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martes, 2 de febrero de 2021

Confusiones (a estas alturas)

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)




Lo acabo de escuchar en RTVE a una tertuliana: la justificación de las medidas de "relajación" de la hostelería en Madrid es que "no conoce ningún estudio que diga que la gente se contagia en la hostelería". ¿Estamos así todavía, después de un año? Escuchado en otra cadena a otro tertuliano hace unos días: las cifras de contagio en Alemania habían sido menores porque "como no son "católicos no celebran la Navidad". Como memos de esta categoría no hacen falta "negacionistas". Son los "confusionistas".

Si en el segundo caso los compañeros se le echaron encima inmediatamente por el tamaño de la estupidez, el caso del estudio sobre la hostelería, las posibilidades de argumentación son menores debido al error de confundir la caja y su contenido, o, si se prefiere, los efectos y las causas.

Es un problema que existe desde el principio y que ignora el principio fundamental: los espacios no son contagiosas sino las personas, que es donde anida el virus. Son los encuentros en proximidad los que producen el contagio, el paso de uno a otros. Una vez dicho esto, todo lo demás es circunstancial dependiendo del grado de proximidad, del número mayor o menor de encuentros y de ciertas características ambientales. Circunstancial, sí, pero real.

Lo hemos dicho: las afirmaciones del tipo "la cultura es segura" no significan absolutamente nada porque no es la "cultura" lo que nos contagia, sino las interacciones en un espacio donde se produce lo que llamamos "cultura", palabra demasiado general para una situación tan concreta como es un contacto contagioso. No es la cultura, somos nosotros, y lo importante no es lo que hacen otros en un escenario, sino lo que ocurre con nosotros en nuestras butacas.




En otra cadena se acaban de preguntar "¿será posible viajar en Semana Santa?", otra pregunta engañosa más allá de la movilidad que se permita. No es el viajar, sino las condiciones de nuestro viaje, los encuentros que se produzcan. Nuestra obsesión con los festivos —el día en que no trabajamos sino que hacemos que otros trabajen para nosotros— nos está llevando a una distorsión del calendario junto a otras de las relaciones, los contactos, etc. en las que ponemos el acento.

Todas estas preguntas no son más que formas de autoengañarnos: no son las actividades, somos nosotros; no son los sitios, sino las condiciones en que nos encontramos lo que producen los contagios. Funeral y bautizo son iguales si los reducimos a distancias e interacciones, a ventilación e higiene. Lo básico es sencillo, lo que se lleva diciendo y que es válido para cualquier otro proceso de estas características en su forma de transmisión. Un "espacio cultural" no es seguro por ser "cultural" sino porque se ha dedicado especial empeño en mantener distancias, limpieza y ventilación. No hay ningún respeto de la naturaleza por Verdi, John Ford o El lago de los cisnes, por Picasso, los fósiles o cualquier cosa que se encierre en un museo, sala de exhibición o escenario.

Se le podría contestar a la tertuliana inicial que no existen estudios sobre muchas otras cosas, como que se contagien más aquellos cuyos nombres comienzan por la letra P, los rubios más que los morenos ni los que nacieron en día impar o en martes. Ese razonamiento, aunque sé que no es su intención, es el de muchos negacionistas. Podríamos hablar de "negacionistas parciales", aquellos que niegan que en un sector se produzcan contagios porque no hay pruebas. De nuevo: no son los sitios, por más que podamos establecer lugares que por su actividad, paso frecuente, etc. sea más probable contagiarse que en otros. Si en un sector hay menos contagios que en otros es muchas veces precisamente porque se ha restringido o limitado el acceso en número u horas, no por otra cosa.



Distancia, mascarilla, higiene y ventilación siguen siendo los elementos básicos. Cualquiera de ellos puede oscilar (más o menos distancia, calidad de la mascarilla, mayor o menor higiene, mejor o peor ventilación) e interactuará con lo que tenemos alrededor, que son los otros, posibles portadores, y las condiciones del entorno.

