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sábado, 22 de noviembre de 2025

¿Qué pasa con la información?

Joaquín Mª Aguirre (UCM)

Si los medios son el reflejo de los intereses sociales, ¡pobre sociedad! Una mirada a la prensa de hoy nos trae crea una especie de "depresión informativa". ¿De verdad es "esto" lo que interesa?

El cambio afecta prácticamente a todos los medios en mayor o menor medida. En muchos de ellos ha habido resistencia al cambio hacia lo trivial. De poco ha servido. Los medios se auto promocionan, especialmente cuando conectan se prensa y audiovisuales. La sacrificada es la prensa, que queda reducida a una función promocional de los programas audiovisuales. Estos, por su parte, se lanzan a la trivialidad.

En estos años se ha fabricado una pseudo sociedad espectáculo. Es la que ofrece un material creciente. Personas sin el más mínimo interés son convertidas en centro de la noticia. Los expertos en comunicación (un mal como otro cualquiera) descubrieron que hacer adictos a estos personajes era barato y rentable, que se podía cubrir la "necesidad" con muy poco. Bastaba con conseguir que estuvieran conectados con otros. Hijos e hijas, novios, amigos, parientes más o menos próximos se convertían en habituales de una trivialidad organizada, que el mundo era más interesante como "revista del corazón".

Así comparten espacios lo que ocurre en Gaza o Ucrania con lo que ha pasado en una pareja de "famosos", las crisis económicas con las sentimentales, las bodas y bautizos con los tratados internacionales. El problema grave es que saber si X se divorcia de Z nos adentra en una irrealidad fabricada, a la vez que nos aleja de los problemas del mundo en el que vivimos y sobre el que debemos actuar si queremos cambiarlo.


El problema es que este distanciamiento no solo nos entontece sino que nos convierte en seres manipulados, ciegos a los problemas reales, de lo que se benefician sectores en lo político y en lo económico.

Alguien decía el otro día "¡con la cantidad de información que hay hoy!" Es cierto en términos de cantidad, El problema es que la calidad de la información se ha reducido a límites indecorosos y la que es buena queda enterrada entre los escombros de la trivialidad. Mucho de la información ya no nos informa, sino que por el contrario nos aleja de lo que realmente pasa. Ya no se trata solo de la desinformación, sino de la trivialidad absorbente, la que nos obliga a crear una fijación a esa nada colorista, sentimental y chillona que se nos ofrece por toneladas.

Lo han llamado "economía de la atención" y consiste en disputarse nuestra mirada unos segundos en detrimento de lo que realmente nos interesa. Toda esta sociedad digital busca nuestros datos para poder envolvernos en una cortina de humos tras la que se oculta una realidad cada vez más distante en nuestro interés. Somos el producto de todo esto.

Los medios son el cebo para engancharnos adictivamente a la información. Se convierten en un espacio absorbente que se refuerza a sí mismo y del que ya no salimos. El espacio de atracción (no de información) va creciendo para desesperación de muchos profesionales que se ven desplazados de lo que tiene interés real, mientras ven que lo trivial crece a grandes pasos.


Saben que es la comprensión de la importancia de los temas lo que es el centro de su trabajo, pero que eso se pierde en la nada de la trivialidad. Cada vez es más difícil informar porque cada vez hay menos interés en ser informado. La nada trivial y colorista desplaza del interés de lo real.

Hemos informado en alguna ocasión sobre este debate entre los profesionales de RTVE.es, uno de los medios donde ha sido mayor el cambio y donde más resistencia ha habido. Pero es claro que han perdido la batalla. Las buenas informaciones quedan rodeadas, aisladas, por las grandes cantidades de espacio dedicada a promocionar sus propios programas, cada vez más intranscendentes.

Como medio público, el caso de RTVE es interesante porque muestra el conflicto entre la gran concentración de información política llevada sobre todo a través de debates periodísticos, mesas redondas, etc. y los programas cada vez más banales, espectáculos con los que competir con otras cadenas. Se ha difuminado el sentido de lo que debería ser un medio público, de apostar por la cultura, en beneficio de programas con objetivos muy diferentes y un único fin, las audiencias. El problema está en el círculo vicioso: las audiencias crecen, pero empeoran; exigen más trivialidad y rechazan una información que deja de interesarles.

