lunes, 5 de julio de 2021

El finde eterno

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)



¿En qué han quedado las palabras de la ministra Carolina Darias sobre "no estigmatizar a los jóvenes" ante la evidencia de lo que se ve y escucha? Me imagino que en prácticamente nada. Más allá de las proporciones de la generalización, las cifras lo señalan y los propios jóvenes lo dicen cuando les ponen un micrófono delante: "Si tuviera 60 años tendría miedo, como tengo 20 años no lo tengo", dice uno; "si me toca, me ha tocado", dice otro; "yo ya lo he pasado" un apunta tercero. "No hay que ser cínicos", señala otro, "nos pasamos en las celebraciones" sin mascarilla ni distancia".

Las palabras son casi literales, escuchadas en cada noticiario. Son solo algunas cuyo sentido no permite demasiadas dudas, nos gusten poco o nada. Al final, la lucha es generacional. Eso sí es una evidencia. El "tenemos muchas ganas de fiesta" o el "hemos pasado un año muy duro" en referencia a la abstención cañera muestran lo que hemos construido como sociedad.

Los eslóganes del gobierno al comienzo de la pandemia —aquello nos suena ahora a ingenuidad propagandística— contrastan con estas muestras de insumisión pandémica, de indiferencia absoluta ante todo lo que vaya más allá de la epidermis propia. Es así y poco hay que decir para explicarlo desde dentro de la propia pandemia. Es algo que va más allá, que viene de lejos y que tiene que ver con esta construcción asimétrica de la sociedad, una asimetría generacional que ha llevado a convertir a la juventud en mano de obra barata, a la que se le anuncia que vivirá peor que sus padres y que, por ello, ve a los mayores como sus explotadores privilegiados.



El "botellón" mismo es una marca generacional que inicialmente tuvo un sentido de marginación, la celebración de la calle ante la exclusión de los locales que no querían dentro a los jóvenes por su baja capacidad de consumo, que es la vara de medir. Pronto se convirtió en marca de identidad. El efecto grupal hizo el resto, quedando los lugares de ocio al margen, como un elemento diferencial en una población en donde las distinciones se hacen sobre el trabajo (becario, precario, estable) y la fiesta (dentro, fuera).

El botellón es visto como una frontera iniciática, un rito de paso. Los que hayan visto las miradas brillantes, los andares rápidos de los quinceañeros, saliendo del metro en la Ciudad Universitaria, cargados con las bolsas con las botellas compradas en los supermercados; los que hayan visto un centro comercial o supermercado un viernes o sábado por la tarde, lugar de compras de las botellas de alcohol de los grupos, etc. no debería chocarles mucho. Los que hayan visto los capós abiertos de los coches, repletos de bebidas para vender, de neveras de camping cargadas de hielo y bebidas puestas a enfriar por parte de los jóvenes "emprendedores", aquellos que pasan del consumo a la venta, tampoco tendrá muchas dudas sobre lo que pasa.



Las palabras de Darias no son más que el encubrimiento de un problema más amplio que ha estallado con la pandemia. Tiene que ver con esa masa de jóvenes que sigue siendo la más perjudicada por este modelo de desarrollo que llevamos.

El problema lo hemos tratado aquí en diversas ocasiones a lo largo de los años. Ahora estalla con su crudeza, sin máscaras ni mascarillas, sin necesidad de mentiras, sin necesidad de palabras buenistas de ministros, ministros o presidentes del gobierno. Las escuchamos delante de cada micrófono, de cada cámara, ya sea por parte de los propios jóvenes o de los adultos que lo señalan como queja. Es evidente que las distancias son algo más que una forma de  ver la vida, que son diferencias profundas, una amplia brecha generacional.

El primer problema viene del empleo de la palabra "joven", que ya no se sabe dónde comienza o donde termina. Ya no hace referencia a una edad concreta sino a una forma de vida. Las imágenes de los botellones nos muestran una amplia gama, hay una pseudo juventud, personas que entre los treinta y los cuarenta que se han ido arrastrando desde que todo esto comenzó a ser una forma de vida, al menos en lo que respecta al ocio. "Estar allí" es "ser joven" y no al contrario. Es el espacio, la actividad, la compañía la que te da el estatus. Ellos se agrupan y se mezclan. Sería interesante hacer una radiografía de estas celebraciones y ver cómo se estructuran.




Es una consecuencia de la prolongación de la infancia, después de la adolescencia y a la resistencia al abandono de la "juventud", que pasa a ser un conjunto de acciones, una actitud —aunque solo sea de fin de semana— que se mantiene.

Los propios medios ayudan con sus titulares cuando hablan de "jóvenes" cuando se refieren a personas que rondan los cuarenta años. Hay un problema terminológico y social en ello. Lo hemos visto cuando la gente ha puesto el grito en el cielo porque se hablaba en algún medio de "ancianos" de 60 años. Ya nadie quiere salir del nicho "joven".



No se me van de la cabeza las palabras de una joven de las confinadas por el macrobrote de Baleares: "No solo es responsabilidad nuestra; ellos lo han creado". ¿Quién ha creado qué? ¿Es una variante española y juvenil del "laboratorio de Wuhan", algo del "joven Bosé" o similares que actúan como justificantes de lo que se hace? Quizá una mezcla interesada de todo ello, fomentado por aquellos que viven de la trivialidad y que se han visto privados de sus ingresos habituales.

Lo más lamentable de todo es esa imagen de desprecio al mundo, entendiendo por tal todo lo que no es uno mismo y los colegas. Esa barrera no es nueva; se ha creado en estas formas de explotación juvenil que practicamos desde hace mucho tiempo, en esa "vieja normalidad" del que trabaja y no cobra, del que cobra y entra y sale del paro de forma continuada, del que no puede pagarse una casa, del que se ve estimulado al gasto y tira de padres como una forma normalizada de vida, del que vive con ellos y su sueldo, mínimo, lo emplea en socializar el fin de semana.



Vivimos en una sociedad de la trivialidad extrema, por lo que no podemos pedir mucho más. Lo que hay se ha creado entre todos. Es un futuro sin demasiadas ilusiones, donde imaginar es generar futuras frustraciones. Estas celebraciones sin medida tienen algo de "nihilismo", como señalábamos el otro día, un mal que nos aqueja como sociedad sin metas, que pierde su rumbo y vive el día a día sin recuerdos y sin expectativas. Cada uno que aguante su vela.

"Findes", "viajes de fin de curso", "botellones"... todo ello forma parte de esta "celebración" entre muertos e ingresados en las UCI. Se enseñó que "solo se mueren los viejos", que "los jóvenes los pasan con síntomas leves". Ahora que lo están expandiendo de regreso de los viajes y juergas, de insensatos finales de curso (turismo interior) que ellos se han organizado y otros han aceptado, nos encontramos con que otros países van poniendo la "segura España", región a región, en la lista roja de las zonas que hay que evitar. Todo esto en apenas una semana en la que las cifras se disparan. ¡Adiós a la cara de satisfacción del presidente anunciando el fin de la mascarilla en exteriores! De poco sirve la letra pequeña si se incumple la grande.

Hacemos mal en enfocar esto como un problema juvenil; es un problema del conjunto, del sistema en su totalidad, que se irá haciendo más grave si no hay más ilusiones que la que llegue el fin de semana. Lo escucho en el metro a primera hora los lunes, "¿qué vas a hacer el próximo finde?" Lo que hay en medio cuenta poco. Es iluso pedir más.

 

24/10/2020

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