jueves, 8 de septiembre de 2011

Dos preguntas sobre el futuro

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
La rebelión de los países árabes ha seguido un proceso propio en cada uno de ellos. Túnez fue diferente a Egipto y ambos han sido diferentes a Libia. Siria y Yemen, rebeliones en marcha, también presentan sus propias variantes en la forma de los conflictos. Libia ha vivido un proceso de extraña guerra civil rápida con intervención de apoyo de fuerzas internacionales gracias a los amplios acuerdos conseguidos en un bando y la presencia de mercenarios en el otro. Siria, en cambio, nos muestra un proceso de represión masivo a cargo de un régimen cruel y sanguinario enfrentado a un pueblo absolutamente determinado al sacrificio y a seguir la senda de los mártires. Yemen, un caso distinto, está abocado a recrudecimiento que puede acabar en guerra civil si regresa su chamuscado y tramposo presidente, un auténtico obstáculo, para un pueblo que también ha mostrado su determinación de seguir adelante.
Queda el caso de Bahréin que, sencillamente, ha desaparecido del mapa informativo desde que entraron en el pequeño reino las tropas de los países del Golfo. Algún día la Perla que presidía aquella plaza arrasada volverá a ocuparse de nuevo. Las ganas de libertad no desaparecen.


Con costes diferentes, parece indudable que los procesos iniciados, acabarán triunfando, por una vía u otra, más pronto o más tarde. Cada muerto en estos países, que han dado un ejemplo de coraje, ha sido un aliciente para avanzar reforzados en sus deseos de libertad. Los han convertido en los mártires a cuya memoria dedican sus esfuerzos.
Una de las consecuencias más importantes y emotivas en esta lucha es el resurgimiento de un orgullo genuino, especialmente en los jóvenes, que han pasado de la ausencia de expectativas de un futuro inexistente en un país desdibujado  a creer en que lo que hacen tiene algún sentido y merece la pena luchar por ello.

Me viene al recuerdo una pregunta realizada, con cierta tristeza, por una amiga egipcia hace ya algún tiempo y que se me quedó grabada: «¿quiénes somos los egipcios?». Pasada la fase primera de la revolución, muchos egipcios han cambiado esa pregunta por la que me hacía otra persona hace unos días con un ánimo bien distinto: «estoy orgullosa de mi país, ¿qué puedo hacer por él?»
Las dos preguntas identifican a generaciones distintas. La pregunta sobre el quiénes somos, sin dejar de ser importante, quizá no sea el camino inmediato y convenga reformularla en términos de futuro: «¿quiénes queremos ser y qué tenemos que hacer para conseguirlo?» Los pueblos demasiado obsesionados por quiénes son olvidan que esa es una pregunta que, como el movimiento, se demuestra andando. Por eso creo que es más productiva la pregunta sobre el qué puedo hacer que la del qué soy.

Las preguntas por el qué somos nos hacen construir demasiadas diferencias, levantar demasiadas barreras, nos vuelven estáticos y demasiado prisioneros de nuestras definiciones. La pregunta por el qué puedo hacer, en cambio, nos permite actuar con los otros, buscar empresas comunes, llegar a acuerdos y avanzar. La identidad surge precisamente de la unidad de los que son capaces de hacerse conjuntamente la misma pregunta.
Los países no son; se van construyendo por su deseo de ser. Como decían los viejos maestros existencialistas, la existencia precede a la esencia. El ser es algo que está al final y no al principio. Somos hasta donde llegamos; somos lo que hemos sido capaces de ser cada día.


La fe que ha sostenido a estos pueblos, la que les ha guiado en su lucha contra los gigantes de sus propios miedos históricos encarnados en sus respectivos dictadores, es la fe del querer ser. Por eso la pregunta que me hacían hace unos días no tiene más que una respuesta: ponte a soñar en el país del que quieres formar parte, el país en el que te gustaría vivir y convivir. Y luego despierta y ponte a trabajar sin descanso junto a los que tienen el mismo sueño hasta conseguirlo. Túnez, Egipto, Libia… tienen que reinventarse para poder avanzar ligeros hacia su nuevo futuro.

Lo que han recuperado es el derecho a soñar y también la obligación de llevar a cabo lo soñado. Por eso su futuro está en la juventud, no de forma retórica, sino real. Los mayores lo han comprendido. Son esos jóvenes los que han llevado adelante sus revoluciones y los demás les han seguido. Son una generación que ha recuperado el derecho a soñarse como pueblo y el deber de construirlo.
En una entrevista televisiva un ciudadano libio de a pie comentaba: «La economía es un desastre; el medio ambiente está destrozado…, pero somos libres.» Y lo decía con la sonrisa del que sale del sufrimiento y se dirige al esfuerzo que supone la reconstrucción moral y material de un país medio en ruinas. Hemos visto heridos que levantaban sus manos con dolor y esfuerzo para realizar el signo de la victoria ante una cámara y testimoniar que lo que han hecho, su sacrificio, vale el esfuerzo.
Y pueden estar orgullosos. Lo que han conseguido es mucho. Pero, con todo, no es más que haber limpiado el camino de obstáculos para dirigirse hacia el futuro. Está todo por hacer, un trabajo abrumador y un esfuerzo terrible. Pero esta vez deciden ellos dónde van.



