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domingo, 7 de septiembre de 2025

La bronca infinita

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

La pregunta es necesaria: ¿hay algo con la que no se líe en España? A las dos Españas de toda la vida se une una tercera, la que se aburre de tanta disputa, de este canal monotemático con el que nos inundan ojos, oídos y alma cada día, cada hora, cada minuto.

La discusión es el arte que se ha convertido en el centro de la acción política y, por ello, el que determina el "perfil político", donde se centran los "valores" que se exigen a los que se presentan ante micrófonos y cámaras.

Algunos políticos están empezando a distanciarse de esta esencialidad de la polémica y del insulto y esbozan el principio "no voy a entrar a discutir" o similares, ya sea porque han comprendido que el número de personas hartas crece cada día o sencillamente porque no es su forma de ser, algo raro estando en política.

Dice la filósofa Victoria Camps en el diario El País que “La libertad reducida a puro egoísmo no es libertad”, pues la política reducida a pura discusión tampoco lo es, solo es una forma fácil de llamar la atención.

La "atención" se ha convertido en la gran obsesión de los políticos, que se han dejado convencer por sus equipos de comunicación, una perversión como otra cualquiera. Desde hace tiempo, los estudiosos hablan de algo llamado "economía de la atención", es decir, de la necesidad de ser mirado frente a todos los estímulos que se disputan ese privilegio, una lucha feroz por conseguir retenernos. Nuestra atención es, pues, el objetivo. Para mantenerla son necesarios todo tipo de trucos, entre los que el más manido es la polémica, el insulto, la disputa, la pelea abierta. Se trata de generar un sonido bélico, para el que es necesario el "otro", el "enemigo", la "oposición", etc. frente a los que se mantiene un tono agresivo constante.

Los políticos, empeñados en ello, centran sus discursos en destripar a los otros, en atraernos mediante el apocalipsis constante del que nos advierten. Tiene que haber problemas para que ellos sean la solución. La cuestión se planeta entonces entre los problemas reales de la sociedad y estos otros, los políticos, que son muchas veces mera retórica, ya rutina.

Existen cada vez más problemas reales que quedan en la sombra o que, por el contrario, son reducidos a esa situación de enfrentamiento, incluidos en el programa de conflictos. Algo así está pasando con la Justicia, cuyos problemas reales —lentitud, insuficiencia de medios y de personal, burocracia, etc.— no aparecen en los programas y sí en cambio la cuestión de cómo afecta a los políticos, si asisten o no a un acto, etc.

Podría hablarse de muchos otros sectores que sufren el mismo proceso. Solo salen a la luz cuando se convierte en material de disputas para los grupos. El arte de la problematización política de las carencias pasa a ser esencial y, más si, como es el caso, afectan personalmente a algunos políticos. Su defensa es llevar a primer plano la polémica, crear una cortina de humo de sospechas, recelos e indirectas.

Hay en España cada día más problemas reales, problemas que afectan a los ciudadanos. Cuestiones como la inestabilidad laboral, la vivienda, la sanidad, etc. nos afectan a todos, pero quedan ocultos tras el ruido de los políticos para atraer la atención sobre ellos y sus intereses.

La dimensión mediática de la política moderna obliga a convertir todo en espectáculo, como ya advirtió Guy Debord en su obra clásica. En la primera observación de La sociedad del espectáculo ya se nos dice: "Toda la vida de las sociedades en las que dominan las condiciones modernas de producción se presenta como una inmensa acumulación de espectáculos. Todo lo que era vivido directamente se aparta en una representación."

La política es representación de un producto de esta sociedad en la que el espectáculo debe continuar, una sociedad dirigida a ser consumida a través de imágenes de todo tipo, de la prensa a las redes sociales pasando por la televisión, la radio o cualquier otro medio. Consumimos la "política" como lo hacemos con los anuncios, seriales, etc.

