Joaquín
Mª Aguirre (UCM)
Chen Yu |
Lo que
sigue surge de la intersección de dos cosas, las conversaciones continuas con
muchos de mis doctorandos (y tres ya doctores) chinos sobre la "representación"
de China en los medios extranjeros —objeto desde distintos puntos de vista de
muchos de sus trabajos—, y una publicación "albergada" en el diario
El País, dentro de algo llamado la Librotea, cuyo titular "Mucho más que
Murakami: grandes libros de oriente que debes conocer", apareció hace unos
días, precisamente tras una de estas conversaciones en el proceso final de una
tesis sobre la representación.
El
titular (y el texto) lleva varias cosas implícitas. En primer lugar da por
supuesta una igualdad inicial "Oriente = Murakami". En una primera
lectura, pudiera parecer que se trataría de deshacer un exceso identificativo
para tratar de mostrar que "Oriente", efectivamente, es más que el
novelista japonés Haruki Murakami, un gran vendedor de libros por todo el
mundo. La sorpresa se produce cuando los diez libros propuestos para
convencernos de que Oriente existe más allá de Murakami ¡son todos japoneses!
Imaginemos, por ejemplo, que desde otra cultura se identificara exclusivamente "occidente"
con los Estados Unidos o "Europa" con Alemania excluyendo cualquier
otra variación. Podemos pensar que se trata de una artimaña comercial —como
probablemente es, publicidad camuflada de "recomendación"— pero
también es una muestra o ejemplo revelador de lo que ocurre en un campo más
amplio, el de la definición de "Oriente".
El día
anterior a la aparición del titular de la Librotea, habíamos estado hablando al
hilo de la revisión de los trabajos de investigación, precisamente del fenómeno
de la absorción japonesa del concepto de "oriente" en el "imaginario
occidental". El titular era una demostración de esta idea ya que
identificaba ante los lectores a Murakami primero y a diez autores japoneses
como "Oriente", excluyendo toda la diversidad que se pueda encontrar
en ese término.
No se
trata de recriminar un exceso verbal en la identificación, sino de preguntarse
sobre la naturaleza comunicativa y cultural (e intercultural) de este tipo de
fenómenos reductores y de sus efectos
sobre la percepción del otro o de los otros.
"Oriente",
al igual que "Occidente" son construcciones conceptuales que tratan
de reflejar unas distancias y diferencias existentes o simplemente imaginadas desde una perspectiva propia
sobre los "otros". "Oriente" y "Occidente" son
"categorías", una forma de clasificación que va de nuestras mentes a
nuestras culturas y viceversa. Como categoría, admite y agrupa una serie de rasgos
compatibles con una definición implícita del "otro" categorizado.
George
Lakoff y otros autores que trabajaron sobre la Semántica de Prototipos
establecieron que las categorías mentales o culturales no son como las
categoría lógicas heredadas de Aristóteles o las cartesianas —lo claro y
distinto— sino que son entidades blandas, escalonadas, que se articulan en la
mente (y en la cultura) alrededor de un elemento central respecto al que se
ordenan los demás en relación a más próximas o más alejadas de ese
"prototipo". En el caso de la categoría "Oriente" parece
claro que el centro prototípico lo configura "Japón". Esta categoría
no se produce en el vacío o de forma universal. Es una categoría formada como
construcción de lo exterior a nosotros (los
"occidentales").
Esto no
es un sistema clasificatorio absoluto, sino relativo y multidimensional: somos "españoles"
frente a los "europeos"; somos "europeos" frente a los "Estados
Unidos"; somos "occidentales" frente a "Oriente". Las
unidades podrían ser más pequeñas hasta llegar a la familia. Todas esas
categorías nos definen, por un lado, frente a sus respectivos
"otros", pero también suponen una construcción de esos "otros"
en cada nivel. Todo ello forma parte de los procesos identitarios, que actúan
como filtros de percepción repartiendo y asignando propiedades, obviando otras.
