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viernes, 23 de enero de 2026

Sobre hechos y noticias

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)


En el mundo ocurren acontecimientos y en el mundo se nos cuentan unos u otros, de una forma u otra. Contar implica seleccionar, aplicar un tratamiento u otro, darle una extensión mayor o menor. Contar significa olvidar otras cosas que suceden. La importancia de algo comienza a medirse en función de su extensión discursiva. Lo que no se cuenta no existe. La trivialidad, por el contrario, puede cubrirnos intensamente.

Me ha llamado la atención que en estos días de desagracia ferroviaria muchas de las personas entrevistadas, personas invitadas por los medios a contarnos lo que han vivido recurrieran a la expresión "como de película" o algunas similares, con el mismo sentido. Hemos aprendido a percibir y valorar la vida por lo que los medios nos muestran. Algo "de película" es lo máximo en una extraña gradación que parte de lo que se nos muestra. Antes se hablaba de una "vida novelesca" o "de novela"; después ha quedado la expresión una "vida de película" para expresar lo extraordinario. "Parecía una película" sirve para valorar lo que hemos vivido, una forma de etiquetarlo y valorarlo.

Esto lo saben los que tienen por misión impactar, ya sea por lo comercial —hacer de un producto algo extraordinario— o incluso por la vía del terrorismo, otro fenómeno publicitario.

El atentado del "11 de septiembre" fue un "atentado de película". No solo se cometió el bárbaro acto, sino que resultó un deliberado ejercicio de espectacularidad mediática. La elección del objetivo buscaba lo simbólico, pero especialmente lo espectacular, que fueran imágenes que quedaran grabadas en la imaginación colectiva. Muchos las confundieron. Hoy se invierte el proceso y muchos filmes se han alimentado visualmente del atentado.

Hemos llegado a la perversión frecuente de seleccionar muchas noticias por sus imágenes y su capacidad de impacto. Lo primero que hacen los regímenes totalitarios es controlar la salida de imágenes, crear cortafuegos para evitar que puedan dejarles en evidencia. Se expulsa a los periodistas y fotógrafos de las zonas de conflicto para evitar esa foto —sobre todo fotos o vídeos— que nos destruya la imagen fabricada en nuestro favor.

Al final una guerra se concentra en el horror de una fotografía. Desparecen los muertos tras un número, pero queda uno, el que la cámara captó, que queda instalado en nuestras memorias, que pasa a representar esa guerra y quizá muchas otras.

La lucha informativa ya no es tanto por la compresión, sino por lograr la atención, por la permanencia de la noticia. Las cadenas televisivas compiten por lograr las audiencias, muchas veces en aspectos informativamente triviales. Resaltan el número de personas que han accedido, como se ganan terreno unas a otras, algo que han convertido en "noticia" dentro de sus propios informativos. El medio o el periodista pasan a ser parte del espectáculo, como ocurre con los "tertulianos", una "modalidad informativa" que busca la atracción hacia la forma. Hoy la modalidad tertuliana invade con programas que contienen acaloradas discusiones sobre la nada o la trivialización de los grandes temas en beneficio del atractivo de la discusión.

En RTVE.es incluyen un titular que recoge una petición desde Radio Nacional: "N nos olvidemos de Gaza". Es algo más que una petición. Puede que los problemas se acrecienten, que crezca, pero eso no garantiza su atención ya que rivaliza con otros focos de noticias. Su presencia no depende del problema real, sino del foco mediático puesto en él, y este se coloca en función de la "atracción" que pueda provocar en las audiencias, que es el objetivo real.

El uso de la curiosidad en la titulación es otro fenómeno revelador. El titular ha cambiado de informar a buscar el atractivo del desconocimiento, para lo que se eluden datos. Una noticia intrascendente se puede esconder tras un titular que pique la curiosidad de los lectores. Todo lo que antes era una forma defectuosa de titulación se ha convertido en una forma de atraer lectores hacia la nada.

La perversión de los objetivos informativos se manifiesta en una creciente pérdida de información, lo que nos lleva a una pérdida de sentido crítico, algo esencial en las sociedades democráticas, donde la opinión es algo más que el resultado de las visitas a las páginas o lo espectadores televisivos. Sin buena información somos más manipulables. El problema hoy es que la manipulación no tiene necesidad de ser "política", aunque no deja de serlo, sino que se basa en la dirección de la atención hacia otros lugares más rentables desde otros puntos de vista, como es el comercialismo y el consumo.

Y lo primero que se consume es el propio medio. Ya no se trata del mcluhaniano "el medio es el mensaje", sino de algo más: el medio es el producto y la noticia el papel de envolverlo. Se crea así una relación peculiar —podríamos decir "perversa"— entre la noticia y los acontecimientos, por un lado, y entre la noticia y su receptor, lo que lleva a una comprensión distorsionada de muchos acontecimientos.

Quizá estos problemas se han dado siempre, pareo ahora en un mundo global e híper mediático, con el problema creciente de los "fakes" de todo tipo que buscan atraer nuestra atención, se hace más acuciante el ser conscientes de ello y sensibilizar a los medios y especialmente a los profesionales de la información que su función no es acumular lectores, que eso es solo el resultado, y que debería ser por la calidad de la información, entendida esta como la ayuda a la mejora de nuestra comprensión de los acontecimientos.

viernes, 18 de marzo de 2022

Conflicto de realidades

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)


Está de moda negar. Puede que siempre se haya utilizado la negación como arma, pero también es cierto que el aumento exponencial de la información circulante obliga a negar más. El negacionismo es muy amplio, va del ex presidente Trump negando haber perdido las elecciones al régimen de Putin, negando que están bombardeando Ucranio; va de los que niegan la violencia de género, pese al número de mujeres muertas a manos de sus parejas, a los que ahora también niegan la veracidad de los datos sobre la pobreza, como acaba de ocurrir. Pero una guerra es una guerra, la violencia contra las mujeres es violencia real, Trump no está ya en la Casa Blanca y los pobres están ahí, aunque miremos para otro lado.

Es sorprendente escuchar a una ministra rusa afirmando que Rusia no bombardea, por lo que la única explicación a las muertes y los edificios destruidos es que los ucranianos, como se sugiere, se están bombardeando ellos solos.