Los medios solo miran las cantidades, no la calidad de la información. Lo chabacano gana terreno porque es lo que esa información produce. Lo malo es que a medio plazo, los medios informativos se están auto condenando a la extinción. Bastará un giro en un momento dado para descubrir que no necesitan informar, que la segmentación de las audiencias lograda con la IA y la obtención de datos encontrarán la forma perfecta de desconectarnos de la realidad, que solo nos interesará lo que se produzca en nuestro círculo más inmediato y por poco tiempo.

El periodista será un creador de situaciones atractivas, un fabricante de personajes frívolos con una vida de altibajos estudiados. Lo que ocurra en el mundo no pasa si no interesa a alguien. Ni pasado ni futuro, solo un presente atractivo.

Un añadido: los medios digitales han vuelto a apostar por la limitación de acceso junto a la suscripción. Ya se hizo y fue un fracaso. Ahora, con esta información de baja calidad ¿pretenden que la gente pague? Veremos dentro de poco los resultados. Creo que no solo perderán los ingresos por publicidad (menos acceso de lectores) sino que están sembrando la semilla del desinterés. Si no interesa la información importante, ¿van a pagar por la frivolidad creciente? Es un disparo en el pie.

Como ocurrió ya en su día, los que queden abiertos recibirán al público que desee informarse. No están ni los tiempos ni los sueldos para gastar en comprar información del tipo que se nos ofrece. En algún momento tendrán que ofrecer a los lectores que queden información sobre el mundo, análisis de calidad, información de primera mano sobre los problemas de la realidad, dejarse de frívolas fantasías.


miércoles, 20 de junio de 2018

Rascar


Joaquín Mª Aguirre (UCM)
De la entrevista que el diario El País ha realizado al escritor italiano Domenico Starnone me quedo con la primera de las citas que la autora, Andrea Aguilar, recoge: «Lo banal es la superficie a la que nos hemos acostumbrado, pero si uno rasca, aparecen cosas increíbles. Lo banal es un modo de no contar, de aparcar las cosas. El trabajo de un escritor es mostrar que lo obvio no lo es tanto».
La pregunta que nos surge es esa manifestación constante de lo banal hasta llegar convertirse prácticamente lo único visible, en el espectáculo de lo cotidiano. ¿Rascar? ¡A quién le importa! Es lo banal lo que nos atrae y lo que nos engorda socialmente, haciéndonos adictos de aquello que podemos digerir fácilmente. Lo banal no es solo lo digerible por los otros sino lo que producimos para ocultar —¡oh, sorpresa!— la falta de profundidad, la pérdida de sentido. La creencia de Starnone tiene un fondo optimista, ¡rasquemos y encontraremos!, pero ¿y si tras la banalidad solo hubiera banalidad? ¿Y si la banalidad solo escondiera la banalidad, como una falsa puerta pegada a una pared que no nos lleva a ninguna parte? Y si, muerta la profundidad, solo hubiera banalidad como capas de una cebolla?
El diario estatal egipcio, Ahram Online, nos trae una noticia banal sobre la banalidad, "Controversy in Egypt over celebrity cheering delegation's presence at World Cup".  El diario explica el origen de esta polémica:

The arrival of Egyptian celebrities in Russia to cheer for the country's national football team at the World Cup has stirred controversy among Egyptian fans and sports commentators, who have expressed worry that the celebrities' presence could have a negative impact on the players' focus.
Many in Egypt have expressed outrage over the celebrity delegation – which includes athletes, journalists, TV presenters, actors, actresses and even a belly dancer – staying at the same hotel as the national football team members.
The delegation arrived in St Petersburg on Monday for a trip sponsored by state-owned telecom operator WE ahead of Tuesday's vital World Cup game against hosts Russia.
"Every company has the right to sponsor stars to travel, but why are they all staying so close to a team that is supposed to be in a state of focus and readiness?" tweeted famous Egyptian sports expert Yasser Ayoub.
"Who allowed all this chaos and crowding at the team's hotel? And who convinced these stars that their presence is important for Egypt to win?" Ayoub added.
Khaled Bauomy, another local football expert, also expressed anger at the presence of celebrities so close to the team, saying that "the team's stay must not turn into a village wedding ceremony. Shame on you! We are outraged!"**


La elevación del fútbol, un deporte y espectáculo, al rango de prioridad nacional conlleva la protección contra lo que está en su misma esencia, la banalidad. La banda de "celebrities" —bailarina del vientre incluida— son el celofán con el que los propios medios envolverán el espectáculo, aunque sea para quejarse del envoltorio. En cuestión de horas ya se ha dividido el mundo entre partidarios y negadores de la presencia de la banda llegada desde Egipto con la única función de hacerse selfies, hondear banderas y gritar eslóganes con los que pretenden levar en volandas al equipo.

