martes, 6 de julio de 2021

Violencia

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)



Homófobo o no, la muerte del joven en La Coruña no puede ocultar lo que es: una demostración de violencia brutal, una muerte que tiene sus propias características formales: alguien es derribado y un grupo lo patea hasta la muerte. Este tipo de asesinato cruel y cobarde, en donde un grupo destruye a una persona indefensa se repite con cierta frecuencia y no puede ser ignorado en su especificidad ni en los entornos en los que se producen. El debate sobre si es cuestión de homofóbico o no no puede esconder su propia realidad y frecuencia.

Las imágenes que se nos daban del crimen coincidían con otras tan parecidas que una televisión las confundió al emitirlas. Eran las del asesinato de La Coruña que se ofrecían como "una nueva agresión". Fue corregido poco después emitiendo ambas. La similitud la ofrece el modus operandi, el pateo en el suelo, los golpes sin cesar hasta que queda solo un cuerpo en el suelo, muerto como en el primer caso o sin sentido como en el segundo.

Esta violencia comparte su carácter explosivo, ser grupal y desentenderse de quién está en el suelo. En ocasiones, el incidente se produce entre dos, crece a varios y finalmente se convierte en un estallido en donde es probable que una parte de los participantes no sepa ni a quién o porqué se está pateando en el suelo.

En los últimos años se ha usado con frecuencia un término que define este tipo de violencia grupal al referirse a "manadas". Se comenzó a usar para las violaciones en grupo, pero entiendo que es solo una parte de estas actividades. Desgraciadamente, no veo la ristra de psicólogos, sociólogos, etc. que suelen aparecen ante otro tipo de comportamientos.



El crimen de La Coruña ha compartido pantalla, junto con el ataque mencionado, con un juicio a otra "manada" esta vez por una violación en grupo. Los juzgados por los hechos son también de edades similares y confiesan estar "arrepentidos", echándole la culpa al alcohol y las drogas que habían ingerido. Este tipo de hechos, hay que explicar, son atenuantes para las penas, porque se supone que no estaban bajo un estricto control de sí mismos, lo que no deja de ser un cierto insulto a la inteligencia y una señal inequívoca de lo que necesita reformarse porque cualquiera de estos sucesos se producen en unos ambientes en los que "la economía española se pone en marcha" gracias a estas formas de consumo, por decirlo así.

Hace muchos años que vivimos una situación cuyos puntos de salida son este tipo de manifestaciones. Son actos grupales en contextos muy similares, con resultados violentos, que se repiten en los fines de semana, que es el espacio del desahogo y la falta de control. Es un espacio socializado de esta manera y bajo este tipo de situaciones. Es una forma de vida absorbente y de la que nadie escapa; en donde se ven estos estallidos violentos como parte de las reglas del juego.

Algunas (en estos días se produjo una) acaban con heridas de arma blanca, lo que indica que se llevan navajas y cuchillos; en otra se nos hablaba de una "porra extensible". Esto nos indica cierto concepto de peligro, de necesidad de "defensa", de conflictos que se pueden plantear en cualquier momento a través de un incidente nimio, como parece ser ha ocurrido en La Coruña, donde se confundió una video llamada por la sospecha de que les estaban haciendo una grabación de vídeo con el teléfono.



La brutalidad de la violencia se ha instalado como una forma de relación. Ya no son dos personas que se pelean mientras otros tratan de evitarlo, que es lo que ocurría. Da la impresión de que se espera el momento del incidente para poder estallar de esa forma grupal e irrefrenable.

Cuando escuchamos las quejas de los vecinos de los barrios invadidos por estas situaciones nocturnas, casi todos hablan de peleas. No es una novedad, desde luego. Lo que sí me parece "novedoso", por llamarlo así es la hipocresía de aceptar este tipo de situaciones y solo levantar la voz como protesta por considerarlo un crimen homófobo. Si no lo hubiera sido, ¿le habría importado a alguien? La propia petición del padre de Samuel tratando de evitar que se convierta en una asunto manipulado políticamente es muy claro. Su petición ha ido a los padres de esos jóvenes, que los tienen. La petición no es trivial pues estamos dando por bueno que nuestros hijos salgan y regresen sin querer enterarnos demasiado de lo que ocurre entre uno y otro momento.


Lo que está ocurriendo es lo que revela. Necesitamos más y mejor explicaciones que las que los políticos hacen; necesitamos más profundidad para saber por qué esa aceptación de la violencia, por qué se ha creado ese mundo burbuja en el que imperan otras reglas, otros principios y otras formas de interacción. 

Los resultados los vemos en forma de datos que no queremos reunir, pinceladas que componen un retrato que no queremos acabar de ver.



En el año 2003, la revista del Instituto de la Juventud dedicó un monográfico al fenómeno de la violencia juvenil. Estas eran las conclusiones del artículo que cerraba el número:

A partir del análisis fenomenológico presentado sobre algunas de las dimensiones de la violencia juvenil grupal en nuestro contexto, podemos extraer una serie de observaciones generales de importante valor heurístico. En primer lugar, dicha conducta no representa, a la luz de un abordaje empírico que cumpla los mínimos requisitos de sistematicidad y validez, un fenómeno generado por elementos de irracionalidad o desviaciones individuales, sino como un comportamiento estructurado en un sistema de normas, actitudes y recursos conductuales que determinan los contextos y los motivos que la justifican, las repercusiones positivas que acarrea y las formas para reducir al mínimo los perjuicios que ocasiona.

En segundo lugar, tal sistema se integra, se elabora y se hace inteligible dentro de una subcultura, que permite dar sentido a las propias acciones bajo una determinada visión del mundo.

En tercer lugar, la adhesión a este sistema por parte del joven que en ella se implica delinea un proceso de socialización concreto que conlleva una funcionalidad tanto para el joven que la asume como para el grupo en el que se integra. Por último, dicha conducta se encuadra y cobra sentido en un contexto social determinado, y representa un elemento genuinamente derivado y sustentado por una sociedad a la que los que intentamos describir, comprender y prevenir la violencia juvenil, pertenecemos. De ahí que nuestro cometido tenga una doble vertiente: asumir como sociedad la responsabilidad que nos compete como promotores indirectos de espacios en los cuales la violencia tiene sentido y asumir también la responsabilidad de abrir nuevos espacios en los cuales deje de tenerlo. (158)*

 


Que el lenguaje académico no nos engañe o despiste en su asepsia. La frase final resume algo que nos debería seguir inquietando después de casi 18 años con una pregunta: ¿qué hacemos? Sin embargo, esta pregunta sigue cayendo en el vacío y preferimos discutir para capitalizar muertes antes que tratar de evitarlas creando unas nuevas condiciones más sanas. Sin querer ver las causas, difícilmente se encontrarán soluciones. Sea por causa homófoba o no, lo que se ha perdido es una vida huma de una manera brutal, absurda, que refleja una forma de relacionarse que sigue ciertas pautas y parte de supuestos reprobables en cualquier sentido. 

No demos por hecho tantas cosas. El origen está en una violencia que se ha instalado en nosotros y que adquiere diferentes formas de intransigencia y muchas veces de irracionalidad explosiva. Hay que combatirlas todas y aspirar a lo mejor. Vayamos al origen sin miedo y con decisión. 

 

* Antonio Martín González, Bárbara Scandroglio, Jorge López Martínez, José Manuel Martínez García, Mª Jesús Martín López, Mª Carmen San José Sebastián (2003) "La conducta violenta en grupos juveniles: características descriptivas", en Aspectos psicosociales de la violencia juvenil, Revista de Estudios de Juventud nº 62 septiembre-2003, pp. 151-158.

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