domingo, 14 de febrero de 2021

Más allá de los votos

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)



Hay muchas formas de subvertir la democracia. El Partido Republicano acaba de crear un modelo histórico, tanto por su sentido como por las consecuencias que puede tener para el futuro. Si el barón de Munchhausen se salvó rescatándose él mismo tirando de su pelo, los republicanos se han hundido tirando de sus propios pies. Es un acto político implosivo, concentrándose en un punto: su propia naturaleza. Desde ayer se confirmó que el Republicano ya no es un partido democrático, sino la simple cobertura de delitos de enorme envergadura para la democracia construida en más de dos siglos. Estados Unidos ha dejado de ser una referencia democrática. Es un golpe más a sus propios cimientos.

Los senadores republicanos perdieron la votación 57 a 43, pero no se logró la mayoría de dos tercios necesaria para la condena. Los titulares hablan de "absolución", lo cual es bastante pretencioso ya que nadie puede absolver a Trump de lo que todo el mundo sabe que hizo porque lo vio, sin ningún tipo de duda. Ni los republicanos tienen duda. Trump está condenado ya por la Historia, al igual que el Partido Republicano, autoconvertido en un apéndice cobarde de un multimillonario sin escrúpulos que logró convertirse en presidente pese a sacar dos millones y medio de votos menos que su rival. El colegio electoral le colocó en la presidencia. Ha sido necesaria toda una movilización social para sacarlo de la presidencia. Para evitar que lo hiciera, Trump recurrió a todo tipo de estratagemas, amenazas y mentiras contra personas e instituciones. El Partido Republicano acaba de brindarle una salida, una nota vergonzosa a pie de página en el libro de la Historia.

Nadie puede absolver a Trump, pero sí hundirse con él. Si algunas de las causas que se esperan contra él prosperan, la condena será extensiva a los republicanos que han votado con él.



El voto republicano ha sido el voto del miedo, de la cobardía y la infamia, el voto de los que tienen que enfrentarse a los 74 millones de votantes que le apoyaron contra Joe Biden. Es un voto sin justicia, sin dignidad, porque solo han pensado en lo que suponía enemistarse con Trump, que se lanzara una campaña contra ellos en sus circunscripciones. Han votado pensando solo en sus reelecciones unos y en tratar de salvar su responsabilidad histórica por el apoyo prestado para que se llegara a esta situación.

El Partido Republicano ha mostrado lo que es; ha quedado desnudo de retórica, borrados del mapa por la de Trump y sus mentiras continuadas e inacabadas sobre el robo electoral. No se puede sostener cada día una cosa, por mucho que crean que la verdad depende de lo que digan sus votos. Es puramente orwelliano. El voto decide la inocencia, la verdad y cualquier otra circunstancia que se dirima.

Hace tiempo que la política norteamericana se ha vuelto autorreferencial: la verdad es lo que dice el poder. Eso incluye de las "armas de destrucción masiva" a los "votos robados". Es la fuerza, de las armas o de los votos, lo que decide qué es verdadero.

Lo malo de esta política es la perversión que introduce en un electorado brutalizado y considera que ganar consagra sus fantasías y odios. El mundo es como dice el que gana, en una versión perversa de la democracia que se dirige así hacia su propio hundimiento.



Desgraciadamente este modelo está siendo imitado en aquellos lugares donde quien gana impone el estatus de la realidad, la reescribe. Esto afecta desde un Boris Johnson para convencer del Brexit a un Jair Bolsonaro, calificando el Covid-19 como una "gripe".

Es una nueva definición del poder en un universo en el que la comunicación posee nuevas formas de percepción de la realidad. No se trata de hacer una sociedad mejor, sino de convencer que el modelo que se preconiza es el único posible. Es una democracia en la que se demoniza a la otra parte del pueblo, a la que se estigmatiza y se convierte en imposibilidad crónica. Su llegada al poder es el apocalipsis en un proceso deliberado de fragmentación social que lleva a una guerra permanente. Ya no es suficiente con que los políticos discutan; estos deben arrastrar a la sociedad dividiéndola, radicalizándola.

Son las dictaduras actuales, las que Trump abrazó y cultivó, las que mejor han aprendido de Trump y del asalto al Capitolio del 6 de enero. Les ha servido para justificar la represión como forma de evitar la "subversión" a la americana. "¡Así acaban las democracias a las que aspiráis con vehemencia!", les repiten; "¿es esto lo que queréis?" Lo hemos visto en la prensa egipcia, la de "su dictador favorito", y se repite como una decadencia, debilidad real, del "imperio americano". Y este se revuelve en su decadencia autogestionada.