El género textual de la política, su programación, es el conflictivo, una especie de canal temático boxístico centrado en las peleas y discusiones que nos ofrecen. El ejemplo de la entrevista en RTVE del presidente del gobierno ha generado con una sola de sus frases, la referida a la Justicia, un río de contestaciones que mantienen el "espectáculo" vivo. De juristas a analistas del lenguaje corporal, pasando por políticos de todos los grupos se han visto en la necesidad de seguir la discusión propuesta.

Mientras tanto los problemas que nos afectan a todos diariamente quedan aparcados a la espera de ser incluidos en esta suerte de bronca infinita. No significa que se resuelvan, algo que entra en otra dimensión de la política. Simplemente que serán convertidos en material para mantener viva la hoguera de la discusión.

Seis minutos de broncas: el vídeo que resume el tenso clima político en España - La Vanguardia

¿Son conscientes los políticos de que esta forma de actuación produce una reacción negativa, que tiene un coste en rechazo de gente que dejará de votar o que optará por facciones radicales que se aprovechan de la falta de eficacia demostrada? ¿Son conscientes del desinterés que generan en una parte cada vez mayor de la población, especialmente entre los jóvenes que acaban radicalizados y por libre?

La política ya no atrae a los mejores de cada campo capaces de aplicarse en la solución de problemas comunes. La explosión de la corrupción y lo alto que llega nos avisa del tipo de atracción que genera, del tipo de gente que selecciona, de sus perfiles. 

Esto no es único de España, lo que no debe ser ni excusa ni consuelo. Tenemos lo que tenemos por muchos motivos, pero también tenemos la obligación y el derecho de reclamar otra forma de hacer política.

Si, como decía Victoria Camps, el egoísmo no es libertad, tampoco la bronca extrema es "democracia". Las sociedades verdaderamente modernas avanzan asentando libertades comunes, no negando a los demás. En este sentido, vivimos un retroceso que concibe la política como una lucha constante en donde nada está asentado, una forma de polarización creciente mediante la cual los políticos pretenden asegurarse ese público para su espectáculo.

martes, 10 de junio de 2025

Las guerras de Trump

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

La gravedad de lo que está ocurriendo en Los Ángeles no se le escapa a nadie y llega a sacar a la luz palabras y hechos no vistos anteriormente, como la petición de que se arreste al gobernador de California o se vaya contra su alcaldesa. La toma de la ciudad por patrullas deteniendo en calles, centros y escuelas, con total arbitrariedad, ha provocado esta situación de rechazo y de respuesta de la población de origen sobre todo mejicano.

De esta forma, el trumpismo tenía la imagen que necesitaba para justificar sus acciones en dos sentidos: la violencia, contra la que se erige proclamándose garante de "la ley y el orden", por un lado, y haciendo ver que es una agresión desde fuera, un ataque a los Estados Unidos, por otro.

En Independent en español podemos leer el aprovechamiento trumpista de la situación para desplegar sus actos contra los manifestantes:

En una publicación en las redes sociales, el asesor de la Casa Blanca Stephen Miller dijo el domingo que los manifestantes eran “ciudadanos extranjeros, ondeando banderas extranjeras, alborotando y obstruyendo la aplicación de la ley federal que [intentaba] expulsar a los invasores extranjeros ilegales”.*

Con esas pocas palabras quedan condensadas las dos líneas que ha usado para justificar su insólita decisión saltándose desde el gobierno federal al propio estado californiano. Muchos califican los actos como una excusa para un abuso. Primero se provoca y después se toma el resultado como indicio de algo peor, por lo que se aumenta la intervención.

