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lunes, 21 de septiembre de 2015

Cinco minutos en el infierno o pongamos que hablo de mi generación

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Que cada concesión de un premio nacional —que se concede en nombre de todos— se convierta en espectáculo bochornoso debería hacernos reflexionar, algo que dudo que a estas alturas seamos capaces de hacer más allá de algún exabrupto.
La respuesta que pide el cuerpo es ignorarlo o lanzarse contra quienes aprovechan estas ocasiones para mostrar que no le deben nada a nadie, desprecian  a los demás —a los que consideran poco menos que imbéciles—, pero se quedan con el dinero que les dan diciendo que los tiempos están muy achuchados.
Es una pena que nuestra intelectualidad, la que surgió de la época de la transición, no haya sabido superar sus propios traumas y sean los que realizan este ataque resentido disparando a bocajarro cuando les toca un premio que —sota, caballo, rey— les llega porque están en la fila y ya no queda a quién dárselo. Hace bien en dar las gracias a Azcona.


Parece como si fuera un delito agradecer o simplemente recibir. Quizá haya cierto acuerdo entre los líderes generacionales para aprovechar estos momentos y soltar la bilis que les amarga la vida desde hace años; quizá exista algo de obediencia y temor a no comportarse así y que luego los compañeros no te hablen por considerarte vendido al régimen. Quizá es que simplemente son así. Y siempre lo han sido.

Mi generación hizo un mal tránsito histórico, muchos no pasaron de héroes de Malasaña, del barrio o similares en sus ciudades respectivas. Se retrataron bien, cinematográficamente hablando, en aquellas comedias neocostumbristas como "Tigres de Papel" o aquella impresionante opera prima llamada "Opera prima", sobre alguien que se encontraba s su prima en la estación de Ópera. ¡Todo un monumento al ingenio!
Se burlaban de la gente burguesa, que eran todos los que no eran sus amigos, aunque fueran sus padres. Crearon aquel himno burlesco que les definía como "hombres del seiscientos" ("¡adelante, hombre del seiscientos / la carretera nacional es tuya!"), pobres pluriempleados que sacaban a sus familias adelante. Ellos preferían el Dos Caballos en el que se iban por Europa a ver cine y contarlo después a los que se quedaban a este lado de la frontera. Tenían graves problemas con casi todo. Eran básicamente anti y se echaban unas risas flojas en cuanto tenían ocasión. Se rieron del modelo que sacó a España del subdesarrollo, el turístico e industrial, y asumieron que España era la España cañí que se diseñaba para los viajeros que venían a tomar el sol y bailar los pajaritos por las noches. Ellos eran de la Mahavishnu y Pink Floyd, de Brel y Dylan, algo que no estaba mal a no ser por lo que implicaba de desprecio y superioridad.
A diferencia de otros países en los que existen intelectuales incómodos, ellos son la incomodidad con pretensiones de intelectualidad. Lejos de ser la conciencia del país, son su falta de conciencia. Ellos no proponen nada, simplemente niegan.


El Periódico, con motivo de un documental presentado en Valladolid en 2010 sobre esta generación de gente dedicada al cine, a la que llama "generación del Yucatán", en referencia a la cafetería en que se reunían, concluía:

La generación del Yucatán hizo política, pero a su manera. Sin estridencias. «Los únicos dos principios que han guiado mi vida y que lo siguen haciendo son la desobediencia y el placer. Ambos son incompatibles con la militancia en un partido político», afirma con serenidad y contundencia Trueba. El cineasta, que en 1994 recogió un Oscar por Belle époque sin dar las gracias a Dios porque él solo cree en Billy Wilder, deja claro que no existe la industria del cine español. «Ni la hay ni la ha habido nunca. Yo solo creo en los artesanos del cine, en la gente que ama contar historias y que se pelea por ellas». Como todos los que se reunían en la cafetería Yucatán (que, por cierto, ya no existe).*


Desobediencia y placer es una buena definición del "infantilismo". Las palabras de entonces y las dichas ahora son el retrato de una generación, mi generación, mis compañeros de facultad, aunque como dicen la pisaban poco. Eso era para idiotas e integrados. Ellos eran desobedientes y geniales. Buscaban el placer en cualquiera de sus etapas. España era la represión. España ha cambiado; ellos no.
Es la gente que no supo diferenciar a España de su régimen y sigue sin hacerlo. Muchos de aquella generación están hoy en la política y siguen con los mismos complejos de entonces: la identificación de España con algo circunstancial. Se puede atacar a la política de un gobierno, a un ministro, etc. Pero en las palabras dichas en la entrega solo hay resentimiento contra algo que no ha sabido entender.


No creo que nadie se atreviera a decir nada así en Francia (que no habrán entendido sus genialidades sobre su deseo de que nos invadieran y perder la Guerra de la Independencia) o en Alemania, Estados Unidos, Rusia, Egipto... No encuentro un solo país en el que alguien le encontrara sentido a lo dicho. Ha querido ser tan ingenioso que solo se entiende —si es que lo hace— él. Pero es el sino y no les importa. Alguien le dará palmadas en los hombros para decirle que ha estado genial. Y se lo creerá.
Pero no quiero centrarme en él, que ya tiene bastante. Mi generación transmitió junto a otras cosas esa burla del sentido de España de múltiples maneras. No me refiero a ningún sentido esencialista de lo español, a virtudes patrias o algo similar, sino a la simple posibilidad de existencia dentro de un concepto. Fue esa generación a la que le dolía decir "España" y lo sustituyó por aberraciones conceptuales que hoy la costumbre maneja: el "Estado español", los "pueblos de España", etc.