Las polémicas en España han sido otras. Los medios ha recogido la irritación general ante la irrupción de la publicidad en la retransmisión televisiva. Igualmente la banalidad publicitaria ha servido para descubrirnos la propia banalidad del evento en sí, de lo que es un espectáculo con el objeto no de hacer "historia" sino de hacer "caja". Es el efecto envolvente del medio que recubre el "hecho excusa" tras crear una épica seria que sirve de atracción de la atención.
Creo que Domenico Starnone se equivoca al decir que la banalidad es un medio de no contar. Creo, por el contrario, que es un discurso inflacionario, un exceso del signo para recubrir la falta de profundidad reinante. La banalidad solo es posible como discurso, como exterioridad de las cosas. Es la falta de modestia de lo banal lo que define su presencia y su tendencia a ocupar espacios de forma invasiva.
La tendencia descubierta en los políticos por inventarse estudios para rellenar el currículum nos muestran que no es su mente la que les preocupa formar para ser más competentes, sino que su única preocupación es el discurso curricular, la apariencia del ser banal. El "ser" ya es solo el "parecer" y este se concreta en un discurso que simula ser "serio" en ocasiones o ser "banal", vacíos ambos. Sin presencia, no se es en una sociedad mediática en que todos buscan sus momentos de gloria.
La épica está hoy en la narración de la banalidad, cuyos disfraces son múltiples y cuya absorción de todo incluye la invención del ser. La palabra clave es "comunicación". Ser es ser contado. Ser es estar ahí, donde están los focos, los micrófonos. Del ser arrojado al mundo existencialista, al ser arrojado al plató de televisión donde le convertirán en parte del discurso universal. Los signos ni se crean ni se destruyen, solamente se transforman.


La profundidad, el drama humano se resiste a ser banalizado. Pero la banalidad de los seres ridículos puede ser elevada a discurso crítico, como hizo Flaubert con los que muchos han convertido en héroes y heroínas sin entender su ridiculez pedante, su deseo de notoriedad y falta de fondo. La modernidad hace que la tragedia sea la de la banalidad más que la de la seriedad o profundidad. La ridiculez lleva precisamente a la elevación de lo banal al rango de drama terrible con el que se espera conmover a los demás a través de una empatía creciente. Los medios están llenos de historias vacías que el lenguaje permite hacer densas, algo que el propio Flaubert descubrió en análisis vertido en su literatura. La banalidad es pretenciosa e intrusiva.
Los dramático existe, por supuesto. Pero la tendencia a banalizarlo, a absorberlo por parte de los discursos banales, es incesante. Podemos convertir un campo de exterminio en un parque temático o construir una gigantesca arca de Noé en Kentucky ante el que fotografiarnos.
La última protesta por la banalidad es la absorción provocativa de Benetton del drama de los refugiados del Aquarius. El País titula "Polémica por una imagen de los rescatados del ‘Aquarius’ en una campaña de Benetton". No se trata de dar visibilidad a un drama, sino de visibilizarse como marca a través de él convirtiéndolo en superficie, apropiándose del significado. La banalidad vive de provocar polémicas de este tipo, de desafiar al dolor real con su retórica.

