viernes, 26 de agosto de 2011

El argumento

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
El argumento se repite treinta años después: es mejor un trabajador temporal que un parado; es mejor empleo precario que desempleo.
No sé si en la economía española se puede aplicar la Teoría de los ciclos económicos, pero sí sé que se puede aplicar la Teoría de los ciclos argumentales. El argumento vuelve una y otra vez desde los primeros gobiernos socialistas en los ochenta. Lo hemos escuchado en la boca de ministro distinto, con voces distintas, pero siempre el mismo argumento. Tres décadas es mucho ciclo, es mucho confiar en el cielo para ver si llueve o no. Porque la economía española es un desesperante ejercicio de ver qué ocurre en otros sitios, de mirar al cielo a ver si llegan las nubes de la bonanza o nos caen los chaparrones de las crisis, pero siempre jugando con negras, esperando que otros muevan ficha. La economía española siempre se está al resto.
Una generación completa ha sido pasada por el filtro de la precariedad con buena intención, por la contratación temporal por la que debes sentirte agradecido y besar el suelo por el que ha pasado el político que ha creado las condiciones que siguen ocultando la verdad final: lo precario es nuestra economía, no el empleo.
Lo que hoy tenemos es parecido al que se ha ido dando en otros campos, una polarización: unas pocas grandes empresas y una inmensa mayoría de pequeñas empresas, las PYMES, que son el tejido real de nuestra sociedad; pequeños negocios con poca capacidad de crear empleo estable, con baja capacidad productiva, y un empleo que —dado las fluctuaciones— se ha convertido en crónicamente precario y mal pagado.
Este es el retrato que se da de las PYME españolas:

Según el Directorio Central de Empresas (DIRCE), a 1 de enero del año 2010 había en España 3.283.495 PYME (empresas comprendidas entre 0 y 249 asalariados). Es decir,  el 99,88 por ciento de las 3.287.374 empresas que conforman el censo, excluida la agricultura y la pesca.
La mayoría de las PYME ejercen la actividad en el sector servicios seguido del de comercio. En el primero, la mayor concentración se encuentra principalmente en los servicios de comidas y bebidas y en el transporte terrestre.
Desde 1999, el crecimiento del total de empresas se ha elevado a 692.488, lo que supone un incremento acumulado del 26,7% en el periodo 1999-2009.*

Veamos más datos:

En la distribución por número de asalariados, el mayor peso porcentual lo soportan las empresas sin asalariados, que suponen el 53,9% del total de empresas. Sin embargo la evolución de este tipo de empresa, dentro del conjunto, es descendente, ya que desde el 1 de enero de 1995, al 1 de enero de 2010, han pasado de representar el 57,6% al mencionado 53,9%, situándonos en valores similares a los de 2000 y 2001. […]
Este transvase de las pequeñas empresas a las empresas sin asalariados constituye un retroceso en la convergencia con el tamaño medio de las PYME de la Unión Europea.
El tejido empresarial español, junto con el de Grecia Italia y Portugal, sigue estando constituido por pequeñas unidades de producción en mayor medida que en el resto de los países de la EU27.*


La ausencia de más grandes empresas obliga a crear empresas unipersonales porque no se contrata. Las empresas grandes despiden como política empresarial (recortes) y las pequeñas son tan pequeñas que son unipersonales en el 53’9 % de los casos. ¡Eso supone que más de 1.600.000 trabajadores son su propia empresa! Lo peor de todo: el retroceso de una década. No se avanza, lo que quiere decir claramente que no se han seguido las políticas adecuadas en modo alguno. La medicina que se nos trae ahora es más de lo mismo y demuestra la incapacidad imaginativa, de liderazgo y de sinceridad para haber afrontado los hechos que las cifras reflejas. El optimismo de nuestros políticos se paga como empeoramiento de las condiciones laborales y como endeudamiento,  que es lo que tenemos en este momento en el tapete. Tener un país de camareros y vendedores es tener abierta la puerta a los que producen. Pero los desequilibrios se pagan cuando el consumo se retrae porque se ha roto la fuente de ingresos. Existen puntos críticos en los cuales los sistemas se disparan. No hacer caso de tanto aviso se paga. Pero la culpa siempre la tienen otros y las crisis siempre comienzan en otra parte.
Tercer bloque de datos:

De acuerdo con los datos de Eurostat correspondientes a 2008 el porcentaje de PYME frente al total de empresas era mayor en España (78,0%), que la media de la Unión Europea (67,4%). Así mismo, las PYME ocupan un porcentaje mayor del total de trabajadores y, porcentualmente, contribuyen en mayor medida que en la Unión Europea al valor añadido total. El valor añadido por persona ocupada y la productividad están por debajo de la media de la UE-27, siendo este uno de los principales problemas que tienen las PYME españolas.
Un mayor nivel de desglose de la Clasificación Nacional de Actividades Económicas (CNAE-2009) muestra que, en la actualidad (1 de enero de 2010), la mayor concentración sectorial de las PYME se produce en establecimientos de bebidas, seguido de construcción de edificios y de comercio al por menor de otros artículos en establecimientos especializados. En torno al 8,1% de las empresas se encuentran en el sector de la hostelería.*

Esto quiere decir que, en promedio, tenemos más empresas pequeñas que el resto de Europa y que, además, son más pequeñas. El remate es que, por si fuera poco, la productividad es menor. Construcción, en crisis por la burbuja, y la hostelería, a expensas del “buen año”, de más “puentes”, de más festivos y patronales… Esto es lo que tenemos.
¿Cómo hemos llegado a este panorama?
Con estas perspectivas, se da un paso más en la estimulación de un empleo que no existe apenas y que cuando lo hace está sujeto a los vaivenes de las crisis de los demás. España ha retrocedido ante los espejismos de un lujo hipotecado, de un crecimiento condenado a ser un modelo de acordeón porque no tiene lo único que puede hacerte coger la batuta: empresas que produzcan y den entrada a las generaciones jóvenes que se incorporen al mercado de trabajo. Eso es lo que está padeciendo la generación que sale a las calles: la falta de un futuro en condiciones para ellos. La emigración de los investigadores, de los profesionales de alta cualificación no es más que el síntoma de que no se les necesita. Oferta y demanda pura.
La política del es mejor tener empleo precario y temporal, mal pagado, etc., no ha servido más que para desarticular nuestro tejido productivo, hoy inexistente, para absorber mano de obra barata. No basta con tener empleos precarios para camuflar las cifras del paro. De nuevo se vuelve a recurrir al eufemismo de la “formación”. Llevamos treinta años formando parados. Hemos convertido nuestro mal en crónico.
Lo que tenemos hoy es una sociedad condenada a unos crecimientos mínimos, mal repartidos y de baja calidad productiva. Que haya unas cuantas, poquísimas, grandes empresas no significa nada. Ya hemos visto su comportamiento respecto al empleo. Lo importante es ese 99’88% de empresas en las que está incluida la inmensa mayoría de los que tienen suerte de disponer de una fuente ingresos. Ante la falta de oferta y de su baja calidad, los españoles han elegido el autoempleo. Más vale lo malo conocido. Pero lo que se puede hacer así solo es sobrevivir. El éxito de la economía sumergida es que anida en ese autoempleo que va creciendo por el tejido social.

Desperdiciamos los investigadores que formamos
La tarea de los políticos es cambiar esto y no lo hacen. No tenemos un ministro o ministra de Economía desde hace muchos años. Tenemos mejores o peores demagogos que, cuando no tienen más remedio, aplican las recetas que les exigen desde fuera para que nuestra economía, que ha recibido mucho de Europa, no arrastre más de lo que lo han hecho países como Irlanda o Grecia.
Querer un futuro mejor para tus hijos se revela como un sueño imposible ante los datos que tenemos año tras año delante de los ojos. Promesas de mejora que se quedan en nada porque no se aprovechan las bonanzas más que para construir nuevas casas, casas que ya no habitan ni los fantasmas porque no hay tanto fantasma para tanto local vacío. El colapso de la clase política, pagada de sí misma, lo pagamos todos. 
No producimos y mientras sigamos sin hacerlo da igual que firmemos los pactos que queramos y que los pongamos en la Constitución o en las tablas de Moisés. Seguiremos camuflando las cifras y la realidad que esconden.

