacia? Dudosa, cuando no han sido claramente contraproducentes en muchos casos. Para algunos —Otte y Galbraith, por ejemplo— no es casual y obedece a intereses claros de los más poderos o de los que aspiran a serlo. Para otros no es más que la muestra de nuestra incapacidad de conocer el mundo con la profundidad suficiente como para controlarlo. Los primeros creen en conspiraciones; los segundos en limitaciones e imperfecciones. No son teorías excluyentes.


Un análisis de los discursos de estos años de crisis económica sería muy jugoso para adentrarse en los oscuros territorios de la denominación interesada o, si se prefiere, de la manipulación discursiva. Los investigadores tendrían ante ellos un amplio corpus de trabajo compuesto por decenas de miles de artículos publicados en todo el mundo, miles de discursos, miles de libros escritos sobre el fenómeno que se ha venido a enmarcar bajo la denominación de "crisis" económica. La investigación permitiría ver las luchas por el reconocimiento o no de la "crisis" (etapa fundacional del concepto asociado a una "realidad" aceptada o negada), los diversos análisis interpretativos y diagnósticos realizados (determinación de causas, límites y asignación de responsabilidades), las medidas tomadas y su amplio repertorio de denominaciones (cómo se ha elegido llamar a las acciones y situaciones), y los análisis de sus resultados (cómo se han descrito los efectos de las medidas). Todos esto se traduce en discursos que pueden ser analizados e interpretados para comprobar el espacio semántico posible que se ha generado.


Por supuesto, dada nuestra incapacidad de ser objetivos ante el material que se nos ofreciera, los resultados serían distintos según los investigadores sociales, que lograrían publicar sus resultados en función de los prejuicios de los editores que los aceptarían o rechazarían. El éxito alcanzado estaría, finalmente, en función de las ganas de aplaudir o abuchear de los lectores, que habrían estado expuestos a esas mismas informaciones cuyos resultados ahora verán sintetizadas e interpretadas ante ellos.
¿Somos mónadas aisladas? Evidentemente no. El que nos guste rellenar con cosas el concepto de "verdad" no significa que lo sean, ni siquiera que exista esa posibilidad. Pero nos gusta pensarlo y es el motor de nuestro conocimiento y existencia. Hace mucho tiempo que se señaló que no es la verdad la que nos hace movernos, sino la comprobación de lo insuficiente de nuestros conocimientos; en eso se basa la Ciencia. El mundo avanza gracias a una extraña combinación de escepticismo e inocencia; la suposición de que no podemos conocer absolutamente, pero que no debemos dejar de intentarlo. Sin embargo, las bocas se nos llenan de verdades con las que taponamos las posibilidades ajenas de dudar.

* John Kenneth Galbraith (2007). La economía del fraude inocente [2004]. Crítica, Barcelona.
** Ulrich Beck (2012). Una Europa alemana. Paidós, Barcelona.

*** Max Otte (2010). El crash de la información. Ariel, Madrid.





domingo, 27 de noviembre de 2011

La distancia (el hombre del paraguas)


Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Existe una distancia para ver las cosas y otra para comprenderlas. En un animal eminentemente visual e interpretativo como es el ser humano, las distancias visuales son importantes porque toda visión implica también una hipótesis sobre lo que se ve. Nos retiramos para poder encontrar la distancia precisa con la que ver un cuadro, más allá del detalle. De cerca podemos tener más precisión, pero puede que perdamos capacidad interpretativa.
Esa es la tesis que nos presenta The New York Times en uno sus interesantes microprogramas de vídeo, titulado “The Umbrella Man”*. El título hace referencia a la extrañeza que provoca el detalle. Nos dice su presentador, Errol Morris, que lo que nos parece normal en una distancia “natural”, con nuestra precisión ocular característica, se vuelve extraño cuando lo observamos con un microscopio. No es una cuestión exclusivamente visual la que plantea, sino lo que podríamos llamar la génesis de la extrañeza.
Los vídeos y fotografías tomados en los últimos momentos de la vida de John F. Kennedy nos muestran que, justo en el punto del recorrido en el que fue asesinado el Presidente, había un hombre con un paraguas abierto. Esto no habría causado extrañeza si ese día hubiera llovido en la ciudad de Dallas y otras personas de las que contemplaban el paso de la comitiva presidencial hubieran tenido sus paraguas abiertos.  Pero no fue así. Aquel fue un espléndido día de sol en la población tejana. Y el disparo se produjo exactamente al paso del coche del presidente frente al hombre del paraguas. Inquietante, ¿no? Se ha especulado mucho sobre ello. Se ha llegado a afirmar que se trataba de un arma sofisticada, un paraguas rifle o un paraguas cerbatana capaz de acabar con el presidente a su paso.

