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martes, 25 de noviembre de 2025

Mundo polémico

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

En 1999 se publicó en español el libro de la lingüista Deborah Tannen (1945) titulado "La cultura de la polémica" (ed. Paidós), una obra preclara que hoy probablemente entendamos mejor que entonces, aunque ya se apuntaban las formas actuales.

Recomiendo su lectura, como algunas otras de sus obras, pues lejos de lo rutinario académico, Tannen ha sabido encontrar temas y enfoques de interés para los lectores, desde las dificultades del diálogo entre hombres y mujeres, las de comunicarse en los ambientes laborales o este mismo que traemos hoy a colación, La cultura de la polémica. (The argument culture)


He encontrado este resumen de presentación que nos cuenta de forma escueta el problema y la intención de la obra, publicada en inglés en 1998. Se nos resumen así su tema:

Este libro aborda la enrarecida atmosfera bélica que actualmente nos envuelve y nos empuja a contemplar cualquier empresa que debamos llevar a cabo como si se tratara de una peligrosa misión. Esta "cultura de la polémica" nos obliga a contemplar el mundo y sus habitantes como si fueran nuestros enemigos, basándose a la vez en la premisa de que, para conseguir una meta, lo mejor es desplegar una enconada actitud de oposición frente a todo y frente a todos. Hoy en día, la mejor forma de profundizar sobre un tema es organizar un debate, y la forma ideal de comunicar una noticia es encontrar portavoces que manifiesten opiniones extremas, pues ello significa presentar "las dos caras" del problema. Para resolver una discrepancia, es preciso litigar y situar a los oponentes frente a frente. Para escribir un artículo, lo mejor es empezar rebatiendo a algún autor. Y, para demostrar que se sabe pensar, parece indispensable criticar y atacar. Este tipo de enfoque puede funcionar en algunas ocasiones, pero no por norma general, pues aporta más problemas que soluciones. Así, nuestros debates en público se asemejan cada vez más a las disputas domesticas: en lugar de intentar comprender al otro, solo pretendemos ganar la batalla. Y, de este modo, cada día se hace más necesario un tipo de polémica que exija la elaboración de argumentos a partir de los diversos puntos de vista y sin que medie la disputa, es decir, sin tener que recurrir a la agresividad.

¿Les suena el problema?

Sin duda, Tannen ya contemplaba lo que hoy se ha convertido en normalidad. Polemizo, luego existo. Encienda su televisor, vea las noticias. De la política a los deportes pasando por la información social, solo hay noticia si dos (al menos dos) se enfrentan, se desgañitan y rechazan.

Lo que era una característica esencialmente de la política norteamericana hoy se cumple en casi todo el mundo. En un mundo mediático en el que hay que llamar la atención, el que más grita, el más agresivo, resulta favorecido. El problema añadido es que esto ya no ocurre solo en la política, sino que se ha extendido a otros ámbitos creando un entorno de discusión constante.

Han sido las noticias mañaneras las que me trajeron a la memoria las antiguas lecturas de Tannen. Sus libros están por algún lugar de mis estantes (estoy terminando de colocarlos tras mi mudanza), pero sí están localizadas en mi mente sus ideas como interpretación de lo que el mundo nos ofrece cada día.

Como bien se señala, no estaba claro que la polémica sirviera de mucho. Hoy sabemos que es rentable, pero destructiva. Es muy arriesgada una política de enfrentamiento constante, que no busca resolver los problemas, sino agrandarlos hasta convertirlos en armas arrojadizas en rostro de los otros.



Deborah Tannen

Efectivamente —está ya más que comprobadoؙ—, se trata de polarizar, de hacer que cada uno vea al otro como un veneno para el conjunto. Sin embargo, una sociedad democrática debería apostar por la convivencia. Claramente, esto no se hace. El ejemplo social es negativo y el diálogo se entiende ya como falta de recursos.