* “Retrato de la PYME 2011”. Subdirección General de Fomento Empresarial. http://www.ipyme.org/Publicaciones/Retrato_PYME_2011.pdf






Políticos de vacas gordas: la España feudal

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
La polémica sobre incluir el techo de endeudamiento en la Constitución tiene varios niveles de discusión. Están los que están a favor y los que están en contra. Estos últimos pueden estarlo por diversas razones. Los que están a favor, a su vez, discutirán la cantidad que hay que fijar, si mayor o menor.
Que los economistas discutan es normal y hasta deseable, si se me apura. Pero todas estas discusiones son distintas a la que me parece más importante: la cuestión del dónde. Fijar una cuestión de este tipo en la Constitución puede no ser lo más aconsejable, no para la Economía, sino para la propia Constitución.
Por definición, las Constituciones se hacen con el deseo de que se modifiquen lo menos posible. Ahora que está tan de moda, las Constituciones se hacen para dar “confianza” y “estabilidad” política. Introducir un elemento que no es que sea discutible, sino que debe ser discutido con todo detalle es mezclar lo que no se debe. Por hacer un símil, es convertir en “dogma” lo que puede acabar en “cisma”. Al final acabamos teniendo un cisma traumático o el descreimiento general, el incumplimiento constitucional.
Introducir en la Constitución algo que debe ser discutido, porque todo lo económico, especialmente, debe ser discutido me parece un error histórico grave, uno más de una historia de meteduras de pata llegadas sin venir a cuento. Los mercados nos pueden “pedir” que tomemos medidas, pero no que reformemos nuestra Constitución. En primer lugar porque a los mercados les importa un bledo nuestra Constitución, y en segundo porque es absurdo prescribir un remedio para la salud o la enfermedad futura.

Las medidas económicas deben ser siempre más coyunturales que dogmáticas. Introducirlas en la Constitución es fijar un tipo de medida que puede no ser necesaria en algún momento o en muchos.
Pero hay otro aspecto, más psicológico, más político, que me parece que constituye un peligro mayor: la medida demuestra que los partidos centrales han perdido el control sobre los feudos autonómicos. Si las medidas que se consideran buenas fueran aceptadas por los niveles autonómicos y municipales, no sería necesario tratar de introducirlo en la Constitución española. Lo que esta medida demuestra realmente es la incapacidad de proponer y gestionar un modelo común entre las distintas administraciones públicas. Lo que confirma realmente es que el presupuesto ha sido una medida local y clientelar en los diferentes niveles, y que nuestros políticos son incapaces de proponer (no ya imponer) austeridad en ningún nivel. No saben trabajar de otra manera, sencillamente. Son políticos de vacas gordas.
De hecho, la recepción que ha tenido cada propuesta de austeridad económica nacional ha sido una frustrante respuesta por parte de ayuntamientos y autonomías. Cada vez que se ha propuesto limitar el gasto, todas las administraciones han solicitado seguir endeudándose. Nuestro problema no es constitucional: es de desmadre colectivo, de insolidaridad y de mala educación política de nuestros gobernantes en todos los niveles. Esto ocurrió cuando el presidente Zapatero anunció que permitiría a Cataluña lo que se había dicho que no se podría hacer con la deuda. La respuesta fue calificada como "rebelión autonómica", la sublevación de los demás. Una vez más, es una debilidad lo que se trata de esconder a golpe de grandes efectos.