Se ha teorizado muchos sobre el negacionismo, las "fake news" y las "realidades alternativas", tres conceptos que van en la misma línea, el principio psicológico que insiste en que negando de forma constante cuentas con sectores de apoyo garantizados: la gente cree lo que quiere creer. No hay que dejar que otros les afirmen, hay que negar ante ellos con rotundidad, cara de póker, sin pestañear, como hace Putin.

Laura Gómez Díaz escribe sobre el conflicto de realidades que se les plantea a los rusos: 

Nikita G. señala que existen “dos realidades: la creada en Rusia y la burbuja rusa y la realidad del resto del mundo de que hay guerra”. “Una es la que crean las cadenas de televisión rusas diciendo que es una operación especial y que estamos intentando destruir un régimen fascista, pero todo el que pueda leer noticias internacionales entiende que esto es una guerra y que nadie gana en esta guerra”, afirma.

En este sentido, Elena explica que ve “la televisión rusa para ver lo que nos dicen, porque hay que comparar”. “Russia Today dice cosas muy diferentes de lo que dicen en Estados Unidos y en Europa. Las televisiones rusas dicen que no matan a nadie y que en Ucrania hay nazis, que son muy malos, pero nadie sabe quiénes son”, asevera. Precisamente, Putin justifica la "operación militar especial" con el objetivo de "desmilitarizar y denazificar" Ucrania.*

 

El conflicto de realidades se produce cuando tú no puedes comprobar algo por ti mismo y dependes de terceros, que son los que te cuentan —con todo lujo de detalles— lo que debes creer. Cuando tienes solo una fuente, crees en ella porque no hay otra alternativa. Por eso, la Rusia de Putin cierra las fronteras informativas evitando la entrada de informaciones no controladas, expulsa a los medios internacionales, siempre molestos, y allana así el terreno para su "verdad", que se esparce como una mancha de petróleo, contaminándolo todo.

Lo hacen todas las dictaduras. A todas les interesa un discurso único controlado para actuar sobre la opinión pública. Antes las dictaduras cerraban los periódicos; ahora los reescriben porque el silencio siempre da que pensar, mientras que las mentiras se hacen más intensa y verosímiles. Es la distancia que hay entre "guerra" e "invasión" y "operación" y "salvación". Si además cuentan con el apoyo del Patriarca de Moscú que cree que van a eliminar el peligroso lobby gay, pues mejor que mejor. Todo se convierte en una "cruzada" generosa contra el mal, personificado esta vez en "nazis", "drogadictos" y "gais", los enemigos de la Santa Rusia que se han agarrado como garrapatas a la piel de la "hermana" Ucrania.

El negacionismo es un vicio del poder que se está extendiendo de los regímenes dictatoriales a los populistas en las democracias. Las formas de la negación son múltiples y de diversa intensidad, en aspectos concretos o negándolo todo. La negación general no es fácil porque la verdad o las verdades parciales no se pueden mantener en un mundo complejo e intercomunicado. Siempre se cuela algo. Que los medios en los países occidentales tengan que abrir secciones especiales para separar el trigo de la paja informativos no deja de ser un rasgo claro de lo que esto supone cada día.

Lo más obvio es que la información era la tarea diaria de los periodistas y hoy los periodistas solo son una parte, la que además muere en los límites violentos de la realidad. Lo hace precisamente para poder informar desde el terreno, como suele decirse. Eso tiene sus riesgos en todo el mundo. Basta con ver los periodistas muertos en México cada año y los siete que han muerto ya en Ucrania. Antes, llevar puesto el "Press" en espalda y pecho era una especie de barrera salvadora; ahora, por el contrario, puede ponerte una diana en el pecho.

Me vienen a la mente lo ocurrido en El Cairo durante los inicios de la Primavera Árabe egipcia, en la Plaza Tahrir. Lo primero que hizo el régimen de Hosni Mubarak fue cortar el acceso a la redes, lo que hizo que la gente se mantuviera físicamente en contacto en la plaza, sin abandonarla. Después comenzó a intimidar a la prensa extranjera, incluido el acoso sexual a las mujeres periodistas, con algún caso violento. A los manifestantes se les desprestigiaba desde los medios oficiales señalando que eran "agentes extranjeros". Tuvieron que organizarse los propios jóvenes manifestantes creando cadenas humanas para proteger a los periodistas extranjeros y que pudieran contar al mundo lo que estaba pasando. Creo recordar que fueron tres días de corte de las redes con los que el gobierno trató de crear un muro de silencio y del control absoluto informativo. Pero la labor de muchos periodistas en las manifestaciones logró contar al mundo lo que ocurría, aunque los propios egipcios fueran los peor informados por el cerco.

28/05/2011

La situación ucraniana es muy distinta a la rusa. Los ucranianos están viviendo una realidad que no les puede ser negada; la tienen encima en toda su crueldad. Pero lejos de allí, en Rusia, lo que sale es manipulación, tergiversación de todo y falsedades absolutas. La maquinaria rusa, interna y externa, trata de crear flujos creíbles, pero le es cada vez más difícil. La fuerte resistencia de los ucranianos le pasa factura. Putin responde a la preguntas diciendo que "todo va según el plan previsto", pero cada día que pasa lo desmiente.

Cuando la anterior invasión de los soldados rusos, sin identificaciones militares, la versión oficial del gobierno de Putin acabó reventando por las protestas de las familias de los soldados por la negación de sus muertes, algo que no existía por escrito en ningún lugar. Las peticiones de las "pensiones" de los caídos en la guerra, que no existía, eran una necesidad para aquellos que dependían de ellas para sobrevivir.

Oficialmente, aquellos soldados rusos no existían, pero si tenían la extraña propiedad de morir aún siendo inexistentes. Y es que no se puede negar todo eternamente, aunque se puede intentar.

Son muchas voces las que señalan que esto solo lo podrá parar el propio pueblo ruso, pero para ello hace falta que caigan los muros de la vergüenza informativa. Es lo que ocurrió el otro día en el Canal 1 de la televisión oficial rusa cuando la periodista Marina Ovsiannikova se plantó ante las cámaras y detrás de su compañera locutora con un cartel diciendo "no a la guerra" y advirtiendo que todo es una gran mentira, una enorme patraña de la que se arrepiente tras haber dedicado su vida a trabajar por ella. Temeroso por el grado de notoriedad que el caso ha tenido, Putin la ha dejado salir, por ahora. La periodista no parece dispuesta a callarse e insiste en que se vive dentro de esa enorme mentira.

