domingo, 17 de noviembre de 2019

Fotos sin recuerdo

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
La BBC publica un reportaje sobre la recuperación de un material fotográfico que muestra la vida de Senegal en los años 50 y 60, un material del fotógrafo Roger DaSilva, un veterano de la II Guerra Mundial que decidió montar su estudio en la capital, Dakar. Una parte de ese material ha salido a la luz por primera vez, ya que no había habido exposiciones de DaSilva anteriormente. "He was an artist at heart," his son Luc DaSilva tells the BBC. "Photography was his life."*
Es cada vez más frecuente que emerjan este tipo de materiales que nos revelan la vida de las ciudades. No son fotos artísticas, sino piezas vivas de la historia que nos sorprenden en un mundo que ha perdido por su propia velocidad el sentido de la Historia. El poder apreciar los cambios ya es sorprendente para un mundo que se ha transformado al digitalizarse perdiendo las viejas referencias. Todo pasa a velocidad tan vertiginosa que somos capaces de apreciar los cambios en nuestras vidas, algo que no siempre se ha podido debido a la lentitud. Ha habido siglos en los que no cambiaba apenas nada, en los que cada día era una copia del anterior y una muestra para el siguiente.

Son muchos los inventos que han cambiado nuestra vida diaria. La electrificación, por ejemplo, transformó el mundo. Los jóvenes no son capaces de imaginarse un mundo sin internet o sin teléfono móvil. Llegan a un mundo con ellos ya incorporados. Te miran raro por haber vivido en un mundo así.
La fotografía deja huellas del tiempo y emergen como los submarinos hacia la superficie, como estallidos de espuma. Es el pasado que ha quedado registrado. El interés por un sistema documental de la vida cotidiana ha aumentado y muchos se han dado cuenta de la necesidad de registrar lo efímero de nuestras vidas que pasan a enorme velocidad, por más anodinas que nos puedan parecer.
El ejemplo de DaSilva es solo uno más. Cada poco tiempo descubren las obras de hombres y mujeres que documentaron su tiempo. Por encima de la fotografía artística, ha quedado la fotografía documental, la del día a día y sin pretensiones estéticas. Es el recordatorio de las costumbres.
Hay descubrimientos de fotógrafos y fotógrafas, el punto de vista del género es importante, que han sorprendido con su capacidad de reflejar un mundo que se ha ido. La idea de detener el tiempo, de registrarlo se cumplió con la fotografía cuando las cámaras de los aficionados y profesionales salieron a las calles sin preocupación.

Hace unos días un canal televisivo nos mostraba un reportaje sobre la "fotografía de calle". Es literal lo de la calle. Ya no se trata de salir a patearse una ciudad, sino de elegir una calle que se documenta como espacio humano. Por supuesto, unas serán más animadas que otras. Uno de los fotógrafos se movía por la Gran Vía en Madrid, un espacio de enorme riqueza humana y cambios según las horas y los días. Había elegido aquel espacio para registrar, para dejar memoria de él, como otros lo había dejado antes documentándolo. Los edificios eran los mismos —o casi los mismos, que también ellos cambian— pero las personas mostraban una forma diferente de estar en el mundo.  Cada fotógrafo su calle y su tiempo.
Hoy disponemos de cámaras para dejar testimonio de lo que vemos. Pero para eso hay que aprender a ver y a mirar. ¡Pasamos por delante de tantas cosas sin verlas! Quizá esa sea la máxima enseñanza de la fotografía, desarrollar nuestra capacidad de detectar instantes y encuadres.


Mucha gente se llevaba las cámaras solo en los viajes. Su sentido fotográfico implicaba el registro de lo diferente. Las biografías fotográficas de muchas personas son las de sus vacaciones a lo largo de su vida. Son las fotos de los veranos y de sus actividades específicas, las fotos de las playas y las montañas. Son las fotos de los cumpleaños y de las bodas, de momentos especiales. Pero hay otra fotografía, la de la vida cotidiana, la del día a día. Son las que reflejan esa enorme cantidad de tiempo que suele quedar sin registrar.
Durante mucho tiempo he llevado una cámara en mi mochila diaria. Hoy disponemos de cámaras de gran calidad en nuestros teléfonos con los que registrar lo que nos rodea. La fotografía es un arte muy próximo a la vida y para el que se requiere sentido del momento. La técnica es importante porque nos permite tratar el objeto, pero sin el sentido del momento de poco sirve para su valor histórico, de registro. Para unos es pintura, para otros historia, según los temperamentos. Unos observan paradojas visuales y otros reflejan la psicología que se desprende de encuadrar lo visible.
La gran pregunta que se hacen algunos es qué quedará de todas estas imágenes para el futuro. Los fotógrafos del pasado, los analógicos, dejaban huellas estables, como los negativos o copias en papel. Nosotros nos contentamos con subirlas a las redes sociales con el riesgo de desaparición. Quizá "riesgo" sea demasiado optimista. Es casi seguro que la inmensa mayoría de esas imágenes que hoy captamos no sobrevivirán ni a nosotros mismos. La enorme cantidad y la virtualidad de lo digital hace que sea casi un arte efímero del que solo tendremos resguardo si son impresas en libros o revistas, algo que el futuro sepa o pueda manejar.


Es una enorme paradoja de la vida actual que la información que producimos —y la fotografía lo es— desaparezca sin dejar huellas en gran medida por la falta de importancia que le damos nosotros mismos. Producimos información torrencial, pero es un fin en sí misma. No tiene como objeto guardar registro, sino solo llevarnos de un momento a otro.
Cuando comenzó a proliferar la edición digital, se produjo una conciencia de riesgo que llevó a que determinadas instituciones públicas se dedicarán a guardar copias de los documentos valiosos. Cuando se calculó el tiempo medio de duración de los documentos en la red las alarmas saltaron, somos una cultura sin huella. Todo desaparece. Para remediarlo, se almacenan ingentes cantidades de información por las que los historiadores de dentro de unos días tendrán que navegar.

Los filólogos se alarmaron cuando los escritores comenzaron a escribir con ordenadores. No quedan huellas de lo que había sido parte esencial de su trabajo, reconstruir con las versiones sucesivas el proceso de creación. Cada vez que se graba el documento se borra lo anterior, que queda perdido. Lo trataron de resolver pidiendo a algunos escritores que les enviaran copias frecuentes del estado de sus escritos y así podrían seguir el proceso. Pero dudo que alguien siga haciéndolo.
Todo cambia a gran velocidad, pero queda muy poco. Por eso es importante ser consciente del valor histórico de la fotografía y de cómo cada día se disparan millones de ellas de las que muy pocas quedarán accesibles para el futuro. Como arte del registro, de detener el tiempo, no debería ser ese su destino.
Veo a personas en mi centro comercial haciendo cola para imprimir algunas de las fotografías que han sacado en sus vacaciones, fiestas o fines de semana. Me imagino que irán a parar a algún álbum en donde estarán a salvo del olvido o de la obsolescencia de los dispositivos que sustituimos. ¿Dónde irán las demás? Serán fotos sin recuerdo, sin miradas melancólicas que vean el paso del tiempo, los momentos vividos.


* "Roger DaSilva's rediscovered archive reveals 1950s Senegal chic" BBC 10/11/2019 https://www.bbc.com/news/world-africa-50347881





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