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lunes, 2 de abril de 2018

El Juez Di y el Big Data


Joaquín Mª Aguirre (UCM)
En estos días que se habla del Big Data y de la intimidad, de cómo puede ser manipulada una persona desde el conocimiento que podamos tener de ella a través de elementos indirectos, me he encontrado con un curioso caso del procedimiento deductivo que nos permite pasar de lo exterior (lo perceptible y susceptible de ser tratado como dato) a lo exterior, la forma de ser que ha producido esos datos o huellas en el mundo.
Por supuesto, el Big data funciona de otra manera, pero en última instancia se trata de conectar lo exterior, el dato, con lo interior, que es sobre lo que se va a actuar. Con un modelo de comportamiento construido desde los datos, que son procesados, se puede llegar a establecer comportamientos futuros incluso estimularlos mediante estrategias adecuadas. La manipulación se basa en eso: en detectar las formas de reacción a determinados estímulos y después ponerlos en funcionamiento para obtener las reacciones adecuadas. Se trata, como siempre ha sido, de conocer las debilidades y resistencias, la forma de ser de las personas para poder manejarlas.
El ejemplo de cómo se pueden traducir los datos y convertirlos en información sobre los sujetos está recogido del interesante y entretenido libro del sinólogo y diplomático holandés, Robert Van Gulik, Tres cuentos chinos (The Chinese Gold Murder, 1957). Durante su estancia en el Tokyo de la posguerra, Van Gulik encontró en una librería de antiguo un ejemplar, datado en el siglo XVIII, de una novela popular china de detectives, Di Gong An, que tradujo y publicó en 1949 con el título Celebrated Cases of Judge Dee.

La novela estaba protagonizada por Di Renjie (c. 630–c. 700), un personaje real, un funcionario judicial de la dinastía Tang, convertido en investigador de misterios y crímenes. Posteriormente, durante la dinastía Ming (1368-1644), apareció el personaje como protagonista de esta novela popular. Un ejemplar del XVIII fue lo que llegó a manos de Van Gulik, quien se divirtió con la historia y la traducción de aquellos casos de un detective tan especial que le permitía juntar muchas de sus aficiones, de la traducción a la cultura china. Una primera edición limitada dio paso a otras posteriores, dado el éxito que tuvo.
Pero Robert Van Gulik fue más allá. Debió descubrir los placeres del relato policial y del éxito del personaje, una pieza clave en el género, donde no se pueden desperdiciar las capacidades de un buen detective, algo imperdonable. Decidió dar más vida al personaje del Juez Di, convirtiéndolo en protagonistas de otros relatos, salidos esta vez de su pluma, pero volcando en ellos su sabiduría de sinólogo.
Las historias del Juez Di son entretenidas e instructivas. Y muy populares en China. En 2004, CCTV emitió la primera temporada de la serie Amazing Detective Di Renjie. Le seguirían otras en 2006, 2008 y 2010, esta última titulada Mad Detective Di Renjie. El cine se ha ocupado también de las aventuras del "Detective Dee" con éxito. Detective Dee y el misterio de la llama fantasma (2010); El joven detective Dee: El poder del dragón marino (2013). En julio de este año, se espera el estreno de una nueva película, "Detective Dee: The Four Heavenly Kingdoms", dirigida como en algunas anteriores por Hark Tsui. Actores tan conocidos como Andy Lau lo han interpretado
Tres cuentos chinos fue publicada en 1957 y nos muestra al Juez en su nuevo destino, Fu-Lai,  al que se dirige en secreto después de haber sido asesinado el anterior ocupante del cargo de forma misteriosa.

No nos interesa tanto la trama cómo la forma de pensar del Juez Di, la forma de extraer conocimiento de lo que puede observar. El magistrado anterior murió envenenado en su biblioteca. Di inspeccionará los libros dedicando tiempo hasta poder crear un "perfil" de muerto:

—Bueno, Hung, ahora es cuando tengo una impresión bastante aproximada de la personalidad del juez fallecido. He dedicado atención muy especial a sus propias poesías. Sus versos se distinguen por un estilo muy refinado, sin que se pueda decir que calen muy hondo. La mayor parte son amatorias, las más de ellas dedicadas a bailarinas conocidas y mujeres de mala vida de la capital y de aquellas otras ciudades donde estuvo de gobernador.   
—Hablando yo hace un rato con Tang —observó Hung—, éste dejó traslucir que el juez Huang no tenía unos principios morales demasiado rigurosos. Es más, solía invitar a su casa a prostitutas, permitiendo que pasasen la noche allí.
El juez Di meneó la cabeza
—El álbum encuadernado en brocado que acabas de pasarme no contiene más que pinturas eróticas. Huang poseía también algunos libros de cocina y libros sobre varias clases de vino y enología. Pero, por otra parte, tenía también una primorosa colección de nuestros poetas clásicos, ejemplares muy manoseados, llenos de señales y anotados por él mismo. También su colección de autores místicos taoístas y budistas está, por lo visto, muy leída. Pero las ediciones que tenía de los libros clásicos confucionistas, en cambio, conservan la misma entereza virginal que tenían cuando las adquirió. Además de esto, me ha llamado la atención que las ciencias estén bien representadas en esta biblioteca. Tenía la mayoría de las obras fundamentales sobre medicina y botánica, así como sobre alquimia, y cierto número de obras antiguas muy raras sobre acertijos, anagramas y artilugios mecánicos. Los libros sobre ciencias políticas y sociales, derecho, historia y matemáticas brillan por su ausencia.
Retrepado en su sillón, continuó el juez Di:
—De todo esto saco la conclusión de que el juez Huang era un poeta delicado que tenía un vivo interés por la mística, pero al mismo tiempo una persona sensual, muy apegada a todos los placeres terrenales, combinación que se da más de una vez. Completamente privado de ambición, le gustaba el cargo de jefe de un distrito pequeño y tranquilo, donde campaba por sus respetos, capaz de organizar su vida como le daba la gana. Éste es el motivo por el cual no quería ascender; yo creo que Fu-lai era ya el noveno cargo que desempeñaba como jefe de distrito. Con todo, era un hombre inteligente a quien gustaba poner en claro las cosas, de ahí sus libros sobre acertijos. Y esta circunstancia, en combinación con una larga experiencia práctica, hizo que desempeñase el cargo en esta ciudad bastante bien, aunque no creo que fuese un funcionario sinceramente lleno de devoción. No puede decirse que se preocupara mucho por la vida familiar, razón por la cual no volvió a casarse después de fallecidas su primera y su segunda esposa, contentándose con aventuras pasajeras con bailarinas y mujeres de mala vida. Él mismo no dejó de resumir con cierto deje humorístico su personalidad en el nombre que puso a su biblioteca. Mira.
El juez señaló con el abanico la tablilla de madera suspendida sobre la puerta. Hung no pudo por menos de sonreír al leer el letrero grabado en ella: Ermita de la mala hierba errante.


Todo lo humano puede convertirse en dato que puede ser procesado. Hablan de "datificación" como el proceso mediante el cual algo puede acabar de una forma que pueda ser procesada mediante algún tipo de algoritmo, que pueda ser introducida en un sistema y nos dé una salida en función de lo que necesitamos saber o hacer.