Cuando se ha recomendado que no se hable en el metro, no tiene sentido cuestionarse sobre si se puede hablar de fútbol, de toros o de campañas electorales. Es absurdo. Es la emisión mayor de aerosoles lo que es determinante y no el tema de conversación o si hablamos con un amigo o un desconocido. Reducir a este tipo de planteamientos es realmente asombroso a estas alturas.

Es lo que ha ocurrido con las elecciones catalanas cuando las autoridades decidieron que se podría asistir a los mítines políticos. Todo el mundo se ha llevado las manos a la cabeza y con razón. No hay diferencia, aunque puede que te dé cierto placer ser contagiado por un correligionario. Hay gente para todo.



En realidad estamos deseando que  nos digan que lo que nos apetece es "seguro". Es el autoengaño permanente junto a los intereses económicos. Si nos hubiéramos dejado de "mi comunidad es segura, me salto a la siguiente fase", "la cultura es segura" y de discutir quiénes son "allegados" y quienes no, sobre si los parientes próximos cuentan a la hora de comer, cenar o desayunar. Hubo un pueblo —las televisiones nos mostraron las imágenes— que en vez de celebrar las campanadas de media noche para la Nochevieja, reunió a sus habitantes para tomarlas a las doce de la mañana y creo que en vez de uvas tomó almendras. Sin comentarios.

Este continuo "reservarse" para los acontecimientos es absurdo, una verdadera manipulación. Ha ocurrido con el verano, con los puentes, las navidades y ahora lo estamos haciendo con la Semana Santa. Los intereses de la economía, se diga lo que se diga, están por delante de cualquier otro. Es la dura realidad.




El nerviosismo ante los planes de vacunación es que de ellos depende ya todo. Lo llamaríamos el factor exterior. Con la vacuna, piensan algunos, se acaban los límites, las privaciones, los controles y cuidados. ¡Qué gran equivocación en el planteamiento! No hace sino confirmar el principio de Tolstoi, la medicina sirve para tapar nuestros vicios y defectos, la incapacidad de control. Decía el escritor ruso que los medicamentos servían para que la gente asistiera a los burdeles con mayor tranquilidad, al rebajar los riesgos.

Nuestra sociedad de consumo se basa en el placer, en la moda, en el movimiento y en la movilidad. El aislamiento (confinamiento) va contra sus principios básicos que se basan en moverse, cambiar, desplazarse de un lugar a otro. Turismo y hostelería representan esa sociedad de servicios que necesitan de que otros lleguen, que vengan o vayan. Necesitan del festejo, del aniversario y la celebración. Se tienen que inventar nuevas fiestas (San Valentín, Halloween, fiestas de padres y madres...) para que se consuma, se salga y se celebre. Los que viven de todo esto —que son muchos— no esperaban algo así, tan largo y restrictivo de nuestra vida social intensa, motor de la economía.



Donde los turistas no llegaron se nos pide que vayamos nosotros para mantener en pie los negocios. Los medios juegan su papel de incitación mostrándonos lo bueno que era el mundo antes de esto, como ocurre con el nuevo ciclo anual. Hemos empezado por ver cómo fueron las fiestas navideñas del año anterior. Ahora, estos, días toca el carnaval, del que se nos muestran continuas imágenes. Luego nos quejaremos de que hay gente que lo celebra clandestinamente.

Si se hubieran tomado las medidas adecuadas y se hubiera enseñado que la única seguridad depende de nuestras acciones básicas, probablemente no estaríamos en esta situación actual, con estas políticas de acordeón, de abrir la mano para luego tener que cerrarla ante los resultados.

No sé si hay otra opción que no sea tratar de desarrollar una economía menos dependiente. Algunos lo han hecho, pero esos no atraen la atención de los medios, fascinados por esa comparación constante y nostálgica de cómo eran las cosas antes y cómo lo son ahora. Sin embargo, muchas voces nos advierte que muchas cosas no serán como antes.

Hay muchos sectores que han intensificado su actividad con todo esto, pero es mejor mostrarnos al señor que tiene un negocio de hacer trajes falleros o a la señora que tiene una tienda de suvenires para turista en la Puerta del Sol. La gente se conmueve y se subleva ante la contemplación de tanto drama injusto por el "maldito virus". Sin embargo, corremos gustosos a su encuentro.




