viernes, 22 de febrero de 2019

Ni Guantánamo ni santuario

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Todos parecen dar por descontado que la guerra de Siria ha llegado a su fin. No es fácil definir qué es una guerra, cuando empieza y cuándo acaba. Parcelamos la realidad en el tiempo y ponemos fechas oficiales a los flujos de acontecimientos. Es una forma de orden que nos sirve para dividir la paz y la guerra. Puede que haya una declaración oficial de guerra y la firma de un tratado de paz, sí. Lo complicado llega cuando las guerras ya no son entre estados o facciones definidas sino que intervienen cambiantes movimientos terroristas que nunca firman nada o del que se escinden los partidarios de seguir la lucha. Las firmas de tratados (pensemos en Colombia) pueden quedar en papel mojado en cuanto que los más radicales de los grupos se alejan de las decisiones.
El caso de Siria es más complicado. Hemos dicho que había varias guerras disputándose sobre un mismo territorio y contra distintos objetivos. Hay otra guerra global de la que estas guerras son parte y no hay un definición específica de quiénes son los contendientes. No ha sido una guerra civil más que en parte y ha sido en parte también una guerra internacional en la medida en que han ido a luchar allí gentes de países muy diversos, incluidos los occidentales.
Es una guerra supranacional, más que global, ya que su trasfondo es religioso en el sentido peculiar que algunos dan a la religión como totalidad. Para los terroristas islámicos, la nacionalidad no es más que un accidente geográfico ya que aspiran a la conversión global del mundo. 


El Estado Islámico, por ejemplo, pretende instaurar un espacio geográfico-religioso en un enclave determinado para ir "recuperando" los espacios "perdidos" (entre ellos la Península Ibérica, a la que aspiran regresar a recuperar lo que perdieron en 1492, en su mente un espacio propio ocupado por los cristianos). La guerra ha sido poliédrica y con motivaciones diferentes. Ha sido diferente a otras y plantea diferentes problemas porque no aspiran a la paz, sino a la disolución de lo que consideran fuera de lo que Dios quiere, concepto que produce mentes complicadas y grupos de fanáticos de difícil contentar.
Hace unos días Trump, en su tono habitual, exigía a Europa que se ocupara de los yihadistas provenientes de los diferentes países de la Unión o de lo contrario quedarían "sueltos" para "regresar". Lanzaba así a Europa un desafío que, no por venir de Trump es menos real. Comentamos aquí las diferentes reacciones de algunas autoridades europeas al respecto y la falta de una respuesta común coordinada.
Mirna Abdulaal firma en Egyptian Streets  un artículo con el título "Dear Europe, The Fight Against Terrorism Now Depends on You". Como título no está mal, pero plantea toda una serie de cuestiones que no son tan simples como pasar una pelota. En el artículo se dice:

Just three days ago, US President Donald Trump tweeted that “Britain, France, Germany and other European allies to take back over 800 ISIS fighters that we captured in Syria and put them on trial.”
It is ironic that at a time when the world needs the most rational solutions, it comes from a political figure that no one is willing to listen to. Yet this time, for once, Trump must be listened to.


Sinceramente, creo que Europa está inmersa en el problema y que es suicida no darse cuenta de ello y dejar de tomar decisiones. Pero eso no convierte a Trump (ni es una ironía) ni a la "solución" propuesta en más sabia o ajustada a derecho.
Desde la perspectiva egipcia, la "lucha contra el terrorismo" se está resolviendo de dos formas: 1) usando el ejército y haciendo desaparecer bajo bombardeos o cualquier otra fórmula de la que se ha alejado a los testigos, es decir, habiendo sacado de las zonas a los civiles; y b) haciendo desaparecer en las cárceles a miles de personas y aplicando las torturas con las muertes que tenemos en los medios. Ninguna de las "soluciones" está, afortunadamente, al alcance de Europa.
Cada vez que en Egipto se produce un atentado, los titulares periodísticos y gubernamentales que se producen pocas horas después son dando noticias de las muertes que el Ejército ha causado, muchas veces en el otro extremo del país.  Puede que estas prácticas de "venganza sumarísima" estén acordes con lo que la sociedad egipcia (al menos una parte) consideren como "lucha antiterrorista", pero no es el sistema que Europa ha tratado de elaborar.
En escala infinitamente menor y sin considerarse propaganda, los episodios de "guerra sucia" del estado fueron denunciados por muchas instancias, tal como hoy muchos abogados y activistas denuncian estas prácticas sumarísimas e indiscriminadas. Nadie pregunta por ellas. Solo se aplauden las medidas tomadas. Ojo por ojo.


