viernes, 30 de julio de 2021

El contrato vacunal

Joaquín Mª Aguirre (UCM)



Como era previsible, las polémicas sobre las certificaciones de vacunación, ya sean con formatos de "pasaportes" o de cualquier otra variante están ya en el centro de la polémica, que no ha hecho sino empezar.

El problema depende de cómo se aborde y, claro está, cada uno lo aborda desde la perspectiva que considera más favorecedora. Los que lo abordan desde la decisión individual apelan a la las libertades. Dicen ser libres y no querer hacerlo. Puede que sea un acto de libertad individual, pero automáticamente piden no ser excluidos de la vida social, lo llaman entonces "discriminación". Por el otro lado, vacunarse se percibe como una responsabilidad individual que se deriva precisamente de nuestro carácter social. Robinson Crusoe no tuvo necesidad de vacunarse hasta que llegó Viernes a la isla. El mundo no gira a nuestro alrededor, sino que giramos con él.

Cuando empezaron a plantearse las posibilidades de certificaciones pero todavía no había vacunas, al que se discriminaba era al enfermo, como era lógico, ya que se le aislaba, junto con a los contactos más cercanos, que se veían arrastrados a la cuarentena sin comerlo ni beberlo. Pero la cuarentena no es un "castigo", como algunos tratan de colarnos; es una responsabilidad que surge precisamente de vivir en sociedad, de cuidarnos unos de los otros, especialmente desde la propia contención. Yo puedo ayudar a los demás de muchas formas, una de ellas es evidentemente protegerles del riesgo de mi propia presencia si esta supone un riesgo real.



El coronavirus está sirviendo para sacar a la luz nuestro actual "contrato social" y las fisuras que plantea en diferentes niveles, del político al judicial pasando, claro está, por el social. De lo resultante de estos niveles se sacan dos modelos, el que nos considera entes separados con tendencia a ser invadidos por los "otros", que considera que todo lo que se interpone entre su placer y él es negativo, siendo el disfrute de ese placer una cuestión individual y en conflicto con el de los demás; la función de las instituciones, desde esta perspectiva, es alejar de mí cualquier obstáculo o imposición que me impida alcanzar mi placer o aquello que me lo proporcione.

El segundo modelo parte de que no vivimos solos, que hay que tener conciencia de los límites ya que somos miembros de una comunidad. El concepto de comunidad es importante porque implica un pensamiento de dos dimensiones: sin renunciar a ser yo, me veo inserto en una fase más amplia de mí mismo que está compuesta por los "otros", a los que no percibo como obstáculos sino como oportunidades de desarrollo de mi mismo. Entiendo que mi "ser" es un "ser con" y no un "ser contra".

El egoísmo surge cuando considero que los otros son para mi utilidad, pero no considero tener ninguna responsabilidad para con ellos. Es puro utilitarismo: los demás están ahí como un servicio o un placer. Los aparto de mi camino cuando no me interesa tenerlos cerca; me acerco a ellos cuando me beneficia.



Para resolver este tipo de conflictos se necesita una mediación. En este sentido, los que reclaman una "ley de pandemia" tienen razón. El caos jurídico que vivimos en estos momentos es porque las interpretaciones son tan oscilantes que rozan lo surrealista. Toda ley admite ciertos grados de interpretación, evidentemente, pero ahora los extremos son tan dispares, por no decir contradictorios, que se duda de la casualidad y hasta algunos sospecharán que esconden un conflicto institucional de más calado. No es posible tanta disparidad.

Los que no se quieren vacunar reclaman su libertad, pero después imponen a otros su presencia sin control epidemiológico alguno. Una mujer gritaba ante las cámaras de un canal televisivo que "¡no quería ser parte de un experimento!". Entendemos que "ser parte de un experimento" es algo más que una forma de ver las cosas, ya que implica una forma de acusación. "Ponerse una vacuna" es para ella una imposición que supone una agresión. ¿Pero si la vacuna no fuera "un experimento", se la pondría? Para unos un "experimento científico" (lo menos agresivos), para otros, en cambio, es un "experimento social" cuya función es "controlarnos" (los más agresivos). Entre dudar de la eficacia de una vacuna y dudar de las intenciones de los gobiernos de todo el mundo hay una enorme distancia y un mismo resultado, la negativa a ponérsela.