Hay un problema con los perfiles. Este tipo de práctica genera la necesidad de políticos poco constructivos, poco dados a resolver los problemas y sí a manipularlos haciendo que duren lo más posible si perjudica al otro. Lo malo es que estos problemas sin resolver afectan al conjunto y crean un ambiente de tensiones.

¿Somos conscientes del efecto de ese ambiente conflictivo constante? No es de extrañar que sean la angustia, la agresividad, la soledad y la ansiedad las constantes que definen a nuestras sociedades actuales. La violencia se desvía hacia los más débiles o, simplemente, a los que tenemos más cerca.

La cultura de la polémica, como la denominó Deborah Tannen, no es un invento intelectual de una profesora aburrida. Es una descripción ajustada de una situación real.


jueves, 1 de septiembre de 2022

La oscuridad de neón

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

La política parece tener una sola ley, la del derribo del contrincante. Los medios se han acostumbrado a ello y lo alientan. La polémica, como ya nos explicó Deborah Tannen, en su obra La cultura de la polémica (1999) pasa a ser una forma dominante de discurso. Ha pasado bastante tiempo desde las observaciones de Tannen. En la página 112 de la obra, Tannen cita a Kenn Walsh, un corresponsal en la Casa Blanca. Este comenta que años atrás cuando decía cuál era su trabajo, a la gente le parecía "muy interesante", pero ahora señala Walsh le cometan "¡Qué diablos os pasa a los medios de comunicación!" Tras citar esa fuente exterior, Tannen escribe:

Esta transformación en la cultura popular es ciertamente palpable. Hace años, en el cine, cuando la policía no conseguía resolver un crimen, el guión recurría al clásico papel del reportero que siempre daba con el asesino. En la actualidad podemos ver películas como Mad City, donde Dustin Hoffman interpreta a un reportero de televisión que intencionadamente agrava una situación en la que intervienen rehenes, en beneficio propio. (Tannen 1999: 112)

La observación es atinada porque el "buen reportero", alguien que ayuda a resolver problemas donde otros no llegan, pasa a ser en esa cultura popular citada la fuente de los problemas con el deseo de sensacionalismo y una grave falta de ética. Hemos pasado del medio que aclara al medio que oscurece, que revuelve las aguas creando turbulencias sociales de las que se aprovecha para atraer la atención.

Más recientemente podemos encontrarnos con películas como Nightcrawler (2014), una película nominada al Oscar al mejor guión que precisamente nos muestra el carácter morboso que van adquiriendo los medios para conseguir más intensas (y extensas) reacciones de los espectadores.

Cuando Tannen escribió su libro, en 1998 en su edición norteamericana, las redes sociales solo estaban comenzando en gran parte del mundo. No había un acceso tan generalizado como lo hay hoy y la idea de una conexión permanente no se había instalado en nuestras vidas. 24 horas de recepción  y búsqueda, 24 horas de acceso continuado, de lucha por nuestra atención, el bien más buscado.

El cambio ha sido tan rápido que ha arrastrado a los medios tradicionales, que no han sabido enfrentarse a esta gigantesca explosión en la que todos compiten con todos, en las que las entradas de información son permanentes, con distribución casi instantánea de información, sin verificaciones ni forma de controlar los efectos.

Cada vez son más las personas que desconectan de las redes, que hacen sus periodos de higiene mental por los peligros que trae la exposición continuada. Del niño acosado en la escuela a la campeona de Tenis, todo están expuestos a una forma de ser empaquetados y difundidos que no conoce respiro ni límites.

Frente a la profesionalidad, las redes imponen el anonimato y lo que unos lanzan otros lo repiten por el simple hecho de que ya está ahí, circulando, imparable. Todos quieren lanzar la primera piedra.