La situación es muy dura, pero ni la irresponsabilidad, la negación o la lasitud son las soluciones. La verdadera seguridad se necesita pero se enfrenta al negacionismo, al confusionismo y al pasotismo, que es lo peor de todo. Y hay mucho pasota, el que no le importa porque cree que por ser joven o asintomático no va a tener consecuencias. El gran problema de este coronavirus es precisamente el gran número de asintomáticos, el pasar de unos a otros hasta llegar a alguien cuya respuesta es clara, grave, mortal muchas veces. Los que no se siente afectados se desentienden del resto, ¡que se cuiden ellos! Es una forma peligrosa de egoísmo.

Son los indiferentes el mayor peligro, los que se confían ya sea por la confusión (los jóvenes no se contagian, esto es poco más que una gripe...) o porque sencillamente piensan que su vida es su vida y de nadie más. Tremendo error. Esto es de todos y no algo individual.

Las noticias de ventas de certificados falsos de vacunación o de negativos para viajes, la llegada de un turismo irresponsable que huye de las condiciones de sus países (como se informa en ABC), las celebraciones clandestinas de fiestas, etc. Son nuestras de la falta de solidaridad de unos y del deseo de supervivencia económica de otros por encima de cualquier factor. Los ejemplos nos llegan cada día desde todas partes y no se pueden ignorar. Ni lo que son ni lo que representan.

La vida debe seguir, sí, pero no llevando de un lugar a otro la muerte.



sábado, 24 de octubre de 2015

Parecidos

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Quizá les haya pasado o quizás no. Puede que se hayan pasado la vida escuchando eso "¿sabes a quién te pareces?" o "me recuerdas a alguien, pero...". Cuando los parecidos son muy claros, uno se acostumbra y hasta creo que hay gente que le saca dinero a eso de parecerse a otros haciendo gracias de plató en plató o ahora colgándolo en YouTube. Hay gente incluso que ya no sueña con un empleo sino con un parecido, algo que les resuelve la vida mientras el famoso siga en candelero. ¡A falta de pan...!
En mi caso, sorprendentemente, mi parecido era más como un test de Rorschach. Durante diferentes etapas de mi vida me han ido confundiendo con distintas personas, lo que hace que no te aburras y te despierte cierta curiosidad. Después, al ampliar mis contactos con gente de otras culturas, también les recuerdas a alguien, a algún actor o personaje del que nunca has oído hablar pero con el que empiezas a sentir cierta camaradería.
Con el tiempo cambias menos y tus parecidos se van reduciendo. La última vez que me lo dijeron, estaba en urgencias con la nariz medio partida y una enorme gasa, y aun así se me acercó una señora a decirme aquello de "¿Sabe usted que se parece a...?". Pues sí, si lo sabía. O él se parece a mí, que es la cuestión primordial. Es decir: "¿Por qué nos parecemos a los famosos y no se parecen ellos a nosotros?". La cuestión es peliaguda porque si yo tengo tres minutos más en el mundo que aquel con el que la naturaleza me ha emparentado, sin comerlo ni beberlo, los derechos son míos. Es él quien se me parece. Pero nunca se lo dirán.


Aquí surge un conflicto entre Naturaleza y Cultura, porque nos parecemos por los genes pero nos distinguimos por la notoriedad, convirtiéndome a mí en un eterno segundón, en una mera réplica de un señor que ha podido hacer cualquier tontería mediante la cual se ha ganado el reconocimiento público y callejero.
Probablemente, la Naturaleza tenga un número posible de combinaciones para nuestras caras. El "aire de familia" siempre ha sido una garantía de legitimidad cuando no existía eso del ADN para confirmar paternidades. De ahí la preocupación en cuanto sales al mundo de ver a quién te pareces más o si no te pareces a nadie. Ha queda como una especie de satisfacción protocolaria en la que los visitantes del recién nacido de cada una de las ramas debaten sobre si ha sacado la nariz de su abuela Federica o es clavado al tío Antonio, aquel que hizo la mili en Melilla.