El Juez Di ha obtenido datos de la realidad, unos tipos de libros presentes frente a otros ausentes, unos más usados que otros, unos temas en sus escritos, ha añadido datos sobre su vida, traslados, matrimonios, etc., y ha obtenido con ellos un retrato del asesinado. Hay datos que vienen de lo que tiene delante; otros provienen de informantes que le han ofrecido su visión.
Con todo ello, el Juez ha traducido los datos y los ha convertido en "información" sobre su predecesor. Todos esos datos nos muestran acciones, decisiones, deseos, etc. del investigado. Todo se traduce porque todo lo humano tiene significación dentro de la conducta de los sujetos. Lo que hacemos voluntariamente habla de nuestra voluntad. Para Freud, por ejemplo, son todavía más reveladores los errores (lapsus linguae, equivocaciones, etc.), formas que evitan los mecanismos de censura de la conciencia. Pero no es el caso. Todo lo que ha visto casa coherentemente. El juez Di tiene ahora un retrato interno del asesinado que le servirá como punto de partida para desentrañar el misterio de su muerte.
Traslademos al Juez Di al presente. Probablemente no iría a su biblioteca sino a su ordenador. Consultaría su historial de búsquedas en Google, el historial de visitas; entraría en Facebook y comprobaría los "me gusta" y los "no me gusta", vería que es aquello que ha publicado en su muro en un tiempo determinado y quiénes son sus amigos. Miraría a quién seguía en otras redes sociales y quiénes le seguían, a qué tipo de juegos le gustaba dedicar su tiempo, etc.
Con todos esos datos, el Juez Di podría hacerse un buen retrato interior y exterior del dueño del ordenador. Podría comprobar procesando todos esos datos las diferencias entre sus perfiles y la realidad con otros datos de su vida no virtual.
Me he resistido a llamar "vida real" a la que se produce fuera de las redes porque extiende un interesado estereotipo: la no realidad de lo virtual. Esto es un tremendo error: nuestra vida virtual es real, tan real como la otra. Incluso se podría decir que esta creencia en su no realidad hace salir de nosotros aspectos auténticamente reales de la personalidad, que pierden el miedo. Es lo que nos resulta tan sorprendente sobre lo que las personas hacen en la red y fuera de ella. Personas que conocemos pueden cambiar radicalmente en cuanto que se ponen un "nick" o dejan de mostrarse. Esas personalidades que se fabrican son reales, aunque reprimidas por el miedo a la censura social o al castigo.


La red da un anonimato que nos acerca al viejo problema que planteaba Balzac en su Goriot. El debate surge entre Blanchon y Rastignac en el Jardín de Luxemburgo. Las pérfidas doctrinas de Vautrin han sembrado la duda sobre los valores que mueven el mundo. Rastignac le plantea a su compañero una idea que ya había anticipado Rousseau: «—¿Te acuerdas de esa parte en que le pregunta al lector qué haría en el caso de que pudiera hacerse rico matando en China sólo con la voluntad a un mandarín viejo, sin moverse de París» (cap. II). La pregunta es pertinente en estos tiempos en los que se puede "matar" a distancia a través de las redes sociales, del ciberacoso a la difamación, de las fake news a las fotos y vídeos de las ex parejas.
Si el Juez Di pudo descubrir la tendencia mujeriega leyendo las poesías o su poco amor por el trabajo a través de los que la biblioteca le ofrecía, combinándolo con otras fuentes, hoy pueden construirse los perfiles y reconstruir nuestras motivaciones, nuestras debilidades ocultas, nuestras acciones más negativas a través de las huellas digitales que dejamos con nuestra personalidad real o con los nicks y avatares usados por las redes.
Lo ocurrido con el Brexit o las elecciones norteamericanas no ha llegado al chantaje, pero sí a la construcción de una estrategia con la que abordar la cuestión motivacional en ambos casos. Los datos, al igual que el Juez Di, les han permitido establecer hipótesis sobre el comportamiento colectivo perfilándolo y llegando con mucha más precisión a los votantes que estaban dudosos.
El diario El País escribía sobre las técnicas usadas por Cambridge Analytica:

El objetivo de Mercer era emplear en la liza electoral las asombrosas técnicas psicográficas anunciadas por la empresa. Un método casi orwelliano sobre cuya verdadera eficacia hay dudas, pero que pronto obnubiló al entorno de Trump.
La pequeña firma, liderada por el elegante y peligroso Alexander Nix, está especializada en recoger datos online y crear con ellos perfiles de los votantes. Fichas que sirven de diana a la publicidad electoral. “Si conoces la personalidad del elector, puedes ajustar mucho más tus mensajes y multiplicar el impacto”, ha señalado Nix. La prioridad, bajo esta premisa, no radica ya en la edad, sexo o raza del votante, sino en las tendencias emocionales. Conociéndolas, se puede influir en ellas. Esa es la mercancía que vende Cambridge Analytica.
El modelo, como ha analizado el portal Vox, fue desarrollado por el investigador de la Universidad de Cambridge Michael Kosinski y, a grandes rasgos, surge de conectar los likes de un usuario en Facebook con un test de personalidad (OCEAN) que mide si un individuo es abierto a la experiencia, meticulosa, extrovertida, amable u obsesiva. Este retrato, unido a la información de acceso libre que flota en el universo digital sobre el usuario (compras, hábitos, viajes…), sirve para configurar el llamado perfil psicográfico. Un instrumento pretendidamente revolucionario que, a juicio de sus autores, permite prever la tendencia de voto.*


El fondo de escepticismo que se nota en el artículo prescinde de un elemento: ganaron el Brexit y ganaron las elecciones norteamericanas. Es más una táctica del avestruz negar las evidencias electorales. Mientras se nos dice que se mueven grandes cantidades de datos de los que emergen "patrones" o "modelos" colectivos, se evita centrarse en que el valor real es poder personalizar la publicidad que se recibe en función de los gustos diferenciados.
Cruzando una serie de datos no es nada difícil poder crear una ficha específica de cada votante, especialmente en aquellas zonas en las que pueda haber dudosos. El uso de Facebook permite determinar quiénes son esas personas y quiénes sus contactos, con lo que es posible crear una red dentro de la propia red. Esa red es motivacionalmente muy intensa en unas elecciones. Supongamos que han detectado que es usted especialmente sensible a los problemas derivados de la inmigración. Puede ser usted bombardeado con informaciones en este sentido, muchas de ellas fake news. Esto es lo que se detectó en las recientes elecciones italianas, también ganadas por los populistas antieuropeos, como la Liga Norte.


El Juez Di tenía un solo sujeto y unos datos a su alcance. Pensemos en que su inteligencia se vea multiplicada por nuestro moderno poder de procesamiento de millones y millones y millones de datos que permiten detectar nuestros perfiles con una precisión derivada de la capacidad de análisis y filtrado de nuestros datos.
Producimos datos sin cesar; dejamos huellas por todas partes porque nuestra vida virtual ha absorbido la mayoría de las acciones que realizamos. Los supermercados saben lo que nos llevamos cada día, qué cantidades, marcas, productos. Los bancos saben en dónde, en qué y cuándo gastamos nuestro dinero gracias a los pagos de tarjeta, datos que posee la compañía de crédito. Facebook tiene miles de datos nuestros explicando qué nos gusta y disgusta, quiénes son nuestros contactos, qué compartimos y nos etiqueta en cada mensaje, foto o vídeo; saben quiénes son nuestros mejores amigos y qué personas podrían serlo. Google sabe lo que buscamos y quienes nos buscan. Etc., etc.
Cuando dicen que estas compañías saben más de nosotros que nosotros mismos, tienen razón. Tienen más y mejor memoria que nosotros. Podemos pensar que esto es cosa de los otros. Pero por todas partes, incluida España, está saliendo los nombres de las muchas Cambridge Analytica repartidas por todo el mundo.



