sábado, 16 de mayo de 2020

Yo también soy chino

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Es lo visible contra lo invisible. Como no puedes ver el coronavirus, te diriges hacia tu portador. La mente hace un juego retórico y ¡voila! ya tienes delante al culpable, al asiático, convertido en "chino". Es sencillo. Nuestra mente necesita de objetivos hacia los que dirigir miedo y odio, una figura susceptible de absorber la rabia y la frustración.
Donald Trump es un maestro especializado en redirigir el odio. Lo ha hecho contra los hispanos ("bad hombres", narcos, violadores y asesinos), contra los demócratas (izquierdistas y comunistas, antiamericanos), contra los árabes (terroristas), contra los medios de comunicación (los enemigos del pueblo, conspiradores para acabar con el mejor presidente de los Estados Unidos)... y contra China, su objetivo favorito.  Todo lo malo viene de China; todo lo malo está en China.


La pandemia estalló, hay que recordarlo siempre, en plena guerra arancelaria contra China, contra Huawei, contra el 5G. Cuando pensaba que la epidemia no saldría de allí, felicitaba a China desde su superioridad benevolente diciendo que el presidente Xi hacía un "gran trabajo". Era una de sus formas despistar del objetivo principal, aislarla y separarla de Europa esencialmente. Lo hacía con los aranceles contra China y contra los países europeos, incluida España. El aceite y otro productos pasaron a ser "enemigos", "peligros potenciales" sin saber porqué. La administración Trump se ha acostumbrado a no dar explicaciones a sus actos de fuerza; es la simple imposición a los demás de lo que deben creer, sobre cómo deben mirar el mundo. A su vez, Trump está dirigiendo la mirada y el pensamiento de millones de norteamericanos que han encontrado en él una especie de líder de una secta cada día más fanática, un fenómeno que hacía muchas décadas que no se experimentaba y que explica la fascinación de Trump por los dictadores, los únicos con los que se siente a gusto, ante el desprecio que percibe en los líderes de los países occidentales.


El otro día, en la Casa Blanca, se produjo un incidente con una periodista norteamericana de ascendencia asiática. A una de sus preguntas le dijo "¡Pregunte a China!", ante lo que la periodista le pidió explicaciones que, evidentemente, Trump no dio. No es la primera vez que Trump da muestras de racismo en distintas direcciones, pero ahora es China el blanco constante.


Este dirigir constantemente el odio hacia China tiene consecuencias dentro y fuera. En el interior de los Estados Unidos ha causado ya problemas a muchas personas que no tienen nada que ver con la epidemia. En realidad, nadie tiene nada que ver con el COVID-19, es nuestra tendencia innata a antropomorfizarlo todo (como bien señalo Nietzsche) lo que hace que hayamos convertirlo un hecho de naturaleza en un hecho social. El bulo del laboratorio no es más que una forma de racionalizar, una mitificación (un discurso explicativo) que permite una explicación a algo que simplemente no acabamos de entender. De la misma forma que el mundo de la antigüedad daba un "sentido" a las plagas y enfermedades, muchos están convirtiendo el COVID-19, pese a todas las advertencias de los científicos en una forma de "guerra" intencionada. El narcisismo de Trump y su contagio a parte de los Estados Unidos hace el resto. Los medios contribuyen en gran medida a extenderlo y eso convierte la xenofobia en un hecho social que se extiende.


Deberíamos recordar en España, por ejemplo, que nuestros dos primeros casos fueron de turistas europeos en zonas turísticas y que, pese a ello, seguimos anhelando que se abran nuestras fronteras, hoteles y playas. Que yo sepa nadie lo ha llamado el virus alemán o el virus francés ni el italiano cuando empezaron a venir de esos países. Nuestra tendencia a los mitos es fácilmente manipulable y eso se aprovecha para los racistas previos, que ven la ocasión de oro para trabajarse la opinión pública, a los integristas políticos, que ven lo mismo pero desde la perspectiva de que la causa es el comunismo chino, o los antiglobalización, que ven en esto una consecuencia de la expansión de su economía.
Es sorprendente cómo esas tres tendencias —racismo, política y economía— pueden generar tantas corrientes de odio. Cuando las personas de rasgos asiáticos empezaron a ponerse camisetas o a hacer circular el hashtag "#no_soy_un_virus" lo hicieron porque ese fenómeno de suma de prejuicios y odios estaba empezando a afectar a sus vidas cotidianas, de pasear por la calle a las escuelas. Aquí hemos estado denunciando estos desde el 21 de enero, por lo que no fue tarde cuando esto comenzó primero en los medios y después a la gente. Se trabajaba desde la preexistente amenaza contra China a raíz de la guerra comercial y el caso contra Huawei... y se dio el salto.