Las detenciones de personas, que desaparecen después, las formas de intimidación a las familias, sirven a su vez para crear un estado policial en el que se elimina la disidencia con la excusa del terrorismo, ya que puedes ser acusado de ello sin las más mínimas garantías en muchas ocasiones. Los crímenes de esta naturaleza en Egipto son muchos y han llevado a la denuncia en todos los foros internacionales. No es casual que todo el discurso del presidente Abdel Fattah al-Sisi gire sobre el "terrorismo". Es el eje sobre el que se construye el estado en donde todo aquel que no está de acuerdo con el régimen pasa a ser su enemigo.
Europa, evidentemente, no puede compartir estas prácticas ni sobre los propios terroristas ni usarlas para deshacerse de los opositores. Nuestra garantía de vida en común se basa en el Derecho de todos y no sobre el sectarismo que niega a unos lo que concede a otros.
En el artículo se señalan los efectos de la guerra de Afganistán sobre la región:

Many of the Arab jihadists were able to disperse in the region due to lack of control and create several Islamist organizations that committed the most horrific crimes, including al-Gama’a al-Islamiyya in Egypt, which included several hundred Afghan jihadists.
Inability to put them on trial and leave them where they are also led them to exploit this opportunity and to reorganize to create ‘Al Qaeda’, which eventually expanded and became one of the largest network of extremists.
Arab-Afghans also took advantage of governments that adopted a softer approach or with weaker security services, like in Pakistan, Sudan and Yemen.
What one can clearly see is that there is an ultimate price to be paid when these jihadists are left loose and not prosecuted for their mass atrocities and terror.
So far, European governments have not come up with a unified solution in dealing with the returning IS fighters.

El problema planteado es real, pero ¿dónde comienzan y terminan los problemas? ¿Hay que buscar culpables o buscar soluciones? Esa es la cuestión determinante.
Si buscamos "culpables" tendremos que ir al pasado y empezar  a escarbar entre las raíces del yihadismo y la radicalización islámica, fruto en gran medida de las dictaduras, que a su vez se vieron favorecidas por los efectos del colonialismo. Las Hermanos Musulmanes surgieron del enfrentamiento a los británicos en los años 20 del siglo pasado. Fueron usados como base popular para respaldar lo que los militares egipcios no tenían en los 50 y acabaron enfrentados a muerte con Nasser para ser tratados de forma muy diferente por Sadat, más próximo a ellos y se dejaron crecer en la época de Mubarak.


Es cierto que lo que ocurre hoy en Oriente Medio es la gigantesca acumulación de errores cometidos por unos y otros en la zona. Pero también es cierto que el radicalismo ha sido utilizado en sus luchas de influencia de unos contra otros, como ocurre también hoy. Gran parte del problema procede del wahabismo saudí, que ha estado financiando el terrorismo a través del dinero del petróleo tal como los talibanes se financiaron con el de la droga en Afganistán.
Pero el fenómeno del yihadismo internacional tiene raíces peculiares que ya se vislumbraban en la organización de la propia Al-Qaeda. La diáspora producida por el autoritarismo en la zona, dictaduras crueles, y la pobreza han creado su propia emigración, que es la que se ha radicalizado en los países occidentales mediante varios efectos. El primero de ellos es la propia llamada a la "guerra santa" como una causa común de los musulmanes contra sus propios gobernantes, "alejados de la fe" y "condescendientes" con los países occidentales y el creciente sentimiento de rechazo de las comunidades islámicas como efecto secundario de las propias acciones terroristas. La islamofobia existente es producto, en gran parte, por las propias acciones del terrorismo. Ese rechazo genera a su vez una espiral retroalimentada que radicaliza las identidades y produce un motivo creciente de alistamiento en la radicalidad con el paso final al combate o al terrorismo, que son percibidos precisamente como "yihadismo", una fórmula religiosa que expresa esa lucha por la fe frente a sus enemigos.
El artículo de Abdulaal lleva la cuestión a límites en los que se plantea una cierta demagogia:

“How do we prosecute them?” is a question that European governments now ask. Though ultimately, as champions of the rule of law, global justice, and human rights, and the liberal international order, the question they should instead be asking is, “how should we restore justice?”
Justice for the local communities that were terrorized and unjustly killed by ISIS, for the local and foreign soldiers that had to risk their lives in order to fight against them, and for the innocent lives that were lost around the world as a result of these terrorist attacks.
You supported and embraced Nadia Murad, who was a Yazidi victim of ISIS and was awarded the Nobel Peace Prize, yet struggle to adopt a serious stance in persecuting and punishing the criminals of the organization that she suffered from.
Displaced Iraqis from the Yazidi community cross the Iraqi-Syrian border along the Fishkhabur bridge over the Tigris River in northern Iraq
This is not just an issue of prosecuting them, but of revising your approach in allowing hate clerics and Islamists to freely promote their toxic ideas on your lands under the pretext of human rights and free speech, of failing to integrate regular Muslims into your societies, of your disastrous foreign policies in the Middle East and of creating a world order that provides more fuel for ideologies like that of ISIS and other extremist ones.

El texto pretende dejar la responsabilidad de la rama radical del islam en manos de los europeos. Los países europeos pueden tener muchas responsabilidades, por acción o por omisión, pero es indudable que los que estaban en Europa trajeron ya su radicalidad e ideas y la expandieron sobre la siguiente generación, que resulta de la interacción de ambos. Si seguimos las ideas de la autora, lo que debería haber hecho Europa es haber borrado el islam de sus mentes mediante procesos de lavado de cerebro y prohibición de cualquier tradición o vínculo, lo que hubiera levantado más protestas por los mismos que hoy se quejan, o haberlos aceptado y hecho desaparecer en cárceles o Guantánamos, como hace Egipto o ha hecho Estados Unidos.


Lo que está pidiendo Mirna Abdulaal es lo que su inspiración trata de hacer: levantar un muro como el de Trump en Europa. Lo que pide es que Europa se convierta en un tribunal a la egipcia, donde se enjuicie con pocas garantías jurídicas y mucho deseo de venganza.
Europa no es una cárcel, como en cambio sí eran las dictaduras del club de Oriente Medio y algunos que quedan. Los clérigos radicales que han predicado en Europa eran los clérigos radicales que salían huyendo de sus países y acaban radicalizando a los que no eran violentos ni radicales en países como España. Recordemos el caso del imam de Tarrasa y su manipulación de los jóvenes para los atentados de Cataluña.
Europa tiene su responsabilidad, pero no es de recibo lo que Trump propone ni lo que la autora señala. El régimen egipcio actual no solo lucha contra el terrorismo, sino contra la oposición democrática. Su forma de actuar no solo mata terroristas sin juicio sino que está creando nuevas semillas de terroristas que irán a Europa o donde sea a la espera de poder actuar. Lo harán, como ya han hecho, en Europa, los Estados Unidos o regresarán a casa a vengarse de lo que se les hizo a ellos y a sus familias.
La responsabilidad última está muy clara: la incapacidad de evolucionar culturalmente dentro de unos regímenes que han usado la religión para su control de la sociedad, que han sido incapaces de progresar socialmente ante los enormes problemas de corrupción que han ido acumulando sus gobiernos y élites económicas. Se ha jugado con la ignorancia y la ineficacia y ese hueco —como ha ocurrido en Egipto— lo supieron ocupar los islamistas. La reislamización que se produjo en los años 70 y 80 tuvo su origen en el dinero saudí, esencialmente, y el miedo a que los efectos de la revolución iraní diera al traste con los reyezuelos y presidentes eternos.