La cuestión se hace más compleja cuando de lo que se duda es de la totalidad, cuando se duda de la propia epidemia y de sus efectos. Aquí, el miedo de los anteriores se transforma en osadía, en un concepto de superioridad en donde ellos son los "que saben", mientras que el resto de la humanidad son unos ingenuos y poco dotados intelectualmente, que se creen todo lo que se dice.

Pese a que los medios de todo el mundo transmiten testimonio de muertes de negacionistas o de muertes de personas próximas, todo parece formar parte del engaño. Todo es, por decirlo así, "posproducción". Todo se ha arreglado en la sala de edición retocando, usando imágenes viejas o fabricadas.



Nos están informando los expertos (esos "médicos con un cursillo", según unos y "charlatanes" o "conspiradores", según otros) que la batalla contra el virus tiene dos dimensiones importantes. La primera es el tiempo. Cuando más se tarde en vacunar, más probabilidad hay de que aparezcan nuevas variantes más dañinas. Constantemente aparecen nuevas mutaciones, pero no todas son tan peligrosas o dañinas. La velocidad de la expansión de la variante "india" o Delta nos lo ha dejado claro. El segundo factor es que cuantas más personas queden sin vacunar, más fácil es que esas variantes se expandan a mayor velocidad. Los datos que tenemos ahora de hace unos días son los siguientes:

 

Actualmente, la variante Delta es la causante de la gran mayoría de los nuevos casos de Covid-19 en España, sin embargo se ha comprobado que, al menos el 83% de los infectados son gente que aún no ha recibido ninguna de las dosis de la vacuna, frente al 11,4% de infectados que ha recibido una dosis y, tan sólo un 5,5% de los nuevos casos son de gente que ya tenía la pauta completa.

 


Los números son bastante claros. Por lógica, los que tienen una dosis pronto tendrán dos, por lo que se reducirá ese grupo. La cuestión está en qué pasará con los otros dos. Evidentemente, la clave está en la reinfección, producida por el mayor número de personas sin vacunar, que expanden las nuevas variantes, que son cada vez más "eficaces" reinfectando a los que ya están vacunados. El aumento de contagios en la población que se supone que está vacunada al 100%, los ancianos, así lo augura. Y si esto ocurre así, pronto irá descendiendo si no se cortan las entradas de nuevos brotes. Es un mecanismo sencillo. Desde esta perspectiva, vacunarse o no hacerlo no es una opción personal, sino que afecta a la totalidad de la comunidad.



El anteponer intereses privados o sectoriales (como está ocurriendo) dejando una especie de "espacio liberal" en el que cada uno tome sus medidas de protección y en el que el que quiera arriesgarse lo haga, es una falacia de desastrosas consecuencias. Por decirlo directamente: es el resultado de una mentalidad egoísta. El problema es que esto no es un supuesto teórico, sino un caso completamente real, con consecuencias reales, con esfuerzo real y con muertes reales.

Da cierta vergüenza ver cómo las sociedades más ricas se miran el ombligo, discuten sobre el sexo de los ángeles, mientras se producen muertes por falta de vacunas en gran parte del mundo. Da mucha vergüenza escuchar cómo gente que tenía reserva de vacuna no ha ido finalmente a hacerlo por sus complejas fantasías mentales mientras mueres por miles en países que están pidiendo unas cuantas vacunas. Es el equivalente del desperdicio de comida o de cualquier otra cosa de primera necesidad por parte de los más ricos mientras los demás mueren de hambre.



"Nadie es una isla", escribió el poeta John Donne en un célebre poema. Muchos, sin embargo, parecen sentirse como tales, pero —insisto— solo para lo que les conviene (no vacunarse), pero no para privarse de nada (que no les pidan certificado de vacunación para entrar en algún sitio).

Los que agreden violentamente a quien les dice que deben ponerse una mascarilla en un lugar público es la variante agresiva del "yo soy una isla", pero las mareas de su santa voluntad hacen aflorar istmos cuando les interesa. ¿No te quieres poner mascarilla? De acuerdo, pero entonces ve caminando, en bicicleta o patinete —no en transporte público— a tu casa. No impongas a los demás tu santa voluntad y además te quejes de que se te discrimina.

