sábado, 9 de febrero de 2019

El gigante afónico

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Chen Yu
Lo que sigue surge de la intersección de dos cosas, las conversaciones continuas con muchos de mis doctorandos (y tres ya doctores) chinos sobre la "representación" de China en los medios extranjeros —objeto desde distintos puntos de vista de muchos de sus trabajos—, y una publicación "albergada" en el diario El País, dentro de algo llamado la Librotea, cuyo titular "Mucho más que Murakami: grandes libros de oriente que debes conocer", apareció hace unos días, precisamente tras una de estas conversaciones en el proceso final de una tesis sobre la representación.
El titular (y el texto) lleva varias cosas implícitas. En primer lugar da por supuesta una igualdad inicial "Oriente = Murakami". En una primera lectura, pudiera parecer que se trataría de deshacer un exceso identificativo para tratar de mostrar que "Oriente", efectivamente, es más que el novelista japonés Haruki Murakami, un gran vendedor de libros por todo el mundo. La sorpresa se produce cuando los diez libros propuestos para convencernos de que Oriente existe más allá de Murakami ¡son todos japoneses! Imaginemos, por ejemplo, que desde otra cultura se identificara exclusivamente "occidente" con los Estados Unidos o "Europa" con Alemania excluyendo cualquier otra variación. Podemos pensar que se trata de una artimaña comercial —como probablemente es, publicidad camuflada de "recomendación"— pero también es una muestra o ejemplo revelador de lo que ocurre en un campo más amplio, el de la definición de "Oriente".


El día anterior a la aparición del titular de la Librotea, habíamos estado hablando al hilo de la revisión de los trabajos de investigación, precisamente del fenómeno de la absorción japonesa del concepto de "oriente" en el "imaginario occidental". El titular era una demostración de esta idea ya que identificaba ante los lectores a Murakami primero y a diez autores japoneses como "Oriente", excluyendo toda la diversidad que se pueda encontrar en ese término.
No se trata de recriminar un exceso verbal en la identificación, sino de preguntarse sobre la naturaleza comunicativa y cultural (e intercultural) de este tipo de fenómenos reductores y  de sus efectos sobre la percepción del otro o de los otros.
"Oriente", al igual que "Occidente" son construcciones conceptuales que tratan de reflejar unas distancias y diferencias existentes o simplemente imaginadas desde una perspectiva propia sobre los "otros". "Oriente" y "Occidente" son "categorías", una forma de clasificación que va de nuestras mentes a nuestras culturas y viceversa. Como categoría, admite y agrupa una serie de rasgos compatibles con una definición implícita del "otro" categorizado.


George Lakoff y otros autores que trabajaron sobre la Semántica de Prototipos establecieron que las categorías mentales o culturales no son como las categoría lógicas heredadas de Aristóteles o las cartesianas —lo claro y distinto— sino que son entidades blandas, escalonadas, que se articulan en la mente (y en la cultura) alrededor de un elemento central respecto al que se ordenan los demás en relación a más próximas o más alejadas de ese "prototipo". En el caso de la categoría "Oriente" parece claro que el centro prototípico lo configura "Japón". Esta categoría no se produce en el vacío o de forma universal. Es una categoría formada como construcción  de lo exterior a nosotros (los "occidentales").
Esto no es un sistema clasificatorio absoluto, sino relativo y multidimensional: somos "españoles" frente a los "europeos"; somos "europeos" frente a los "Estados Unidos"; somos "occidentales" frente a "Oriente". Las unidades podrían ser más pequeñas hasta llegar a la familia. Todas esas categorías nos definen, por un lado, frente a sus respectivos "otros", pero también suponen una construcción de esos "otros" en cada nivel. Todo ello forma parte de los procesos identitarios, que actúan como filtros de percepción repartiendo y asignando propiedades, obviando otras.



En este proceso, el otro es reducido a una serie de elementos que constituyen el "estereotipo" con el que los identificamos. El estereotipo es una representación del otro en un sentido positivo o negativo. Este se reproduce socialmente a través de formas diferentes, que van del chiste a los personajes del cine, de la publicidad a la prensa, de Fumanchú al "flan chino El mandarín", de la hucha de los "chinitos" del Domund a Tony Leblanc disfrazado de mago chino en los años 60.
Durante siglos, la mayor parte del imaginario oriental, de su construcción imaginada en Occidente, tuvo a China por centro, ocupando el espacio central que hoy tiene Japón. De Marco Polo en adelante, los occidentales fuimos construyendo una imagen de China a cuya cúspide se llega a finales del siglo XVIII y que la revolución industrial y del transporte en Occidente, se traduce en el colonialismo del siglo XIX, al que le interesa por motivos obvios una distorsión de la situación para justificar sus guerras económicas y comerciales que acaban creando una imagen muy distinta. Los estereotipos negativos se acumulan y se comienza a generar la idea del "peligro amarillo" y de la superioridad "occidental", que se justifica desde diversos aspectos (la decadencia oriental, el lujo "asiático", la crueldad, los hábitos alimentarios, etc.


