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jueves, 17 de septiembre de 2020

Nadie es una burbuja

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)


Se puede entender que los políticos traten de transmitir "tranquilidad", pero de ahí a "vender seguridad" va un largo trecho, el que nos lleva a la dura realidad. Por poner por delante la "confianza" se han cometido muchos errores comunicativos, por asegurar la llegada de "la muerte del virus por el calor veraniego", por asegurar que "en septiembre ya habría vacunas", etc. a lo que se llega precisamente es al descrédito que nos lleva al miedo, la inseguridad o el pasotismo, según la reacción de cada uno ante el descubrimiento que lo que sucede no es como lo pintaban.

En tiempos inseguros, la "seguridad" vende. Lo hace desde discursos políticos o de expertos ad hoc del optimismo, desde aquellos que ven peligrar lo suyo. Hace apenas unas semanas, todos nuestros políticos levantaban la mano exponiendo que sus autonomías, pueblos o ciudades eran lugares "seguros" para los que exigían "corredores seguros", que les conectaran con el mundo. Hoy tenemos una realidad muy distinta, la de los regresos a fases anteriores —¡gran invento el de las fases!—, a las que algunos han puesto hasta decimales. Me asombran esos que afirman estar en una fase "2,5" o en una "dos relajada" u otras cursiladas, poco pertinentes, pero que transmiten una impresión de conocimiento, control y seguridad como pocas. Los medios lo repiten en una aparente comprensión dando detalles sin sentido crítico alguno.


Uno de esos conceptos que hacen agua semántica y realista es el de "burbuja". Tenemos de "burbujas" para los partidos de la NBA a "burbujas" en las guarderías, componiendo todas ellas un universo jabonoso mucho más limpio y seguros. Pero ya nos dijo el poeta Donne, "nadie es una isla" y las campanas del COVID-19 doblan por ti y por mí.

En el diario ABC, con el inquisitivo titular «¿Por qué mi hijo tiene que seguir yendo al colegio cuando en la clase de su hermana ha habido un positivo por COVID-19?», leemos lo siguiente: "Padres y madres viven intranquilos desde el arranque de la vuelta al cole. Los temores a posibles contagios no cesan porque los «grupos burbuja» no son infalibles. Estos se rompen desde el momento en el que los pequeños salen del colegio y se juntan con vecinos, otros amigos, padres, abuelos, primos..."*


Mientras se sigan utilizando sinónimos de "seguridad" en términos absolutos y no relativo —"burbuja" lo es— no estaremos avanzando mucho. La idea de "burbuja" evidentemente es algo más que una "metáfora", es una trampa si consideramos que es la burbuja la que trae la seguridad y no nosotros. Tenemos "playas seguras", "chiringuitos seguros", "hoteles seguros", "teatros seguros", "tiendas seguras"... En Egipto hasta se inventaron una pomposa etiqueta para poner en los hoteles. ¿Cómo no te van a fiar si han puesto un cartel en la entrada diciéndonos que es seguro, seguido de varias firmas relevantes que así lo aseguran?

Los grupos burbuja, nos dice ABC, no son infalibles. En realidad, los que somos falibles somos nosotros, imperfectos en nuestros actos, elevando a dogma los que no es más que conocimiento imperfecto y provisional. Las medidas que se aplican contra la expansión del COVID-19 —no contra él— son las que se aplican en muchos otros casos para evitar contagios. No tenemos nada contra el COVID-19, solo evitar que entre en nosotros a través de una serie de posibilidades que vamos descubriendo y se siguen discutiendo. Recuerden lo que se tardó en admitir la hipótesis de que se contagiara por transmisión aérea y no solo por contacto. Eso nos ha llevado muy recientemente a añadir la ventilación de espacios a las tres medidas básicas anteriores, mascarilla, distancia e higiene.


Si pensamos en las discusiones que tenemos sobre el uso de las mascarillas o el regateo en las distancias "sociales" —¿por qué no "interpersonales"?— o en el número de personas que pueden asistir a bautizos, funerales, fiestas, celebraciones religiosas, eventos deportivos, etc. nos daremos cuenta que somos seres discutidores (más que críticos), tratamos de arrimar el ascua a nuestras sardinas privilegiadas y esperamos que nos digan lo que más nos interesa particularmente, mientras que rechazamos lo que no nos gusta.

No se pueden vender burbujas ni castillos en el aire; no se pueden vender plazos de vacunas porque me interesa para mi reelección como presidente de los Estados Unidos o de una simple comunidad de vecinos.

Las "burbujas escolares" son una versión del plan que algunos científicos de la simulación habían realizado en sus ordenadores. Es como los compartimentos estancos de los buques para controlar que si se abre una vía de agua no se nos hunda con todos dentro. Pero esto no es un buque ni hay vías de agua. Estamos todos en la misma cochambrosa chalupa, a la deriva coronavírica, mientras nos golpean las olas e intentando sacar el agua que nos entra.

No sirve de nada aislar con gente que ya puede estar infectada o que va a estarlo mañana porque en su casa entran y salen a trabajos, a botellones o a tomarse un cafetito en la terraza, ahora que todavía hace buen tiempo.

Esas personas que vemos haciendo cola para los test, pueden estar infectadas en el regreso a casa. Se pararon celebrar que estaban bien con unos amigos y... ¡mira ahora! Tenemos noticias de gente que se ha hecho los test y siguen varias semanas igual porque no tienen resultados. ¿Recuerdan el caso de la señora a la que estaban esperando a pie del avión porque el resultado de su test se conoció mientras se iba de vacaciones?


No sirve de nada entrar en "burbujas" o mandar a "burbujas" a los niños si luego en casa, en el trabajo, en la calle... no se mantiene una actitud similar de prevención. Es un concepto no solo equivocado, sino que induce a errores graves. Se confunde la "seguridad" escolar con la más amplia seguridad. Es una mentalidad de "prevención de riesgos laborales", heredada de aquellos que tratan de evitar demandas. Solo preocupan las condiciones en el espacio del que eres responsable y en el tiempo de permanencia. Pero esto es muy distinto. El espacio es todo lo que nos rodea y el tiempo son las 24 horas del día.

La gente va huyendo de los sitios inseguros a los seguros, con lo que los vuelve inseguros contaminándolos si no tienen prevención. Eso ha ocurrido con zonas a causa del turismo. También ha hecho que haya pueblos que se blindaran para que no les entraran "los de Madrid" o los recelos contra los ciudadanos chinos (aunque llevaran años sin pisar China) o los que los parecían (todo "asiático" pasó a ser "chino"). Una residencia de mayores que había pasado todo este tiempo sin contagios, nos cuentan los medios, se ha visto contagiada gracias a la amorosa visita de un pariente que no podía dejar de achuchar a su familiar residente. Hay amores que matan.

