miércoles, 20 de febrero de 2019

Retrato del putinismo y de sus colegas mundiales

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Magnífico el artículo firmado por Pilar Bonet en el diario El País con el titular "Putin intenta reavivar su conexión mística con los rusos". A diferencia del periodismo de superficie y trivialidad en el que naufragamos cada día para intentar comprender los acontecimientos, Bonet se decide por ir a las raíces, a la estructura subyacente del putinismo para tratar de hacernos comprender su esencia discursiva, es decir, la narrativa sobre la que se asienta y que sirve para dar sentido a las acciones, interna y externamente.
Los condicionantes del Periodismo en estos tiempos son muchos: la precariedad, la falta de conocimiento, la pérdida del sentido sistémico de los acontecimientos y, especialmente, la incapacidad de leer, de comprender y, por ello, de explicar. Somos bombardeados por noticias, perdigones que se abren y se dispersan hasta parecer no haber salido del mismo cartucho de la Historia. Sin embargo, ese regreso a las causas primeras es una empresa necesaria en un mundo complejo. Entiendo que el Big Data nos enseña la funcionalidad de los resultados y no el interés por las causas. Sin embargo, el Big Data no puede taponar el interés humano por saber qué ha ocurrido por más que nuestra sociedad se empeñe en tratar de comprender lo que puede ocurrir. Es una interesante rivalidad entre el estudio del futuro y del pasado. Pero aquí se deben combinar, pues la incomprensión de las causas nos lleva a ser incapaces de defendernos de un futuro que solo es inevitable si consideramos el modelo presente como un destino.


El artículo de Pilar Bonet ha ido de forma paralela al discurso de dos horas de Vladimir Putin y lo ha contratado con los documentos ideológicos que lo justifican, conectando con una serie de formas propias del pensamiento ruso. Escribe Bonet

Los casi 20 años que Putin lleva al frente de Rusia (como presidente o primer ministro) no son nada para el “núcleo duro” del “putinismo”, un conjunto de personajes de confianza que aspiran a permanecer en el poder por tiempo indefinido y para ello recurren a leyes cada vez más represivas, restricciones en las redes sociales, intimidaciones, castigos selectivos así como a componendas y engaños.
En el frente ideológico, Vladislav Surkov, asesor de Putin y exresponsable de su política interior, ha defendido abiertamente el régimen autoritario y policial. En un artículo en Nezavísimaia Gazeta, Surkov se ha distanciado de los prosaicos mecanismos democráticos occidentales y ha reivindicado un modelo de corte religioso autóctono ruso, donde el origen del poder no son las urnas sino una profunda conexión especial entre el pueblo y su líder. A pesar de este místico vínculo, la “función militar y policial del Estado es la más importante y decisiva”, señala, alegando la necesidad de “retener los enormes y diversos espacios” de Rusia y la “situación de la lucha geopolítica”.
“La gran máquina política de Putin apenas ha echado a andar y se orienta hacia un trabajo largo, difícil e interesante. Alcanzará su plena capacidad dentro de mucho tiempo, así que por muchos años Rusia seguirá siendo el país de Putin”, señala Surkov, para el cual el “putinismo es la ideología del futuro” y con el modelo ruso “tendrán que reconciliarse más tarde o más temprano todos los que exigen que Rusia cambie de comportamiento”.
En Occidente acusan a Rusia de inmiscuirse en elecciones y referendos en todo el planeta, advierte Surkov y puntualiza: “La realidad es que las cosas son aún más serias. Rusia se inmiscuye en su cerebro y ellos no saben qué hacer con su propia alteración de la conciencia”. “De hecho, la sociedad confía solo en el número uno”, añade. “Nuestro nuevo Estado comienza en la confianza y se sostiene en la confianza y esta es la principal diferencia del modelo occidental que cultiva la desconfianza y la crítica. Y esta es su fuerza”, afirma.*


El discurso de Putin se sostiene sobre la narrativa desarrollada por Surkov, una especie de Steve Bannon, el asesor en el mismo sentido de Trump, hoy sembrado por Europa las semillas del mismo mensaje nacional religioso.
Hace tiempo que llamamos la atención sobre la imagen de Vladimir Putin en los templos de la iglesia rusa, con su cirio en la mano. No son mero cultivo narcisista de la imagen, como ocurre con sus torsos desnudos, su chapoteos en lagos helados, caza de tigres o, la ultima, su entrenamiento con el equipo nacional de judo (por cierto, con combates más trucados que los de un espagueti western). Eso es cultivo de una virilidad marcial y señorial, en la mejor tradición del mundo antiguo.
La imagen de la iglesia es otra cosa y conecta con una tradición eslavófila de Rusia, de la Santa Rusia, cuyo papel en el mundo es el de estar situada como una barrera en ocasiones, como mediadora en otras, entre el Occidente "materialista" y "racional" y el Oriente, al que se le concede la espiritualidad extrema pero con ausencia del cristianismo.