En el mismo medio podemos leer la respuesta estatal responsabilizando de lo que está sucediendo al presidente;

[...] el gobernador de California, Gavin Newsom, escribió en X: “He solicitado formalmente al Gobierno de Trump que rescinda su despliegue ilegal de tropas en el condado de Los Ángeles y las devuelva a mi mando. No teníamos ningún problema hasta que Trump se involucró. Se trata de una grave violación de la soberanía estatal, que exacerba las tensiones al tiempo que retira recursos de donde realmente se necesitan. Anulen la orden. Devuelvan el control a California”.*

Por eso a Trump le interesa la gravedad de las reacciones, que es lo que justifica su intervención y le lleva incluso a pedir el arresto de las autoridades del estado. De esta forma, Trump no solo interviene sino que dinamita el sistema acercándose a ese momento de excepcionalidad en el que hablará de defender a los Estados Unidos en una "guerra no declarada" por parte de sus incontables enemigos, los que buscan su destrucción y a los que solo él puede salvar. A Trump le basta con ir provocando estado a estado, empezando por el más alejado de sus políticas, como es California, para poder invocar ese "deber de protección" que le lleva a desplegar la Guardia Nacional y ahora también los marines.

La estrategia del trumpismo es aumentar el sentido de que los Estados Unidos están siendo invadidos y atacado es una forma de reforzar los núcleos duros de su política populista y nacionalista. Son tantos los frentes abiertos por Trump que unos tapan a otros en su política mediática de titulares e imágenes recontextualizadas, como hemos apreciar con las banderas mejicanas enarboladas en las protestas contra las deportaciones.

Siguiendo con estas líneas, Trump carga contra el poder judicial cada vez que este le frena en sus medidas declarándolas ilegales. Pero el efecto está creado y sintetizado en esa foto de lectura inducida: las banderas mexicanas en las protestas.

La respuesta de la presidenta Sheinbaum ha tenido que ser de defensa de la decencia de los mejicanos residentes en los Estados Unidos, pero se ha tenido que acompañar con las palabras de condena de la "violencia" ante el temor de ser declarado "estado terrorista" o cualquier otra calificación empleada por el trumpismo. Su próximo encuentro con Trump con motivo del G7 parece que no aconsejaba elevar el tono demasiado dándoles excusas a Trump.

En RTVE.es se nos habla de las excusas de Trump y de la guerra institucional desatada:

Este lunes, el presidente estadounidense ha defendido el despliegue argumentando que es necesario para evitar más violencia. Además, ha respaldado la sugerencia de su asesor fronterizo, Tom Homan, de arrestar al gobernador de California, Gavin Newsom.

El fiscal de California, Rob Bonta, ha presentado una demanda contra el Gobierno de Trump alegando que la medida tomada por la Administración "abusa de la autoridad del gobierno federal y viola la Décima Enmienda" de la Constitución.**


La guerra, como puede apreciarse, tiene varias dimensiones, al menos tres: la que enfrenta a demócratas y republicanos; la que dinamita las relaciones federales y estatales: y, finalmente, la callejera, la que enfrenta en las calles a la Guardia Nacional y marines contra los manifestantes que protestan. Podríamos añadir una cuarta, la internacional, en este caso, con México, que es utilizada por Trump y que obliga a otros estados a defenderse o a defender a sus ciudadanos; e incluso una quinta, la institucional, la que enfrenta a la administración trumpista con las instituciones, básicamente con los jueces que invalidan sus acciones.

Si tenemos en cuenta que el mandato de Trump solo ha comenzado, las perspectivas de futuro son realmente incendiarias. La posibilidad de extender o intensificar cualquiera de ellas es real, como lo es que se puedan abrir variantes locales de todas ellas. A diferencia de su primer mandato, en el que había cerca gente que intentaba frenarle, ahora se ha rodeado de personas más radicales que él. Nadie le va a frenar.


