Joaquín Mª Aguirre
El
titular a toda pantalla de 20minutos
es rotundo: "Tres ordenadores de los años 90 que debían estar ya
renovados, en el fallo del sistema del que prendió el "error humano"
del accidente"*. Son ya 69 los muertos que se contabilizan en el
"accidente que nunca podría ocurrir" y que, sin embargo, ocurrió, una
fórmula retórica cada vez más usada en España, donde nos hemos acostumbrado a aceptar
que un accidente tapa a otro, que lo imposible suceda.
Ayer si
produjo uno de los mayores despliegues informativos que recuerdo. Las cadenas
interrumpieron su programación para mantener en directo el lugar del accidente,
pendientes de escuchar todo tipo de voces, con experiencias muy similares:
miedo a coger el tren. Muchos contaban tener esa sensación de miedo al montarse
por todo tipo de incidencias, de vibraciones de las vías a paradas o exceso de
velocidad en los trayectos.
Soy
usuario diario de Cercanías en Madrid desde que me fui a vivir fuera de la gran
ciudad. Todo funcionaba bien durante años hasta que empezó a dejar de hacerlo,
hasta que el orden reflejo de la estabilidad comenzó a perderse. Son la
acumulación de incidencias las que crean las posibilidades de desastres, la
imposibilidad de casar los hechos con los planes. Es entonces cuando empiezas a
pensar en el riesgo. Cuando la vibración de trayecto te impide hacer lo que has
hecho hasta el momento; cuando tienes que aferrarte a lo que puedes cuando te
acercas a tu parada... Deja de haber tranquilidad en un medio que muchos eligen
por su fiabilidad frente a las incidencias de la carretera. En el tren podías
ir relajado, leyendo, pensando en tus cosas o hablando por teléfono, trabajando
con tu ordenador... Todo eso se ha ido y costará recuperarlo.
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| Moncloa.com |
No es
nuevo; solo es gravísimo, un desastre apenas sin precedentes. Que estalla en
mitad de una broca precampaña electoral con una legislatura llena de desastres,
de ferroviarios a climáticos, de estallidos en las calles por la vivienda, la
educación, la sanidad, con un vandalismo extremos que lleva al pillaje, al
incendio en las calles. Como ironía final, el encierro de la propia Policía
ente la situación en la que se encuentran, con órdenes y mandos
contradictorios. También la Policía ha dicho basta, harta de ser la
"solución final" a los desórdenes que se generan por la ineptitud
política, por la desidia empresarial, que quiere ganar, pero invierte fuera.
No
recuerdo en mi vida un estado de crispación, inducido por los hechos y por los
políticos incapaces de enfrentarse a ellos, que los usan para sus batallas
campales, como hemos podido apreciar en las luchas verbales sobre la
responsabilidad.
Lo
cierto es que hemos aceptado una situación que se ha hecho impresentable, que
hemos aceptado dentro de la fácil polarización en la atribución de
responsabilidades. No buscamos soluciones, usamos los problemas como arma
arrojadiza contra los otros. Y nos dejamos seducir por unos u otros cuando
levantan las cortinas de humos para que no se vea la realidad.
Hace
muchos meses ya que escribimos aquí que la palabra que describía la realidad
española era "chapuza". Es que vemos cuando nada funciona, cuando lo
que tenía que hacerlo no lo hace. La "chapuza" es el resultado de un
conjunto de ineptitudes, de tener al frente a personas incapaces, personas que
ascienden gracias a cadenas de favores, a dócil sumisión, al fácil aplauso. Eso
vale para una DANA o para un AVE.
Quiero contarles una historia, para evitar incidir en el dolor presente por el desastre de los trenes. En modo alguno se trata de equipararlas ni de minimizar. Solo quiere mostrar que los riesgos son constante y con un origen en la ineptitud y la falta de inversión .
Historia de un ascensor
Mi
último día oficialmente en la Facultad, ya que me jubilaba, tomé el ascensor en
la quinta planta. Iba con mucho peso. Cuando llegué a la altura del tercero el
ascensor se paró entre dos pisos. Me acordé entonces que el día anterior también
se había parado, pero esa vez pude salir sin problema y continuar por las
escaleras. No era igual esta vez. Estaba entre dos pisos. No había forma de
salir de allí.
Pulse
el botón de alarma y escuché perfectamente el timbre. Nunca había tenido que
usarla. Pulsé una y otra vez. El ascensor está muy alejado de la cabina de
bedeles que, por haber reducido el personal por vacaciones, ya no se repartía
por plantas, sino que se concentraba en el extremo opuesto, en la planta baja.
Nadie escuchaba aquel timbre. La Facultad estaba prácticamente vacía. Llamé a un compañero que sabía que estaba en
la Facultad. Descolgó el teléfono pero no me escuchaba. Lo intenté varias
veces, pero ocurría igual. Su despacho está en el sótano y no tiene cobertura
prácticamente.