Puede parecer sorprendente, pero los mejores difusores de la China y sus mayores defensores han estado en los Estados Unidos. El ejemplo más claro es la novelista Pearl S. Buck, premio Pulitzer por la gran novela sobre China, La buena tierra, y posteriormente premio Nobel de Literatura. Buck dedicó toda su vida a contar al mundo su amor por el país en el que había crecido. Los miembros del Movimiento del 4 de Mayo en China, un movimiento democrático y que desea la modernización frente al tradicionalismo que había estancado al país por siglos, evitando su desarrollo, eran admiradores de los estados Unidos. La explicación es sencilla: Estados Unidos era la opción triunfante frente al "viejo mundo", representaba lo contrario del tradicionalismo del que trataban de huir para progresar; era el "país joven" que ellos querían que China fuera en el futuro. Admiraban a Lincoln, al que consideraban el liberador de la esclavitud, algo que todavía se vivía en China de facto.
En la Guerra Mundial, China es país aliado frente a Japón, aliado con Alemania e invasor de China previamente, donde había restaurado como títere al emperador Pu Yi. Pero todo se rompe cuando el bando nacionalista pierde la guerra civil frente a las tropas comunistas y se repliegan a la isla de Taiwán. Desde ese momento el proceso se invierte y China pasa a formar parte del sistema de la Guerra Fría, quedan al otro lado, como los "enemigos de Occidente". El "peligro amarillo" pasa a ser el "peligro rojo". Se produce un aislamiento comunicativo importante.
A diferencia de Japón, el silencio de China hacia el exterior es prácticamente total. Lo que sale al exterior es exclusivamente la figura de Mao y de la "revolución cultural". Japón, el país que fue enemigo y derrotado, sufre una transformación explosiva al ser expuesto de forma masiva a la cultura occidental, es decir, en este caso la norteamericana.


Hemos tenido ocasión de ver en días pasados la película de Yasujiro Ozu, Buenos días (1959) en la que dos niños se enfrentan a sus padres porque no les dejan ver la televisión con sus vecinos ni quieren comprar una para la casa. La película de Ozu documenta el proceso de transformación generacional y la culturización "americana" a través de las costumbres, introducidas esencialmente por la televisión y los modos de vida americanos, simbolizados en la adquisición de los electrodomésticos que ya están fabricando. Un elemento que recorre la película son las clases de inglés que reciben y que hacen que se les cuelen expresiones inglesas en el habla cotidiana. La sutileza de Ozu es grande y tras la comedia vemos cómo la división de la población se articula sobre el eje de la aceptación de la cultura exterior, que ha pasado de ser el enemigo a ser una forma de "modernidad" aceptada por las nuevas generaciones y que les distancia de su mayores. El matrimonio más joven que aparece en la película abandonará el barrio. Los demás les perciben como los que "están en casa siempre en pijama" en contraste con las casas del barrio, en donde el movimiento entre vecinos tiene unas características más tradicionales, de cultura compartida y convivencia. Ellos, por su parte, no se identifican con sus vecinos, sintiéndose aislados e incómodos. Solo los niños entienden su forma de vida "a la americana". La televisión, como se dice en la película, les permitirá no solo ver los combates de sumo, sino los partidos de béisbol, un deporte importado.
La transformación de la cultura japonesa tras la posguerra representa lo contrario de lo ocurrido con China, que permanece aislada hasta la década de los ochenta y con un control importante de los flujos de información en los dos sentidos, salida y entrada. Japón por el contrario, pasado su periodo de transición traumático, empieza a tener la capacidad no solo de recibir sino de exportar, construyéndose una imagen definida de combinación de modernidad y tradición que penetra a través de la tecnología y de la cultura transformada, que va modelando el imaginario occidental.

