martes, 9 de abril de 2019

El problema de las fuentes fiables

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Aborda el diario El País, en su suplemento o sección Retina, un problema etiquetado como "Educación" y al que pone un título directo: "Los alumnos españoles fallan a la hora de buscar fuentes fiables". No sé si etiquetar demasiado las cosas nos conduce a un aislamiento sectorial, acostumbrados como estamos a que a cada uno le toque lo que le corresponde y sintiéndose los demás liberados del problema que pasa a ser de otros. El problema de las fuentes fiables no es un problema educativo, sino que —mucho más allá— lo es social y político, algo que afecta a la calidad de las democracias y muy directamente interviniente en su deterioro. No es algo que competa solo a educadores, sino que nos ha de preocupar a todos.
No se trata de lo que se haga en la etapa escolar, sino que los hábitos —especialmente los malos— que en ella creamos es muy difícil de cambiar posteriormente. No se trata, pues, de un problemilla de los trabajos escolares del fin de semana. Se trata en primer lugar de una actitud, pero también de los nefastos resultados que tiene el acceso a cualquier tipo de fuentes sin discriminarlas. Es a partir de ellas como se forma nuestra opinión y desde esta se toman nuestras decisiones. Por definición, lo que aprendemos en el sistema educativo es lo que aprendemos y practicaremos en nuestras vidas.
Se señala en el artículo de Retina:

Casi el 80% de los españoles se encuentra al menos una noticia falsa a la semana, el 55% dicen ser capaces de identificarlas y el 88% considera que son un problema para la democracia, según datos del Eurobarómetro de 2018. Contra esto, contar con una buena formación, un criterio claro y tener pensamiento crítico son fundamentales.
Un estudio de la Universidad de Stanford encendió las alarmas en 2016: los estudiantes de instituto y universidad de EE UU no solo no entendían bien la diferencia entre un anuncio y una noticia; también eran víctimas fáciles de los engaños más burdos en cuestión de noticias falsas, información interesada y rumorología en general.*


Ya en el primer párrafo se expresa lo que es necesario para combatir esta permanente turbulencia informativa que nos impide ver con claridad las cosas. Una "buena información", "criterio claro" y "pensamiento crítico" son los ingredientes de la receta. Decir esto es un brindis de obviedad al sol. Evidentemente, los problemas provienen de la incapacidad de separar el trigo de la paja informativa, lo que impide formarse un criterio claro que discrimine y, finalmente, la incapacidad de someter a crítica nada por la ausencia de criterio que proviene —volvemos al principio— de haberse formado con información dudosa o contradictoria.
La cuestión, como suele ser habitual en casos de este tipo, es dónde localizar el problema y concentrar las energías para resolverlo o mitigarlo. Es indudable que si nos dejamos engañar es porque nuestros conocimientos no tienen la calidad ni la firmeza necesaria como para poder distinguir entre las cosas, base del engaño. Teniendo en cuenta la cantidad de información falsa y desinformación que se maneja hoy en día y los cada vez más eficaces medios de programarla, el problema crece y tiene elementos nuevos.


No nos encontramos ante un problema solo de "ignorancia", sino un elemento presente en nuestra sociedad de la información: la manipulación de esta. Vivimos en un mundo doble, el tangible y el informativo, ambos intercomunicados. Lo que recibimos en uno nos hace volver al otro. La información se traduce en acción cuando tomamos decisiones guiadas por esta.
La "calidad de las fuentes" es solo una forma de llamar al problema. No es solo una cuestión de a quién citar, sino de los efectos de la reproducción de la información falsa en el interior del sistema. Hay una diferencia enorme entre un "error" y una "falsedad". Esta última manifiesta una intención de provocar en nosotros una reacción de adhesión o rechazo hacia algo. Los que niegan el holocausto judío, el genocidio armenio o los efectos positivos de la vacunación están haciendo algo más que equivocarse, pretenden que nosotros lo hagamos.
La primera enseñanza, pues, debe ser que hay alguien interesado en que tengamos información falsa. La segunda, evidentemente, es que cuanta mejor información tengamos, más fiable, será más difícil engañarnos, manipularnos. La tercera es comprender que se trata de una guerra informativa, es decir, que tratarán de camuflar mejor las informaciones, hacerlas pasar por buenas. Eso debería llevarnos a la cuarta enseñanza: siempre tendremos que someter a ciertas pruebas a la información, es decir, debemos tener criterio, algo que solo se consigue si estamos bien informados. Cuanto más nos adentremos en estas enseñanzas, más fácil nos será sortear los peligros de la mala información y de la desinformación.