— Robert Van Gulik (2000): Tres cuentos chinos. Los primeros casos del juez Di (1957). Trad. David León.
  Honoré de Balzac (2011). El pobre Goriot (1835). Trad de Mª Teresa Gallego.
*  "La compañía que burló la intimidad de 50 millones de estadounidenses" El País 21/03/2018 https://elpais.com/internacional/2018/03/20/estados_unidos/1521574139_109464.html






sábado, 31 de marzo de 2018

La fea verdad


Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Un nuevo "escándalo" lleva a Facebook al punto de mira mediático. Entrecomillo "escándalo" porque no acabo de entender dónde se encuentra este, en qué ámbito se produce realmente. Entiendo perfectamente lo ocurrido con Cambridge Analytica y uso indebido de datos para usarlos en las campañas del Brexit y en las presidenciales norteamericanas. No entiendo, en cambio, la respuesta a lo ocurrido con la filtración del memorándum de Andrew Bosworth, fechado el 18 de junio de 2016.
La CNBC titula "Facebook exec in 2016 internal memo defends 'ugly' growth tactics, even if people use platform for evil" y describe así lo ocurrido:

Facebook executive Andrew "Boz" Bosworth defended the company's "questionable" growth tactics in a internal memo obtained by BuzzFeed that circulated among employees in 2016, writing that "all the work we do in growth is justified" in order to connect more people.
Called "The Ugly," the memo also stated that "anything that allows us to connect more people more often is de facto good," even if people use that platform for bad outcomes, like bullying or planning a terrorist attack.
Bosworth has since clarified that he didn't believe what he was writing at the time, suggesting that he was playing devil's advocate.*


¿Dónde está la sorpresa? ¿En qué los ejecutivos de Facebook conocían el peligro del agrupamiento a cualquier precio como fuente de su negocio? El negocio de cualquier red social es favorecer (hasta forzar) el mayor número de relaciones posibles entre sus usuarios. El negocio está en la interacción, en forzarla para descubrir el entramado hasta en sus más íntimos lazos. De la interacción surge la demanda y la demanda precisa es la ambición del vendedor. La red en sí es un gigantesco test social que busca penetrar en nosotros por lo que hacemos o mostramos.
¿La "fea verdad" es que anteponía el beneficio propio al beneficio ajeno? No hemos caído en que nosotros somos las vacas productoras de datos. Lo que se haga después no es cosa suya.
BuzzFeed News señala:

On June 18, 2016, one of Facebook CEO Mark Zuckerberg’s most trusted lieutenants circulated an extraordinary memo weighing the costs of the company’s relentless quest for growth.
“We connect people. Period. That’s why all the work we do in growth is justified. All the questionable contact importing practices. All the subtle language that helps people stay searchable by friends. All of the work we do to bring more communication in. The work we will likely have to do in China some day. All of it,” VP Andrew “Boz” Bosworth wrote.
“So we connect more people,” he wrote in another section of the memo. “That can be bad if they make it negative. Maybe it costs someone a life by exposing someone to bullies.
“Maybe someone dies in a terrorist attack coordinated on our tools.”
The explosive internal memo is titled “The Ugly,” and has not been previously circulated outside the Silicon Valley social media giant.
The Bosworth memo reveals the extent to which Facebook’s leadership understood the physical and social risks the platform’s products carried — even as the company downplayed those risks in public. It suggests that senior executives had deep qualms about conduct that they are now seeking to defend. And as the company reels amid a scandal over improper outside data collection on its users, the memo shows that one senior executive — one of Zuckerberg’s longest-serving deputies — prioritized all-encompassing growth over all else, a view that has led to questionable data collection and manipulative treatment of its users. You can read the full post below. Facebook was unable to provide comment at the time of publication.**


Lo que Bosworth expone no es más que el coste moral del beneficio real. Saben que están vendiendo su alma, pero no les importa. Se limita a decir en voz alta lo que todos saben que puede ocurrir. Es cuestión de la vida misma que la gente al relacionarse produzca efectos negativos en la propia vida de las personas. Love hurts.
El problema se plantea en forma paralela a la cuestión de los datos. Hay que hacer que se relacionen más intensamente para tener más datos, lo que implica un conocimiento más preciso y profundo, es decir, datos más valiosos.
La teoría social de las máscaras debe ser desmontada en beneficio de hacer manifiesto lo sumergido. Es un conductismo profundo: se accede al interior a través de lo exterior. El gran valor de los datos es precisamente que revelan lo que hay detrás de la acción. Hay un ego que actúa, visible, dinámico, y una forma difusa interior que se revela a través de los datos que recogen esas acciones. Es mejor que cualquier cuestionario pues no es filtrado por la consciencia. Hace tiempo que se escucha que Facebook nos conoce mejor que nosotros mismos.
Todo esto tiene un fin: el beneficio económico. La lógica del beneficio considera, por ello, que todo lo que favorezca las interacciones, las conexiones de la gente, es positivo para la empresa pues producirá más datos, más precisos y mejor vendibles. Cuantos más datos, mejores patrones colectivos y perfiles individuales.
Dejó escrito Bosworth en su memorándum:

“The ugly truth is that we believe in connecting people so deeply that anything that allows us to connect more people more often is *de facto* good. It is perhaps the only area where the metrics do tell the true story as far as we are concerned,” he wrote. “That isn’t something we are doing for ourselves. Or for our stock price (ha!). It is literally just what we do. We connect people. Period.”**

Es la misma lógica con la que el fabricante de armas define la eficacia de su producto. No se puede acusar a Bosworth de otra cosa que decir la "fea verdad". Ese es su negocio realmente. Actuar, como dijo hacer, de abogado del diablo no es excusa porque, muy en su papel, lo que se esperaba de él es que dijera lo que otros no querían decir, que no era otra cosa que la esencia de su negocio: crear relaciones sociales y recoger las huellas digitales en forma de datos.


¿Cuántas veces le han ofrecido desde Facebook posibles amistades, "personas que quizás conozcas"? El ofrecimiento es el esfuerzo en 1) comparar dos perfiles a través de los datos recogidos de ambos y 2) ponerles contacto aumentando el número de posibles relaciones.
Poner personas en contacto, forzar lo que es cuestión de ellas, tiene evidentemente sus riesgos personales. La tesis de Bosworth es que eso no es cuestión suya, sino de la naturaleza humana. Ellos emparejan, lo que ocurra después...
Lo irritante de todo esto, usando el mismo razonamiento, es que era cuestión de tiempo que la "sociabilidad" de las empresas acabara produciendo problemas entre ellas. Eso es lo que ha ocurrido con el pseudo académico, medio ruso, de Cambridge, puente entre los datos obtenidos de Facebook y los filtrados a Cambridge Analytica para usarlos para manipular a los votantes británicos en el Brexit y a los norteamericanos en sus presidenciales. Los datos son los vínculos; unos los producen (desde los usuarios de sus redes) y otros los compran para conocerlos, estudiarlos e influir sobre ellos.
Las empresas han descubiertos que además de producir sus propios productos y servicios, generan una considerable cantidad de datos que tienen un buen precio en el mercado. Eso abre un espacio de interacción con las empresas que compran esos datos y los procesan o los revenden posteriormente como si fuera un bien más.