Durante un tiempo se ha pensado que la prensa profesional estaba ahí como una garantía, como una muralla frente a esos flujos peligrosos. Pero cada vez más comprobamos que no es así. Los contables y gerentes toman las riendas de la información y exigen más intensidad y menos costes, que es la receta de la época; llamativo y barato. Lo que no es transcendente se intensifica mediante los tratamientos retóricos, las titulaciones exageradas o inquietantes.

La barrera que señalaba Tannen, el cambio del periodista al que la sociedad agradecía su profesionalidad al ponerla al tanto de todo aquello que necesitaba saber, se rompió ante la nueva perspectiva. En meses, hemos visto como grandes periódicos internacionales, como serias cadenas de televisión, se transformaban en parcelas donde se diversificaba la siembra. Zonas de seriedad, cada vez más acosadas, y zonas de trivialidad llamativa, la verdadera materia prima de una nueva sociedad que no quiere realmente saber. ¿Para qué? Quiere ser entretenida, ver el gran circo en el que se comen unos a otros, en el que se polemiza sin fin.


La facilidad para obtener imágenes ha sido la gran oportunidad para los escándalos. El mundo se ha inundado de imágenes que van de las fiestas de Boris Johnson y sus amigotes hasta las últimas monerías de su mascota o el baile ensayado con su vecina. Fotos y vídeos, podcast, etc. ha cambiado el sentido de la expresión "medios de masas". Ya no son las masas las que reciben, sino las que producen a través de una ingente cantidad de personas deseosas de contribuir unos segundos a la ceremonia de la confusión.

De ese océano mediático masivo salen las imágenes que dan la vuelta al mundo, las que tienen la capacidad de dar codazos a aquellas otras con las que compiten. La atención es limitada y selectiva. Dar el salto de la trivialidad a lo serio es cada vez más difícil. ¿Cómo definir lo "serio"? No es fácil, quizá sea aquello que nos importa sin que lo sepamos; aquello que desconocemos, pero que nos es imprescindible. La función del buen Periodismo es precisamente hacernos conscientes de todo ello. 

En un mundo como el actual, en una crisis profunda, es necesario comprender para poder decidir y actuar. Pero parte de nuestra crisis tiene su origen en la propia cultura producida por nuestro entorno. Hay un punto en el que la calidad informativa se nos hará extraña, no la sabremos apreciar porque no la reconoceremos. Esta cultura de exceso y trivialidad, de la polémica como atracción, crea sus propios públicos y estos su demanda, aquello que les satisface.

Llegará un punto en el que será imposible luchar contra esta oscuridad de neón. 

Tannen, D. (1999) La cultura de la polémica, Madrid, Paidós.

miércoles, 11 de junio de 2014

Nos llevan los demonios o qué nos han echado en el agua

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Yo creo que nos han echado algo en el agua. La terrible sospecha de que alguien se dedique a echar polvitos o cualquier otra sustancia en el agua para tenernos así de beligerantes, enervados y discutidores, proclives a realizar el salto a la yugular a las "primarias" de cambio, que seamos víctimas de los desinhibidores neuronales que nos llevan al "taco" y al exabrupto continuo, nos convierten en exhibicionistas de la mala educación como forma mal entendida de libertad, etc., alientan la sospecha de que nos han echado algo, porque esto no es natural.
España se ha vuelto tremendista. Bajo las sonrisas gastronómicas y los oé-oé-oé futboleros, tras las apacibles casas rurales y la exposición a los rayos UVA en playas presididas por banderas azules, se esconde un universo emergente solanesco: "Yo, señor, no soy malo pero no me faltan motivos para estar cabreado". ¡Tranqui, Pascual, deja la recortá! ¡Pascual, que ti'es madre!
Intento encontrar alguna cuestión sobre la que no discutamos y pasado algún tiempo desespero mientras escucho de fondo renovadas disputas sobre si se debe jugar con un falso nueve o con un nueve a secas. ¿Qué nos queda  por discutir, Caín? No sé, Abel.
Cada mañana me levanto con un nuevo foco de discusión abierto como si de acné se tratara y las manos inquietas corrieran a reventar el maldito grano, monte Fuji del estrés, frente al espejo. Y, ya sabes, la piel de toro nacional se nos queda como el Polígono de Tiro de las Bardenas después de un par de pasadas de los aviones de combate.


