Joaquín
Mª Aguirre (UCM)
Mario Monti
ha hecho algo que no se suele hacer en política: retirarse y decir que le
avisen, si quieren, después de las elecciones. Poco más o menos. El hecho de no
presentarse a las elecciones es inteligente, aunque abre algunos interrogantes
sobre el futuro de la política en sí si esto funciona. Todo muy extraño, pero
es Italia.
No deja
de ser una paradoja que una persona que no pasa por la urnas pueda tener más
respaldo popular que los que van habitualmente a ellas. Pero es ahí donde
radica la cuestión. Una cosa es decir que no te fías de los políticos y otra
decir que no te fías de las urnas. Son cosas distintas y Mario Monti lo ha
entendido. Por eso ha salido —o ha entrado— de la política dejando un programa
político, que no electoral. Si regresa, será su programa de acción; si no lo
hace, será su testamento.
A
diferencia de Silvio Berlusconi, que se muere por regresar a la arena, Mario
Monti parece no querer hacerlo o, al menos, no matar por ello. Y esa es su
fuerza. Los políticos dicen casi cualquier cosa —Berlusconi la que sea— con tal
de llegar al gobierno. Lo que hacen luego ya es otra cosa. Hay excusas para
todo. Se hacen cosas necesarias y otras aprovechando que el Pisuerga pasa por
Valladolid.
Monti
ha hecho lo contrario. Monti ha dejado claro qué es, en su opinión, eso lo que
se necesita. Y solo tiene interés en regresar si le dejan hacerlo. No tiene la
excusa de la herencia que le han dejado debajo del felpudo, porque hereda su
propio legado y una gran parte de problemas que ya conoce.
Desde
el momento en que se vaya a su casa ya no es ni el gobierno ni la oposición,
sino todo lo contrario, como la famosa obra de teatro escrita por Miguel Mihura
y Tono (Ni pobre ni rico, sino todo lo
contrario). Monti es un "todo lo contrario", una nueva categoría
política que se aleja de la vida política.
Esto
sería impensable de no ser por el descrédito en el que ha caído la clase
política en su conjunto. Italia —como le está pasando a España— tiene una clase
política inmovilista y folclórica, en la
que unos cambian de siglas cuando no les hacen caso y otros mantienen las
siglas para que se lo hagan. No es solo una crisis de "liderazgo"; va
desde el sótano a los áticos de los partido. No cambian; solo cambian de
actitud y a veces solo de slogan. Son los problemas de la profesionalización
política, solo que aquí no hay edad de jubilación. Ni para Berlusconi.
Por eso
el caso de Mario Monti es atípico e inquietante para muchos. Les ha pedido a
los partidos que acepten sus recetas y que acudan a los votantes con ellas.
Luego, si les interesa, que le ofrezcan la dirección del gobierno. Insólito si
no fuera porque tiene la lógica situacional de su parte. Cuantos más hagan
suyas sus recetas, más apoyos tendrá el posible gobierno que encabece. Para eso
tienen que aceptar su análisis y sus recetas. Berlusconi, en cambio, está obligado
a jugar el papel de "opositor de todos los opositores", por eso se ha
cogido una gigantesca rabieta y ha dicho de todo. Un Berlusconi enfadado es
mucho Berlusconi. El otro día le levantó indignado en un entrevista televisiva
porque le parecía que no le trataban
adecuadamente con las preguntas que se le hacía y que le interrumpían. No es la
primera vez que lo hace, pero se tendrá que ir acostumbrando. Si Martin Luther
King tuvo "un sueño", Berlusconi ha confesado el otro día en la RAI que tuvo una "pesadilla": "un
nuevo Gobierno Monti"*. Puede que fuera por una mala digestión.
¿Son buenas las recetas de Monti? ¿Tiene Monti esa confianza necesaria para realizarlas? Pues parece que sí. El problema es de quién es esa confianza: ¿de Europa, de los partidos políticos italianos o del electorado de su país? Los europeos no pueden hacerle más que gestos de apoyo; los partidos pueden proponerle y hacer suyas la recetas; pero finalmente necesitará el apoyo electoral en las urnas. Y un apoyo parlamentario constante que no será fácil mantener en una legislatura si todo sale como quiere. Dependería del éxito de las medidas y de lo que "tocara" los intereses de los partidos.
No sé
cómo acabará la aventura con Monti. Por lo pronto ha hablado de política
europea y de italiana. No hay insensateces ni demagogias. Puede haber medidas
duras, pero la gente prefiere medidas duras que sirvan de algo a palabrería que
no sirva de nada. Para eso ya tenían a Berlusconi, cuyo "prestigio"
se desploma un poco más cada día. Si la izquierda italiana entra en el plan de
Monti —algo que está por ver—, Silvio Berlusconi puede empezar a escribir sus
memorias y a pelar la pava con su novia de veintisiete años.
La
paradoja de que para que la política funcione se tengan que "paralizar" los
partidos y hacer suyo un plan ajeno tiene para muchas explicaciones. No es un
problema de "tecnócratas", sino de descrédito de la clase política. Los
políticos se ponen nerviosos si los que llaman "tecnócratas" pueden
resolver situaciones que ellos mismos han creado. Es un camino peligroso, dicen. La
fórmula de Monti de adelantar su programa de acción supone un refrendo político;
atípico, pero refrendo. También supone la distancia de los intereses acumulados históricamente por los partidos en su devenir, cómo quedan lastrados e inoperantes.
La recuperación de la confianza en el sistema puede pasar
por la confianza en Monti, ni político ni apolítico, sino todo lo contrario. El
"espectro" político italiano (en el sentido que cada uno quiera
darle a "espectro") se ha visto forzado a moverse.
Quizás el destino de Mario Monti sea acabar haciendo un partido con los que no quieren saber nada de los partidos, un borrón y cuenta nueva. Pero eso, hoy por hoy, es correr demasiado. Hoy parece dispuesto a arreglar lo que se pueda y volver a casa.
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