Todo esto, desgraciadamente, se ve incentivado por el caos jurídico en el que vivimos y la falta de acuerdo político para hacer una norma general para este tipo de situaciones especiales. El estado político constantemente alterado no contribuye a arreglar nada, ni la propia política, que incumple el principio de velar por los ciudadanos y, en este caso, por su salud. Sencillamente, ya no saben cómo tomar acuerdos; se les ha olvidado por la falta de práctica. Es mucho más sencillo ser político en la gresca y el descontrol, que siempre acaba aprovechando a alguien. No es serio discutir sobre cosas que vemos discutir todos los días, pero se hace y en un tono con el que se le quiere dar algún tipo de dignidad o altura. No se engañen.

Conforme avance la vacunación nos vamos a enfrentar a una nueva situación, a una realidad tras las previsiones. Esta se decidirá por las nuevas variantes y por la resistencia de las vacunas a estas. Por eso, el tiempo es esencial.

También lo es que se extiendan por todo el mundo. Todos los países partieron del mismo principio egocéntrico y optimista cuando apareció el coronavirus: esto está en China y aquí no llegará. Está claro que llegó.

Al principio, todo está lejos; luego, más cerca y finalmente está aquí. Está en los otros, luego en alguien de la familia o del trabajo y luego, inexplicablemente, en mí.



La prensa norteamericana nos mostraba la vacunación en Nueva York donde se ofrecen hamburguesas, bonos, cantidades de dinero, etc. para animar a vacunarse. La enfermedad de la estupidez no es patrimonio de ningún país. Algunos están contentos de haber pasado la enfermedad porque así "pueden hacer lo que quieran" sin preocuparse.



Dijimos hace mucho —y lo seguimos pensando— que el coronavirus ha tenido un maquiavélico desarrollo, una gradación entre el asintomático y el que fallecer tras pasar por una UCI, en su cama o en la calle; que ha distinguido entre viejos y jóvenes  en sus tiempos y proporciones; que ha sabido se los suficientemente paciente como para que seamos capaces de estar discutiendo sobre el virus sin llegar a soluciones. El Covid19 ha sabido —es una forma metafórica— pulsar nuestros defectos, nuestras fisuras sociales para obtener un gran rendimiento, lo que se refleja en su rápida expansión.




Una vez que el virus saltó a los humanos, somos nosotros los responsables de su expansión, nosotros con nuestros movimientos, con nuestra ignorancia y soberbia; con nuestros viajes y nuestro turismo, con nuestras fiestas y reencuentros emotivos, bodas, bautizo y funerales.

Necesitamos una versión actualizada del "contrato social", un pacto sobre las vacunas para entender que esto es algo de todos, que cada parte hace la suya, los científicos, el personal sanitario, los servicios básicos —del cajero al transportista pasando por el agricultor o cualquier otro—. Muchos sectores cumplen con su labor y riesgo, otros  no lo hacen. Por eso resulta incomprensible que lo que pongamos sobre la mesa es nuestra "santa voluntad" mientras que otros se la juegan cada día para que podamos disfrutar de la vida como si no pasara nada. Pero sí pasa.



Me siento avergonzado de muchas de las cosas que veo, leo y escucho. No me cabe en la cabeza que personas e instituciones sean tan cerradas a las ideas cuando son tan abiertas a que los demás acepten sus acciones. Ellos se mueven, su mente no. No sé que necesitan para creer primero en el virus, luego en las vacunas, luego en su eficacia. Se les da bien usar palabras grandes para ideas pequeñas.



Dicen los bien informados que España no tiene un fuerte movimiento antivacunas como ocurre en otros países. Creo que lo nuestro es otra cosa, llámelo comodidad, ir por libre o yo a lo mío. Está claro que el aumento disparado desde junio de los contagios es cosa nuestra, lo llamemos como lo llamemos. No basta con ponerse la vacuna, hay que acompañarlo de medidas. Y hacen mal las instancias políticas en cifrarlo todo en el tanto por ciento de vacunados, algo importante, desde luego, pero solo una parte. Lo pasivo, que nos pinchen, no da muchos problemas, cuestión de turno; la participación activa en la prevención, eso ya es otra cosa.

Pónganse la vacuna y viva con prevención. No hay que ir por la vida sacando pecho.

 

* Ángela Suárez Fernández "La inmunóloga Carmen Cámara advierte sobre la variante Delta: "Antes se contagiaba una persona y ahora caen familias enteras"" Antena3 21/07/2021  https://www.antena3.com/noticias/salud/expertos-indican-que-vacunas-son-efectivas-variante-delta-mas-contagiosa-pero-mas-peligrosa_2021072160f7ebbac7f1ec00013f7d64.html




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