Se puede ser muy crítico con tu propio país, con su historia, con lo que ha hecho u ocurre. Pero también se puede mantener el compromiso con su mejora, con el bienestar de los que viven en él; pero esto es una forma de compromiso que nunca entendieron. Aquí la mejora eran ellos, una especie de lujo que el país no merecía. No sé si nos merecemos esto, pero la carencia de una intelectualidad constructiva, capaz de preocuparse por su propio país y por las personas que viven en él, más allá de reírse de ellas, es preocupante y triste. No asumieron la frase de su dios Billy Wilder: "Nadie es perfecto". Pero la imperfección eran los otros. Ellos sí lo eran.
La generación —una parte de mi generación— no ha sabido superar los viejos traumas del cambio —después de cuarenta años— y ha paseado el resentimiento como seña de identidad de lugar en lugar, de premio en premio. Ha seguido con la costumbre de negar a su país como forma de espectáculo dentro y fuera. No dan más de sí.
No me extraña lo dicho. Lo que me hubiera extrañado es que hubiera dicho lo contrario.




"LA SEMINCI EXHIBE UN DOCUMENTAL SOBRE LOS AÑOS MOZOS DE COLOMO, LADOIRE, RESINES, URIBE... Los locos del café Yucatán" El Periódico 27/10/2010 http://www.elperiodico.com/es/noticias/gente/20101027/los-locos-del-cafe-yucatan/559518.shtml


lunes, 7 de julio de 2014

Relevos o la nueva ola del mar revuelto

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Bajo el título "La política salta de generación"*, el diario El País insiste en considerar que los males y remedios españoles tienen que ver con algo tan nuestro como las "generaciones". En ningún lugar del planeta —con la posible excepción china, en la que, por ejemplo Zhan Yimou se considera representante de la 5ª generación de directores de cine chinos— se le saca tanto provecho a lo de haber nacido en fechas similares como en España. La España autonómica se aventuró por los campos confusos de explicar escritores, músicos, etc., ligándolos a la tierra y creando cosas como la "escuela leonesa", por ejemplo, en cuanto que había más de dos, pero creo que la idea ha ido perdiendo fuelle desde que a la gente le apetece más el cosmopolitismo al no haber tanta subvención como antes.
El País se apunta a la renovación generacional de la política como clave explicativa. Desde que se produjo el desencuentro electoral de los partidos mayoritarios y su entrega en brazos de jóvenes galanes, las especulaciones sobre qué hacer se han disparado. La renovación generacional gana explicadores:

En noviembre de 2011, un inexperto Alberto Garzón llegó a Madrid para un debate en 59 segundos, el programa de TVE. Acudieron a la estación de Atocha a recogerle dos personas de IU expertas en comunicación: Ramón Luque y Pablo Iglesias. Le acompañaron y de paso le dieron consejos televisivos para el programa. Iglesias colaboraba aún con IU. Él y Garzón, que a sus 28 años se ha convertido en el nuevo hombre fuerte de la federación, se hicieron muy amigos. Garzón compartió también durante un año tertulia en la cadena SER con Eduardo Madina, aspirante al liderazgo del PSOE. Y habla de él con enorme respeto: “Es brillante”. Pedro Sánchez, su rival, también ha coincidido en tertulias con Iglesias, o con Albert Rivera, el líder de Ciutadans.
Todos son de la misma generación o parecida, se conocen, y desde la discrepancia ideológica coinciden en una cierta forma de entender la política y la comunicación. Y en esto también coinciden con otros políticos de su generación de partidos que aún no han iniciado esa renovación en la cúpula, como Irene Lozano de UPyD o Borja Sémper del PP, que también se diferencian de los demás en que no están en la carrera para liderar sus formaciones. Todos son mediáticos, con buena formación académica y huyen del “y tú más” que ha dominado la política en los últimos años.*


Debo reconocer que la expresión "todos son de la misma generación o parecida" tiene su gracia histórica porque tampoco hay tantas posibilidades, aunque es cierto que aquellos "25 años" de separación entre unos y otros ya no funcionan. Los tiempos son muy distintos y en un mundo sujeto a las modas y a lo efímero, las diferencias se notan con cuatro o cinco años, es decir, con unas cuantas temporadas televisivas de diferencia. Deberíamos clasificar a los políticos por "Friends", "Los Soprano", "Juego de Tronos", etc., para ser más precisos.
La descripción de los lazos de sangre mediática existente entre los miembros de la misma generación ("o parecida"), según parece, nace de sus horas juntos en maquillaje, experiencia que une mucho, sí, porque uno discute bajo los focos, pero confraterniza mientras le ponen presentable y le quitan brillos y ojeras.