miércoles, 7 de septiembre de 2011

Arte y publicidad en China

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
M. Butterfly (David Cronenberg)
La nueva clase empresarial china, multimillonaria, se ha lanzado al coleccionismo de arte, convirtiendo algunas ciudades en los centros de operaciones de las más importantes galerías del mundo. The New York Times enfoca el fenómeno, además de la cuestión económica, como un intento de recuperar el sentimiento antiartístico burgués de la época de Mao y, en especial, de la denominada Revolución Cultural, que fue más bien la muerte de la cultura y, en especial, del gusto artístico. Un pueblo al que se viste por igual deja de desarrollar el gusto estético por la diferencia. Y el Arte es diferencia; vive de ella.
El provincianismo maoísta quiso ver el igualitarismo socialista como la eliminación de las diferencias de gusto, que es el sentimiento que  juzga, como se decía en el siglo XVIII. Los que hayan visto la interesante película de David Cronenberg, “M. Butterfly” (1993), recordarán que la llegada de la Revolución cultural supone mandar a la calle al travesti cantante que representa los papeles femeninos en la ópera de Pekín. El nuevo modelo cultural decide reciclarlo laboralmente en espía.
Nada hay que diferencie más a una persona que sus sentimientos estéticos. La experiencia es única a pesar de que nos empeñamos en estandarizarla convirtiéndola en recitado de lecciones. En unos momentos de la historia se busca la unidad religiosa, en otras la unidad política y ahora buscamos, sin renunciar a las otras, la unificación del mercado a través de la idea de ciudadanos consumidores. Consumimos “ideas religiosas”, “ideas políticas” e “ideas estéticas”, entre otros platos precocinados cotidianos.


La nueva clase adinerada china invierte en arte asesorada por diligentes marchantes occidentales que les hacen ver la importancia de pinturas con las que decorar los despachos y residencias particulares para deleite de amigos visitantes y admiración de clientes. Ante la crisis actual, los únicos que pueden permitirse mantener al alza el mercado de arte son los nuevos ricos de los países emergentes, clases económicas pragmáticas que ven en el arte, como ya ocurrió hace una décadas en otros países, un valor refugio que puede ser exhibido y no solo guardado en el fondo de los sótanos de un banco. Entendido así, el Arte se convierte en una moneda doble: tiene valor económico y también valor social, ya que da cierto prestigio y apariencia de refinamiento. La unicidad de la obra de arte asegura la distinción de que uno —y solo uno— es el poseedor. Y eso te hace diferente ante el vulgar empate técnico de la cifra monetaria. Todos los millones se parecen, pero no cuando se traducen en obras de arte. Ya no tienes 160’5 millones de dólares como cualquier hijo millonario de vecino, sino “un Picasso”, como el que batió el récord de venta en Pekín con ese precio.

Anuncio de liposucción
Las clases medias chinas también están demandando “distinción” en el doble sentido de la palabra, convertirse en personas distinguidas y en personas diferentes. Para bolsillos más modestos, Occidente ofrece toda una gama de productos con los que es posible entrar en la moda. Aquí, lejos de la distinción absoluta, que es la que ofrece la obra de arte única, como ya señaló Walter Benjamin, entramos en el mundo sin aura, pero con un sistema de reconocimiento que hace aproximarse a Occidente a través de las modas compartidas. Son las clases medias altas chinas las que están salvando la producción de las empresas de objetos —complementos, por ejemplo— de lujo o semilujo. Mientras nosotros reciclamos el baúl, ellos se lanzan a la adquisición de novedades, porque el el baúl está el apolillado "traje-mao". Y a eso no hay vintage que lo recicle.
Aunque el sistema de la moda vende igualdad como diferencia, los efectos sobre la sociedad china son tan evidentes que el gobierno ha empezado a tomar medidas para el control de los anuncios. Mientras China invade Occidente con sus productos, nosotros les invadimos a ellos con nuestras vallas publicitarias. La diferencia es importante porque los efectos son radicalmente distintos. Mientras que nosotros consumimos, a ellos les entran las ganas de consumir. Esa es la diferencia esencial entre el objeto y su anuncio. El objeto satisface; su representación publicitaria hace desear.