La aparición del hombre del paraguas pasados los años y dando explicaciones sobre qué hacía allí con un paraguas abierto en un día de sol con 18ºC no ha parado las especulaciones. Una vez que la maquinaria del recelo se pone en marcha es difícil, por no decir imposible, de parar. Ni la declaración jurada del interviniente servirá de nada.
 Cuando los seres humanos elaboramos una teoría, esta va apoderándose de lentamente de nosotros. El hombre del paraguas deja de ser el que llevaba el paraguas y pasa a ser el que lleva una teoría. El gran novelista norteamericano Sherwood Anderson en su obra Winesburg, Ohio, sostenía que los hombres se apoderaban de las verdades del mundo y las acaban transformando en deformaciones grotescas, convirtiéndose ellos mismos en seres grotescos poseídos por las ideas. Debería volver Quevedo y reescribir su soneto: “Érase un hombre a una teoría pegado”. La teoría, por supuesto, seguiría siendo, como la nariz,  “superlativa”.

La retirada del oro venezolano, por parte de Hugo Chávez, de los bancos de los países que no le caen simpáticos ha desatado todo tipo de teorías sobre el asunto. No debe ser para menos. Como han señalado algunos analistas: más importante que saber por qué lo hace es saber por qué “cree” él que lo hace. La paranoia teórica especulativa asciende y es contagiosa. Podemos intentar pensar qué efectos tiene llevar el oro a Rusia, China y Brasil. Pero no es lo mismo que tratar de meterse en su cabeza y pensar qué teorías e interpretaciones le llevan a hacerlo. Efectivamente, suele ser más importante preguntarse por qué cree la gente algunas cosas que las creencias en sí mismas. Umberto Eco se sorprendió al ver algunas teorías que especulaban sobre el sentido de diversos contenidos de su novela “El nombre de la rosa”. Señaló que se daba una especie de curva en la que las opiniones compartidas por la mayoría estaban en el centro, como en una curva “normal”, mientras que las aberrantes se situaban en los extremos, compartidas por los paranoicos que tejen las más extravagantes. Como crítico literario y semiótico, a Eco le interesaban las extravagancias. Pero puede ser agotador en otros terrenos.


Una teoría absurda puede dar sentido a tu vida. Los que han estado investigando durante décadas al “hombre del paraguas” y han establecido nuevas y más extravagantes teorías han llenado su vida y han arrastrado a otros. La han poblado, día a día, de cálculos y mediciones a la busca de la evidencia que deje a la humanidad pasmada ante tanta dedicación y sabiduría frente a lo acomodaticio de los demás, que dan por buena cualquier teoría. Cuando una sola teoría absurda resulta ser cierta —como por ejemplo que la Tierra es redonda—, las demás teorías absurdas se revitalizan y tratan de buscar la prueba que confirme la suya. Lo que ocurre es que hay cosas más complicadas que montarse en un barco y darle la vuelta al planeta.
Con todo, la evolución cultural, como en la vida, se basa en el error. Necesitamos personas obcecadas y teorías que cuestionen las verdades oficiales porque solo con estos cuestionamientos se suele avanzar. Para que llamen a alguien pionero, han tenido que llamarle loco durante mucho tiempo. Aunque siempre hay límites en la extravagancia, el papel de las teorías absurdas no suele ser el de triunfar, sino el de despertar la inquietud de personas que puedan diferenciar entre dos teorías extravagantes la que tiene alguna probabilidad de éxito. Las personas creativas son las capaces de convertir el absurdo en utilidad. Los que somos capaces de hacer cosas útiles con teorías útiles somos la mayoría y tiene poco mérito. Por eso, el reconocimiento es para los que sufren el ostracismo antes de que coloquen sus retratos en los lugares destinados a los más ilustres.