Parece que la Televisión es el útero del que todos han salido, hijos catódicos, seres bidimensionales (la próxima generación será en 3D y habrá que verlos con gafas). La "caja tonta", como dice un amigo mío, se ha llenado de "listos", convirtiéndose en un espacio-tiempo bipolar, capaz de albergar las experiencias más cutres y retrógradas, en términos de evolución, con las nuevas generaciones dispuestas a saltar de unas cámaras a otras. Es el trampolín mediático.
Todos son políticos profesionales que han escalado sus posiciones a golpe de discusión tertuliana; dominan la retórica y tienen un tiempo rápido de reacción acreditado. Los que se entrenaron en el programa "59 segundos" son capaces de descender de ese tiempo en una descalificación o en una propuesta como si se tratara de un récord deportivo. Dominan el tuit y les sobran caracteres. Explican lo que sea por debajo del minuto. ¿Complejidad, qué complejidad?
El artículo se mueve en direcciones contradictorias, como suele ocurrir con la idea de las generaciones. Las generaciones son más poesía, metáforas, que ciencia, pero da igual, la gente también se mueve por las metáforas. Lo que no es claramente aceptable es que por el hecho de tener una edad esté ya uno por encima de los demás o tenga más derechos que los otros, que deben dejarle sitio cuando decidan. La batalla por el control será dura:

“La gente tiene sed de nuevos referentes”, explica Pedro Sánchez. “Pero no podemos cometer el error histórico de ponernos a descubrir ahora que el fuego quema. Se necesita una alianza entre generaciones. Estamos en la antesala de un gran cambio de sistema político, va a haber una reforma constitucional, un cambio en el modelo de los partidos, y eso exige que lo haga una nueva generación”.*

Lo de "la alianza de generaciones" no deja de tener su gracia. Estas cosas se repiten y te llegan a parecer normales, claro. En eso consiste el poder de la Comunicación, en el que esta generación es tan competente. Los descubrimientos básicos, como que "el fuego quema" ya se hicieron en las cavernas políticas; ahora toca recoger el fuego y que los fósiles descansen. Sánchez habla de "sed de referentes" y se ofrece, como hacen los otros, como vaso de agua. Su forma de expresarse muestra la convicción del que ya ha ganado primarias, generales y hasta autonómicas y municipales con una sola frase: "va a haber" cambio de todo. Y los demás..., ¿no cuentan?


Pero el momento más divertido del artículo generacional —más que lo de la "alianza"— es la descripción costumbrista de los pasillos del PP, preocupados todos por no ofender al "abuelo" Rajoy:

En el PP, la mayoría de los dirigentes consultados, entre ellos ministros, miembros de la cúpula, personas cercanas al presidente o barones territoriales, prefieren hablar con la condición de anonimato, ya que se trata de un asunto sensible puesto que es Rajoy el principal interpelado a sus 59 años. La mayoría cree que, a pesar de todo, la edad no pesará en contra del presidente porque él jugará otra baza: en tiempos de crisis, mejor la experiencia y la estabilidad. Esa será su campaña y la clave estará en los datos económicos que pueda exhibir, explican los suyos.*

El secreto mejor guardado —¡lo siento, Presi!— sale a la luz: ¡59 añazos! ¡Este ya no es de "Friends", sino de "Bonanza"; de un solo canal y en blanco y negro! El retrato insinuado de los cortesanos evitando hablar de la edad del "presidente" nos remite al "¡espejito, espejito!" y al temor de que en cualquier momento le digan que no es "Bibí, el más guapo, el más rico y el más feliz", como decía aquella canción de su generación. Esto oscila entre dos imágenes, la del espejo de la madrastra y la del retrato de Dorian Gray, con sus pecados acumulados.
Llevar nuestros problemas al terreno generacional, como una disputa entre estilos musicales, es un error. Pero da igual, es otro más. Pensar que las cuestiones se resuelven por la edad, dominando la comunicación y las redes sociales es infantil.
La lucha por la comunicación es la lucha por el poder no por la solución de los problemas. Nuestro problema es de eficacia institucional; el de los partidos, el ser elegidos. Y si para serlo tienen que pasarse en día en las redes y televisiones, pues lo harán. Todos.


Hay una ley que dice que habla más el que está más lejos del poder, que hacen falta muchas horas de parloteo ante las cámaras y micrófonos para romper las defensas del que juega con blancas. Los medios han demostrado como no solo contribuyen a la política sino que, sabiamente usados, pueden crearla. Son los nuevos ruedos a los que tienen que descender, sí o sí, para garantizarse los apoyos que les mantengan donde están.