Y vive de transformar en lenguaje épico el mundo del deporte convirtiendo en enormes dramas la pérdida de un partido, en conspiración internacional la lesión de una estrella. Vive de la acumulación de líneas falsas en el currículum vitae, tratando de ocultar las carencias, Vive, en fin, de aparentar que tras ella hay una capa cuando está el vacío.
Hay que "rascar", dice, Starnone para "encontrar cosas increíbles", como si se tratara de uno de esas tarjetas que contienen premios. Pero para que te salga un premio, hay que rascar y rascar, rascar mucho. Quizá por eso estamos huérfanos de figuras que realmente nos ofrezcan algo valioso, el ejemplo. Hay que rascar. Lo frecuente hoy es lo contrario: la banalidad de las apariencias, que no ocultan nada, pero que —es su sibilina estrategia— aparentan ocultar profundidades inexistentes.
Dice el titular de Starnone que “Los hombres tenemos cada vez más dificultad para relatarnos”. Lo cierto es que sobran discursos banales. Entiendo lo que nos quiere decir, pero tampoco podemos creer que tras la banalidad hay siempre una gran historia. El efecto destructor de la banalidad no se puede relativizar en estos tiempos.
Más allá de relatarnos, debería preocuparnos que no quede mucho que relatar, no sea que empecemos la casa por el tejado.


* "Domenico Starnone: “Los hombres tenemos cada vez más dificultad para relatarnos”" El País - Babelia 19/06/2018 https://elpais.com/cultura/2018/06/18/babelia/1529323384_034585.html?por=mosaico
** "Controversy in Egypt over celebrity cheering delegation's presence at World Cup" Ahram Online 19/06/2018 http://english.ahram.org.eg/NewsWorldCup/2018/302834.aspx




martes, 2 de febrero de 2016

La banalidad peligrosa o la democracia de Popper a Mair

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
En plena campaña por conseguir la nominación para la carrera presidencial en los Estados Unidos en ambos bandos, republicano y demócrata, The Economist saca de sus archivos un artículo que solicitó en 1988 a Sir Karl Popper, el afamado científico y filósofo de la Ciencia, y autor de La sociedad abierta y sus enemigos, obra publicada en 1945 y "accepted for publication in London while Hitler’s bombs were falling", como se señala en la cabecera.
La pérdida de tejido intelectual, el reinado de la trivialidad manifiesta, hace especialmente valiosa la recuperación del artículo de Karl Popper y su puesta en circulación. Aunque el momento en el que se recupera es en plena campaña electoral norteamericana, creo que el interés de lo que se plantea es más importante teniendo en mente otras partes del mundo en las que las circunstancias se asemejan más a lo que Popper tenía delante en plena guerra mundial.
Popper divide el artículo solicitado en varias partes, ocupándose la primera de lo que considera la teoría clásica de la democracia, cuyo eje nos dice es "quién debe gobernar", un tipo de teoría que se alimenta con las grandes palabras e ideas. La mentalidad del filósofo científico aparece en la forma de plantearse la cuestión como un problema. Una teoría es un problema y una solución a ese problema, por lo que el problema parte de una pregunta en busca de la mejor respuesta posible en función de los fines. La teoría clásica, dice Popper, parte de esa pregunta sobre el "quién" para responder "el pueblo". En el momento histórico en el que hace estas reflexiones —la II Guerra Mundial, con la caída de las democracias en manos de los fascismos—  le llevan a establecer su propia teoría, es decir, sus propias preguntas para intentar redefinir el problema. Señala Popper en su introducción:

MY THEORY of democracy is very simple and easy for everybody to understand. But its fundamental problem is so different from the age-old theory of democracy which everybody takes for granted that it seems that this difference has not been grasped, just because of the simplicity of the theory. It avoids high-sounding, abstract words like “rule”, “freedom” and “reason”. I do believe in freedom and reason, but I do not think that one can construct a simple, practical and fruitful theory in these terms. They are too abstract, and too prone to be misused; and, of course, nothing whatever can be gained by their definition.*


Las preguntas y respuestas "clásicas", tal como las denomina Popper, han sido insuficientes a la vista del estado del mundo y de las propuestas intelectuales que han socavado palabras como "libertad" y "razón" dándoles sentidos perversos. Han llevado al mundo a ese estado conflictivo, han arremetido contra la libertad de sus ciudadanos y atacado países próximos y lejanos convirtiendo el planeta en un espacio de violencia y destrucción, de pérdida de libertades. Lo han hecho con el asentimiento de muchos pueblos que han jaleado y seguido a sus líderes.