Con nuestra conversión en sociedad mediática, los parecidos —que antes habrían resultado un poco ofensivos— se amplían al aumentar el número de caras disponibles para comparar. La fotografía, el cine, la televisión, etc. nos guardan tal como éramos y ponen a trabajar nuestro módulo cerebral que se ocupa de estas cosas, de los parecidos. Los medios, tan preocupados por las imágenes, extienden esta manía comparativa a las personas y las más populares son copiadas, llegando incluso por algunos desequilibrados a presentarse ante el cirujano plástico con la foto de las personas a la que quieren parecerse.
Ya no se tiene la cara que a uno le ha tocado en la lotería de los genes, sino que algunos se la cambian a mitad de la existencia. El cine nos acostumbró a que los gánsteres se hicieran la cirugía estética a punta de pistola para evitar ser reconocidos. Es decir, quería dejar de parecerse a sí mismos.
También el cine nos avisó de las ventajas y peligros de parecerse demasiado a las personas. En algunos casos era toda una aventura, como en las distintas versiones El prisionero de Zenda, basadas en la novela de Anthony Hope. En otras, podía ser un drama, como en alguna película de Hitchcock, en la que todo el mundo te señalaba con el dedo como culpable de algún crimen. LKuego no es él, claro, sino uno que se le parece.


La cultura de la imagen ha hecho que seamos para unas cosas despilfarradores y para otras muy tacaños. Eso es lo que nos muestra el caso recogido por la CNN y otros medios sobre lo ocurrido al futbolista alemán Bastian Schweinsteiger, jugador del Manchester United. Nos lo cuentan así:

German footballer and Manchester United midfielder Bastian Schweinsteiger is considering legal action against a Hong Kong toy manufacturer that has made Nazi dolls that look just like him.
The dolls are produced by Dragon in Dream (DiD) a toy manufacturing company that specializes in producing "realistic, lifelike" action figurines, according to its website.
DiD's website was quickly disabled following the revelations, but the original site featured a doll labeled as "WWII German Army Supply Duty -- Bastian" that came complete with a uniform adorned with a swastika-bearing eagle.
The website appeared to be working later Friday.*


Es sabido que pintores y escultores de la antigüedad recurrían a las caras que tenían cerca para ponérsela a sus figurantes en los cuadros. Cuando pintaban un Moisés o un apóstol, buscaban entre los próximos a aquellos que les parecían más adecuados para cubrir el tipo que tenían que representar. Cuando hacían un retrato, lógicamente se basaban en un autor, pero si no era alguien concreto, solían tirar de amigos y vecindario para ponerles cara a los personajes de los cuadros o las esculturas. ¿Para qué perder tiempo pensando caras cuando tenías tantas por allí? A veces, incluso, esas caras se ponían como venganza contra alguien que te hubiera hecho alguna perrería, que te debiera dinero, etc.
La verdad es que el soldado alemán es clavadito a Bastian Schweinsteiger. Pero ¿qué problema supone esto? Podría ser su abuelo, mientras estaba en el ejército alemán de la época o de un hermano gemelo no reconocido y abandonado en el pórtico de una iglesia gótica en una ciudad alemana. La pregunta es ¿tengo yo derecho a mi cara en exclusiva? Por ejemplo: ¿podría demandar a alguien que naciera seis meses después que yo por parecerse a mí?
Desde el momento en que muchos viven de su imagen, de ceder a otros su uso mediante compensaciones, se genera ese peligro de la tentación de los parecidos. La CNN nos cuenta cómo se lo han tomado unos y otros:

Schweinsteiger's management company advised lawyers in Germany this week to begin legal proceedings, according to German newspaper Bild, with one media lawyer calling the doll a "clear violation of Schweinsteiger's personality rights."
DiD's phone went unanswered on Friday and it could not be contacted for comment by email, but the company previously told the newspaper that it was a "complete coincidence" that the figurine looked like the footballer.
"We thought all Germans look like that," DiD said. "Bastian is also a very common name in Germany."*