En ese libro profético titulado La cultura de la polémica (1999), la lingüista Deborah Tannen planteaba el efecto de los medios sobre la comunidad cuando el pelearse continuamente favorece el aumento de las audiencias. Tannen explicaba:

Esta práctica tan actual propia del espíritu de contradicción va en aumento y se relaciona fundamentalmente con un fenómeno también muy en boga y que en tiempos recientes se ha comentado con frecuencia. Se trata de la fragmentación del sentido comunitario, como bien explica el reputado periodista Orville Schell. Según este distinguido autor, en su época todo periodista que se preciara tenía presente a la comunidad cada vez que debía escribir un artículo, y es precisamente este sentido de conexión lo que hoy en día brilla por su ausencia en la mayoría de colaboraciones periodísticas. Por el contrario, el espíritu demonográfico prevalece, con lo cual se consigue un efecto opuesto al que se practicaba en su época. En la actualidad los artículos periodísticos nos instan a sentirnos superiores, a desarrollar un sentimiento crítico en lugar de fomentar un nexo de unión colectivo. El resultado de todo ello es un distanciamiento, una sensación de exclusión entre el público lector y la sociedad a la que pertenece y sobre la que tratan los artículos que leen.
La cultura de la polémica coincide hasta cierto punto con esta desconexión general y con la desintegración del sentido comunitario. (38)


Con "demonográfico", "demonológico", Tannen se refiere a un universo poblado de "demonios", un mundo de seres agresivos, de enemigos, en el que hay que estar siempre a la defensiva. Un universo demonológico es un mundo de seres caídos que buscan nuestra perdición y condena. La demonología se ocupaba de establecer el listado de demonios existentes, de su jerarquía. En un sentido metafórico, es lo que hacemos clasificando a los demás como demonios, ya sea el "eje del mal", el "sindicato del crimen" o cualquier otra fórmula que se nos ocurra para dividir un mundo en el que ángeles y demonios están en continua confrontación.
Habría que indagar mucho en la idea de Tannen para unir los puntos que van desde los mecanismos retóricos del discurso hasta los efectos callejeros. Tiene que ver, desde luego, con el papel que juegan los medios, el cambio del periodismo y —también desde luego— con la fusión de los elementos mediáticos con los políticos, conexión que se ha intensificado y reorganizado respecto a los tradicionales por su alcance y dinámica propia. Evidentemente no estoy responsabilizando a los medios (aunque su parte de responsabilidad tienen) porque esto es mucho más complejo. Estamos en una sociedad mediática indudablemente, un espacio en el que nos encontramos bajo presión, bombardeados por los estímulos informativos, sobreexcitados por una información que necesita de nuestra atención.

Sería aburrido enumerar los burdos mecanismos periodísticos con los que se titulan los artículos para llamar la atención polémica, incitar a la discusión, que se traduce en caldeados foros. Muy aburrido porque la mayoría recurre a ello. Capítulo aparte merecen televisiones y radios en las que las voces incendiarias que claman desde tertulias y mesas espiritistas sobre las que se invoca al espíritu del mal café y se exorciza a los rivales. Y las audiencias se disparan en proporción a la maldad ofrecida. Hablar moderadamente, exponer aduciendo razones, escuchar, etc., convierten en "muermo" al que lo intenta y es sustituido por el que usa el sarcasmo y la insidia, que es celebrado por los tuits que los oyentes envían celebrando las ocurrencias y maldades. Cara bonita, lengua viperina; fotogenia y maledicencia.
Cita Deborah Tannen, pocas líneas más allá, una frase del filósofo norteamericano John Dewey: "La democracia empieza con la conversación" (39). Es cierto; el problema es cómo acaba la conversación y hasta dónde se puede usar ese término con validez semántica. Hace mucho que no escucho conversar a nadie; en cambio, no dejo de oír discutir. Y es difícil sustraerse a este flujo que te arrastra como una riada, como un desbordamiento por lluvias torrenciales en terrenos mal cuidados. Te encuentras, como un sonámbulo, discutiendo porque no queda más opción, como una reacción defensiva.