Los anuncios son eficaces solo con verlos y eso es gratis. Esto está suscitando deseos —esa es la función del anuncio— en la población que el gobierno chino ve cada vez más difícil de controlar, por lo que están empezando a imponer sanciones a aquellos que exaltan demasiado el consumismo, ya sea gráfica o verbalmente a través de la publicidad. 
La gigantesca China fue la primera inventora del “muro” como forma de aislamiento físico, pero también mental. El muro, además de evitar que se entre o salga, evita que se vea lo que hay al otro lado. Junto a los chinos que viajan y regresan con una mentalidad distinta, está el efecto de los anuncios que son la forma de saltarse la muralla aislante. El anuncio es solo una promesa de existencia de algo, de algo que podrías conseguir. Eso ya es por sí mismo revolucionario porque despierta el deseo de tener algo que no se tiene.
Los ricos-ricos chinos usan el arte para invertir y lucir. Las clases medias usan la moda para alejarse del pasado igualitario a la vez que se identifican como grupos. Habrá que saber que se les pasa por la mente a los operarios de las fábricas, cuyos salarios bajos son la garantía de la potencia productora china. Hace bien el gobierno chino en temer a los anuncios. Las noticias señalaban hace casi un año que “si bien el costo de la mano de obra en China continúa ubicándose muy por debajo de la del resto del mundo, se observa un fuerte crecimiento del salario real de los trabajadores de este país que impulsa los costos hacia arriba y presiona a los precios”**. La tendencia al crecimiento de los salarios, como era lógico esperar, ha continuado. En términos psicosociales, esto quiere decir se empieza a querer con fuerza lo que no se tiene. Quieren que su salario vaya creciendo para poder tener, no ya el Picasso en casa, como sus jefes, sino un poquito de lo que los anuncios les muestran en el metro o en el autobús mientras va a su duro trabajo.

* “China’s New Cultural Revolution: A Surge in Art Collecting” The New York Times http://www.nytimes.com/2011/09/07/arts/chinese-art-collectors-prove-to-be-a-new-market-force.html?_r=1&hp

**  “El salario promedio de los chinos es de $ US 4.800 al año” Taringa http://www.taringa.net/posts/economia-negocios/7047096/El-salario-promedio-de-los-chinos-es-de-US_-4_800-al-ano.html


martes, 6 de septiembre de 2011

Las controversias electorales en Egipto

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Crecen las suspicacias sobre la intencionalidad de las nuevas normas electorales en Egipto. Los expertos en elecciones ven con preocupación el sentido de las novedades y reformas que se están realizando. El temor es que el sentido de los cambios sea un apoyo técnico que favorezca a los partidos integristas y en concreto a los Hermanos Musulmanes, la única gran fuerza organizada en cuanto a recursos humanos y financieros. La debilidad de los incipientes partidos laicos egipcios hace que los cambios en la situación política sean contemplados con preocupación por muchos que consideran que el próximo encuentro electoral será decisivo para el desarrollo del futuro político de Egipto por tener carácter constitucional. En las próximas elecciones se establecerán las reglas del juego.
Cobra fuerza la idea del beneficio a los grupos integristas a través del diseño electoral territorial. Los recelos de los expertos en políticas electorales y en la situación egipcia* manifiestan esta preocupación tras conocer la reducción del número de distritos electorales y, como consecuencia, el aumento de su tamaño. El régimen corrupto de Mubarak había ido desmantelando a través de reformas el anterior modelo de Sadat, que trató de dibujar un mapa político más variado, para dar todo el poder al partido gubernamental. Se produjo un aumento del peso de la violencia al pie de urna, en las calles misma, por el peso del matonismo existente y consentido como forma de presión sobre los candidatos no adeptos al régimen o sobre sus partidarios. Era frecuente que se presentaran como “independientes” candidatos del partido oficial que después se reintegraban a la disciplina del partido, dando así la apariencia de una inexistente pluralidad. Los muertos en las elecciones —en alguna ocasión hasta 400— dada la violencia existente en cada elección ha sido una constante en las anteriores elecciones manipuladas en Egipto. Tras décadas de corrupción, la manipulación electoral es una práctica constante y bien entrenada socialmente.


Esta tradición electoral negativa de manipulaciones y violencia va aumentando los temores entre los nuevos y no tan nuevos partidos que no estaban dentro del grupo formado por los oficialistas de Mubarak o en la bien organizada Hermandad Musulmana. La sospecha de que se esté beneficiando a los mejor organizados crece. El papel de la Junta Militar en el diseño de las elecciones se cuestiona cada vez más. Pudiera ser que al descompensarse el equilibrio interno en las Fuerzas Armadas por la caída de los partidarios de Mubarak, hayan aumentado los apoyos tras el telón a los partidos confesionales. La idea de que los militares —sector cuyo cuestionamiento social crece día a día— vean más factible y se sientan más seguros con un régimen que les respete más, con lo que quedarían protegidos de posibles depuraciones y exigencias futuras, en un modelo extraño que podría ser una imitación del turco. Cuando muchos hablan de la inspiración turca de los países islámicos, se olvidan de que lo que define realmente al régimen turco es la tensión entre un gobierno islámico moderado y un ejército de tradición laica y golpista cuando considera que se produce una desviación político-religiosa. El Ejército tiene un pulso constante con el Ejecutivo. Recordemos el conflicto producido a finales de julio entre el Ejército turco y el gobierno por la exclusión de oficiales golpistas de la política de promoción en el escalafón. La cúpula del Estado Mayor del Ejército turco dimitió como protesta por la limitación en los ascensos de los cientos de militares encarcelados por su participación en conspiraciones. Esto también es el “modelo turco”.


