lunes, 19 de octubre de 2026

Males compartidos

 Joaquín Mª Aguirre

Manifestaciones en España, manifestaciones en Francia, en Albania, Italia, en Argentina, en Brasil...  Parece que el mundo está revuelto o, para ser más precisos, la sociedad está alterada, descontenta, harta. Y lo manifiesta abiertamente.

El contraste con un mundo seductor, que nos ofrece a cada instante formas placenteras, salidas a través del consumo, que nos pide centrarnos en nosotros mismos y olvidarnos del resto, está llegando a extremos cada vez más visibles y ruidosos.

¿Qué tienen en común estas protestas? Pues parecen mucho más próximas de lo que la lógica nos ofrece. Hay un común descontento con el sistema que proviene de ese desajuste entre los discursos y la realidad que desemboca en violencia con diferentes grados y objetivos. Las imágenes que nos llegan desde Francia —patria de los dos movimientos que han revolucionado Occidente, el de la Revolución de 1789 y el "mayo del 68"— no son demasiado tranquilizadoras.

En un mundo global, las referencias pasan a ser globales. Lo que pasa aquí se ve allí y puede hacer que se contagie. Todo es local y global para lo que se creó el término "glocal". Si la creación de la imprenta, creo un nuevo medio y marcó la senda hasta la Revolución Francesa encaminando el pensamiento hacia la rebeldía que finalmente estalló con la toma de La Bastilla, hoy las redes sociales establecen un nuevo tipo global, instantáneo, imitativo de violencia. Las imágenes permiten verlo e imitarlo, reproducirlo en nuestros propios espacios; sirven para inclinar la balanza hacia los movimientos. La indignación es contagiosa, expansiva.

¿De qué nos quejamos? Las quejas son muy similares: problemas en la vivienda, la educación, la carestía de la vida, de un mundo mal repartido. Los movimientos curiosamente son identificados con movimientos muy distintos: en Francia se acusa a la extrema izquierda; en otros países es la extrema derecha, en otros una combinación de ambos a la que se responsabiliza del caos que se busca.

La sociedad que hemos construido vive más de los problemas que de sus soluciones. La polarización es un hecho denunciado y constante, aunque no se indague sobre su origen, consecuencias y efectos sobre la vida política y social.

Creo que es un hecho aceptado que recibimos información flujos de información negativa, por un lado, mientras que por otro se nos vende felicidad de forma constante, una felicidad a nuestro alcance a la que sin embargo no llegamos, es una especie de zanahoria delante del burro, en este caso, nosotros.

Creo que, pese a las teorías de la conspiración, los problemas existen, son reales. El mundo es como una moneda con dos caras informativas: la positiva, oficial, la de las promesas realizadas, y otra negativa, la que nos muestra el incumplimiento, la distancia existente entre nosotros y la promesa que no llega. Lanzamos esa moneda al aire cada día y según caiga así nos sentimos, de la ilusión a la decepción. Se nos anuncia, por ejemplo, el descubrimiento de un tratamiento contra una enfermedad, pero después tenemos años de espera, por lo que muchos mueren esperando. De la alegría del descubrimiento a la desesperación por la tardanza en la espera.

La seducción (como ya advirtió Baudrillard) convertida en el eje social. Pero no puede durar de forma infinita y la realidad se acaba imponiendo. Y esta son los problemas diarios, de la vivienda a la sanidad, pasando por la educación y el coste de la vida diaria. El Informe PISA nos habla del fracaso educativo y los docentes de la situación que viven con bajos sueldos y aulas llenas; los sanitarios nos hablan de la saturación en hospitales y consultas, de las listas de espera, de la falta de medios; los inquilinos de los desahucios, de los elevados alquileres, de los fondos buitre; todos de la carestía de la vida.

¿Quién se beneficia de este caos? Evidentemente dos grandes grupos: los políticos que viven de vender soluciones que nunca llegan, por un lado, y los grupos que viven de la especulación, de la captación de los recursos públicos. Entre ambos campos, destacan la corrupción, los desvíos de fondos, el control de las legislaciones que les favorecen y la paralización de lo que les perjudica.

Los grupos políticos se han convertido en castas interesadas; viven de ello. Llegan jóvenes a la política no por su capacidad de resolver problemas, sino por la fidelidad a los líderes y van ascendiendo en la escala hasta dar el salto a las administraciones e instituciones. La incapacidad mostrada para resolver problemas se nos muestra en lo que se ha llamado "nivel de incompetencia", que es lo que acabamos sufriendo frente a "danas" o cualquier situación que requeriría de la dirección de una persona cualificada. Simplemente ocupan puestos.

Los intereses exteriores saben de esta glotonería política y ejercen sus presiones y dádivas. Los ejemplos españoles de estos últimos años son lo suficientemente claros y salpican al poder en cada partido o rincón.

Quedan por el camino los españoles, franceses, etc. a los que hay que calmar echándoles (o simplemente prometiéndoles) algunas migajas. No se percibe ni la comprensión del problema ni la voluntad real de atajarlos. La división política y su progresiva polarización no es más que una estrategia para asegurarse fidelidad suficiente ante las previsibles contestaciones y rebeldías. El ciudadano polarizado solo ve lo que le interesa y tiene claros los males que le aquejan; carece de una visión realmente crítica y es quien realmente defiende las acciones de su bando sin cuestionarlas, por más pruebas evidentes que pueda haber de lo contario.

Que estén estallando revueltas de mayor o menor intensidad en diferentes países con motivos similares hace que estas interactúen. Vivimos en un mismo mundo en el que se producen un mismo tipo de problemas y carencias. Eso es lo que vemos agrupado en secuencias idénticas. Si los problemas son los mismos, puede que los causantes también lo sean.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.