Parece que este partido [el PP] sí ha decidido, a partir de septiembre, recuperar la iniciativa —se habla incluso de un posible cambio de Gobierno— y sobre todo volver a las tertulias, a los debates, tener más presencia de los ministros y los dirigentes después de meses de encierro mediático por el caso Gürtel y en general por el estilo de Rajoy y Santamaría, reacios a las entrevistas y la exposición mediática.
De momento solo Borja Sémper, de la misma generación que Madina, Sánchez o Iglesias, se arriesga a esa exposición. “Creo que hay un nuevo lenguaje político”, explica Sémper. “Pese a las enormes diferencias ideológicas, hay algo en común entre personas de distintos partidos. Todos estamos hartos del y tú más, los políticos y los votantes. Queremos hablar de contenidos, confrontación ideológica real. Todos estamos en las redes sociales, en un mundo abierto, hemos aprendido que no puedes aislarte de quien no piensa como tú”.*


El argumento del lenguaje se sigue manteniendo como prioritario. Es el obligado si concentras la política en su faceta mediática, en la comunicación. Lo que se nos está presentando no es muy diferente de lo que estanos rechazando: el político profesional que vive de y para la política. Son más jóvenes, pero son lo mismo. No hay cambio, solo relevo. Tan profesor universitario era Pérez Rubalcaba como lo es Pablo Iglesias, de la misma universidad, por cierto. El énfasis puesto en la comunicación no es más que el resultado, eso sí, del cambio mediático característico de esta generación en casi todo el mundo.
Creo que ningún país está centrando tanto su destino en la telegenia y la retórica como el nuestro. A los políticos hay que valorarlos por otras cosas más allá de su dominio mediático, lo menos sustancial de todo. El gran peligro es el de caer en la política espectáculo y en el político showman, un buscador de micrófonos, un retórico constructor de frases antes que un solucionador de problemas.
Me da relativamente igual los años que puedan tener los políticos. Me importan sus capacidades, proyectos y honestidad; menos su físico y su labia, aunque sí hay que exigirles claridad. Lo que no me parece adecuado es vender la idea de generación como una solución porque no lo es. Los problemas son más profundos y necesitan algo más que comunicadores para ser resueltos.
En 1968, año de cambios, el canta-autor Manolo Díaz (antes citado por "Bibí") cantaba un machacón estribillo: "vino una ola / vino una ola / vino una ola... / y su corriente te aparta de mí ". La "nueva ola" está aquí, no sabemos si es de Tsunami o del Mar Menor, pero —nos cuentan— ya está aquí. Lo importante es que se necesita enderezar rumbos y que sea para bien.




* "La política salta de generación" El País 5/07/2014 http://politica.elpais.com/politica/2014/07/05/actualidad/1404591777_972344.html




sábado, 21 de diciembre de 2013

Tiempo y doble contabilidad

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Leo en el diario El Mundo de hoy la entrevista con el filósofo francés Michel Serres*, con motivo de la publicación de la segunda parte de su obra Pulgarcita. Ese es el nombre que le da a la nueva generación, representada por una mujer joven y moviendo a gran velocidad sus "pulgares" sobre la pantalla de un "smartphone".
Nunca he creído demasiado en la idea de las generaciones, fabricaciones artificiales que aíslan fenómenos sociales mientras que olvidan otros. El espacio no es uno por efecto precisamente de nuestro tiempo cultural. Habitualmente se distingue entre el tiempo cósmico —el del universo—, el tiempo cronológico —el que nos marca la Historia— y nuestra percepción del tiempo o duración, un forma psíquica de administrar y sentir de forma variable cada uno de nosotros el paso del tiempo.

El "tiempo cósmico" es cosa de los científicos y nuestras mentes difícilmente pueden manejar sus medidas. Ya es nuestro, en cambio, el tiempo de la Historia, el que manejamos como exterior a nosotros mismos y al que le damos la objetividad del calendario. Sin embargo, ese calendario no es neutral, sino el resultado del predominio cultural de unos sobre otros. La socióloga y ensayista marroquí Fátima Mernissi** —Premio Príncipe de Asturias—, por ejemplo, señaló la especie de humillación, de interiorización del fracaso histórico, que supone para el mundo islámico que nuestro tiempo se mida conforme al calendario cristiano, que es el que manejamos en Occidente y se ha extendido. El islam tiene su propio calendario, su forma de llevar la cuenta desde acontecimientos que cada cultura fija en función de su relevancia y que se acaba exportando si hay poder para ello. Cuando lo tuvo, también lo ejerció.
La necesidad de sincronización universal es una de esas cuestiones que se dan por hechas, acabando por aparecer como "naturales" —a usted y a mí nos parece natural que dentro de unos días despidamos 2013 y demos la bienvenida a 2014—, sin embargo no hay nada de natural en ello, sino, por el contrario, unas grandes dosis de cultura, de avances científicos que lo posibiliten y de fuerza que lo sostenga. Cultura, conocimiento y poder dan como resultado que nosotros celebremos esa fecha y hagamos avanzar el calendario. Como sabemos, el año nuevo chino llegará más tarde, o dentro del mismo mundo cristiano existen diferencias en algunas fechas, que son precisamente formas de mantener identidad y diferencia simultáneamente.


Hemos olvidado (o no se explica) que la creación de calendarios ha sido la forma de mantener una identidad histórica de las comunidades y una referencia estable que nos permita situar los momentos, contar los plazos, etc. Durante siglos cada comunidad tenía su forma de organizar el tiempo histórico conforme a sus acontecimientos relevantes. Son los intercambios fuera de la propia comunidad, el comercio, el que obliga a unificar fechas de plazos, a establecer equivalencias para cumplir compromisos y plazos.
Aunque nos podamos referir a elementos estables como los ciclos lunares para los meses o los anuales de la tierra para los años, eso no evita la asignación de un comienzo, de un principio significativo para empezar a contar. Y es aquí donde comienzan las discrepancias, a veces muy graves y conflictivas. El calendario puede convertirse en transparente —olvidarnos de su origen y darlo por hecho— o en un recordatorio de la incapacidad de imponer el tuyo a los demás, porque, en el fondo, ninguno es natural, sino el resultado de una decisión política, religiosa o de ambas.