 

* Michelle Del Rey "¿Por qué la bandera mexicana se convirtió en el símbolo de las protestas en Los Ángeles?" Independent en español 9/06/2025 https://www.independentespanol.com/politica/ee-uu/los-angeles-protesta-bandera-mexicana-inmigrantes-ice-b2766840.html

** "Unos 700 marines y 2.000 soldados más de la Guardia Nacional se unen al despliegue en Los Ángeles" RTVE.es 10/06/2025 https://www.rtve.es/noticias/20250610/angeles-protestas-redadas-migrantes-trump/16617787.shtml

martes, 29 de septiembre de 2020

La bronca política como opio del pueblo

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)


La Vanguardia selecciona esta elocuente frase del artículo de Miguel Roca: “Nos peleamos por todo; nos estamos destruyendo mucho más eficazmente de lo que lo hace la Covid”. Es una afirmación que creo que mucha gente, harta ya, está empezando exteriorizar. ¿Queda algo por lo que pelearnos? Se me hace difícil encontrar algo por lo que no seamos capaces de discutir o pelear, dos grados de intensidad pero una misma voluntad, la del desacuerdo.

Las palabras de Miguel Roca apuntan en un sentido, pero nos llevan a preguntarnos sobre por qué nuestra clase política, principalmente, pero también el resto de la sociedad se ve envuelta en esta gresca continua en la que nadie gana, aunque lo crea, y todos pierden, aunque no lo sepan.

Siempre ha habido demagogos, pero el problema está en las proporciones, en la existencia de sensatez mayoritaria que neutralice a los briosos discutidores. Desgraciadamente, el sistema ha apostado por la bronca como música de fondo y la agresividad se ha convertido en un punto favorable a los ojos de los políticos, que son los que tienen máxima presencia mediática.

Gran parte de estas broncas forman parte del espectáculo y luego nos enterábamos que había algunos políticos resultaban ser padrinos de los hijos de algunos del "otro bando". Hace tiempo que eso pasó a la historia, como ocurrió con aquellos partidos que sus señorías jugaban para demostrar que eran capaces de saltar a un campo de juego y resistirse a la tentación de hacer polvo las espinillas de sus contrarios. Sí, hubo un tiempo en que era frecuente que se organizaran este tipo de celebraciones cuya finalidad era precisamente hacer ver que los enfrentamientos no minaban el espíritu festivo y la buena educación. No creo que muchos arriesgarán sus espinillas, rótulas y cabezas, incluso, en este tipo de partidos, que serían calificados de "alto riesgo".

La pregunta de Roca, sí, es pertinente. Y es necesaria la respuesta.

Hace mucho tiempo que aporte un explicación darwinista de la jungla política hablando de los procesos de selección en la política, donde —como en la crianza de animales— se potencian determinados rasgos, entre ellos precisamente la "agresividad". En el caso de los perros, los seleccionamos por su mansedumbre en unos casos, mientras que mediante la selección de otros los convertimos en agresivos perros de presa.

Hace mucho tiempo que en la política se selecciona por la agresividad y no por otro tipo de virtudes, como el diálogo, la inteligencia, la educación. Los que han sido seleccionados por su carácter agresivo, cuando llegan al poder, además, eliminan a los dialogantes y tiran de los agresivos hacia arriba.

Es la agresividad —traducida en falta de diálogo— la que hace que los partidos políticos se fraccionen ante la incapacidad de la convivencia interna, que se convierte en sumisión o en pelea directa. Esta incapacidad de entenderse incluso con el más próximo ideológicamente, es decir, de elevar a cisma lo que solo puede ser discusión de matices, se multiplica ante la presencia de lo que se consideran contrarios, donde la lucha ya es a muerte. Solo se frena si se percibe que causa un daño considerable.

Hubo un tiempo en que esto no era así. No se trata de idealizar la historia, pero sí de afirmar que hay otra forma de escribirla que no sea con sangre, como estamos viendo de forma continua.

¿Por qué se ha producido esto que algunos —me gustaría pensar que muchos— consideramos un deterioro de la vida pública, una desmoralización cívica del ciudadano y la antesala de muchos desastres que, como ocurre con el coronavirus, no se logra frenar por la discusión eterna, por la falta de coordinación?

