jueves, 29 de octubre de 2026

Obsoleto, incompetente e historia de un ascensor

 Joaquín Mª Aguirre

El titular a toda pantalla de 20minutos es rotundo: "Tres ordenadores de los años 90 que debían estar ya renovados, en el fallo del sistema del que prendió el "error humano" del accidente"*. Son ya 69 los muertos que se contabilizan en el "accidente que nunca podría ocurrir" y que, sin embargo, ocurrió, una fórmula retórica cada vez más usada en España, donde nos hemos acostumbrado a aceptar que un accidente tapa a otro, que lo imposible suceda.

Ayer si produjo uno de los mayores despliegues informativos que recuerdo. Las cadenas interrumpieron su programación para mantener en directo el lugar del accidente, pendientes de escuchar todo tipo de voces, con experiencias muy similares: miedo a coger el tren. Muchos contaban tener esa sensación de miedo al montarse por todo tipo de incidencias, de vibraciones de las vías a paradas o exceso de velocidad en los trayectos.

Soy usuario diario de Cercanías en Madrid desde que me fui a vivir fuera de la gran ciudad. Todo funcionaba bien durante años hasta que empezó a dejar de hacerlo, hasta que el orden reflejo de la estabilidad comenzó a perderse. Son la acumulación de incidencias las que crean las posibilidades de desastres, la imposibilidad de casar los hechos con los planes. Es entonces cuando empiezas a pensar en el riesgo. Cuando la vibración de trayecto te impide hacer lo que has hecho hasta el momento; cuando tienes que aferrarte a lo que puedes cuando te acercas a tu parada... Deja de haber tranquilidad en un medio que muchos eligen por su fiabilidad frente a las incidencias de la carretera. En el tren podías ir relajado, leyendo, pensando en tus cosas o hablando por teléfono, trabajando con tu ordenador... Todo eso se ha ido y costará recuperarlo.

Moncloa.com

No es nuevo; solo es gravísimo, un desastre apenas sin precedentes. Que estalla en mitad de una broca precampaña electoral con una legislatura llena de desastres, de ferroviarios a climáticos, de estallidos en las calles por la vivienda, la educación, la sanidad, con un vandalismo extremos que lleva al pillaje, al incendio en las calles. Como ironía final, el encierro de la propia Policía ente la situación en la que se encuentran, con órdenes y mandos contradictorios. También la Policía ha dicho basta, harta de ser la "solución final" a los desórdenes que se generan por la ineptitud política, por la desidia empresarial, que quiere ganar, pero invierte fuera.

No recuerdo en mi vida un estado de crispación, inducido por los hechos y por los políticos incapaces de enfrentarse a ellos, que los usan para sus batallas campales, como hemos podido apreciar en las luchas verbales sobre la responsabilidad.

Lo cierto es que hemos aceptado una situación que se ha hecho impresentable, que hemos aceptado dentro de la fácil polarización en la atribución de responsabilidades. No buscamos soluciones, usamos los problemas como arma arrojadiza contra los otros. Y nos dejamos seducir por unos u otros cuando levantan las cortinas de humos para que no se vea la realidad.

Hace muchos meses ya que escribimos aquí que la palabra que describía la realidad española era "chapuza". Es que vemos cuando nada funciona, cuando lo que tenía que hacerlo no lo hace. La "chapuza" es el resultado de un conjunto de ineptitudes, de tener al frente a personas incapaces, personas que ascienden gracias a cadenas de favores, a dócil sumisión, al fácil aplauso. Eso vale para una DANA o para un AVE.

Quiero contarles una historia, para evitar incidir en el dolor presente por el desastre de los trenes. En modo alguno se trata de equipararlas ni de minimizar. Solo quiere mostrar que los riesgos son constante y con un origen en la ineptitud y la falta de inversión .

Historia de un ascensor

Mi último día oficialmente en la Facultad, ya que me jubilaba, tomé el ascensor en la quinta planta. Iba con mucho peso. Cuando llegué a la altura del tercero el ascensor se paró entre dos pisos. Me acordé entonces que el día anterior también se había parado, pero esa vez pude salir sin problema y continuar por las escaleras. No era igual esta vez. Estaba entre dos pisos. No había forma de salir de allí.

Pulse el botón de alarma y escuché perfectamente el timbre. Nunca había tenido que usarla. Pulsé una y otra vez. El ascensor está muy alejado de la cabina de bedeles que, por haber reducido el personal por vacaciones, ya no se repartía por plantas, sino que se concentraba en el extremo opuesto, en la planta baja. Nadie escuchaba aquel timbre. La Facultad estaba prácticamente vacía.  Llamé a un compañero que sabía que estaba en la Facultad. Descolgó el teléfono pero no me escuchaba. Lo intenté varias veces, pero ocurría igual. Su despacho está en el sótano y no tiene cobertura prácticamente.