En los últimos tiempos asistimos a espectáculos preocupantes. Vemos situaciones en las que se establecen extrañas alianzas entre los países que defienden las libertades —las "sociedades abiertas"— y los que no lo hacen. Si Popper tituló su capital obra sobre política "La sociedad abierta y sus enemigos", hoy habría que hablar de la "sociedad abierta" y de su s"falsos amigos", encuadrando en este término aquellos países en los que no hay libertades pero que en función de los intereses de unos y otros son consentidos por la comunidad internacional aunque pisen cada día los derechos humanos, ejerzan represión y crueldad extremas. Regímenes despreciables por su trato a millones de personas se ven recibidos como "socios", antes que "amigos" si llegan con carteras llenas de contratos por firmar. Esto implica olvidar la situación de los Derechos Humanos e ignorar a muchas personas que los defienden en esos países, personas a las que los dictadores exigen que se les ignore y aísle.
Lo preocupante es que esos ejemplos van cundiendo y socavando lo que parecía el efecto benéfico de la democracia sobre países en los que parecía asentada y querida. Es aquí en donde el artículo de Popper pasa a tener posibilidades de nuevas lecturas.

In “The Open Society and its Enemies” I suggested that an entirely new problem should be recognised as the fundamental problem of a rational political theory. The new problem, as distinct from the old “Who should rule?”, can be formulated as follows: how is the state to be constituted so that bad rulers can be got rid of without bloodshed, without violence?
This, in contrast to the old question, is a thoroughly practical, almost technical, problem. And the modern so-called democracies are all good examples of practical solutions to this problem, even though they were not consciously designed with this problem in mind. For they all adopt what is the simplest solution to the new problem—that is, the principle that the government can be dismissed by a majority vote.


Que el problema central de las democracias pasa a ser cómo librarse de los malos gobernantes sin un baño de sangre no es un problema teórico. Lo hemos visto en sistemas en los que, como ocurrió en los países que Popper tenía en mente y que llevaron a la guerra, la democracia se ha ido deteriorando. Lo vemos cada vez que un presidente elegido en las urnas mueve los hilos para prolongar su mandato más allá de las veces que la constitución lo permite. Lo estamos viendo con preocupación en determinados países de la Unión Europea en la que se están pervirtiendo principios básicos de la democracia gracias al uso de la fuerza de las mayorías para crear nuevas reglas de juego.
Como teórico, Popper plantea un problema existente y su redefinición. Eso es una forma de enfoque, pero la realidad es la realidad, no un experimento de laboratorio, lo que supone que nosotros no realizamos experimentos sociales, sino que experimentamos directamente sus consecuencias en la vida. Los únicos experimentos que podemos realizar los hacemos a través de la imaginación y el arte, a través de novelas que como las de Orwell, Huxley o tantos otros especulan sobre las posibles consecuencias de lo que hacemos hoy.
Señala Karl Popper después de abordar las teorías que llama clásicas:

All these theoretical difficulties are avoided if one abandons the question “Who should rule?” and replaces it by the new and practical problem: how can we best avoid situations in which a bad ruler causes too much harm? When we say that the best solution known to us is a constitution that allows a majority vote to dismiss the government, then we do not say the majority vote will always be right. We do not even say that it will usually be right. We say only that this very imperfect procedure is the best so far invented. Winston Churchill once said, jokingly, that democracy is the worst form of government—with the exception of all other known forms of government.
And this is the point: anybody who has ever lived under another form of government—that is, under a dictatorship which cannot be removed without bloodshed—will know that a democracy, imperfect though it is, is worth fighting for and, I believe, worth dying for. This, however, is only my personal conviction. I should regard it as wrong to try to persuade others of it.
We could base our whole theory on this, that there are only two alternatives known to us: either a dictatorship or some form of democracy. And we do not base our choice on the goodness of democracy, which may be doubtful, but solely on the evilness of a dictatorship, which is certain. Not only because the dictator is bound to make bad use of his power, but because a dictator, even if he were benevolent, would rob all others of their responsibility, and thus of their human rights and duties. This is a sufficient basis for deciding in favour of democracy—that is, a rule of law that enables us to get rid of the government. No majority, however large, ought to be qualified to abandon this rule of law.*


