Joaquín Mª Aguirre
Unos
debaten sobre la "legalidad", otros sobre la "humanidad";
unos lo hacen sobre la "propiedad privada" y otros sobre los que se
ven privados de ella, en la calle. Finalmente, ha estallado el gran escándalo,
que no lo ha hecho de improviso, sino por acumulación. No hay peor ciego que el
que no quiere ver, dice el refrán.
Esto
estaba cantado desde hace mucho tiempo, solo hacía falta un caso en el que se
dieran las agravantes para que todo saltara por los aires. La clase política ya
no puede ignorar más el clamor de la mayoría, su indignación. ¿Por qué en
España se acaba en "indignados" en cualquier sector que se tantee? Hay
"indignados" por la sanidad, en la educación, por el ruido, por la
vivienda.
Es el
resultado de la coincidencia de dos elementos peligrosos: la inoperancia
política, preocupada de rentabilizar sus cargos y que acaba en chapuzas todo lo
que toca, por un lado, y el dominio de las fuerzas económicas por encima del
interés social, de las preocupaciones comunes acumuladas, por otro.
El otro
caso, el de Maricarmen, es otro ejemplo. No es más que la dolorosa punta del
iceberg del "problema español": no le importamos a nadie. Tenemos que
importarnos a nosotros mismos, solo queda la Puerta del Sol, las plazas
españolas, acampar allí hasta que a alguien se le caiga la cara de vergüenza,
si esto es posible.
El caso
español tiene todas las agravantes políticas y sociales, dos sectores con intereses
distintos conforme hemos ido avanzando. Los políticos han formado una casta y
se han desentendido de la gente. Solo cuando estalla el escándalo, como ahora,
se movilizan por miedo a perder lo que tienen, que no es poco.
Nos han vendido el "España va bien", que somos los que creamos más empleo, que es la economía que más crece, etc. El problema de esto es cuando miramos alrededor, o miramos las cuentas del banco, o miramos el ticket de la compra. Entonces percibimos la discordancia; cuando comprendemos la distancia entre la realidad y los discursos de los políticos.
Los
medios compran el discurso de los políticos; rara vez se salen del guion
marcado. Cuando hay un problema, se cita a los medios y se les dice que todo es
un error, una mala interpretación, que no hemos entendido bien.
Sin
embargo, los jóvenes han entendido bien que no se pueden emancipar, que el
sueldo de su inestable empleo no llega; los jubilados miran su libreta de
ahorros y ven cómo se va reduciendo, temen que les lleguen a la puerta a
decirles que se tienen que ir de la casa que habitan y tener que salir a
intentar encontrar donde vivir conforme a sus posibilidades, cada vez menores.
Lo comprenden los que van a hacer la compra y ven que cada vez cargan con menos
a su vuelta a casa.
Frente
a esto, se nos ofrece el turismo, viajar, gastar en bares y restaurantes. Debes
hacerlo para que los sectores vinculados al turismo sigan funcionando. Y si hay
crisis debemos doblar nuestros gastos para que les cuadren las cuentas.
Nos hablan de Ormuz, de Irán y de la crisis de
la energía. Da igual que no tengamos coche, sí lo tiene el agricultor que
siembra, el panadero que reparte, todo repercute en nuestra barra de pan.
Siempre habrá un experto que lo justifique y nosotros podremos explicarlo a
nuestros colegas.
Los
fenómenos atmosféricos, del rayo que cae en el bosque que arde a la inundación
tras las fuertes lluvias, nos hacen aprender un montón sobre la naturaleza,
pero no acabamos de entender por qué se construye donde no se debe o las
disputas sobre quién debe limpiar el bosque de restos inflamable. La España
quemada forma ya parte de nuestro entorno, junto con la vaciada o la turística.
¿Nos
parece que nos quejamos mucho y que enseguida vamos a la Puerta del Sol
respectiva a mostrar nuestra indignación? Quizá nos quejamos poco, quizá
estamos aburridos de tanto quejarnos sin que sirva de mucho, de escuchar
excusas locales, regionales, nacionales y europeas. Pero al final hay que salir
a la calle, escribirlo, gritarlo.
El
problema son los inútiles que hemos elevado a los cargos, de la presidencia al
mínimo concejal, puesto allí por su obediencia y disciplina ante sus
superiores. Es la España fiel. Muchos de ellos nos sobrevivirían mucho fuera
del calor de sus hogares políticos. Los escándalos de corrupción —padres,
esposas, hermanos, hijas...—, de "mordidas", sobornos y porcentajes,
de rescates por la vía oscura y amigable, son continuos y muestran la escuela
política que ha prosperado en España. Han llegado muy arriba y son muchos los
que les deben favores bien pagados.
La Puerta del Sol vuelve a ser espacio de acogida, de indignación. Los políticos de todos los colores se acusan unos a otros, pero ya no es este juego de reenvíos lo que quiere la gente. Ya está harta; muchos ya no pueden más.
Cuando
se habla de "fondos buitre", parece que nos referimos a especies
protegidas y quizá lo sean. El dinero se va fuera o dentro, a los bolsillos que
engordan. Muchos se escudan en el anonimato, pero al final son cuentas en las
que alguien con nombre y apellidos guarda su dinero aquí o en las Islas Caimán.
La
resistencia ciudadana a los desastres sanitarios, educativos, de la vivienda,
etc. tiene un límite. Algunos tratan de aprovechar la indignación
canalizándola. Tengamos cuidado con esos. Es el propio sistema que busca
ponerse al frente de la protesta. Tengamos claros objetivos y prioridades,
exijámoslos.
Ahora,
ante la presión en la calle, en los medios, en las instituciones, les ha
entrado la prisa y lo que se lleva años reclamando se puede hacer en dos días.
No nos lo creamos. No hay solución sencilla; hay que hilar fino, no dejar
flecos, vigilar la letra pequeña por la que seguirán sus manejos para quedarse
con una España cada día más pobre en la que los muy ricos viven muy bien, cada día mejor.
España debe corregir su rumbo, acercarse a los ciudadanos. Para ello debe reformarse un sistema político narcisista, inoperante y controlador. No es cuestión de un decreto, sino de reactivar el sistema, dejar lejos el amiguismo y elegir a los mejor preparados y más comprometidos con la ciudadanía. Los partidos deben hacer autocrítica, aunque les pille de vacaciones. Hay que renovarlos, su forma de selección, de debate interno, su transparencia. De otra forma, será difícil.
España está de nuevo en la calle.






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