Estamos pagando el hecho de que la mayoría sea asintomática, lo que conlleva que la distancia es siempre preventiva y parece irracional, incluso mala educación. También la falta de responsabilidad de muchos que no teniendo síntomas no se preocupan de mantener la prevención mínima. Pagamos el hecho de haber querido tranquilizar diciendo que solo se morían las personas con patologías previas, mayormente los ancianos. Eso se ha visto como una liberación de responsabilidad por parte de las personas más jóvenes, en donde el desfase entre contagio y fallecimiento es muy grande. Eso permite cierta irresponsabilidad peligrosa. Es increíble que se estén produciendo denuncias contra personas que directamente se saltan las cuarentenas sabiendo que están infectadas por el COVID-19. Dice bastante de las personas y de la sociedad egoísta y egocéntrica en la que vivimos. Hay que pensar en otro tipo de educación.

Los medios nos  dan noticias de lo ocurrido en China, con la celebración oficial de haber vencido la pandemia. Muchos se dedican a lanzar ataques señalando que es propaganda. Pero muchos se preguntan ¿qué han hecho bien los chinos y que nosotros, con Madrid, como la peor zona de Europa, y España al frente negativo, no hemos hecho ni hacemos? Mi primer bote de gel desinfectante me lo trajeron mis queridos alumnos chinos, al igual que mi primer paquete de mascarillas. "¡Cuídese mucho, profe!". Debió ser en febrero, bastante tiempo antes de que se declarara nuestro estado de emergencia o que Trump se enterara oficialmente, según su propia versión, de que había un virus en el mundo. Llegaban a clase con sus mascarillas puestas ante la mirada entre escéptica y divertida de sus compañeros que los veían por los pasillos. Las llevaban por sentido de la responsabilidad, además de para su protección. Muchos han estado en sus casas aislados prácticamente todo este tiempo (y siguen), reduciendo al mínimo sus salidas, viviendo muchas veces en habitaciones de pisos compartidos y extremando las medidas de precaución. No hay otro modo. Hemos hecho nuestro seminario (y hasta nuestro cinefórum) online antes de que se inventaran esto del "bimodal" y otras cosas que nos hacen pensar en "burbujas seguras".


Más allá de la política, que poco o nada tiene que ver en esto, es su sentido de la responsabilidad, su sentido cívico, que no es nuevo, lo que les ha permitido vencer al segundo enemigo tras el coronavirus, nosotros mismos. Los resultados son los que son y son el resultado de los sacrificios de muchas cosas.

Pero es difícil hablar de "burbujas" cuando no renunciamos a nada, cuando hemos ido a sacar perros de las perreras solo para poder salir a pasear con ellos una y otra vez; cuando se usó a los niños para reunirse los padres; cuando nos morimos por ese cafecito que se pasa horas sobre la mesa o cuando nos quitamos la mascarilla para hablar por el teléfono móvil o nos vestimos de ropa deportiva y llevamos una botellita para simular que hacemos deporte... 

No, nuestras burbujas son más bien achampanadas, festivas y compartidas. Nadie es una isla, especialmente si la idea que tenemos de una isla es tirando a veraniega, juerguista, nocturna y con un fondo discotequero. ¡Chin-chin!



* Ana I. Martínez "«¿Por qué mi hijo tiene que seguir yendo al colegio cuando en la clase de su hermana ha habido un positivo por COVID-19?»" ABC 17/09/2020 https://www.abc.es/familia/educacion/abci-hijo-tiene-seguir-yendo-colegio-cuando-clase-hermana-habido-positivo-covid-19-202009170123_noticia.html

domingo, 23 de marzo de 2014

El que no gasta es porque no puede

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
El editorial del diario El País se plantea una cuestión que afecta a gran parte de Europa y a nosotros especialmente, ya que estamos en un proceso de débil recuperación de nuestra economía. Señalan en el diario:

 A pesar del desapalancamiento reciente de empresas y familias, el endeudamiento privado sigue en niveles absolutos y relativos muy elevados. En ausencia de crecimiento de las rentas, las generadas por los ingresos de ventas en las empresas o de salarios en las familias, la solvencia no mejorará precisamente. Y con ella la calidad de los activos bancarios. Y estos no normalizaran su inversión crediticia. Un círculo vicioso que nos resulta familiar.
La principal ventaja del acusado descenso de la inflación en España es la mejora de la competitividad vía precios de nuestras empresas. Pero para que esa ventaja sea apreciable es necesario que nuestros competidores o socios comerciales mantengan ritmos de inflación muy superiores a los nuestros. No es el caso de la eurozona, donde el promedio sigue en tasas de inflación del 0,7%. Claro que sería muy deseable que economías como la alemana registraran aumentos de sus rentas y demanda que impulsara algo más su nivel de precios. Pero las políticas que condujeran a ese tipo de resultados parecen hoy descartadas y el horizonte previsible no es otro que el de crecimiento tibio, elevada tasa de paro y pérdidas de bienestar de la población. La ganancia del poder adquisitivo que registran aquellos que tienen empleo y rentas aseguradas es solo un paliativo parcial de las amenazas en economías como la española del descenso excesivo en los precios.*


En resumidas cuentas, lo que no viene a decir es algo sencillo: que deberíamos ganar más para pagar nuestras deudas. Pero para ganar más, los demás deberían comprarnos lo que producimos y parece que no están por la labor. La mejora de la competitividad, con los sacrificios que conlleva, se justifica si se da salida a lo que producimos. Pero si esas circunstancias no se dan, el sacrificio es más doloroso. Lo absurdo de todo esto es que para que a nosotros nos vaya bien, antes le tiene que ir bien a los alemanes, pero lo alemanes le tienen pánico a la inflación y procuran contener su gasto lo que pueden, manteniendo los precios bajos. ¡Estamos listos!
Cada vez se entiende menos cómo la economía española ha podido ser tan poco previsora como para meterse en el atolladero en el que se encuentra. La combinación suicida entre endeudamiento y desempleo y salarios bajos tiene un carácter explosivo. ¿De verdad alguien pensó que eso puede funcionar? Recuerdo la teoría de que los españoles eran capaces de realizar cualquier sacrificio con tal de pagar escrupulosamente sus hipotecas. Pero se tiró demasiado de la burbuja inmobiliaria que afectaba a los dos extremos de la cuerda, constructores y compradores, que iban ambos al mismo sitio, los bancos, a pedir prestado. Todo iba a ser ganancias: el constructor ganaba, el comprador ganaba (¿qué podía ser más rentable que un piso?). Los resultados los conocemos y los padecemos todos en mayor o menor medida.