Nadie mejor que Trump para afianzar las dictaduras; nada mejor que el Partido Republicano para mostrar la cobardía de tantos parlamentos falsos en sistemas autoritarios en donde se está para defender el privilegio de pertenecer a una casta política y calentar a sus electores, necesarios para seguir en el poder.



La política errática y contraproducente desarrollada durante la pandemia por Trump es clara. El medio millón de muertos en suelo norteamericano muestran y demuestran lo poco que a Trump le importaban los ciudadanos, una mera materia prima para la maquinaria económica que le respaldaba, un arma política para sus ataques en la ya comenzada previamente guerra económica contra China.

No ha sido ninguna sorpresa lo ocurrido en el Senado Norteamericano. Los votos lo confirman como culpable; la falta de votos impiden condenarlo, que es otra cosa. No hay nada que demuestre su inocencia, algo difícil cuando lo que se ha visto es al mismo presidente lanzando a sus seguidores al asalto, cuando los testimonios son claros sobre su negativa a condenar los hechos y cuando las palabras más fuertes que les ha dirigido han sido "¡os amo!"

Hace tiempo que los partidos se comportan como maquinarias de intereses que piensan más en ellos más que en la convivencia y el bien de la sociedad. Las estrategias de la confrontación son más fáciles de establecer y requieren unas personalidades diferentes a las de aquellas personas que se basan en el diálogo y el razonamiento. Esto produce un fenómeno de "selección negativa" que, llegados a ciertos puntos, crean conflictos irresolubles con sus propios intereses. Si seleccionamos a personas agresivas porque son capaces de atraer atención y votos, no debemos extrañarnos de los resultados.



Los republicanos han comprendido que Trump les consiguió 74 millones de votos, más que en la mayoría de las elecciones anteriores. Eso le daba mucho poder, pese a perder las elecciones. No han votado en conciencia, sino sin ella. Simplemente han calculado el coste de su voto para su reelección a dos o cuatro años. Es lo que ellos han antepuesto, aceptando lo que ha ocurrido en estos cuatro años de deterioro imparable del sistema democrático, con enfrentamiento institucional y social constante. 

Trump los amenaza con debilitar sus candidaturas en las próximas elecciones. Todos lucharán por ser los candidatos con sus bendiciones. Sus votos han sido una inversión cobarde de futuro que les condena a sostener las mentiras del trumpismo solo para contentar a ese electorado que quiere seguir pensando que le robaron a Trump las elecciones. Ellos tendrán que hacerlo, repetirles una y otra vez que es verdad, que hubo fraude.



Uno de los puntos en los que se ha centrado el interés ha sido lo sucedido con el senador Mitch McConnell, que ha votado "not guilty" para después hacer un discurso sosteniendo lo contrario, que no hay duda de su responsabilidad y afirmando que "Trump no puede ser el futuro" del Partido Republicano. ¿Tiene sentido? Si existe algún pacto para evitar que Trump fuera inculpado asegurándose su alejamiento del partido con los intentos de reelección, lo veremos muy pronto. De otra forma, McConnell, como ya han señalado algunos comentaristas y políticos —Nancy Pelosi ha sido muy dura señalando su incongruencia—, sería el "mayor cobarde" de la Historia. Si esto fuera así, si hubiera un pacto para exculparle, habría que ver hasta qué punto lo respetarán los propios republicanos empeñados en seguir con su apoyo. Habría que ver, finalmente, si Trump es fiable o ha sido solo una estrategia para su gloriosa vuelta. ¿Podrá frenar al trumpismo, en el caso de existir el pacto? es más que dudoso y lo que parece haberse producido es un intento de declararse "herederos" del ex presidente.



El Partido Republicano parece condenado a la división, algo que ya es innegable con la división del voto y por las manifestaciones de republicanos como la ex embajadora en la ONU, Nikki Haley, rotunda en su opinión sobre su antiguo jefe y la vía muerta del trumpismo.

Han faltado solo unos pocos votos. Siete republicanos ha dicho lo que pensaban y han actuado en consecuencias. Otros han dicho parte de lo que pensaban y han hecho lo contrario. Finalmente, los trumpistas convencidos o de interés han celebrado el resultado. La guerra está abierta en el Partido Republicano.

Esto es, como hemos señalado varias veces, el final de la primera temporada.



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