La absorción de elemento de la cultura norteamericana comienza a actuar en su favor al permitirle exportar su cultura híbrida hacia el exterior, donde ya es más fácil de consumir y aceptar. Pensemos en Murakami, ya que nos lo ofrecen. El novelista representa perfectamente esa hibridación cultural que le ha hecho ser aceptado masivamente en todo el mundo, más allá de sus fronteras. Murakami es el escritor global, de Japón al mundo porque previamente ha transformado el mundo, lo ha interiorizado como mundo propio. No ha resistido, se ha transformado. Y ahora es él el influyente.
La identificación de Oriente con Japón no es casual. Lo ha hecho con el "anime" y el "manga", como antes lo hizo con el "judo", o el cine de sus grandes directores. Todo ello son vehículos culturales que contribuyen a la difusión y construcción de una imagen aceptada y aceptable desde occidente.
El proceso chino ha sido el contrario. China ganó la guerra mundial y quedó marcada por los resultados de la guerra civil. Ya no era el enemigo derrotado al que ayudar y transformar, como ocurrió con Japón, sino un país que seguía su propio camino tras la gran muralla. La transformación de China se produce tras la revolución cultural, gracias a la astucia y el pragmatismo de Deng Xiaoping, que toma en sus manos un proceso en el que logra involucrar a los diferentes sectores de la sociedad y el estado para sacar al país de la situación en la que estaba. Deng logra convencer que el futuro está en los jóvenes, en el desarrollo científico y en la tecnología, que el socialismo no implica pobreza y que existe una vía china. La China de hoy es hija de la astucia, visión de futuro y determinación de Deng Xiaoping.
Por primera vez en la historia, está saliendo de China una generación de jóvenes que llegan a los países occidentales con una experiencia y una visión del mundo muy diferente a la de las generaciones emigrantes anteriores. Vienen a estudiar, a aprender, a relacionarse y a convivir con nosotros. Pero lo hacen en unas condiciones muy diferentes a las de otros países.
Se encuentran con una situación asimétrica. Mientras que ellos conocen muchas cosas de la cultura a la que llegan, que han llegado a un mundo que desconoce absolutamente todo del suyo. Algo peor: ese conocimiento está distorsionado por estereotipos negativos sobre la cultura china, estereotipos creados por nuestros propios medios en la construcción de su imagen.


Hay que escuchar las experiencias de muchos de ellos frente a sus compañeros y el aislamiento en el que se encuentran. Agradezco la experiencia comunicativa desde hace más de diez años con estudiantes chinos, algunos de ellos ya doctores y siempre les digo lo mismo, además de la formación como investigadores, de sus tesis doctorales, hay un elemento esencial: convertirse en puentes, comunicadores entre su cultura y la nuestra tratando de evitar los estereotipos negativos y los filtros interesados elaborados desde la política y la economía.
Estos dos factores son esenciales hoy que están en primera línea pues no se puede identificar a 1.400 millones de personas con cuatro tópicos mediáticos. Hay que saber diferenciar lo que es una "persona" de lo que es un "pueblo", una "cultura" y un "estado". Desgraciadamente, muchas veces recorremos de uno a otro extremo haciendo responsables a unos de lo que no lo son.

La política de Donald Trump tiene la obsesión de denigrar al mundo latinoamericano, los "bad hombres" de su campaña electoral, frente a los que quiere elevar el muro de la vergüenza. Junto a esto tiene la obsesión de China, a la que acusa de haber "robado" el protagonismo del crecimiento económico. Todo esto se traduce en una serie de corrientes informativas negativas sobre China, a la que se hace responsable de todo para justificar sus políticas aislacionistas. Se pueden entender las discusiones o las negociaciones sobre economía y comercio, pero lo que no se puede justificar es que estas disputas se conviertan en base de más estereotipos y se conviertan finalmente en casos de discriminación. Lo ocurrido con los hispanos en Estados Unidos nos hace ver que no se trata de un supuesto, sino de una realidad como la propia prensa norteamericana ha estado informando dando cuenta de los incidentes de tipo racista que se producen de forma continua.
La poderosa maquinaria cultural de los Estados Unidos es capaz de ridiculizar a pueblos o culturas enteros, definiendo su propia superioridad sobre el resto. Lo ha hecho con los que consideraba sus "enemigos", ya hayan sido rusos (comunistas), alemanes (nazis), árabes (terroristas), hispanos (ignorantes parásitos). Esto es lo que consumimos en gran parte de lo que nos llega. La propia industria del cine ha tenido que tomar medidas reclamando "diversidad" para evitar el terrible poder del estereotipo. Los afroamericanos han pasado de ser "criados" o "esclavos" en las pantallas a reclamar un puesto digno. En los setenta tuvieron que crear su propio cine y series de televisión porque les resultaba intolerable la representación que de ellos se hacía en los medios. Tenemos dos buenas ofertas cinematográficas en este sentido, la película de Spike Lee "Infiltrado en el KKKlan (BlacKkKlansman, 2018),  y "Green Book" (2018), el filme de Peter Farrelli. En el mismo plano, "Black Panther", ha llevado a otro extremo el cine de súper héroes, rompiendo la idea blanca (aunque los haya verdes) del universo Marvel.