Nuestros políticos, como nuestros presidentes de clubes de fútbol, solo saben mantenerse a golpe de talonario, por usar la expresión local. Como los futboleros, viven del “fichaje estrella”, puedan o no puedan permitírselo. Y llega la huelga cuando no se puede pagar.
Nuestro problema no es constitucional. Y llevar los problemas de ineficacia a la Constitución es aparcar en zona prohibida. No es buen negocio. La constitución está para unir y no para discutir. Allí se debe llevar lo que es común acuerdo y no lo que debe ser discutido en cada legislatura para sus ajustes finos o gruesos.

Valoraciones de las agencias de rating de la deuda autonómica española en 2010

En tiempos de crisis, los políticos se atrincheran en sus feudos y tratan de que el desprestigio que ha llegado desde arriba no les llegue a ellos en descenso. Infantil ilusión. Piensan que si los de arriba proponen austeridad, ellos pueden seguir haciendo clientelismo local a través de los presupuestos tal como lo han hecho durante décadas con las Cajas de Ahorro. Es una herramienta que han hundido gracias al clientelismo y amiguismo que ha caracterizado el riesgo asumido de forma irresponsable con los préstamos en la construcción, por ejemplo y sin ir más lejos.
Trasladar la cuestión del déficit público, del endeudamiento, a la Constitución no es un síntoma de fuerza, sino un síntoma de debilidad que, además, debilitará la Constitución. La debilitará conceptualmente al introducir un elemento extraño y la debilitará socialmente porque le creará enemigos. Y no es esa su función.
Y a los mercados les mantendrá ocupados tres minutos. El problema de la deuda no es tenerla, sino no tener con qué pagarla. Eso se arregla creciendo y produciendo, algo más difícil que reformar la Constitución.



jueves, 25 de agosto de 2011

Incertidumbre, riesgos y manzanas

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Cuando tomamos una decisión, sea en el campo que sea, esta conlleva un riesgo determinado. Ese riesgo está en función de la incertidumbre existente, es decir, nuestro nivel de conocimiento. En sus intentos de reducir el nivel de incertidumbre para reducir el riesgo, los hombres han utilizado todo tipo de métodos.
Cuando un antiguo emperador tenía que invadir un país o lanzarse a una batalla consultaba con sus adivinos. Entendía que el futuro estaba escrito y que podía ser conocido con anticipación si se tocaban las teclas adecuadas. Hoy lo llamaríamos “información privilegiada”. Su equipo de adivinos debía ser de lo más selecto del ramo para así tener alguna ventaja competitiva con sus rivales. Lo adivinos sabían el poder que atesoraban con su control de las informaciones sobre el futuro. Todas las decisiones importantes del reino, imperio o, simplemente, la vida cotidiana, pasaban por ellos. En realidad, los que acababan mandando eran ellos porque quien decide manda. Desde el momento en que traspasamos la decisión a otros son ellos los que mandan.
Siempre se ha hablado del poder de castas de escribas y adivinos. Los primeros acabaron generando burocracias que decían lo que estaba permitido hacer, la ley. Los adivinos, por el contrario, señalaban lo que se debía hacer, sobre aquello que contaba con el beneplácito divino. Entre la Ley y un futuro escrito (que a veces eran lo mismo), al hombre no le quedaba mucho margen de libertad; obedecía a la ley y a su destino.
Perdida la fe, de forma más o menos general, en los adivinos, el problema no ha dejado de existir: seguimos necesitando información sobre el futuro. Solo aquellos a los que no les importa el futuro renuncian a intentar conocerlo. No son muchos: nihilistas y fanáticos. Pero la cuestión no es cómo conocer el futuro sino cómo comportarnos cuando no conocemos el futuro. Esta cuestión es mucho más real y ajustada, dado que el futuro no es más que una estimación que damos por buena. Nuestra confianza en el futuro no es más que la confianza en nosotros mismos, o sea, en nuestra capacidad de hacer estimaciones que nos convenzan realmente.