Negar, desinformar, manipular... son las acciones informativas que cada vez están más presentes. Frente a la profesionalidad ética de los periodistas que se empeñan en servir a sus lectores, espectadores u oyentes, están los ejércitos de comunicadores de gabinete, los que estudian los comportamientos sociales para tener controlado desde el poder a la opinión pública o para debilitar a los países que se enfrentan mediante ejércitos de desinformadores. La manipulación es ya una asignatura que ha entrado con aceptación en nuestros planes de estudio; lo ha hecho con pomposos nombres sobre emociones, positividad, empatía, neuromárketing y bla bla bla. Unos días se nos presentan como héroes de la economía y otros como villanos políticos.

¿Es rentable esto de crear mentiras, noticias falsas y realidades alternativas? A la larga, no, máxime en estos tiempos en que existe un teléfono en cada mano en todos los países, una cámara en cada esquina, en cada cajero, etc. Intentar que la realidad no se nos cuele por cualquier rendija tiene un enorme coste. Cuando la burbuja estalla, el régimen que hay detrás se tiene que quitar la máscara y reprimir fuertemente su propio "nicho", como ha ocurrido en la Rusia de Putin, donde hay que prohibir palabras como "guerra" y repetir otras como "operación militar". La represión en Rusia es feroz desde hace muchos años. El problema real es que los autoritarios nunca ven un camino de salida que no sea un recrudecimiento del empleo de la fuerza. No hay libertad al final del túnel oscuro de los autócratas, solo más inversión en mentiras, más violencia para silenciar las voces y hechos reales.

Reporteros Sin Fronteras 22/01/2021

El Egipto de Hosni Mubarak colapsó cuando los militares que le sostenían comprobaron que les arrastraba a la ruina. Le depusieron, juzgaron y encarcelaron para poder seguir controlando el poder. El caso es distinto, desde luego, pero muestra que lo imposible se produce en ocasiones. Desgraciadamente, la caída de Mubarak trajo la nueva dictadura de al-Sisi, pasando por el autoritarismo islamista de Morsi.

La cuestión, pues, es saber cuáles son los poderes y apoyos reales de Vladimir Putin, hasta qué punto los que estaban detrás pongan en la balanza lo que pueden perder. Las noticias hablan de cuatro generales rusos muertos durante la invasión y eso es algo que no suele apetecer a los generales y le da que pensar. Tampoco les gusta a los oligarcas que les confisquen yates y mansiones por el mundo. Tampoco a las madres de los soldados que hayan muerto 7.000 de sus hijos. Son cosas que el negacionismo no tiene capacidad de tapar a los propios afectados.

* Laura Gómez Díaz "Los rusos, desconectados de la realidad sobre Ucrania: "Hay gente a la que han lavado el cerebro y niegan la guerra"" RTVE.es 17/03/2022 https://www.rtve.es/noticias/20220317/rusos-desconectados-realidad-ucrania/2313182.shtml

viernes, 16 de julio de 2021

La actualidad y viceversa

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)




¿Qué es la actualidad? Algo que oscila entre el COVID-19 y Britney Spears, entre el cambio climático y Rocío Carrasco, entre la Asamblea de las NU y la isla de las tentaciones, entre el asesinato del presidente de Haití y la lesión del segundo metacarpo de una de nuestras representantes olímpicas frustradas. Podríamos seguir así hasta el infinito, preguntándonos qué es esta montaña rusa que aparecen cada día en nuestras pantalla y papeles, que salen por nuestras ondas y se convierten en motivo de conversación de tertulianos, debates en los chats y discusiones de terracita.

La "actualidad" no es lo que pasa, es lo que se cuenta. Porqué motivos se haga, es ya otra cuestión, desde los intereses económicos o políticos hasta la siembra metódica de la estupidez, que puede no diferir mucho de lo económico y lo político.

La idea de actualidad se ha convertido en una especie de chistera programada de mago que tiene como finalidad sorprendernos, llamar nuestra atención, uno de los generadores de beneficios mayores que se han inventado y, por ello, de los más disputados.

Los efectos sobre la prensa seria, antes diferente de la sensacionalista, causan estragos, reduciendo el nivel de credibilidad. Con la reducción de la prensa material, en papel, donde se competía con los titulares de la primera página en el quiosco, y la conjunción de noticias en la cambiante página digital en las pantallas, el arte de atraer la atención ha pasado a ser esencial en la supervivencia en un campo en el que casi todo depende de los milisegundos que tardamos en ver un titular, una foto, en fin, una promesa de sacarnos de nuestro aburrimiento existencial, nuestro consumismo compulsivo y nuestra nueva centralidad en el universo. Ya no importa lo que ocurre, sino que importa lo que nos importa. De ahí que los responsables de definir cada día la actualidad (lo que nos puede importar) tengan que estudiarnos al detalle y, especialmente, modelarnos como futuros receptores. En efecto, es más sencillo formar a tu público, hacerle adicto a lo que debe interesarle, que tener que seguirle continuamente para descubrir qué le interesa.



La competencia —allí donde es posible— por hacerse con nuestra atención es feroz, aunque no lo percibamos demasiado, como el pez acaba olvidándose del agua y nosotros del aire. Solo su escasez nos hace revolvernos.

Comprender los mecanismos de la adicción se ha convertido en algo indispensable en el feroz mundo de la información. Hacerse con nuestros datos y huellas digitales es esencial y valen su peso en oro, pese a que los datos no pesan en la nueva economía digital. Pero son realmente el petróleo de esta nueva forma de economía que se base en atención.

Es interesante la expresión "prestar atención", ya que implica que la damos momentáneamente. Hoy es más "atrapar" la atención y, de no mediar otros factores, se quedarían con ella. El ideal es la persona embobada ante una pantalla. Ya es una forma de consumo, ya que es contabilizada y rentabilizada. Pero este mundo se ha hecho mucho más complejo ya que los usuarios son víctimas de una serie de efectos secundarios, como es la hiperactividad, por un lado, la falta de concentración que les impide mantenerse mucho tiempo ante un estímulo, que tiende a saturarse y necesita de la variación para ser eficaz, que el espectador/lector/consumidor se mantenga ante nuestro torrente de estímulos calculados para mantener su atención mediante variaciones dentro de determinados patrones de repetición.