En la idea de las generaciones se esconden algunas otras que no he acabado de comprender, pero con la que se tratan de representar fracturas en la Historia, el segundo de los tiempos. Una nueva generación supone, nos dicen, un nuevo tiempo. Representar "nuestro tiempo" a través de una "joven que maneja los pulgares con rapidez sobre una pantalla" me parece una gran simplificación. Eso nos convierte a muchos otros en la "generación del índice", que es el dedo que solemos utilizar —porque es el que tenemos más históricamente entrenado— para escribir en los teléfonos y ordenadores táctiles. Es el dedo de los teléfonos de disco y de la máquina de escribir, dedo de otra época. Eso explica que mientras que yo escribo una línea, mis interlocutores de entre veinte y treinta años escriben cinco, cosa que en efecto ocurre para mi desesperación porque cuando yo estoy contestando a lo que me escribieron, ellos ya me han mandado cinco cuestiones más. Este desfase en las velocidades, puede ser tomado como un signo de los tiempos, que somos esclavos de la velocidad del dedo que cada generación eligió, pero para mí lo que muestra es que existen dos o más generaciones con una necesidad imperiosa de sincronizarse, de compatibilizar la velocidad de sus dedos.


El aumento de la velocidad de los pulgares, además, no nos puede hacer olvidar que el dedo "mandón", el que señala, sigue siendo el índice. Por muy lento que sea sobre una pantalla, sigue siendo el que marca la dirección del mundo. Los que dictaban —los dictadores— no necesitaban demasiado el dedo, todo lo más como en el circo romano, para indicar el destino final de los demás. En el fondo, el poder no está en la velocidad del dedo, sino en la importancia de los contactos.
Responde Serres a una de las preguntas en la entrevista:

Nuestras instituciones han sido creadas en un mundo que ya no existe. Nuestras políticas también. La última campaña electoral en Francia ha sido una campaña de prostáticos. No entiendo cómo la generación Pulgarcita abordará la política. Pero está claro que el actual sistema fue inventado antes de la revolución tecnológica y se ha quedado anticuado en muchos aspectos. Así que los jóvenes tendrán que reinventarlo todo y crear una democracia nueva y más participativa.*


Todas las instituciones han sido creadas en mundos que ya no existen. Pero son también las instituciones las que hacen al mundo y no solo el mundo a las instituciones. El problema es cuando los hombres no se identifican con las instituciones ni las instituciones con los hombres porque ya no hay sincronía ni sintonía. Es cierto que la tecnología ha cambiado nuestra percepción del mundo porque ha cambiado el mundo mismo, pero no soy tan fácilmente optimista como Serres en ese "tendrán". Los problemas del mundo van más allá de lo generacional. La idea de que el mundo es de la generación que llega es relativamente nueva y bastante irreal. En el mundo estamos todos y es responsabilidad de todos. Es la aceleración histórica—El shock del futuro, como señaló Toffler— lo que nos hace percibirnos como okupas y desclasados temporales. Toffler también advirtió también, en los 60, de que el mundo futuro estaría dividido por edades antes que por clases. En muchos aspectos lo está, pero no en todos ni en los esenciales.

En muchas sociedades, el peso lo tendrán las personas mayores por el creciente envejecimiento de la población. ¿Deben ser pasivos ante los cambios o exigirán, por su número, una sociedad a su medida? En otras sociedades, en que han experimentado una explosión demográfica, tenemos el ejemplo de lo ocurrido en las "primaveras árabes". Han sido los jóvenes los que han provocado el cambio con sus protestas, pero han sido mayoritariamente las fuerzas tradicionales —la generación prostática, por usar el término de Serres— quienes sigue manteniendo poder y control. Su papel ha sido esencial, pero han movido el árbol y otros han aprovechado para llevarse sus nueces. Algunas de las revoluciones que hemos visto hoy se oponían a las revoluciones de los jóvenes de antaño, hoy ya vejestorios, que una vez llegados al poder no soltaron su presa o se la pasaron a otros jóvenes, sí, pero sus hijos, como el caso de Al-Asad o el intento de Mubarak. Hay jóvenes para todo y es fácil vender juventud.
Personalizar en los más jóvenes el avance del mundo es, además, un gran error y cierta hipocresía porque se va ampliando su dependencia de los mayores y se prolonga la juventud hasta los treinta años o más para camuflar esa dependencia. Cuando esa joven de pulgares rápidos de la que nos habla Serres tome posesión del mundo y decida sobre su destino, tendrá ya mechas que tapen sus canas. Puede que —si tiene suerte— entre en el cupo de jóvenes, de caras nuevas, que los adultos seleccionan para mostrar lo abierto que está todo, pero no será relevante estadísticamente. El mundo no es de los jóvenes —a la publicidad le gusta repetirlo porque es rentable—  y aquí la semántica echa una mano a los que controlan el diccionario, que tampoco suelen ser muy jóvenes.