El crédito fácil se vuelve contra ti cuando has mantenido una política de abaratamiento del empleo y de las condiciones del despido. ¿Con qué dinero devuelves tus préstamos si no te llega para vivir, si donde había dos sueldos ahora vivían solo con uno o donde había uno están en el paro? El Estado ingresa menos y tiene que atender a más y se endeuda.
La gente ya no se pregunta tanto por la "salida de la crisis" sino por la situación que va a constituir nuestra "normalidad" durante mucho tiempo. Algunos señalan que se tardará mucho, décadas, en llegar a niveles como los que teníamos hace unos pocos.
Lo más preocupante es que seguimos sin un diagnóstico crítico, es decir, un diagnóstico que no solo nos muestre nuestro males sino nuestros errores. Será difícil que España supere mucho de lo que tenemos por delante sin un franco examen de conciencia y un sentido nacional de la economía en su conjunto.
Sin embargo, eso no asoma por ningún lugar. España carece de una auténtica política económica dese hace décadas. Por política económica me refiero a una capacidad de marcar líneas y objetivos más allá del consabido número de turistas. El panorama que tenemos delante es negativo en el sentido de no vislumbrarse una unidad eficaz para trazar estrategias que nos alejen de nuestros problemas. Deberíamos abrir un diálogo sobre el modelo económico de país, en su vertiente productiva, porque de otro modo volverá a repetirse nuestra enfermedad vital. Tenemos que apostar por la industria y la innovación, frente a los modelos que no nos van a permitir más que esa nefasta dependencia del turismo y el ladrillo. Esto ya lo hemos experimentado y sabemos lo que da de sí.


Es preocupante el optimismo inmobiliario, porque ya ve sus signos de recuperación, es decir, de vuelta a la subida de los precios. Es sorprendente que se piense tan poco en nuestro país y se piense más en hacerlo "atractivo" para los demás, que es el sueño del sector inmobiliario y el turístico. Si los españoles no pueden comprar viviendas por lo alto de los precios y lo bajo de los salarios, se venden a los de fuera. Ya estamos preparando la siguiente burbuja.
El mundo visto por el sector inmobiliario es de otro color y, especialmente, de otros intereses. Podemos apreciarlo en las declaraciones hechas a la revista del sector Interempresas por el consultor inmobiliario de entidades financieras y fundado de la Red de Expertos Inmobiliarios, el señor Eduardo Molet:

En la actualidad, en una de cada cuatro ventas de inmuebles, el comprador es extranjero. La mayoría de ellos compra segunda residencia en una zona turística, pero están aumentando las ventas entre los que compran vivienda por motivos laborales. Esta situación se desencadenó hace poco más de un año, pero en los últimos meses se ha acelerado, y todo indica que la compra de vivienda por parte de extranjeros seguirá subiendo. “Hace un año, las ofertas de los fondos por las viviendas eran temerarias, pero actualmente han aumentado considerablemente y ya se ajustan al precio de mercado”.
Por nacionalidades, los que más están comprando son británicos (17%), franceses (10%), rusos (9%) y alemanes (8%). “También están aumentando las ventas entre los chinos, ya que así obtienen el permiso de residencia y se pueden desplazar libremente por Europa para hacer negocios”, explica Eduardo Molet.
Entre estos compradores extranjeros, los rusos son los que posiblemente más y mejor valoran la posibilidad de trasladar su residencia a España, por el estilo de vida y las posibilidades de abrir negocios, “pero para atraer a los extranjeros e incentivar la compra de vivienda entre ellos, hay que hacer el camino más fácil”, explica Eduardo Molet, que cree que hay que garantizar una mayor seguridad jurídica en sus inversiones inmobiliarias.
También es importante, en palabras del consultor, dar un impulso privado con apoyo de las instituciones públicas para organizar salones inmobiliarios en el extranjero, con participación activa de las embajadas, en las principales ciudades el mundo. “Nos tenemos que convertir en un país exportador, vendiendo en el extranjero la vivienda de segunda residencia de las costas y las islas españolas”.**


No entiendo muy bien el concepto de "país exportador" en lo referente a las viviendas, pero me imagino que él lo tendrá claro. La mayor parte de las inversiones en España lo están haciendo de nuevo en el sector inmobiliario que es en el que encuentran las gangas que después se encargarán de ir subiendo de precio.
Es una lástima que la inversión se centre en sectores cuyos resultados hemos visto cuando iban bien: endeudamiento y burbuja. No puedo compartir el optimismo del señor Molet. Entiendo que es un optimismo sectario y sectorial. Me gustaría que esas viviendas las compraran españoles, señal de que disponen de dinero para hacer, de sueldos estables y empleo bien pagados. La idea de subir los precios de la vivienda de cara a los extranjeros nos condena a nosotros, que quedamos en los márgenes. Convertir tu país en "turístico" supone una serie de distorsiones para los que viven aquí, como sabe cualquiera que viva en una ciudad turística. Los precios se empiezan a ajustar a los que tienen dinero, los que llegan de fuera y no a los que viven dentro.


Si como señala El País nuestro problema es que estamos endeudados, que se nos pide que se bajen los salarios, por lo que la débil demanda interna no tira del empleo, y todas nuestras esperanzas están en que los alemanes se suban el sueldo para comprar más cosas que produzcamos y que los comunitarios, rusos y chinos se compren las casas que no podremos comprar de nuevo a causa de la ausencia de créditos y de la subida de los precios, no entiendo muy bien cuál es el futuro que están arreglando.
Llamo no tener política económica a sentarse a esperar a que a otros les suban los sueldos o que vengan a comprar. Todas nuestras expectativas pasan porque los demás sean más ricos que nosotros y que nos caiga algo. Me reconocerán que como política es bastante pobre. Súmenle las noticias del aumento de la desigualdad en España, mayor que en el resto, y tendrán el panorama completo. Deberíamos recordar que nos endeudamos cuando íbamos bien y que cuando vamos mal es cuando no podemos pagar las deudas. Se puede reflexionar mucho sobre eso.
Apoyen a los sectores que producen e innovan; son los únicos con un verdadero futuro. Menos "marca España" y más "made in Spain".