¿Cómo conseguir que lo que más nos importe en el mundo es el guión artificioso de personajes sin más trascendencia que la que les concede el hecho de que les miremos? Indudablemente convirtiéndolos en el centro de nuestras ociosas (nocturnas y diurnas) vida, convertidas las más de las veces en rutinas a la espera de ese momento de reactivación en el que el personaje convertido en objeto de interés (como existe el objeto de deseo y con el que está sin duda emparentado) reaparece para calmar la ansiedad alentada por el constante recordatorio de que "volverá", que hará "revelaciones espectaculares", que "nos abrirá su corazón".

En el campo de la televisión y las redes sociales, ha adquirido poder el vídeo efímero que es elevado al rango de noticia de primera. Lo que se convierte en actualidad es lo que puede ser vehiculado a través de los medios convergentes. La edición digital multimedia de los diarios les hace sucumbir a la misma explosión de la imagen que se nos cuela desde los teléfonos y que captan el acontecimiento extremo (una bola de golf golpeada por un rayo) o el vulgar emotivo (los lametones de un cachorro), el histórico (la muerte de George Floyd a pies de su asesino) o el trivial absoluto (ponga aquí su ejemplo favorito).

Muchos medios, especialmente las televisiones, revisan cientos o miles de vídeos de las redes sociales antes que las noticias del mundo. Saben que es más barato y eficaz, ya que no provienen del profesional, sino del "pueblo" mismo; es el ascenso del amateur empático, aquel que mira y registra el acontecimiento trivial que nos hubiera gustado vivir.



Las televisiones son complejas porque solo una parte de ellas es realmente informativa; en el resto de su programación, muchas veces se producen explosiones de trivialidad ascendida para captar nuestra atención. Ya tenemos algunas familias, de los abuelos a los nietos, que se han convertido en parte del paisaje nacional. A diferencia, por ejemplo, de las Kardashian que tienen su propio show, su reality, las nuestras son objeto de observación exterior, de comentarios de decenas de personas cuya cualificación es saberse su vida de pe a pa, tener acceso a fuentes que les permiten garantizar que lo que dicen es mentira y que lo que callan es verdad y viceversa. Son fenómenos transversales, atraviesan sus programaciones de un lado a otro, de la mañana a la madrugada.

En España, el caso de Tele5 es paradigmático de este procedimiento del reality transversal, del comadreo y compadreo informativo. Son la gran familia virtual en la que muchos se insertan como parte de sus vidas, en las que se hacen hueco mutuamente.

Para el que está fuera de este juego —no le llama la atención—, le resulta incomprensible, algo casi extraterrestre. Pero para el que está dentro es un universo por el que se mueve, que le exige continuidad.

Las redes, chats, etc. son formas de agrupación sobre intereses, algo que permita que lo más extravagante que se nos pueda ocurrir tenga un número sorprendente de "seguidores", de fieles a lo que sea, que se refuerzan mutuamente, ya sea para difundir una ideología terrorista o un club de fans del más soso de los personajes imaginables. Son los seguidores de Trump o del Rockefeller de JL Moreno, pongamos por caso. Se unen alrededor del ídolo que puede jugar con ellos y lanzarlos a asaltar el Capitolio con una leva insinuación o con un manifiesto.




Todo —terremotos, asesinatos, deslices, chascarrillos, magnicidios, robos, concursos, finales deportivas, premios, incendios, rupturas, nacimientos...— ocurre ahora ante nosotros, muchas veces para nosotros, como el que se quemaba a lo bonzo, que hoy lo remataría con un selfie o retransmitiéndolo por Facebook, como ya ha ocurrido con suicidios y matanzas. No creo que Guy Debord pudiera imaginarse que el "espectáculo" diera para tanto.

Nos dice un titular de RTVE.es "Cada vez que Inglaterra pierde un partido, los ataques a mujeres suben un 38%". Los expertos discutirán si "correlación" o "causalidad", pero algo hay que hace que la frustración se transforme en violencia o quizá solo sea violencia que cambia de víctima, del contrario en la pantalla o el campo a las mujeres que lo acaban pagando. Evidentemente, no es culpa del deporte, sino la violencia de la excitación. Los ataques, amenazas e insultos racistas a los que fallaron penaltis en la final de la Eurocopa o la violencia física contra los seguidores italianos, muestra que hay un juego "tensión-frustración" que es peligroso. Ha habido "guerras del fútbol" y graves disturbios como consecuencia directa de los partidos. Es una muestra más de ese dejarse arrastrar que nos lleva a ignorar las jerarquías de los hechos en sociedades en las que los comentaristas deportivos tienen —no se sabe bien porqué— la costumbre de chillar más que los de otros campos, transmitiendo así la "emoción" que luego no es fácil parar. ¡Es la épica del deporte!



Todo está relacionado. Las cosas que ocurren en un lugar repercuten en otro. Cada uno se ha creado su propia actualidad en donde las cosas importantes para nosotros nos son servidas en bandejas atencionales, listas para consumir la información aderezada a nuestra medida. Cada vez es mayor el aumento de lo trivial respecto a lo importante; cada vez esa actualidad que se crea para nosotros es menos cercana a la realidad que nos debería interesar para considerarnos realmente informados.

No siempre estamos mejor informados, sino más sacudidos, más impactados, más excitados. La exposición a la información, tal como se practica y nos envuelve, puede llevarnos a comprender mejor lo que nos rodea o, por el contrario, puede arrastrarnos a una fantasía absorbente de la que muchos no salen.

No solo necesitamos buenos informadores. Hacen falta espectadores inteligentes, capaces de comprender y exigir mejor información. No es fácil encontrarlos; escasean cada vez más.


jueves, 8 de abril de 2021

Cómo sobrevivir a las informaciones contradictorias

 Joaquín Mª  Aguirre (UCM)



Es una de las cuestiones más elementales en la comunicación: "no marees a la gente. Sé claro y piensa lo que vas a decir antes de decirlo." Todo esto se viene abajo con la pandemia, una demostración del fracaso comunicativo en situaciones de riesgo.