Al empujarnos las empresas, instituciones y la administración misma hacia el ciberespacio nos hacen producir datos que son susceptibles de ser vendidos a terceros. En muchos casos no podemos acceder a nuestras cuentas si desactivamos, por ejemplo, las cookies y no podemos abrir esas cuentas si no aceptamos que nuestras datos sean usadas para "darnos un mejor servicio" y aceptamos que puedan ser "compartidas" o vendidas a terceros.
Tenía que ser por el aspecto político por donde estallara lo que es más que sabido. Hasta ahora hemos creído (inducidos a ello) que realmente existía esa voluntad de "mejorar el servicio que se nos daba. Es una forma como otra cualquiera de autoengaño. Lo que no se podía sospechar por parte del gran público es que se llegara a tales cotas de irresponsabilidad por las grandes empresas. Lo que ha destapado Bosworth con el cinismo de su memorándum es que sí son perfectamente conscientes y que la irresponsabilidad no es más que otra forma de llamar a la codicia.
En un planeta en el que se van agotando los recursos se ha encontrado el gran filón: los datos. Esto ha permitido la creación de un sector empresarial cuyo objetivo es recolectar los datos que producimos de forma continua en un universo digital que nos obliga a movernos por él o que nos ofrece las ventajas de una socialización. Lo que antes eran residuos que las máquinas producían al recoger nuestras actividades en internet es ahora un filón que hace que las empresas los vendan sin preocuparse más del uso al que se destinarán finalmente. Los datos no se gastan y pueden ser vendidos y revendidos una vez extraída la información deseada. Se pueden copiar una y otra vez sin que pierdan valor en el mercado.


Las empresas e instituciones que se dedican a ello usan siempre los ejemplos positivos (cómo los datos médicos pueden ayudar a combatir enfermedades, por ejemplo) pero se callan los múltiples usos y ventajas que puede tener el conocernos más a fondo.
La cuestión se plantea una vez más en el uso político. Este puede ser electoral en una democracia, pero también de vigilancia en una dictadura. La insistencia de algunos gobiernos (Turquía, Egipto...) en crear sus propias redes sociales (Facebook) y en prohibir las ajenas o bloquearlas se debe principalmente al deseo de controlar las comunicaciones (nivel superficial de observación) y de hacerse con los datos que producen (nivel profundo). Las compañías extranjeras no tendrán acceso al control y vigilancia de sus poblaciones. El estado se reserva el derecho de vigilar a sus ciudadanos.
Hoy se dan cursos y másteres, públicos y privados, sobre el tratamiento de datos, el Big Data.  No se cuestiona la moralidad de la recogida de datos; se da como un hecho. Es un negocio inmenso en su crecimiento y peligroso en sus aplicaciones. La hipocresía de la mejora del servicio queda para la Relaciones Públicas de las empresas. Finalmente ha llegado al punto más oscuro: la manipulación política. Son muchos los países incluidos en la lista de Cambridge Analítica. Ahora sabemos también que en la creación de esa empresa ha estado involucrado Steve Bannon, de la ultraderecha norteamericana, asesor de Donald Trump.
La importancia de este hecho es grande. Todo acaba estando relacionado directa o indirectamente. Tiene su lógica que las llamadas redes sociales sean las que más interacciones recojan pues allí hacia donde se desvía la vida. Eso lo sabían en Facebook hace mucho y es el objetivo, digitalizar la vida. Las compras de otras empresas no tiene por finalidad más que juntar datos. Al final van al mismo sitio, con lo que aumenta el valor de lo que puede ser conocido.
Han llamado "tácticas cuestionables de crecimiento" a lo que se refleja en el memorándum de Bosworth. En realidad nadie las ha cuestionado porque son la esencia de su negocio.
La caída en bolsa de Facebook no es por cuestiones morales sino porque se temen una restricción del uso de datos tras lo conocido hasta el momento. Simplemente por eso el valor de Facebook baja. El negocio de la sociabilidad no es la sociabilidad; esta es solo el camino. Se trata del conocimiento, un conocimiento que va de lo personal a los patrones comunes, según el grado de resolución necesario para los propios fines.


Hasta el momento, la excusa era el robo de datos, la falta de moral de los otros. Todo se resolvía con promesas de más seguridad. Ahora ya no se trata de eso, sino del propio negocio y su dudosa moralidad. Es eso lo que ha quedado al descubierto.
No es una cuestión de "intimidad"; eso es solo una parte de nosotros mismos. Interesan todas las dimensiones, pues todas son susceptibles, como el cerdo, de aprovechamiento. Todas pueden tener interés en función de cómo quieren vernos: como compradores, como votantes, etc. Todo eso se traducirá después, en función de esos objetivos, a las estrategias empresariales, políticas, etc. de los que quieren actuar sobre nosotros.
Difícilmente se va a renunciar a esto. Los partidos, grupos políticos y empresariales quieren saber cómo conseguir sus objetivos con más eficacia y al menor costo. Y estos pasa por nosotros, por conocer nuestras reacciones. Eso hace que haya menos resistencias y que se acepten con más facilidad las propuestas. Se trata de detectar las dudas y los temores. Conociendo estos últimos, es más fácil manipular a los dudosos. Es en las elecciones con gran número de indecisos donde se saca mayor provecho. Y así ha ocurrido. El Brexit fue muy ajustado y en la elecciones norteamericanas, Clinton sacó más votos que Trump, pero los sacó en el sitio adecuado, lo justo para hacerse con el colegio electoral pese a perder el voto popular.
Sí, la verdad es fea, Sobre todo descarnada. Advierte de los peores males: que todo esto se considera como una forma de normalidad, como algo "feo", pero eficaz. Todos esperan que escampe para seguir haciendo lo mismo.


* "Facebook exec in 2016 internal memo defends 'ugly' growth tactics, even if people use platform for evil" CNBC 29/03/2018 https://www.cnbc.com/2018/03/29/facebook-exec-andrew-bosworth-2016-ugly-memo-growth-at-all-costs.html
** "Growth At Any Cost: Top Facebook Executive Defended Data Collection In 2016 Memo — And Warned That Facebook Could Get People Killed" BuzzFeed News 29/03/2018 https://www.buzzfeed.com/ryanmac/growth-at-any-cost-top-facebook-executive-defended-data?utm_term=.tpo9Y8wW#.tuwe8DQd

domingo, 25 de marzo de 2018

Ser o no ser de los datos


Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Prácticamente no hay diario que no traiga en estos días algún tipo de reflexión o comentario, entrevista o columna, que no trate de datos, redes, inteligencia artificial, etc. Muchas de las cosas que se dicen no son nuevas, pero sí se escuchan con otra atención respecto a los últimos años.
Es, sin duda, la revelación —muchas veces mal explicada— de lo ocurrido con los datos sacados de Facebook lo que ha disparado la sensibilidad hacia diferentes objetivos en lo que podemos llamar la vida digital. Ha llovido mucho desde que el pequeño mucho digital de los ochenta, convertido en refugio de los que abominaban del sistema en la vida real, consideraban la publicidad como una blasfemia intolerable. Pero a mediados de los noventa la invasión era imparable y el pistoletazo de salida se dio cuando las entidades de crédito decidieron asumir el riesgo del pago y con ello crear un cibermercado.
El bello "Manifiesto por la independencia del Ciberespacio", firmado por el recientemente fallecido John Parry Barlow (ciberactivista y letrista del grupo norteamericano de rock Greateful Dead) el 8 de febrero de 1996, en Davos, cuyos párrafos finales anticipan los valores del futuro:

Vuestras cada vez más obsoletas industrias de la información se perpetuarían a sí mismas proponiendo leyes, en América y en cualquier parte, que reclamen su posesión de la palabra por todo el mundo. Estas leyes declararían que las ideas son otro producto industrial, menos noble que el hierro oxidado. En nuestro mundo, sea lo que sea lo que la mente humana pueda crear puede ser reproducido y distribuido infinitamente sin ningún coste. El trasvase global de pensamiento ya no necesita ser realizado por vuestras fábricas. Estas medidas cada vez más hostiles y colonialistas nos colocan en la misma situación en la que estuvieron aquellos amantes de la libertad y la autodeterminación que tuvieron que luchar contra la autoridad de un poder lejano e ignorante. Debemos declarar nuestros "yo" virtuales inmunes a vuestra soberanía, aunque continuemos consintiendo vuestro poder sobre nuestros cuerpos. Nos extenderemos a través del planeta para que nadie pueda encarcelar nuestros pensamientos.
Crearemos una civilización de la Mente en el Ciberespacio. Que sea más humana y hermosa que el mundo que vuestros gobiernos han creado antes.


Lo que no podía suponer John Parry Barlow es que los hijos digitales copiarían las prácticas de sus padres materiales y hasta crearían monedas virtuales, como el bitcoin. La guerra entre el mundo material y el idílico del ciberespacio la perdió el mundo digital cuando fue absorbido por la codicia, cuando millones de personas se preguntaban una a otras por todo el mundo: ¿cómo se le puede sacar dinero a esto?
"Esto" eran, por supuesto, las amplias estepas digitales que se abrían ante ellos. Y necesitaban las promesas del oro para avanzar. Los profetas del ciberespacio se transformaron pronto en los gurús del cibernegocio. Miles de empresarios se reunían en todas las partes del mundo para escucharles explicar las riquezas que les esperaban al otro lado de la pantalla de sus ordenadores.
Pronto se dieron cuenta que el dinero estaba en el comercio electrónico, que permitía ampliar el mercado a todo el mundo, en la desmaterialización de objetos (los medios digitales, por ejemplo, abandonando el papel) y en reunir usuarios alrededor de algún tipo de espacio virtual (las redes sociales). Hay otras fórmulas, pero estas fueron las principales.
Los espacios sociales han ido transformándose por la deriva masiva hacia la vida social digital. Al igual que muchas cosas que antes se hacían físicamente y ahora se hacen digitalmente (las propias administraciones nos obligan a ello), la vida social se ha transformado por la presencia de los distintos tipos de redes sociales, que han  buscado acercarse a nuestra necesidades e incluso crearlas.


Vivimos en ellas. Pero tienen como contrapartida la pérdida de la intimidad en dos sentidos, uno horizontal (estamos expuestos a los ojos de los demás), que da lugar a fenómenos negativos, como el acoso o la falsificación de identidades; el otro es vertical: somos observados, estudiados por aquellos que nos crean la pecera en la que vivimos.
En realidad les importa muy poco nuestra vida, pero sí nuestros hábitos y costumbres, nuestros gustos y aficiones, nuestra forma de relacionarnos, etc. Somos un campo de observación al servicio de intereses comerciales (vendernos algo) y políticos (manipularnos políticamente).
Los avances tecnológicos y las mejoras en la computación permiten extraer informaciones valiosas de nuestros "datos", es decir, todas las huellas que producimos con nuestras acciones. Ha sido un giro estratégico. Los datos han pasado de ser un problema a ser una importante materia de investigación. El giro, como muchas otras grandes ideas, es sencillo, una epifanía luminosa en la que se comprende el sentido de lo que se tiene delante.
 El diario ABC entrevista a Byung Chul-Han y titula «Estamos inmersos en una masa de datos que nos controla totalmente»:

Antes de que Facebook se convirtiese en el centro de todas las miradas y de que algunos usuarios empezasen a plantearse seriamente la conveniencia de eliminar sus cuentas, el pensador surcoreano Byung Chul-Han (Seúl, 1959), gurú del pensamiento contemporáneo y azote del llamado capitalismo digital, ya había advertido de que, en realidad, somos poco más que un puñado de datos fluyendo sin control por el ciberespacio. Somos, asegura, el producto final que se trocea, se comparte y, finalmente, se vende al mejor postor. «Se supone que un e-book, por ejemplo, está para que yo lo lea, pero luego resulta que el e-book me lee a mí e interpreta mis hábitos a través de algoritmos», señala el filósofo para sintetizar lo que él mismo denonima «dataísmo». O, dicho de otro modo, la sumisión del «sujeto soberano» a la avalancha de macrodatos que nos envuelve.*


El ejemplo del ebook es muy claro. El dispositivo de lectura está construido con una capacidad de conectarse a la red. Cuando nosotros descargamos libros para el e-book eso queda registrado, convirtiéndose en un indicador de nuestros gustos. Permitirá que nos ofrezcan pronto otras lecturas acordes con nuestros gustos. Pueden usar una estrategia de sugerencia diciéndome que otras personas que han leído lo mismo que yo se han decantado posteriormente por los que me ofrecen. Hasta aquí, la cuestión queda en los libros.
Pero las lecturas son una forma más profunda de conocimiento de las personas, ya que revelan muchos de sus aspectos, como los son muchos de nuestros gusto. La empresa que dispone de nuestros gustos lectores decide rentabilizar esos datos y —¿por qué no?— los vende a terceros. Esa nueva empresa se dedica a comprar los datos de otros campos también interesantes para describir nuestros hábitos, costumbres, gustos, preferencias... De todo ello, tras el tratamiento de los datos, van surgiendo perfiles, patrones de comportamiento que conectan unas cosas con otras y permiten dos cosas: que nos conozcan mejor (el conocimiento es poder) y poder manipularnos (el poder es poder).
Los datos se pueden seguir vendiendo pues no se agotan. Puede haber un momento en que haya un cambio social y haya que renovarlos, pero son eficaces para muchas cosas. Y sobre todo: son muy rentables para quienes no tienen límites en su uso.

Ahora se recuerda la intervención del despedido CEO de Cambridge Analytica, Alexander Nix, en la Web Summit de Lisboa en noviembre pasado. Sus palabras son analizadas con lupa:

¿Dijo la verdad cuando se dirigió a los cientos de asistentes que llenaban el patio de butacas? ¿O eran medias verdades? ¿Qué ocultaba bajo sus gafas? ¿Era consciente de que sus maniobras podían provocar un terremoto en el sector?
«La ciencia de los datos no es la panacea. Es imposible convertir a un mal candidato en un gran candidato de la noche a la mañana», señaló en una conversación con Matthew Freud, responsable de la influyente agencia de relaciones públicas Freud Communications y descendiente directo del mismísimo padre del psicoanálisis, Sigmund Freud.
El prestigioso diario digital portugués ‘Observador’ ha puesto el dedo en la llaga rememorando de forma exhaustiva su intervención en la capital del país vecino. Por ejemplo, ni se inmutó al ser cuestionado: ¿Traspasó usted alguna línea durante su trabajo para la campaña de Trump?
Su respuesta: «Creo que estas elecciones van a ser recordadas por muchas razones, algunas más controvertidas que otras. Prefiero pensar que la gente se va a acordar de ellas porque fueron las primeras verdaderamente orientadas por los datos. Fueron las primeras elecciones en las que el poder del análisis y de la previsión del ‘big data’ se usó para tomar decisiones como nunca antes había sucedido».**