En este
proceso, el otro es reducido a una serie de elementos que constituyen el
"estereotipo" con el que los identificamos. El estereotipo es una
representación del otro en un sentido positivo o negativo. Este se reproduce socialmente a través de formas diferentes, que van del chiste a los personajes del cine, de la publicidad a la prensa, de Fumanchú al "flan chino El mandarín", de la hucha de los "chinitos" del Domund a Tony Leblanc disfrazado de mago chino en los años 60.
Durante
siglos, la mayor parte del imaginario oriental, de su construcción imaginada en
Occidente, tuvo a China por centro, ocupando el espacio central que hoy tiene
Japón. De Marco Polo en adelante, los occidentales fuimos construyendo una imagen
de China a cuya cúspide se llega a finales del siglo XVIII y que la revolución
industrial y del transporte en Occidente, se traduce en el colonialismo del
siglo XIX, al que le interesa por motivos obvios una distorsión de la situación
para justificar sus guerras económicas y comerciales que acaban creando una
imagen muy distinta. Los estereotipos negativos se acumulan y se comienza a
generar la idea del "peligro amarillo" y de la superioridad
"occidental", que se justifica desde diversos aspectos (la decadencia oriental, el lujo "asiático",
la crueldad, los hábitos alimentarios, etc.
Puede
parecer sorprendente, pero los mejores difusores de la China y sus mayores
defensores han estado en los Estados Unidos. El ejemplo más claro es la
novelista Pearl S. Buck, premio Pulitzer por la gran novela sobre China, La
buena tierra, y posteriormente premio Nobel de Literatura. Buck dedicó toda su
vida a contar al mundo su amor por el país en el que había crecido. Los
miembros del Movimiento del 4 de Mayo en China, un movimiento democrático y que
desea la modernización frente al tradicionalismo que había estancado al país
por siglos, evitando su desarrollo, eran admiradores de los estados Unidos. La
explicación es sencilla: Estados Unidos era la opción triunfante frente al
"viejo mundo", representaba lo contrario del tradicionalismo del que
trataban de huir para progresar; era el "país joven" que ellos
querían que China fuera en el futuro. Admiraban a Lincoln, al que consideraban
el liberador de la esclavitud, algo que todavía se vivía en China de facto.
En la
Guerra Mundial, China es país aliado frente a Japón, aliado con Alemania e invasor
de China previamente, donde había restaurado como títere al emperador Pu Yi.
Pero todo se rompe cuando el bando nacionalista pierde la guerra civil frente a
las tropas comunistas y se repliegan a la isla de Taiwán. Desde ese momento el
proceso se invierte y China pasa a formar parte del sistema de la Guerra Fría,
quedan al otro lado, como los "enemigos de Occidente". El "peligro
amarillo" pasa a ser el "peligro rojo". Se produce un aislamiento
comunicativo importante.
A
diferencia de Japón, el silencio de China hacia el exterior es prácticamente
total. Lo que sale al exterior es exclusivamente la figura de Mao y de la
"revolución cultural". Japón, el país que fue enemigo y derrotado,
sufre una transformación explosiva al ser expuesto de forma masiva a la cultura
occidental, es decir, en este caso la norteamericana.