En el caso de Egipto, los cambios en el diseño de los distritos electorales han vuelto a levantar las suspicacias y las acusaciones contra el beneficio que todo ello causa para que la próxima asamblea constituyente tenga presencia mayoritaria de representantes islamistas.
La reducción del número de los distritos electorales ha hecho aumentar, lógicamente su tamaño, lo que los convierte en macro unidades heterogéneas, con más tendencia al conflicto, ya que los representantes tendrán votantes con intereses contrapuestos. En un post anterior [ver entrada; Cómo construir una democracia próxima: dibujando los límites] tuvimos ocasión de analizar, con el ejemplo del Estado de California, cómo el diseño de los distritos electorales es uno de los elementos clave de una buena democracia y la importancia que se le daba  a esta cuestión de las circunscripciones, es decir, que pudieran ser homogéneas para que así pudieran elegirse candidatos con programas electorales claros respecto a la problemática de cada distrito. En Egipto se está haciendo justo lo contrario.

Con el aumento del tamaño de las circunscripciones, los candidatos no pueden recorrer todos los distritos y dar a conocer sus programas. Esto beneficia a los que tienen más dinero y pueden utilizar más y mejores medios. Quienes disponen de grandes cantidades de dinero y apoyo exterior casi ilimitado son los partidos integristas. En primer lugar, tras casi noventa años desde su creación, la Hermandad tiene creado un entramado económico muy importante que le sirve de soporte económico y estructura de acción. Después están los apoyos de particulares interesados en el triunfo constituyente para que la constitución refleje las ideas de la Hermandad, que pueden presentarse como el deber del “buen musulmán”. Con el lema “La solución es el Islam”, la Hermandad ha abogado siempre por la mayor proximidad a la sharía como estructura religiosa subyacente de la vida política. El dinero negro llegaría de países que apoyan esa orientación para ayudar a los hermanos a sacar adelante sus posiciones. No es la primera vez y fluye de forma constante. En un país con una tradición permanente de compra de votos y voluntades, el dinero es más importante.

Con el aumento del tamaño de las circunscripciones, señalan los críticos de la medida, triunfa la idea sobre el programa y sobre el candidato. Esto también beneficia a la Hermandad porque es la única que tiene una imagen de marca consolidada en el panorama político. Se beneficia así al conocido frente al desconocido y se privilegian programas muy genéricos que redunden en una imagen común. Todo apunta, igualmente, a la Hermandad como la más favorecida por los cambios.
Son muchas las cuestiones que quedan sobre la mesa en el desarrollo de la democracia en Egipto. La idea misma de “democracia” será sometida a redefinición. Se acepta que los países más integristas apoyen económicamente (y de cualquier otra forma) a los partidos islamistas porque se entiende que todos forman parte de una “gran familia”. Sin embargo, esa familia “religiosa” no admite que los que defienden la causa de otro modelo de democracia sean vistos como "familia", por decirlo así.
Comenté desde el principio de los cambios con mis amigos egipcios la necesidad de que, como se hizo con la transición española, los partidos democráticos internacionales manifestaran sus apoyos públicamente a los nuevos partidos egipcios haciendo ver que se sumaban a las corrientes de la vida política e institucional internacional. Sin embargo, esto no se ha dado en ningún momento. Evidentemente no se trata de injerencia, sino del apoyo internacional, de hacer ver al pueblo egipcio que se les considera dentro de la comunidad de los países democráticos. La cuestión es saber “dentro de qué comunidad” se sienten inmersos, por decirlo así, las dimensiones mentales de su escenario internacional. Y también, la puesta a prueba del compromiso internacional más allá del dinero. Hay veces en que el apoyo no es dar dinero, sino mostrar abiertamente el deseo de acoger en la comunidad.


Me parece muy bien que vayan los hombres de negocios. Pero me parecería mejor que intelectuales, artistas, poetas —personas del pensamiento y el sentimiento— se acercara a los países que tratan de adentrarse en las libertades democráticas para hacerles ver que están con ellos, compartiendo sus anhelos y deseos democráticos. La salida de un país de una dictadura debería ser una fiesta para todos los que disfrutan de sus propias democracias como algo más que algo que te encuentras al nacer.
Creo que seguimos incurriendo en el mismo error de siempre: pensar que todo acto de generosidad pasa por el bolsillo. Existen muchas formas de demostrar la solidaridad y la confianza. Lo esencial es el diálogo, forma de demostrar que se comparten ideas y deseos de un caminar común. Continuamos con nuestras distorsiones, lo que hace que ellos sigan con las suyas. Egipto es muy importante en el panorama internacional para todos y lo que ocurra allí, además de ser importante para ellos, también lo es para nosotros.

* "New law on Egypt's electoral constituencies favors Islamists" Al-Masry Al-Youm 24/08/2010 http://www.almasryalyoum.com/en/node/492417

La crispación en un mitin en elecciones anteriores tras los incidentes producidos


lunes, 5 de septiembre de 2011

El melón constitucional

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
En los ensayos de Bertrand Russell que comentamos en el post anterior del blog el filósofo británico define la política como el arte de conseguir que los demás hagan lo que tú quieres que hagan, pero pareciendo que son ellos quienes te lo piden. Esto sitúa en una posición políticamente extraña a nuestro gobierno porque ha conseguido exactamente lo contrario: que los dos partidos mayoritarios hagan algo pareciendo que no lo quiere nadie. Es sorprendente la capacidad conjunta que tienen gobierno y oposición de enfadar a la gente y la variedad de motivos con los que lo consiguen. Han logrado que se tenga la sensación de que no existe gobierno (esto no ha sido difícil) y que todo es oposición. Como siga esto así, tendrán que acampar ellos en la Puerta del Sol.
Pero todo esto es algo más que lo que se dice en la calle. El editorialista del diario El País llegaba a la conclusión hace un par de días que tras haberse roto el cántaro, ahora hay que pegarlo y que lo más probable es que el agua se salga por las grietas producidas. Se pregunta si habrá valido la pena tanto ruido para tan pocas nueces. Tantos años sin consenso y ¡para una vez que se les ocurre ponerse de acuerdo es casi peor!