The New York Times publicó ayer un interesante artículo de la escritora norteamericana de origen surcoreano Euni Hong. El texto lleva por título "Why I’ve Stopped Telling People I’m Not Chinese", lo que nos lleva a un interesante cambio en la mentalidad la parte de origen asiático de los Estados Unidos.
La escritora recuerda diversos momentos en su vida en los que ha tenido que explicar los ataques recibidos por sus rasgos asiáticos. "Asiático" engloba a todo el que tenga los rasgos o apariencia, más o menos marcados, nombres o apellidos, forma de vestir, etc. que la sociedad norteamericana que se consideran "puros americanos" establece.
Es interesante no perder de vista que esto se ha hecho anteriormente a los asiáticos con los "hispanos" o los "árabes", también estigmatizados. En Estados Unidos, todo el mundo es potencialmente peligroso si no tiene el perfil que la comunidad rectora establece que es el "perfil americano". Esto no es nuevo. Ninguna sociedad juzga tanto por el exterior como la norteamericana. Basta recordar los incidentes que se produjeron contra los hispanos con la llegada de Trump al poder. Las noticias empezaron a recoger incidentes en restaurantes, supermercados, etc. contra aquellos que hablaban en español. Se trata de tener la suerte de que esta comunidad, que se considera superior al resto, no la coja contigo, con tu continente, tu país o tu cultura. Así ha sido y parece que permanece a la espera, agazapada, de nuevas ocasiones en que aparezca el odio, el desprecio, la discriminación sobre el grupo elegido.
Euny Hong escribe en su artículo:

Last month, a Chinese-American friend of mine posted on social media about a targeted internet ad that had outraged her. In the wake of Covid-19, some clothing vendor saw a business opportunity: a series of T-shirts with slogans like, “I’m Asian but I’m not Chinese,” “I’m not Chinese, I’m Korean,” “I’m not Chinese, I’m Malaysian,” etc. Her friends’ comments under her post were equally indignant. (So much for predictive algorithms, by the way.)
My first thought was, “I wish we’d had these shirts when I was a kid.”
And then I stopped myself, horrified.
By way of context — not justification — Asians have been siccing people on other Asians for ages. In World War II-era America, some Asian-owned businesses posted signs in their windows specifying that they were not Japanese. I have even met a few Asians of that generation who currently believe that it made political sense for Franklin D. Roosevelt to put Japanese-Americans in internment camps. Just the Japanese.
Which is not to say that mislabeling isn’t dangerous; it can even be deadly. In Highland Park, Mich., in 1982, there was an incident that all Asian-Americans of a certain age remember vividly: A Chinese-American named Vincent Chin was murdered in a strip club by two white autoworkers who assumed he was Japanese — one of the people who, they believed, had destroyed the American auto industry.
It was a tragic case of mistaken identity. But to respond to that horrific incident with “Vincent Chin wasn’t even Japanese!” is to create a dangerous distraction from the core issue: It is never OK to attack anyone based on their race.*



Esta fórmula combinada con otra, la del linchamiento, es peligrosa porque convierte al que no se ajusta al modelo en objetivo. Lo que señala Hong es cómo ese miedo social a convertirse en la víctima lleva a la falta de solidaridad y a redirigir el odio hacia otros. Se trata solo de dejar claro que "no se es china", a lo que se deben dirigir todos los esfuerzos. Son los mecanismos del fascismo social, manejar el miedo para asegurarse el control y el poder. De ahí que ella misma manifieste su horror al darse cuenta de que ha caído en la trampa, lo que se representa en el lema de la camiseta. Simplemente se trata de que no de dé la piedra que arrojan, no de evitar que se lance.
Desgraciadamente no podemos decir que esto es una minoría. Es la mayoría que ha llevado a Trump a la Casa Blanca y la misma que le sigue defendiendo en su xenofobia, sus mentiras patológicas desde el Senado o desde las calles. Son los que aceptan el "¡Liberad los estados!" e invaden las instituciones con las armas en la cintura o a la espalda.
Hay que tener mucho cuidado. Trump ve peligrar su reelección, al igual que las fuerzas que están tras él, las que le apoyan y salen a la calle a manifestarse. Trump es un veneno social, como lo son algunos de los que tiene alrededor, como lo es la Fox News, que actúa sobre la opinión pública esparciendo odio y falsedades.


