sábado, 27 de abril de 2019

Europa olvidada

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Se queja el editorial de hoy del diario El País de la ausencia de Europa —de su rapto electoral— de los debates y programas de nuestra castiza democracia. Y tiene razón.
Muchas veces comento con personas extranjeras, comunitarias —el otro día lo hacía con un colega rumano— o extra comunitarias, que lo mejor que le ha pasado a España ha sido la entrada en la Unión. Para los que tienen memoria —por la edad— de lo que había antes y de lo que hubo después esto es una evidencia vivida.
Esto tiene el añadido de la distancia tradicional distancia de Europa e incluso nuestro orgulloso casticismo que va del "¡que inventen ellos!", ser "la reserva espiritual de occidente" al "Europa empieza en los Pirineos". Es pues injusto y peligroso que los políticos españoles se olviden de Europa.
Algunos pensaran que se reservan estos temas para cuando lleguen las "europeas", que ahora son elecciones mientras que antes eran bañistas. Hasta en eso hemos cambiado. Otros piensan, en cambio, que es peligroso en estos momentos abrir el pastel europeo para evitar sacar los temas correlacionados, como la inmigración, que podrían —como ocurrió en Italia— ser manipulados. No sé si nuestros políticos se olvida de Europa por ser desmemoriados, por ser incapaces de pensar en términos europeos o porque son "finos" estrategas.
La zafiedad demostrada en este tiempo me hace desestimar la tercera posibilidad y centrarme en una mezcla de las dos primeras.
Sin embargo, pese a tener políticos tan cultivados como los que tenemos en esta hornada de 2019, me da la impresión que el tema europeo ha quedado fuera de sus mentes en lo que para ellos es lo decisivo, el juego local.
Sigue siendo una asignatura pendiente la conexión entre la política nacional y la europea. No hay una continuidad más que cuando se convierte en una forma de ataque a la Unión, como ha ocurrido donde los populismos más han avanzado, del Brexit a los insultos húngaros del impresentable Viktor Orbán y sus secuaces ministeriales y del partido, que se dedican a atacar a Europa en sus giras mundiales.


Parece que solo los antieuropeístas tratan de Europa; son los que no tienen nada que perder. Esto es suicida. En términos ajedrecísticos, los antieuropeos juegan con blancas, mientras que los neutros y los europeístas se dejan ganar el terreno ganando sus votos con la idea de destruir la Unión o de los cambios de rumbos con esa idea absurda de la "Europa de los pueblos" o la "Europa de las naciones". "Pueblos" y "naciones" son ideas decimonónicas, establecidas claramente para crear uniones frente a terceros, que suelen ser los vecinos. Son conceptos románticos que han tenido su rastro de guerras y sangre.
Los políticos del nivel nacional siguen sin darse cuenta —es una forma de decirlo, porque lo saben— que es en Europa donde se deben decidir el trazado de nuestros límites, los planos de las estructuras y que a ellos les cabe el desarrollo y la "decoración" de lo que debe estar pactado en el nivel de integración superior. Por eso el europeísmo de los políticos nacionales es siempre un ejercicio de autolimitación. No se trata de renunciar a nada, sino de debatirlo en una instancia superior de la que deben después ir hacia el resto, a todos. Pero eso supone una pérdida de protagonismo, a lo que no quieren arriesgarse.


La construcción de Europa está diseñada para aspirar a la convergencia, al acuerdo., Cuanta más separación y discrepancia exista entre sus miembros, es peor para el conjunto y para cado uno. Es la estrategia de los que como Orbán y los que estaban tras el Brexit buscan la ruptura con Europa. Con todo, los casos son distintos, pero pueden tener consecuencias igualmente desastrosas.
Lo que es una evidencia es que Europa necesita de la participación comprometida de todos, ya sea aplicando soluciones o buscándolas con honestidad y solidaridad. Hacer juegos peligrosos con la unidad, dirigir contra ellas los malos resultados locales, responsabilizarla de lo que es responsabilidad de los dirigentes, etc. es el peor camino.
Hay a quienes les interesa que Europa funcione; hay otros, por el contrario, que buscan su entierro. En España Europa ha funcionado y el salto en bienestar, democracia y justicia que se pudo dar se dio en un tiempo récord. Pero como todo lo valioso, debe ser cuidado y mantenido lejos de inútiles y malintencionados.
Creo que la nueva generación no ha entendido la España recibimos y cómo avanzamos hacia un país mejor. Recuerdo personalidades que habían vivido en la España anterior y regresaron diez años después diciendo que apenas habían podido reconocerla. No se trataba de una cuestión económica, sino el cambio de mentalidades, de actitudes y de ilusiones.
Es  necesaria es energía e ilusión. Nuestra enorme crisis fue por no hacer caso a Europa, por seguir basándonos en el "ladrillo" y en los créditos fáciles. Hoy volvemos a eso mismo, según nos dicen cada día. Nos dicen que debemos reducir la amplitud de la brecha que se está abriendo por la insolidaridad, el egoísmo del sistema económica que ha interiorizado la explotación como forma normalizada, y nos advierten de los males de la precariedad. Son nuestros males de los que Europa nos avisa.
Habrá un día, si seguimos por este camino, nos volvamos a acordar de Europa. Y a lo mejor la Unión ya es otra cosa o ya no es, simplemente. Cuidemos lo mejor que nos ha pasado.
Comparto con el editorial citado la idea de lo incomprensible de este nuevo "rapto de Europa". Espero que no lo paguemos todos. Nuestros showmen se dirigen a sus públicos con unos mensajes tan burdos y agresivos que las ideas creativas sobre Europa quedan lejos. 
A lo mejor no hace falta atacar a Europa y basta con olvidarse de ella.


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