Hemos
tenido ocasión de ver en días pasados la película de Yasujiro Ozu, Buenos días (1959) en
la que dos niños se enfrentan a sus padres porque no les dejan ver la
televisión con sus vecinos ni quieren comprar una para la casa. La película de
Ozu documenta el proceso de transformación generacional y la culturización
"americana" a través de las costumbres, introducidas esencialmente
por la televisión y los modos de vida americanos, simbolizados en la
adquisición de los electrodomésticos que ya están fabricando. Un elemento que
recorre la película son las clases de inglés que reciben y que hacen que se les
cuelen expresiones inglesas en el habla cotidiana. La sutileza de Ozu es grande
y tras la comedia vemos cómo la división de la población se articula sobre el
eje de la aceptación de la cultura exterior, que ha pasado de ser el enemigo a
ser una forma de "modernidad" aceptada por las nuevas generaciones y
que les distancia de su mayores. El matrimonio más joven que aparece en la
película abandonará el barrio. Los demás les perciben como los que "están
en casa siempre en pijama" en contraste con las casas del barrio, en donde
el movimiento entre vecinos tiene unas características más tradicionales, de
cultura compartida y convivencia. Ellos, por su parte, no se identifican con
sus vecinos, sintiéndose aislados e incómodos. Solo los niños entienden su
forma de vida "a la americana". La televisión, como se dice en la
película, les permitirá no solo ver los combates de sumo, sino los partidos de
béisbol, un deporte importado.
La
transformación de la cultura japonesa tras la posguerra representa lo contrario
de lo ocurrido con China, que permanece aislada hasta la década de los ochenta
y con un control importante de los flujos de información en los dos sentidos,
salida y entrada. Japón por el contrario, pasado su periodo de transición
traumático, empieza a tener la capacidad no solo de recibir sino de exportar, construyéndose
una imagen definida de combinación de modernidad y tradición que penetra a
través de la tecnología y de la cultura transformada, que va modelando el
imaginario occidental.
La
absorción de elemento de la cultura norteamericana comienza a actuar en su
favor al permitirle exportar su cultura híbrida hacia el exterior, donde ya es
más fácil de consumir y aceptar. Pensemos en Murakami, ya que nos lo ofrecen.
El novelista representa perfectamente esa hibridación cultural que le ha hecho
ser aceptado masivamente en todo el mundo, más allá de sus fronteras. Murakami
es el escritor global, de Japón al mundo porque previamente ha transformado el
mundo, lo ha interiorizado como mundo propio. No ha resistido, se ha
transformado. Y ahora es él el influyente.
La
identificación de Oriente con Japón no es casual. Lo ha hecho con el
"anime" y el "manga", como antes lo hizo con el
"judo", o el cine de sus grandes directores. Todo ello son vehículos
culturales que contribuyen a la difusión y construcción de una imagen aceptada
y aceptable desde occidente.
El
proceso chino ha sido el contrario. China ganó la guerra mundial y quedó
marcada por los resultados de la guerra civil. Ya no era el enemigo derrotado
al que ayudar y transformar, como ocurrió con Japón, sino un país que seguía su
propio camino tras la gran muralla. La transformación de China se produce tras
la revolución cultural, gracias a la astucia y el pragmatismo de Deng Xiaoping,
que toma en sus manos un proceso en el que logra involucrar a los diferentes
sectores de la sociedad y el estado para sacar al país de la situación en la
que estaba. Deng logra convencer que el futuro está en los jóvenes, en el
desarrollo científico y en la tecnología, que el socialismo no implica pobreza
y que existe una vía china. La China de hoy es hija de la astucia, visión de
futuro y determinación de Deng Xiaoping.
Por
primera vez en la historia, está saliendo de China una generación de jóvenes
que llegan a los países occidentales con una experiencia y una visión del mundo
muy diferente a la de las generaciones emigrantes anteriores. Vienen a
estudiar, a aprender, a relacionarse y a convivir con nosotros. Pero lo hacen
en unas condiciones muy diferentes a las de otros países.
Se
encuentran con una situación asimétrica. Mientras que ellos conocen muchas
cosas de la cultura a la que llegan, que han llegado a un mundo que desconoce
absolutamente todo del suyo. Algo peor: ese conocimiento está distorsionado por
estereotipos negativos sobre la cultura china, estereotipos creados por
nuestros propios medios en la construcción de su imagen.