Debo reconocer que me encanta la respuesta de la compañía de Hong Kong. Durante siglos de contactos, los occidentales hemos afirmado que "todos los chinos son iguales", no en el sentido democrático o socialista del término, sino que no veíamos diferencias a simple vista. Mi trato diario con mis queridos alumnos chinos me ha demostrado que es solo falta de costumbre o de ajuste fino de nuestro módulo de reconocimiento. Por eso creo que la respuesta, además de tratar de evitar la demanda legal, tiene —aunque fuera involuntario— un cierto aire de ironía y de revancha intercultural. Esa extensión de la cara y el nombre del jugador hasta la normalidad alemana es la que practicamos habitualmente con los demás. Todos los alemanes se parecen, han venido a decir. Y muchos se llaman Bastian como en otros sitios se llaman "Pepé".
Como el mundo es un pañuelo hemerográfico, podemos recordar que esto no solo se hace con los alemanes desde Hong Kong, sino que se lo hizo el FBI a nuestro Gaspar Llamazares cuando le dio sus rasgos a algo peor que un soldadito sonriente para jugar un rato sobre un campo de batalla ficticio. El FBI usó a Llamazares para hacer el retrato robot de Bin Laden, que ya es jugártela, sobre todo si viajas mucho por el mundo. Corres el riesgo de que tengan que estar rescatando permanentemente desde las embajadas explicando quién eres y que no ha sido la genética esta vez, sino los dibujantes del FBI que, sin pedir los derechos de imagen por la vía reglamentaria, le han puesto tu cara al terrorista más buscado de todos los tiempos. ¡Que no se queje Bastian Schweinsteiger!


Termina la CNN diciendo que una exploración del catálogo en la red de la web de la compañía, revela sorprendentes parecidos de sus soldados en miniatura con "Daniel Craig, Matt Damon, Robert De Niro and Johnny Depp, among others"*. Ayer pude ver la película protagonizada por este último y debo decir, que Johnny Depp no se parece nada a Johnny Depp, sino que se parece a alguien que me suena mucho pero no consigo recordar.

Nos piden que imitemos a los más famosos bebiendo lo que beben, comiendo lo que comen y vistiendo lo que visten; nos piden que hagamos lo mismo que ellos y cuando lo hacemos se mosquean. No sé si todos los que compran las figuritas lo hacen porque se parecen a Schweinsteiger, De Niro o si ni siquiera se dan cuenta de la similitud. Incluso habrá gente que no las compre porque nos son del Manchester United sino seguidores del City. A lo mejor son los deportistas, artistas, actores, etc. favoritos del que hace las figuras y es un homenaje emocionado. ¿Quién sabe?
Entiendo que al jugador a lo mejor no le haya hecho gracia "parecerse" a un soldado alemán de la II Guerra Mundial. A lo mejor es lo que le ha molestado, más que el hecho de que sea su cara.
La verdad es que es muy difícil hacer una cara que no sea de alguien o que se le parezca. Podemos combinar rasgos para que no se parezcan a unos solo, al modo del escritor que toma rasgos de distintas personas para construir un personaje. Pero ¿por qué no puede haber un soldado alemán que se parezca a Bastian Schweinsteiger o uno británico a Daniel Craig? ¿Y por qué no puede llamarse Bastian, es que es suyo también el nombre o se lo pusieron sus padres por La historia interminable y les demandará Michael Ende? Yo empezaría a buscar fotos de soldados de la época hasta encontrar uno que se pareciera a la figurita para quedarme más tranquilo, sobre todo en lo legal.


Lo cierto es que las figuras están bien hechas y tienen su arte. Peor es cuando dicen que inauguran tu figura en el museo de cera y te encuentras que no se parece absolutamente nada. 
Hoy se parecen a unos; mañana seguirán iguales y los retratados dejarán de parecerse a ellas. Es ley de vida, aunque las de la cultura vayan por otro lado.