En eso sí acertó plenamente: las elecciones van a ser recordadas. Él, la primera víctima, será quien mejor las recuerde. Pero no ha sido castigado por lo que ha hecho, sino por bocazas, por incontinencia verbal y presumir demasiado de lo que podía hacer.
De no ser por la importancia de su uso en el campo electoral norteamericano y la posibilidad de deslegitimar a Donald Trump por sus sucios trucos y connivencias, no estaríamos discutiendo esto. Por el contrario, se estarían cantando como cada día las excelencias del Big Data como motor de la economía.
La cuestión es compleja. Lo es porque las redes producen de forma natural los datos en cada etapa de cualquier proceso. La mayoría de esos datos eran obviados. Hoy han surgido empresas que, como Cambridge Analytica, se especializan en el tratamiento de los datos y en la extracción de información que sirve posteriormente para tomar decisiones y en la reducción de riesgos e incertidumbres.
El problema es que nuestra vida se ha digitalizado rápidamente y probablemente en exceso, aunque esto es una valoración. No hay duda de que hay grandes aspectos positivos, pero nos hemos convertido en más vulnerables precisamente porque no somos conscientes, por los automatismos desarrollados, de sus efectos.
Hasta hace unos días lo que se criticaba de las redes era el exceso de atención que recababan de nosotros, especialmente de los más jóvenes, que crecen inmersos en un mundo desconectado de otras realidades formativas. O nos preocupaba el almacenamiento de nuestros datos personales o el etiquetado de nuestras caras. Son aspectos muy evidentes para los que se desarrollan mecanismos legales. Pero cuando se incumplen las leyes o se violan los acuerdos comerciales, nos damos cuenta de lo expuestos que estamos y de los riesgos de la vida digital.


Lo cotidiano de nuestra vida digital tiene el agravante de la "normalidad", especialmente en aquellos que han nacido en estas formas de espacio social. Byung Chul-Han hablaba de que yo leo el libro, pero es el libro el que está sacando información de mí. Lo mismo ocurre cuando navego, exploro un periódico, hago compras online (o pago con mi tarjeta en la tienda), cuando juegas con tus amigos una partida,  buscas en Google, etc. De todo queda huella. Las mejoras en el almacenamiento y en el procesamiento, con unas velocidades mayores y unos algoritmos más precisos hacen que sea rentable para las empresas. Los datos se envían a las empresas dedicadas a este negocio y se dan los resultados para elegir las estrategias más eficaces en función del tipo de negocio. Y así acaban en la política.
Lo escandaloso del asunto es que es la política. Cambridge Analytica accedió de forma fraudulenta, gracias a la laxitud de los controles de Facebook (que sacó su parte), a información que daba información en el nivel macro (tendencias) y en el micro (personas), creando líneas de campaña y haciendo llegar a las personas contenidos que modificaran sus opiniones al encontrarlos predispuestos o dubitativos. Los indecisos son el blanco que puede padecer la presión mayor en cada elección, personas que reciben aquello que les hará inclinarse hacia un lado y otro.
Parte del problema es que nuestros perfiles se pueden reconstruir desde muy diferentes tipos de datos. Facebook es muy cómodo porque ofrece datos muy variados, pero podrían extraerse de otras fuentes o combinar varias.
Lo cotidiano se vuelve transparente. Muchos de los periódicos que se quejan de lo ocurrido con Facebook hacen lo mismo usando la información de nuestros accesos, que usan para la publicidad (o cualquier otra cosa). Sus departamentos comerciales pueden usarlos o, por qué no, venderlos a terceros. Leer un periódico deja huellas y son aprovechables.


El problema de las elecciones norteamericanas es solo uno. Otros son más peligrosos, como los países que están desarrollando sus propias plataformas digitales vendiendo que así no tendrán los occidentales sus datos. Es una maniobra de aislamiento y de control gubernamental que nos acerca a un totalitarismo digital de corte orwelliano.
Los etiquetados dan información de millones y millones de personas: dónde estás, a quiénes conoces, con quién te relacionas... Los sistemas de reconocimiento facial al final de los millones de cámaras instaladas en las calles nos identifican con solo caminar por las calles, ya no hace falta actividad digital; es el mundo el que está digitalizado. Todos nos obligan a descargarnos aplicaciones en los teléfonos para facilitarles la tarea, de tu banco a tu cine del barrio. Quieren saber cómo somos, dónde estamos, que hacemos... quiénes somos.
Al filósofo surcoreano le preocupa que seamos un flujo de datos. Nos empujan a serlo. La ingenuidad romántica de John Parry Barlow en su Manifiesto fue enorme: "Debemos declarar nuestros "yo" virtuales inmunes a vuestra soberanía, aunque continuemos consintiendo vuestro poder sobre nuestros cuerpos", decía. Nuestro "yo" digital está hoy más vigilado que el corporal; tiene menos soberanía y sus derechos son difusos en un mundo global y retorcido. 


El ciberespacio se colonizó a mediados de los 90 y desde entonces todas las fuerzas han intentado meternos dentro. No es malo en sí, pero sí peligroso si se convierte en parte de un observador Gran Hermano estatal o comercial y no se toman medidas de control más serias y eficaces. Sería un error pensar que solo es cosa de Facebook. Todos recogen datos de nosotros y desde hace mucho. La cuestión es quiénes y que hacen con ellos.
Muchas veces nos cuentan que gracias a estos procedimientos se podrán curar enfermedades, mejorar muchas cosas, etc. Y es verdad, son fuente de investigaciones que pueden tener hermosos y útiles fines. Pero el problema no son ellos, sino los otros, aquellos que los piden para una cosa (como el psicólogo de Cambridge) y luego los usan para otra. O los que simplemente no sabemos que los tienen y los usan, venden y revenden sin escrúpulo alguno.
El mandato del escrito en el templo de Apolo en Delfos decía "¡Conócete a ti mismo!". Hoy, nos dicen, nadie nos conoce mejor que quienes acceden a nuestros datos, mejor que nosotros mismos. Y eso tampoco es bueno.


* Byung Chul-Han «Estamos inmersos en una masa de datos que nos controla totalmente» ABC 25/03/2018 http://www.abc.es/tecnologia/abci-estamos-inmersos-masa-datos-controla-totalmente-201803250339_noticia.html
** "Alexander Nix, CEO de Cambridge Analytica: «Los datos que poseemos son benignos»" ABC 22/03/2018 http://www.abc.es/tecnologia/redes/abci-alexander-cambridge-analytica-datos-poseemos-benignos-201803222235_noticia.html




domingo, 18 de marzo de 2018

El manipulador altruista


Joaquín Mª Aguirre (UCM)
La democracia ha dejado de ser algo sencillo para convertirse en algo sumamente problemático. Los presupuestos democráticos de la decisión libre se ven subvertidos por defectos que vienen de la información para tomarla (fake news, desinformación, manipulación...) y de la capacidad de análisis de datos, cuya función es determinar las estrategias para vencer la resistencia a las tesis propias o la destrucción de las del adversario.
Son dos momentos teóricos distintos que en la práctica se fusionan, ya que la información obtenida en el segundo campo permite la construcción de la manipulación posterior que haga que se cumplan los objetivos.
Ambos fenómenos los estamos viendo en cuestionamientos cada vez más intensos por medio de tres factores de división: el populismo, el nacionalismo y la religión radicalizada. En ocasiones, los tres elementos se conjuntan en una misma unidad antidemocrática. Los tres aspectos tienen como punto de partida la negación del diálogo basándose en principios indiscutibles, de carácter dogmático que convierten en excluyentes las situaciones.
En estos días vuelve a reaparecer en la prensa mundial el papel de la empresa Cambridge Analytica en la campaña que ha llevado a Donald Trump a la presidencia de los Estados Unidos. The New York Times titula "How Trump Consultants Exploited the Facebook Data of Millions" y escribe:

LONDON — As the upstart voter-profiling company Cambridge Analytica prepared to wade into the 2014 American midterm elections, it had a problem.
The firm had secured a $15 million investment from Robert Mercer, the wealthy Republican donor, and wooed his political adviser, Stephen K. Bannon, with the promise of tools that could identify the personalities of American voters and influence their behavior. But it did not have the data to make its new products work.
So the firm harvested private information from the Facebook profiles of more than 50 million users without their permission, according to former Cambridge employees, associates and documents, making it one of the largest data leaks in the social network’s history. The breach allowed the company to exploit the private social media activity of a huge swath of the American electorate, developing techniques that underpinned its work on President Trump’s campaign in 2016.
An examination by The New York Times and The Observer of London reveals how Cambridge Analytica’s drive to bring to market a potentially powerful new weapon put the firm — and wealthy conservative investors seeking to reshape politics — under scrutiny from investigators and lawmakers on both sides of the Atlantic.*


La cuestión, desde luego, no es nueva y el nombre de Cambridge Analytica ha estado sobre la mesa desde hace mucho tiempo, si bien sin comprender demasiado su papel en las elecciones. No es algo que se pueda entender demasiado fácilmente si no se comprende el funcionamiento del Big Data y la construcción de los perfiles mediante información de los hábitos. Las técnicas del Big Data chocan con el principio básico de la investigación mediante variables discriminadoras. El nuevo concepto teórico y la nueva técnica no se deja abrumar por la gran cantidad de datos, como ocurría, ni trata de reducirlos. En la cantidad está la fuerza. Y son datos y más datos los que producimos cada día sin ser conscientes de que dejamos huellas en cada movimiento.
El mundo digital es un gigantesco observatorio en el que somos las hormigas que se mueven sin ser conscientes de que el gran negocio futuro (ya presente) es extraer patrones de esos datos despreciados hasta el momento. Hace tiempo que esto cambió. La teoría estaba ahí, pero se necesitan los datos y el algoritmo capaz de extraer lo que necesitamos.
En la obra de Viktor Mayer-Schönberger y Kenneth Cukier, Big Data. La revolución de los datos masivos (2013) nos explican:

...los big data, los datos masivos, se refieren a cosas que se pueden hacer a gran escala, pero no a una escala inferior, para extraer nuevas percepciones o crear nueva formas de valor, de tal forma que transforman los mercados, las organizaciones, las relaciones entre los ciudadanos y los gobiernos, etc.   
Pero esto no es más que el principio. La era de los datos masivos pone en cuestión la forma en que vivimos e interactuamos con el mundo. Y aún más, la sociedad tendrá que desprenderse de parte de su obsesión por la causalidad a cambio de meras correlaciones: ya no sabremos por qué, sino sólo qué.
Esto da al traste con las prácticas establecidas durante siglos y choca con nuestra comprensión más elemental acerca de cómo tomar decisiones y aprehender la realidad.   
Los datos masivos señalan el principio de una transformación considerable. Como tantas otras tecnologías nuevas, la de los datos masivos seguramente acabará siendo víctima del conocido hype cycle [ciclo de popularidad] de Silicon Valley: después de ser festejada en las portadas de las revistas y en las conferencias del sector, la tendencia se verá arrinconada y muchas de las start ups nacidas al socaire del entusiasmo por los datos se vendrán abajo. Pero tanto el encaprichamiento como la condena suponen malinterpretar profundamente la importancia de lo que está ocurriendo. De la misma forma que el telescopio nos permitió vislumbrar el universo y el microscopio nos permitió comprender los gérmenes, las nuevas técnicas de recopilación y análisis de enormes volúmenes de datos nos ayudarán a ver el sentido de nuestro mundo de una forma que apenas intuimos. En este libro no somos tanto los evangelistas de los datos masivos cuanto sus simples mensajeros. Y, una vez más, la verdadera revolución no se cifra en las máquinas que calculan los datos, sino en los datos mismos y en cómo los usamos.**


Publicado en 2013, la obra explica el fenómeno pero es el éxito de sus aplicación lo que nos hace dudar de la moda pasajera y pensar más bien que su interés principal (al menos el de algunos estados y empresas) es utilizarlos para la manipulación en diversos campos, el más evidente —no el único— el de la política.
La gran cantidad de datos que producimos al desviar una parte cada vez más importante de nuestra vida hacia las redes sociales hace que sea una inversión rentable el tratar de conocernos y llegar hasta nosotros con mayor eficacia para cumplir los propósitos fijados, electorales en este caso.
En muchas ocasiones hemos señalado aquí que las universidades y centros de investigación están invirtiendo mucho en desarrollar mecanismos de comprensión y manipulación. No es un secreto y se presenta como uno de los grandes campos de trabajo para el futuro. A nadie se le oculta que, ya sea por la vía del consumo o por la de la política, este conocimiento generado tiene una salida: la manipulación.


Las estrategias para parecer honorables siempre incluyen sectores en los que este tipo de análisis puede producir grandes beneficios, como la seguridad o la sanidad. Pero todo el mundo entiende que la verdadera finalidad es la manipulación en economía y política. No es necesario recurrir a extrañas teorías conspiratorias. Las compañías están ahí y lo escandaloso son sus conexiones o propietarios.
El diario El País recoge la información de The New York Times:

Facebook ha suspendido la cuenta de una consultora electoral que trabajó para la campaña presidencial de Donald Trump en 2016. La decisión de la red social se debe a que la firma, Cambridge Analytica, fundada en Estados Unidos y con una empresa matriz británica, obtuvo y manipuló de forma irregular información de 50 millones de usuarios de Facebook en Estados Unidos.
Una investigación conjunta de The New York Times y The Observer revela que en 2014 la compañía se hizo con una base de datos de pretendido uso académico y la explotó sin permiso para elaborar estrategias electorales durante las elecciones intermedias de Estados Unidos. Se trata de uno de los mayores hurtos de información de la historia de Facebook. Dos años después, Cambridge Analytica, que todavía estaba en posesión de ese ingente material, dio servicio a la candidatura presidencial del republicano Trump, que ganó las elecciones de noviembre de 2016.
Cambridge Analytica consiguió los datos a través de un psicólogo de la Universidad de Cambridge –con la que la firma, del mismo nombre, no tiene relación–. El psicólogo, el rusoamericano Aleksandr Kogan, logró tener permiso de Facebook para pedir datos a sus usuarios con una aplicación pensada para estudios de su disciplina. Kogan, financiado con 800.000 dólares por Cambridge Analytica, consiguió que participasen unas 270.000 personas con perfiles en esta red social y recabó datos como identidades, localizaciones y gustos. A su vez, la aplicación le permitió, de manera derivada, llegar a la información de los amigos de aquellos, multiplicando hasta 50 millones de usuarios el alcance de su acopio.***


Si vamos a la página del joven doctor en Neurociencias, Aleksandr Kogan, nos encontramos con un bonito ejemplo de autodefinición para eliminar suspicacias sobre su trabajo. Esta es la descripción que da de sus ocupaciones: «My lab investigates the prosociality and well-being from biological, psychological, and cross-cultural perspectives. In particular, we are highly interested in cooperation, trust, altruism, positive emotions, close relationships, happiness, physical and mental health, and cross-cultural differences. We employ methodology combining genetics, physiology, pharmacology, surveys, event-sampling, and large scale datasets.»**** ¡Se pueden derramar algunas lágrimas de gratitud por tanto empeño en favorecer a la humanidad en su camino hacia la felicidad! Sus palabras clave son "prosociality - wellbeing - altruism - emotions - happiness".