No tenemos información sobre el grado de convencimiento que los adivinos tenían en sus propias anticipaciones. Si eran unos estafadores, sabían que su vida y fortuna dependía del grado de convencimiento que pudieran despertar en los que solicitaban sus servicios. Si, por el contrario, como ocurre con los profetas, estaban convencidos realmente de que lo que decían era el “futuro”, lo que llegaría, su convencimiento era el máximo.
Los adivinos fueron probablemente el primer consulting que los humanos creamos para resolver algo tan específicamente humano como es el miedo al futuro. Huesos, tripas, posos del café, formas de nubes, vuelos de pájaros…, cualquier cosa nos ha servido para intentar tranquilizar nuestra inquietud, la angustia que nos produce tomar decisiones ante el riesgo que suponen. Es sorprendente el número (y el tipo) de personas que siguen consultando todo tipo de adivinos, humanos y autómatas on-line, porque aunque racionalmente sepamos que no tienen fundamento, ¿quién diablos necesita fundamentos para saber si esta semana vas a conocer al hombre o la mujer de tu vida?

Las predicciones son como las canciones de cuna. Su función es tratar de que durmamos tranquilos, que nos adentremos en la oscuridad del sueño, donde quién sabe lo que nos espera, sin terror.
Las predicciones, estimaciones, calificaciones, ratings, etc. cumplen un efecto parecido: ayudarnos a tomar decisiones más allá de la intuición, al menos teóricamente, ya que muchas de ellas no son más que placebos.
Nuestros adivinos hoy son los miles de expertos que tratan de establecer indicadores fiables de tendencias, de evoluciones, patrones de comportamiento, etc. que permitan a otros tomar sus decisiones. Desde finales del siglo XVIII se ha convertido en una obsesión tratar de conocer lo que va a ocurrir o, para ser más precisos, las diferentes probabilidades de que ocurran algunas cosas. Puede que la llegada de las revoluciones, es decir, la creencia en que no todo estaba escrito, tuviera algo que ver. En cualquier caso, aumentaron nuestra sensación de incertidumbre y el sentido del riesgo, que se hizo necesario estimar para la buena marcha de los negocios. Pronto, toda información era poca para decidir. A los ojos de todos, tan loco está el que no le importa el futuro como aquel que asegura conocerlo al ciento por ciento. Y eso es porque el futuro está siempre abierto porque incorpora nuestras propias estimaciones de actuación sobre él.

Para conocer el futuro sería necesario poder procesar toda la información de todos los elementos que afectan a la realidad, más todos aquellos que desconocemos y que lo harán entre el momento en que realizamos la predicción y el momento elegido. No hay ni habrá máquina ni mente capaz de procesar todo ello porque habría que realizar un mapa que coincidiera con el territorio, por utilizar la idea de Bateson. La relación mapa-territorio es la que establece la relación entre la realidad y su representación o modelo. Una predicción resulta de haber convertido partes de la realidad en datos y estos posteriormente, tras su procesado, en una estimación o representación de la realidad futura.
Nuestras agencias de evaluación son hoy nuestros adivinos. Ya no les basta mirarnos las manos y comprobar hasta dónde llegan las líneas. Conocedoras de lo precario de su conocimiento, como los adivinos, lo suplen con las muestras de confianza en sí mismos. Según ellas, lo único que realizan son evaluaciones, asignación de valores en una escala en función de la estimación de ciertas variables. Dicho así queda muy bien, pero estas cosas se traducen en que las variables son un cambio de gobierno en un país democrático, un terremoto, o el anuncio de la retirada de Steve Jacobs por enfermedad.


