viernes, 4 de enero de 2013

El hombre que no supo ser Obélix

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Comentaba hace unos días mi disfrute con la revisión de La marsellesa (1938), la magnífica película de Jean Renoir que describe el tiempo transcurrido entre el asalto a la Bastilla y la caída de la monarquía. Durante ese tiempo, Renoir nos muestra un canto a la fraternidad y el descubrimiento de dos palabras que a los aristócratas les resultan incomprensibles, metafísicamente inesperadas, "ciudadano" y "nación". De ser una posesión del rey, de ser sus súbditos, aquellas personas descubrieron que querían ser ciudadanos de una nación, Francia, que había sido hasta el momento un cortijo rococó. Empezaron a amar más allá de los límites de sus humildes pueblos y aldeas y se sintieron "hermanos", "libres"  "iguales" ante la Ley, el Rey o Dios. Y si alguno decía lo contrario, peor para él. Los franceses quisieron ser "franceses" y no unas moscas sobre su superficie.
Nos ha sorprendido a todos que ese actor francés, tan francés, como es Gérard Depardieu amenazara con renunciar a su nacionalidad francesa —lo del "pasaporte" no es más que tomar la parte por el todo, retórica— si le tocaban sus impuestos y le hacían pagar por encima de lo que él consideraba ¿justo, injusto, ajustado...?


Gérard Depardieu no es cualquier cosa. Ciertamente, Depardieu es el hombre que ha encarnado a Cyrano, a Balzac, que dio vida al Jean Valjean de Los miserables, de Hugo, —sin zarandajas musicales anglosajonas—, que fue mosquetero Porthos, escultor Auguste Rodin, revolucionario Danton, volteriano Zadig, hipócrita Tartufo... y orondo Obélix, es decir, lo más granado de la cultura francesa —¡él!—, sorprende al mundo desde las portadas con el anuncio de que se va al otro extremo de Europa, se hace ciudadano del país más grande del mundo, Rusia. No de cualquier Rusia, claro; se hace "ruso" de la Rusia de Putin, porque es éste el que la ha concedido la nacionalidad con la velocidad con que los zares cumplen sus más leves deseos: ¡así, en un tris!



Putin, quien acaba de prohibir a los norteamericanos adoptar niños rusos dentro de esta "guerra tibia" que mantiene desde que se ha hartado de que le bailen y canten en las iglesias o que no valoren sus esfuerzos por hacer de Rusia un paraíso ordenado y eficiente, no estaba dispuesto a dejar pasar una ocasión propagandista de tal calibre. Si Rafael Correa tiene a Julian Assange, ¿por qué él no puede tener a Gérard Depardieu?
Rememorando el paso de los espías al "otro lado", pleno de espíritu LeCarré, Putin quizá desvelará dentro de poco tiempo —cuando Depardieu esté a salvo— que era un "topo", un infiltrado surgido del frío, cuyo principal objetivo era obtener información esencial sobre la seguridad francesa. ¿La "poción mágica", quizás? Todos esos papeles interpretados, todas esas comilonas y juergas regadas con buen vino de los viñedos franceses más selectos, no eran más que una tapadera para encubrir su acciones.


Yo no sé si Gérard Depardieu ha valorado suficientemente su acto. No sé si Francia va a entender su reacción, no se sí la "nación" y los "ciudadanos" van a entender su renuncia en nombre del puro parné. Cuando se han dado casos de establecimiento de domicilio fuera de las fronteras para evadir las fiscalidades altas, la gente siempre ha reaccionado mal. Así suele ocurrir con deportistas, actores, etc., con aquellos que viven de la estima de sus públicos. Depardieu les ha dicho que lo de la "fraternité" y la "égalité" se han quedado obsoletas y él se coge la "liberté" haciendo de su capa mosquetera un sayo. Por lo pronto, Le Figaro ya lo ha situado en primera página con el titular: «J'aime Poutine, la Russie et sa démocratie». Parece un nuevo grito revolucionario, en cualquier caso siempre una declaración de amor. Se ha hecho ruso y extracomunitario.



Quizá para compensar tanta confusión internacional —o para aumentar la confusión, ¿quién sabe?— la portada de The Economist nos muestra a un Barack Obama afrancesado, con camiseta de rayas y boina, salido de un cuadro canalla de Toulouse-Lautrec. ¡Qué lío globalizado! Pretenden volvernos locos a todos. Si Donald Trump seguía levantando recelos sobre el origen de Obama para tratar de impedir su reelección presidencial, ¿cómo se sentirá el millonario norteamericano al tener que seguir la "french connection" del presidente hasta París? ¿Es todo una gigantesca conspiración?
Amenazar con hacerse belga creo yo que ya era bastante. Sin embargo, mucho debe enfadarse Gérard Depardieu cuando le tocan los millones para irse al otro extremo de Europa, a Rusia. Me temo que Vladimir Putin exprimirá el limón hasta que la cáscara quede más seca que la momia de Lenin, que todavía reposa en su residencia, junto a los muros del Kremlin. Y que siga así, porque si se levanta de su tumba y descubre que la Rusia de sus entretelas ha quedado como paraíso fiscal para defraudadores insolidarios del mundo, le da algo o se lanza a la revolución espectral, como el Motorista fantasma. Pero, ¡qué va!, Rusia ya no es lo que era. Descubro a unos iconoclastas rusos que han hecho un pastel con la forma de la momia de Lenin y ofrecen complacidos una degustación al público asistente. Seguro que es un plato de la "nouvelle cuisine" rusa. ¡Ay, Gérard, dónde te has metido!


Depardieu ha pasado de enfrentarse al César a lanzarse a los brazos del Zar. Gérard Depardieu tiene lo que se merece, no la nacionalidad rusa —que los pobres ya tienen bastante con aguantar lo que aguantan—, sino  el "regalo" imperial de Vladimir Putin. Son tal para cual. La Historia ha juntado a estos nuevos "továrich", "Astérich" (Putin da perfectamente el tipo) y "Obélich", esta vez como eslavos en lugar de galos. "Továrich" era el equivalente revolucionario al "ciudadano" de la revolución francesa, el "camarada".
Francia tendrá que buscar un nuevo "Obélix" que se merezca representar a esa gloria nacional. No todos están a su altura Ya saben, ¡están locos estos eslavos!




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