Hay que
escuchar las experiencias de muchos de ellos frente a sus compañeros y el
aislamiento en el que se encuentran. Agradezco la experiencia comunicativa
desde hace más de diez años con estudiantes chinos, algunos de ellos ya
doctores y siempre les digo lo mismo, además de la formación como
investigadores, de sus tesis doctorales, hay un elemento esencial: convertirse
en puentes, comunicadores entre su cultura y la nuestra tratando de evitar los
estereotipos negativos y los filtros interesados elaborados desde la política y
la economía.
Estos
dos factores son esenciales hoy que están en primera línea pues no se puede
identificar a 1.400 millones de personas con cuatro tópicos mediáticos. Hay que
saber diferenciar lo que es una "persona" de lo que es un "pueblo",
una "cultura" y un "estado". Desgraciadamente, muchas veces
recorremos de uno a otro extremo haciendo responsables a unos de lo que no lo
son.
La
política de Donald Trump tiene la obsesión de denigrar al mundo
latinoamericano, los "bad hombres" de su campaña electoral, frente a
los que quiere elevar el muro de la vergüenza. Junto a esto tiene la obsesión
de China, a la que acusa de haber "robado" el protagonismo del
crecimiento económico. Todo esto se traduce en una serie de corrientes informativas
negativas sobre China, a la que se hace responsable de todo para justificar sus
políticas aislacionistas. Se pueden entender las discusiones o las
negociaciones sobre economía y comercio, pero lo que no se puede justificar es
que estas disputas se conviertan en base de más estereotipos y se conviertan
finalmente en casos de discriminación. Lo ocurrido con los hispanos en Estados
Unidos nos hace ver que no se trata de un supuesto, sino de una realidad como
la propia prensa norteamericana ha estado informando dando cuenta de los
incidentes de tipo racista que se producen de forma continua.
La
poderosa maquinaria cultural de los Estados Unidos es capaz de ridiculizar a
pueblos o culturas enteros, definiendo su propia superioridad sobre el resto.
Lo ha hecho con los que consideraba sus "enemigos", ya hayan sido
rusos (comunistas), alemanes (nazis), árabes (terroristas), hispanos
(ignorantes parásitos). Esto es lo que consumimos en gran parte de lo que nos
llega. La propia industria del cine ha tenido que tomar medidas reclamando
"diversidad" para evitar el terrible poder del estereotipo. Los
afroamericanos han pasado de ser "criados" o "esclavos" en
las pantallas a reclamar un puesto digno. En los setenta tuvieron que crear su
propio cine y series de televisión porque les resultaba intolerable la
representación que de ellos se hacía en los medios. Tenemos dos buenas ofertas
cinematográficas en este sentido, la película de Spike Lee "Infiltrado en
el KKKlan (BlacKkKlansman, 2018), y "Green
Book" (2018), el filme de Peter Farrelli. En el mismo plano, "Black Panther",
ha llevado a otro extremo el cine de súper héroes, rompiendo la idea blanca (aunque los haya verdes) del universo Marvel.
Solo el
interés económico de estrenar películas en China, un mercado de cientos de
millones de personas, ha hecho que se suavicen los estereotipos sobre China. La
perspectiva de perder ese mercado ha hecho que se introduzca una nueva imagen
de China más acorde con su estado real de conocimiento, científico, tecnología,
costumbres, etc. Lo podemos ver en películas como el hit de aventuras "Megalodón"
(The Meg, Jon Turteltaub 2018),
también con capital chino. Es la entrada de capital y el control de la
producción lo que permite película en las que las personas chinas puedan a
aspirar a ser representadas más allá de las mafias, los criados, conductores,
tenderos, espías, masajistas o prostitutas y chulos del "barrio
chino".
El
problema de la comunicación es que China no tiene la capacidad de generar una
comunicación global para poder construir una imagen exterior que combata los
estereotipos existentes y los nuevos que la administración Trump está
imponiendo al mundo y cuyos efectos negativos pagan aquellos que nada tienen
que ver.