Quienes le permitieron entrar en sus vidas sociales digitales fueron 270.000 usuarios de Facebook que confiaron primero en la red social y luego en el psicólogo de Cambridge, descargando una aplicación que este usaría para recabar información.  
En Fayer Wayer informan de la nota emitida por Facebook:

El viernes 16, Paul Grewal comunicó lo siguiente a través de un comunicado oficial de Facebook. Acá extractos del comunicado que pueden encontrar íntegro acá.
"Kogan solicitó y obtuvo acceso a la información de las personas después de que eligieron descargar su aplicación. Su aplicación, "thisisyourdigitallife", ofrecía una predicción de la personalidad y se anunciaba en Facebook como "una aplicación de investigación utilizada por psicólogos". Aproximadamente 270,000 personas descargaron la aplicación. Al hacerlo, dieron su consentimiento para que Kogan accediera a información como la ciudad que establecieron en su perfil, o el contenido que les había gustado, así como también información más limitada sobre amigos que tenían su configuración de privacidad configurada para permitirlo.
Aunque Kogan obtuvo acceso a esta información de manera legítima y a través de los canales adecuados que gobernaban a todos los desarrolladores en Facebook en ese momento, no acató nuestras reglas. Al pasar información a un tercero, incluidos SCL / Cambridge Analytica y Christopher Wylie de Eunoia Technologies, violó nuestras políticas de plataforma. Cuando nos enteramos de esta violación en 2015, retiramos su aplicación de Facebook y exigimos certificaciones de Kogan y todas las partes a las que le había dado datos de que la información había sido destruida. Cambridge Analytica, Kogan y Wylie nos certificaron que destruyeron los datos."****


La defensa de Facebook es que no se han violado sus normas de protección de datos y que fueron los cándidos usuarios los que dieron su consentimiento para descargar el programa que recolectaría los datos personales ampliándolos a sus relaciones con sus amistades, lo que daría esos 50 millones de datos de usuarios. Con sancionar a la empresa, como hizo, le parece suficiente. Una vez autorizada la aplicación, lo demás es riesgo del usuario, quien debe velar por sus datos. Pero igual que el "lector" de la Universidad de Cambridge pudo engañar a Facebook, dando los datos a terceros, los usuarios pueden ser engañados también al confiar en que la herramienta que Facebook ha aceptado es de fiar. Que cada uno saque sus consecuencias.
La redes son el campo de batalla y los datos las herramientas para ganar la guerra. El negocio es precisamente vender información. Cuanto más útil se demuestra, tanto más valioso se venderá. No debemos olvidar que los datos no se agotan. El compromiso de no venderlos a terceros debe ser observado porque si no se los venderán uno a otros hasta que su antigüedad pueda hacerlos menos precisos.
Señala la información de The New York Times sobre la empresa Cambridge Analytica:

Christopher Wylie, who helped found Cambridge and worked there until late 2014, said of its leaders: “Rules don’t matter for them. For them, this is a war, and it’s all fair.”
“They want to fight a culture war in America,” he added. “Cambridge Analytica was supposed to be the arsenal of weapons to fight that culture war.”
Details of Cambridge’s acquisition and use of Facebook data have surfaced in several accounts since the business began working on the 2016 campaign, setting off a furious debate about the merits of the firm’s so-called psychographic modeling techniques.
But the full scale of the data leak involving Americans has not been previously disclosed — and Facebook, until now, has not acknowledged it. Interviews with a half-dozen former employees and contractors, and a review of the firm’s emails and documents, have revealed that Cambridge not only relied on the private Facebook data but still possesses most or all of the trove.
Cambridge paid to acquire the personal information through an outside researcher who, Facebook says, claimed to be collecting it for academic purposes.*

La descripción del antiguo empleado del espíritu e intención que guía a sus antiguos jefes no puede ser más clara. Una "guerra cultural" quizá se queda corta en sus efectos por degradar la palabra "cultura".
Los Estados Unidos necesitan aclarar sus elecciones.  No se trata de que el mandato de Donald Trump esté siendo traumático por el hecho de que una persona así haya alcanzado la presidencia, sino también necesita saber el cómo. La información que se va acumulando es cada vez más clara respecto al papel que Trump juega en todo esto. Alentar al peor candidato y llevarlo hasta la presidencia es una forma de minar la confianza en Estados Unidos dentro y fuera.
Trump ha dividido al país y al mundo, que se enfrenta a situaciones que no se veían desde hace décadas. Trump ha revuelto (más) Oriente Medio, ha llevado al extremo situaciones como la de Corea del Norte, mantiene las espadas en alto con la cuestión del comercio internacional que se enfrenta a una guerra comercial, ha cerrado el país al sur y se ha empeñado en que aquellos a los que insulta y expulsa le paguen un muro, se ha distanciado del mundo al rechazar la idea de cambio climático, etc.
Ahora que ya se está hablando del 2020, con una candidatura republicana Trump-Pence repitiendo, habrá que preguntarse en qué estado estará el mundo en esos momentos y si podrá resistir una nueva oleada de desastres. Por lo pronto, Estados Unidos ha perdido su capacidad de liderazgo y gran parte de su influencia en muchos ámbitos ya que se ha convertido en un socio poco fiable para los aliados más próximos.
Tendremos que ser más conscientes de lo que hacemos con nuestros datos en el caso de que estén bajo nuestro control. Nos jugamos mucho. Si algún altruista investigador, medio ruso, le pide ayuda en el camino hacia la felicidad, piénselo antes. Un simple "lector" sirvió a Facebook para confiar en el investigador de una prestigiosa universidad. Pero hay otras cosas que interesan más a las universidades, como son todos estos campos en los que sus investigadores pueden ser contratados obteniendo buenos ingresos. Al final, ha sido la otra "cambridge", la Analytica, la que se ha llevado los datos al agua.
Trump obtuvo menos votos que Hillary Clinton, casi dos millones menos, pero los tuvo en los lugares adecuados. Un poco de información puede ayudar mucho.



* "How Trump Consultants Exploited the Facebook Data of Millions" The New York Times 17/03/2018 https://www.nytimes.com/2018/03/17/us/politics/cambridge-analytica-trump-campaign.html
** Viktor Mayer-Schönberger y Kenneth Cukier (2013). Big Data. La revolución de los datos masivos. Turner
*** "Una consultora que trabajó para Trump manipuló datos de 50 millones de usuarios de Facebook" El País 18/03/2018 https://elpais.com/internacional/2018/03/17/estados_unidos/1521308795_755101.html
***** http://www.neuroscience.cam.ac.uk/directory/profile.php?Ak823
***** "Facebook sobre Cambridge Analytica: "La violación de datos es falsa" Fayer Wayer 18/03/2018 https://www.fayerwayer.com/2018/03/facebook-cambridge-analytica-la-violacion-datos-falsa/