La joven "Pulgarcita" además pertenece a una región del mundo en la que es posible manejar un teléfono inteligente o quizá sea una de las privilegiadas dentro de una minoría despótica que disfruta de la modernidad tecnológica mientras que aplica el medievalismo riguroso a sus compatriotas en una odiosa dictadura política o religiosa. ¿Cómo pasa el tiempo dentro de un burka? ¿Igual que dentro de una escafandra espacial?
Tendemos a considerar el tiempo histórico de forma compartida —todos estamos en 2013— y eso es falso, pues más allá del problema de los inicios que ante señalábamos, el del punto desde el que se empieza a contar, está el grado diferente de desarrollo de los distintos lugares del mundo. No es lo mismo hablar del siglo XXI en un ático de Manhattan que en una tienda de campaña en Yemen. Aceptamos que el calendario nos engañe pero deshumanizamos el tiempo; lo usamos para escribir la Historia, pero la falseamos con esa unanimidad de la fecha.

A los tres tiempos antes señalados, que se centran en las cifras los dos primeros y en la subjetividad el tercero, el psicológico de la duración, debería existir alguna forma de medir doble, de recoger el momento del conjunto y el estimado por su desarrollo, un tiempo con diferencias. De esa forma tendríamos una valoración más precisa de las diferencias que mantenemos unos respecto a otros, una conciencia de la irregularidad del progreso. Esas cifras que a los economistas le gusta manejar en ocasiones cuando hablan de "retrocesos" o "saltos", trasladarlas realmente a un calendario matizado. Podría mostrarse la fecha de un país como "2013 (2005)", por ejemplo, si se ha producido un retroceso en la economía del conjunto de esa sociedad, un empobrecimiento, una pérdida de ocho años. Un país que no avanzara, se quedaría con una fecha estable un año tras otro, anclado por su debilidad de crecimiento o la mala gestión de sus responsables.
No hay porque centrarse exclusivamente en la economía, claro. También podría elaborarse esta forma doble de medir el tiempo para los derechos cívicos, reflejando cuando se produzca una parálisis o un retroceso. Incluso para la cultura se podría establecer esa doble contabilidad partiendo de los datos sobre lectura, comprensión de los textos, conocimiento de la historia, la filosofía, etc.
Esta doble contabilidad temporal mostraría que frente a la rotundidad artificial del calendario, existen muchas diferencias entre los países, incluso en su interior. No todos vivimos en el mismo tiempo, por más que el calendario lo muestre. Las diferencias pueden ser pequeñas, pero en algunos casos no lo son y representan abismos en ciertos campos.
No sería fácil establecer esa segunda fecha, ese año cualitativo que se juntara al meramente indicativo, al común. Se disputaría mucho sobre la contabilidad; los políticos estarían siempre discutiendo sobre fechas y herencias, dejadas o recibidas, pero eso no sería una novedad. Si se fabrican índices anuales de "transparencia", de "derechos", de "educación", etc. seguro que a alguien se le ocurre alguna forma de unirlos y traducirlos a fechas relativas que restituyan las diferencias existentes entre diversos momentos de un mismo país y de unos respecto a los otros. Sería una especie de relatividad en el que las fechas serían ciertas dentro de su propio sistema.


Así cuando preguntáramos en qué año estamos, podríamos contestar que en 2014, pero en economía como en "2001", en derechos como en "1982", puede que estemos en "2005" en educación, en cultura como "1972", en convivencia como en "1492", etc. Habrá países en los que las diferencias podrían ser centenarias y encontrarse con las mismas libertades que hace diez siglos o con las mismas cifras de analfabetismo que doscientos años. Aunque lo diga con cierta ironía, lo cierto es que no estaría nada mal un sistema así.
Estamos sobre un mismo planeta, pero con grandes diversidades, por lo que el calendario se convierte en una forma de sincronización global. Lo que no está sincronizado es nuestro desarrollo, con avances y retrocesos, con grandes diferencias en muchos caminos. No sé si algún día llegaremos todos a vivir además de en el mismo planeta, en el mismo tiempo.


* "Michel Serres: 'Nuestras instituciones han sido creadas en un mundo que ya no existe" (entrevista). El Mundo 21/12/2013 http://www.elmundo.es/espana/2013/12/21/52b4e6c022601db6358b4584.html?a=01c2551d75ad0ca35be71c84bddf5844&t=1387614545
** Fátima Mernissi (2007) El miedo a la modernidad: Islam y democracia. Ediciones del Oriente y del Mediterráneo, Sevilla.




jueves, 22 de marzo de 2012

Narcisismo generacional

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
El diario El País —no entro siquiera en las intenciones— realiza un “titular pregunta” qué él mismo se contesta: “¿Generación cangrejo? No creo”*. Se pregunta si los jóvenes van para atrás, como los cangrejos,  en lo que a vivir mejor respecto a sus padres.
Se queda uno perplejo ante la pregunta que seriamente se realiza a distintos profesionales y académicos de las ciencias sociales que deberían evitar caer en la simplificación y realizar un encogimiento de hombros, que es la forma más honesta de responder las preguntas que no tienen respuesta tal como son formuladas. El arranque y planteamiento del artículo es el siguiente:

¿Qué más pueden pedir los jóvenes de hoy en día? La pregunta suena a conflicto intergeneracional, pero la respuesta es sencilla: la mayoría se conformaría con un empleo y, si puede ser, que esté acorde con su formación. En todo lo demás, la comparación con la juventud de sus padres no resiste un análisis fino: ahora tienen formación, viajes, amigos por medio mundo, idiomas, moda, cultura, ocio, información, tecnologías y libertades. Todas. Muy pocos cambiarían su vida por la que llevaron sus padres a la misma edad. ¿Quién quiere estar casado con 24 años, tener tres hijos a los 28, vivir en un cuarto sin ascensor, viajar al mismo pueblo cada verano y comer paella todos los domingos? ¿Podemos hablar de que esta generación vivirá peor que la de sus padres? Cabe dentro de lo posible, pero, en términos históricos, España apenas se está desperezando de una larga siesta de carencias. Por eso, es difícil concebir que los jóvenes de hoy vayan a vivir peor que ellos, en una suerte de generación cangrejo.*


Me sorprende especialmente esa definición del infame destino de los padres con lo de casarse a los 24, hijos a los 28, no tener ascensor, veranear en el mismo pueblo y comer paella. Realmente es un pasado aterrador. No sé cómo pudo esa desgraciada generación sobrevivir a tanto padecimiento y grano de arroz dominguero ¡y todos en un cuarto piso sin ascensor!

Mujeres emigrantes españolas en Alemania 1960
Desconozco la edad de la persona que ha escrito el artículo, pero me parece que no tiene una experiencia directa del pasado que describe —describe los ochenta como si fueran los cincuenta—, algo que algunos lectores entre los más de doscientos comentarios existentes en el momento de leer el artículo le señalan cuando dicen que sus padres no se parecen en nada a esos padres retratados. Parece que tiene el “síndrome de la transición” —también llamado de “cuéntame”—, puesto de moda por algunos que han querido convertirse en titanes hispanos transformadores ignorando los sacrificios y esfuerzos del conjunto de la sociedad española que comenzaron en los cincuenta y recibieron el gran impulso transformador con la entrada en Europa, con la que se multiplicaron las posibilidades. Ignorarlo es un insulto para millones de personas que aportaron su gran esfuerzo bajo unas difíciles condiciones económicas y políticas. Es una frivolidad histórica que no merece más comentario.
El quitar los argumentos de descontento a los jóvenes por la patética situación en la que se encuentran laboralmente, además de una gran injusticia, es desconocer los efectos que esta situación va a tener en nosotros. ¿Son los jóvenes griegos, por ejemplo, una generación cangrejo? Ahí probablemente nadie tendría dudas, pero no es esa la pregunta. ¿Seguimos negando la crisis? ¿Aquí no ha pasado nada? ¿Por qué se quejan si tienen "todo lo demás", como dice el artículo?
Escriben:

El economista Javier Andrés cree que no se ha medido con rigor científico nada que pueda dar una respuesta sobre si hay una generación de hijos que vive peor que sus padres. “¿Qué significa vivir peor? Habría que hacer un análisis de los salarios a lo largo del tiempo, del poder de compra, y todo eso no se ha hecho. Personalmente, no creo que vivan peor, ni que eso vaya a ocurrir. Hay muchos avances, incluidos los de la medicina, por ejemplo”, dice.

Efectivamente ¿qué significan “peor” o “mejor”? Son puras valoraciones, percepciones cambiantes según le haya ido a cada uno en la vida. Lo que se puede hacer —que es lo que hacen, como se apunta— es seleccionar unos parámetros, también de forma preconcebida, de los que se obtienen unos datos que identificamos como “mejores” o “peores”, Se miden y se compara. Pero eso es como la temperatura de los meteorólogos, que hay que medirla en Barajas aunque tú tengas delante de la puerta de tu casa diez grados más. Eso no es la “realidad”; son los datos oficiales, que es otra cosa.
Lo importante es la percepción que las personas tienen de su propia capacidad de mejora. No es un estado real, sino una percepción de la realidad. Lo que diferencia a los sujetos generacionales obviamente es su edad, que es precisamente lo que les distancia en sus experiencias y percepciones de la vida. Ellos envidiarán a sus padres si se consideran a sí mismos desgraciados. Los padres envidiarán a sus hijos pensando que tienen cosas de las que carecieron. Es de gran ingenuidad pensar que se puede llegar a un acuerdo o que merece la pena hacerlo. La misma ingenuidad de considerar una desgracia “casarse a los veinticuatro o tener hijos a los veintiocho”, nos demuestra cómo se perciben las cosas. ¿Y los pisos de 30 metros cuadrados, los minijobs, los alquileres compartidos, depender de los padres, los becarios precarios, los nuevos emigrantes doctorados, el paro del 25%, etc.?