* "Temores deflacionistas" El País 23/03/2014 http://economia.elpais.com/economia/2014/03/21/actualidad/1395418864_922479.html

** "Cada vez más extranjeros compran casa en España y los precios de la vivienda comienzan a subir en algunas zonas" Interempresas 17/03/2014 http://www.interempresas.net/Construccion/Articulos/120802-Cada-vez-mas-extranjeros-compran-casa-Espana-precios-vivienda-comienzan-subir-algunas.html







domingo, 12 de mayo de 2013

Pinchazos o de bicis y burbujas

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
El diario El País nos cuenta, desde Barcelona, la historia de Edu Sentís*, un empresario del ramo de la fabricación de bicicletas que ha visto su alegría por haber ganado en Dinamarca un concurso público para la fabricación de 11.000 unidades convertida en nada. La bici de Sentís, según se nos cuenta, tiene un diseño merecedor del premio —la bici es estupenda y así se lo han reconocido— y él una experiencia como fabricante en el sector. Nos dice el diario:

Sentís ha perdido el proyecto por falta de financiación. Para no ser penalizado, se ha visto obligado a vender la tecnología a una empresa alemana. Serán ellos quienes fabriquen las 11.000 bicis. “Y quizás más, porque Suecia ha dicho que le interesa mucho”, suspira.*

La historia es bastante reveladora de lo que está ocurriendo en este país desde hace algún tiempo y de dónde interesa invertir. Cada vez parece más evidente que si tenemos las ideas, los empresarios, la tecnología, los trabajadores, son otras cosas más profunda las que fallan. Es el modelo y la mentalidad subyacente lo que nos impide remontar la barrera del empleo, que es la de la producción. España no cree en la industria; es lo que necesita esfuerzo, constancia y medio plazo. Es el pelotazo el que ha transformado las mentalidades del capital:

“No falla el banco este o el otro. O este u otro fondo. Los nombres son lo de menos. Falla el sistema. Los bancos ya no dejan dinero, te lo alquilan. El capital riesgo ya no arriesga y hace de banco. La Administración te exige condiciones surrealistas. Nadie quiere asumir riesgo. Todo el mundo se llena la boca con el I+D, los emprendedores, la tecnología, el talento… y tú haces todo el recorrido, pero cuando llegas al mercado te encuentras con una frontera en la que no hay nadie: la del dinero, una pared”. Lo suelta de corrido.*


Da igual las medidas que se tomen. Al final, como dice Sentís, está la "pared" del dinero. Sin embargo, el dinero no está nunca parada. Está en un sitio o está en otro. Lo hay para unas cosas y no para otras. En otro artículo del diario, en cambio, nos hablan de la gestación de nuevas burbujas. Desde Nueva York nos informan de las preocupaciones de algunos por los síntomas que perciben ante lo que pudiera ser un nuevo "tsunami" económico:

Hay quienes están convencidos de que se está fabricando una nueva tormenta y el tiempo les consagrará como apocalípticos o gurús. Daniel Lacalle, un economista español que trabaja en el hedge fund londinense Ecofin, no pone paños calientes: “Estoy aterrorizado por el nivel de riesgos de renta fija de baja calidad y bonos soberanos poco fiables. Estamos reviviendo el año 2003, pero mucho más endeudados”. “No veo una burbuja incipiente, creo que está ocurriendo ya, distinto es lo que tarde en estallar, aunque haya un ejército de economistas oficiales negándolo, como ocurrió antes, con la inmobiliaria u otras”, explica el autor del libro Nosotros, los mercados.**


Lo cierto es que no se ha arreglado mucho. Solo se le ha dado dinero de nuevo a los bancos, unos bancos que no quieren dar su dinero para hacer bicicletas en Copenhague  sino para especular con márgenes más amplios. En España, la construcción espera de nuevo estímulos para volver a las andadas. Cientos de pisos vacíos y quieren seguir construyendo. Mientras los españoles salen por una puerta, la de atrás, la de la emigración vergonzosa a países que sí fabrican, las puertas se abren de nuevo para que compren sus casas rusos, etc., a los que se les promete la residencia a cambio de la compra de inmuebles. Los negocios así florecen porque se compran casas y se blanquea dinero. A pesar de los avisos, se apuesta por los casinos, olimpiadas y demás saraos. Los beneficios se los llevan unos y las deudas que generan quedan para ser pagadas durante décadas por los ciudadanos, como nos muestran todos los ejemplos anteriores.


Cuando se debate entre "austeridad" y "crecimiento", no es suficiente. La cuestión esencial es el debate sobre el modelo de crecimiento y este se elude absolutamente por unos y otros. Lo más que aspiramos es a repetir el modelo de crecimiento malsano que nos ha llevado a la desindustrialización de España, favoreciendo la corrupción, que es lo único que produce el modelo de crecimiento rápido, en el que las ganancias rápidas permiten repartir de inmediato.
El dinero solo va a los intermediarios, a los que reciben con una mano y lo entregan con la otra, a la compra rápida que deja grandes beneficios en muy poco tiempo.

¿Pero qué le decían durante la romería de la financiación? “Nunca te dicen que no. Pero si te piden un aval del 120% de lo que pides, como ocurre con un préstamo que tenemos de 2010 del ICO, te están diciendo dos veces no, es escandaloso”, explica mostrando un listado que es como un cuaderno de bitácora de lo que ha recorrido. Más formas de decir que no. “Que le falta escalabilidad [beneficio grande y rápido], que ya hablaremos, que estamos en contacto... Un inversor me dijo que él solo invierte en tecnología. ¿Y qué es Urbike? ¿Un botijo? ¡Si es pura tecnología!”.
Sentís alerta de que Edse Inventiva no es la única víctima de la falta de crédito. “Había proveedores esperando: mecanizados, soldadores, pintores... Hubiéramos creado puestos de trabajo, impuestos, cotizaciones... Los daneses son gente seria y el concurso obligaba a fabricar en Europa, no quieren bicis made in China”.*


Sí, los daneses han descubierto que si son siempre los otros los que fabrican, se convierten en un pueblo de tenderos con dependientes cada vez peor pagados y clientes cada vez más pobres. Y prefieren dedicar a los más listos a inventar, a los más hábiles a producir y a los más locuaces a vender lo que han hecho entre todos. Como bien ha aprendido Edu Sentís en sus carnes hispanas, lo que aquí se le pide no es "trabajo" ni "ideas", sino rentabilidad inmediata y ser rico, un modelo reservado para algunas personas y actividades.
Lo más irritante es la palabrería que nos invade y la hipocresía de los que están viviendo —cada vez más— de vender ilusiones y esperanzas. En el artículo preguntan a un inversor sobre esta cuestión:

Martin Cabiedes también deja espacio para la autocrítica y cuestiona cómo en su sector “se ha creado una especie de burbuja de gente —privados y públicos, ojo— que vive de los emprendedores y juegan con su ilusión”. “Se están creando mitos, eventos, incubadoras, aceleradoras, cursos de presentaciones... y no les enseñan a crear empresas, cuando la mayoría de startups fallan en cuestiones cotidianas o empresariales, como la contratación, la contabilidad o la fuerza comercial”.*

La burbuja: el crecimiento del crédito hipotecario en 2006

El banco, que exige seguridad y rentabilidad, en cambio, prefiere jugarse el dinero de su ahorradores a otras bazas financieras que les dejen mayores beneficios que fabricar bicicletas en Dinamarca. ¿Por qué jugártela financiando bicis cuando le sacas más provecho a vender preferentes a analfabetos, personas con Alzheimer, jubilados, etc.? Ahora, sus negativas de crédito se nos muestran como ejercicios de "rigurosidad", de "seriedad" en la financiación, cuando han creado una burbuja con las hipotecas de un tamaño e irresponsabilidad colosal.
La preocupación que se manifiesta en Europa es la de que el dinero que se les está liberando y abaratando llegue a las PYMES y a las familias. ¡Tremenda ilusión! El proyecto de las bicis que Edu Sentís ha tenido que vender para que se fabriquen en Alemania tenía ruedas anti pinchazo. La economía española no.

* "Edu Sentís y el crédito imposible" El País 11/05/2013 http://economia.elpais.com/economia/2013/05/11/actualidad/1368293463_376684.html
** "En vilo por la burbuja siguiente" El País 12/05/2013 http://economia.elpais.com/economia/2013/05/11/actualidad/1368296022_874528.html





viernes, 18 de mayo de 2012

La llamada del ladrillo

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Las noticias sobre las conexiones de la mafia rusa con el ex alcalde de la localidad malagueña de Casares, junto con otros ediles, ponen de manifiesto una parte de la triste realidad del desarrollo urbanístico español. La web de RTVE sintetizaba así el panorama:

La mafia rusa, con importantes ramificaciones en la Costa del Sol, era el principal "cliente" de la red de blanqueo de capitales y corrupción urbanística liderada supuestamente por el exalcalde de la localidad malagueña de Casares Juan Sánchez (IU), en prisión desde el pasado martes, y en la que ya hay nueve imputados, entre ellos el concejal de Urbanismo.
Así lo han confirmado a Efe fuentes de la investigación, que han explicado que la trama había creado un complejo entramado de más de 20 empresas que se superponían unas a otras y que eran las encargadas de blanquear el dinero procedente del crimen organizado.
A través de inversiones inmobiliarias y aprovechando el "boom" de la construcción vivido en la costa malagueña en años anteriores, el clan "Kremliovskaya" de la mafia rusa habría conseguido blanquear "millones de euros" obtenidos del narcotráfico a gran escala.*

Hay veces en que los descubrimientos son secretos a voces. La inversión mafiosa para blanqueo de capitales ha sido una de las prácticas habituales cuando no se atiende demasiado a quién invierte y se prefiere solo atender al cuánto. Y eso nos ha perdido. La práctica de mirar más la cifra que la firma en los cheques, a la larga, suele ser problemática. El dinero llega a espuertas y se reparte generosamente inflando todo lo que le rodea. Finalmente, la burbuja del ladrillo es la burbuja de los enladrillados, ya que el sector se hace tan rentable que se abandonan otros que lo son menos. ¡Hay tantas cosas que hacer con las casas! Todo parece crecer y los números de la economía se disparan.

Viñeta de 2006. Esto no es nuevo

Pero la economía no son los números, que solo es el lenguaje en que se expresa. La economía es humanidad pura, relaciones entre personas, traducción de una realidad de la que es peligroso separarse o abstraerse. Y la realidad es que ese dinero mafioso corrompe a instituciones y personas y lleva al conjunto de la sociedad por una peligrosa deriva. ¡Que no nos salga nadie con el patriótico “ha sido bueno para el pueblo”! ¡Ese dinero mafioso ha sido veneno por su misma naturaleza, destrucción de otras opciones diversificadoras de las actividades y una ilusión de riqueza que no era más que endeudamiento! Corrompió, encareció y arruinó, como vemos cada día. Casares es solo un ejemplo, pero otro más de una situación multiplicada por el país. El descubrimiento del blanqueo de dinero mafioso solo lo hace especial en una de sus facetas. En otras cosas, no es excepción sino confirmación del daño hecho a la economía española y a los españoles mismos, que son las personas tras las cifras.


Por eso sorprenden —aunque no tanto— las declaraciones de Esteban González Pons, el fabulista oficial del Partido Popular, el hombre que, con verbo fácil y metáforas sencillas, nos traduce ideas complejas. González Pons, profesor de Derecho constitucional, fue Consejero de Territorio y Vivienda en la Comunidad Valenciana en 2007, aunque por poco tiempo. Sabe de lo que habla. Por eso son llamativas sus declaraciones —que han sido resaltadas por la prensa— sobre la burbuja inmobiliaria en la revista Jot Down:

[P]La mejor frase que recuerdo de Zapatero fue ésa de que se “arrepentía de no haber explotado la burbuja inmobiliaria”. La culpa de lo ocurrido en España la comparten todos los partidos, pero ¿no cree que al PP le ha faltado una autocrítica semejante?
[R] No creo que tengamos que arrepentirnos de la burbuja inmobiliaria. Porque facilitó que mucha gente que no tenía casa pudiera acceder a ella y que muchas personas pudieran adquirir una segunda residencia. El problema es que no planificamos bien urbanísticamente cómo íbamos a crecer. Quizá las competencias urbanísticas deberían estar en manos de las comunidades y no de los ayuntamientos. Y creo que otro fallo fue que no supimos darnos cuenta a tiempo de que la burbuja se estaba haciendo demasiado grande. Pero que la construcción tirara de la economía española no era del todo malo.**

No sé en qué lugar poner esta barbaridad, si en lo político, en lo económico o en lo histórico. Quizá haya que repartirla de forma igual entre las tres. Las disquisiciones de González Pons van porque todo el mundo quiere vivir en el mismo sitio. La burbuja inmobiliaria no es el urbanismo. Es otra cosa. Como sabrá González Pons, el que todo el mundo quiera vivir en el mismo sitio beneficia a unos más que a otros ya que eleva los precios. Es una idea elemental que se le escapa. De ahí las jugosas inversiones en ciertas zonas para multiplicar los beneficios; de ahí especialmente la presión sobre los políticos, su corrupción, para que alteren las normas urbanísticas que permitan la barbaridad urbanística y el encarecimiento. Sí, es fácil decir que todos quieren vivir en el mismo sitio.