La irritación de las autoridades de la Iglesia Ortodoxa Rusa al separarse públicamente la Iglesia de Ucrania de ella, en acto oficial celebrado por el Patriarca turco fue un duro golpe para la política de Rusia porque es lo que ha servido para justificar muchos de los actos y apoyos a sus aliados. Esto es especialmente claro en el caso de los serbios, cuya política frente a Kosovo se ha sustentado en la "raza" eslava y la religión ortodoxa, lazos de fe y sangre.
¿Qué es entonces el "putinismo"? Bonet lleva desde el titular la palabra "misticismo", concepto adecuado a la nueva ideología que se está imponiendo más allá de la Santa Rusia. La mezcla de la religión, "raza" y política. Una advertencia, uso la palabra "raza" en el sentido de que, contra toda evidencia científica, existen diferencias específicas entre los diferentes pueblos. La "raza", pues, es un componente esencial del "nacionalismo" que se entremezcla con otro elemento que se hace sustancial, la religión. La contradicción de las religiones que preconizan la hermandad de los seres humanos es que rápidamente, mediante el factor nacionalista, convierten a unos en "primos" y a otros en herejes familiares, alejados de la fe. Como se ha estudiado, son dos factores los que actúan al unísono: la unidad de unos y el marcado de diferencias frente al resto.
Los nazis creían en la raza y menos en la religión, que sin embargo usaron buscando alianzas con los antisemitas, esto iba, de los musulmanes a los cristianos que mantenían el tradicional odio a los judíos.


Donald Trump se ha aliado con los más retrógrados grupos cristianos de los Estados Unidos para conseguir hacer resurgir toda una serie de tópicos abandonados por la mayoría, pero que perduran en muchos que creen en los estados Unidos como la "nueva tierra prometida". Es interesante que los mormones consideren que la Constitución norteamericana es un libro "revelado" y que llegaría un "caballero blanco" a salvar al país cuando la constitución estuviera en peligro (puede verse la entrada del blog de 2012 sobre el candidato mormón a la presidencia USA, Mitt Romney aquí http://pisandocharcosaguirre.blogspot.com/2012/09/mentiras-y-revelaciones-o-maratones-y.html). De la misma forma, el islamista Recep Tayyip Erdogan aseguraba que los primeros viajeros llegados a América se asombraron al descubrir minaretes de mezquitas en el horizonte. Poco tienen que hacer la Ciencia o la Historia para convencer a los que quieren ser reafirmados en sus mitos.
Lo que Pilar Bonet califica como "putinismo" es el fenómeno local que podemos apreciar de forma más amplia en Donald Trump, en Rusia con Putin, en Brasil con Bolsonaro, en Turquía con Erdogan o en Egipto con Abdel Fattah al-Sisi, o creciente en países con Hungría o Polonia en Europa. Podríamos incluir otros, pero estos son los más claros.


Todos ellos tienen un mismo patrón: 1) una personalidad carismática que se presenta como mesías salvador en tiempos de zozobra; 2) construcción de la personalidad alrededor de los factores nacionalistas y religiosos; 3) canalización de la frustración social hacia el exterior en forma de ira ante lo que se presentan como conspiraciones para destruir al país, la civilización (cristiana, musulmana, judía); 4) desprecio profundo por la democracia occidental como algo poco apropiado y parte de un intento de destruir la idiosincrasia propia; 5) estigmatización de la oposición, a la que se presenta como "atea", "conspiradora", en connivencia con el enemigo declarado; y 6) militarismo como afirmación patriótica y forma de defensa ante los atacantes.
Estos puntos los podemos ver con claridad en muchos de los casos mencionados y en otros se puede estar en vías. En todos ellos se liga una personalidad  autoritaria y carismática que desprestigia los vicios de la democracia en favor de una falsa imagen de gobernar a golpe de deseo del pueblo. Cuando al-Sisi afirma que recibió el "mandato" del pueblo para las matanzas cometidas durante el golpe de Estado, el "no-coup", cuando convierte la seguridad del país amenazado por fuerzas exteriores que quieren destruirlo; cuando afirma ser llamado a tomar las riendas del país durante un sueño en el que es Sadat quien se lo pide, sigue este modelo; cuando lleva al Ejército al frente y los considera como la encarnación de la voluntad de Dios, etc., se está cumpliendo ese modelo.