Han consagrado en la Constitución española la deuda por la misma vía con la que proclaman los candidatos a la presidencia o hacen "congresos", es decir, la fulminante y despachera. Las personas que cuentan hasta cien antes de hacer algo, que lo someten a debate y reflexión, individual y colectiva, se preguntan todavía a dónde lleva un principio que, dicen, se aplicará dentro de 10 años, tiempo más que suficiente para que haya dos o tres crisis, al ritmo que vamos, o para que se haya acabado el mundo incluso, puesto a ser catastrofistas. Pero mucho me temo que va a haber mucho entrenamiento antes de los diez años, que el melón constitucional no va a ser al único al que se le clave el cuchillo. Hay mucho melón en el horizonte próximo.
Lo que se ha conseguido con esto es declarar inconstitucional una posibilidad económica, explicada en los libros, que este mismo gobierno —y otros— ha aplicado hasta hace bien poquito. Es como si el que no quisiera olvidarse de un número de teléfono, en vez de apuntárselo en un papel, se lo tatuara. Si el objetivo es no sobrepasar un tope, se reúnen ambos partidos y se comprometen a no hacerlo. Más que suficiente. Insisto: ¿qué necesidad hay de llevar esto a la Constitución? ¿Por qué abrir este melón si no se va a comer hasta dentro de diez años, cuando a lo mejor no hace ni falta plantearlo porque la situación es otra?


¿Puede ser que, incapaces de llegar a otro tipo de acuerdo realmente importante hayan querido los dos jugar a zorros viejos y piensen que, como en el Lazarillo, el uno engaña al otro? ¿Puede ser que el PP, dando por segura su victoria electoral próxima, haya pensado que lo mejor es comprometer al PSOE y así piensa que no le recriminarán los ajustes o recortes que tenga que hacer? ¿Y que el PSOE trate de restar mérito a los ajustes exigidos si estos funcionan en el futuro señalando que fue iniciativa suya desde el gobierno?
A España, como a cualquiera, se le ha pedido que controle su descontrol, no que modifique su Constitución sin consenso, sin explicación y haciendo ver a los ciudadanos que la Constitución de todos es cosa de ellos. Por el método empleado, es probable que mucha gente se ponga en contra de una medida que a lo mejor conseguía más simpatía gestionada de otra forma.

Nuestro problema, una vez más, no es la deuda en sí, sino no tener la capacidad productiva suficiente como para poder generar lo suficiente para pagarla. Cuando uno tiene que pagar algo: trabaja más o recorta gastos. Se ha elegido la segunda vía porque es más fácil que tratar de producir más con cinco millones de parados. Si crecemos, la deuda no es más problema. El problema es que no crecemos y eso hace aumentar también el gasto social, porque al perro flaco, ya se sabe, todo son pulgas.
Sigo pensando que todo esté numerito de circo constitucional no es otra cosa que tratar de controlar a las Autonomías disparadas en la deuda, Cataluña especialmente. Ponerlo en la Constitución es una forma de abandonar el chantaje permanente al que tiene sometidos a los gobiernos centrales cada vez que hay una negociación. Esta vez la negociación no se ha hecho con los nacionalista, como se hace habitualmente,, sino los dos partidos mayoritarios. La ausencia de mayorías absolutas en España se paga muy cara. Los “socios” periféricos cobran una buena comisión por cada pacto que han de realizar. Me convence de la hipótesis planteada el enfado monumental de los nacionalistas vascos y catalanes, con su rosario de amenazas más allá de habitual. Dicho enfado testimonia que, aunque no lo digan expresamente, se les ha dejado fuera de cualquier componenda y sin comisiones que aplicar porque nadie les debe ya el precio del apoyo.

¿Habrá pensado alguno —Zapatero o Rajoy o alguien cercano a cualquiera de ellos— que se ponen los dos de acuerdo ahora y lo incorporan a la Constitución, mañana ninguno de los dos por separado puede echarse para atrás por carecer de fuerza por separado? ¿Es un pacto entre personas convencidas de no ser caballeros ni hoy, ni en el futuro?
Esperemos que todos estos cálculos no afecten a la estima que los españoles le tenemos a la Constitución y, sobre todo, al papel de garante que tiene para la buena convivencia del conjunto de los españoles.
Los melones, una vez abiertos, no duran tanto y hay que meterlos en la nevera, enfriarlos para que no se estropeen. Y esta vez, entre todos, han preparado un otoño caliente.


