martes, 5 de febrero de 2019

Inteligencias inacabadas o el algoritmo golpea de nuevo

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Uno deja de preguntarse... Bueno, uno no deja de preguntarse. Punto. En este caso, lo que me suscita las preguntas son las extrañas preguntas y las extrañas respuestas o reacciones (no lo tengo claro) de que una inteligencia artificial haya "acabado" la "Sinfonía inacabada" de Franz Schubert. No es que Schubert fuera perezoso, no; es que se murió, fea costumbre que nos afecta a todos.
Digo que me parecen respuestas muy raras algunas, prejuiciosas otras y que, ¡vaya!, afecta a Huawei que no teniendo bastante con informar cada día de todo lo que hacemos gracias a la tecnología robada, según dice Trump, a los norteamericanos. Pues a los señores de Huawei se les ha ocurrido la osadía de terminar la Inacabada, como si hubiera necesitado que una máquina insensible se ocupara de ello, como si Schubert en su casa dijera "¡Alexa, termina la sinfonía por mí!". Estoy muy sensible con estas cosas porque el otro día no sé dónde toqué en mi teléfono (Huawei, claro) y me salió una voz que me dijo "¡Hola, Joaquín María! ¿Qué puedo hacer por ti!" Y me quedé como Aladino tras frotar la lámpara, es decir, con cara de Mil y una noches, porque duermo poco. Por supuesto, tras recuperarme del susto. No le ordené nada, no vaya a pensar (algunos ya lo hacen) que estos artículos diarios los escribe mi asistente virtual esclavizado mientras yo me tomo un margarita o uno de esos cócteles de James Bond, pero sin agitar o agitado, que no lo recuerdo, pero da igual.


El caso es que a todos los que ha preguntado Jesús Ruiz Mantilla (antiguo compañero de teatro universitario) en El País, a todos, les ha parecido fatal que se acabara la Inacabada. Yo creo que se lo han planteado mal y que un pelín de xenofobia se trasluce por aquellos de ¡ya están los chinos tocando las narices!, que desde que Trump les responsabilizada de todo está muy de moda. Y no sé porqué las respuestas me recuerdan mucho a las que dieron algunos cuando Milos Forman hizo su Amadeus, que pasó a ser de todos como una obra del cine.
Parecía que a Mozart le había pasado por la piedra al ponerle aquella risa estúpida al genio, algo que la obra teatral de la que procedía incorporaba desde la leyenda de Mozart. A nadie le importó que la risa de Mozart, que ya aparece como peculiar en El lobo estepario, de H. Hesse, formara parte de una leyenda sobre el músico. O que hubiera una pieza teatral, Mozart y saliere, a cargo del ruso Pushkin, donde ya se contraponían dos formas de hacer arte, el meticuloso maestro musical artesano y el torrencial genio joven.
La idea de que el genio se pudiera encarnar en un idiota, que era la pregunta de Salieri a Dios, o "¿por qué no me bendices con el genio, Señor, y se lo das a este irresponsable?". Donde estaba el irritante debate sobre el genio de Mozart se sitúa hoy, salvando las distancias, en si una máquina es posible que cree belleza o, en términos más específicos, si un algoritmo puede descifrar los patrones subyacentes en la creación de Schubert y proyectar un resultado musical completando lo que ya existe.
Como suele ocurrir en estos casos, nos ponemos a la defensiva ante lo que no es una muestra de desconsideración a Schubert sino, por el contrario, una muestra de su homenaje. Pero esto tiene en contra dos cosas: uno, lo ha hecho una "máquina" y dos los han hecho los "chinos" de Huawei, que ya sabemos cómo son, como dice ese amante de la música clásica que se encuentra accidentalmente en la casa Blanca.
Y es que todo se junta o arrejunta, según los casos. El titular de El País y provoca un poco, "Un algoritmo completa la misteriosa ‘Sinfonía inacabada’ de Schubert". No entiendo muy bien lo del "misterio", que me parece una forma de llamar la atención con este tipo de palabras que despiertan la curiosidad. Pero agradezco que no fuera algo del tipo "Esta cara se le podía haber quedado a Franz Schubert después de escuchar cómo un algoritmo chino completaba su "Sinfonía inacabada", que es la forma moderna de presentar las cosas en la prensa. Así la secuencia "misteriosa" más "algoritmo" más "Schubert" más "inacabada" nos plantea casi la resolución de un crimen. O, como este caso, el crimen mismo perpetrado por el algoritmo.
Recordemos que ayer era otro algoritmo el "culpable" de la crisis de la prensa digital y del cierre de los medios dedicados a los jóvenes lectores. También ahí las matemáticas subyacentes que mandaban cosas a nuestros muros de Facebook eran los culpables de la crisis. Y ahora la "Sinfonía Zombi" de Schubert. Lo del zombi lo digo porque parece que caminara sin vida, sacada de la tumba de mala manera por las órdenes del maligno Doctor Algoritmo.
Es curioso como los medios juegan con el misterio creando estas palabras que no entiende la mitad del público. Ahora de le echa la culpa al algoritmo, como antes Michael Jackson se la echaba al Boogie.
Dicen en el artículo:

En una nota, la compañía asegura que la versión ha sido creada mediante el uso de un modelo de inteligencia artificial que se beneficia directamente de la tecnología de procesamiento neuronal que aplica en sus móviles. A partir del timbre, el tono y el compás del primer y segundo movimiento conservados, el modelo generó una melodía para los inexistentes o extraviados tercero y cuarto previstos. Posteriormente, Huawei trabajó con el compositor Lucas Cantor para fijar una partitura orquestal de la melodía en la línea que presumiblemente buscaba entonces Schubert.



Lo del algoritmo es una forma de probar la eficacia de las inteligencias artificiales, no un crimen oriental contra nuestras glorias culturales. Como todo dependen del contexto en el que se analizan las cosas, la situación de Huawei hace que hasta una cuestión tecnológica de este tipo se vea no como una posible versión de lo que falta, sino más bien como una "perversión" de lo que queda. Pero somos así, quejicas y malpensados.
Debo decir que algunas de las respuestas me han dejado un tanto descolocado, por no decir otra cosa. Por ejemplo

A Fabián Panisello, también compositor y responsable del grupo Plural Ensamble, el experimento no le parece apropiado: “No ya por razones éticas, sino porque un creador puede dar un salto cualitativo en cualquier momento. Es algo imprevisible para ningún tipo de inteligencia artificial. La intuición de un compositor domina datos y metadatos fundamentales cara a los recursos que requiere su trabajo. Lo demás es mera forma y apariencia…”, comenta el músico, que acaba de estrenar en España su obra Les rois mages antes de presentarla este año en Niza, Viena, Múnich, Basilea y Tel Aviv.*

No entiendo muy bien lo de la "ética" porque no se trata de alterar la obra, como hicieron los Luis Cobos y compañía en aquellas horrendas versiones de los clásicos. Aquí se trata de analizar un "estilo", entendido como un conjunto de formas de escritura que pueden tener una previsibilidad estadística y, por ello, se pueden hacer "predicciones" sobre una "forma" final, que es la propuesta. Pero no se ha tocado un pelo de Schubert. Por lo que plantearlo como una cuestión "ética" es faltar a los que han hecho esta prueba de funcionamiento de la inteligencia artificial. ¿Por qué no es "apropiado"? ¿Ha escuchado los resultados del experimento? Pues no. Por lo que va a los principio. Lo de que el compositor "domina datos y metadatos" me parece un poco, no sé cómo definirlo bien porque confieso que me parece una forma rara de definir a un compositor.
También me parece un tanto extrañas otras respuestas:

Para Lucía Marín, directora de orquesta, “resulta un buen gancho para acercar la tecnología al arte. Un interesante experimento”, asegura. “Que una compañía tecnológica plantee y resuelva un ejercicio acrobático de dichas características me parece una heroicidad y atrevimiento intelectual que nos da cuenta de hacia dónde nos dirigimos. Pero no olvidemos que queda carente de lo esencial: el alma. La música, en su esencia, pretende hacernos trascender hacia todas esas ideas infinitas de lo intangible que, como decía el Principito, son invisibles a los ojos”, añade.
Cuando Marín trabaja una partitura le fluyen las preguntas: “¿Cuál es el ulterior motivo por el que un compositor se ve arrastrado por la fuerza irrefrenable de escribir, qué siente? Tardo mucho tiempo en contestarme, a veces años. Al final, toda obra de arte sale del corazón para llegar al corazón, me suelo responder. Artificial significa que no está concebido por el ser humano, que no pertenece a la naturaleza, que, por tanto, carece de vida”, confiesa.*