Cuando Donald Trump afirma que la política es algo entre el pueblo, Dios y él, desprestigiando a los políticos anterior, que han dejado a los Estados Unidos en inferioridad por su desidia o, como en el caso de Obama lanza oscuras insinuaciones sobre su nacionalidad e intenciones ("Osama Obama" es el juego); cuando pide un muro para salvaguardar de las invasiones de los "bad hombres", contaminadores de la "América pura", cuando aumenta el gasto militar y se niega a restringir las armas ante los peligros; cuando se basa el orgullo nacional, "América First!" en la amenaza y en la presión económica y militar; cuando denigra la democracia fundamental atacando sus instituciones, en especial la Prensa; cuando se crea una nueva fuerza militar para el espacio, etc. el modelo se repite.
Putin entra en la misma dinámica, como lo hacen otros dirigentes. Es la exaltación de nuevo del misticismo de la raza, la religión y la fuerza. Todos son víctimas y han de hacer sentir a sus pueblos como víctimas de agravios que serán vengados por la nueva mano de hierro que les gobernara.


Putin lleva 20 años en el gobierno y dicen que no es bastante. Es el problema de la elevación a los altares del líder. Si es Dios quien ha querido que esté allí, ¿qué tienen que decir los votos de los hombres sobre ello? En Egipto, se acaban de aprobar las enmiendas que perpetuarán a Al-Sisi en el poder. Maduro, otro ejemplo de lo mismo, ya lo hizo y vemos las consecuencias sociales. No es un buen heredero de su santo patrón, Hugo Chávez. El desastre es evidente.
Hay que agradecer a  Bonet que haya recogido ese documento ideológico en su lectura del fondo "místico" con el que se envuelve la figura de Vladimir Putin. Lo malo de estas figuras es que necesitan aplastantes victorias sobre sus enemigos para mantener la farsa del destino manifiesto. Lo vemos con claridad en la necesidad obsesiva de Trump de presentarse ante todo con victorias. La victoria es el sello del destino, si se falla —como le ocurrió a Nasser en la guerra frente a Israel— los enemigos lo utilizan para hacer ver que Dios, las sangre del pueblo, el destino, la Historia, etc. no están de tu lado, que eres un falso profeta.


Sabemos que todos ellos lo son. Pero la gran pregunta que hay que hacerse es ¿cuántos mesías puede soportar el planeta sin que lo hagan saltar por los aires? Cuántos Trump, Putin, Maduro, Bolsonaro, al-Sisi, Víctor Urbán, etc. es posible soportar en este ciclo parecido al que sembró la II Guerra Mundial: crisis económica, entrada de nuevos medios de comunicación (que subvierten el poder moderador de los existentes con anterioridad), incitación permanente al odio y al sectarismo, militarismo y expansionismo (como en Crimea), etc.
La pregunta no es trivial. No es fácil de contestar, pero debemos comprender su pertinencia en el mundo actual y atender al crecimiento constante de la crispación, el llamamiento constante a la división social, las estigmatizaciones del otro, el racismo y la xenofobia, la construcción de una identidad fuerte y la percepción de la diferencia como miedo (el muro).
En cada espacio donde surge, el fenómeno del autoritarismo mesiánico, antidemocrático, restrictivo de derechos, nacionalista, glorificador de las armas, perversamente religioso, antidemocrático, etc. adquiere sus propios tintes. En el caso ruso vemos unos rasgos, en el norteamericano o el brasileño otros. Pero el fondo es común y por ello muy peligroso para todos. Ya se experimentaron sus peligros y este mundo se ha hecho pequeño para egos tan enormes.



* Pilar Bonet "Putin intenta reavivar su conexión mística con los rusos" El País 20/02/2019 https://elpais.com/internacional/2019/02/19/actualidad/1550579717_121688.html



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