domingo, 4 de septiembre de 2011

Un libro: Ensayos escépticos, de Bertrand Russell

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
En la película de Martin Scorsese Taxi Driver (1976), después de que su compañero ‘Wizard’ haga un razonamiento sobre cómo acabamos convertidos en lo que hacemos, Travis Bickle (Robert De Niro) le dice: «Es la mayor tontería que he escuchado en mucho tiempo». Wizard le contesta: «No es de Bertrand Russell, pero ¿qué quieres? Soy taxista.»
Bertrand Russell murió en 1970, cuando probablemente Paul Schrader tenía en mente o ya estaba redactando el guión de la película y convierte la figura de Russell en el prototipo del filósofo contrario al pensador callejero representado por el personaje de Wizard. Russell, en el otro extremo, era el filósofo lógico, refinado y aristocrático, uno de los más populares del siglo XX, mientras que el mundo que nos muestra la película de Scorsese es el reverso del mundo de Russell, su negativo.  La racionalidad representada por el filósofo inglés está en las antípodas del mundo alucinado que refleja el guión de Schrader, un filósofo del cine obsesionado con la pureza y la inocencia en un mundo en descomposición.
En el último de los ensayos contenidos en esta obra, Ensayos escépticos*, escritos en los años 20, y titulado “Algunas consideraciones, no todas optimistas”, Bertrand Russell escribió:

Hasta ahora, el ataque y la defensa han sido exclusivamente lo único serio en la vida. Nosotros nos defendemos contra la miseria; nuestros hijos, contra un mundo indiferente […] (284)

Creo que no es mal prólogo la contemplación previa de Taxi Driver para comprender el alcance de la obra de Russell, las preocupaciones de un hombre que proviene de un mundo en el que ya se siente incómodo, un hombre de otra época ya en su propio tiempo. Como Keynes, con el que compartió espacios e influencias, formó parte de un grupo de personas, selectas en su formación, con un elevado concepto de sí mismo. Russell perteneció a un grupo de espíritus culturalmente refinados cuya tarea fue someter a revisión crítica cualquier elemento que fuese aceptado por la sociedad o incluso por él mismo. Esa es la base de su escepticismo: el cuestionamiento de cualquier elemento dado por cierto. En “Sueños y realidades” escribe:

Poco a poco, los contactos con otros seres humanos desbaratan prácticamente todos los mitos, salvo los de quienes alcanzan éxito en la vida. Los hermanos disipan la vanidad, los compañeros de la escuela deshacen el engreimiento familiar, la política difumina la pretensión de clase, y las derrotas bélicas o comerciales moderan el orgullo nacional. (43)

Wizard (Peter Boyle)  y Travis Bickle (R. De Niro) en Taxi driver (1976)
Este proceso de desmitificación en el que el fracaso actúa como correctivo ante las presunciones y pretensiones de la vida es la condición esencial de la existencia, un desengaño progresivo. Solo el que se impone puede mantener su creencia ilusoria en la validad del mito que le ampara. Mientras un pueblo no sea derrotado, por ejemplo, podrá mantener los mitos que desee sobre su superioridad, podrá creer en el favor de los dioses y ese engaño le permitirá mantener su Olimpo en activo. Será la derrota la que no solo arrastre al pueblo sino a sus dioses en la medida en que se comprueban ineficaces ante los agresores. Eso, nos dice Russel, ocurre en todos los niveles, los individuales, los familiares o los sociales. El ser humano es un fabricante de mitos, un aceptador acrítico de creencias al que solo la realidad hace bajar de su pedestal engañoso.
Pero esta dura enseñanza de la vida, su escuela cruel de realismo desmitificador, se puede y se debe institucionalizar a través de la Ciencia, auténtica correctora de los mitos y creencias irracionales. La Ciencia nos ayuda a limitar los efectos de los mitos y también de las racionalizaciones, aquellas construcciones sobre las que se levantan las creencias para parecer razonables y mantenerse en el tiempo.

El escepticismo es la forma de pensamiento que trata de curarse de estos males a sabiendas que de nunca sanará del todo, pues está en la naturaleza humana el fabular sobre sí y sobre el mundo. Por eso, señala Russell citando a Shakespeare, el problema que se plantea el ser humano es cómo separar al “poeta” y al “amante” del “lunático”, en alusión al Sueño de una noche de verano. El poeta y el amante también son fabuladores que mantienen en sus engaños el aspecto necesario del sentimiento. El problema lo plantea el lunático, cuyas fabulaciones llevan al desastre. Eliminar la Poesía (todo Arte, por extensión) y el Amor junto al lunático, sería reducirnos a máquinas y quitar todo aliciente a la vida. Las máquinas, dice Russell, han supuesto un avance en nuestras vidas, en un cierto sentido, pero carecen de los dos aspectos necesarios para la existencia humana, espontaneidad y variedad (97).
La vinculación del éxito con la perdurabilidad de los mitos, nos lleva a una cuestión permanente en el pensamiento de Russell: la relación con el poder y la dominación. Desde la perspectiva señalada, si los mitos que perduran representan el éxito, significa que los primeros interesados en que esos mitos se mantengan son los que los utilizan para justificar su poder y la dominación sobre los otros cuyos mitos se han visto derribados. Los poderosos se encaraman sobre los lomos de sus mitos triunfantes.