Desde que comenzó la pandemia, los humanos de a pie hemos escuchado primero con miedo, luego con precaución, finalmente estupefactos, las variadas y contradictorias instrucciones  que se nos han dado sobre cómo sobrevivir al coronavirus, pero nadie nos informa sobre cómo sobrevivir a la información que genera.

Al inicio de la pandemia, comenzaron a surgir noticias sobre cómo las personas mayores habían echado el cierre informativo, es decir, se negaban a estar escuchando todo el día noticias sobre las muertes en las residencias. Ya era un aviso de algo bastante obvio, no por ello practicado: demasiada información negativa sobre algo pierde su efecto.



Por otra parte, el énfasis puesto en las personas mayores acabó convenciendo a muchos jóvenes que solo se morían los viejos, con lo que pronto fue necesaria una estrategia comunicativa para convencerles que tomaran medidas  de seguridad porque, aunque murieran pocos, podían hacer morir a muchos extendiendo el coronavirus desde su indiferencia asintomática. Pasad el tiempo, estamos en situación similar. El abuso de las informaciones crea indiferencia.

Poco hemos aprendido de todo este largo año de coronavirus y comunicaciones. Los políticos y autoridades sanitarias tampoco ayudan mucho, la verdad, con sus diarios cambios sobre dónde, cómo, cuándo hay que llevar una mascarilla. Tampoco lo hicieron cuando empezaron a discutir sobre todos y cada uno de los tipos de mascarilla, algo en lo que los medios también se regodearon una y otra vez. Sobre las mascarillas se ha dicho de todo: que sí, que no, que depende, cómo se llevan, cómo no se deben llevar; que si se llevan en la playa, que dejan marca del sol (turistas playeros interrogados a pie de ola), que solo si se pasea, que no hacen falta si hay metro y medio, dos metros, si en interiores solo... Nos informan además de lo que hacen en Francia, en Reino Unido, en Suecia... si ha funcionado o no, algo que  varía cada semana. Países que se nos presentaban como modélicos, a la semana siguiente eran mostrados como infiernos de contagios...



Sobre el coronavirus, lo estamos viendo, no hay información que resista. Ahora nos está pasando con las vacunas y la polémica de los trombos, sembrando el desconcierto y las dudas en unos y otros. Mientras en un informativo un experto dice que "sí", en la cadena rival hay alguien que dice que "no", algo que se invierte en el informativo siguiente.

Lo que está ocurriendo con la vacuna de AstraZeneca no tiene precedente. Tenemos un recorrido de su aplicación por todas las edades en función de cada país, que han elegido (no sabemos cómo) a quien le endosan las vacuna "segura", pero menos segura que las otras de las que no existe ninguna indicación negativa (que sepamos). Igualmente, es un vaivén informativo donde lo mejor es que te pinchen, no enterarte de lo que te han puesto y rezar porque no te toque estar entre esos "poquitos" entre millones que no acaban bien.

La pandemia y su comunicación han desvelado la variabilidad en nuestras mentes de las palabras que usamos. No hay palabra más usada y por ello más devaluada que "seguro". Cuanto más se afirma de algo que es "seguro", más crece la sensación de temor entre quienes la escuchan. Precisamente por su abuso, acabamos por recelar. ¿Qué diantres significa que "la cultura es segura", por favor? No es la "cultura" la que te contagia, sino las condiciones de distancia y prevención entre dos personas, da igual que estén escuchando una sinfonía de Mozart que a Georgie Dann cantando "La Barbacoa". ¿Qué tiene que ver esto con la "cultura" o es que confundimos la leche y la botella?



Se ha acuñado un término, "infodemia". La Fundéu de la RAE explica que "se emplea para referirse a la sobreabundancia de información (alguna rigurosa y otra falsa) sobre un tema" y añade: "La Organización Mundial de la Salud emplea desde hace tiempo el anglicismo infodemic para referirse a un exceso de información acerca de un tema, mucha de la cual son bulos o rumores que dificultan que las personas encuentren fuentes y orientación fiables cuando lo necesiten."

Si la pandemia te contagia, la infodemia te marea y acabas pasando de todo. Solo la lectura diaria de lo que habría que saber ya nos desborda; pero más allá del exceso, está la paciencia, el hastío, hasta el ennui baudeleriano. Es el territorio depresivo, el de la saturación y la melancolía interactuando. Nos avisan del aumento de las enfermedades mentales, del aumento de la angustia y la violencia, que se desbordan por las tensiones a las que estamos sometidos. No sé si la información que damos está contribuyendo al crecimiento.



La mayor eficacia de la información es la novedad y aquí asistimos a la mayor redundancia vista hasta el momento. Pero es de un nuevo tipo, contradictoria y polémica. Es como el yin y el yang de la información, nada existe sin lo contrario.

No sé para que algunos se molestan en crear bulos. La información se desinforma sola. No hace falta crear nada.  Muchos tiran la toalla, desesperados por ser incapaces de dar forma coherente a lo que reciben.

¿Qué hacer ante este desorden? Un mayor esfuerzo. Infórmese lo justo, porque lo básico, aunque no lo parezca, no ha cambiado. Este continuo girar de caballo de noria no nos lleva más allá. Lo seguro hoy es lo que era seguro ayer: mascarilla, lavado de manos, distancia y ventilación. No entre donde no se cumpla. Y que ladren o cabalguen lo que quieran, expresión que, por cierto, no es del Quijote, sino de un poema de Goethe, "Ladran" (Kläffer).



No sé si realmente sirven de algo los miles de horas de información dedicadas a todo esto o si lo que se está formando son durezas mentales, resistencias, zonas ciegas. Esto, como tantas otras cosas en la vida, hay que tomarlo con moderación para no acabar empachados.

Hay mucho que mejorar en la comunicación de este tipo de situaciones que, nos dicen los expertos (algunos días), vienen para quedarse. Más allá de los medios, es probable que haya que empezar por las escuelas mismas, enseñando buenas prácticas y el seguimiento de ciertos protocolos generales. Habrá que educar también a los informadores, analizando estrategias comunicativas más eficaces en estas cuestiones; a los expertos, para que diriman sus diferencias en privado...



El caos informativo que tenemos comienza en las fuentes y acaba llegando a la calle. Políticos, asesores, expertos... son una legión que debería tener una mayor coordinación para la mejor eficacia. Pero este coro cacofónico no tiene batuta al frente. Por más que se ha intentado, no hay forma. 