Es sencillo responsabilizar a Europa y dar la razón a Trump para seguir construyendo muros. Pero lo que hace Estados Unidos es prohibir la entrada en su territorio y echar a los que le parecen sospechosos o simplemente le incomodan. No Trump no es un ejemplo ni la solución.
Habrá que buscar soluciones para qué hacer con los "prisioneros de guerra", los "terroristas" o como los queramos llamar. Habrá que ver formas de enjuiciamiento, tribunales internacionales, si es necesario. Pero está claro que el muro no es una solución en ninguna de sus variantes y, todavía menos, la "justicia" del "ojo por ojo" que el régimen egipcio practica como respuesta a los atentados. Alimentando el odio hacia Occidente, como se hace en múltiples ocasiones desde el régimen egipcio a través de este tipo de búsqueda de responsabilidades, se evita que queden en evidencia las suyas propias.
Por mucho que haya yihadismo europeo y hasta norteamericano, el victimismo ha sido una constante como queja cada vez que se tomaban medidas excesivas. Si se hacía en Occidente era islamofobia y si se hacía entre musulmanes, simple "justicia".
El yihadismo radical y el terrorismo no son un problema creado por Occidente. ¿Responsabilidades? ¡Claro, muchas! Pero lo que no debe hacer Europa es empezar a hacer Guantánamos de abusos o cárceles en las que se desaparece para siempre o solo se reaparece cadáver.
Cuando al presidente egipcio le preguntan por muertos, cárceles y torturas pone cara de asombro. No le valen los argumentos de que se lo pide el "pueblo", como ha dicho en varias ocasiones. Él ha señalado que no aplica los Derechos Humanos porque Egipto no es "Europa". Europa tampoco debe ser "Egipto".
La radicalización crece sobre un fondo de odio. Cuanto más se alimente ese odio será peor para todos. Sí, Europa debe encontrar formas de enjuiciamiento, pero no debe dejar de ser Europa. Los que viven muy a gusto bajo regímenes autoritarios y cuestiones como las garantías procesales o los derechos humanos les parecen tonterías occidentales, pueden hacerlo, pero deberían preguntarse si no es esa mentalidad del "ojo por ojo" la que ha traído gran parte de este odio que no para, de esta guerra entre los radicales y los que se dicen moderados.


El problema se debe afrontar, pero no provocando más odio ni más injusticia. En nuestro sistema, los criminales también tienen derechos. Puede que en la visión de Mirna Abdulaal esto sea un error y que Donald Trump le parezca un modelo más adecuado. Para este, el mundo se divide entre los "norteamericanos buenos" y el resto del mundo, que incluye a los "bad hombres" o a los terroristas musulmanes, lo que le sirvió —recordemos— para confeccionar una lista de países musulmanes cuyos ciudadanos no podían entrar en el país.
Del título del artículo sorprende el "ahora", como si la guerra siria fuera el "final" de algo. Es tan ingenuo pensar eso, como malintencionado en otro sentidos. ¿Es Egipto perfecto? ¿Qué problema ha solucionado realmente? ¿Lo que ocurra allí será responsabilidad europea?, por ejemplo.
Cuando Europa exige el respeto de los derechos humanos a aquellos que consideran que no va con ellos, está trabajando para evitar muchos conflictos cuyo origen es la injusticia existente. Es urgente que haya una respuesta común y justa ante el cese (relativo) del conflicto en Siria. Europa no debe ser ni santuario ni cárcel en la que perderse. El problema llegará de los que, como Trump, todo lo resuelven con barreras y represión. Pero este modelo está más cerca al que ha causado o al menos no ha resuelto ningún problema.
Nada se ha terminado en Siria. Solo se ha acabado una parte, pequeña, del problema. Los verdaderos problemas, el fanatismo, la injusticia, la corrupción, el autoritarismo, la manipulación religiosa, etc. siguen en pie. Reaparecerán en distintos sitios porque esta guerra no es más que la manifestación espacial de un conflicto más profundo que habita en las mentes. Y ese, por lo que vemos, no tiene solución más que a muy largo plazo.
Como diría el escritor egipcio Alaa al-Aswani, la "democracia es la solución", pero para eso hace falta suprimir el ojo por ojo y educar en la convivencia. Pensar que todo ha terminado y que es Europa quien debe cerrar el problema del terrorismo islamista es algo más que ingenuidad. Europa no puede ignorar las fronteras externas e internas ni lo que ocurre en el interior y debe tomar medias de cooperación entre los países de la Unión y con aquellos que tienen garantías de justicia. Pero Europa debe seguir siendo Europa. Es más complejo que vivir en un mundo maniqueo, más arriesgado, pero no se puede actuar como algunos quieren que haga, ignorando sus principios.
Ni Guantánamo ni santuario, un espacio justo, vigilante y de cooperación. 



* Mirna Abdulaal, "Dear Europe, The Fight Against Terrorism Now Depends on You" Egyptian Streets 20/02/2019 https://egyptianstreets.com/2019/02/20/dear-europe-the-fight-against-terrorism-now-depends-on-you/









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