Steve Jobs, el visionario de Apple, es un buen ejemplo de nuestra extraña relación con el futuro. El anuncio de su abandono por enfermedad ha hecho descender la cotización de la compañía en las bolsas. Sin embargo, Jobs es, a la vez, la negación y la confirmación del funcionamiento del sistema.
The New York Times da la noticia de la retirada de Jacobs de su puesto actual de esta forma:

Steven P. Jobs, whose insistent vision that he knew what consumers wanted made Apple one of the world’s most valuable and influential companies, is stepping down as chief executive, the company announced late Wednesday.
[…] “The big thing about Steve Jobs is not his genius or his charisma but his extraordinary risk-taking,” said Alan Deutschman, who wrote a biography of Mr. Jobs. “Apple has been so innovative because Jobs takes major risks, which is rare in corporate America. He doesn’t market-test anything. It’s all his own judgment and perfectionism and gut.”*

Jobs no creía en el futuro; lo hacía. Para él los riesgos no se basaban en lo que decían los analistas, sino en lo que él creía un valor auténtico o no. A Jobs la confianza no le venía de fuera, sino de dentro. No deja de ser una paradoja que el futuro esté en manos de aquellos, como Jobs, que desprecian toda la maquinaria que hemos creado para intentar adivinar qué ocurrirá. Podemos verle como un visionario, como alguien que tiene una extraña conexión con el futuro; pero podemos verle también como una persona que lucha por convencer a los demás para que compartan sus sueños.

* “Jobs Steps Down at Apple Saying He Can’t Take Duties” The New York Times 24/08/2011 http://www.nytimes.com/2011/08/25/technology/jobs-stepping-down-as-chief-of-apple.html?hp





miércoles, 24 de agosto de 2011

Las manos invisibles

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Distinguía Gilles Lipovetsky en su obra El crepúsculo del deber lo que había sido una cultura moralista, en la que el deber se convertía en una regla y una retórica, frente a los nuevos tiempos en los que la idea de deber queda arrinconada en beneficio del placer como guía de las acciones, tanto en lo personal como en lo social. Lipovetsky llamó a esto Posmoralismo o la “época del posdeber”.
Escribió Lipovetsky:

La época posmoralista es aquella en la cual la cultura cotidiana está dominada no solo por los objetos, el self-love y la psicología, sino también por la información; la lógica de la relegación de la retórica del deber es hija del consumo y de la comunicación de masas. (53)*

La afirmación de Lipovetsky de que el abandono de la “retórica del deber” se debe a la conjunción del consumo y la comunicación de masas, de aceptarse, debe ser tenida en cuenta en la medida en que existe un cambio en esos dos factores: el económico, precipitado por una crisis que hace ver las limitaciones del sistema económico abandonado a la codicia descontrolada de los agentes, y la transformación de los medios de masas en micromedios de uso masivo, que es algo muy distinto. De aceptarse esto, estaríamos hoy en el inicio del cambio de las ideas de mercado y de públicos y audiencias, es decir, de una nueva forma de construcción de la "opinión pública". Habría, pues, un factor acelerador: el aumento del consumo de información en una sociedad-red, punto en el que convergen las dos ideas de Lipovetsky. 

La crisis que estamos viviendo, causada principalmente por la desregulación de los sistemas financieros, y las consecuencias que esto tiene para las economías de todos los países en un entorno globalizado, tiene que tener consecuencias importantes en la concepción del modelo económico porque es una crisis producida por llevar al extremo su estado natural la eliminación de barreras. Esta crisis clarifica las deficiencias del modelo, lo desidealiza. Se demuestra que conducir con precaución no te salva de la acción del conductor enloquecido que va en dirección contraria. El modelo se contrae.
El segundo aspecto que se ha modificado respecto a lo señalado por Lipovetsky son los medios de comunicación. Se ha modificado nuestra relación con los medios viejos y han surgido nuevas formas de uso y comportamiento informativo con la llegada de los medios digitales, de naturaleza completamente diferente a causa de la interacción.
Aunque los medios tradicionales tienen todavía peso en la creación de la opinión, las formas de uso de las informaciones están cambiando generacionalmente. La transformación ha sido rápida y hoy no se accede a los medios de la misma forma que antes. Sus efectos, por tanto, son diferentes. Habrá quienes crean que es la sociedad la que ha cambiado a los medios y los que opinen que son los medios los que cambian a la sociedad. Habrá otros que hablen de interacción. Pero el resultado es el mismo, el cambio.