Hoy tendré que mirar la lista de lo que puedo hacer, de a qué hora puedo regresar y dónde están los límites de mis desplazamientos. Tendré que consultar dónde debo llevar mascarillas y si esta es recomendable o no está homologada; miraré si han variado en centímetros las distancias, cuándo caducan los geles hidro-alcohólicos y si es contraproducente para la piel su uso continuado. Mi lista de lo que debo tener en cuenta es interminable, agotadora. Cuando llegue al final, es posible que algunos de sus consideraciones hayan cambiado y deba revisarlo todo. Me siento Sísifo-pandémico.

Se me han quitado las ganas de salir. 








martes, 10 de noviembre de 2020

La batalla contra la desinformación

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)


Está claro que no podemos vivir sin polémica. La "nueva política" era, finalmente esto. Ni en las situaciones más extremas gobierno y oposiciones son capaces de sentarse a hacer algo que les dure y estén de acuerdo. Ni el ejemplo de lo que ocurre en los Estados Unidos es suficiente para verle las orejas al lobo del hartazgo y del enfrentamiento, según lo que te pida el cuerpo antes este continuo rifirrafe. Esta vez toca el tema de la "noticias falsas".

Las campañas de desinformación son un hecho. Llevan sobre la mesa ya cierto tiempo y muchos países han tomado medidas para tratar de minimizar el efecto sobre momentos específicos de la vida política, especialmente los periodos electorales en los que estos flujos masivos de información distribuida tratan de sembrar confusión y alterar los resultados. Casi todos los países que han tenido elecciones estos años pasados han tenido este problema al que deberían ser todos sensibles. Pues en España no. ¡Habría sido tan fácil ponerse de acuerdo sobre un plan común ya que, salvo algunos que se benefician de ellas, nos afecta a todos! ¡Pero no! Hay que rasgarse las vestiduras e ir a Bruselas a quejarse, la última moda española.

En La Vanguardia han recogido este tema que compite con Trump, Coronavirus y el deporte. Allí nos explican las reacciones de Europa:

Para la Comisión Europea, no hay un ministerio de la verdad, como denunciaron PP y Ciudadanos. Bruselas no ve indicios de que el mecanismo contra la desinformación aprobado por el gobierno español vaya en contra de la libertad de prensa.

El aval a este mecanismo ha llegado a través con las declaraciones del portavoz del ejecutivo comunitario, Johannes Bahrke: “En cuanto a la libertad de prensa, está muy claro, en general, que cualquier enfoque en el área de desinformación debe respetar la certidumbre legal y la libertad de prensa y de expresión. Pero digo esto como comentario general. No tenemos motivos para creer que esto ocurra en el caso español”.

La Comisión Europea está informada sobre este mecanismo para detectar y prevenir las campañas de desinformación, y considera que “afrontar la desinformación a nivel nacional y europeo es un tema importante, más en las actuales circunstancias de la pandemia del coronavirus, que ha llevado a un aumento dramático de la información falsa o engañosa, incluyendo intentos de actores exteriores para influir en los ciudadanos y en el debate de la UE. Asumimos esto muy seriamente”.*

No puede ser más claro. Pero lo más irritante es que seguimos anclados en el tremendismo político, en el infarto diario por irritación; seguimos en un frentismo divisorio que ni escucha o lee, solo se altera. La "nueva política" se hace literalmente vieja por repetición, por aburrimiento, por desolación.

El problema de las noticias falsas es un problema real. Los medios norteamericanos acaban de dar una lección de responsabilidad y valor al etiquetar las mentiras de su propio presidente, me imagino que con gran dolor en su corazón. Allí, el "ministerio de la verdad" era la propia presidencia. Ya sea desde la Casa Blanca, la FoxNews o los sótanos coreanos, rusos o chinos, según tocara, la población ha sufrido este tipo de noticias falsas hasta en la sopa. Y la ha exportado al mundo, que no se nos olvide.

En España hemos padecido distintos tipos de desinformaciones, las que provienen principalmente de la difusión de rumores creados expreso para actuar en determinados puntos sensibles. La detección de flujos de información provenientes de Rusia en los procesos de Cataluña ha sido confirmada por varias investigaciones. Lo mismo ha ocurrido en las campañas del Brexit en Reino Unido. Como tratamos aquí ya hace años, la ultraderecha europea, con la francesa con Marine LePen al frente, ha recibido financiación, los créditos que no se le daban en sus propios países. La idea de Putin es sembrar discordia y desconcierto en una Europa que le tiene sancionado. No hablemos del problema del radicalismo islamista y sus campañas informativas para captar futuros terroristas.

Vivimos en un universo mediáticos en donde los actos informativos son formas de actuar sobre la opinión pública, de moverla en un sentido u otro. Hay una enorme diferencia entre las opiniones, del tipo que sea, que van por los cauces identificables, a este tipo de informaciones que perjudican al propio sistema. El objetivo desde el exterior es una forma de acción a distancia, de guerra de bajo nivel, cuya función es confundir a una sociedad cada vez más crédula e ignorante precisamente por el exceso de información y la capacidad de disfrazarse de este tipo de fuentes.

Hemos creado un monstruoso espacio mediático-informativo en donde hay una parte que se hace responsable de la información que difunde y otra cuya función es precisamente sembrar la desinformación aprovechando los mismos canales.

En los Estados Unidos, los medios han tenido que desarrollar los sistemas de "fact check" para poder asegurar qué es cierto y que no en cuanto a los hechos. Ha sido un servicio casi centrado en Trump, la principal fuente de desinformación sobre temas relacionados con la cuestión de coronavirus y ahora con las elecciones y su resultado.

Pero hoy la gente no solo se informa por los medios tradicionales, sino que tienen unas fuentes —según las generaciones— que son usadas para hacer llegar instantáneamente mensajes a millones de personas. El propio presidente Trump vive pegado a su medio favorito, Twitter, desde el que lanza sus bombas informativas contra aquellos que son sus objetivos del momento.

