Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Leía
hace unos días que la Ciencia trabaja con la simplificación para poder resolver
problemas, que ante la complejidad real del mundo hay que responder con modelos
simplificados que se aproximen a la realidad lo más posible, que hay que
intentar explicaciones "simplificadas" estableciendo parcelas que se
puedan explicar lo suficiente. Frente a esto, la realidad sobresale por los
bordes, por decirlo así, ante la presión simplificadora.
Acotar
los problemas y tratar de simplificarlos para poder explicar fenómenos es el
comportamiento científico. Eso funciona en algunas ciencias, claro. Por ello
hubo que definir esas otras complejidades que surgen cuando no tratamos con lo
regular, sino con lo variado y lo interconectado, con los efectos imprevisibles
que no quedan en los laterales, sino que conforman el centro de lo que sucede.
En
varias ocasiones hemos señalado aquí que no es fácil encontrar explicaciones
simples a lo que forma parte de las decisiones humanas y no de las
regularidades de la naturaleza. Lo que hacemos en el ámbito de lo
socio-cultural no es regular sino imprevisible en muchas de las consecuencias
que provoca. La experiencia que acumulamos no es "ciencia", sino algo
que usamos con márgenes muy diversos debido a la variabilidad de todo lo
humano. Nada es igual, quizá solo algo parecido.
¿Cómo
llegar a tomar decisiones en un mundo donde nada tiene realmente límites y todo
está interconectado? Nuestras fronteras de saberes, nuestras fronteras reales
son solo parcelamientos artificiales que no sirven para contener la expansión
de los problemas, los virus, los acontecimientos. Las crisis que tenemos hoy
abiertas no son controlables porque un hecho es un punto de partida, pero sus
efectos se expanden incontrolables por un mundo globalizado.
A los hechos
realizados por los humanos, nos encontramos hoy con respuestas de la propia
naturaleza que nos devuelve lo que le hacemos con diversos tipos de respuestas.
Por mucho que se nieguen los efectos del "calentamiento global", lo
cierto es que está ahí, provocando múltiples incidencias que van desde la
muerte de esas personas por un desprendimiento de un glaciar ´que nos cuentan
hoy a la sequía que nos apuntan en España debida a la falta de lluvia y los
bajos niveles de nuestros embalses.
La
guerra de Ucrania crea una crisis alimentaria, con una enorme hambruna en
África que se convierte en migración que crea crisis en las fronteras y en los
interiores, que se traducen a su vez en movimientos de solidaridad y también de
populismos xenófobos. La guerra, el calentamiento, los conflictos locales, las
crisis económicas, el hambre, etc. acaban determinando la situación en todo el
tablero humano.
Un
mundo globalizado ha hecho que nuestros intereses se diversifiquen por todo el
planeta y una huelga de personal de cabina de una compañía aérea puede crear el
caos, como meses antes un puñado de transportistas en huelga incidieron sobre
todas nuestras actividades económicas.
Todo
está conectado. Hemos ido tejiendo una telaraña tan extensa que es difícil que cualquier
movimiento no siembre un flujo de consecuencias que rebotan como bolas en una
mesa de billar. Podemos prever algunas, pero la gran mayoría se nos escapan.
Todo esto lleva a una prudencia necesaria que casi nunca se tiene en cuenta y,
a posteriori, una inmensa capacidad de análisis, la necesidad de saber hasta
dónde llegan los círculos concéntricos de los efectos incontrolados.
La
prudencia escasea cada vez más en un mundo de decisiones efectistas y resultado
trágicos. El análisis se lo estamos dejando a las máquinas para que traten de
mostrarnos en modelos hasta dónde podemos llegar en la realidad. Pero en
ocasiones es al contrario: dejamos las decisiones complejas a las máquinas, a
las que hemos dotado de Inteligencia artificial, para que tomen decisiones por
nosotros, lo que nos vale de la compleja economía a la evaluación del
diagnóstico clínico.
Hay que
insistir en la prudencia, lo único que está en nuestras manos, aunque se pierda
en instantes. Unas imprudentes palabras dichas por un ministro locuaz, una
decisión tomada en un consejo de ministros, dar atención médica clandestina a
un líder independentista, etc. son algunas de las pequeñas cosas que han tenido
en la política española y en la vida española, porque sus efectos van más allá
de lo que recogen los noticiarios. Son decisiones que se acaban trasladando a
la vida de las gentes.
En
todas partes ocurre, sí. Pero la prudencia hace que intentemos ser conscientes
de lo que hacemos y, sobre todo, de lo que puede causar. No necesitamos conocer
todos los efectos, que es algo imposible; pero sí podemos imaginar escenarios
en los que veamos algunos efectos.
Un
accidente de carretera por la imprudencia de dos conductores que hacen carreras
causa muertos ajenos cuyas familias verán cambiados sus rumbos para siempre. Un
turista fallece en un tiroteo en una sala de fiestas en la que disfrutaba de su
tiempo ganado al trabajo; soñaba con hacer ese viaje. Son pequeñas cosas que
cambian vidas. Las familias planifican sus actividades según los costes de la electricidad a lo largo del día y establecen cuándo poner una lavadora.
Desde
una perspectiva mayor, esos cambios afectan a las sociedades en su conjunto
cambiando las vidas de todos. Esa presión nos resulta agotadora porque todo cambia, desde la elección del postre a la de las horas de trabajo.
Estamos
ante un tiempo en donde el grado de control sobre los acontecimientos ha
variado mucho. Una pandemia, una guerra, una crisis económica, una crisis
alimentaria, una crisis migratoria, una crisis energética... Son solo algunas de las facetas que se
ven involucradas dentro de la complejidad. Todas ellas actúan sobre nosotros.
Nada nos es ajeno, lo queramos o no. Todo llega traducido a nuestros lenguajes,
en forma de necesidades, de límites, de cambios.
Podemos simplificar nuestras explicaciones, pero no reduciremos la complejidad de nuestros problemas, la forma en que se conectan unos con otros y nos acaban afectando. La prudencia es necesaria, imprescindible, aunque no basta.
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