Pero sus palabras sobre lo bueno de las burbujas nos hacen ver que su punto de vista no es el que debiera tener un político, que se debe a los ciudadanos. Me da igual su bonita frase sobre que no recibimos la tierra de nuestros padres sino que son nuestros nietos los que nos la prestan. ¡Poesía! Esa política ha conseguido que no tengamos nietos por el empobrecimiento de la generación de nuestros hijos, que tendrán a lo sumo hijos alemanes o chinos. La burbuja no nos ha hecho ricos, sino parados y emigrantes. Esa es la realidad de los números: casas vacías y cuentas en rojo, nacionales y particulares. Hoy las dos huchas, casas y bancos, se han roto y muchos ven que no hay nada dentro. Los cerditos están medio vacíos.
Que González Pons defienda las burbujas (el encarecimiento) y solo se lamente retóricamente, como un Jeremías, de la concentración de edificios es realmente lamentable por lo que implica. Debería leer con detenimiento las noticias. ¿Cómo puede decir que la burbuja fue buena porque “facilitó que mucha gente que no tenía casa pudiera acceder a ella”? Quizá las personas desahuciadas puedan explicárselo mejor. La burbuja no posibilitó que la gente tuviera vivienda: posibilitó que los bancos dieran créditos bajos para que la gente que no podía comprar una vivienda creyera que podía comprarla. Los efectos en bancos y en particulares los tenemos hoy a la vista. Por eso son tan irritantes las palabras de González Pons, por lo que revelan de “incapacidad genético-ideológica” de entender el problema que han causado o han sido incapaces de contener, me da igual, aunque no sea lo mismo. Han sido irresponsables todos.

Como la memoria es una herida que apenas se cierra, me viene al recuerdo una declaraciones con las que aburría a mis contertulios de la época, de hace diez años. Me levantaron la ira cafetera, que es la que descargas con los amigos cuando compartes el desayuno. Mi irritación la causaron las palabras de ese otro hombre de verbo fácil e ideas sencillas —hoy recuperado para el desastre político autonómico— que es Francisco Álvarez Cascos, entonces ministro:

El ministro de Fomento, Francisco Álvarez Cascos, asegura que el encarecimiento de la vivienda refleja que hay "muchos españoles" que pueden comprar pisos y que si hay tanta demanda es porque "los españoles hemos convertido desde hace muchos años la vivienda en el principal objetivo del ahorro".
Álvarez Cascos comentó en estos términos los datos facilitados por Tasaciones Inmobiliarias (Tinsa), que cifran en un 14,24% el aumento del precio de la vivienda nueva entre septiembre de 2001 y el mismo mes de 2002.


Que el ministro de Fomento diga que es bueno que el precio de la vivienda subiera un 14% en un año porque eso era síntoma de que había “mucho rico” dispuesto a pagarlo, va en la misma línea mental y económica de lo señalado por González Pons. Un error terrible porque ante ese crecimiento de los precios, los españoles no ahorraron, sino que perdieron sus ahorros, como es notorio hoy. Las burbujas son ficciones a las que tienes que arrastrar a otros; eso es la euforia.
Los argumentos de González Pons sobre permitir el acceso a la vivienda a los que no podían acceder a ella entran en contradicción perversa con la idea de Álvarez Cascos de que debe subir porque somos más ricos. Hoy sabemos que los españoles se autoproclamaban ricos cuando tenían una vivienda muy cara que no habían pagado.  Así somos. Uno no es rico por lo que debe, sino por lo que tiene. Pero esa es la idea que transmitieron políticos y bancos. Es la misma justificación que llevó a la crisis en Estados Unidos: pongamos la vivienda al alcance de todos; hagamos que los bancos den créditos muy baratos para que se ponga en marcha la economía del ladrillo como motor general. Los millones de desahucios en Estados Unidos certifican los mismos resultados. La construcción era la alternativa estática (local) a la deslocalización fabril. Produzco barato fuera; construyo casas caras dentro. Y eso atrae inversores, incluida la mafia rusa.

Es esta especie de políticos, unos que no entienden la realidad y otros que la entienden demasiado bien, la que lleva al desastre a los pueblos. Demuestran carecer de ideas y que las que tienen no son buenas porque nos llevan a los desastres, del que además son incapaces de reconocer sus consecuencias. Es preocupante, además, porque si no son conscientes del problema, volverán a llevarnos al mismo sitio en cuanto se inicie la recuperación, sea eso cuando sea. Seguiremos con la idea de que las burbujas son buenas, que el encarecimiento es síntoma de riqueza, y que hay que atraer inversores, aunque sean mafiosos.
Al final, un alcalde y concejales malagueños de Izquierda Unida, la mafia rusa, la estupidez neoliberal… todos acaban atendiendo, parafraseando a Jack London —The call of the wild—, la llamada del ladrillo. Una llamada salvaje.

* "La mafia rusa, detrás de la trama de blanqueo de Casares en la que ya hay nueve imputados". RTVE /Agencias 17/05/2012 http://www.rtve.es/noticias/20120517/dos-nuevos-imputados-prevaricacion-casares-malaga-elevan-lista-nueve/527711.shtml
** "Esteban González Pons: "La burbuja inmobiliaria fue buena"" Jot Down mayo 2012 http://www.jotdown.es/2012/05/esteban-gonzalez-pons-la-burbuja-inmobiliaria-fue-buena/
*** "Cascos afirma que si la vivienda está cara es porque 'muchos españoles' pueden pagarla" El Mundo 16/10/2002 http://www.elmundo.es/elmundo/2002/10/15/economia/1034692794.html




domingo, 27 de noviembre de 2011

Un libro: Breve historia de la euforia financiera, de John Kenneth Galbraith


Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Leer de nuevo a John Kenneth Galbraith es un recordatorio de lo que el tópico califica como “de triste actualidad”. Es sorprendente que en este librito, de no llega a 150 páginas, se esconda en dos principios, la base de la desgracia económica en la que nos vemos reunidos. Galbraith es un caballero y prefiere no abusar de llamarlo demasiado por su nombre: estupidez. Hay variantes en la calificación, pero todas van a lo mismo. No aprendemos nunca.
La estupidez histórica (o la personal) tiene sus propias pautas y la pauta es lo contrario del azar. La mayor parte de las cosas malas ocurren más por estupidez que por azar. Puede que no podamos prever dónde caerá un rayo, pero sí dónde poner un pararrayos. La estupidez consiste en ahorrarse el pararrayos o en ponerlo en un lugar absurdo. La estupidez consiste en convencerse de que es una estupidez tener un pararrayos.
Cuando se lee esta historia de la euforia financiera se comprenden ciertas pautas. No son las de la Historia, que la escribimos nosotros, sino —como señalábamos— la constancia del error por la incapacidad de exorcizar nuestros malos hábitos, instintos o como quieran ustedes llamar a nuestra tendencia a pensar que el mundo debe ceder siempre a nuestros deseos y no al contrario.

