viernes, 5 de junio de 2020

Fundamental, fundamental, fundamental

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Las ciegas guerras que viven nuestros políticos en torno al coronavirus entorpecen nuestras posibilidades de avanzar con seguridad. ¿No son conscientes de hasta qué punto complican con sus discusiones absurdas o literalmente perversas la evolución hacia una positiva más positiva?
El ministro Illa le ha tenido que dar un rapapolvo de sentido común a la impertinencia de la diputada Cuca Gamarra, que trataba de hacer ver que en estos días de desescalada al ministro "le preocupaba mucho el fútbol" con el regreso a los terrenos de juego y poco la "desescalada educativa.
La intencionalidad de la observación es perversa, frívola, pese a decir que no "tiene nada en contra" del regreso a los estadios. La respuesta y la explicación dada por el ministro Illa es otra cosa.
He transcrito las palabras del ministro Illa porque el resumen del diario El País, unas pocas líneas, no se centra en el aspecto esencial que se plantea. Illa comienza diciendo que es verdad que se ha reunido con los capitanes de unos equipos de fútbol, algo que anteriormente —explica— le había ofrecido pero había desestimado.
La idea central es clara: "Es fundamental, fundamental, fundamental, fundamental que los referentes sociales inculquen responsabilidad a la ciudadanía". Quizá recuerde algún hipotético lector que en los inicios de la epidemia en España ocurrió un fenómeno parecido: las voces oficiales eran ignoradas. Ya no valían políticos, ministros, incluso médicos. Era la época de los jóvenes invulnerables y de solo se mueren los viejos, del esto no va conmigo. Publicamos entonces un post diciendo que era el momento de cambiar los agentes comunicativos, explicando que se necesitaban voces con mayor conexión social y que los políticos habían erosionado su propia credibilidad social con sus disputas. Sencillamente, la gente no los escuchaba o no les creía. Desde el punto de vista de la comunicación no hay otra manera. En pocos días, los responsables de comunicación debieron llegar a la misma conclusión y empezaron a aparecer otro tipo de agentes comunicadores recomendando, hablando otro lenguaje, con otra imagen reconocida como más influyente por los grupos. Y funcionó durante un tiempo.
Ahora hace falta algo similar. Explica el ministro Salvador Illa:

"Lo decidí cuando vi las imágenes de Tomelloso. Cuando vi el botellón de Tomelloso pensé 'es bueno que salgan los referentes sociales a decir ¡cuidado!'... Porque me preocupa Tomelloso, me preocupa" "Si la gente que escuchan, que son los líderes sociales —que son los que son—...
Para mí, señora Gamarra, y creo que para usted también, el líder social, el referente que yo tengo, el héroe que yo tengo en la cabeza estos días, es el que recibe el Premio Príncipe de Asturias, el médico... Pero a quien escucha la ciudadanía, la gente joven, es a quien escucha... Ese día yo decidí que me iba a reunir con ellos."*



La respuesta de Illa pone encima de la mesa varios problemas, unos inmediatos y otros de fondo. El primero, el inmediato, es la eficacia de la comunicación, la búsqueda del interlocutor adecuado para que se le escuche por parte de aquellos que están en algún tipo de relación o conexión. Lo que esto implica es la necesidad de un traductor generacional, por decirlo así, ante la imposibilidad de llegar directamente a las personas. Quizá "traductor" no engañe un poco sobre el sentido del problema. Aquí no se trata solo de un problema de lenguajes; se trata más bien de formas de ver el mundo o, directamente, de responsabilidad y sentido del conjunto.
Hemos creado un mundo fragmentado y egoísta, cerrado sobre nosotros mismos, sin una transmisión real de valores en beneficio de los valores de mercado y mercadeo. Eso hace que sea difícil compartir visiones de los peligros o de beneficios comunes.
Bastó que se extendiera la idea interesada de que los jóvenes eran inmunes al coronavirus para que el mundo se dividiera en dos. Esto ha ocurrido, nos guste o no nos guste; no podemos ignorarlo. El mismo problema se ha dado en gran medida entre aquellos que se siente distanciados por los abismos que la edad abre. En este sentido, las propias residencias de mayores ya son un síntoma social y lo ocurrido con ellas —también nos guste o no— tiene un sentido.
Hemos visto gestos de solidaridad, es cierto, como cuando jóvenes se han ofrecido para ayudar a los mayores encerrados. Pero son una parte. Los casos que ocurren, uno tras otros, es que son en fiestas, ya sean privadas o en público, cumpleaños, fiestas privadas y botellones, discotecas clandestinas, los que se están produciendo.


La visión de las imágenes del botellón de Tomelloso son las que el ministro Illa reconoce como el detonante de lo que va a ser una nueva serie de casos. No es más que cuestión de tiempo.
Todo ello nos lleva a la eficacia del mensaje y a hacer llegar la responsabilidad a todos: el coronavirus solo se frenará con un comportamiento adecuado por parte de todos. Y todos hemos visto alguna especie de situación, con más o menos personas, en las que la misma locura del botellón —la estupidez que se ve desde la luna— se nos muestra.
Los maestros y profesores temen el regreso a las aulas porque cómo van a controlar a aquellos que no quieran controlarse y que perciban los centros educativos como "centros sociales". Es difícil no hacerlo porque lo son realmente, pero es nuestro concepto de sociabilidad, de interrelación, lo que se debe modificar y ajustar a los nuevos parámetros. No podemos interactuar como antes. Nuestros espacios, nuestras distancias, nuestras acciones... han de ser forzosa y forzadamente diferentes.