De país multiétnico con una "ciudadanía común", Trump y los suyos han apostado por el racismo. Ser americano ya no es un hecho constitucional, sino racial. Es lo que están padeciendo los asiáticos, como antes lo han padecido y lo siguen padeciendo los afroamericanos, los hispanos o cualquier otro grupo que no sea "puramente blanco" según sus criterios.
Voceros de Trump como Peter Navarro, que ya era anti China, o Mike Pompeo vuelven a realizar apariciones en las televisiones atacando, creando un clima discriminatorio en el interior y bélico en el exterior. Con lacayos como este, Trump trata de crear el miedo y el deseo de violencia, algo que puede ser difícil de controlar internamente, como ya advertían en The New York Times.

Los medios han comprendido la estrategia de Trump y le exigen que explique todas y cada una de las afirmaciones que realiza. Si se siente presionado cierra la sesión (como hizo) o  retira la palabra y pasa a otros. Ya no es posible aceptar sus visiones racistas y xenófobas. Conforme el mundo se va acercando al mayor control de la pandemia, la agresividad de Trump crece, como lo hacen sus promesas de una vacuna para después de las elecciones de otoño. El truco es tan burdo que solo los adeptos pueden creerlo ciegamente.
Estados Unidos ha perdido el prestigio internacional a manos de Trump. Y algo peor, la confianza de muchos norteamericanos en las instituciones y en el mismo país. Los hubo que decidieron irse a vivir fuera, a Canadá, hasta que Trump se fuera. No sé si era la solución más acertada, pero el desastre que va a dejar a sus sucesores en la Casa Blanca tendrá dimensiones colosales, con un pueblo dividido como no lo había estado desde la Guerra Civil.
Afortunadamente, la presión sobre la sociedad está dejando también el ánimo firme de muchas personas que no le seguirán el juego del odio y la división. En el final de su artículo, Eunt Hong escribe:

If someone says, “You Chinese are killing us,” I am in that moment Chinese. Whether I give the other person a piece of my mind or not — awkward, perhaps, from six feet away — my instinct should be indignation, not deflection. Because one of many lessons I’ve learned from the pandemic and its consequences is that focusing on being misidentified by a xenophobe is nothing better than trying to negotiate a more accurate insult.*



Esa es la clave. Darse cuenta que no podemos ponernos del lado del xenófobo para evitar ser atacados nosotros, para no ser su blanco. La consecuencia es vivir con miedo, sin libertad de poder expresar lo que se siente. Y lo que se debe sentir es precisamente ponerse al lado de aquellos que son insultados injustamente, solo para satisfacer su ego racista.
Lo que pasa con las personas asiáticas en Estados Unidos pasa en más sitios. También ha ocurrido aquí, si bien de otra manera porque no hay autoridades jaleando a los violentos, solo algún energúmeno. Pero los españoles lo hemos padecido en otras partes del mundo cuando la pandemia había llegado a un punto crítico. No lo debemos olvidar. No debemos olvidarlo nunca.
Cuando vemos injusticias de este tipo, debemos decir, "yo también soy chino", como hemos dicho "yo también soy París" o "I Love New York". Es estar del lado del  que sufre persecución o discriminación  injustamente. Ellos también han sufrido muertes y dolor por las pérdidas, luchan como nosotros.
Pese a las muchas circunstancias adversas que viven, me ha emocionado ver cómo muchos chinos en España han vivido solidariamente nuestra situación, como unos más entre nosotros, sufriendo además al ser señalados o mirados al pasar. Hay muchas cosas que están haciendo por nosotros, desde traducir manuales de prevención a poner en contacto a médicos españoles con médicos chinos para compartir experiencia o niños en las escuelas que mandan dibujos de ánimo.
Mis alumnos chis son caso aparte, una alegría en mi vida. Su preocupación constante por mi estado, por cómo me encuentro o si necesito algo, es muy de agradecer y la tendré siempre conmigo. Muchos no se atreven a salir a la calle por miedo a que les digan algo. 
Solo te pido una cosa, si ves una situación así, dile al agresor, al xenófobo, "yo también soy chino".  No pienses ni en economía ni en política, solo en que la persona que tienes delante te necesita.
Yo también soy chino.



* Euny Hong "Why I’ve Stopped Telling People I’m Not Chinese" The New York Times 15/05/2020 https://www.nytimes.com/2020/05/15/opinion/coronavirus-chinese-asian-racism.html

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