La historia de la “euforia financiera” es la de las “burbujas”, desde sus orígenes hasta anteayer, dado que el libro está escrito a finales de los ochenta y principios de los noventa, dando cuenta de la burbuja de entonces. En cuanto a burbujas, es preocupante señalar, que en esta apenas hemos innovado nada en materia de estupidez, algo que es verdaderamente preocupante, porque una de las bases de su repetición es, precisamente, su capacidad para camuflarse de sensatez y de normalidad. Esta vez no ha ocurrido así y ya no tenemos excusas con las que camuflar nuestras innegables codicia e impericia en la gestión de los desastres que generamos.
El lío financiero y productivo, con todos los palos de la economía en danza, en el que estamos metidos casi todos, nos demuestra que finalmente se ha globalizado la estupidez. Quizá sea más correcto, desde el punto de vista explicativo, decir que lo que ha ocurrido para que este desastre se diera es la conversión de la ceguera en doctrina oficial, en pensamiento único. Si se tiene alguna duda respecto a esto, puede leerse la siguiente cita del texto:

En Estados Unidos durante los años ochenta el gobierno incurrió en grandes déficit en dos capítulos nacionales críticos: el presupuesto federal y, relacionado con ello, la balanza de pagos. A corto plazo, los resultados son muy satisfactorios: mayores ingresos personales; menores impuestos en comparación con otros países industriales; una grata abundancia de productos de consumo extranjeros relativamente baratos; automóviles, televisores, otros artículos electrónicos, productos textiles y mucho más. Todo se paga con cargo a una deuda exterior acumulativa. Estados Unidos, el mayor acreedor mundial en decenios anteriores, se ha convertido ahora en el mayor deudor del mundo.
Quienes, y eran muchos, elevaron sus voces contra este curso de los acontecimientos no fueron del todo ignorados. Advirtieron la creciente participación del presupuesto en el pago de intereses y el apoyo de una clase opulenta, pero económicamente inactiva. Resultó también evidente que al financiar el gobierno sus actividades, el dinero se puso al servicio de la Bolsa y de la especulación inmobiliaria (especialmente ésta) y, en menor escala, incluso se orientó hacia las obras de arte, y el dinero fácil alimentó una temeraria fiebre de fusiones, adquisiciones y absorciones primadas en el mundo de las finanzas corporativas. Sirvió también para comprar los hoy tan célebres bonos basura (136)

Como puede comprobarse, la repetición multiplicada del mismo desastre con veinte años de diferencia, exactamente el tiempo calculado por Galbraith para que una nueva generación de olvidadizos tome el relevo. Eso sí: con un alcance realmente mayor debido a las herramientas de que se dispone para expandir el desastre. Igual que ocurre con las bombas, ponemos toda nuestra pericia técnica e ingenio en labrar nuestra destrucción aumentando su potencia.
Para Galbraith, como para Keynes y todos aquellos que creen que la Economía solo le pone números al comportamiento humano, es decir, depende de la psique, individual y colectiva, la euforia es un proceso psicológico que debe ser explicado desde nuestra imparable tendencia al autoengaño y a la codicia. La base de las “burbujas”, señala Galbraith en varias ocasiones, está en una secuencia, en una pauta sencilla:

Las circunstancias que inducen a los episodios recurrentes de demencia financiera no han cambiado de ninguna manera realmente operativa desde la tulipamanía de 1636-1637. Individuos e instituciones son cautivados por la satisfacción maravillosa de acrecentar la riqueza. La ilusión asociada a la anterior y que consiste en atribuirse perspicacia, se ve alentada por las varias veces señalada impresión pública de que la inteligencia, propia y ajena, corre pareja con la posesión de dinero. De esta creencia así infundida deriva la acción: acumulación de valores inmobiliarios y mobiliarios o, en fechas recientes, de obras de arte. El movimiento alcista confirma el sentimiento de agudeza personal y de grupo. Y así hasta el momento de la decepción masiva y el hundimiento. Este último, como ya ha quedado suficientemente claro, nunca se presenta de manera paulatina. Va siempre acompañado de un desesperado esfuerzo por escapar, infructuoso en la mayoría de los casos. (128)

Desde la primera gran burbuja, desde la euforia por los tulipanes, por los que se llegaron a pagar cifras astronómicas para la época, el siglo XVII, las características han sido las mismas. La creencia en que se pueden mantener tendencias al alza eternamente arrastra a invertir en algún bien. La euforia se desata por la posibilidad de ser “inmensamente rico”, de poder sumarse al selecto club de los que más tienen. Habría que añadir al mecanismo psíquico descrito por Galbraith otro más: el de no sentirse “inmensamente tonto”, complementario del primero y con el que a veces se confunde. Cualquiera que haya asistido a algún momento de persuasión comercial, sabe que lo primero que debe conocer un buen vendedor es si está ante una persona que responde al estímulo de la riqueza, un ambicioso, o al temor de quedarse descolgado y ser tomado por tonto. Aunque el resultado sea el mismo, la venta, el principio difiere, si bien, una vez perdido el miedo a quedarse  atrás el tonto pueda avanzar espectacularmente en su ambición.
El hecho de que las burbujas modernas comenzaran con flores —los tulipanes en Holanda— puede tomarse como un interesante simbolismo de cómo cualquier cosa puede transformarse en motivo de euforia. Entre las flores y las propiedades inmobiliarias o las Punto-Com no hay diferencias básicas. Cualquier producto puede hacerse llegar más allá del límite de lo razonable. Más dura será la caída cuanto más alto haya sido el salto especulativo.

Euforia y caída de los tulipanes
Codicia y emulación son los dos mecanismos principales. Mediante el primero no tenemos límites en nuestros deseos, Convertidos en auténticos maníacos, nos cegamos pensando que el ascenso no va a tener freno, pero todo lo tiene. Galbraith se sorprende de cómo puede estar la gente tan ciega ante un principio sencillo: en algún momento tiene que bajar. La codicia ciega, evidentemente.