B. Russell encabezando una protesta pacifista con motivo del aniversario del bombardeo de Hiroshima
Este vínculo entre “mito”, “creencia”, “prejuicio”, etc. y el poder convierte al intelectual escéptico en una piedra en el zapato social. Nos dice Russell que la sociedad —cualquier sociedad— admite antes cualquier creencia absurda que a alguien que se confiesa sin ninguna. Lo que no se permite a nadie es no estar sujeto a algún mito porque, aunque sean contrapuestos o enemigos, el auténtico enemigo, el verdaderamente subversivo, es la ausencia de creencias. Alguien al que no se le puede manipular desde alguna creencia es demasiado libre como para ser aceptado. Esta idea es esencial en el pensamiento de Russel, y se reparte de forma directa o indirecta a lo largo de los ensayos: la sociedad no admite, o considera peligroso, a aquel que no cree, porque la creencia es la que establece los yugos y vínculos sociales. Russell se remite a unos ejemplos tomados de su propia vida:

Mi padre era un librepensador, pero cuando falleció yo apenas había cumplido los tres años de edad. Deseoso de que se me educara sin superstición, había nombrado como tutores míos a dos librepensadores. Sin embargo, los tribunales contravinieron su voluntad y dictaminaron que se me educara en la fe cristiana. Me temo que el resultado fue decepcionante, pero en eso no tuvo culpa alguna la ley. De haber estipulado mi padre que se me instruyera en otra confesión, pongamos la de los cristadelfianos, la de los seguidores de Lodowicke Muggleton o la de los adventistas del Séptimo Día, a los tribunales ni se les habría pasado por la cabeza poner ni la más mínima objeción. Al morir, un padre tiene derecho a ordenar que a sus hijos se les inicie en cualquier superstición imaginable, pero carece en cambio de la potestad de manifestar que, en la medida de lo posible, se les mantenga apartados de la superstición misma. (“El librepensamiento y la propaganda oficial” 169)

Esta idea de la peligrosidad de carecer, en la medida de lo posible, del condicionamiento que suponen las creencias inculcadas en cualquiera de sus variantes, no afectan solo a lo religioso. Ocurre igual con la moral convencional o las costumbres. Ni la propia Ciencia, el arma más poderosa contra la creencia localmente triunfante, escapa al poder de las creencias. Quizá sea este aspecto omnipresente de la creencia, es decir, la incapacidad de escapar plenamente de ellas, lo que permita considerar a Bertrand Russell con una conexión mayor con nuestro pensamiento. Escribe: “tenemos que ser escépticos aun de nuestro escepticismo” (“La necesidad del escepticismo político” 162). De la misma manera que no se debería perder el sentimiento o la ficción del Arte, el escepticismo no tiene por objeto acabar con el problema del conocimiento, sino convivir con él, ya que el problema en sí es irresoluble: somos seres limitados.
Esta conciencia de los límites de lo humano hace de Russell un “racionalista” en un sentido particular y alejado de las formas idealistas y racionalistas continentales, a las que se opuso. La base de la racionalidad, la guía de la acción, es esencialmente pragmática. Señala Russell:

En una comunidad bien ordenada es muy precario para el interés de uno hacer algo muy perjudicial para todos. Mientras más irracional es uno, menos percibirá que, lo que es perjudicial para los otros, también lo es para él, porque el odio o la envidia le ciegan. Así pues, aunque no pretendo que el egoísmo inteligente es la más alta moralidad, creo que si se generalizase, haría al mundo infinitamente mejor de lo que es.
La racionalidad, de hecho, puede definirse como el hábito de recordar todos nuestros principales deseos y no solo aquel que domina de momento. […] Creo que todo verdadero progreso del mundo consiste en un aumento de racionalidad práctica y teórica. […] Una persona es racional en la medida en que la inteligencia informa y regula sus deseos. Creo que el gobierno de nuestros actos por la inteligencia es, en último término, lo más importante y lo único que hará posible la vida social a medida que la ciencia aumenta nuestro poder destructivo para con los demás (“¿Puede el hombre ser racional?” 66)

La solución final a la pregunta que Russel se hace —y da título al ensayo— carece de intencionalidad esencialista y sí, en cambio, la tiene pragmática y social. La pregunta no es “si el hombre es racional”, sino “si el hombre puede ser más racional”. Es cuestión de grado. La respuesta tiene dos niveles que son descritos por el autor. El primero es individual, en el que ser humano se plantea el problema de la racionalidad como la capacidad de tener presentes sus deseos ("informados por la razón", nos dice) sin que ninguno le haga olvidar los otros, es decir, que ninguno le domine. Después, la racionalidad es cuestión social ya que, como señala, el poder de la ciencia es cada vez más destructivo y los hombres pueden aniquilarse si no logran resolver de forma pacífica y conveniente sus disputas, es decir, su deseo de poder sobre los otros.