Sí, "la democracia empieza en la conversación" y hay que aprender su arte, sus tonos, sus maneras, sus palabras... Seguir actuando así no es bueno. Como sociedad estamos abriendo cada vez más frentes de intransigencia, abriendo más heridas difíciles de cerrar. El valor supremo es la convivencia que nos permita ser más libres y solidarios; libres para nuestras diferencias, solidarios en nuestras dificultades. Por este camino solo se potencian los egoísmos y el odio. No voy a recurrir a ninguna historia sufí para argumentar que los odios son cárceles para quien los usa y es usado por ellos. No soy feliz en la beligerancia; no siento especial satisfacción en bombardear a nadie. Me encuentro cada día con personas que viven en un estado de euforia combativa (me abstengo de llamarlo felicidad), que se recargan con sus propios generadores alimentados por ese sol del enfado y la irritación frente al que no hay protector que nos salve.

Hay que recuperar la "conversación" para poder vivir una democracia que pueda ser llamada así sin sonrojo. Hay que exigir a políticos, periodistas, opinadores profesionales que encuentre otras vías de llamar nuestra atención, que se encierren a discutir, que nos lo ahorren porque un poquito puede estar bien, pero demasiado produce reacciones alérgicas. Debería fundarse el Partido de las Buenas Maneras, cuyos discursos comenzaran con el anglosajón "en mi opinión" y terminarán con un "muchas gracias, su turno". Pero, no; se crean partidos que se pelean para hacer frente a partidos que se matan.
Hay que tratar de evitar que en los partidos la forma de ascender sea la estrategia de radicalización de las posturas, como algunos buscan; que haya que radicalizarse porque el otro lo hace y te quita votos y acabes en una escalada de patio de colegio. No se sabe cómo puede acabar. O sí: mal. Hay que tratar de que regresen los sensatos a la política, en cualquier ideología, que ya hay bastantes demagogos sueltos y bien colocados. Hacen falta más pensadores y menos carismáticos, más ideas y menos gritos, menos personalismo y más personalidad. Por favor, que alguien dé ejemplo.
Tannen, como lingüista, propone que para rebajar las tensiones contagiosas se huya de las metáforas bélicas y deportivas en los discursos políticos o en los que nos lo cuentan. Le parece que así se escapa un poco del exceso del combate que ambos campos proponen. No sé si será suficiente, aunque puede que ayude. De todas formas creo que son soluciones lingüísticas y que nosotros ya hemos pasado esa fase.


Si está en su mano, extienda la sensatez; se lo aseguro: también podemos. Resístase a dejarse llevar por los efectos de los malos modos, los gritos, la grosería constante. Deje de sentirse espectador en un circo romano; olvídese de sus pulgares. No jalee a los maleducados, violentos, groseros, demagogos..., que se crecen ¡Resístase! Rompa el hechizo. Otro mundo educado es posible. Exija su derecho a decidir ser pacífico. Y exíjalo pacíficamente; sea firme, pero educadamente. No golpee a nadie con su pancarta pidiendo paz. Sea educado cuando reclame educación. No llegue a las manos defendiendo la salud de todos.
Recuerde: la democracia comienza en la conversación, pero se acaba en el rifirrafe. El aumento de lo que Deborah Tannen llamaba "espíritu demonográfico", el virus discutidor, nos quiebra como comunidad y eso es algo que tiene sus consecuencias profundas. La discusión solo tiene sentido si busca el acuerdo y la mejora de todos; desconectarla de ese fin y convertirla en un espectáculo en sí misma no es más que una perversión rentable para muchos. Como a otro tipo de perversiones, las sociedades se pueden volver adictas a esta violencia discutidora ambiental y necesitarla como el café con azúcar por la mañana, para poder saltar de la cama con energía. La energía de algunos no solo les permite levantarse sino alcanzar la velocidad de escape y salir del planeta perdiéndose en el espacio profundo. Pásense al descafeinado, por favor. Más tila y menos guindilla.