Creo que son dos los factores más determinantes de esta situación. El primero se refiere a la conversión de los partidos en mecanismos de sumisión, escleróticos, negación del diálogo interno y su articulación en camarillas rivales pendientes de acceder a los puestos de decisión que determinan el reparto final del "poder", que se traduce en las listas electorales, el apoyo a candidatos que cuentan con el aparato como respaldo, etc. La absorción de poder en un núcleo central tiene ese tipo de efecto que lleva a que la promoción interna para acceder al poder exterior, de un alcalde a un diputado, sea un doble mecanismo de sumisión al poder interno y de fidelidad demostrada mediante la eliminación de contrarios o rivales. Esto es frecuente y se nos cuenta desde los medios. El bochornoso espectáculo al que asistimos con algunos de los escándalos que saltan a la vista cada vez que encendemos un televisor o leemos las páginas de un periódico. "Si se hacían eso entre ellos, ¡qué no habrán hecho con los demás!", clamaba un político al que se le podría decir lo mismo.

Todos estos casos acaban estallando y acaban en la Justicia. Revelan unas prácticas internas que dicen mucho sobre lo que supone actualmente la "vocación política". No hay que mitificarla, pero dista mucho de ser lo que ha sido y llevó a muchas personas que tenían una posición profesional y respeto público a participar en algo que debería ser la consecución del bien común, de la mejora de la sociedad. Casi da pudor escribir esto.

Por el contrario, la política agresiva actual, aleja a las personas notables y sensatas de la política, convirtiéndola en territorio de advenedizos y buscavidas. Muchas son personas que están metidas en la política desde la adolescencia, que lo han hecho como una forma de medrar, de ascender, de tener acceso a un poder que se traduce a su vez en lazos económicos con los sectores tentadores, aquellos que ya saben cómo dominar a estos ambiciosos a los que pueden manejar. No es posible, por ejemplo, que la Comunidad de Madrid tenga o haya tenido encarcelados a los que han sido sus autoridades, o que lo mismo haya ocurrido en otras Comunidades, si bien con variable densidad. Alcaldes y concejales, presidentes y consejeros, especialmente, pero también ex ministros de todos los colores. Habrá muchas excepciones, pero hay demasiados casos.

El segundo factor que creo que es determinante son los medios de comunicación. Hoy no se entiende la política sin ellos. Política y medios forman una combinación en donde ambos se necesitan: el político necesita de los medios para llegar a los electores y los medios usan la política como una forma de atracción, consumo y establecimiento de sus propias líneas con el poder.

Vivimos en una sociedad mediática, en un continuo estímulo de la información. Muchas veces habrán escuchado sobre la campaña electoral continua en que vivimos. Es así e implica que los medios necesitan tener focalizados a los políticos para atraer así lectores y también la necesidad del político de ofrecer novedades para ser escuchado, para mantener un contacto constante en la lucha por decir y evitar ser silenciado por los otros. Y evidentemente, como dicen los viejos principios periodísticos, la verdadera noticia es que el hombre muerda al perro. Generar noticias es una obligación del político, una necesidad. Necesitan del foco mediático.

Les dedicamos demasiada atención. Lo hacemos porque cuando no están ellos en pantalla, lo están los que hablan de ellos. Todo un ejército de comentadores dedica horas y horas diarias a escribir, a discutir sobre lo que hacen, dejan de hacer, sobre sus peleas y conflictos internos y externos. La política se ha convertido en espectáculo ya sea como propaganda propia o como denigración de lo ajeno. El silencio es la muerte de los políticos. Necesitan público; lo necesitan desesperadamente, por lo que viven en un escenario permanente de conflicto, que es lo que trae la atención. Los medios viven mejor con desastres, violencia, accidentes, enfrentamientos, guerras, etc. que con una paz insulsa.

El efecto combinado que se crea es desolador para el ciudadano que no se deja arrastrar en esta lucha constante, en este "más difícil todavía" de la descalificación.