Hay personas poseídas por teorías, sus verdades, que les distancian de la vida y de los demás. Comienzan a clasificar el mundo en aquellos que concuerdan con sus teorías y aquellos que las rechazan. En sus mentes no entra la posibilidad de estar equivocados y pueden hacer cosas terribles en su nombre. Hay una distancia para ver un cuadro como hay una distancia buena para no dejarse poseer por la teoría, sobre todo si te arranca tu humanidad y puede causar dolor a otros. Por eso la intransigencia de las teorías, su dogmatismo, y de las personas, su violencia, suele ser indicador de la pérdida del sentido.
Mientras, en muchos lugares del planeta, un número relativamente pequeño de personas padecen dolores de espalda por pasar demasiado tiempo encorvados sobre fotografías en las que aparece un hombre con un paraguas en un día soleado en la ciudad de Dallas. Y, sorprendentemente, junto a él hay un hombre que levanta un brazo. ¿Un brazo?

* "The Umbrella Man" The New York Times http://video.nytimes.com/video/2011/11/21/opinion/100000001183275/the-umbrella-man.html


sábado, 24 de septiembre de 2011

La velocidad de los neutrinos y las teorías-basura

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Wolfgang Pauli
De todas las noticias con las que las páginas del mundo nos sorprenden hoy, solo una nos sorprende verdaderamente. Sorprenderte es algo que no esté al alcance de cualquier cosa y quizá usemos con demasiada alegría esta palabra en un mundo lleno de teorías que cubren el espectro de las posibles sorpresas. La mayor parte de las sorpresas proceden de la ignorancia y esta es siempre local. Por eso, cuando se produce una sorpresa de esta categoría, la gente es cautelosa.
En este caso los cautelosos son los físicos, que ya de por sí lo son. Y no es para menos: una de esas afirmaciones que se daban como verdad de la buena, un pilar sólido para poder construir cosas sin que se vinieran abajo, plantea dudas a raíz de un nuevo experimento. Mientras los ingenieros construyen puentes, aviones y barcos, los arquitectos edificios, etc.…, los físicos construyen “teorías”, edificios mentales mucho más complejos. Estos edificios son unas veces muy resistentes y otras se caen a la primera de cambio. Los físicos prefieren que se les caiga el observatorio a que se les hunda lo construido con lo observado. Es más fácil levantar otro edificio de ladrillos que recomponer el edificio teórico cuando aparecen grietas.
Lo presentado ayer en el laboratorio del CERN, en Suiza, es de demasiado alcance para atreverse a sacar consecuencias, entre otras cosas, porque en este momento seríamos incapaces. Es como al que le dan una noticia tremenda y se sienta a asimilarla porque presiente que su vida cambiará. Para algunos, preocupados por otras cosas, el hecho de que los neutrinos vayan a más velocidad de la permitida les parecerá un tema de radares y multas. El problema es que la velocidad de la luz es un poco más complicada que la de nuestras carreteras. Sobre su constancia y límite gira prácticamente todo el edificio teórico de nuestras teorías más avanzadas sobre la realidad.

Instalaciones del CERN
Cuando se produce una observación que contradice la teoría vigente se siguen tres pasos: 1) se comprueba que no es una anomalía de la realidad, una irrelevancia local; 2) se revisan los métodos y actos de medición, por si presentan errores que distorsionan los resultados; y 3) finalmente si no es una anomalía ni un error de medición o instrumental, no tenemos más cáscaras que modificar la teoría o enterrarla si es necesario.
Por eso, nos cuenta la prensa, los científicos que han presentado el informe con los datos obtenidos han señalado:

"No intentamos hacer ninguna interpretación teórica o fenomenológica de los resultados" […] "Después de varios meses de estudios y comprobaciones no hemos encontrado ningún efecto instrumental que pudiera explicar el resultado de las mediciones. Mientras los investigadores de Opera continúan sus estudios, también queremos tener medidas independientes para lograr un juicio definitivo."*

Se ciñen así al protocolo de actuaciones científico: revisarán todos los posibles errores que hayan podido causar las desviaciones de la teoría aceptada antes de hacer ninguna revisión de la teoría vigente, que hasta el momento siempre había sido precisa y coherente.