El caso
abierto más claro de esta guerra es el de la empresa china Huawei, a la que no
se le perdonan sus avances tecnológicos y a la que la presión norteamericana
sobre los países europeos producirá efectos sociales incalculables en términos
de construcción de imágenes.
Si la
información aparecida en El País consideraba que no había más
"oriente" que Japón para conseguir una visión positiva y lograr
vender a los escritores japoneses a un público español, China no ha conseguido
introducirse en esa "categoría positiva oriental".
En un
mundo global, China es un gigante afónico. No tiene una voz audible con la que
compensar los efectos de la categorización a que es sometido por la maquinaria
mediática, económica y política de los estados Unidos, cuyos efectos se
expanden por todo Occidente.
Este
problema tiene varios niveles. El primero de ellos es no se puede pretender
modificar esto mediante una voz institucional u oficial que sea única hacia el
exterior. El aislamiento de China en todos los niveles hasta muy recientemente
ha hecho que no exista una imagen de China más sólida culturalmente. El ejemplo
más claro lo tenemos en la concesión del premio Nobel al escritor chino Mo Yan,
que pasó casi desapercibido porque no había, al menos en España, una editorial
grande detrás. Lo que había era el encomiable trabajo de traductores y una
editorial que había creído en un gran autor y lo había intentado introducir
entre nuestros lectores.
Mo Yan recibiendo el Nobel de Literatura |
La
diferencia entre lo que ocurre con Murakami, aspirante eterno al premio Nobel,
y lo ocurrido con Mo Yan, Premio Nobel, no muestra de forma ejemplar el
problema. Es deprimente leer la mayoría de las reseñas y críticas realizadas
sobre este gran novelista, en donde lo único que se tiende a considerar
relevante es el tópico de que es un "hombre del régimen", algo que es
de una simpleza absoluta y reduce su enorme riqueza y calidad, su crítica
social, a polvo.
El
pueblo de China necesita voces, muchas voces... y oídos. Necesita mostrar su
enorme riqueza cultural y creativa, sobre todo su futuro, que es lo que tiene
por delante. No se trata de discursos ni de canales oficiales. Tiene que poder
mostrar la creatividad que yo veo en muchos de los que han pasado por las aulas
en estos diez años. Sin embargo, a las dificultades inherentes de las
distancias estamos añadiendo la de los prejuicios y estereotipos, que se crecen
precisamente por la falta de voz y del silencio con el que suelen sobrellevar
estas cosas cuando las padecen. Creo que la confianza y cariño que he llegado a
tener con muchos me ha hecho indignarme ante la injusticia del tratamiento que
a muchos se les da alimentados por la ignorancia y ahora los intereses de la
economía norteamericana.
Oriente
no es solo "Japón" y menos "Murakami", escritor que me
gusta. Oriente es una diversidad de culturas con puntos comunes, pero con una
enorme diversidad y riqueza. Conozco muchas personas que aprenden japonés,
pocas chino. Sé que hay muchas, pero lo dicen menos. Contarlo es importante.
Aprender un idioma es un acto de unión. Muchos lo hacen, me dicen, por negocios,
pocos por la cultura.
Es la
cultura lo que tiene que salir y no solo de una forma folclórica, mostrando el
"exótico oriente" (otro tópico), sino mostrando la enorme creatividad
que se atesora en su pueblo.
Para
ello son esenciales esos miles de estudiantes chinos que ternemos hoy en
nuestras aulas de grado y de posgrado, en nuestros doctorados. Son los mejores
embajadores de ida y vuelta. Aprendemos con ellos y de ellos. Nos sacudimos los
prejuicios acumulados y los estereotipos.
Los que no combaten la ceguera que provocan, se están condenando a vivir en la ignorancia,
que tiende a ser orgullosa en su necedad.