Torra ha sido inhabilitado por un acto mediático, la puesta en escena de una pancarta que los medios del mundo deberían recoger. Como bien ha dicho la sentencia, no era una cuestión de "libertad de expresión" como se aducía, sino una desobediencia, una incapacidad de aprovechar la atención creada con su gesto de rebeldía. Podríamos poner muchos otros ejemplos porque los tenemos cada día.



Los que se dejan arrastrar son ya adictos al conflicto político. Para los que entendemos que la política es resolver problemas y no crearlos, que se deberían respetar aspectos comunes que nos permitan sentirnos parte de algo y no vivir en un frentismo improductivo  que me obliga a ver enemigos por todas partes, es un espectáculo insoportable. Es una tensión generada por la vergüenza que sientes del comportamiento de los deberían ser ejemplares, la indignación ante incapacidad de resolver problemas creando otros y el aburrimiento de esta "canal de lucha" en el que nos sumergen para tenernos atados ante un televisor o un periódico.

¡Frustrante! No sé si lograremos romper esta dinámica, pues lo que produce el sistema es más demagogia y no algo de sensatez. La novedad debe ser apocalíptica para atraer la atención y el que llega lo hace ya dando caña. Se trata de producir más ruido que los demás para atraer la atención del pueblo dopado. Sí, la bronca como opio del pueblo. 

miércoles, 11 de junio de 2014

Nos llevan los demonios o qué nos han echado en el agua

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Yo creo que nos han echado algo en el agua. La terrible sospecha de que alguien se dedique a echar polvitos o cualquier otra sustancia en el agua para tenernos así de beligerantes, enervados y discutidores, proclives a realizar el salto a la yugular a las "primarias" de cambio, que seamos víctimas de los desinhibidores neuronales que nos llevan al "taco" y al exabrupto continuo, nos convierten en exhibicionistas de la mala educación como forma mal entendida de libertad, etc., alientan la sospecha de que nos han echado algo, porque esto no es natural.
España se ha vuelto tremendista. Bajo las sonrisas gastronómicas y los oé-oé-oé futboleros, tras las apacibles casas rurales y la exposición a los rayos UVA en playas presididas por banderas azules, se esconde un universo emergente solanesco: "Yo, señor, no soy malo pero no me faltan motivos para estar cabreado". ¡Tranqui, Pascual, deja la recortá! ¡Pascual, que ti'es madre!
Intento encontrar alguna cuestión sobre la que no discutamos y pasado algún tiempo desespero mientras escucho de fondo renovadas disputas sobre si se debe jugar con un falso nueve o con un nueve a secas. ¿Qué nos queda  por discutir, Caín? No sé, Abel.
Cada mañana me levanto con un nuevo foco de discusión abierto como si de acné se tratara y las manos inquietas corrieran a reventar el maldito grano, monte Fuji del estrés, frente al espejo. Y, ya sabes, la piel de toro nacional se nos queda como el Polígono de Tiro de las Bardenas después de un par de pasadas de los aviones de combate.


En ese libro profético titulado La cultura de la polémica (1999), la lingüista Deborah Tannen planteaba el efecto de los medios sobre la comunidad cuando el pelearse continuamente favorece el aumento de las audiencias. Tannen explicaba:

Esta práctica tan actual propia del espíritu de contradicción va en aumento y se relaciona fundamentalmente con un fenómeno también muy en boga y que en tiempos recientes se ha comentado con frecuencia. Se trata de la fragmentación del sentido comunitario, como bien explica el reputado periodista Orville Schell. Según este distinguido autor, en su época todo periodista que se preciara tenía presente a la comunidad cada vez que debía escribir un artículo, y es precisamente este sentido de conexión lo que hoy en día brilla por su ausencia en la mayoría de colaboraciones periodísticas. Por el contrario, el espíritu demonográfico prevalece, con lo cual se consigue un efecto opuesto al que se practicaba en su época. En la actualidad los artículos periodísticos nos instan a sentirnos superiores, a desarrollar un sentimiento crítico en lugar de fomentar un nexo de unión colectivo. El resultado de todo ello es un distanciamiento, una sensación de exclusión entre el público lector y la sociedad a la que pertenece y sobre la que tratan los artículos que leen.
La cultura de la polémica coincide hasta cierto punto con esta desconexión general y con la desintegración del sentido comunitario. (38)