Solo el interés económico de estrenar películas en China, un mercado de cientos de millones de personas, ha hecho que se suavicen los estereotipos sobre China. La perspectiva de perder ese mercado ha hecho que se introduzca una nueva imagen de China más acorde con su estado real de conocimiento, científico, tecnología, costumbres, etc. Lo podemos ver en películas como el hit de aventuras "Megalodón" (The Meg, Jon Turteltaub 2018), también con capital chino. Es la entrada de capital y el control de la producción lo que permite película en las que las personas chinas puedan a aspirar a ser representadas más allá de las mafias, los criados, conductores, tenderos, espías, masajistas o prostitutas y chulos del "barrio chino".
El problema de la comunicación es que China no tiene la capacidad de generar una comunicación global para poder construir una imagen exterior que combata los estereotipos existentes y los nuevos que la administración Trump está imponiendo al mundo y cuyos efectos negativos pagan aquellos que nada tienen que ver.
El caso abierto más claro de esta guerra es el de la empresa china Huawei, a la que no se le perdonan sus avances tecnológicos y a la que la presión norteamericana sobre los países europeos producirá efectos sociales incalculables en términos de construcción de imágenes.


Si la información aparecida en El País consideraba que no había más "oriente" que Japón para conseguir una visión positiva y lograr vender a los escritores japoneses a un público español, China no ha conseguido introducirse en esa "categoría positiva oriental".
En un mundo global, China es un gigante afónico. No tiene una voz audible con la que compensar los efectos de la categorización a que es sometido por la maquinaria mediática, económica y política de los estados Unidos, cuyos efectos se expanden por todo Occidente.
Este problema tiene varios niveles. El primero de ellos es no se puede pretender modificar esto mediante una voz institucional u oficial que sea única hacia el exterior. El aislamiento de China en todos los niveles hasta muy recientemente ha hecho que no exista una imagen de China más sólida culturalmente. El ejemplo más claro lo tenemos en la concesión del premio Nobel al escritor chino Mo Yan, que pasó casi desapercibido porque no había, al menos en España, una editorial grande detrás. Lo que había era el encomiable trabajo de traductores y una editorial que había creído en un gran autor y lo había intentado introducir entre nuestros lectores.

Mo Yan recibiendo el Nobel de Literatura

La diferencia entre lo que ocurre con Murakami, aspirante eterno al premio Nobel, y lo ocurrido con Mo Yan, Premio Nobel, no muestra de forma ejemplar el problema. Es deprimente leer la mayoría de las reseñas y críticas realizadas sobre este gran novelista, en donde lo único que se tiende a considerar relevante es el tópico de que es un "hombre del régimen", algo que es de una simpleza absoluta y reduce su enorme riqueza y calidad, su crítica social, a polvo.
El pueblo de China necesita voces, muchas voces... y oídos. Necesita mostrar su enorme riqueza cultural y creativa, sobre todo su futuro, que es lo que tiene por delante. No se trata de discursos ni de canales oficiales. Tiene que poder mostrar la creatividad que yo veo en muchos de los que han pasado por las aulas en estos diez años. Sin embargo, a las dificultades inherentes de las distancias estamos añadiendo la de los prejuicios y estereotipos, que se crecen precisamente por la falta de voz y del silencio con el que suelen sobrellevar estas cosas cuando las padecen. Creo que la confianza y cariño que he llegado a tener con muchos me ha hecho indignarme ante la injusticia del tratamiento que a muchos se les da alimentados por la ignorancia y ahora los intereses de la economía norteamericana.
Oriente no es solo "Japón" y menos "Murakami", escritor que me gusta. Oriente es una diversidad de culturas con puntos comunes, pero con una enorme diversidad y riqueza. Conozco muchas personas que aprenden japonés, pocas chino. Sé que hay muchas, pero lo dicen menos. Contarlo es importante. Aprender un idioma es un acto de unión. Muchos lo hacen, me dicen, por negocios, pocos por la cultura.
Es la cultura lo que tiene que salir y no solo de una forma folclórica, mostrando el "exótico oriente" (otro tópico), sino mostrando la enorme creatividad que se atesora en su pueblo.
Para ello son esenciales esos miles de estudiantes chinos que ternemos hoy en nuestras aulas de grado y de posgrado, en nuestros doctorados. Son los mejores embajadores de ida y vuelta. Aprendemos con ellos y de ellos. Nos sacudimos los prejuicios acumulados y  los estereotipos. Los que no combaten la ceguera que provocan,  se están condenando a vivir en la ignorancia, que tiende a ser orgullosa en su necedad.