Curiosamente, las estadísticas que nos reflejan dicen que somos muy felices y que estamos de acuerdo con la vida que llevamos, que como aquí en ningún sitio. Esto me preocupa más todavía. Quizá me he vuelto susceptible, estoy alejado de la media o ya no entiendo nada. Puede que mi sentido de la felicidad, normalidad, mi vocación pacífica difieran del general, que el rechazo que me suscita ver y escuchar ciertas cosas me hayan excluido del "main stream" nacional convirtiéndome en una nadería estadística. Puede ser. Ya no sé si la llamada mayoría silenciosa existe realmente o se ha convertido en una ridícula minoría acogotada.
Quizá deba pedir plaza de bedel en la Soyuz, como les suelo decir a mis amigos en broma. Pero, por si acaso, miro, no sea que salgan las oposiciones.




Deborah Tannen (1999). La cultura de la polémica. Del enfrentamiento al diálogo. Paidós, Barcelona.




sábado, 29 de septiembre de 2012

Adiós, amigo; hola, extraño

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Muchas personas lo hacen: dejan de ver sus muros de Facebook porque no soportan los comentarios de sus amigos. Facebook no es una "conversación" tradicional, tiene un muro en el que se recogen lo que la totalidad de las personas ("amigos") que tienes en tu grupo van expresando. Esa estrategia del contacto permanente parte de un principio falso: los "amigos" son amigos en todo. Los amigos de mis amigos no son necesariamente mis amigos.
A la situación de la amistad personal bilateral, el "muro" opone una visión diferente de las relaciones de "amistad", palabra desvirtuada a través del nuevo uso acumulativo. 
Una amistad es un proceso de depuración en el tiempo en el que dos personas aprenden sobre qué pueden hablar sin conflicto y qué deben callar para mantener su amistad a salvo. Las verdaderas amistades no unen a personas idénticas, sino a personas capaces de convivir en su diversidad.
Los problemas se plantean cuando gracias a la red social nos encontramos frente a actitudes que no se dan en las relaciones bilaterales y que esas personas (o nosotros mismos) mantenemos con terceros. La sorpresa que el comportamiento de algunas personas nos causa nos permite comprender hasta qué punto están "ritualizadas" nuestras relaciones, por un lado, y también hasta qué punto actuamos de forma distinta con personas diferentes. El problema se plantea cuando lo que encontramos es tan inesperado que nos hiere profundamente. "No esperaba esto de ti", decimos.


Comprendemos entonces algo que las redes sociales nos han hecho perder u olvidar: que la convivencia implica autolimitaciones en beneficio de algo más importante, nuestra convivencia social. Las redes sociales son también "antisociales" cuando, en su celo por unirnos, lo que provocan es el distanciamiento de las personas que habían podido convivir razonablemente bien porque limitaban sus zonas de fricción. Convivir es comprender y ceder, es buscar puntos de acuerdo antes que puntos de choque.