Con "demonográfico", "demonológico", Tannen se refiere a un universo poblado de "demonios", un mundo de seres agresivos, de enemigos, en el que hay que estar siempre a la defensiva. Un universo demonológico es un mundo de seres caídos que buscan nuestra perdición y condena. La demonología se ocupaba de establecer el listado de demonios existentes, de su jerarquía. En un sentido metafórico, es lo que hacemos clasificando a los demás como demonios, ya sea el "eje del mal", el "sindicato del crimen" o cualquier otra fórmula que se nos ocurra para dividir un mundo en el que ángeles y demonios están en continua confrontación.
Habría que indagar mucho en la idea de Tannen para unir los puntos que van desde los mecanismos retóricos del discurso hasta los efectos callejeros. Tiene que ver, desde luego, con el papel que juegan los medios, el cambio del periodismo y —también desde luego— con la fusión de los elementos mediáticos con los políticos, conexión que se ha intensificado y reorganizado respecto a los tradicionales por su alcance y dinámica propia. Evidentemente no estoy responsabilizando a los medios (aunque su parte de responsabilidad tienen) porque esto es mucho más complejo. Estamos en una sociedad mediática indudablemente, un espacio en el que nos encontramos bajo presión, bombardeados por los estímulos informativos, sobreexcitados por una información que necesita de nuestra atención.

Sería aburrido enumerar los burdos mecanismos periodísticos con los que se titulan los artículos para llamar la atención polémica, incitar a la discusión, que se traduce en caldeados foros. Muy aburrido porque la mayoría recurre a ello. Capítulo aparte merecen televisiones y radios en las que las voces incendiarias que claman desde tertulias y mesas espiritistas sobre las que se invoca al espíritu del mal café y se exorciza a los rivales. Y las audiencias se disparan en proporción a la maldad ofrecida. Hablar moderadamente, exponer aduciendo razones, escuchar, etc., convierten en "muermo" al que lo intenta y es sustituido por el que usa el sarcasmo y la insidia, que es celebrado por los tuits que los oyentes envían celebrando las ocurrencias y maldades. Cara bonita, lengua viperina; fotogenia y maledicencia.
Cita Deborah Tannen, pocas líneas más allá, una frase del filósofo norteamericano John Dewey: "La democracia empieza con la conversación" (39). Es cierto; el problema es cómo acaba la conversación y hasta dónde se puede usar ese término con validez semántica. Hace mucho que no escucho conversar a nadie; en cambio, no dejo de oír discutir. Y es difícil sustraerse a este flujo que te arrastra como una riada, como un desbordamiento por lluvias torrenciales en terrenos mal cuidados. Te encuentras, como un sonámbulo, discutiendo porque no queda más opción, como una reacción defensiva.


Sí, "la democracia empieza en la conversación" y hay que aprender su arte, sus tonos, sus maneras, sus palabras... Seguir actuando así no es bueno. Como sociedad estamos abriendo cada vez más frentes de intransigencia, abriendo más heridas difíciles de cerrar. El valor supremo es la convivencia que nos permita ser más libres y solidarios; libres para nuestras diferencias, solidarios en nuestras dificultades. Por este camino solo se potencian los egoísmos y el odio. No voy a recurrir a ninguna historia sufí para argumentar que los odios son cárceles para quien los usa y es usado por ellos. No soy feliz en la beligerancia; no siento especial satisfacción en bombardear a nadie. Me encuentro cada día con personas que viven en un estado de euforia combativa (me abstengo de llamarlo felicidad), que se recargan con sus propios generadores alimentados por ese sol del enfado y la irritación frente al que no hay protector que nos salve.