Japón sufrió estereotipos negativos cuando comenzó su recuperación económica y puedo competir con su tecnología y productos en un mundo global. Le costó vencer muchos de ellos pero avanzó. Hoy China padece muchos de los mismos con los que se atacaba el desarrollo de Japón: la copia, la falta de creatividad, la sumisión, etc. Hoy la cultura japonesa está instalada y es querida en un mundo global, de la gastronomía al cine y a sus novelistas.
China necesita redefinir su voz exterior, diversificarla. No necesita una voz institucional, sino una polifonía que dé cuenta de lo que hace y puede seguir haciendo, de la propia riqueza social. Debe mostrar su potencial y su creatividad. Hay que sacudirse la imagen de la "fábrica" de lo que otros idean y mostrar el desarrollo tecnológico y científico.
El embajador más importante es la cultura. Los jóvenes chinos que hoy están entre nosotros y en muchos otros países son los que deben llevar el peso del diálogo, de la conversación global. No podemos seguir creando nosotros las etiquetas. Tenemos que empezar a ver de manera distinta. Para ello es necesario que esas voces nos cuenten y muestren, romper la barrera del silencio y que China muestre a través de sus voces, su creatividad y diversidad.


Para ello, nosotros, nuestras actitudes receptivas, son importantes. Hay que aprender a aprender de los otros. Mi satisfacción personal mayor es la cantidad de puertas que se me han abierto para poder conocer cada vez que he tenido la oportunidad de hacerlo. Por eso muchas veces me indigna ver el tratamiento mediático que en vez de ampliar nuestros horizontes nos muestra una vieja fotografía que en poco se parece a la realidad que deberíamos poder apreciar valorar.
El diálogo es esencial para la transformación. Nuestro mundo es global, por lo que vivir entre tópicos y estereotipos no es lo más recomendable, pues se producen fricciones y malentendidos.
Igual que hay muchos "occidentes", hay un oriente múltiple más allá de Japón. Tampoco China es todo "Oriente", de la misma manera que Estados Unidos no es "Occidente" sino una parte. Hay que tener cuidado con no sepultar a países ricos en cultura que parecen diluidos ante la presencia de los gigantes que les rodean. Hay que ir más allá del turismo y sus tópicos y comprender la riqueza tras los eslóganes y folletos publicitarios. Por muy bellos que puedan ser los países, lo importante son quienes viven en ellos. 
Desde el punto de vista de la comunicación cultural debemos aprender de cómo un país derrotado se convirtió, por encima de los estereotipos, en una cultura exportable y disfrutable de múltiples formas.
China tiene que encontrar su voz en un mundo global, sus voces múltiples, pues es una sociedad de enorme riqueza y creatividad. La tiene que encontrar para evitar seguir siendo descrita por aquellos a los que solo interesa dar una visión negativa. China es una realidad milenaria, la cultura en activo más antigua de nuestro planeta. Reducirla a tópicos y estereotipos es una necedad.

Chen Yu
Estoy muy orgulloso de mis doctorandos y de los ya doctores chinos. Sé que la mayoría ha comprendido el valor del diálogo posible y que son buenos embajadores, en las dos direcciones, en lo que traen y me gustaría también que en lo que se llevan de nosotros para difundirlo entre los suyos. El esfuerzo es enorme y el sacrificio personal y familiar igual. Donde vayan serán doctores de nuestra universidad y un ejemplo de que es posible construir juntos para que esa  voz salga clara después de una larga afonía. Los jóvenes tienen esa tarea.
  
* "Mucho más que Murakami: grandes libros de oriente que debes conocer" Librotea (El recomendador de libros) - El País s/f https://librotea.elpais.com/usuarios/librotea/estanteria/mucho-mas-que-murakami-grandes-libros-de-oriente-que-debes-conocer?id_externo_promo=elpais_oriente&fbclid=IwAR0RGW_VrZ9zmf6iMCgthxFcyS1bIFOwDUuB3gni6pS6j9331Z2Sae4SgOo

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