* "Footballer Bastian Schweinsteiger considers suing over Nazi doll" 23/10/2015 CNN http://edition.cnn.com/2015/10/23/world/schweinsteiger-nazi-doll-legal/index.html




domingo, 12 de octubre de 2014

Angustiados e insomnes

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
En el arranque del Pascual Duarte el personaje de Cela afirmaba no ser malo, aunque no le faltaran motivos para serlo. A nosotros tampoco nos faltan ocasiones para muchas otras cosas. Siempre me acuerdo de aquella actriz española que llegada de Estados Unidos se lamentó de que se hubiera perdido la alegría. A la pobrecita la crucificaron. Le había chocado encontrarse con tanta gente irritada, crispada y se le había ocurrido decirlo. Estar alegre se considera políticamente incorrecto y socialmente desprestigiado. Se lleva mucho más la irritación sin barreras. Motivos no nos faltan, desde luego, pero creo que mejor que encontrar motivos sea encontrar remedios.
El diario El País incluye una vídeo entrevista con Marina Díaz-Marsá, presidenta de la Sociedad de Psiquiatría de Madrid. La entrevistadora comienza dándonos el dato de que, desde que comenzó el siglo XXI, el consumo de ansiolíticos y antidepresivos ha crecido en España en un 20%, que ya es mucha ansiedad. No se nos dice si los más ansiosos toman más o si ha extendido el consumo al crecer la frustración general. Lo que vemos cada día apunta más a lo segundo, como percibía la actriz afincada fuera de nuestras fronteras angustiadas. También nos dicen que el crecimiento de los medicamentos dedicados a intentar que durmamos ha crecido en un 14%. Ansiosos e insomnes.
Como todo irrita, las mismas declaraciones sobre la angustia han tenido una respuesta irritada, peleándose los intervinientes en el foro. Se diga lo que se diga, acabamos mal y se desencadenan las furias.

La doctora Díaz-Marsá apunta dos causas. La primera es que tenemos una sociedad que "nos demanda muchas cosas" (más horario de trabajo, más gimnasio, más tiempo para los hijos...); en segundo lugar, señala que "estamos acostumbrados a tener las gratificaciones de forma inmediata, toleramos mal la frustración". Dice que cuando se combinan ambas cosas, comenzamos a sentirnos angustiados, con problemas de estrés, ansiedad, sentimiento de vacío, etc. Según la doctora Díaz-Marsá, tener mucho que hacer nos produce ansiedad y no tener nada que hacer, lo mismo o más ansiedad, algo que, aunque parezca contradictorio, tiene su lógica.
Ella no se atreve a decir que tengamos más problemas (lo que la convertiría en socióloga, economista o política) sino que ha disminuido nuestra capacidad de enfrentarnos a ellos. Esto es, lógicamente, lo que supone el punto de vista de un profesional de la psiquiatría, cuya función no es arreglar los problemas de fuera, sino los de dentro, es decir, nuestras respuestas ante lo que nos ocurre. Díaz-Marsá señala que tenemos probablemente una sociedad con menos problemas, con mayor bienestar que antes, pero que siempre estemos insatisfechos, que eso produce frustración y que "es de ahí de donde vienen los problemas".


Estas palabras han causado la irritación de muchos intervinientes en esa tormenta de ideas, por llamarlo de algún modo, que sigue al vídeo de la entrevista. Y todo viene de nuestras lecturas políticas, que se han convertido en monotemáticas. Los enfrentamientos son entre los que consideran políticamente negativa la respuesta y los que la consideran psicológica, social o hasta filosóficamente relevante. Parece que existe algún inconveniente en decir que junto a los problemas reales que podamos tener individual y colectivamente (que nadie niega), también existen otros que son de otro orden, más de actitud, de forma de enfrentarse a ellos. La misma existencia de ese prejuicio ante los diagnósticos profesionales, más allá de la política, es reveladora de que ese problema interno existe.
Quizá se vea en la psiquiatría un arma para descafeinarnos los problemas y dejarnos sedados, no lo sé. Pero los que van a la farmacia o al médico a pedir ansiolíticos y a decir que no podemos dormir somos nosotros. Los psiquiatras y psicólogos tratan nuestros problemas, no pueden ir más allá de nuestras mentes, que es donde se refleja todo.