Pero, pese a lo señalado, las formas de seducción y perversión del pensamiento que desarrollaron los fascismos se quedan en poca cosa respecto a las maquinarias de que hoy se dispone para lograr los objetivos de rechazo de la propia democracia. El fundamento de la defensa de la democracia es su superioridad respecto a la dictadura, pero eso puede modificarse cuando se modifican los propios valores que la sustentan. Hay una circularidad del problema: la democracia la valoran aquellos que tienen valores democráticos. La dictadura es un estado insoportable para aquel que tiene esos valores democráticos, pero puede ser aceptable para el que carece de ellos. La pregunta que surge entonces es ¿puede alguien preferir la dictadura a la democracia? Y la respuesta es, sin duda, sí. Sí si se crean las condiciones necesarias, si se invocan los fantasmas adecuados, si se olvidan los principios básicos.
Podríamos decir quizá que es el olvido de las teorías clásicas, por usar la terminología de Popper, lo que hace comenzar la senda peligrosa. Las actitudes despertadas en ciertos países, incluidas las reacciones a las propuestas de Donald Trump en los Estados Unidos, lo que ocurre en Polonia, Hungría, Turquía, Egipto...— son preocupantes porque demuestran que, si se manipula de forma adecuada, la gente acepta de buen grado el recorte de sus propias libertades. Los ejemplos pueden ser muchos.
La democracia debe conllevar sus propios ideales de "felicidad" y no de mera supervivencia. El concepto de "felicidad", como tantos otros, ha sido pervertido, trivializado, hasta vaciarlo de su hondo sentido de proyecto vital y social, de aspiración humana que nos lleva a buscar caminos. Su perversión ya la mostró Huxley. Hoy nuestra felicidad es cuestión de autoayuda y de satisfacer triviales necesidades justificadas para la "feliz" marcha de la economía.


Lo preocupante es que cuando se olvidan esas primeras preguntas, las preguntas clásicas sobre los fundamentos de los valores de la democracia, las preguntas del tipo de las propuestas por Popper dejan de tener sentido. Hemos comprobado como una democracia convertida solo en forma de estadística deja de tener sentido de sus propios valores.
La reflexión que desde hace unas décadas se viene produciendo sobre la "gobernanza" o sobre la "eficiencia" de los sistemas políticos es en gran parte una consecuencia de los problemas que se plantean cuando los valores democráticos dejan de tenerse en cuenta como algo de lo que partir y tenerlos firmemente como suelo. Los países democráticos están sometidos a permanentes tentaciones que van dejando aparcadas cuestiones básicas.
Una de esas tentaciones la hemos comentado anteriormente. La globalización no ha servido para la extensión de los valores democráticos, como se teorizó. Por el contrario ha hecho que se formen alianzas económicas entre dictaduras y regímenes autoritarios y los países democráticos. El reciente caso del tapado de las estatuas italianas por el paso de los pudorosos ayatolas por los museos es algo más que una anécdota. Es una  constatación que la premura en recibir a regímenes afectuosamente con los que se pueden hacer negocios deberían acompañarse, al menos, de gestos de otra naturaleza porque más allá de la circunstancia concreta, el mensaje que se expresa es la carencia peso de la democracia en la balanza de relaciones. Lo mismo ocurre con otros países que reciben tratamientos similares. A Italia ya le ocurrió con la Libia de Gadafi. Gran parte de la sorpresa de la Primavera árabe para los países occidentales eran las buenas relaciones que tenían con los dictadores, de Estados Unidos, Francia o Italia. 


La concepción empresarial del mundo hace que nuestros políticos se hagan acompañar de los empresarios en sus delegaciones y no de intelectuales, artistas, etc. que podrían establecer conexiones con los que existen en esos países. Por el contrario, solo se pone en contactos a aquellos que buscan negocios por encima de cualquier otra consideración. Esa misma concepción acaba convirtiendo el manejo del estado en una cuestión fabril de rendimiento, la educación en una forma de inversión más o menos rentable en las personas en función de lo que vayan a producir. Lo mismo pasa a ocurrir con los demás sectores, de la sanidad a la cultura. Son convertidos en materia de mercado en un sentido peyorativo ya que los jerarquiza en función de su rentabilidad o falta de ella.
En el libro recientemente publicado en España del fallecido Peter Mair, "Gobernando el vacío. La banalización de la democracia occidental" (2013, trad. 2015), se habla precisamente del abandono del interés por la democracia tradicional y de la crisis profunda de los partidos políticos, dos problemas que se unen. A diferencia de Popper, que escribe su obra sobre los enemigos de la democracia cuando estos han estado a punto de conquistar el mundo, arrastrando a países cultos (Alemania, Japón, Italia...) hacia formas de barbarie antidemocrática bien organizada y sustentada en pilares emocionales convincentes, el mundo que Mair describe es el de la apatía actual, el de la indiferencia ante una democracia que ha reducido los principios a eslóganes para pines y banderolas, de discursos vacíos escritos por asesores de comunicación, líderes formados en escuelas  de verano desde los 15 años y disputas por sentarse en las primeras filas de los bancos parlamentarias. Nos describe el resultado de una democracia, mediática, de audiencias y estudios de mercado. Es la democracia que, como las series televisivas, se encuentra en su enésima temporada y solo se plantea cambiar a los protagonistas para recuperar las audiencias.