Hemos comentados en ocasiones que los mensajes oficiales centrados en el número pueden ser contraproducentes porque el que se quiere agarrar al número por sí mismo no ha entendido nada. Cuando se dice que se podrán reunir "20 personas", el número nos da una especie de confianza. No se trata de la cantidad, sino de cómo se interactúe. Dos pueden contagiarse, cien puede salir bien si lo hacen correctamente manteniendo las medidas de seguridad. Quizá se haya pecado —los medios de comunicación han tenido su responsabilidad en esto— en un exceso de detalle, algo que entendía que lo se decía es lo que se podía hacer y lo que se podía hacer no tenía riesgo. Esto es un error evidente y se seguirá pagando.
Los políticos deberían reflexionar sobre por qué no son esos "referentes sociales" capaces de ser creíbles. Deberían hacerlo. Quizá lo que encuentren sea muy duro para ellos. La estrategia que ha convertido la política en una mezcla de cloaca y de pelea de gallos puede llevarles al poder, pero divide y sobre todo desacredita ante una gran mayoría de la ciudadanía.
Las advertencias en estos días se suceden. La necesidad de transmitir "buenas noticias" despierta los ataques y enfrentamientos que nunca han cesado. A los ciudadanos nos hubiera gustado ver aparcadas muchas cosas, ver mejorar el tono por parte de quienes tienen la obligación de ser ejemplares al representar a los ciudadanos. ¿Lo harán mejor los capitanes de los equipos de fútbol? ¿Lo harán mejor los otros líderes sociales en un mundo trivial?


Los aplausos desde los balcones han sido una forma cambiar el norte hacia aquellos que de verdad se han dejado la piel y muchas otras cosas más por sentido de la responsabilidad y por sentido de sacrificio. Efectivamente todo el personal sanitario, pero también repartidores, tenderos, conductores,  policías, etc. que han mantenido el país en marcha para que los que podíamos teletrabajar pudiéramos sobrevivir. Por eso la indignación de que todos esos riesgos se olviden por un irresponsable botellón o una fiesta de cumpleaños con o sin ilustre invitado belga (¡menos mal que es el décimo en la línea de sucesión!).
Tiene razón Salvador Illa: es fundamental, fundamental, fundamental. Hay que usar todos los medios e interlocutores posibles para hacer llagar a esa parte irredenta de la población, esa parte que ni entiende ni quiere entender. La euforia estival, nuestra necesidad de poner buena cara no ayuda mucho. Hay que seguir insistiendo en cómo hay que estar en las terrazas, bares o chiringuitos en vez de intentar que se llenen de cualquier manera, como algunos quieren.
El caso del avión a Tenerife es otro enorme aviso a un sector estratégico, el turismo, que se puede hundir ante los que esperan esas noticias para amplificarlas y evitar que la gente venga a España, que parece ser nuestra salvación nacional.
Me gustaría que alguien pensara en una España futura menos dependiente industrialmente y turísticamente. Son dos distorsiones que los intereses económicos se empeñan en mantener. Hay que empezar a crear sectores industriales que nos garanticen que las soluciones a nuestros problemas están en nuestras manos y no en la voluntad de otros. Hemos tenido que esperar sentados a que nos llegaran trajes y mascarillas, respiradores, etc. No hemos sido capaces o no hemos querido hacerlo nosotros. Ahora se cierran fábricas de automóviles y empresas que nos reducen más como país. ¿Es extraño que los "referentes sociales" sean los que los medios fabrican, deportistas, cantantes, etc.? ¿Hay otros visibles? Los modelos sociales vigentes solo están pensados como parte del gasto en ocio (deporte, música, TV...).


El coronavirus es un enorme mensaje, lleno de advertencias sobre el futuro y de muestra de carencias en el presente. Si no lo leemos correctamente y el país solo está pendiente de "salvar el verano" nos mereceremos lo que el futuro, que no va a ser bueno, nos tenga deparado. Somos un país que vendió su industria por un plato de turistas, que arrancó frutales u olivos para acoger en sus campos de golf. Hoy necesitamos más o estaremos condenados a seguir siendo el juguete del norte industrial, que necesita chiringuitos para broncearse; seguiremos formando el mejor personal médico que se tiene que ir a Reino Unido o Alemania; investigadores que se van a los Estados Unidos... Quizá esto explique mejor porqué un sector en pleno, la juventud, ha desconectado. No lo explica todo, pero sí una parte. Son los que tienen que consumir mientras nos llegan las nuevas remesas de turistas a gastar. Tomelloso es algo más que un botellón; se ha convertido desgraciadamente en una forma de vida. Es solo la parte cutre del modelo.
Sí, es fundamental sortear los próximos peligros. Pero es también fundamental pensar en cambiar este desastroso modelo en el que vivimos, un modelo sin grandes aspiraciones y degradado, con poco que ofrecer a los que crecen en él.


* "Salvador Illa pide ayuda a “referentes sociales” tras el botellón en Tomelloso" El País Vídeo 4/06/2020 https://elpais.com/videos/2020-06-04/salvador-illa-pide-ayuda-a-referentes-sociales-tras-el-botellon-en-tomelloso.html

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.