En España, como en los Estados Unidos, nos bastamos para desinformarnos nosotros mismos. La guerra es tan abierta que no pierden tiempo en aplicar al otro el calificativo de mentiroso. La política española no se centra en hechos, sino en convencernos que lo que cada uno dice es verdad y que todo lo que el otro dice es mentira. Desde esta perspectiva, cualquier insinuación que se va a trabajar contra las "fake news" se vuelve, como ha ocurrido, en arma arrojadiza por la sospecha de ese tan cacareado "ministerio de la verdad", cita orwelliana que aplicar al otro totalitario.

Es cierto que las declaraciones del vicepresidente Iglesias no ayudan a nada. Su mundo es demasiado maniqueo como para no entender (y explicar) que el mal absoluto está siempre en los otros. De esta forma, España es el reino en el que todos se dan por aludidos de forma continua cuando se quiere regular algo.

Si otros países democráticos han podido, ¿por qué nosotros no? Una razón es esa incapacidad de pensar conjuntamente en términos beneficiosos para el país. Como cada uno se considera el "verdadero país", lo que dice pasa a ser una verdad necesaria, absoluta y salvadora. Esto es demasiado negativo para nuestra vida política y convivencia ciudadana, que está siempre en el límite peligroso.

Es necesario algún tipo de prevención ante los ataques informativos que buscan la manipulación de la opinión pública. Pero esto es complicado de alcanzar cuando tenemos grupos políticos y sociales que están deseosos de que esto ocurra ya sea por sus lazos exteriores o por el exceso de lazo interior, al que no se pliegan. Nuestra política está tan fraccionada y radicalizada que es difícil hacer una campaña falsa que no beneficie a alguien. El caso del independentismo es el más obvio, pero lo mismo ocurre con los grupos antivacunas, por poner dos ejemplos claros.

Esta política a cara de perro es cada vez más ineficaz, divisiva y peligrosa. Lo más sensato sería llegar a acuerdos  sobre cómo protegernos, pero es difícil hacerlo con este clima de enfrentamiento rentable. Hay que romper esta cárcel en la que se encuentran ellos mismos y nos acaban arrastrando a todos dentro. Hay encerrarse todos a consensuar soluciones que nos beneficien a todos. Esta cuestión de la protección ante la desestabilización informativa es un buen ejemplo, pero nadie quiere abandonar el campo de batalla.

Los medios deberían apoyar la defensa de la opinión pública frente a lo que se supone que va en contra de su propia función, la informativa. La desinformación no solo se combate con leyes y normas, sino sobre todo con buena información. Volvamos de nuevo los ojos a lo ocurrido en Estados Unidos en estos años y al papel decisivo de la buena información. De lo contrario, solo sustituiremos un tipo de desinformación por otro.

Siéntense todos y hagan el mejor plan de protección posible contra la desinformación, sistemas de detección y alerta. Es importante, no sea que, unos por otros, acabemos siendo el país peor informado de nuestro entorno, es decir, el más manipulable.

* Jaume Masdeu "Bruselas avala el mecanismo del Gobierno contra la desinformación" La Vanguardia 10/11/2020 https://www.lavanguardia.com/internacional/20201109/49361856102/bruselas-avala-mecanismo-contra-desinformacion-espana.html

jueves, 2 de abril de 2020

De nuevo, el mensajero o para contar hay que saber

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Dice el ministro Grande-Marlasca que al gobierno no le duele reconocer errores. Se refiere al nuevo frente abierto, el de la información. Los periodistas ya consideran que han cedido su parte ciudadana al respetar las distancias y situarse al otro lado del espacio virtual. Entienden lo de las ruedas de prensa a distancia con el gobierno, pero no entienden que la virtualidad se convierta en aislamiento y mediación. Las críticas se centran en el método, que les parece poco claro y participativo de que las preguntas que envían no tengan la posibilidad de repreguntar, es decir, hacerlo de nuevo en función de lo más o menos claro, de lo más o menos esquivo, de las respuestas. No pueden hacerlo —aquí viene la segunda parte— porque estas son realizadas a los intervinientes en las ruedas de prensa por el Secretario de Estado de Comunicación el señor Oliver, que se ha erigido, motu propio, en portavoz de la prensa y selector de las preguntas que a él le parecen más interesante, dignas de ser contestadas o cualquier otro criterio —que los periodistas desconocen— que se aplique a sus cuestiones.
No entramos en la guerra desencadenada entre los profesionales por las contestaciones del Secretario de Estado, sino en el fondo de la cuestión, la transmisión de la información.
Se recogen las reacciones en el diario El País:

“El sistema no nos gusta. La rendición de cuentas a la que están obligados los Gobiernos pierde la necesaria transparencia si los periodistas no pueden preguntar y repreguntar en directo”, se queja Nemesio Rodríguez, presidente de la Federación de Asociaciones de Periodistas de España (FAPE), que reclama que se puedan formular preguntas en directo por videoconferencia. Así lo están haciendo los líderes de PP, Pablo Casado, y de Ciudadanos, Inés Arrimadas. Lo mismo ha pedido la Asociación de la Prensa de Madrid (APM), en una carta enviada este martes al Gobierno. Además, un manifiesto titulado La libertad de preguntar había recabado hasta ese día medio centenar de firmas de periodistas de distintos medios. El Ejecutivo argumenta, en cambio, que la fórmula seguida es “sencilla y eficiente”, teniendo en cuenta el elevado volumen de periodistas y preguntas, “y garantiza el derecho de participación y de información”. “Es fácil comprobarlo si se repasan los temas planteados cada día”, defiende la SEC.*



A esto le sigue un breve párrafo en el que se compara el sistema español de ruedas de prensa con el de Rusia o China. Es como una puntilla.
La declaración de la prensa es escueta y clara: "no nos gusta el sistema". Una cosa es la salud de los profesionales y políticos, su aislamiento físico, y otra cosa aprovechar que el Pisuerga pasa por Valladolid, y hacerse unas ruedas de prensa a la medida seleccionando las preguntas y evitando el repreguntar.
Parece sorprendente que esta cuestión, tan obvia, haya llegado hasta el nivel del "manifiesto". Estas cosas se deberían cambiar antes de que lleguen a la fecha de caducidad si se ve que presentan mal aspecto. Y esta pescadilla, por decirlo así, ya tenía olor y color.
La pandemia es un frente abierto que requiere esfuerzos, que requiere críticas —justas o injustas, medidas o desmedidas—, pero es una situación a la que le sobran las cargas inútiles, los desgastes de energía tontos como este. La mejor forma de evitar nuevos conflictos es rectificar pronto. Lo de Grande-Marlasca está muy bien, pero hay que solucionarlo para evitar nuevos males.