Conozco casos en los que amistades de años se han venido abajo por comentarios aparecidos en los muros de Facebook. Y es que la moderación, que aprendemos como habilidad social en nuestro trato cara a cara en distintos ámbitos —familiar, laboral, educativo....—, queda destruida en esa especie de "relación total" imposible que la red social pretende crear. Esa relación total es una quimera amparada en la mercadotecnia con toques de psicología barata. La única forma teórica de que todos pudiéramos ser "amigos" sería estar callados. Y la red, en cambio, nos anima al constante parloteo.
Muchos dirán que los "amigos" de las redes sociales no son verdaderos "amigos", pero este problema sí que afecta a las amistades reales, que son las que contemplan los comportamientos que pueden causar deterioro. Un simple "me gusta" o "no me gusta" puede convertirse en una desilusión para alguien, que de repente descubre que ignoraba esa faceta nuestra o nosotros la de ellos. Dos personas amigas no hablan de todo; la red social, en cambio, nos lo exige con las propuesta permanentes de opinión. Estar callado es como no estar.


Esto se intensifica cuando vivimos en un momento en que estamos sobrestimulados para el conflicto. Vivimos en lo que la lingüista norteamericana Deborah Tannen llamó "la cultura de la polémica", un mundo en el que las propuestas que nos hacen son siempre excluyentes, polarizadas, conflictivas. Todo desaparece entre los extremos, que pasan a convertirse en las únicas posiciones que se nos propone y se nos permite ocupar.
Deborah Tannen escribió:

Lo que estoy cuestionando es el modo tan enconado, tan extendido y tan amenazador en que se aborda prácticamente cualquier tema, contratiempo o persona pública. Uno de los peligros más comunes en la práctica habitual de la retórica adversa es un cierto tipo de inflación verbal, de falsa alarma. El acto de denuncia necesario se diluye e incluso se pierde, aun siendo legítimo,, en el marasmo cacofónico del griterío de la oposición. Lo que estoy cuestionando es el uso de la oposición para conseguir todos y cada uno de los objetivos pretendidos, incluso aquellos que no necesitan de encono, sino que se podrían lograr de otra forma, posiblemente más eficaz, como, por ejemplo, por medio de la exploración, la expansión, la investigación y el intercambio de ideas que suscita la palabra "diálogo". Estoy cuestionando la presunción de que todo, absolutamente todo, puede tener su polo opuesto, la proverbial "otra cara de la moneda", actitud a la que atribuimos visos de mentalidad abierta y amplitud de miras.
Lo que estoy cuestionando, en resumen, es el tipo de oposición que yo llamo "agonismo". Este término, derivado del griego agonia, "competición", lo utilizo para describir una postura automáticamente beligerante, y no en su sentido literal de oposición que debe luchar frente al ataque o la inevitable resistencia que surge orgánicamente como respuesta a unas ideas o acciones en conflicto. Una respuesta agonística es, a mi modo de ver, una suerte de espíritu de contradicción programado, un uso prefabricado e irreflexivo de la polémica a fin de conseguir objetivos no necesariamente precisados. (20)*


La red es el complemento amplificador de esta cultura antagónica en el que se siente siempre la tentación del extremo, por definición, excluyente. La polémica es una forma de vida, un negocio en muchos órdenes porque mantiene los niveles de movimiento que se necesitan para estar en primera línea. Ya no interesan personas razonables, moderadas que busquen acuerdos, sino lo contrario, polemistas, artistas del escarnio o la descalificación, palabristas ingeniosos capaces de mofarse de las posturas ajenas en busca del aplauso fácil, del "me gusta" complaciente. Esto abunda hoy en todos los países, incluido el nuestro.
Las redes añaden la tensión interpersonal porque se nos pide que participemos activamente de esa ceremonia confusa y, como decía Tannen, cacofónica. Se nos invita directamente a que formemos parte del espectáculo, del conflicto en directo.
Así, a la radicalidad del discurso público se añade la confrontación extendida por las redes convertidas a la vez en espacio de encuentro y desencuentro, en el lugar en el que uno encuentra nuevos amigos y pierde a los viejos.

* Deborah Tannen (1999): La cultura de la polémica. Del enfrentamiento al diálogo. Paidós, Barcelona.