Joaquín Mª Aguirre
Manifestaciones
en España, manifestaciones en Francia, en Albania, Italia, en Argentina, en
Brasil... Parece que el mundo está
revuelto o, para ser más precisos, la sociedad está alterada, descontenta,
harta. Y lo manifiesta abiertamente.
El
contraste con un mundo seductor, que nos ofrece a cada instante formas
placenteras, salidas a través del consumo, que nos pide centrarnos en nosotros
mismos y olvidarnos del resto, está llegando a extremos cada vez más visibles y
ruidosos.
¿Qué
tienen en común estas protestas? Pues parecen mucho más próximas de lo que la
lógica nos ofrece. Hay un común descontento con el sistema que proviene de ese
desajuste entre los discursos y la realidad que desemboca en violencia con
diferentes grados y objetivos. Las imágenes que nos llegan desde Francia —patria
de los dos movimientos que han revolucionado Occidente, el de la Revolución de
1789 y el "mayo del 68"— no son demasiado tranquilizadoras.
En un
mundo global, las referencias pasan a ser globales. Lo que pasa aquí se ve allí
y puede hacer que se contagie. Todo es local y global para lo que se creó el
término "glocal". Si la creación de la imprenta, creo un nuevo medio
y marcó la senda hasta la Revolución Francesa encaminando el pensamiento hacia
la rebeldía que finalmente estalló con la toma de La Bastilla, hoy las redes
sociales establecen un nuevo tipo global, instantáneo, imitativo de violencia.
Las imágenes permiten verlo e imitarlo, reproducirlo en nuestros propios
espacios; sirven para inclinar la balanza hacia los movimientos. La indignación
es contagiosa, expansiva.
¿De qué
nos quejamos? Las quejas son muy similares: problemas en la vivienda, la educación,
la carestía de la vida, de un mundo mal repartido. Los movimientos curiosamente
son identificados con movimientos muy distintos: en Francia se acusa a la
extrema izquierda; en otros países es la extrema derecha, en otros una
combinación de ambos a la que se responsabiliza del caos que se busca.
La sociedad que hemos construido vive más de los problemas que de sus soluciones. La polarización es un hecho denunciado y constante, aunque no se indague sobre su origen, consecuencias y efectos sobre la vida política y social.
Creo
que es un hecho aceptado que recibimos información flujos de información negativa,
por un lado, mientras que por otro se nos vende felicidad de forma constante,
una felicidad a nuestro alcance a la que sin embargo no llegamos, es una especie
de zanahoria delante del burro, en este caso, nosotros.
Creo que,
pese a las teorías de la conspiración, los problemas existen, son reales. El
mundo es como una moneda con dos caras informativas: la positiva, oficial, la
de las promesas realizadas, y otra negativa, la que nos muestra el incumplimiento,
la distancia existente entre nosotros y la promesa que no llega. Lanzamos esa
moneda al aire cada día y según caiga así nos sentimos, de la ilusión a la
decepción. Se nos anuncia, por ejemplo, el descubrimiento de un tratamiento
contra una enfermedad, pero después tenemos años de espera, por lo que muchos
mueren esperando. De la alegría del descubrimiento a la desesperación por la
tardanza en la espera.
La seducción
(como ya advirtió Baudrillard) convertida en el eje social. Pero no puede durar
de forma infinita y la realidad se acaba imponiendo. Y esta son los problemas
diarios, de la vivienda a la sanidad, pasando por la educación y el coste de la
vida diaria. El Informe PISA nos habla del fracaso educativo y los docentes de
la situación que viven con bajos sueldos y aulas llenas; los sanitarios nos
hablan de la saturación en hospitales y consultas, de las listas de espera, de
la falta de medios; los inquilinos de los desahucios, de los elevados
alquileres, de los fondos buitre; todos de la carestía de la vida.
¿Quién se beneficia de este caos? Evidentemente dos grandes grupos: los políticos que viven de vender soluciones que nunca llegan, por un lado, y los grupos que viven de la especulación, de la captación de los recursos públicos. Entre ambos campos, destacan la corrupción, los desvíos de fondos, el control de las legislaciones que les favorecen y la paralización de lo que les perjudica.
Los
grupos políticos se han convertido en castas interesadas; viven de ello. Llegan
jóvenes a la política no por su capacidad de resolver problemas, sino por la
fidelidad a los líderes y van ascendiendo en la escala hasta dar el salto a las
administraciones e instituciones. La incapacidad mostrada para resolver
problemas se nos muestra en lo que se ha llamado "nivel de incompetencia",
que es lo que acabamos sufriendo frente a "danas" o cualquier
situación que requeriría de la dirección de una persona cualificada. Simplemente
ocupan puestos.
Los
intereses exteriores saben de esta glotonería política y ejercen sus presiones
y dádivas. Los ejemplos españoles de estos últimos años son lo suficientemente
claros y salpican al poder en cada partido o rincón.
Quedan
por el camino los españoles, franceses, etc. a los que hay que calmar
echándoles (o simplemente prometiéndoles) algunas migajas. No se percibe ni la
comprensión del problema ni la voluntad real de atajarlos. La división
política y su progresiva polarización no es más que una estrategia para
asegurarse fidelidad suficiente ante las previsibles contestaciones y
rebeldías. El ciudadano polarizado solo ve lo que le interesa y tiene claros
los males que le aquejan; carece de una visión realmente crítica y es quien
realmente defiende las acciones de su bando sin cuestionarlas, por más pruebas
evidentes que pueda haber de lo contario.
Que estén estallando revueltas de mayor o menor intensidad en diferentes países con motivos similares hace que
estas interactúen. Vivimos en un mismo mundo en el que se producen un mismo tipo de
problemas y carencias. Eso es lo que vemos agrupado en secuencias idénticas. Si los problemas son los mismos, puede que los causantes también lo sean.





No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.