Hay una evidencia: el ignorante es la víctima perfecta. Carece de elementos de contraste y de comprobación para estimar si está siendo engañado o manipulado para que actúe de una determinada manera.
Todos los días tenemos noticias sobre las noticias falsas, sobre la forma en que se nos intenta manipular ante unas elecciones o dar forma a la opinión pública sobre aspectos que van del consumo a las guerras comerciales. Los propios medios avisan sobre las informaciones falsas con la esperanza de ser convertidos en referencias de profesionalidad y buen hacer periodístico. No siempre cumplen lo que denuncian.
La labor de la independencia de criterio no puede ser tampoco vivir en la duda permanente, sin certeza alguna. Pero debemos acostumbrarnos a la detección de fuentes de información falsa y de fuentes falsas de información. En el mundo de la viralidad, es fácil conseguir que las falsas informaciones lleguen lejos.
Hace un par de años trajimos aquí la noticia de las palabras de Recep Tayyip Erdogan afirmando que Cristóbal Colón había avistado minaretes de mezquitas al llegar a América. A veces las manipulaciones llegan de fuentes ilustres. Qué podemos decir del presidente de los Estados Unidos en sus afirmaciones sobre el cambio climático, las vacunas o los datos de la inmigración. Pero en la política parece que todo se perdona.


Plantear el tema de las fuentes poco fiables como un problema del sector educativo es también una forma de informar mal. El diario nos explica la situación española respecto a lo señalado con anterioridad:

En España, la situación no es distinta: el profesorado español entiende que el mayor reto para la introducción de las tecnologías en las aulas es su propio aprendizaje, según un estudio reciente elaborado por Blinklearning, compañía tecnológica especializada en el desarrollo de soluciones para la educación. Entre los déficits más importantes que se detecta entre el alumnado es la dificultad o incapacidad para seleccionar fuentes de información fiables (47%), la incapacidad para percibir los riesgos a los que se exponen en la red (38%) o la falta de creatividad para extraer el máximo potencial de las herramientas a su alcance (28%).

¿Solo entre el alumnado? Me parece muy bien que las compañías tecnológicas involucradas en el aprendizaje se distancien de los "malos usos" por temor a que la tomen con ellas. En realidad no son culpables más que de tratar de mantener sus honestos negocios a salvo de las iras simples. La solución no está en cerrar con llave, sino en crear zonas escolares de información segura y, sobre todo, tomar conciencia del problema. Ya no se puede mandar sencillamente a navegar por la red a "buscar información" a quienes por su edad y formación carecen de los criterios suficientes para discriminar. Es pedir demasiado.


Nadie parece que pueda poner orden en el mundo virtual. Creo que se pueden crear bibliotecas digitales en las que se pueda encontrar información fiable, no es un gran problema hacerlo. Pero sí lo es acostumbrar a contrastar la información, comprobar las fuentes, especialmente cuando estas están bien camufladas para pasar información falsa.
Hemos construido un mundo en el que no es fácil determinar lo que es verdadero o falso. Nunca lo ha sido, pero nunca había sido tan fácil difundir información. Que no se rasgue nadie las vestiduras. Ha habido que forzar a los medios y grandes empresas tecnológicas a identificar la información de la información pagada (publicidad); ha habido que instar a los grupos de investigación a que aclaren su financiación para asegurarse que no son pagados por grupos interesados, por lo que muchas veces las informaciones de las mejores revistas se han visto cuestionadas en cuanto a la independencia de sus artículos. Muchas publicaciones se han visto engañadas por informaciones falsas de todo tipo. Los grandes medios se han tenido que desprender de algún articulista que aspiraba al Pulitzer (alguno lo ganó) inventando historias.
No, la mentira no se creó esta mañana. Lo importante es que hoy la capacidad de manipulación se ha multiplicado gracias a la extensión de la influencia mediática. Es posible llegar más lejos y más rápidamente, para bien y para mal. Esto significa que nuestra capacidad para detener una mentira es equivalente a la de parar un alud de nieve en mitad de la ladera.
Hemos profesionalizado (son muchos puestos de trabajo) la desinformación; la investigación sobre cómo manipular se da en asignaturas con eufemísticas denominaciones en nuestras facultades de Comunicación, Sociología, Psicología o Marketing. La ética es importante, pero no da mucho para vivir bien. La mentira es mucho más rentable. Y no está mal vista en círculos influyentes que la necesitan.
No es un problema de los "alumnos"; es un grave y amplio problema social. 



* "Los alumnos españoles fallan a la hora de buscar fuentes fiables" El País Retina 8/04/2019 https://retina.elpais.com/retina/2019/02/25/innovacion/1551073139_422100.html


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