La emulación es el mecanismo que justifica el arrastre necesario para que se produzca la euforia. La creencia en que los ricos son más inteligentes y que son un referente de las acciones hace que se les siga en sus operaciones. Es esta segunda tendencia la que en realidad desata la euforia, la reacción colectiva. Euforia y pánico son los dos movimientos colectivos que provocan el ascenso y el descenso vertiginoso. El deseo de hacerse rico y el deseo de no perderlo todo son formas de precipitar los desastres, ya que uno y otros están vinculados. La admiración por los ricos, su exhibición mediática, su protagonismo permanente, han sido muestras del mal gusto y de la promoción de personajes sobre los que es mejor no saber cómo hacían sus fortunas. Aunque no hacía falta preguntar: te lo contaban. Los ricos con sus lujosas casas y yates rivalizaban en la ostentación en las portadas o los reportajes de los periódicos y revistas. ¿Para qué, si no, ser rico?
El desastre de la euforia financiera se produce cuando las personas cambian lo que poseen  a cambio del objeto de euforia o, lo que es peor, hipotecan su futuro por tulipanes, o acciones de cualquier fantasía que estalla al poco tiempo dejándoles sin nada o cargados de deudas para el resto de sus vidas.
Tengo la sospecha que las burbujas que Galbraith no llegó a ver, las de los noventa y la nueva década del siglo, si hubo quien supo lo que tenía que hacer, que ya no son movimientos espontáneos, sino inducidos para hacer aflorar las bolsas de ahorro. De la misma forma que el consumismo se enfrenta al ahorro, las burbujas financieras requieren que aflore el capital ahorrado para que el dinero se pierda por el camino, como ha ocurrido con las Punto-Com o la crisis financiera a través de los derivados, en la que es innegable la maniobra y en lo que coinciden todos los analista. La poca presencia de responsables en las cárceles es el mejor indicador de lo cuidado del asunto, de su meticulosa preparación. también de la indefensión en la que estamos.


Señala Galbraith que los desastres de las burbujas se olvidan pronto y que eso hace posible la repetición. Solo de la crisis brutal del 29, nos dice, se guardo memoria y histórica y defensas institucionales, de los estados para tratar de evitar un nuevo desastre. Por eso la llegada del neoliberalismo de la época de Reagan y Thatcher, cuyos efectos estamos viendo, supuso el desmantelamiento de casi todas las barreras defensivas existentes para evitar que se produjeran especulaciones del mismo calibre. ¿Los efectos? Los estamos viendo. Es ya frecuente que se califique nuestra actual situación como la crisis más grave desde la del 29.
Una característica importante señalada por Galbraith es la de los mecanismos exculpatorios, el equivalente a borrar las huellas del lugar del crimen:

De la secuencia claramente establecida de boom y estallido en el siglo pasado provino, en los últimos años, otro empeño de cubrir el episodio de euforia. En efecto la comprensión de aquella secuencia iba a normalizar el episodio: se dijo que el boom y el estallido eran predecibles manifestaciones del ciclo de los negocios. Podía haber manía, como afirmó Joseph Schumpeter, pero la manía era un detalle en un proceso más amplio, y el papel benéfico de la siguiente contracción y depresión había de restaurar la salud normal y expulsar el veneno del sistema, como algunos otros eruditos puntualizaron. Ahora se aceptaban rutinariamente en los cursos universitarios sobre ciclos de los negocios, la alternancia entre expectativas elevadas hasta la extravagancia y momentos bajos. (89)

Los crímenes se disuelven como formas naturales asumidas por las teorías y lo que es responsabilidad de la acción humana se camufla gracias a las maniobras teóricas que reparten el estiércol a lo largo del campo hasta que se produzca el siguiente episodio de euforia, hasta que sea posible de nuevo recalentar la situación que se dinero aflore en las direcciones adecuadas. De esta manera se le han podido echar la culpas a huracanes en Florida o realizar —como nos cuenta Galbraith que hizo el banquero J.P. Morgan en 1907— un llamamiento a que los clérigos de Nueva York incluyeran en sus sermones dominicales recomendaciones de confianza y ánimo.
El problema es cuando, como en nuestro caso, se comienza con una crisis inmobiliaria, con el endeudamiento de particulares) y esa deuda va subiendo por la escala hasta llegar a los propios estados en un mundo globalizado de economías interconectadas. Los bonos basura, de los que ya hablaba Galbraith en la anterior burbuja, la de los ochenta, también comenzaron con créditos hipotecarios basura. El endeudamiento surge cuando no tenemos bastante para conseguir lo que queremos. Y queremos lo que nos meten por los ojos, sin límites, pensando que nunca habrá que devolverlo, que aquello en lo que hemos depositado nuestras esperanzas y dinero tomado prestado —una casa, un tulipán— cubrirá nuestras deudas. Y te animan a ello, vaya si te animan. Nunca piden moderación.
Señala John Kenneth Galbraith:

La segunda razón de que el ánimo y la manía de especulación estén exentos de condena es teológica. En las actitudes y la doctrina aceptadas de la libre empresa, el mercado es un reflejo neutro y preciso de las influencias externas. Se considera que no está sujeto a una dinámica de error que le es propia. En esto consiste la fe clásica. Así pues, existe una necesidad de encontrar alguna causa del hundimiento, pero alejada, o sea externa al mercado en sí. O bien sucede que algún abuso del mercado ha inhibido su normal rendimiento.
[…] En nuestra cultura, los mercados son un tótem, y no se les puede atribuir tendencia o fallo aberrante de suyo. (46)

Quizá esté en esta última idea de Galbraith la respuesta a situaciones actuales. En algunas ocasiones hemos hablado de “soluciones homeopáticas”. Habrá que tener mucho cuidado, no sea que por ese respeto teológico se diagnostique mal la enfermedad y se apliquen remedios que lejos de sanar, coloquen al paciente en una situación peor de la que entró.
Como siempre, es una delicia leer a John Kenneth Galbraith, un gran economista al que, probablemente, un innato sentido de la controversia le llevó a ir en la dirección contraria a la que el barco tomaba rumbo al abismo que todo lo traga, el de la estupidez y el dogmatismo. Parece evidente que, como saben los médicos, lo primero es lavar la herida, eliminar los riesgos de infección que amenazan con quedarse dentro de la herida mal curada.
Si creemos a Galbraith —y tiene la historia a su favor— no aprenderemos nunca y los jóvenes economistas y financieros dedicarán parte de su tiempo a investigar y desarrollar nuevas formas de crear productos capaces de embelesarnos, de sorbernos el seso hasta convencernos de que no existe otra cosa más valiosa que lo que nos ponen delante. Esta usted advertido.

John Kenneth Galbraith (1991, 2011). Breve historia de la euforia financiera. Ariel, Barcelona.152 pp. ISBN: 978-98-344-6952-5.