Japón
sufrió estereotipos negativos cuando comenzó su recuperación económica y puedo
competir con su tecnología y productos en un mundo global. Le costó vencer
muchos de ellos pero avanzó. Hoy China padece muchos de los mismos con los que
se atacaba el desarrollo de Japón: la copia, la falta de creatividad, la
sumisión, etc. Hoy la cultura japonesa está instalada y es querida en un mundo
global, de la gastronomía al cine y a sus novelistas.
China
necesita redefinir su voz exterior, diversificarla. No necesita una voz
institucional, sino una polifonía que dé cuenta de lo que hace y puede seguir
haciendo, de la propia riqueza social. Debe mostrar su potencial y su
creatividad. Hay que sacudirse la imagen de la "fábrica" de lo que
otros idean y mostrar el desarrollo tecnológico y científico.
El
embajador más importante es la cultura. Los jóvenes chinos que hoy están entre nosotros
y en muchos otros países son los que deben llevar el peso del diálogo, de la
conversación global. No podemos seguir creando nosotros las etiquetas. Tenemos
que empezar a ver de manera distinta. Para ello es necesario que esas voces nos
cuenten y muestren, romper la barrera del silencio y que China muestre a través de sus voces,
su creatividad y diversidad.
Para
ello, nosotros, nuestras actitudes receptivas, son importantes. Hay que aprender a aprender
de los otros. Mi satisfacción personal mayor es la cantidad de puertas que se me han
abierto para poder conocer cada vez que he tenido la oportunidad de hacerlo. Por eso
muchas veces me indigna ver el tratamiento mediático que en vez de ampliar
nuestros horizontes nos muestra una vieja fotografía que en poco se parece a la
realidad que deberíamos poder apreciar valorar.
El diálogo es esencial para la transformación. Nuestro mundo es global, por lo que vivir entre tópicos y estereotipos no es lo más recomendable, pues se producen fricciones y malentendidos.
Igual que hay muchos "occidentes", hay un oriente múltiple más allá de Japón. Tampoco China es todo "Oriente", de la misma manera que Estados Unidos no es "Occidente" sino una parte. Hay que tener cuidado con no sepultar a países ricos en cultura que parecen diluidos ante la presencia de los gigantes que les rodean. Hay que ir más allá del turismo y sus tópicos y comprender la riqueza tras los eslóganes y folletos publicitarios. Por muy bellos que puedan ser los países, lo importante son quienes viven en ellos.
Desde el punto de vista de la comunicación cultural debemos aprender de cómo un país derrotado se convirtió, por encima de los estereotipos, en una cultura exportable y disfrutable de múltiples formas.
China tiene que encontrar su voz en un mundo global, sus voces múltiples, pues es una sociedad de enorme riqueza y creatividad. La tiene que encontrar para evitar seguir siendo descrita por aquellos a los que solo interesa dar una visión negativa. China es una realidad milenaria, la cultura en activo más antigua de nuestro planeta. Reducirla a tópicos y estereotipos es una necedad.
Chen Yu |
Estoy muy orgulloso de mis doctorandos y de los ya doctores chinos. Sé que la mayoría ha comprendido el valor del diálogo posible y que son buenos embajadores, en las dos direcciones, en lo que traen y me gustaría también que en lo que se llevan de nosotros para difundirlo entre los suyos. El esfuerzo es enorme y el sacrificio personal y familiar igual. Donde vayan serán doctores de nuestra universidad y un ejemplo de que es posible construir juntos para que esa voz salga clara después de una larga afonía. Los jóvenes tienen esa tarea.
* "Mucho más que Murakami: grandes
libros de oriente que debes conocer" Librotea (El recomendador de libros) -
El País s/f https://librotea.elpais.com/usuarios/librotea/estanteria/mucho-mas-que-murakami-grandes-libros-de-oriente-que-debes-conocer?id_externo_promo=elpais_oriente&fbclid=IwAR0RGW_VrZ9zmf6iMCgthxFcyS1bIFOwDUuB3gni6pS6j9331Z2Sae4SgOo
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