La entrevistadora de El País recuerda que los abuelos de esta generación fueron los que pasaron la guerra y que los problemas a los que se enfrentaron fueron enormes en todos los sentidos, básicos, como la comida. Responde la psiquiatra que eran gentes que "se conformaban" con lo que tenían, gente "agradecida", "esforzada". "Hoy tenemos", nos dice "más bienestar y ese bienestar nos ha hecho menos resistentes". Esto habrá causado todavía más irritación a muchos, que habrán hecho sus lecturas políticamente incorrectas de estas palabras. Quizá no sea tanto el bienestar como la sensación de que se produce solo, que estará siempre ahí, hagamos lo que hagamos, indiferente a nuestro comportamiento o el del entrono. "Bienestar" tiene unos campos semánticos políticos (estado de bienestar, por ejemplo) que no es lo que se discute, creo, sino más bien la ilusión que se genera. La solución no es vivir peor, sino comprender que para vivir mejor hay que ser más conscientes de lo que tenemos, de lo que deseamos y de la distancia, en términos de esfuerzo, entre ambos.
Lo que dice la doctora Díaz-Marsá no es ninguna novedad. Nos lo llevan diciendo, no solo de España, sino de todo el mundo occidental desde la segunda posguerra mundial, que es cuando se desarrolla realmente lo que podríamos llamar la "sociedad de consumo". Este diagnóstico general lo hemos podido leer hace décadas.


El despegue económico de España en las últimas décadas ha traído una especulación optimista por los mismos motivos que se produce la burbuja inmobiliaria o financiera: por la creencia infundada en que el futuro es siempre para mejor, que nunca se pierde lo que se tiene y que en la vida se puede tener todo en cómodos plazos. Hoy, como lo saben otras sociedades que han pasado por ello, hemos comprendido que no es cierto, que se pueden perder muchas cosas, que se puede retroceder incluso si lo que se tiene no se basa en sólidas raíces.
Ante la pregunta de cuáles son los problemas que más nos desbordan y angustian, la doctora responde que "curiosamente, los problemas importantes los sabemos abordar" y que "el problema es cuando no hay problemas importantes, que entonces todo se nos hace un mundo", que son las "cosas banales" las que nos acaban costando la salud.


Ahora, con la crisis económica, nos dice —que sí es un problema real para muchas familias—, la angustia crece con la incertidumbre y hace que haya incluso más problemas afectivos.
Uno de los problemas que percibe con más claridad, señala, es la gente que siente la necesidad de estar "siempre bien", en un estado de perfección permanente. No se entiende que "el sufrimiento forma parte de la vida", explica. Es el efecto de la burbuja optimista. En ella no pueden existir grietas porque no se soporta la posibilidad de las consecuencias. Muchas veces somos víctimas de nuestras propias negaciones o ilusiones y las grietas, cuando aparecen, nos desbordan. Reconocer que el mundo es imperfecto y que somos parte de ese mundo con nuestras imperfecciones es necesario porque solo así se produce el desbloqueo de la negación de la realidad.
Los comentarios de la doctora Díaz-Marsá son consecuentes con un tipo de sociedad que ha sido descrita muchas veces. No quiere decir que todo el mundo sea de la misma manera, sino que los que llenan las consultas de los psiquiatras tienen unos perfiles comunes. Hay personas que son capaces de enfrentarse con madurez a sus problemas y son capaces de dominar sus sueños. Son personas maduras y responsables, capaces de manejar sus problemas con decisiones ajustadas. Acaban saliendo de ellos la mayoría de las veces. Hay otros, por el contrario, que viven refugiados en mundos ficticios. Son ficciones que ellos mismos han elaborado con los materiales que nos ofrecen y que tenemos ampliamente a nuestra disposición. A ser ingenuo todos te ayudan.


Lo que nos dice la doctora Díaz-Marsá es que el número de personas angustiadas con problemas triviales o, incluso, sin problemas, ha ido creciendo. "Los mensajes que se nos lanza es que hay que estar siempre estupendos, que hay que buscar la felicidad", dice; "es verdad que esta sociedad tolera mal el no estar bien". El "estar bien" forma parte de una percepción compleja, una mezcla entre lo que deseamos y lo que podemos obtener. No entenderlo, se paga.
Esa debilidad psicológica es precisamente de la que se aprovecha para vendernos la felicidad traducida a todo aquello que aceptemos como parte de ella. 


 *  “Crecer con bienestar nos ha hecho menos resistentes a las adversidades” El País TV - Conversaciones 9/10/2014 http://elpais.com/elpais/2014/10/09/videos/1412857300_449182.html