Mair señala dos desafíos de la política democrática, Por un lado, escribe, se encuentran ideas y políticas que "giran en torno a expresiones comunes de xenofobia, racismo y defensa cultural, y en su mayor parte surgen de la derecha del espectro político"; por otro, el abandono "se percibe en la creciente aceptabilidad y legitimación de formas no políticas o despolitizadas de toma de decisiones" (37). Si se ven unidas las dos tendencias —aumento del componente emocional dirigido contra otros y sustracción de decisiones en favor de expertos e instituciones no políticas— el efecto es no solo la apatía, sino la creación de situaciones explosivas en las sociedades en las que se tira en direcciones opuestas de esas dos cuerdas. Tanto una como otra van causan un efecto común: la pérdida de valores democráticos.
 Las propuestas que escuchamos a los candidatos republicanos en Estados Unidos y, sobre todo, las respuesta que reciben por parte de algunos; las leyes aprobadas en países como Polonia y Hungría; las derivas en algunos países democráticos ante la crisis de los refugiados, etc. no son un panorama demasiado positivo para el futuro.
Creo que se ha perdido por el camino lo que Popper daba por descontado que era evidente: cualquiera que haya vivido en una democracia no soporta vivir en una dictadura. Pero para ello hay que percibirlo como una pérdida. El interés de los populistas en que se rebaje la edad de votar en muchos países es que son mucho más fáciles de seducir con promesas irreales. Los brotes antidemocráticos que se detectan en las encuestas en las jóvenes generaciones son muy preocupantes porque no tenemos muchas garantías de que el tiempo lo corrija.


No es necesario haber leído a Dostoievski para que las palabras del "Gran Inquisidor", el relato inserto en Los hermanos Karamazov, resuenen en muchos espacios. Ante la inestabilidad, la gente prefiere la seguridad a la libertad. Lo malo es que esa situación puede ser irreversible y se pueden crear los enemigos gracias a una sociedad mediática, manipuladora de la opinión. Esto está encima de la mesa desde Walter Lippman en adelante y se puede rastrear en el siglo anterior, el XIX, como un peligro de la democracia.
Quizá deberíamos empezar a plantarnos que la democracia no es solo cuestión de ir a votar, sino un estado de la mente y una construcción social. No viene en los genes y necesita de aprendizaje, ejercicios, reflexión y buenos ejemplos. Se alimenta de ideas y crece con el deseo de que otros alcancen los mismos derechos, con lo que se pueda compartir el mundo como iguales.


Parte del problema es que nadie lee a Dostoievski, a Popper o a muchos otros que consideramos cosa de expertos o todo lo más partes de asignaturas desligadas de la vida. La mentalidad fabril nos considera piezas útiles para fines de rentabilidad. Nos acostumbramos a ver a los demás de la misma manera. Y así todo va a peor. Vamos eficazmente hacia ese abandono señalado por Mair, a repetir los desastres que se padecieron y que vemos crecer de nuevo ante nuestros ojos. Parte de la eficacia del sistema es convencernos —como se dice del diablo— que lo imposible no ocurrirá. Sin embargo, ocurre.



* "Karl Popper on democracy. From the archives: the open society and its enemies revisited (1988)" The Economist 31/01/2016 http://www.economist.com/blogs/democracyinamerica/2016/01/karl-popper-democracy

** Peter Mair (2013): Gobernando el vacío. La banalización de la democracia occidental (ed. esp. 2015). Alianza editorial, Madrid.