Aquí son también los prejuicios. ¿Una compañía tecnológica? Los instrumentos con los que toca su orquesta, ¿salen de los árboles directamente, de los manantiales, quizás? ¿No es "tecnología" un clavicordio, un piano Steinway, un Stradivarius, un saxofón?
¿No son un "atrevimiento intelectual" los instrumentos que usan en ocasiones las vanguardias o las obras electrónicas de muchos compositores contemporáneos? ¿No es lo del "corazón a corazón" una metáfora más que gastada? Las obras salen del mismo sitio que salen las ideas que crean puentes, carreteras... y algoritmos. Salen de la creatividad humana que es múltiple. Por eso es creatividad; no tiene límites en su expansión.


Como estamos obsesionados con las cuestiones laborales —y con razón— todo lo vemos en términos de competencia con las máquinas. No se trata aquí de eso, sino de otro intento de identificar la forma en que nuestro cerebro crea (no el corazón, que está para otra cosa). El corazón es más bien un órgano monótono y poco creativo, cuyas alteraciones no son precisamente buena señal.
Nos olvidamos de las cosas, pero —para mi desgracia— hay que recordar que a mitad de los noventa todavía había muchos escritores que juraban por lo más sagrado —su arte— que no se podía escribir literatura con un ordenador. Y si se trataba de poesía, no pasaban de la pluma y de la mesa de mármol de algún viejo café. Lo digo con total conocimiento porque en esos años me recorrí parte de este país como editor de la primera revista digital de Humanidades y donde tenía que sortear a los que olían a cuerno quemado cuando se mencionaban las publicaciones electrónicas. Los más benevolentes levantaban una ceja, los más críticos levantaban las dos y los agresivos levantaban la voz. Hoy —en un mundo digitalizado— no hay que recordarles su pasado por elemental sentido de la cortesía.
No sé si el Principito, autoridad invocada aquí, sería tan duro como los que usan sus palabras sobre lo "intangible". Creo que es bueno escuchar las cosas y ninguno de los preguntados ha escuchado de lo que están hablando, donde no se les pregunta sobre si Schubert ha sido ofendido y su fantasma, como el de la Ópera, ronda por los pasillos clamando venganza. De hecho el experimento tiene una importante necesidad de criterios profesionales que lo escuchen. Sí, que escuchen, los resultados. Lo que sale aquí son los prejuicios, no sus juicios, que todavía no tiene nada sobre lo que aplicarse.
De todo lo que se dice, lo que no es justificable es el "no me interesa", palabras que no son dignas de quienes, para ser creativos, precisamente, deben tener la curiosidad de cualquier artista... o científico. Es la curiosidad, el transitar caminos nuevos, lo que nos permite avanzar en la vida, aunque siempre habrá el contrapeso rousseauniano de los que se empeñan en el "buen salvaje", un mito como el del corazón.
Otros medios resaltan que el objetivo ha sido mostrar la potencia de la inteligencia artificial, su capacidad de procesar, de un teléfono. Los resultados son otra cosa y los profesionales y expertos deberían sentir curiosidad, al menos. Eso es un ensayo de lo que se puede hacer. En modo algunos, "completar" al genio de Schubert, sino estudiar su trabajo y desde él producir una partitura. Es un escenario posible. No otra cosa.
Mi pregunta, mi pura curiosidad especulativa, es si la variante "Huawei" en este caso ha tenido algo que ver en la noticia. Me refiero a esa entradilla "Varios músicos cuestionan la iniciativa de Huawei por artificial y carente de alma". Excesivo y sobre todo, sistémico, que dirían algunos.



* Jesús Ruiz Mantilla "Un algoritmo completa la misteriosa ‘Sinfonía inacabada’ de Schubert" El País 4/03/2019 https://elpais.com/cultura/2019/02/04/actualidad/1549284459_079024.html

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