La Física ha sido el modelo sobre el que ha pensado siempre la Filosofía de la Ciencia o la Epistemología. Las reflexiones sobre la “validez” de la Ciencia y las formulaciones de las condiciones de los métodos, etc. se han hecho desde la Física porque es la que se ha mostrado más sólida en sus afirmaciones, por decirlo así. Sus teorías, al estar sometidas a procesos de verificación estandarizados y generales más estrictos, suelen ser más duraderas. Por eso, una observación sobre la mayor velocidad de los neutrinos respecto a la velocidad de la luz debe someterse a todo tipo de pruebas para confirmarla o desecharla.
En el otro extremo de las Ciencias, tenemos el caos teórico y observacional de nuestros economistas y expertos, que elaboran cada día una teoría circunstancial desde creencias en fundamentos altamente ideológicos. Como señalan cada vez más críticos, los presupuestos de la "eficiencia de los mercados" y otras afirmaciones por el estilo, son “creencias” a las que nos aferramos con vehemencia pero sin fundamento excesivo. En una de las obras que reseñamos en este blog, el premio Nobel de Economía, George A. Akerlof, y Robert Shiller afirmaban:

El auténtico problema […] son las opiniones convencionales que subyacen es la mayor parte de las teorías económicas. Numerosos profesionales de la macroeconomía y las finanzas  han llegado tan lejos en el alcance de sus «previsiones racionales» y «mercados eficientes» que no aciertan a comprender la dinámica fundamental que subyace en las crisis económicas. (275)**




Esta idea está hoy generalizada. El problema que se plantea es una cuestión en cadena que afecta al conjunto de los saberes. Aunque llamemos “ciencia” y “científico” a muchas cosas distintas, la capacidad de proponer modelos estables de teorías, modelos constatables o resistentes a lo que nos propone la tozuda realidad, nos hace ver que los grados son muy diferentes y así debe entenderse sin traumas psicológicos ni científicos. Debe entenderse —y no siempre se hace, aunque sea evidente— que cada campo de investigación está determinado por sus propias condiciones y objeto y, por tanto, el riesgo que asumimos con la aceptación de las teorías por etiquetarlas a todas como “científicas” es grande si esos campos, por su propia naturaleza, no admiten los mismos procesos de verificación, etc. En resumen, aunque llamemos "teorías científicas" a muchas cosas en muchos campos, no todas lo son de la misma manera y en muchos casos no es más que una maniobra retórica para ganar credibiidad. Por eso hay que avisar sobre la aceptación de teorías con un alto grado de creencia o ideología en su base, casi de moda, sobre las que se han edificado edificios teóricos y prácticos de alto riesgo. Las teorías basura también existen. Son las que se muestran incapaces de predecir los desastres que causa su aplicación. Hay teorías que tienen, como los clubes de fútbol o los cantantes, "seguidores" y algunas hasta "amigos", que se lo perdonan todo.
Pauli predijo la existencia de los neutrinos en 1930. No ha sido hasta hace 26 años que Reines y Cowan confirmaron la existencia de la partícula que Pauli. Pauli recibió en 1945 el Premio Nobel de Física por otro descubrimiento, el "principio de exclusión". Todo lleva su tiempo.
El que los físicos pidan prudencia antes de sacar consecuencias de un hecho observado que contradice la teoría vigente, debería servir de ejemplo a los que practican la imprudencia habitual de tener fe ciega en donde deberían tener duda razonable. Hacer teorías es bonito; aplicarlas arriesgado. Si los neutrinos pueden sobrepasar la velocidad de la luz, algunos listos pueden sobrepasar la velocidad de los neutrinos.

* “Revuelo a la velocidad de la luz”. El País 23/09/2011 http://www.elpais.com/articulo/sociedad/Revuelo/velocidad/luz/elpepisoc/20110924elpepisoc_1/Tes
** G. A. Akerlof y R. J. Shiller (2009): Animal Spirits. Cómo influye la psicología humana en la economía. Gestión 2000, Madrid.