Pasado
un rato le escuché al otro lado de la puerta. Se imaginó algo así y salió a
buscar a los bedeles. Como los habituales estaban de vacaciones, los que
estaban allí desconocían la Facultad y dónde estaban los otros ascensores.
Cuando mi compañero les llevó hasta ellos, no sabían dónde se encontraban las
llaves y tuvieron que llamar a uno de los que estaban de vacaciones para que se
lo dijeran. Las encontraron, abrieron y tuve que saltar del ascensor entre dos
pisos.
Cuando
informé de lo ocurrido y que el timbre de alarma no se escuchaba si no se
estaba junto al ascensor, que sería conveniente que la alarma sonara en
conserjería, la respuesta fue que eso era incorrecto,
que debía conectarse en todo caso con los servicios de emergencia y estos ponerse en
contacto con los conserjes. Los servicios de emergencia no está en la faculta,
sino repartido por el campus.
Algunas veces que he ido de visita veo que hay carteles en el ascensor sobre los riesgos de subirse o que no funciona. Yo entré en esos ascensores en los años 70, cuando se inauguró el edificio y me quedé encerrado el día que me jubilaba. Indudablemente están viejos y fallan. Pero los mecanismos de vigilancia, de coordinación, de respuesta son más que defectuosos e importan muy poco en una cadena donde cada uno está más preocupado de que no le toque el marrón que de otra cosa.
Cuento esta historia, porque nos permite ver esta España envejecida, dejada a su suerte. Las inversiones se reducen y se contemplan como fatalidad los accidentes. Hace pocos días tuvimos la noticia en la prensa de dos mujeres muertas en una residencia de mayores al caer un ascensor, necesario para los que usan sillas de ruedas o tienen problemas de movilidad. El comentario es que había pasado porque "el ascensor fallaba mucho". ¡Terrible lógica!
¿Cuánto
tiempo hay que esperar para que se revise un ascensor, una vía de ferrocarril,
una pared que se resquebraja...? ¿Cuánto hay que esperar para que se invierta
en mantenimiento, en conservación, en reparación? ¿Cuántas veces hay que
denunciar, quejarse, protestar? ¿No hay otra forma?
La inversión en mantenimiento luce poco, produce poca ganancia a terceros. Ayer recordaban las inversiones empresariales españolas en los sistemas ferroviarios de otros países. ¿Pero quién invierte aquí?
Los treinta años de los ordenadores
que nos dicen que han fallado nos indican algo. La rentabilidad ha impulsado a
promover el tren: es más ecológico, nos dicen para motivarnos, más seguro y regular. Las frecuencias
entre unos y otros se reducen para aumentar la rentabilidad. Este aumento de
los agentes y aumento de las frecuencias de los trenes conlleva una serie de
riesgos en aumento, una exigencia de mejor control. Pero esos treinta años de
los ordenadores nos hablan en sentido contrario. Seguro que se ha invertido en
algo más llamativo. Se reducen, además, los tiempos de formación. Los
maquinistas tenían planificada una huelga para estos días. Avisaban de la falta
de seguridad en la red ferroviaria. Pero los que están al frente y los que
están al frente de los que está al frente no lo consideran preocupante. Siempre
habrá una buena excusa, una dilación en las conclusiones, etc.
Lo que
ha ocurrido ha dejado el terreno sembrado de muertos, Algo de lo que nadie se
hará responsable en las alturas. Todavía no sabemos las causas de accidentes
anteriores. Ahora lo urgente es aprovechar la campaña electoral,
responsabilizar a otros, abajo y enfrente.
Las palabras que más se repiten en titulares y declaraciones son "obsoleto" y "fallo humano". No se invierte lo suficiente en lo que se debe y no se contratan suficientes personas. Quizá la formación no está a la altura, demasiado rápida. La combinación de ambos es fatal, como vemos.
Esto es
horrible y además desolador, un signo más de la involución global española, de
su falta de objetivos más allá del beneficio o el poder. No se invierte en lo
objetivamente necesario, solo cuenta el lucro y la imagen. Nos llenan cada día
de estadísticas con las que tapar la realidad y los efectos de las malas
políticas o de su ausencia total. Nos extrañamos de que crezca el vandalismo,
que los jóvenes no tengan ideales ni visión de futuro o, peor, que vean en la
política el camino para un futuro seguro, como deja ver la lucha actual por
entrar en las listas electorales.
Desde
aquí mi más sentido pésame a los familiares y amigos de todas esas personas
víctimas de la desidia, de la incompetencia, de la obsolescencia. Es extensiva
a todos los españoles, futuras víctimas, de una forma u otra, de este reino de
la chapuza.
* Clara
Pinar "Tres ordenadores de los años 90 que debían estar ya renovados, en
el fallo del sistema del que prendió el "error humano" del
accidente" 20minutos 29/10/2026
https://www.20minutos.es/nacional/tres-ordenadores-los-anos-90-que-debian-estar-ya-renovados-fallo-sistema-que-prendio-error-humano-accidente_7054694_0.html








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