Pero los medios no deben escapar de la crítica. Acostumbrados a ser ellos los que realizan esta función de control y denuncia, también deben ellos aguantar su vela, asumir que su labor es tan objeto de crítica.
Eso es lo que acabo de ver —en directo— en el programa Los Desayunos de Televisión Española, a cargo de la doctora Fátima Brañas, Jefa de Geriatría del Hospital Infanta Leonor:

"A lo mejor no es políticamente correcto" —explica—. "Yo estoy echando de menos una información más veraz, más profesionalidad, porque se están dando imágenes muy parciales, es decir, se habla de los muertos que hay en las residencias, pero nadie da los datos del número total de pacientes que viven en residencias, porque si no tenemos un número total, dar el número de muertos en las residencias lo único que hace es alarmar de forma absolutamente estéril. Es decir, que lo primero que habría que hacer es un esfuerzo informativo, no solo por parte de los medios de comunicación, por supuesto también por parte de los gobernantes por dar información transparente y veraz: 'este es el número real de pacientes que viven en residencias. Indudablemente es la población más vulnerable, igualmente que también hay muchos pacientes mayores en el hospital y que también fallecen, y hacer ver qué porcentaje realmente de pacientes fallecen y por qué. Eso es lo que necesitamos porque, perdóneme, pero hay mucho amarillismo en torno a lo que está pasando en las residencias y poco se habla del excelente trabajo que se está haciendo en muchísimas de ellas, haciendo que el paciente mayor sea tratado en el sitio en el que mejor pueda ser tratado, que a veces es en su casa, a veces es la residencia y a veces el hospital. No siempre el mejor sitio es el hospital."**



No le falta razón al realizar la crítica a medios y autoridades. Los números se dan de forma absoluta y no relativa, por lo que se pierde el sentido de conjunto. Las autoridades han de ser quienes den estos datos que permitan contextualizar.
La cuestión de los "mayores" y su papel en la crisis del COVID-19 es esencial porque ha abastecido de dos líneas: las de la mortandad y la del riesgo. Sobre los fallecimientos, se trató de establecer una malsana "franja de tranquilidad" haciendo entender que solo se morían las personas mayores que tenían patologías previas, algo que se ha ido viendo claramente que no es verdad y, sobre todo, ofrecía una sensación de inmunidad a las personas jóvenes que, por otro lado, son las de mayor movilidad y por ello con capacidad de extender el virus. Por eso cuando se cerraron las clases de las universidades, por ejemplo, el temor era la "nueva vida social" de los jóvenes que se lo tomaban como unas vacaciones y poder reunirse más con los colegas, como escuché —y conté aquí— en el transporte público.
Las acusaciones de amarillismo deben ser asumidas en este y otros casos. Creo que no se analizan las consecuencias de las informaciones o de los datos que se suministran y la forma de contextualizarlo.


En la última semana se percibe, especialmente en la prensa, un aumento de información que tiende a la sobre titulación. Desde el punto de vista informativo se produce una traducción de hechos, de acciones y discursos, a un nuevo tipo de discurso —el periodístico— que conlleva una serie de procesos de selección, enfatización, perspectiva, calificación, etc. que nos hacen percibir la realidad. Para ser más preciso, es la realidad mediada, convertida en discurso, textualizada. Lo que sea la "auténtica realidad", como al que está en la caverna platónica, le llega a través de estas sombras textuales. Nuestro mundo de experiencias es muy limitado en comparación con nuestro mundo informativo, que se amplía a todo el mundo pero, eso sí, filtrado.
Por eso los periodistas que cubren la información de las ruedas de prensa del gobierno —volvamos al principio— se quejan de que no se les deje mayor participación: se les ha puesto un filtro más. La queja es que el conocimiento es ya más parcial y reducido al ser filtrado por el Secretario de Estado de Comunicación, que es quien decide qué se pregunta, es decir, que se sabe o puede saber.
La queja de la doctora Brañas tiene también su fundamento. Los medios seleccionan aspectos parciales, ya sea por su propia narrativa o porque se les da información parcial. La experiencia que ella tiene, directa, sobre los acontecimientos no concuerda con la que ve luego recogida en los medios. No le casan ni los datos ni las interpretaciones sobre lo que ella conoce mejor porque es su día a día. "Lo siento porque estoy dando caña a los medios", dice, pero hay que agradecérselo, como hará al final el periodista que la entrevista. "No tiene sentido repetir en la televisión el mismo mantra que además no va a ningún sitio". Tiene toda la razón y el peligro del tópico siempre está en la naturaleza de los medios. Ahí se ve la divergencia entre la realidad y el texto que la representa, que puede ir desviándose de ese punto inicial y crear su propia realidad "representada". Lo malo es que es a esta a la que se accede, la que nos hace reaccionar a través de la opinión que los medios crean.


La calidad y cantidad de los datos de los que se parte es fundamental, ya sea para informar sobre las residencias de mayores o sobre las medidas del gobierno. Los medios perciben que se les ha puesto un filtro; los profesionales médicos también sienten que existe un filtro entre lo que hacen y dicen y lo que luego llega a otros a través de los medios. Por eso es esencial tener el sentido de la calidad de la producción de información, ya que de ello finalmente se alimenta la opinión pública. Los bulos y noticias falsas son un extremo, pero hasta llegar a la información de calidad hay toda una serie de grados en los que se aleja lo que se da de lo que se debería dar, informativamente hablando.
El problema de la mediación es irresoluble, pero sí es cierto que se puede mejorar con elementos de autocorrección y de crítica y autocrítica, ya venga de los profesionales a los medios o de los medios a las autoridades. Hay que tener voluntad de mejora para mejorar.



* "Filtrar las preguntas, una estrategia escasamente europea" El País 01/04/2020 https://elpais.com/espana/2020-03-31/filtrar-las-preguntas-una-estrategia-escasamente-europea.html
** Entrevista Dra. Fátima Brañas. Los desayunos de TVE 092/04/2020 https://www.rtve.es/alacarta/videos/los-desayunos-de-tve/