Tras el "deber", el "posdeber". Pero, ¿y después? Las peticiones de cambios sociales que se están viviendo de diferentes formas en distintos países apuntan todos a una nueva articulación de la sociedad, como opinión pública, alrededor de la interacción mediática. Si en algo han coincidido David Cameron, Hosni Mubarak y  los dictadores árabes, chinos y cubanos ha sido en su deseo de controlar las redes sociales de comunicación. Aunque lo que ha dicho Cameron es más un calentón que otra cosa, deja al descubierto la cuestión mediática. Esta cuestión no es otra que la nueva construcción de la “opinión pública”, concepto difuso pero todavía eficaz.
Las redes no son el origen del cambio; son la herramienta, el instrumento que articula. Se irritan con razón aquellos que escuchan que las revoluciones árabes son una especie de efecto secundario de “facebook”. El origen es social; la articulación es micro mediática. Cuando se habla de la influencia de la imprenta en la difusión del protestantismo se está señalando algo similar. No son los impresores los que hicieron la Reforma; fueron los reformadores los que fueron a las imprentas a plasmar sus ideas para esparcirlas a los cuatro vientos. Por eso la respuesta del poder eclesiástico fue la censura, el “Índice”. Hoy se han multiplicado las imprentas, pues no son otra cosa los blogs, los “muros” de las redes, etc. Son la oportunidad de poner a dos personas de acuerdo. Multiplicado por cientos de miles, su efecto es demoledor.
El contacto entre un sistema económico liberado a sus propias fuerzas, sin control de daños e injusticias, y un sistema emergente de creación de opinión pública democratizado, es decir, al alcance de casi todos todos, plástico y reconfigurable de forma casi instantánea, y también incontrolable, como se ha demostrado, parece que provoca y provocará convulsiones. 


Dos tipos de poderes parecen enfrentarse, el económico y el informativo, esta vez, configurado como una opinión pública que ya no pregunta oracularmente qué debe pensar, sino que genera sus propias formas horizontales y espontáneas de liderazgo de opinión y, en ocasiones, de acción. En qué quede o qué salga de aquí, el tiempo lo dirá.
La mano invisible de la opinión pública puede ser tan imprevisible como la mano invisible del mercado. Quizá vendría a todos bien algo más de visibilidad, que no es más que la reivindicación de la cordura frente al azar y la necesidad. No es bueno lo que no sabes por dónde va a salir ni lo que no puedes rectificar.

* Gilles Lipovetsky (1992, 2008): El crepúsculo del deber. La ética indolora de los nuevos tiempos democráticos. Anagrama, Barcelona.



Bad boy nº 1

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Gadafi no aparece. La huida de su palacio no es más que un “repliegue estratégico”, según ha señalado.  Dice que ha estado paseando por la ciudad y que no ha sacado la impresión, así por encima, de que pase nada especial. Se ha ido porque ha querido y no porque le hayan echado. Gadafi no se cae; Gadafi se tira. Algo así parece desprenderse de las declaraciones realizadas por su voz desde algún lugar del universo que él se empeña en señalar como alguna céntrica calle de Trípoli, por donde dice pasearse de incógnito para escarnio de sus perseguidores.
Hay una anécdota sobre Gadafi que ha circulado de nuevo, una historia relacionada con una entrevista para The New York Times. Acababa Saddam Hussein de invadir Kuwait y se le preguntó a Muamar el Gadafi si el dictador iraquí había pasado a ser el “bad boy nº 1”. Gadafi se indignó:

"Saddam No. 1 Bad Boy?" he asked incredulously, seated outside his tent in his Tripoli command compound. "No! No! Gadhafi is No. 1. Only Gadhafi!"*