Para lograr que los seres humanos logren vencer sus propias tendencias, nos dice Russell, la educación debe dejar de jugar el papel adoctrinador, fomentador de irracionalidad, es decir, dejar de hacer que los hombres actúen irracionalmente contra sus propios intereses a favor de los intereses triunfantes de los que les dominan. Escribe Russell:

La educación ha de tener dos objetivos: en primer lugar, ofrecer un conocimiento definido, el de la lectura y la escritura, la lengua y las matemáticas, etc.; y en segundo lugar, crear los hábitos mentales que facultan a las personas para adquirir conocimiento y formarse ideas sensatas por sí mismos: podríamos dar al primero de esos logros el nombre de información, y al segundo el de inteligencia. […] Pero la utilidad de la inteligencia solo se admite en el ámbito de la teoría, no en el de la práctica: no se desea que la gente ordinaria sea capaz de velar por sí misma, ya que se tiene la percepción de que la gente que piensa por sí misma resulta más difícil de manejar, siendo además fuente de dificultades para la administración. Únicamente los guardianes, por utilizar la terminología platónica, han de pensar; el resto ha de obedecer, o seguir a sus líderes como un rebaño de ovejas (“El librepensamiento y la propaganda oficial” 180-181).

La anécdota contada por Russell sobre su educación marca su visión del mundo y su comportamiento. La vida es una lucha, podemos decir, por hacerse con el control de nuestras inteligencias para torcer nuestra racionalidad y hacer que veamos como racional lo que no lo es. El pacifismo de Russell, por ejemplo, es percibido entonces como el intento de vencer la manipulación de los poderosos (los que tienen éxito y convierte sus creencias en normalidad, diríamos) para que vayas al campo de batalla contento creyendo defender a tu país (Russell se define como "internacionalista") cuando lo que estás defendiendo son los intereses de los que te oprimen, que se han encargado de inculcarte mediante un sistema educativo que es irracional en el sentido de inculcar “creencias” y no enseñar cómo librarse de ellas. De ahí que Russell señale el poco interés del sistema educativo en ir más allá de la “información” y hacer que los individuos sean autónomos. Lo mismo ocurre con la moral o con cualquier otro aspecto social. La socialización es control.
Los ensayos de Bertrand Russell siguen resultando interesantes en muchos aspectos y una lectura recomendable también por diversos motivos. Nosotros nos acercamos a Russel atravesando los filtros fangosos de la Posmodernidad, con un Psicoanálisis devaluado y en plena Globalización.
Un Russell a través de la Posmodernidad resulta interesante en su concepto de “creencias” como el vínculo de lo individual y lo social. Resulta hoy, en cambio, ingenuo en el valor que le concede al Psicoanálisis como herramienta para eliminar la irracionalidad. La terapia se nos muestra hoy como un tipo específico de creencia. Para Russell, en cambio, era un aumento de la racionalidad en la medida en que obligaba al paciente a enfrentarse a su propia irracionalidad represora a través de la palabra catártica. Por último, las ideas vinculadas a un futuro Gobierno Mundial para gestionar la complejidad de un mundo industrial, como forma de evitar choques destructivos ante el aumento del poderío militar por los avances científicos, queda hoy relativizadas, aunque incluyen algunas reflexiones interesantes en el campo de las relaciones internacionales sobre el papel futuro de las instituciones y la necesidad de llegar a acuerdos. Las reflexiones sobre, por ejemplo, la entrega de los hijos al estado, etc. son típicas cuestiones del pensamiento especulativo socialista sobre el futuro de la sociedad. No dejan de ser interesantes cuando se plantean como recordatorio de los 80 o 90 años que nos separan del momento de la escritura.

Sigue siendo válida su reflexión sobre la autonomía del individuo y la necesidad de alcanzar una independencia que le permita alejarse de las manipulaciones que tratan de dirigir sus actuaciones, ideas y sentimientos. Escribe Russell:

La democracia, según la conciben los políticos, es una forma de gobierno, es decir, un método para logar que la gente haga lo que sus dirigentes desean que haga sin dejar en ningún momento de tener la impresión de no estar realizando sino sus propios deseos (“Libertad frente a autoridad en materia educativa” 113).

La crítica al funcionamiento de políticos y partidos es una constante a través del análisis de esa primera motivación del conjunto de sus acciones: convencer a otros de la validez de sus propias creencias.
No creía que pudiéramos alcanzar grande metas con el equipaje de que disponemos, pero sí creía que se podía avanzar mucho liberando al ser humano de los condicionamientos que le rodean permanentemente. La política, la educación, cualquier actividad humana, son positivas si ayudan al hombre a emanciparse y a buscar su propia felicidad en compañía de otros. El camino para ello es aligerar su equipaje de lo negativo.
Russell fue un refinado pensador, desarrollador de una filosofía analítica, con fundamentos matemáticos y lógicos, Pero junto a esta faceta especializada, profesional de la filosofía, se encuentra también el polemista brillante, el autor de panfletos pacifistas o agnósticos, el libre pensador deseoso de extender el mensaje de la Ciencia y de la Razón. Russell fue Premio Nobel de Literatura.

* Bertrand Russell (2011): Ensayos escépticos. RBA, Barcelona. 285 pp. ISBN: 978-84-9006-042-1. Trad. de Miguel Pereyra, Tomás Fernández Aúz y Beatriz Eguibar.