domingo, 28 de junio de 2020

El marcado paciente cero

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Parece que algunos clasifican a los virus en función de las personas en que se alojan. Están los benditos virus de los turistas y los malditos virus de los inmigrantes, según las estimaciones de los casos.
Hace poco más de un mes, la gente de los pueblos blindaba los accesos y construían auténticas barricadas para que nadie accediera. El terror les llevó a volverse huraños y "localistas", por decirlo así. Todo lo que venía de fuera era malo, especialmente si venía de Madrid, la madre de la epidemia en España. Los temores a ser contagiados o, peor, a ser contagiados y que alguien hubiera ocupado su cama en la UCI del hospital de su provincia y no tuvieran donde ser tratados, muriendo finalmente sobre el empedrado de alguna bonita calle de su pueblo, bautizada con el nombre de algún prócer, algún producto típico, santa o santo, o quizá de alguna virtud.
Esos pueblos que se blindaron entonces, ahora ven languidecer sus terracitas a la espera de los mismos turistas que antes rechazaban. Donde había malas caras, amenazas y dedos señalando junto al agente de la Policía Municipal, ahora todos son sonrisas y campanas de la vieja iglesia románica del pueblo (¡que no hay que dejar de visitar!) al vuelo.
La llegada de la "santa normalidad" veraniega todo lo borra olvidando el salpicón de rebrotes que va cubriendo nuestra piel de toro. ¡Pelillos a la mar! ¡Willkommen, Bienvenue, Welcome!


Pero la cosa no podía quedar en esta generosa aceptación de que los seres humanos dotados de VISA pueden ser imperfectos o estar contagiados de forma involuntaria. La contrapartida informativa la tienen aquellos casos en los que el contagiado ha llegado en patera o cualquier otro medio similar.
Entonces cambia todo. Es el caso de lo ocurrido en la población extremeña de Navalmoral, en donde se "identifica" y se responsabilizada a un "inmigrante", de cuyo "paradero desconocido" y la existencia de una "orden de busca" se lleva comentando en diferentes tonos en los medios y con preocupantes reacciones en las redes sociales.
De ello y de la percepción del pueblo extremeño nos da cuenta Pablo León en el diario El País:

“Ha habido una campaña virtual de propaganda para incitar al odio”, resume Raquel Medina, alcaldesa socialista de 47 años que renovó mandato en las últimas elecciones. Defiende que está al frente de una localidad “abierta y diversa”. Leticia Serrano, que regenta una peluquería en el municipio, apunta: “Se han dicho muchas cosas. Y se ha achacado toda la responsabilidad a este hombre, pero a Navalmoral, desde que nos desconfinamos, ha venido mucha gente”. En la localidad hay una veintena de positivos, pero solo nueve provienen del entorno del denominado paciente cero.*



Llamar a alguien "paciente cero", con cerca de diez millones de contagiados por el mundo, no deja de ser una humorada. Lo del "paciente cero", además, es una forma de estigmatización. ¿Cómo entienden muchas personas este término? Pese a su complejidad intelectual, el cero (un gran invento de la India, lugar de extraordinarios matemáticos), tiene un sentido negativo ("ser un cero a la izquierda" decimos), pero sobre todo indica que no hay "nadie" antes, algo rigurosa y escandalosamente falso. Es uno de esos términos que a los medios les gusta usar porque muestran cierta "competencia" y que se acaban volviendo peligrosos, y más en casos como estos. Ser "paciente cero" es separarte de los otros infectados y creer que es el causante de todo. Ese "todo" es variable y amplificado a todos los daños que queramos responsabilizar al señalado. Si, además, se indicas una "nacionalidad" como identificación, automáticamente convierte en sospechosos a todos los que lo sean o lo parezcan.


Tiene motivos la alcaldesa para preocuparse por el buen nombre de su pueblo y por el roto clima de convivencia. También lo tiene sobre los intereses en que esto sea así, en sembrar el odio por las calles y, más allá, usarlo como ejemplo en otros lares.
La desinformación actúa en forma cizañera, sembrando la discordia:

Ese fenómeno de dispersión de rumores que cuenta que ha ocurrido en la peluquería de Serrano se ha multiplicado en las redes sociales. “Llevo un grupo de Facebook con más de 7.000 seguidores y lo he cerrado hace dos días”, explica María Ruiz, de 37 años. De manera temporal, ha clausurado a comentarios el foro “Navalmoral qué me narras”, que creó hace seis años. “Los vecinos estaban enfrentándose entre ellos, discutiendo. Dije: no. Este grupo no se creó para generar conflictos, sino para que la gente compartiese”, explica Ruiz, que considera que hay “grupos e intereses políticos en hacer ruido con este tema”. No lo dice, pero hace referencia al entorno de la extrema derecha en la localidad.*

Pero el conflicto es ya el aire que respiramos, el agua de la pecera que nadie limpia y se va oscureciendo hasta que los peces mueren. La porquería se acumula, acaba cegándote e impidiéndote respirar.


Las minorías radicales tienen un aspecto en común: todas usan la información, un medio muy barato, para expandirse. Para ello esparcen desinformación, rumores, bulos, siembran la duda y están con la red preparada para sacar al pez medio muerto de miedo, enemistado, irritado, radicalizado a fuerza de discutir. Sabia la decisión de clausurar la página de Facebook para evitar los conflictos. Si se deja un foro abierto, estos manipuladores lo usan para sembrar la discordia. El propio sistema va expulsando así a los que se exceden y rompen la convivencia. Fuera les esperan con los brazos abiertos, para acogerlos en el nuevo rebaño, aquel en el que se realimentarán con otros como ellos. Ellos mismos se irán situando selectivamente en su nivel de ira y acción.
Cada vez se hace más difícil la convivencia ante el crecimiento de la agresividad. Los foros públicos ya no son la plaza del pueblo o el viejo casino. Son lugares en los que se te puede crucificar socialmente, hundir tu vida. Lo vemos en los casos de acoso escolar o laboral y mucho más allá.


El caso de Navalmoral muestra los síntomas de todo lo peor que estamos viviendo en estos tiempo de pandemias y bulos, de coronavirus y populismos agresivos, de racismo y acosadores. Sí, hay muchos dispuestos a hacer ruido en este tema o en todos aquellos que les permitan ganar espacio y estigmatizar a otros.
Estamos viviendo en un sistema en el que es cada vez más difícil convivir. La intransigencia crece ya sea por la piel, la religión o el género. Hay una ira cada vez más difícil de contener y, sin embargo, más fácil de justificar para muchos. La ira puede provenir de ayer o de hace dos mil años, da igual porque cualquier punto de la Historia es bueno para justificar la violencia, la discriminación y el odio. El coronavirus, el COVID-19, es solo la excusa para que salga lo latente, lo que está ahí encerrado a presión, queriendo hacer volar la convivencia. Lo que supura por esta herida es el viejo racismo que no desperdicia ocasión.
Puede que encontremos una vacuna contra el COVID-19, pero no creo que lo hagamos para el odio, el resentimiento, la discriminación, la amargura en la que muchos parecen querer vivir eternamente.


* Pablo León "Mentiras y racismo tras el rebrote de Navalmoral" El País 28/06/2020 https://elpais.com/sociedad/2020-06-27/mentiras-y-racismo-tras-el-rebrote-de-navalmoral.html




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