Saddam Hussein y Gadafi
La historia es muy reveladora de la personalidad de Gadafi como es revelador también el hecho de que se invoque en estos momentos. Uno de los temores que desde el principio se planteó Occidente ante su intervención de apoyo en Libia fue la conversión del escenario en un nuevo Irak. La posibilidad de entrar en un conflicto largo, sangriento y de desgaste frente a un enemigo camuflado, infiltrado, que aparece y reaparece, un ejército de suicidas que utiliza a mujeres y niños cargados de bombas para mandar al paraíso a los transeúntes de mercados, a los paseantes de calles y plazas o a los que se pille, espantaba a todos.
Como siempre se prometen guerras rápidas, pero el concepto de lo que es una “guerra” ha cambiado mucho y no se decide sobre una mesa de negociaciones, sino que lo impone el más depravado.
Muamar el Gadafi estuvo en ese puesto de “chico malo nº 1” durante mucho tiempo por sus acciones terroristas directas y de apoyo a otros terroristas del mundo. Solo Hugo Chávez lo considera un “héroe”, lo cual ya es bastante significativo.
Pero lo peor de Gadafi es ese deseo malsano, teatral, egocéntrico y narcisista, de ser el centro del universo. Lo peor que puede ocurrir en que en su reinvención personal, Gadafi decida asumir el personaje de chico malo que ha quedado libre no hace mucho: Osama Bin Laden. Si algo se aprende de todos estos dictadores es la facilidad con la que se transforman en sus amores y la persistencia de sus odios jerarquizados. Los más descreídos y perseguidores de los islamistas pueden convertirse en devotos proclamadores de guerras santas y reconquistas si es necesario. Para la personalidad teatral de Gadafi no es más que añadir un nuevo papel a su repertorio para la gira.
Creo que es igual de preocupante para todos la existencia de un escenario “a la iraquí” que un escenario “a lo Bin Laden”. La consolidación libia tiene que ser clara porque se corre el riesgo de crear un nuevo foco de sangre e inestabilidad. El historial terrorista de Gadafi no es el mejor aval para pensar que pueda tener escrúpulos en mantener un conflicto. La sangre no es un impedimento para el coronel.
Hay muchos interesados en que Libia no se estabilice. Los primeros, los dictadores cuestionados en otros espacios del mundo árabe. Mientras Libia no esté cerrada saben que no se abrirán nuevos frentes contra ellos, que los recursos son finitos y los acuerdos costosos. Un Gadafi burlón, apareciendo y desapareciendo, es más edificante que un Mubarak enfermo tumbado en una camilla dentro de una jaula en El Cairo.



Los dictadores no son fáciles de sacar de sus poltronas sangrientas. Siempre tienen amigos. China acaba de hacer un tímido gesto, a toro pasado, hacia el pueblo libio tras tratar de evitar condenas anteriores.  La condena reciente en el Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas al régimen sirio de Bashar Al Asad ha tenido el voto en contra de Rusia, Cuba, China y el Ecuador del presidente Correa, que ya ha decidió a qué mundo quiere pertenecer y con qué amigos convivir. China está penetrando en toda Latinoamérica a través de sus inversiones en economías que ven su salvación en la exportación a Asia. Es el secreto de que la crisis económica no haya sido en la zona tan grave. China importa de países en los que puede tener un control más efectivo. El voto de Ecuador al lado de China es un primer ejemplo de este efecto de política de “buena clientela”, ya que no de buena vecindad.
Si Gadafi no aparece pronto, se corre el riesgo de tener que estar rastreando medio universo, como ocurrió con Osama Bin Laden, durante años. Esto es un riesgo que se desplazaría del escenario libio a cualquier otro punto del globo. Podemos prepararnos a ver sus próximos vídeos o mensajes telefónicos si no lo localizan pronto. El coronel no va a renunciar a los micrófonos. No es su estilo.

* http://www.allvoices.com/contributed-news/10099526-saddam-hussein-and-gaddafi

Saddam Hussein y Muamar el Gadafi