Hay que recuperar la "conversación" para poder vivir una democracia que pueda ser llamada así sin sonrojo. Hay que exigir a políticos, periodistas, opinadores profesionales que encuentre otras vías de llamar nuestra atención, que se encierren a discutir, que nos lo ahorren porque un poquito puede estar bien, pero demasiado produce reacciones alérgicas. Debería fundarse el Partido de las Buenas Maneras, cuyos discursos comenzaran con el anglosajón "en mi opinión" y terminarán con un "muchas gracias, su turno". Pero, no; se crean partidos que se pelean para hacer frente a partidos que se matan.
Hay que tratar de evitar que en los partidos la forma de ascender sea la estrategia de radicalización de las posturas, como algunos buscan; que haya que radicalizarse porque el otro lo hace y te quita votos y acabes en una escalada de patio de colegio. No se sabe cómo puede acabar. O sí: mal. Hay que tratar de que regresen los sensatos a la política, en cualquier ideología, que ya hay bastantes demagogos sueltos y bien colocados. Hacen falta más pensadores y menos carismáticos, más ideas y menos gritos, menos personalismo y más personalidad. Por favor, que alguien dé ejemplo.
Tannen, como lingüista, propone que para rebajar las tensiones contagiosas se huya de las metáforas bélicas y deportivas en los discursos políticos o en los que nos lo cuentan. Le parece que así se escapa un poco del exceso del combate que ambos campos proponen. No sé si será suficiente, aunque puede que ayude. De todas formas creo que son soluciones lingüísticas y que nosotros ya hemos pasado esa fase.


Si está en su mano, extienda la sensatez; se lo aseguro: también podemos. Resístase a dejarse llevar por los efectos de los malos modos, los gritos, la grosería constante. Deje de sentirse espectador en un circo romano; olvídese de sus pulgares. No jalee a los maleducados, violentos, groseros, demagogos..., que se crecen ¡Resístase! Rompa el hechizo. Otro mundo educado es posible. Exija su derecho a decidir ser pacífico. Y exíjalo pacíficamente; sea firme, pero educadamente. No golpee a nadie con su pancarta pidiendo paz. Sea educado cuando reclame educación. No llegue a las manos defendiendo la salud de todos.
Recuerde: la democracia comienza en la conversación, pero se acaba en el rifirrafe. El aumento de lo que Deborah Tannen llamaba "espíritu demonográfico", el virus discutidor, nos quiebra como comunidad y eso es algo que tiene sus consecuencias profundas. La discusión solo tiene sentido si busca el acuerdo y la mejora de todos; desconectarla de ese fin y convertirla en un espectáculo en sí misma no es más que una perversión rentable para muchos. Como a otro tipo de perversiones, las sociedades se pueden volver adictas a esta violencia discutidora ambiental y necesitarla como el café con azúcar por la mañana, para poder saltar de la cama con energía. La energía de algunos no solo les permite levantarse sino alcanzar la velocidad de escape y salir del planeta perdiéndose en el espacio profundo. Pásense al descafeinado, por favor. Más tila y menos guindilla.


Curiosamente, las estadísticas que nos reflejan dicen que somos muy felices y que estamos de acuerdo con la vida que llevamos, que como aquí en ningún sitio. Esto me preocupa más todavía. Quizá me he vuelto susceptible, estoy alejado de la media o ya no entiendo nada. Puede que mi sentido de la felicidad, normalidad, mi vocación pacífica difieran del general, que el rechazo que me suscita ver y escuchar ciertas cosas me hayan excluido del "main stream" nacional convirtiéndome en una nadería estadística. Puede ser. Ya no sé si la llamada mayoría silenciosa existe realmente o se ha convertido en una ridícula minoría acogotada.
Quizá deba pedir plaza de bedel en la Soyuz, como les suelo decir a mis amigos en broma. Pero, por si acaso, miro, no sea que salgan las oposiciones.




Deborah Tannen (1999). La cultura de la polémica. Del enfrentamiento al diálogo. Paidós, Barcelona.