Pasado un rato le escuché al otro lado de la puerta. Se imaginó algo así y salió a buscar a los bedeles. Como los habituales estaban de vacaciones, los que estaban allí desconocían la Facultad y dónde estaban los otros ascensores. Cuando mi compañero les llevó hasta ellos, no sabían dónde se encontraban las llaves y tuvieron que llamar a uno de los que estaban de vacaciones para que se lo dijeran. Las encontraron, abrieron y tuve que saltar del ascensor entre dos pisos.

Cuando informé de lo ocurrido y que el timbre de alarma no se escuchaba si no se estaba junto al ascensor, que sería conveniente que la alarma sonara en conserjería, la respuesta fue que eso era incorrecto, que debía conectarse  en todo caso con los servicios de emergencia y estos ponerse en contacto con los conserjes. Los servicios de emergencia no está en la faculta, sino repartido por el campus.

Algunas veces que he ido de visita veo que hay carteles en el ascensor sobre los riesgos de subirse o que no funciona. Yo entré en esos ascensores en los años 70, cuando se inauguró el edificio y me quedé encerrado el día que me jubilaba. Indudablemente están viejos y fallan. Pero los mecanismos de vigilancia, de coordinación, de respuesta son más que defectuosos e importan muy poco en una cadena donde cada uno está más preocupado de que no le toque el marrón que de otra cosa.

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Cuento esta historia, porque nos permite ver esta España envejecida, dejada a su suerte. Las inversiones se reducen y se contemplan como fatalidad los accidentes. Hace pocos días tuvimos la noticia en la prensa de dos mujeres muertas en una residencia de mayores al caer un ascensor, necesario para los que usan sillas de ruedas o tienen problemas de movilidad. El comentario es que había pasado porque "el ascensor fallaba mucho". ¡Terrible lógica!


¿Cuánto tiempo hay que esperar para que se revise un ascensor, una vía de ferrocarril, una pared que se resquebraja...? ¿Cuánto hay que esperar para que se invierta en mantenimiento, en conservación, en reparación? ¿Cuántas veces hay que denunciar, quejarse, protestar? ¿No hay otra forma?

La inversión en mantenimiento luce poco, produce poca ganancia a terceros. Ayer recordaban las inversiones empresariales españolas en los sistemas ferroviarios de otros países. ¿Pero quién invierte aquí? 

Los treinta años de los ordenadores que nos dicen que han fallado nos indican algo. La rentabilidad ha impulsado a promover el tren: es más ecológico, nos dicen para motivarnos, más seguro y regular. Las frecuencias entre unos y otros se reducen para aumentar la rentabilidad. Este aumento de los agentes y aumento de las frecuencias de los trenes conlleva una serie de riesgos en aumento, una exigencia de mejor control. Pero esos treinta años de los ordenadores nos hablan en sentido contrario. Seguro que se ha invertido en algo más llamativo. Se reducen, además, los tiempos de formación. Los maquinistas tenían planificada una huelga para estos días. Avisaban de la falta de seguridad en la red ferroviaria. Pero los que están al frente y los que están al frente de los que está al frente no lo consideran preocupante. Siempre habrá una buena excusa, una dilación en las conclusiones, etc.

Lo que ha ocurrido ha dejado el terreno sembrado de muertos, Algo de lo que nadie se hará responsable en las alturas. Todavía no sabemos las causas de accidentes anteriores. Ahora lo urgente es aprovechar la campaña electoral, responsabilizar a otros, abajo y enfrente.

Las palabras que más se repiten en titulares y declaraciones son "obsoleto" y "fallo humano". No se invierte lo suficiente en lo que se debe y no se contratan suficientes personas. Quizá la formación no está a la altura, demasiado rápida. La combinación de ambos es fatal, como vemos.

Esto es horrible y además desolador, un signo más de la involución global española, de su falta de objetivos más allá del beneficio o el poder. No se invierte en lo objetivamente necesario, solo cuenta el lucro y la imagen. Nos llenan cada día de estadísticas con las que tapar la realidad y los efectos de las malas políticas o de su ausencia total. Nos extrañamos de que crezca el vandalismo, que los jóvenes no tengan ideales ni visión de futuro o, peor, que vean en la política el camino para un futuro seguro, como deja ver la lucha actual por entrar en las listas electorales.

Desde aquí mi más sentido pésame a los familiares y amigos de todas esas personas víctimas de la desidia, de la incompetencia, de la obsolescencia. Es extensiva a todos los españoles, futuras víctimas, de una forma u otra, de este reino de la chapuza.

 

 

* Clara Pinar "Tres ordenadores de los años 90 que debían estar ya renovados, en el fallo del sistema del que prendió el "error humano" del accidente" 20minutos 29/10/2026 https://www.20minutos.es/nacional/tres-ordenadores-los-anos-90-que-debian-estar-ya-renovados-fallo-sistema-que-prendio-error-humano-accidente_7054694_0.html

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