Lo que no me parece razonable es, una vez más, esta especie de campaña para evitar que los jóvenes se quejen de su situación. Además de lo que aguantan, deben sufrir el desprecio de los que viven bien en su generación (que les consideran parásitos, sin iniciativa, etc.) o de la anterior a la suya.
Gran parte de la situación actual de los jóvenes se debe a la mala gestión de los que hoy les restriegan por las narices sus logros y que todo lo que tienen se lo deben a ellos: la generación anterior, la que gobierna. Esto solo puede ocurrir cuando se tiene esa visión histórica soberbia de que no se debe nada a la generación previa ya que —como se dice en el artículo— “España apenas se está desperezando de una larga siesta de carencias”. Esa generación es la que ha causado el problema, realiza su diagnóstico, controla la descripción del problema y los medios que lo cuentan. El problema es mío —yo decido— aunque lo tengan otros.
Solo una generación narcisista puede pensar que no le debe nada a la generación anterior (a la que ridiculiza) y que la posterior (a la que también ridiculiza: “nini”, mileuristas, etc.) se lo debe todo y, por tanto, no tiene derecho a quejarse. Ese es el problema, su raíz.

* “¿Generación cangrejo? No creo”. El País 20/02/2012 http://politica.elpais.com/politica/2012/03/20/nimileurista/1332270873_862619.html



sábado, 19 de febrero de 2011

La aceleración de la Historia y el sol clavado en el cielo

Joaquín Mª Aguirre (UCM)

Como nos temíamos todos, las muertes se acumulan en Libia. No es el único lugar en el que está cayendo la gente. Las diferencias entre los países árabes implicados en las rebeliones son importantes, muy importantes. Tenemos desde la Libia de Gadafi, ese dictador sangriento de opereta, hasta la monarquía de Bahrein, de los comités revolucionarios iraníes a los yemeníes. Estos países componen un espectro de problemas comunes y de divergencias profundas. La pregunta histórica es ¿por qué ahora?

Al comienzo de la crisis, un entrevistado por la BBC establecía la comparación con la caída de la Europa del Este, con el derrumbamiento del bloque soviético. Señalaba el analista que si Túnez había sido Polonia, Egipto sería la Unión Soviética. La analogía era clara en lo que respecta al orden, pero deja fuera una serie de aspectos. El primero de ellos es que, si bien podríamos equiparar a Polonia con Túnez, no podemos hacer lo mismo con la Unión Soviética y Egipto, pues este no controlaba a los demás países ni ideológica ni militarmente. Tampoco existía un “bloque” en el sentido de que no disponían de una política común, siendo, por el contrario, algunos de ellos enemigos declarados. De hecho, el mundo árabe es lo menos parecido a un “bloque”; solo nuestra percepción exterior reductora puede hacérnoslo creer. Y es importante tenerlo en cuenta. El analista entrevistado ser refería al peso de Egipto, a que lo que ocurriera en Egipto sería determinante para el resto de los países en su decisión de seguir adelante con sus rebeliones o no. Sería un jarro de agua fría si fracasaba y un aliento si triunfaba.

Lo que caracterizaba desgraciadamente al mundo árabe era el autoritarismo de sus regímenes, fueran estos del tipo que fueran, monarquía, repúblicas, militares o civiles. Monarquías y dictaduras militares han sembrado durante años la desesperación de sus pueblos, que se veían obstaculizados para diseñar su propio futuro. Han sido gobiernos contra sus pueblos, por acción o por omisión. Ya fuera porque los reprimían o porque los olvidaban —o ambas cosas con frecuencia—, las gentes de estos países se han visto abandonadas a su suerte. Poseedores de grandes riquezas naturales, estas han sido usadas por sus gobiernos como moneda de cambio para mantenerse en el poder con la complicidad de muchos países que se han sentido muy tranquilos por tener asegurados petróleo, gas o cualquier otra materia que necesitáramos para vivir mejor.

En todas partes se está hablando de una “revolución de los jóvenes”. Cuando nosotros decimos “jóvenes” no significa lo mismo que para ellos. Hemos dedicado un texto anterior a esto, La rebelión de los hijos. La presión sobre una generación que ya ha visto el mundo desde fuera, que ha salido emigrante y regresa a sus países porque ya no los necesitamos, que tiene capacidad de quejarse y que ha ensayado sus quejas en los ciberforos antes que en las calles, que se ha buscado la vida como ha podido, esta presión, tienen un límite y se ha sobrepasado.

Cuando hablamos de la aceleración de la Historia nos parece que es simplemente una metáfora. Sin embargo, esta explosión de rebeldía en situaciones tan distintas es el reflejo de esta aceleración. Los regímenes autoritarios son anacronismos, son parte del pasado y los que solo tienen un futuro lo reclaman desesperados. El presente en el que viven es estático, acartonado, una gerontocracia de héroes de viejas revoluciones que les recuerdan patéticamente a los jóvenes que ellos también lo fueron, como un derecho para estar ahí durante toda la eternidad. Me decían amigos egipcios que algunos ministros habían estado ahí durante toda su vida, que no conocían otro. Es ese estatismo, esa detención del tiempo, ese sol polar, como diría Charles Baudelaire, clavado en el cielo, eterno, sangriento, trayendo a todos la desesperación del día que no acaba de ponerse. Es el spleen irritado de un pueblo.

No está en crisis el mundo árabe; está en crisis un modelo de gobierno obsoleto, que solo es capaz de mirar por sí mismo y que cree que la juventud es algo que se pasa con la edad. Menos a ellos, que están por encima del tiempo, clavados en el cielo.